La chiquitanía, el lejano oriente boliviano




La Chiquitanía entera queda lejos.
Una tarde caminé por San Javier, saqué fotos de la plaza, de las brochettes que vendían al paso, de un árbol de papayas, de un nene que andaba en una bicicleta con rueditas talladas en madera, de un teléfono público con caparazón de mulita, de los obreros que reparaban el techo de la iglesia más antigua de estas misiones, y de un cacho de banana.
Estaba a unas cuadras del centro cuando vi que se acercaban estas chicas, cada una con un ramo de flores frescas. Iban tan alegres, iban a un velorio. Sonrisas blancas, piel castaña, pelo negro. Hablamos unos minutos, les saqué fotos y les ofrecí mandárselas por email. Se miraron entre todas y una preguntó: “Email… ¿Qué es eso?”.


Hasta el 6 de mayo, en las iglesias jesuíticas de la Chiquitanía, suenan violines, cornos, trompetas, flautas. Habrá más de cien conciertos de música antigua, que salió de partituras antiguas encontrada en baúles y restauradas. Unos 800 músicos dando vueltas por la selva, con los toborochis en flor.
Los que se ven en la foto son músicos del conjunto noruego Nordisk Brass Ensamble. La saqué el año pasado, en el concierto inaugural en Santa Cruz de la Sierra. El último festival coincidió con la erupción del volcán islandés. Los once músicos escandinavos llegaron minutos antes del concierto. Antes que nada, contaron brevemente su itinerario. No pudieron volar desde Oslo, tuvieron tomar un micro y andar cuarenta horas hasta Madrid y de ahí volar a La Paz y luego a Santa Cruz. Llegaron pálidos y extenuados, pero ese día la música que tocaron se metió en los zócalos de la Catedral y en el corazón de los que estuvimos ahí. Tocaron con arte, ánimo, potencia.
La gente no dejaba de aplaudir, tuvieron que hacer varios bises antes de poder irse a dormir. Ayer, mientras escribía esta nota, me metí en el sitio Web de los noruegos. Quería volver a escuchar esas trompetas. En un link decía Bolivia y abajo “Puente de músicos”. Entré y pude leer que crearon una fundación desde donde se pide a los músicos noruegos que donen los instrumentos que no usan a los músicos chiquitanos. También leí que este año vuelven a Bolivia. Ya deben haber llegado.

Cada tanto aparece una noticia sobre algún tesoro perdido y recuperado: monedas de oro en un galeón hundido, restos de un dinosaurio, un riquísimo ajuar funerario. Todo muy valioso, todo inerte.
En cambio, las partituras que se encontraron en un viejo baúl de una iglesia chiquitana están vivas.
Desgastadas, olorosas, raídas por el tiempo, la humedad, las termitas, el encierro. Y vivas. Y llenas de música.
Música compuesta hace más de 300 años por jesuitas e indígenas. Música que nació en la selva, entre heliconias y tajibos (lapachos). Música barroca. Música anónima. Música con textos en lenguas originarias. Música manuscrita. Música espiritual. Música que estuvo perdida y hoy salta de violín en violín, de corno en trompeta, de flauta en contrabajo.
Pronto llega otro Festival de Música Barroca en las antiguas misiones jesuíticas del lejano oriente boliviano. Participarán jóvenes talentos locales y coros y orquestas consagrados. Más de 800 músicos dando vueltas por la selva, más de cien conciertos y, todavía, pocos turistas.
El artículo completo y las fotos que saqué, en la revista Lugares de feberero. ¡Pedísela a tu kioskero amigo!
Cuenta una leyenda del oriente boliviano que había una vez dos jóvenes que se amaban.
Para variar había un problema grave: eran de dos etinias distintas y sus padres no los dejaban verse y mucho menos estar juntos. La boda de la bella joven ya estaba arreglada con otro, que seguramente era un tonto.
Entonces, como suele pasar en estos casos, los amantes se escaparon. Corrieron durante horas y horas por la selva hasta que se sintieron a salvo. Y ahí, amparados por tajibos (lapachos) y toborochis (palos borrachos) se dieron un abrazo tan pero tan tan fuerte que murieron asfixiados.
Escuché esta historia en la plaza de San Ignacio de Velasco, por quedarme un par de minutos mirando cómo una pareja de jóvenes que se besaba apasionadamente en el banco de la plaza.
- Parecen el bibosi y el motacú, me dijo un hombre que andaba por ahí y señaló la planta que se ve en la foto.
El bibosi es un tipo de ficus que se enrieda apasionadamente sobre el motacú, una palmera débil y con frutos ricos.
La leyenda termina contando que en el pedazo de tierra donde cayeron los amantes asfixiados creció el primer bibosi en motacú.

Me desperté con ánimo de estar en este cuarto de este hotel de Coroico, en las yungas bolivianas. Aclaro que no es un post pago, sólo el recuerdo de un lugar salvaje donde se descansa muy bien.

