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	<title>Viajes Libres &#187; Anécdotas</title>
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	<description>Turismo en primera persona</description>
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		<title>Parada chancha en Karnataka</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 18:05:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Encontré esta foto y la sujeté con un imán a la heladera. Hace días que la veo y hoy la voy a contar. El primer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el calor. Con ráfagas de aire húmedo, como salido del sauna. Y las nubes espesas de una tormenta que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2012/01/p1180077.jpg" alt="" width="534" height="351" /></p>
<p>Encontré esta foto y la sujeté con un imán a la heladera. Hace días que la veo y hoy la voy a contar.</p>
<p>El primer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el calor. Con ráfagas de aire húmedo, como salido del sauna. Y las nubes espesas de una tormenta que nunca llegó.</p>
<p>Karnataka es un estado del sur de la India. Limita al oeste con Goa, el estado más pequeño del país, donde está la famosa playa de las fiestas electrónicas. Cuando estuve por ahí vi más europeos que indios. La capital de Karnataka es Bangalore, el lugar donde se fabrica el software, el Silicon Valley indio.</p>
<p>Las mujeres de Karnataka son preciosas. Usan saris de colores fuertes y telas brillantes, aros largos en la orejas, en la nariz y tantas pulseras que sus brazos parecen sonajeros. En la playa se paraban frente a mi estera para mostrarme artesanías. Cuando abría los ojos por el sonido de sus joyas no veía a una mujer, sino un caleidoscopio.</p>
<p>Habíamos tomado el micro temprano, cruzaríamos el estado de Karanataka para conocer las ruinas de Hampi, que son Patrimonio de la Humanidad. El micro estaba lleno y avanzaba confiado por una ruta de media mano y a medio asfaltar.</p>
<p>Después de un par de horas de viaje,de repente, se detuvo. No fue porque había una parada ni porque alguien pidiera bajar. Se detuvo en el desierto, a la hora de la siesta. Optimistas, pensamos que sería una pinchadura, que pronto estaríamos nuevamente en camino.</p>
<p>Pasó una hora. Y otra. Los indios salieron del coche y se acluclillaron. Ellos esperan desde el llano, en cuclillas. Es común verlos agachados en las veredas, a los lados de las rutas, conversando en el piso de una estación. No se quejan, no arman escándalos, no preguntan qué va a pasar, si viene otro micro, cuánto falta.</p>
<p>Aceptan. Y esperan sin esperar.</p>
<p>El segundo recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el olor. Olor a mierda.</p>
<p>Pasaron tres horas. Me acuclillé hasta acalambrarme, me levanté, pregunté todo lo que pude, me quejé, como en una clase práctica de Occidental para dummies. En un momento tuve ganas de ir al baño. Un pasajero señaló una casa abandonada a unos cincuenta metros de la ruta. Me acerqué pisando pasto seco mientras pensaba que en ese clima habría escorpiones y arañas.</p>
<p>(A partir de acá el relato es escatológico. Lectores impresionables, mejor cambiar de post.)</p>
<p>La construcción era un baño abandonado y, sepan disculpar, cagado. La expresión más exacta sería un baño hecho mierda. Las letrinas rebalsaban de excrementos, igual que el piso. Todavía no entiendo por qué no salí corriendo y busqué una plantita en ese momento. Pero no lo hice. Muy al contrario, entré en uno de los dos cubículos y entorné la puerta. Ahí estaba, haciendo equilibrio y a punto del desmayo por sobredosis de mal olor cuando escuché el ruido de la puerta de afuera.</p>
<p>Dije lo primero que me salió: &#8220;¿Hay alguien ahí?&#8221;  Nadie respondió. Después: &#8220;Está ocupado&#8221;. Y también: &#8220;¿Quién es?&#8221; Cada vez, sin respuesta. Volví a escuchar otro ruido, más cerca, casi en la puerta de mi cubículo. Entonces, con los pantalones a medio subir y cara de pocos amigos abrí la puerta.</p>
<p>Y sí, había alguien ahí.</p>
<p>Un chancho adulto, negro y peludo que también me miraba con cara de pocos amigos y mierda en el hocico. Le grité pero no me hizo caso. Fue él quien me echó del baño. Un cerdo pesado que no buscaba trufas.</p>
<p>El tercer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es la plantita que encontré después y desde donde saqué esta foto en la que están todos. Todos, menos el chancho. Un chancho de mierda.</p>
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		<title>El abrazo del bibosi y el motacú</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Dec 2011 00:10:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[A propósito de]]></category>
		<category><![CDATA[Anécdotas]]></category>
		<category><![CDATA[Bolivia]]></category>
