El abrazo del bibosi y el motacú

Cuenta una leyenda del oriente boliviano que había una vez dos jóvenes que se amaban.

Para variar había un problema grave: eran de dos etinias distintas y sus padres no los dejaban verse y mucho menos estar juntos. La boda de la bella joven ya estaba arreglada con otro, que seguramente era un tonto.

Entonces, como suele pasar en estos casos, los amantes se escaparon. Corrieron durante horas y horas por la selva hasta que se sintieron a salvo. Y ahí, amparados por tajibos (lapachos) y toborochis (palos borrachos) se dieron un abrazo tan pero tan tan fuerte que murieron asfixiados.

Escuché esta historia en la plaza de San Ignacio de Velasco, por quedarme un par de minutos mirando cómo una pareja de jóvenes que se besaba apasionadamente en el banco de la plaza.

– Parecen el bibosi y el motacú, me dijo un hombre que andaba por ahí y señaló la planta que se ve en la foto.

El bibosi es un tipo de ficus que se enrieda apasionadamente sobre el motacú, una palmera débil y con frutos ricos.

La leyenda termina contando que en el pedazo de tierra donde cayeron los amantes asfixiados creció el primer bibosi en motacú.


De curvas y mal de altura

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y amante del cine entre otras vocaciones, volvió hace poco de un viaje a Perú y cuenta esta anécdota sobre las curvas, la altura y los males.

El bus zigzagueaba por un camino angosto, entre los cerros inmensos y el abismo. Atrás quedaba  Arequipa, a 2400 metros sobre el nivel del mar; adelante nos esperaba el Valle del Colca, al doble de altura.

Como parte del show turístico, la guía sacó una bolsita con hojas de coca y explicó cómo mascarla para evitar el mal de altura (soroche).

El paisaje se pobló de llamas, alpacas, vicuñas. Después, una curva cerrada, un volantazo sorpresivo y  el mareo. El bus siguió subiendo hasta que por fin llegó a los 4800 metros. El sol pegaba fuerte, pero no hacía calor. A metros de la carretera, mujeres coloridas vendían artesanías. Sobre ellas, una nube gigante. Tan grande que asfixiaba, que aplastaba.

¿Estás bien?, me preguntó Julieta, con quien organizamos el viaje desde Buenos Aires. “Un poco revuelta. Pero todo bien”, le respondí y me senté en una de las piedras. Cuando saqué la lapicera para apuntar lo que veía, sentí los dedos pegoteados. La birome había reventado por la presión.

Sin embargo, la altura no afectaba a todos por igual. Juan y Julio, dos cincuentones españoles acababan de encender su tercer “cigarrito” y disfrutaban, como si estuviesen frente al mar.

La parada duró unos veinte minutos. Como si la carretera fuera un tobogán de agua descendimos rapidísimo hasta Chivay, a 3600 metros. Mi dolor de cabeza era cada vez más fuerte y no veía la hora de estar en una cama. Llegué al hostal y comenzaron los vómitos. En el lugar no había posta médica.

El hostal estaba vacío. Todos se habían ido a La Calera a darse un baño termal. El lugar olía a hojas de coca y a quínoa. La niñ encargada estaba pegada al televisor, siguiendo un concurso de talentos. Julieta había subido a la habitación para buscar el teléfono de la agencia.

De repente, vi dos caras conocidas: una pareja madrileña con quien habíamos compartido el tour. Al preguntarme por mi aspecto “paliducho”, les resumí lo ocurrido. Y entonces dijeron palabras que sonaron como un milagro: “Somos médicos”.

A simple vista, lo mío era un combo de mal de altura, insolación, cansancio y deshidratación. Pero… ¿Y Julieta? La fueron a buscar, pero no respondía. Después de golpear varias veces la puerta, entraron y la encontraron en la cama.

Había estado estupenda durante todo el recorrido, pero seis horas después de haber estado en el pico más alto, todos los síntomas se habían apoderado de ella. La presión en la nuca, un dolor infernal de cabeza como si hubiese sido taladrada por el mismísimo psicópata de Saw, más nauseas y vómitos.

“Tomen estas pastillas, pero no abusen”, nos recomendaron.