En las calles y en los mercados de Jujuy y Salta, la medicina casera de Perú se vende tanto como la hoja de coca. La mayoría de las veces está vencida, pero dicen las vendedoras que no hay problema, que hace efecto igual. No pude resistirme al packaging tropical. Adentro de cada cajita hay una lata de aluminio con un ungüento mentolado de color verde o amarillo, según las propiedades. Creo que esta noche probaré la combinación de eucalipto y copaiba, recomendada para roturas de huesos y tortículis.
Entre La Paz y Coroico, en Bolivia, un descenso en mountain bike de 63 kilómetros por el camino más peligroso del mundo, que comienza en un paso de altura a 4.700 metros y termina a 1.200, cerca de una piscina y con las nubes bajas.
La Ruta de la Muerte es un viejo camino que conecta La Paz y Coroico. Fue construido por prisioneros paraguayos durante la Guerra del Chaco, en 1936. Se lo considera el camino más peligroso del mundo por los récords de micros y autos desbarrancados que hubo antes de la construcción de la nueva ruta, hace tres años.
Desde que se hace esta travesía, unos diez años, hubo más de diez ciclistas muertos, posiblemente menos que en dos o tres meses en Buenos Aires.
Algunos tramos son difíciles y el paisaje se mira de ojito o la historia termina cuerpo a tierra, pero creo que lo peor de la ruta es firmar el deslinde de responsabilidad, un documento que dice que uno corre peligro de “heridas, enfermedades o muerte”.
En la Revista Lugares de este mes, se puede leer el relato que escribí después de haber sobrevivido.
“Llegó la hora de Yolanda La Amorosa. La luchadora, de menos de treinta años, camina hacia el ring con la elegancia de una actriz que llega al Festival de Cannes.
Levanta la mano para saludar a su público, que la aplaude, le grita, la alienta, le chifla, le exige. Ella camina lento, con estirpe real. Bambolea su faldón rosa, inflado como un merengue.
No parece una luchadora ruda sino más bien una princesa inca. Tiene los ojos achinados, la nariz fina –a pesar del puñetazo que más tarde supe que le pegó su padre–, los labios grandes y el pelo azabache. Lleva una mantilla tejida a crochet y aretes que parecen de oro, y que se quitará antes de luchar. Yolanda La Amorosa sube al ring y le muestra a sus seguidores lo que ellos quieren ver: puños cerrados y cara de mala. [...]
Escribí esta nota para el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile. Se puede leer completa acá.
A más de 3.600 metros de altura, cuando uno cree que si da un paso más La Paz saldrá volando, ahí queda la calle Linares, también conocida como la Calle de las Brujas.
Estas brujas son cholitas especializadas en la venta de amuletos, ungüentos y menjunjes aromáticos para pedirle favores a la vida, desarmar maleficios, olvidar algún amor, encontrar un trabajo, curar a un ser querido.
“Los amuletos son para la casa y los talismanes, bien pequeñitos, para la cartera”, me cuenta Lourdes M., una de las brujas. El más vendido es el del amor y segundo el de la Pachamama, que en un primer vistazo puede parecer una figura algo monstruosa. Tiene tres cabezas que representa las tres etapas de la mujer -niña, joven, anciana-; una tortuga (larga vida) de un lado; una vívora (protección) enroscada; un sapo (fortuna); un pescado (salud) y una calavera (muerte).
Los talismanes de piedra son pequeños. Hay búhos (inteligencia); cóndores (¡buen viaje!), parejitas entrelazadas (amor); jaguares (protección para el hogar) y más. El talismán de cartera es una botellita mínima, con piedras de colores adentro y unos hilos de lana alrededor. Como comprar un arco iris.
De los puestos de las brujas cuelga el feto de un animal. En general está al costado, en un gancho de carnicería, y también suelto sobre una lona, como en la foto. “Son fetos de llama”, dice Lourdes cuando ve mi cara de espanto.
Los de llama se utilizan en el fundamento de una nueva casa, se mezclan con el cemento y los materiales de construcción. Menos a la vista están los fetos de chancho: son para sacar la maldad; los de oveja: para llamar al ánimo; los de vaca: para los trabajadores de las minas.
“¿Y de dónde sacan tantos fetos?”, le pregunto a Yvet F., la bruja de al lado. Dice que muchas veces cargan a la llama por demás, sin saber que está preñada, entonces se dan estos abortos naturales.
En eso estamos con Lourdes, Yvet y el abanico de fetos. No sé si será la altura o las especificaciones del caso, pero me siento mal. El llanto de un niño rubio de unos cuatro años rompe el silencio de la calle Linares. “¿Qué le pasa al niño?”, pregunta Lourdes sin bajarse de su almohadón enorme. Desde la vereda de enfrente, el padre responde: “Es que quiere ver una bruja y no aparece”.
Lourdes M. sonríe y me da el vuelto por el talismán de cartera que le compré. Quizás es pura sugestión, pero juro que cuando la saludo, antes de salir corriendo de esta calle de miedo, me parece ver una berruga en la punta de la nariz de Lourdes. Ella sigue sonriendo, con dientes de oro y la mirada en otra parte.