El hombre imaginario, de Nicanor Parra

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

De su libro Hojas de Parra, CESOC Ediciones, Santiago.


Momentos en vías de extinción

Antes de llegar a la estancia Finca Piedra donde nos quedamos la última noche del viaje uruguayo pasamos por San José, la capital del departamento, que tiene un bello teatro de cien años.

A pocas cuadras de la plaza dos viejos muy viejos toman sol en la vereda. Uno sentado y el otro parado, los dos con gorra. Los árboles abrigan algunas hojas amarillas y, aunque hace frío, el sol es amigable esta tarde. Me acerco a conversar. Uno de los dos no ve bien, el otro no escucha, pero parece que disfrutan. El que está sentado tiene 94, el otro 82.

–Pase, entre, yo era peluquero, ahí están las cosas.

Entro sola a la casa, las ventanas abiertas dejan pasar la luz a un cuarto pintado de celeste. El sillón de peluquero frente al espejo, varias tijeras, brochas, todo está más o menos como si hubiera cortado el pelo ayer aunque hará veinte años que ya no lo hace.

Leí que en una reunión de empresarios, en España, Mujica dijo que los uruguayos son medio atorrantes y que no se van a morir por trabajar mucho. Y que es un país decente. Recorriéndolo da esa sensación. La gente tiene algo del Pepe, de su llaneza y espontaneidad. Y también tienen algo de los cantares de Zitarrosa, una cierta sabiduría de vida.

Acá son así, uno habla dos o tres palabras y se abren de par en par. Con la franqueza de la gente sana. Te invitan a su casa, te cuentan su historia, no te invitan mate pero saben compartir. En este viaje varias veces me parece estar ante situaciones en vías de extinción.


El Zoo de Durazno

No me simpatizan los zoológicos, pero voy al de Durazno porque antes de viajar me contaron que varios departamentos tienen su propio Zoo y que suelen existir rivalidades, a ver quién consiguió el hipopótamo y cuál el león. Esa pica me motiva a conocerlo.

Me presentan al subdirector, Enrique Arrúa, frente a la jaula de los leones. Es un hombre de espalda grande y eso me tranquiliza porque estamos muy cerca de los leones, en un pasillo finito y oscuro como los que se ven en las películas de las cárceles. Ahí los meten cuando comen, como ahora que despedazan un trozo de potranca.
En el Zoo de Durazno hay nueve felinos. Quisieron canjearlos a otros zoológicos, pero nadie los acepta porque consumen mucha carne. Mientras Arrúa habla el tigre da vueltas en círculo y pasa pegadito al alambrado, como midiendo quién lo mira y qué pasa.

Los felinos son su animal preferido. Hace unos años él mismo crió un tigre. Lo llevó para las casa porque el intendente de ese entonces le pidió que se lo amansara para poder llevarlo a pasear, sí, como a un perro. Parece que era buenísimo, andaba adentro, hasta dormía en la cama con su gurisa (hija chica).

–¿Qué?
– Sí, era mansito como un gato, aunque los peluches se los destrozaba todos. El intendente lo venía a buscar, lo paseaba con correa y me lo devolvía.
–¿Y tenés fotos?
–¡Pa! Es que cambié de patrona y esas quedaron en la otra casa.

A Arrúa tampoco le gustan los zoos, pero cree que es la única forma de que las nuevas generaciones conozcan los animales. Da un vistazo a las jaulas y dice, como si hablara de su hija, de su hijo, de su familia: “Doy mi vida por ellos”.


Uruguay, gira interior


En este número de la Revista Lugares hicimos -con el fotógrafo Nicolás Janowski– una gira interior por Uruguay. Atravesamos la cuchilla de Haedo, que cruza el país de Norte a Sur, vimos extensas plantaciones de eucaliptos y camiones cargados con los troncos que serán pasta de celulosa. Probamos el mate con yerba sin palo, nos cruzamos con seis gauchos que arreaban 2800 ovejas, visitamos una planta que producirá caviar de esturión en el río Negro y hablamos portuñol en Masoller, frontera con Brasil.

Es un recorrido arbitrario que cruza siete departamentos, cada uno con sus paisajes, gentes, plaza Rivera y calle Artigas (y viceversa), nostalgias de trenes que ya no pasan, parrillas donde el entrecot es la estrella y confiterías que venden postre chajá. Salvo algunas excepciones no hay restaurantes que quiten el sueño, pero sí buenos hoteles y posadas.

Un viaje exploratorio en el que tomamos rutas principales –la 5 que va de Rivera a Montevideo–, y otras secundarias como la 30 que pasa por Tranqueras, el pueblito del verso que canta Zitarrosa. De Corrales a Tranqueras, ¿cuántas leguas quedarán? Dicen que son once leguas, nunca las pude contar. Las hice con agua y viento, escarcha de luna y sol, pero entonces no contaba porque iba rumbo al amor.

Es probable que quede algo afuera y es seguro que el viajero atento lo encontrará.
La revista se consigue hasta fin de mes en el kiosco amigo. Y para los que viven lejos, en estos días publicaré algunas perlitas de nuestra cosecha interior.


Monumento a Perpetuidad

La niebla de esta mañana es perfecta para visitar el Monumento a Perpetuidad, antiguo cementerio de Paysandú. Funcionó poco tiempo, el suficiente para que se hicieran panteones monumentales. Como el de la familia Stirling, que pesa 50 toneladas de mármol de Carrara y costó 48.000 pesos oro cuando un peón ganaba 25 pesos oro al mes.
A fines de 1880 algunas familias de fortuna encargaron su mausoleo a escuelas de arquitectura de Roma. Los artistas venían con un muestrario bajo el brazo y se elegía el panteón por catálogo. Luego regresaban a Italia para hacerlo y lo traían desarmado en el barco. Los árboles exóticos y las diagonales de este pequeño cementerio completan el paisaje artístico y mortuorio.


El cazador de jabalíes

Andando por la Bajada del Minuano y otros caminos de tierra del Lunarejo, en el interior de Uruguay, da la sensación de estar en la intimidad del paisito. Dónde si no se podría uno encontrar un cazador de jabalíes con cinco cabezas colgadas en la pared de su casita de madera.

Dagoberto Moraes Valiente, Beto Valiente para los amigos, sale ni bien nos ve. Tiene los ojos hundidos, boina de gaucho y la nariz gorda como una empanada. “Dígame si no me parezco al Pepe”, me pregunta y sí, se parece a Mujica. Moraes cumplió 64 y parece veinte más. No puedo dejar de mirar las cabezas de los puercos que tengo a mis espaldas: los colmillos largos como un dedo índice y la lengua seca como charqui.

Enseguida trae la carabina, posa para las fotos con la soltura de un actor en la Isla de Caras y cuenta con detalles y ceño fruncido una cacería nocturna donde su bala mató al chancho de un solo tiro:

–El animal estaba furioso, entonces lo torié, él se empacó y ahí nomá le pegué el tiro que le entró por el pescuezo, le atravesó el corazón y le salió por la paleta. Pesaba 78 kilos. ¡Pá!

Cuando llego a la Posada Lunarejo todavía conmovida por el personaje conozco a un profesor de historia de Tranqueras y cuando le cuento de Beto Valiente suelta una carcajada con ganas.

– Hace años que Valiente se dedica a plantar boniatos (batatas). Los jabalíes los caza el hijo.




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