La marcha de la semilla
The seed, un video de Johnny Kelly.
En síntesis: mi hermano, cuñada y sobrinos partieron, hace algunos meses, en un viaje integral.
Todavía no se fueron a ningún lado, pero adoptaron nuevas costumbres, como el uso de azúcar mascavo, sal rosa, harina de centeno, miel, quínoa, sésamo, manzana sin cáscara, fibra, fibra, fibra, rúcucla orgánica, semillas de girasol y más.
Compartimos mucho tiempo juntos y el otro día, después de una tarde de de sol y piscina, preparé unas milanesas al horno. Cuando estaban casi listas, se me ocurrió un plan. Agregarles un pedacito de queso para que se parecieran a unas milanesas a la napolitana, wow, qué delicia.
Quise compartir la idea y pregunté, al tiempo que abría la heladera, para buscar el Port Salut: Ale, ¿le pongo queso a la tuya?
Entonces, se escuchó en la cocina un NO rotundo, grave, mayúsculo. Me di vuelta para ver si la bebita se había mandado alguna travesura. Pero no, ella no tenía nada que ver, ¡era el queso!
- Carol, ¿sabías que si mezclas el hierro con los lácteos no absorbes el hierro?
Ay, qué susto. Mi mano que tenía el queso agarrado, lo soltó ante la sentencia que sonó como una amenaza de bomba. Después, absorbí, doy fe, una explicación de varios minutos sobre la alimentación sana.
Mientras borraba de mis pensamientos la bellísima imagen del quesito derretido y doradito chorreando por los costados, abrí la heladera para buscar un limón, porque ¿sabén qué?
¡El limón se potencia con el hierro!
El nuevo pasaporte integral de mi hermano y su familia me inyectó energía, nuevas fuerzas, ánimo y muchísimas ganas… de conseguir un pasaje urgente a la Isla de la Mayonesa. Prometo escribir un post desde allá.

Con este tema de los Reyes Magos, mi sobrino de cinco años se fue antes de casa porque tenía que ponerle pasto y agua a los camellos, que llegan de “un lugar muy lejos”. Le conté que atraviesan el desierto, por eso tienen tanta sed. Después le pregunté si sabía qué era el desierto. Entonces, me dijo con seguridad de catedrático: “El desierto es un país”.
Cuando se fue me quedé pensando en el Tar, el gran desierto de la India. Podría haber recordado otros desiertos más o menos literales, pero pensé en ése. Probablemente porque por allí viajé algunos días en camello, igual que los Reyes Magos, y cuando volví necesité agua fresca.
El Tar está cerca del límite con Pakistán y, como muchos desiertos, es un infierno durante el día y un cubito de hielo por las noches. Los dos chicos de la foto fueron mis guías. Sabían seguir huellas y podían ubicarse en el manto de arena. Cantaban hits indios por las tardes y fumaban bidis siempre que podían. La rutina del día: montarse sobre el camello bien temprano y avanzar con el andar desgarbado y lento de los animales de pestañas largas y mirada triste. Hasta un paisaje apto para acampar, sin carpa, apenas con el saco de dormir bajo las estrellas. La noche en el desierto es silenciosa y da la impresión de que pasa más despacio que otras. La noche del desierto es quieta como el agua de un lago. La noche en el desierto es sospechosa.
Por momentos, los camellos trepaban dunas blandas, pero más que arena en el Tar había aridez, tierra agrietada, arbustos bajos y blancos de polvo. A vista de pájaro, el desierto parece un paisaje muerto, pero atravesándolo cobra vida. Se llena de viento, aparecen las lagartijas, algún zorro, un halcón al acecho de la debilidad ajena.
Además de resistente, el camello es alto, pero ni siquiera desde la altura el panorama dejaba de ser uniforme. Desde la joroba, el desierto del Tar me pareció infinito, como el horizonte en el mar. Cuando viajé por el Tar, la desertificación era un tema menos frecuente. Con la sequía actual, quizás dentro de algún tiempo no sólo los Reyes Magos se muevan en camello. El desierto, un país en expansión. Se lo comentaré a mi sobrino.
El consumo verde se propaga en Estados Unidos y suma nuevos ámbitos, incluso el de los sex shops.
