Selva

Ayer me contó una amiga que uno de los nombres posibles para su hija que está por nacer es Selva. Lo escuché y me dieron ganas de volver al Amazonas.


Amarillos de Atacama

Pau J. viajaba por el desierto y me acordé de ella porque leí una poesía de José Watanabe en donde habla del desierto de su país, Perú. Aunque Pau J. recorría Chile y Bolivia se la mandé. Muchas veces, se sabe, las fronteras no pueden dividir los paisajes.
El correo quedó archivado en elementos enviados y pasaron los días y las tareas. Me pidieron una nota de la selva y unos días después, el desierto estaba lejos.

Pero una tarde llegó la respuesta de Pau J. Me hablaba de paisajes surrealistas, inmensos, sagrados. Paisajes en mutación, escribió. También dijo que recibió la poesía de Watanabe una noche estrellada en la que casualmente escribía en verso.

Y adjuntó estas fotos de un amanecer en Atacama, en un viaje de vuelta de Bolivia a Chile. De un amarillo tan potente que no parece un amanecer más, sino el único amanecer, el amanecer de los amaneceres.

El mail era corto, pero bastó para abrir una ventana en la tarde nublada. Pensé en cuánto me gusta recibir -y enviar- correos durante un viaje.


Noticias del retortuño

A tardes de caramelo en la cocina de la casa de mi infancia, a eso me hace acordar el aroma del retortuño. Apenas se tostaba y era la base del flan. La mejor parte venía cuando nos daban una cucharita y cada hermano se buscaba un rincón para disfrutarla. Como perros con su hueso.

Si no hubiera sido por Víctor Abel Montesino, guardián de la capilla de Achango, no sabría qué es el retortuño. Cuando nos estábamos yendo del templo más antiguo de San Juan, el tipo se agachó, cortó una ramita y al abrir la mano tenía este resortito amarillo.

Montesino vive solo en Achango, quizás por eso cada vez que llega un turista quiere conversar. Muestra frutos, cuenta historias, nos hace subir al campanario. Todas maneras de estirar la compañía o acortar la soledad.

La planta del retortuño es bajita, achaparrada y, como muchas en esta tierra árida, tiene espinas largas, blancas y pinchudas. Me pareció tan curioso el fruto -la forma, el color, el nombre- que junté varios para mis amigos. Hasta ese momento no había sentido el olor. Ya en Buenos Aires, la primera vez que sentí el aroma a caramelo, a vainilla suave no lo creí natural. Pensé que seguramente lo habría guardado cerca de una crema de manos y tomó el perfume. Pero no, busqué otro y después uno más y todos olían a caramelo y me llevaban a esas tardes de flan casero.

Contó Montesino que los antiguos lo usaban para teñir las alfombras y que ahora lo buscan las gitanas para diseñar sus amuletos.

Leí que la planta pertenece al género Prosopis strombulifera y a partir de un mismo pie crecen muchas plantas. El resortito es el fruto, adentro están las semillas que al parecer son verdes. No, todavía no lo comprobé porque es demasiado lindo para romperlo. Además, ya integra la galería de talismanes que uso para escribir.


Wojtek Grela: de Ushuaia a Lima en bici

Conozco a Wojtek Grela en el ACA de Jáchal, el único lugar por acá para tomar un café express.

Jáchal es la ciudad más importante del oeste de San Juan, la rodean pueblitos mínimos, tierra seca y agrietada, campos de cebollas. Y más allá, las mineras, la cordillera, los glaciares, Chile.

El polaco está en una mesa cerca de la ventana. Escribe en su computadora y le sonríe y parece que en cualquier momento la va a acariciar.

Su bici cargada espera apoyada en una pared, lista para seguir viaje en cualquier momento. Tan rubio, tan extranjero, sin el beneficio de la comunicación, cuánto le quedará afuera en su recorrido “deportivo”, pienso llena de prejuicios.

