Un lugar para la novela gráfica

Fue rapidísimo y sé que va durar mucho tiempo. No hablo de amor -ahí es más difícil predecir- sino de mi gusto por la novela gráfica.

La había visto de pasada en varias oportunidades pero la conocí gracias a la periodista, editora y amiga de la casa Mariana Liceaga, mientras preparaba la excelente nota que escribió esta semana para ADN Cultura.

El artículo cuenta la historia, analiza la pólemica y diferencias con el cómic, habla del fenomenal crecimiento del último tiempo, y pasa revista a algunos hitos de la novela gráfica. Como Maus, de Art Spiegelman, que ganó el Pullitzer, y cuenta la historia de un sobreviviente del Holocausto. No de uno cualquiera, de su padre. Ya escribiré un post de ese libro que todos deberían leer.

En Argentina, el boom de la novela gráfica llegó a las librerías, que poco a poco, le dedican sectores especiales. En Europa, se ve con más furia. Hay librerías especializadas y otras con áreas enteras para la novela gráfica.

Hace un par de semanas visité, en Barcelona, Norma Cómics, librería de la Editorial Norma totalmente dedicada al género, con vendedores que pueden contestar todas las preguntas. No como me pasó en Buenos Aires, en una librería muy cool cuando fui a comprar Maus, que el librero no me explicó que venía en tomos y que sólo estaba comprando el primero, y que el segundoe estaba agotado. No, en Norma Cómic, los chicos son fanáticos y saben orientar.

La tarde que entré a Norma Cómics era primaveral, cálida, linda para estar al aire libre. Pero no me podía ir de la librería del Passeig San Joan, a metros del Arco del Triunfo.

Las ediciones son cuidadas y dan ganas de tenerlas en la biblioteca. Los precios rondan entre 13 y 26 euros. Por eso y por el exceso de equipaje no se pude traer demasiado. Muchas historias cuentan con nombre propio algún pasaje, en general difícil, de la vida del autor. Como Nunca me has gustado de Chester Brown; Arrugas, de Paco Roca y El Paréntesis, de Elodie Durand. Otran narran verdaderas novelas con dibujos inolvidables. Como Rosalie Blum, de Camille Jourdy, que ganó en el Festival de Angouleme -un referente para el género- del año pasado. Tres tomos que ojalá lleguen pronto.

Otra que me gustaría leer: Notas al pie de Gaza, la novela gráfica del reportero Joe Sacco, que cuenta en primera persona la vida de los ciudadanos y las matanzas ocurridas en la Franja de Gaza.

Sé que de ahora en más voy a seguir lo que me cuente Apolo sobre los indignados, una viñeta de Emma Reverte y Mariam Ben-Arab que comenzó a aparecer en El País y muestra a través de una mirada inocente y personajes amargados la gravedad de la crisis en España.

La novela gráfica, la edad adulta del cómic, la historieta seria o como se quiera llamar. Bastó conocerla para hacerme fanática. Hasta se me ocurrió contar en este formato una historia que estoy pensando. En cualquier momento pongo un anuncio buscando dibujante.


Volver…

Mientras escribo estas líneas, Ignacio M. está en el aire. Vuela a Buenos Aires después de vivir diez años en Barcelona.

Vino con la crisis y se va con la crisis. Tiene 30 años. Se lleva dos valijas pesadas y muchas ganas de volver a vivir en Argentina.

En sus dos viajes formó parte de una tendencia: argentinos que venían a buscar un futuro mejor después de la crisis y argentinos que se vuelven por muchos motivos, pero la crisis española es uno de ellos.

En estos diez años en Barcelona trabajó de muchas cosas y estudió Psicología en la UB. Se hizo amigos, pero extraña a los amigos. Antes de que se subiera al avión nos cruzamos cerca de la Sagrada Familia, su barrio hasta hoy, y conversamos un rato.

¿Por qué volvés?
Vuelvo para estudiar, quiero hacer un postgrado en Terapia Familiar. Vuelvo para reencontrarme con mi familia y mis amigos. Y vuelvo como parte de una evolución vital, para ver con perspectiva lo que ha cambiado en mí en estos diez años. Tengo un impulso de irme de aquí.