Durante siete días estuvimos bajo los poderosos efectos de la Dexametasona (corticoide), que desinflama y permite una mayor oxigenación. Sin ellos y sin ellas, no hubiésemos podido continuar el viaje. Nos esperaban muchas más subidas y bajadas. Porque así es el territorio inca: se siente en el cuerpo. Y si uno está dispuesto a atravesarlo, deberá estar preparado para la aventura. Y para la altura.


Evita en los muros de Barracas


Turismo sostenible en La Boca y Barracas

Para ampliar la imagen de La Boca y Barracas, para ver algo más que el Puente Transbordador, Caminito, conventillos para turistas, la Cancha de Boca y la Estación Buenos Aires, la Red de Turismo Sostenible de la Boca y Barracas es una alternativa a explorar.

La integran organizaciones sociales, artistas, comerciantes, vecinos dispuestos a mostrar otro aspecto de su barrio. Por ahora hay cinco circuitos (entre 1,5 y 4 km) que se pueden hacer por cuenta propia. Recomiendo conseguir el mapa gratuito que editó la Red, que informa sobre colectivos y ciclovías.

Hace unos días me invitaron a un Blog Day Trip en la zona y conocí el taller de Daniel Slafer (Irala 325), un escultor que un día, cuando todavía era barato, compró un taller de 200 mts2 donde se reparaban ómnibus y lo adaptó como casa. Con cita previa, se puede visitar. Igual que la Casa Museo Taller de Celia Chevalier y otros tantos refugios de artistas. O la fábrica de Alfajores Porteñitos (Del Valle Ibarlucea 938), el Bar Los Laureles (Iriarte 2290) y el restaurante y bar La Flor de Barracas (Suárez 2095), donde me enteré que se preparan ñoquis rellenos de jamón y queso. Me reservaré algún 29 de 2012 para ir a probarlos.

Los circuitos incluyen varios emprendimientos comunitarios, además de la popular Cooperativa Editorial Eloísa Cartonera (A. del Valle 666), como el Centro Cultural El Conventillo, que trabaja con chicos de la Villa 21 y más organizaciones que aceptarían con gusto turistas con ánimo de cooperar de alguna manera.

También hay plazas con sombras menos famosas que las de Palermo, como la Plaza Colombia, frente a la iglesia Santa Felicitas y la Plaza Matheu, rodeada de casas de chapa en venta, veredas altas y vida en la calle. Al fresco y en ojotas.


Celia Chevalier en… El verano del 52

Celia Chevalier abre la puerta y la seguimos hacia su museo, casa, taller. Antes de ver los cuadros la veo a ella. Camina hacia adelante, los pantalones blancos se mueven y son lo bastante transparentes para que se vea su tanga cola less. Cuando estamos frente a ella y rodeados de sus cuadros ingenuos, lo primero que dice es: “Tengo 67 años”.

La casa está en Irala 1162, ahí nomás de la Plaza Matheu y a dos cuadras de Caminito, en La Boca. Adentro, tres salas exhiben su pintura naïf, que recorre la vida cotidiana y las salidas domingueras de los años cincuenta, particularmente del verano del 52. La Costanera Sur, el balneario, la Vuelta de Rocha, el Puente Transbordador de La Boca, la vieja Cervecería Munich y ella, en la mayoría de los cuadros está ella con 8 o 9 años y un peinado parecido al de la maniquí de la foto. Resulta extraño asociar la imagen de ella, que por lo menos hoy no tiene nada de naïf, con sus cuadros con mirada de niña.

Celia habla y habla. Entran los visitantes y le da play a un disco interno. Cuenta de su familia, de sus salidas de joven, del viejo auto bordeaux que aparece en tantos cuadros. El relato incluye anécdotas con Benito Quinquela Martín y Juan de Dios Filiberto.

Cuando parece que la visita está por terminar, Celia abre una puerta y entramos a otra dimensión. Pasamos por su casa, vemos a su gato y llegamos al patio, donde además de un gomero hay… un conventillo anterior a 1885. Escondido, rojo, amarillo, de chapa, naranja, celeste, verde, el típico conventillo donde vivían familias genovesas en el medio del patio. Arriba hay salas que habrán sido dormitorio y una ventana que da al ceibo más grande que vi. Me voy a agendar para visitar el conventillo a fines de octubre, así lo veo en flor.

Ya nos vamos, pero Celia sigue. Nos despide y mientras agita la mano mueve su corset blanco bien relleno, como una bailarina del Moulin Rouge.




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