Cuando hace unos meses estuve en Nueva York pasé por Babeland, en el Lower East Side, un negocio que entre 2007 y 2008 triplicó sus ventas de juguetes sexuales que no dañan el planeta. Sus artículos más vendidos son condones veganos, lubrincantes orgánicos, esposas de neoprene, látigos de goma re
ciclada y vibradores hechos con tecnología verde. Como el vibrador Angel de la Tierra, que se ve en la foto. No lleva a pilas, se recarga a mano y hasta el packaging está hecho con material reciclado.
Y qué tiene un condón de origen animal, me pregunté pensando que estaban hechos totalmente de látex. Entonces leí que los condones incluyen entre sus compone
ntes, la caseina, una proteína láctea. La versión vegana la reemplaza por polvo de cocoa.
La conciencia por el Planeta en el Primer Mundo llega hasta el reciclado de los juguetes sexuales. Los que lo hagan, tienen gift cards de recompensa por el entusiasmo.
En Europa, también existen tiendas de juguetes sexuales responsables para con el planta, como Selfserve Toys, en Berlín, y French Letter, en Londres. No sé si habrá alguno en Copenhague, pero seguro que en estos días venderían sin parar. Eso sí, los precios de los juguetes verdes son de Primer Mundo. Sólo para muestra: el vibrador Angel de la Tierra que venden en Babeland de Nueva York cuesta 90 dólares. Me da la impresión de que en Latinoamérica, los sex shops todavía son más rojos que verdes.
“Si en este instante me diera vuelta vería un abismo que se abre como un ojo negro en el medio de una roca y baja al corazón de la Tierra. Parece ciencia ficción, pero es ecoturismo.
Así se ve la entrada al Abismo Anhumas, una caverna descubierta en 1974 y abierta a los visitantes hace trece años. Cuando Marcio termine de colocar el arnés y cerrar los mosquetones, bajaré por esa hendidura que prefiero no mirar antes de tiempo. Son 72 metros de rappel negativo, es decir sin un punto de apoyo, hacia el interior de una caverna. Una empleada de turismo de Bonito asegura que abajo hay un lago cristalino, hasta me mostró fotos. Pero ahora mismo, entre el casco, la euforia y el vértigo, no lo puedo imaginar. Ni si quiera sé qué hago acá, cómo llegué al punto de estar atada, con un vacío a mis pies y habiendo firmado un deslinde de responsabilidad. Entonces, pienso en Julio Verne y la expedición del profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans hacia el centro de la Tierra. Ellos me animan a seguir adelante.
Una vez abajo, la única forma de salir es por esta misma entrada, subiendo los 72 metros por la misma soga, a través de un movimiento coordinado de brazos y piernas que enseñaron ayer en un curso express, y que espero recordar.
Mientras hacen nudos y ajustan piezas, los cuatro monitores de seguridad comentan que en la región de Bonito hay más de 70 cavernas relevadas, y contando la Sierra de Bodoquena, unas 500. Y que ésta, el Abismo Anhumas, es la más profunda. Por qué tuvieron que aclararlo, me pregunto con las manos transpiradas. La información me sirve para la nota, pero… justo ahora. El nombre “abismo” y el precipicio alcanzan para disparar fantasmas. Enseguida sueltan bromas, sacan la foto del recuerdo donde todos saldremos pálidos, por el miedo y la hora. Son las 8 de la mañana, está nublado y sopla una brisa fresca. [...]”
El que quiera saber cómo sigue esta historia tendrá que comprarse el número de diciembre de la revista Lugares, que apareció hoy.
Ahí cuento un viaje a Bonito, una ciudad del estado brasileño de Mato Grosso do Sul donde se practica exploración de cavernas, snorkel en ríos cristalinos, trekking con baños en espléndidas cachoeiras, buceo, avistaje de aves tropicales y lo último en ecoturismo.
Hay órdenes que no me molesta escuchar. “Te vas a un safari de lujo en Africa”, por ejemplo. Enseguida me imaginé durmiendo en lodges de pocas habitaciones y muchas estrellas, rodeada de millonarios excéntricos, que pagan mil euros por día (y veinte mil más si quieren matar un elefante) y empleados que se inclinan apenas uno pestañea.
Fantaseé con una selva cercana, con leones y leopardos y esos animales de zoológico o película de Disney. Decidí poner en la mochila una muda elegante para alguna cena de gala. Hasta llevé sandalias. Fui bien preparada… para otro viaje.