Me acerco a su mesa. Y me encuentro con que el chico tan rubio y tan extranjero habla muy bien español, de hecho decidio venir a América del Sur para practicar el idioma. Me muestra fotos por parajes remotos donde comparte una comida y risas con gente que conoce en el camino. Cono mis prejuicios hago un bollito para quemarlo en la próxima fogata.

Wojtek es diseñador y fotógrafo. Nació en Polonia, estudió estpañol en Barcelona y un día tuvo el proyecto de hacer un viaje en bicicleta. Y lo está haciendo. Arrancó en Ushuaia, el marketinero fin del mundo y terminará en Lima dentro de un mes y poco. Pedalea unos 70 kilómetros por día, “más no puedo por el calor,  porque son rutas empinadas y porque voy cargado”.

Casi no entra en las ciudades porque lo que más le gusta de su viaje es lo que hay entre un lugar y otro. Eso que cuando uno va en auto pasa de largo para “llegar”.

Lleva más de 30 kilos en la bici: 10 de agua (hace calor y es una zona seca), comida, abrigo y herramientas. Ahora espera que pase la hora de más calor. Partirá otra vez al atardecer y dormirá donde lo pesque la noche. Sale de la ruta, se mete en el paisaje y arma la carpa. No lo ve nadie, no hay peligro. O bueno, quizás un poco, cuando mueve las piedras o levanta la rueda de la bici al día siguiente y aparece un escorpión.


MUSA, el museo subacuático de Cancún

A pesar del envión de las patas de rana, avanzo lento entre las olas. Es un día ventoso y el Caribe está un poco revuelto. Cuando puedo hago foco en el fondo. En este momento, nado sobre una enorme bomba de tiempo. Redonda y con una mecha en una punta, me recuerda a las de Tom y Jerry. Está a unos cinco o seis metros, sobre el lecho marino. Y me tranquiliza saber que no va a estallar.

La bomba de tiempo es una de las más de 400 esculturas que integran el MUSA, el Museo Subacuático de Arte que hace un par de años se crea en los alrededores de Cancún. El verbo en presente es porque continúa en formación: este verano sumergirán otra tanda de esculturas. Así hasta llegar a mil.

El coleccionista de sueños perdidos, El hombre en llamas, La jardinera de la Esperanza, La Última Cena, las esculturas tienen escala humana, son de cemento y están distribuidas en varias galerías submarinas: el Parque Marino Nacional Costa Occidental de Isla Mujeres, Punta Cancún y Punta Nizuc.
¿Por qué?, ¿para qué?, me pregunto mientras paso sobre un hombre hundido que mira tv echado en un sofá, con una lata de gaseosa en la mano y una ramita de coral en el ojo. Todo menos el coral es de cemento, y el objetivo es ése: que vuelva el coral.

Según estadísticas de las Naciones Unidas, desde décadas pasadas se ha perdido más del 40% de los corales naturales y los científicos predicen una pérdida permanente del 80% para el año de 2050. La sobrepesca, el exceso de visitantes y los efectos del cambio climático y los huracanes provocaron el debilitamiento de los arrecifes de coral. El objetivo de estas esculturas es formar un arrecife artificial, que atraerá esponjas, corales y otros microorganismos. En muchas de obras se han plantado gajos de corales de fuego.

El artista inglés que construyó las esculturas, Jason deCaires Taylor, que ya hizo otro museo submarino en la isla volcánica de Granada, debe ser un tipo sin demasiado ego. A medida que la flora submarina avanza, las obras de arte tienden a desaparecer. Pierden los rasgos, cambian de color, se van cubriendo de corales abanico, estrellas de mar. Las rodean manta rayas, las atraviesan caballitos de mar y cardúmenes de pequeños peces espada. Según ha declarado, DeCaires apunta a una simbiosis entre el hombre, el arte y la naturaleza. Y también busca mostrar la amenaza que enfrenta el océano.

Con la atención concentrada en los nuevos arrecifes artificiales, el Gran Arrecife Mesoamericano, el segundo de mayor tamaño en el mundo, puede descansar y regenerarse sin la presión de los visitantes.
En las distintas galerías del fondo del mar se pueden ver un VW escarabajo o vochito, como le llaman en México, y también a varias personas que viven Cancún y que Taylor tomó como modelos. Como “el Rosario”, su primer profesor de español cuando llegó a Cancún, Joaquín, un pescador local o Lily Chacón, en quien se inspiró para esculpir La Mujer embarazada.