¿Qué expectativas tenés?
Mis expectativas no tienen que ver con Argentina en sí, sino con lo que significa para mí este cambio. Es aventurero volver, como también lo fue venir hace diez años. Pero lo que construí acá es interno. El primer tiempo voy a vivir en la casa de mis padres, es un regreso tanguero, vuelvo a la casita de mis viejos.

Ahí Ignacio, que toca la guitarra y canta, evocó el tango de Cadícamo, y recitó la parte que dice: “… Mis veinte abriles me llevaron lejos, locuras juveniles, la falta de consejo.”

¿Miedos?
Hay muchos, los que no se van, que me dicen “Estás loco, cómo vas a volver”, gente que con sus preguntas te hace dudar y pensar si estás haciendo lo correcto o no. Pero estoy decidido, confío en que me podré adaptar. Hoy sé que mi camino está allá. Quizás a lo que le tengo más miedo es a la cultura violenta que a veces hay en Argentina. Acá se practica el civismo, a veces un tanto excesivo, pero la amabilidad y el respeto están muy bien.

Todavía no tiene trabajo, pero tiene claro que quiere vivir de su profesión. Mientras tanto hará un postgrado en Terapia Familiar. “No quiero ser psicólogo de ricos, me gustaría que mi trabajo tuviera un contenido social”.

Una de las últimas cosas que hizo Ignacio antes de irse fue visitar la Sagrada Familia. Si bien vivía en el barrio y todos los días pasaba por la iglesia interminable nunca había entrado. Le impresionó, le encantó. Imagino que habrá sacado fotos, que la habrá mirado con otros ojos. No tanto como un vecino, más como un turista.


Bregovic, Sábato y la música de los balcanes

En homenaje al maestro, una crónica del emocionante encuentro entre Goran Bregovic y Ernesto Sábato ocurrido hace algunos años en el Teatro Gran Rex, y escrito por la periodista mexicana y amiga de la casa, Cecilia González.

En noviembre de 2004, Goran Bregovic vino a presentar su versión de la ópera Carmen al Gran Rex. Yo fui a verlo con un amigo que quería mucho y con el que compartía el disfrute de las películas de Kusturica, así que ahí estábamos, con toda la ilusión de escuchar en vivo esos acordes tan contradictoriamente alegres y melancólicos que tiene la música de los Balcanes.

En algún momento del concierto, Bregovic hizo una pausa y preguntó si entre el público había alguien que pudiera ser por un rato su traductor del inglés al español porque quería decir algo, y quería que todo mundo lo entendiera. Subió una muchacha, entre tímida y animada. El músico, en medio del respetuoso silencioso del público, empezó a contar que siempre tuvo una conexión especial con Argentina porque cuando hizo el servicio militar en la ex Yugoslavia, en las durísimas condiciones que imponía el régimen comunista, pudo calmar su espíritu leyendo Sobre héroes y tumbas, uno de los pocos libros de literatura que pudo encontrar en la biblioteca del centro especial donde miles de jovencitos se preparaban para futuras guerras. Se lo robó. Fue su único recuerdo de esa época y se convirtió en uno de sus libros favoritos entre los miles que, años después, formaban la biblioteca que pudo armar en su casa de Sarajevo.

Cuando estalló la guerra, a fines de los 90, su casa desapareció bajo los bombardeos, perdió todos sus libros y entró en un fuerte estado de depresión.

La historia era larga. Bregovic abundaba en detalles, pero los que habíamos colmado el Gran Rex escuchábamos atentos y expectantes. El músico bosnio siguió recordando que continuaba muy triste por la guerra, su biblioteca y la vida cuando, en 2001, vino por primera vez a tocar en Buenos Aires. En una de sus idas y venidas del hotel, la recepcionista le dio un sobre cerrado que le habían dejado y que abrió ahí mismo. Era una edición especial de Sobre héroes y tumbas enviada, con dedicatoria personal, por el propio Sábato. Sin conocerlo personalmente ni saber mucho más de su vida, el escritor le agradecía su música porque lo había sacado varias veces de las depresiones que solían aquejarlo, en particular por la muerte de uno de sus hijos.