El primer hotel, en Windhoek, capital de Namibia, alcanzaba raspando las dos estrellas. El lujo empezará mañana, pensé. Al día siguiente, en vez del lujo vino un camión con mochileros europeos, bastante tierra y ventanas amplias. Tampoco llegaron los leopardos ni los leones, pero los escuché rugir, una noche de luna llena. Tan cerca que tuve que darme vuelta para ver si no estaban en el colchón de al lado.
Durante diez días, pasaron Namibia, Botswana y una esquina de Zimbawe por las ventanas amplias del camión. Chozas redondas y con techos de paja; jirafas, elefantes y avestruces; negros grandes y negros chicos, siempre flacos y con dientes blancos caminando a los lados de las rutas. En el interior de Africa casi no hay autos y la gente vive caminando.
Pasaron planicies inmensas y secas. No era un desierto de arena, pero aquellas tierras no conocen la lluvia. Pasó, también la angustia de Louis Motlaleselo, un chico de 24 años parecido a Samuel Jackson. Louis es de la tribu bayei del delta del Okavango. Un día me contó que debía comprar seis vacas para pagarle la dote a la familia de la mujer que amaba. “Seis vacas es mucho dinero. Quizás no las pueda comprar en toda la vida”, dijo y bajó la cabeza.
Pasaron baobabs, tours de jubilados que sí iban a lodges de muchas estrellas y pocas habitaciones, atardeceres sin brisa y un par de motoqueros solitarios. Pasaron tres mujeres con tres bidones vacíos sobre sus cabezas. Después de un rato volvieron a pasar con una mano en la cintura para equilibrar los cinco litros de agua que llevaban sobre sus cabezas. En Africa el agua es un deseo que a veces se cumple y otras no.
Y pasó la mirada humillada de Lovemore Sibindi, cuando me contó sobre la vez que no lo dejaron entrar a un restaurante de Sudáfrica porque era negro. Hace un año.
Durante diez noches –todas en carpa- hubo horas de insomnio, de risas y de comida de campamento. Hubo cuentos de fútbol, linternas sin pilas, historias de vidas europeas y africanas, dos mundos separados por un oceáno profundo. Nunca la geografía fue tan literal.
El calor no pasó nunca. Se instaló, como un pasajero aplicado. Ocupó un asiento en este safari sin cena de gala, pero con el lujo de soñar la lluvia.
Además de ser amigo de la casa, Leandro Uría es periodista del diario La Nación de Argentina, músico, escritor, viajero y…¡fanático de Berlín!
A continuación, un texto suyo, entre recuerdos, postales y envíos por correo en tiempos de Muro.
Justo en estos días, cuando Berlín empieza los festejos por el 20º aniversario de la caída del Muro, recibí varias postales de regalo enviadas desde la capital alemana. Me las mandó una amiga: Nina Apin, periodista del TAZ, el diario en el que fui redactor invitado durante una beca en 2007, y forman parte de la hermosa colección de Pony Pedro, la empresa berlinesa en la que trabaja su pareja, Sebastian. En una de las cuatro que recibí, Nina, que hace poco fue mamá de Charlotte, me cuenta, entre otras cosas, que pronto vuelve a trabajar al diario y me da sus impresiones sobre el nuevo gobierno alemán.
No es la primera vez que recibo una postal de Berlín. En agosto de 2007 me había enviado otra Barbara Bollwahn, periodista y escritora, nacida en Alemania del Este durante el régimen comunista, a quien también conocí durante mi beca en el TAZ. La postal venía acompañada de un regalo: su libro para jóvenes Der Klassenfeind + ich (El enemigo de la clase + yo), en el que Bollwahn cuenta una historia de amor entre una chica alemana del este y un alemán del oeste que se conocieron en Budapest, Hungría, en los 80. Su libro muestra también cómo el Muro podía separar no sólo dos sistemas políticos sino también convertirse en una barrera para que el amor y el deseo se realizaran. El libro empieza así: “¡Mi querido diario! No tengo idea por dónde empezar. Han pasado tantas cosas fantásticas en los últimos días.
