Pierce Brosnan, las vicuñas y el chaku

Pierce Brosnan, el 007 anterior a Daniel Craig, usaba un traje de fibra de vicuña. Seguramente, le costaría pronunciar la ñ cuando le preguntaban por el fino material de su prenda. Pero mucho más le costaría imaginarse de dónde viene ese material.

El año pasado, más o menos para esta fecha, algunas semanas antes si soy precisa, viajé a Catamarca, a Laguna Blanca, un pueblo alejado, en la Puna argentina.

Uno de los pocos sitios en el mundo que produce fibra de vicuña, más fina que el cashmere y con precios que llegan a 900 dólares el kilo. Laguna Blanca no sólo lejos de donde vive Pierce Brosnan, sino lejos hasta del pueblo más cercano. A más de 3.200 metros de altura, donde el sol desafía al protector Factor 50 y el viento sopla crispado, tanto que en la zona no lo llaman por su nombre, le dicen Anselmo.

Desde hace un tiempo, a la actividad pastoril se sumó un recurso económico de origen incaico: el chaku o rodeo, una ceremonia anual de encierro, captura y esquila vicuñas, que luego se liberan. El chaku dura dos días y comienza, como la mayoría de las ceremonias en el Norte, con una ofrenda a la Pachamama. El primer día se construye un cerco de postes y sogas para encerrar a los animales cuando se acercan naturalmente a beber a un ojo de agua dulce. También se levantan corrales caseros. El segundo día, se arrean las vicuñas hasta los corrales de esquila. A pie y al rayo del sol, que quema desde las 8 de la mañana. Participan todos los habitantes de Laguna Blanca, y los turistas que se animen a agitarse en altura.

Cuando me acordé del soroche y que aconsejan moverse lentamente, ya era tarde: estaba corriendo con Alexander, Yamil, Raúl y otros pobladores. Tratábamos de que las vicuñas más rápidas no se escaparan. Corrían desesperadas, asustadas, estresadas. Si los animales tuvieran memoria diría que escapaban porque recordaban los años de persecución y matanza, antes de que estuviera protegida.

Después de alzar los brazos, gritarles y, por último, de formar un cordón humano logramos dirigirlas hacia los corrales. Puede sonar descarado el uso del plural, pero la participación da ese poder. Y el que va a Laguna Blanca en época de chaku está incluido en la acción.

El último día del chaku arranca antes de las 7 de la mañana, cuando los hombres del pueblo se reúnen para planificar la estrategia de encierro. Ya en el corral, para que el estrés del animal no sea tan agudo le cubren la cabeza con una capucha negra. Después, lo caravanean y llevan al playón de esquila, donde trabajan cuatro personas: dos sostienen manos y patas, una la cabeza y otra corta el vellón desde la barriga hacia el lomo con una tijera tipo bigornia.

Me tocó sostener la cabeza de varias vicuñas. También, colocar el vellón en un balde que luego es pesado y certificado por autoridades provinciales. Me pareció la textura más leve que conozca. Más que la seda. Leve como imagino que debe ser una nube. Leve pero abrigadísima. Leve y totalmente impermeable. Tan leve que un chal entero pasa por el diámetro de un anillo.

Cuando la ceremonia se termina comienza el trabajo fino: descerdar, hilar, torcer, lavar, urdir y tejer la fibra. Una parte de la cosecha se vende en bruto a compradores extranjeros, que a su vez la distribuyen a diseñadores exclusivos con clientes famosos, como Pierce Brosnan.


Disculpen las molestias

Malecón Cisneros, Lima, Perú.


Tres librerías de Montevideo

La Licorne (Montero 2884) es la librería más joven en dos sentidos: fue la última en abrir y sus ideólogos, escritores y poetas tienen veintipocos.

Está en una casona antigua de Punta Carretas y es una “librería viva”. ¿Qué quiere decir esto? Que los libros que se ven fueron elegidos uno por uno, que por estos días se hospedan, en el segundo piso, dos poetas ingleses; que además de las charlas y ciclos culturales, basta entrar para que arranque un happening poético del que uno, obviamente, es parte.

El nombre La Licorne hace referencia a una mítica revista literaria fundada en París, a fines de los años 40, por la poetisa Susana Soca y donde escribieron, desde Borges y T. S. Elliot hasta Rafael Alberti.