Además del recorrido artístico, durante la excursión de snorkel es fundamental estar atento para descubrir los ojos de una raya camuflada en el fondo del mar, la boca que parece pintada de rojo del pez loro, una langosta agazapada en una roca. Después de un rato, vuelvo al barco, donde sigue la música latina y los marineros me ofrecen algo fresco para tomar.


Tibia y Tombuctú

[...] Una vez juntos podíamos partir. Viajábamos de hueso en hueso, de continente en continente. A veces hablábamos. No decíamos frases, ni palabras cariñosas. Decíamos partes del cuerpo y lugares del mundo. Tibia y Tombuctú, Labios y Laponia, Oreja y Oasis. Los nombres de las partes del cuerpo se transformaban en apodos cariñosos; los de lugar, en contraseñas. No estábamos soñando. Sencillamente nos convertíamos en el Vasco da Gama de nuestros cuerpos. Prestábamos mucha atención al sueño del otro; nunca lo olvidábamos. Profundamente dormida su respiración era un oleaje. Me llevaste al fondo del mar, me dijo una mañana al despertar.

No nos hicimos amantes. Apenas éramos amigos y no teníamos mucho en común. A mí no me interesaban los caballos, y a ella no le interesaba la Prensa Libre. Cuando nos cruzábamos en la escuela no teníamos nada que decirnos. Pero no nos preocupaba. Nos dábamos un beso, en el hombro, en el cuello, nunca en la boca, y seguíamos nuestros caminos separados, como una pareja de personas mayores que trabajaran en el mismo centro. Pero en cuanto oscurecía , siempre que podíamos, quedábamos para volver a hacer lo mismo: pasar la noche en los brazos del otro y, así, partir, irnos a otro sitio. Una y otra Vez.

Berger, John “5.Islington” en Aquí nos vemos, Buenos Aires, Alfaguara, 2006, pp.114


En las reservas de África, mejor desde el auto

Un link de Twitter me llevó a la noticia de una turista gravemente herida en una reserva de Sudáfrica por bajarse del auto en un safari. Quería una foto con los rinocerontes y al parecer el dueño de la reserva la incentivó a acercarse. Cuento corto: está en el hospital con una cornada en la espalda.

Enseguida recordé una anécdota de hace unos años en el Parque Nacional Hwange, en Zimbawe. Algunas reservas son tan grandes que uno se puede pasar varios días recorriéndolas. Esa vez, viajábamos con R en un auto alquilado. Ya habíamos dormido en dos refugios, si mal no recuerdo ese era el último día. Habíamos visto una manada de elefantes tan unida que parecía una sola piedra gris, jirafas que se abrían de patas como bailarinas para tomar agua, hienas comiendo carroña, una leona con su cría al atardecer, cebras y cientos de impalas. Él manejaba y yo tenía en la mano una guía con fotos de los animales que podían aparecer y sus características principales. Habíamos salido temprano, no eran más de las 7. Todo indicaba que sería un buen día. Hasta el charco.

Cuando nos encajamos el agua llegaba a la mitad de la rueda. Cruzamos en segunda con ganas, pero el barro no quiso. El auto no se movía. Nosotros tampoco. ¿Qué hacemos? No había celulares. Y no en los parques no está permitido bajarse del auto por el riesgo de los animales salvajes sueltos. ¿Cómo avisamos? ¿Patrullarán el parque? ¿Cuándo? ¿Una vez por día? Ni siquiera estábamos en la ruta principal sino en un desvío donde había más posibilidades de ver animales. ¿Teníamos comida? Un paquete de galletitas y unas bananas.

Esperamos.

Al principio hablamos, recordamos que la noche anterior había llovido, pensamos que en la entrada deberían habernos avisado, puteamos. Casi peleamos.