Todo empezó el viernes, cuando llegó el primer paquete del oeste. Como siempre de Elisabeth, la amiga de la abuela Elfriede [...]. Esta vez ella me ha enviado un fantástico traje de baño, una lapicera Pelikan y un borratintas. Y también dos números de la revista Bravo. Obviamente yo conocía ya esta revista. Algunas chicas de mi curso tienen colgados pósteres de cantantes y bandas de Bravo en sus cuartos”.
Hoy en día, la protagonista del libro de Barbara podría enviar hermosas postales de Berlín a amigos de todo el mundo, en vez de esperar ansiosamente paquetes del oeste como lo hacía antaño. Pero ella sólo existe en un libro de ficción. ¿No existe en la realidad? Tal vez no, pero quienes participen de los festejos callejeros de Berlín por la caída del Muro sólo deberán aguzar un poco la mirada para encontrarla.
Me gusta observar aves. No tanto por espiar sus costumbres y dibujarlas con lápiz en libretas de campo, como seguramente hacen muchos de los 48 millones de observadores de aves que existen en el mundo.
Lo que más me motiva es la sorpresa del descubrimiento. El instante en el que la veo inmóvil en una rama o en vuelo hacia la copa de un árbol.
Hace un par de semanas regresé de Bonito, una región en el estado brasileño de Mato Grosso do Sul que vive del ecoturismo.
Hay tantos paseos y excursiones que es difícil decidir cuál hacer. En eso estaba, preguntando, marcando y tachando paseos cuando una guía, hija de guía y prima de guía y amiga de guía, me dijo: “No dejes de ir al Buraco das Araras”. Tomando en cuenta su linaje, seguí la indicación.
El Buraco das Araras es primero que nada eso, un buraco, agujero en portugués, donde hay papagayos (araras). En este caso son araras vermelhos, como los de la foto.
El buraco es un pozo enorme de cien metros de profundidad, que se abre en medio de la vegetación. Hace menos de treinta años varias familias de papagayos que vivían entre las paredes rojizas. Pero después, poco a poco, el buraco se fue convirtiendo en un basural. Se tiraban fierros, algún auto que no servía. Como era un sitio bastante retirado del pueblo más cercano, hasta se usó para guardar cadáveres resultantes de peleas y duelos. Merodeaban los cazadores, al parecer no sólo de aves. Por las dudas, los papagayos huyeron. Y el buraco quedó abandonado por más de diez años.
Con el envión del ecoturismo, el lugar se revalorizó y transformó 29 de sus 100 hectáreas en una Reserva Privada del Patrimonio Natural. Los nuevos propietarios de la fazenda, con la colaboración del Ejército y los Bomberos, limpiaron el basural, la vegetación volvió a crecer y, lentamente, las aves recuperaron la confianza y regresaron. Desde hace un tiempo el Buraco das Araras forma parte de un nuevo circuito por seis campos para observar aves en el área de Serra da Bodoquena, donde hay más de 450 especies.
Las estrellas de este lugar son las 40 parejas de araras vermelhas que tienen sus nidos en los acantilados rojizos de piedra arenisca. Pero también vale estar atento a otras aves, en el lugar hay 127 especies.
Bergson Sampaio, el que mira por el visor en la foto, es uno de los guías que acompaña a los turistas por la senda de un kilómetro que lleva a los miradores. El tipo es el que abre la tranquera de la fazenda, todos los días a las 5 de la mañana. En sus caminatas tempranas ha visto no sólo araras y otras aves, también cobras y un hermoso lobo guará, que no puede olvidar. Es un fanático de los animales y especialmente de las familias de araras que viven en la fazenda, como él.
Mientras regresábamos por el sendero, justo antes de ver una pareja de tucanes y dos colibríes, Bergson me contó que hace unos meses empezó a trabajar en una suerte de documento de identidad para cada papagayo, sacándole una foto de la cara, donde el ave tiene la marca que las distingue.
En el camino de vuelta, además de pájaros, nos cruzamos con varios turistas que llegaban desde lejos a ver las aves en su hábitat natural. Como varias estancias o fazendas de la región de Bonito, hasta hace no mucho tiempo ésta vivía del ganado. Hoy vive del ecoturismo, particularmente del birding, como suele llamar a la observación de aves. La entrada que incluye una caminata con guía a dos miradores cuesta 13 dólares; el día completo, 35.