Otro argumento para considerar viva a una librería podría ser que, adentro, uno se encuentre con un escritor y aunque no compre un libro salga con una conversación que lo deja pensando. Eso me pasó en La Lupa (Bacacay 1318), de interior pequeño y nutrido con buen ojo, un buen lugar para encontrar escritores uruguayos menos tradicionales que Benedetti y Galeano, desde Mario Levrero y Felisberto Hernández hasta Dani Umpi y la poeteisa Marosa di Giorgio. Muy cerca, frente al Teatro Solís, un rico café en el Bacacay.
En la peatonal, Más Puro Verso, en Sarandí 675, vale por librería completa (50.000 títulos) y por el monumental edificio donde está, el de la antigua Óptica Ferrando, construido en 1917.
Para libros usados, se sabe: Tristán Narvaja, los domingos bien temprano.


Tango y uvita en el Fun Fun

“En este mostrador de estaño se acodó Gardel y cantó a capella”, me cuenta orgulloso Gonzalo López, bisnieto de don Augusto, el fundador de Fun Fun que arrancó vendiendo bebidas alcohólicas en un carro ambulante y ni bien pudo, en 1895, se alquiló dos piezas en el viejo mercado central y abrió el primer bar. El hombre era tartamudo y tenía dudas sobre la marcha de su negocio. Solía preguntarles a sus amigos: “¿fun-fun cionará?”. Ahí nació el nombre de este boliche, que se mudó varias veces pero nunca perdió su alma: el tango y la uvita, un trago inventado por don Augusto. Es una mezcla secreta de vino garnacha y oporto, bien dulce, servida vaso pequeño. También inventó el pegulo, otra bebida que no llegó hasta hoy.
Gardel, Pedernera, Labruna, Julio Sosa, D ‘Arienzo, Piazzolla, Canaro, muchos hombres del tango pasaron por aquí. También, hace unos años, Michelle Bachelet en un descanso de su visita oficial, vino a escuchar tango al Fun Fun, que está a la vuelta del Teatro Solís.
Es cierto. Carlos Gardel cantó a capella en 1933 y antes de irse le obsequió a Agusto López, fundador y bisabuelo del actual dueño, una foto dedicada “al campeón de la uvita y el pegulo”. Se la puede ver en el boliche pero no es la original. “Ésa está en una caja fuerte”, me dice el bisnieto mientras anota los pedidos para la mesa del fondo.
Ya comienza el show: primero baila una pareja en un escenario más chico que una mesa de ping pong. Después llegan los cantores, y a eso de la 1 de la madrugada, candombe.


Ricardito, un dulce

Típico dulce uruguayo, cuesta menos de un dólar y es riquísimo.


Sentimiento candombero

Dice Rubén Rada sobre el candombe en una vieja entrevista: “Yo lo tengo adentro desde que nací. Como tengo las motas, tengo el candombe. Nunca tendré el pelo lacio, y nunca me liberaré del sentimiento candombero, en todo lo que compongo hay una candombez, un recuerdo del candombe”.

Después de unos días en Montevideo da la sensación de que esa candombez de la que habla El Negro Rada late en la ciudad. Seguramente, entremezclada con la nostalgia del tango, redefinida por el tiempo.

A fines del siglo XVIII, el 35 % de la población de Montevideo era de descendencia africana. Con ellos nació el candombe, en un instinto de supervivencia, de guardar sus raíces. Como había negros de distintas regiones de África, se reunían según su origen en Salas de Nación y practicaban este ritmo afrouruguayo que combina el sonido de tres tambores: chico, repique y piano, que juntos forman una cuerda. Los tambores van colgados al hombro y se tocan con una mano abierta y un palillo.
El candombe se prohibió tiempos de la colonia y, durante la dictadura militar, demolieron el Conventillo Mediomundo, en Cuareim 1080, un templo de candombe y resistencia.
En la actualidad, entre el 6 y el 9 % de la población uruguaya es afrodescendiente. Muchos viven en el barrio Sur, donde los fines de semana hay cuerdas de tambores que recorren la calle Isla de Flores, Cuareim y algunas más. Eso mientras tanto, hasta que llegue el Desfile de Llamadas y la ciudad se pronuncie con tambores. Y si toca Hugo Fattourso, hay que ir a verlo porque es un virtuoso. Y si suena La Melaza, hay que saber es un grupo de tambores formado sólo por mujeres.
¿Y después de la muerte qué hay? le preguntaron en otra entrevista a Rada. “Candombe”, dice él.


Diversión retro

Montevideo tiene algo de foto en blanco y negro, de olor a libro viejo, de espíritu retro. Igual que el río –el mar, con perdón– cierta nostalgia atemporal acompaña una visita a la capital uruguaya.

Con poco menos de un millón y medio de habitantes, la ciudad crece y se moderniza sin perder el concierto apacible de localidad del interior.

Borges, que tuvo abuelo uruguayo y pasó largos veranos en la Banda Oriental, escribió en su poema Montevideo: “Eres el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente. […] Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve./ Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias./ Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas./ Ciudad que se oye como un verso./ Calles con luz de patio.”