Después esperamos sin hablar.

Pasó una hora y otra más. En un momento, de repente, como esas lluvias de verano que se forman de un minuto a otro, nos cansamos de esperar. Decidimos caminar hasta el circuito principal y pedir auxilio al primer auto que pasara.

Juntamos lo que consideramos “lo más importante” (pasaporte, plata, cámaras, galletitas), lo metimos en una mochila, nos miramos asustados y bajamos del auto. Después del golpe de las puertas todos los sonidos se volvieron sospechosos. Incluso el silencio daba desconfianza.

Dimos un paso y otro y uno más. Estábamos a unos 50 metros del auto cuando escucho que se quiebra una ramita. Un sonido seco que se detuvo ni bien nos dimos vuelta. Un búfalo, un guepardo agazapado, un león, una jauría de perros salvajes, todos los animales posibles pasaron por mi cabeza y se unieron en uno inmenso y despiadado, que rugía y barritaba y graznaba.

Un segundo más tarde corríamos al auto. El pique de mi vida, los 50 metros más veloces.

Ya en el auto, volvimos a respirar y nos reímos. Por la ventana no se veía ningún animal salvaje, ni siquiera aves. Pero sentíamos que habíamos sobrevivido y no nos moveríamos del Mazda hasta que nos rescataran.

En algún momento, no mucho tiempo después, un safari de lujo tomó ese desvío y nos vio. Manejaba un negro tan elegante que parecia más un actor que un conductor. Se bajó, miró, por supuesto que no tocó nada ni atinó a empujar. Por su handy avisó a los guardaparques y al rato vino un tractor que nos sacó y nos cobró unos 40 dólares la gauchada (con factura).

- ¿Hubiera sido muy peligroso si nos bajábamos del auto? -le pregunté esa tarde a un guardaparques.

- Igual que la ruleta rusa.


Camas en viaje (III)

El verde es mi color preferido, así que en este cuarto de Cracovia me sentí muy a gusto. En las paredes había posters de palmeras y edificios art deco de Miami; era luminoso y gracias al wifi en las noches encontraba los correos que por esos días tanto esperaba. Al lugar lo descubrí de casualidad. Queda afuera de la muralla, en la ciudad nueva. Disfruté cada día de ese trayecto, donde se pasaba desde la Edad Media hasta hoy en apenas unos minutos. Indalo Rooms.

Ay. Cómo me molesta el recuerdo de esta habitación con olor a cenicero. Era en Copiapó, norte de Chile, tierra de mineros donde los hoteles son malos y cuestan carísimos. El lugar estaba casi vacío porque era 18 de septiembre, fiesta patria, y lógicamente la gente se va a la playa. Tanto que esa noche Copiapó era una ciudad fantasma; hasta fue difícil conseguir algo para comer. Volví temprano al cuarto, me acostumbré al olor a pucho y leí un rato largo del libro que está en la mesita de luz: Memorias del desierto, de Ariel Dorfman. Hostería Las Pircas.

Casablanca, este hotel con nombre de película queda en Victoria, Entre Ríos. Llegué con una amiga que tenía otra amiga que trabaja en cine y casualmente había filmado una película ahí. Lo más lindo fue esa luz de la mañana que entró por el ventanal. Y el parque, con piscina, palmeras y plantas tropicales. Hotel Casablanca.

Qué noche. Las almohadas en el piso son un testimonio de la furia. Nada de amor, qué va. Noche de Puna, de soroche. Este muy buen hostal de La Paz no tuvo nada que ver con mi decisión de salir a caminar ni bien llegué a la ciudad, después de aterrizar en el aeropuerto del Alto, a 4000 metros sobre el nivel del mar. Las soroche pills pueden ayudar y mascar coca también, pero una vez que te toma la cabeza solo dan ganas de arrancársela. El personal del hostal fue tan gentil. Hostal Naira.

No dormí en este cuarto de Berlín, aunque me hubiera encantado. Cada habitación es distinta y todas están intervenidas por artistas. Arte Luise Kunst Hotel.