Octubre es el mes mundial de las aves y una buena época para iniciarse en esta actividad, que suma esta nueva ruta donde se pueden observar cardenales, búhos, varias especies de garzas, cuervos rey, distintas especies de martín pescador y carpinteros y el elegantísimo gavilán real, entre otras coloridas, pequeñas, escurridizas, cantoras.
Descubrirlas se parece a encontrar un íntimo botín, creo que por eso me gusta. Cada ecosistema tiena sus propias aves y en el cerrado, el que predomina en la Serra da Bodoquena se ven ejemplares azules, rojos, anaranjados como una papaya, de inspiración tropical.
Pero para empezar no hace falta irse tan lejos. Basta caminar hasta la plaza más cercana, sentarse en un banco, hacer silencio y esperar.
En Berlín hay un museo que se llama Topografía del Terror, en un predio donde entre 1933 y 1945 tuvieron su sede las centrales de la Gestapo, la SS y los servicios de seguridad del Reich.
Hasta ahora fue un museo al aire libre visitado, cada año, por cerca de medio millón de personas. Pero según el artículo que leí el domingo, en mayo de 2010, en coincidencia con el 65° aniversario de la capitulación alemana, estaría terminado el centro de documentación que se construye desde 2007 en Niederkirchnerstrasse 8. En esta página se pueden seguir los avances de la obra en fotos, mes a mes.
A diferencia de otros museos de la memoria situados en antiguos campos de concentración, éste no está oriendado a las víctimas sino a conocer la maquinaria estatal y la logística que utilizó Hitler para llevar a cabo el Holocausto. “Las autoridades de la Fundación Topografía del Terror nos pidieron que mostráramos quiénes eran los perpetradores y por qué lo hacían”, declaró el arquitecto Heinz Hallman, a cargo del proyecto.
Más allá de la noticia y de la controversia que puede causar el nuevo foco, me interesa el tema de los museos de la memoria, como lugares de reflexión colectiva sobre el nivel de atrocidad que puede alcanzar la conducta humana. Hace un par de años, se reunieron en Buenos Aires siete directivos de museos de conciencia en sitios históricos y debatieron sobre la misión de estas instituciones, a propósito de la creación del Museo de la Memoria en la ESMA. En esa oportunidad, el director del Terezín Memorial de República Checa, Jan Munk, señaló: “El deber de cada museo es entregar el pasado a la actualidad. Entrar de un modo activo en la enseñanza de los jóvenes. Nosotros lo hacemos con exposiciones, publicaciones, films y programas pedagógicos específicos”.
Desde el punto de vista turístico, se considera este tipo de visitas como una ”atracción” más. En una guía de viajes puede ser que se le dedique la misma cantidad de líneas a un museo de la memoria que a un mercado de artesanías. Es otro producto turístico, con precio y duración. Algunos lo compran y otros no.
Me acuerdo de los Cheung Ek Killing Fields, en Camboya. Cuando llegué a Phnom Penh, la capital del país, las guía señalaba entre sus destacados: el antiguo mercado, un museo, los campos de arroz, el Mekong, la pagoda de Ounalom y los Killing Fields o Campos de la Muerte, donde fueron asesinados 8985 camboyanos. Ni bien llegué se me acercó un motoquero -los recorridos suelen hacerse en moto- a decirme que me podía llevar hasta ahí y cuánto costaba.
El genocida camboyano Pol Pot ejecutó entre 1975 y 1979 a cerca de dos millones de compatriotas, más del 21 % de la población, porque pensaban distinto. El Campo de la Muerte está a 15 kilómetros de Phnom Penh, la capital. Es una extensión verde, con el pasto crecido, algo abandonado. Cerca de un árbol hay una columna de madera y vidrio, alta, llena de cráneos muy blancos. El día que fui la rodeaban girnaldas de flores anaranjadas. Había algunos turistas dispersos, que hacían un homenaje íntimo a las víctimas. Además de la sonrisa del Bayón, las apsaras danzantes y los templos de Angkor Vat, la imagen de esa columna rígida de cráneos es una de las vivas de ese viaje, que fue hace ya muchos años.
Lo que el motoquero no me dijo, ni dicen las guías ni los folletos en Camboya o Alemania, es que de una visita a estos museos de la memoria se regresa con los ojos hinchados y listo para quedarse el resto del día con dolor de alma.