Las atracciones del Parque Rodó son un ejemplo de este sentimiento retro. En el barrio donde está el amplio espacio verde, el monumento a Confucio, la Facultad de Ingeniería y la sede del Mercosur, hay un parque de diversiones con viejos juegos mecánicos que si los vieran en Disney harían un museo homenaje.

El Gusano Loco, el Samba, el barco pirata, los Helicópteros voladores y una montaña rusa que de lejos parece construida por el Vietcong, con cañas de bambú. En los kioscos venden churros recién hechos y hay un bar donde los camareros llevan las bandejas al auto y las enganchan en la ventanilla. Sin salir del auto, el conductor mira a la gente pasar, da un trago a su bebida, está más cerca de su infancia.


El Downtown desde atrás



Downtown from behind


La visita, otra libre interpretación del viaje

Después de conocer a Olivier Lemesle me volví a preguntar por la definición de viajero.

¿Cómo se identifica? ¿Es viajero el que viaja por más de cinco meses, un año? ¿Quien ya tiene kilómetros acumulados o quien parte por primera vez, a los veinte años? ¿Qué edad tiene un verdadero viajero? ¿Viaja con mochila o con valija? ¿Es rasca o cinco estrellas? ¿Es el que se va a Alaska en moto? ¿El que viaja para ver el mundo y después volver y hacer una vida “clásica”? ¿Es viajero el que viaja para conocer un lugar? ¿Y no es viajero alguien que viajó hasta encontrar su lugar en el mundo y se quedó ahí? ¿Y el que viaja por trabajo, un fotógrafo del National Geographic, por ejemplo?

El viernes fui a un vernissage en una casa. Seríamos alrededor de diez  personas, doce a lo sumo. Había fotógrafos, pintores, videastas, una música y dos futuras doctoras en arte. Había vino y cosas ricas para comer, una ensalada de naranja, ajo, palta, jugo de limón y hierbas preparada por el mismísimo artista, Olivier Lemesle, un francés que exponía su muestra Resumen de los episodios anteriores.

Olivier tiene cincuentipocos, es su primera vez en Argentina. Vino a visitar a una amiga y a mostrar sus cuadros grises de inspiración arquitectónica. En Rennes, la ciudad del oeste de Francia donde vive, trabaja como profesor de arte y también como sereno dos veces por semana. Con eso gana para vivir y dedicarse a lo que le gusta: pintar. Conversamos un rato sobre las muestras en casas, me dice que su propia vivienda se ha transformado en sede de muchas y destaca que así prescinden de la galería, del curador. Simplemente cuelgan la exposición, la promocionan entre amigos y amigos de amigos, y punto. Sí, las luces a veces no son las mejores, pero hay otras ventajas. Me cuenta que en otros lugares de Francia también se usa esta modalidad.

Después de un rato, la charla pasa al terreno de los viajes. Me dice Olivier que no entiende a la gente que viaja, cómo puede desenvolverse en las ciudades y adaptarse a otro lugar. Me asegura que no él no es viajero, que no sabe nada de viajar. Pero unos minutos después me cuenta que en el último año estuvo en Berlín, en Montreal, en el sur de Francia, en Argentina.

– Ah, pero viajás bastante para no viajar, le digo.
– Yo no viajo, voy a visitar a mis amigos, y algunos viven lejos, entonces tengo que moverme para llegar hasta su casa.

La visita, otra libre interpretación del viaje que amplía aún más la definición del viaje. Y del viajero.


El turista y el impresionista

El Turista. Es un visitante apresurado que prefiere los monumentos a los seres humanos. Anda apresurado, no sólo porque el hombre moderno así anda, en general,sino también porque la visita forma parte de sus vacaciones, y no de su vida profesional. Sus desplazamientos al exterior están encerrados en sus asuetos pagados. La rapidez del viajees ya una razón de su preferencia por lo inanimado con respecto a lo animado: el conocimiento de las costumbres humanas, decía Chateubriand, requiere de tiempo.

El impresionista. Es un turista perfeccionado: para empezar, tiene muchísimo más tiempo que el vacacionista. Luego, extiende su horizonte hasta los seres humanos; y finalmente, se leva a su casa ya no simples clichés fotográficos o verbales, sino digamos esbozos, pintados o escritos. No obstante, tiene en común con el turista el permanecer únicamente como sujeto de la experiencia. ¿Por qué se va? Tal vez, como Pierre Loti, porque ya no logra sentir la vida en su tierra, y el cuadro extranjero le permite volver a encontrar el gusto por ella: “Es preciso sazonar siempre, lo mejor que se pueda, la comida tan sosa de la vida”.

Algunas de las categorías definidas por Tzvetan Todorov en el libro Nosotros y los otros, Siglo XXI.




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