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		<description><![CDATA[Cuenta una leyenda del oriente boliviano que había una vez dos jóvenes que se amaban. Para variar había un problema grave: eran de dos etinias distintas y sus padres no los dejaban verse y mucho menos estar juntos. La boda de la bella joven ya estaba arreglada con otro, que seguramente era un tonto. Entonces, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/12/motacu.jpg" alt="" width="363" height="538" />Cuenta una leyenda del oriente boliviano que había una vez dos jóvenes que se amaban.</p>
<p>Para variar había un problema grave: eran de dos etinias distintas y sus padres no los dejaban verse y mucho menos estar juntos. La boda de la bella joven ya estaba arreglada con otro, que seguramente era un tonto.</p>
<p>Entonces, como suele pasar en estos casos, los amantes se escaparon. Corrieron durante horas y horas por la selva hasta que se sintieron a salvo. Y ahí, amparados por tajibos (lapachos) y toborochis (palos borrachos) se dieron un abrazo tan pero tan tan fuerte que murieron asfixiados.</p>
<p>Escuché esta historia en la plaza de San Ignacio de Velasco, por quedarme un par de minutos mirando cómo una pareja de jóvenes que se besaba apasionadamente en el banco de la plaza.</p>
<p>- Parecen el bibosi y el motacú, me dijo un hombre que andaba por ahí y señaló la planta que se ve en la foto.</p>
<p>El bibosi es un tipo de ficus que se enrieda apasionadamente sobre el motacú, una palmera débil y con frutos ricos.</p>
<p>La leyenda termina contando que en el pedazo de tierra donde cayeron los amantes asfixiados creció el primer bibosi en motacú.</p>
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		<title>De curvas y mal de altura</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Dec 2011 22:38:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Anécdotas]]></category>
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		<description><![CDATA[Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y amante del cine entre otras vocaciones, volvió hace poco de un viaje a Perú y cuenta esta anécdota sobre las curvas, la altura y los males. El bus zigzagueaba por un camino angosto, entre los cerros inmensos y el abismo. Atrás quedaba  Arequipa, a 2400 metros sobre el nivel [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p><img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/12/colca2.jpg" alt="" width="517" height="380" /></p>
<p><a href="http://www.viajeslibres.com/estuve-alli-pero-me-entere-al-dia-siguiente/" target="_blank"><strong>Verónica Montero</strong></a>, periodista, viajera, <a href="http://amobaires.blogspot.com/" target="_blank">bloggera</a> y amante del cine entre otras vocaciones, volvió hace poco de un viaje a Perú y cuenta esta anécdota sobre las curvas, la altura y los males.</p>
<p>El bus zigzagueaba por un camino angosto, entre los cerros inmensos y el abismo. Atrás quedaba  Arequipa, a 2400 metros sobre el nivel del mar; adelante nos esperaba el Valle del Colca, al doble de altura.</p>
<p>Como parte del show turístico, la guía sacó una bolsita con hojas de coca y explicó cómo mascarla para evitar el mal de altura (soroche).</p>
<p>El paisaje se pobló de llamas, alpacas, vicuñas. Después, una curva cerrada, un volantazo sorpresivo y  el mareo. El bus siguió subiendo hasta que por fin llegó a los 4800 metros. El sol pegaba fuerte, pero no hacía calor. A metros de la carretera, mujeres coloridas vendían artesanías. Sobre ellas, una nube gigante. Tan grande que asfixiaba, que aplastaba.</p>
<p>¿Estás bien?, me preguntó Julieta, con quien organizamos el viaje desde Buenos Aires. “Un poco revuelta. Pero todo bien&#8221;, le respondí y me senté en una de las piedras. Cuando saqué la lapicera para apuntar lo que veía, sentí los dedos pegoteados. La birome había reventado por la presión.</p>
<p>Sin embargo, la altura no afectaba a todos por igual. Juan y Julio, dos cincuentones españoles acababan de encender su tercer “cigarrito” y disfrutaban, como si estuviesen frente al mar.</p>
<p><img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/12/colca3.jpg" alt="" width="466" height="357" /></p>
<p>La parada duró unos veinte minutos. Como si la carretera fuera un tobogán de agua descendimos rapidísimo hasta Chivay, a 3600 metros. Mi dolor de cabeza era cada vez más fuerte y no veía la hora de estar en una cama. Llegué al hostal y comenzaron los vómitos. En el lugar no había posta médica.</p>
<p>El hostal estaba vacío. Todos se habían ido a La Calera a darse un baño termal. El lugar olía a hojas de coca y a quínoa. La niñ encargada estaba pegada al televisor, siguiendo un concurso de talentos. Julieta había subido a la habitación para buscar el teléfono de la agencia.</p>