El cardo ruso

Una vez viajé por La Pampa durante una noche de tormenta. Rutas interiores, de ripio, donde todo es campo y cualquier ciudad queda lejos. Llovía fuerte y caían rayos en medio de los trigales. Daba susto el paisaje, la negrura, los pensamientos.

Así estaban las cosas cuando, de repente, una enorme bola de yuyos irrumpió en la escenografía de David Lynch y se quedó quieta frente a la camioneta. No tenía ojos, pero parecía que nos estaba viendo. Vino rodando, la trajo el viento del medio del campo.

Me explicaron que era un cardo ruso -Salsola kali- también llamado yuyo volador. Es una maleza que crece pequeña pero el viento le suelta las raíces y la arrastra y se va uniendo con otras y crece. Como una bola de nieve en una avalancha. El cardo ruso puede medir más de un metro de alto. A veces se choca con los alambrados como en el caso de la foto de arriba. Otras veces los salta y viaja por los campos de La Pampa.

Para los campesinos de la zona que es una maleza pésima y muy difícil de combatir porque tiene alto poder germinativo y se propaga con facilidad.

Después de la frenada y la sorpresa hubo que parar y bajarse a correrlo. Ojo: el cardo ruso tiene espinas, por eso lo mejor es apartarlo del camino con los pies y no con las manos. Aquella noche le pegué una patada con fuerza. Era enorme y liviano como debe ser una montaña de plumas. Y sí, como viene pasando desde que tengamos memoria, esa vez la tormenta también paró. La mañana siguiente fue radiante y continuó el viaje por el campo pampeano, sin ombúes y lleno de cardos rusos.


El Delta, Butler y un cumpleaños

Me invitaron a un cumpleaños en el Delta. Lejos, en una isla a más de una hora en lancha de Tigre. A pesar de los mosquitos de patas largas, me gusta mucho el Delta. Lo veo lleno de nostalgia de Conti, de letanía de sauce llorón y muelles despintados. Casas altas, quietud de siesta, ceibos y río piel de león. Destellos de otra época, azaleas dobles y Butler. Desde que conocí la pintura de Horacio Butler, el Delta también me recuerda a él.

El Delta es una D gigante, verde y llena de islas, arroyos, canales y ríos que drenan la cuenca del Paraná, después de la del Amazonas, la segunda más importante de América del Sur. Al caminar por las islas uno tiene la sensación de hacer pie sobre tierra en movimiento. Y también de estar en un lugar medio secreto.

Escribió Borges: “Ninguna otra ciudad, que yo sepa, linda con un secreto archipiélago de verdes islas que se alejan y pierden en las dudosas aguas de un río tan lento que la literatura ha podido llamarlo inmóvil“.

Hace tiempo que está de moda alquilarse una casa en el Delta para los fines de semana. Algunos, los más extremos se mudan y usan lancha y compran en el almacén flotante y cambian de vida. Pero son los menos.

Horacio Butler, el pintor de los cuadros de este post, era un entusiasta del Delta. Después de una gira por Europa se alquiló una casa-taller sobre el río Carapachay. Corría 1934.

Una vez, una periodista le preguntó por qué el Delta, por qué ese tema, y él le respondió: “Explicar el porqué de los temas resulta tan difícil como aclarar por qué nos enamoramos de una persona y no de otra”.

Como en esta pintura expresionista, el Delta también puede ser salvaje. Una tarde de tormenta, una noche de viento y marea alta. Hace algunos años hice un recorrido largo para escribir una nota. Era un día destemplado y frío. Recuerdo que estuve en la casa de un poblador en la Segunda Sección de Islas, un hombre ermitaño que apenas había pisado la ciudad. Se llamaba Segundo y cada tanto me aparece su imagen extendiendo la mando para despedirse mientras mi lancha se alejaba. De lejos se veía como un náufrago que había decidido quedarse en la isla desierta. Será porque esa geografía tiene algo de madre protectora.

Sí, que Ng me perdone, creo que partiré un rato antes del cumpleaños. Me dieron ganas de pasar por el MAT a saludar a Butler.




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