<p>De repente, vi dos caras conocidas: una pareja madrileña con quien habíamos compartido el tour. Al preguntarme por mi aspecto “paliducho”, les resumí lo ocurrido. Y entonces dijeron palabras que sonaron como un milagro: &#8220;Somos médicos&#8221;.</p>
<p>A simple vista, lo mío era un combo de mal de altura, insolación, cansancio y deshidratación. Pero… ¿Y Julieta? La fueron a buscar, pero no respondía. Después de golpear varias veces la puerta, entraron y la encontraron en la cama.</p>
<p>Había estado estupenda durante todo el recorrido, pero seis horas después de haber estado en el pico más alto, todos los síntomas se habían apoderado de ella. La presión en la nuca, un dolor infernal de cabeza como si hubiese sido taladrada por el mismísimo psicópata de <em>Saw</em>, más nauseas y vómitos.</p>
<p>&#8220;Tomen estas pastillas, pero no abusen&#8221;, nos recomendaron.</p>
<p>Durante siete días estuvimos bajo los poderosos efectos de la Dexametasona (corticoide), que desinflama y permite una mayor oxigenación. Sin ellos y sin ellas, no hubiésemos podido continuar el viaje. Nos esperaban muchas más subidas y bajadas. Porque así es el territorio inca: se siente en el cuerpo. Y si uno está dispuesto a atravesarlo, deberá estar preparado para la aventura. Y para la altura.</p>
</div>
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		<title>Tres diarios</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Nov 2011 21:30:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace algunos años que tengo el libro en la biblioteca. Pero lo descubrí este fin de semana, gracias a un colega de Chile que me animó a leerlo. Conozco a Pancho Mouat por el Empampado Riquelme, la historia increíble historia de un hombre que se perdió en el desierto de Atacama, se empampó y durante [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/11/tres-viajes.jpg" alt="" width="345" height="572" />Hace algunos años que tengo el libro en la biblioteca. Pero lo descubrí este fin de semana, gracias a un colega de Chile que me animó a leerlo.</p>
<p>Conozco a Pancho Mouat por el <a href="http://www.viajeslibres.com/el-empampado-riquelme-edicion-de-bolsillo/" target="_blank">Empampado Riquelme</a>, la historia increíble historia de un hombre que se perdió en el desierto de Atacama, se empampó y durante más de 40 años no se supo de él.</p>
<p>También supe que hace poco, Mouat lanzó su nuevo sello independiente, <a href="http://lolitaeditores.blogspot.com/" target="_blank">Lolita Editores</a>, que este mes presenta varias novedades entre ellas la reedición de Equipaje de mano, de Juan Pablo Meneses.</p>
<p>En <strong>Tres viajes</strong> el autor rescata tres diarios de viaje escritos por tres personas amigas que en diferentes momentos de su vida llevaron una agenda de vida.</p>
<p>El primero es el diario de José Luis López Zubero, un oftalmólogo español que en 1967 fue voluntario en Vietnam y durante los dos meses que estuvo allí hizo curaciones, operó, nadó, escuchó bombas, vio lo mejor y lo peor del ser humano, caminó entre amaneceres brumosos, fue a fiestas <em>Hibye</em> (de bienvenida y despedida, constantes en la guerra) lloró y escribió.</p>
<p><em>Sábado 17 de junio</em><br />
<em>Me voy caminando un kilómetro a desayunar, en la bruma del amanecer. Paso a través del mercado con sus bicicletas y escucho la propaganda de los altavoces. El teniente chulín, que se cree alguien siempre con su rifle, me lleva después al hospital. Hago dos cataratas y una reconstrucción de párpado. Veo a una niña de 13 años que parece de 5. Después vamos a comer y a nadar dos horas. Los pilotos de los helicópteros comentan sus muertes y la suciedad del país, todos con bronceadores, gualetas y colchonetas de agua. Hay unos &#8220;esclavos&#8221; arreglando una lavandería para las monjas. Volvemos. Leo Qué verde era mi valle. Lloro. Pienso en mi madre y en el pasado. Aquí  en Vietnam veo todo más objetivamente. Sin teléfono, sin televisión. Sólo las bombas de lejos me recuerdan que la muerte está cerca. Veo Lord Jim de nuevo: &#8220;Lo que importa no es lo que haces, sino por qué lo haces&#8221;</em>.</p>
<p>El segundo diario lo firma Fernando Plazuelos y fue escrito en 1987, con veintipocos años, cuando se aventuró a los mares del sur soñando con hacerse millonario durante la fiebre del loco. En vez de eso, aprendió a hacer pan, comió erizos hasta cansarse, naufragó frente a la costa y escribió un diario de viaje que después guardó en una caja de zapatos durante casi veinte años.</p>
<p><em>Lunes 11 de mayo</em><br />
<em>Llovió durante casi todo el día. Las discusiones van in crescendo y es natural, dada la gran espera y lo cerca que estamos del levantamiento de la veda. En esta ocasión la descarga de energía acumulada apunto al Chico Rigo, por su apozamiento individual en los roqueríos adyacentes a nuestro campamento. Creo que ha sido el día en que he comido más erizos en toda mi vida. Comencé en la mañana y aún acostándome tuve que regalar un plato lleno, porque no podía más</em>.</p>
<p><em>Con Teodoro Perico fuimos a buscar luma a un bosque distante y muy hermoso</em>.</p>
<p>El último diario es una breve agenda de Dolores Ezcurra, una mujer enferma de cáncer que debe criar sola a sus dos hijos y sabe que va a morir.</p>
<p><em>Sábado 25 de febrero</em><br />
<em>Dolores en la espalda y en el pecho. Flemas. Respiración. Dilatación de tragada. Puntadas</em>.</p>
<p>Además de la selección y edición de los diarios, Mouat hace pequeñas entrevistas con los autores de los diarios. Y en el caso de Dolores, transcribe viejas cartas que ella le escribió durante años de amistad. Un libro donde el autor más que escribir, selecciona, edita, transcribe, muestra, comparte. Un libro y un acto de generosidad.</p>
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		<title>Camas en viaje (I)</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Nov 2011 16:20:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mi última cama en viaje fue anoche, en un micro de larga distancia. La luz se apagó enseguida, por eso no hay foto. Era un asiento que se hacía cama. A pesar de ese lujo, no soy de las que se duermen rápido, tuve tiempo de mirar el techo con tapizado de flores y la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi última cama en viaje fue anoche, en un micro de larga distancia. La luz se apagó enseguida, por eso no hay foto. Era un asiento que se hacía cama. A pesar de ese lujo, no soy de las que se duermen rápido, tuve tiempo de mirar el techo con tapizado de flores y la luna que entraba como luz de interrogatorios por la ventana de mi vecina.</p>
<p>Antes de dormirme recordé algunas camas en viaje: tropicales, austeras, ricas y pobres, con vista a un lago y con ventanas cerradas para que no entrara el viento loco. A continuación, la primera parte de una muestra mullida.</p>
<p><img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/11/rio.jpg" alt="" width="532" height="415" /></p>
<p><a href="http://www.mamaruisa.com/" target="_blank">Mama Ruisa</a>, un hotel con encanto en Santa Teresa, el barrio bohimio y chic de Río de Janeiro. Intimo, caro, sofisticado, con Elza Soares de fondo y un desayuno inolvidable.</p>
<p><img src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/11/p1220378.jpg" alt="" width="529" height="357" /></p>
<p>Lo bueno de llegar a Guanajuato fuera de temporada fue conseguir un hotel aceptable (<a href="http://www.molinodelrey.webs.com/" target="_blank">Posada Molino del Rey</a>) a precio de uno malo. Antes o después, un paseo con las tunas y ojalá un beso en el famoso Callejón.</p>
<p><img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/11/pehuenia.jpg" alt="" width="527" height="348" /></p>
<p>Despertarse con tanta luz borra cualquier malhumor. Hermosas vistas del lago Aluminé desde la <a href="http://www.hosterialabalconada.com.ar/" target="_blank">Hostería La Balconada</a>. Me acuerdo de la charla con el dueño, uno de esos tipos que cambió de vida, que convirtió su sueño en realidad yun día dejó su trabajo y se fue a vivir al Sur.</p>
<p><img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/11/p1050274.jpg" alt="" width="529" height="415" /></p>
<p>De esta cama patagónica lo mejor era el quillango, esa manta de piel de vicuña que seguramente ahora estará prohibida. O será prohibitiva por lo cara. Esta era vieja, estaba en <a href="http://www.estancia-laoriental.com/" target="_blank">La Oriental</a>, la única estancia dentro del Parque Nacional Perito Moreno.</p>
<p><img src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/11/p1060187.jpg" alt="" width="532" height="362" /></p>
<p>Sigo con las estancias, justo encontré esa memoria de fotos, este cuarto con esa bella luz que se colaba por las cortinas de pique es uno de los pocos de la <a href="http://www.cielospatagonicos.com/esp/condor_ubicacion.html" target="_blank">Estancia El Cóndor</a>, frente al lago San Martín, en Santa Cruz.</p>
<p><img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/11/p1060334.jpg" alt="" width="233" height="313" />      <img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/11/truji.jpg" alt="" width="223" height="313" /></p>
<p>El Cóndor es un excelente lugar para hacer cabalgatas. Siete horas a caballo y llegué al Puesto La Nana, donde me reencontré con la bolsa de dormir después de mucho tiempo.</p>
<p>La otra cama, la última de esta primera tanda, fue en el <a href="http://www.libertador.com.pe/es/6/1/8/hotel-libertador-trujillo" target="_blank">Hotel Libertador</a>, en Trujillo, norte de Perú. Las sábanas eran una delicia, 100% Pima Cotton.</p>
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