Mi amigo y yo, y todos, calculo, estábamos muy emocionados. Se había formado un clima muy especial en el teatro. Bregovic decía que esa coincidencia, que sabemos que nunca es tal, le ayudó a superar su propia tristeza. Lo entendió como una señal y dejó de sufrir por su biblioteca; total, siempre podría reconstruirla, pero era más importante reconstruir su propia vida. Todo, gracias al libro de Sábato, al encuentro no programado por ellos. Por primera vez durante su relato, comenzaron a escucharse voces para interrumpirlo. En principio no entendíamos, pero de a poco los gritos comenzaron a hacerse más nítidos.

“He is here”, “he is here”, decían las voces en la oscuridad. Una sombra ahí por la fila 20 comenzó a levantarse, lenta, temblorosa. Era Sábato. Las luces se encendieron de a poco y, cuando finalmente se dio cuenta de lo que pasaba, Bregovic se puso las manos en el corazón e hizo una reverencia. No sabía que, con sus 93 años encima, el escritor había ido a verlo y se mantenía en pie apoyado en Elvira, su novia o secretaria, o las dos cosas. El público los aplaudió durante un largo rato, mientras músico y autor, admiradores mutuos, se encontraban, personalmente, por primera vez, después de haberse acompañado y consolado con sus respectivas obras, en tiempos y espacios lejanos, diferentes.

Fue un momento mágico, muy conmovedor. Para mí fue inevitable pensar, con gratitud, en todas las veces que algún libro, una película o una canción me han acompañado y consolado. Era más que suficiente. Había ido a un concierto y volvía con todo esto. Pero la historia tuvo todavía un apéndice.

Dos semanas después de ver la ópera, fui a cubrir el Congreso Internacional de la Lengua Española en Rosario, ése en el que Fontanarrosa hizo su famosa, graciosa y ya legendaria defensa de las malas palabras. La segunda noche, estaba cenando sola en mi hotel cuando me dí cuenta de que, unas mesas más allá, estaban Sábato y Elvira. Como no quería molestar, arranqué una hoja de mi agenda de Mafalda y le escribí unas palabras, algo así como “Gracias, don Ernesto, por su encuentro con Bregovic”. Me acerqué a la mesa, dejé el papel y les aclaré que no quería interrumpir, que sólo iba a dejarles ese mensaje. “¿Quién sos?”, me preguntó Sábato. “Soy periodista, pero no quiero molestarlo, sólo quería decirle que fui al concierto de Bregovic y que fue muy lindo que usted estuviera y todo lo que pasó”, le dije de corrido.

Elvira, muy amable, me invitó a sentarme con ellos, pero me dio vergüenza y me quedé de pie.

“Me gusta mucho la música balcánica, me pone alegre”, me dijo Sábato con una voz bajita, y luego me preguntó con quién había ido al concierto. “Con un amigo”, sonreí; pícaro, también sonriendo y tomándome la mano, Sábato me preguntó: “¿te gusta?, ¿va a ser tu novio?”. Los tres nos reímos. Al despedirme, Elvira me dio su teléfono para que la llamara por si algún día quería ir a Santos Lugares.

En los años siguientes llamé algunas veces pero nunca pudimos quedar para vernos. A mi amigo lo perdí, por una de esas cosas raras y tristes que pasan en la vida; y no cumplí mi promesa de leer Sobre héroes y tumbas hasta que el año pasado mi amiga Margarita me mandó una crónica sobre Sábato y me acordé de que tenía una cita pendiente con la historia de Alejandra y Martín. La leí, y entonces pude saber, sentir, por qué le había gustado tanto a Bregovic.”


Tango en Medellín

Esas casualidades. En la góndola del espectacular Metrocable de Medellín caben unas ocho personas. Como son treinta minutos de viaje hasta la última estación, hay tiempo de conversar.

Esta vez no miro por la ventanilla cuando escucho el acento argentino. Me doy vuelta y les sonrío a los chicos que tengo enfrente. Hablamos poco pero me entero de que están en Medellín para cantar tango. Los contrató un fanático, que más tarde supe que se llama Luis Guillermo.

Sí, con nombre doble, como en las telenovelas. Y no sólo por esta costumbre uno siente que se mete en novelas al recorrer Colombia.

Luis Guillermo Roldán es empresario, pero eso lo cuenta como un detalle. Lo suyo es la poesía del tango. Durante 20 años fue presidente de la Asociación Gardeliana de Colombia. Por eso, cuando murió el Gordo Aníbal y supo que el Patio del Tango cerraba, fue y lo alquiló. Y contrató músicos argentinos para animarlo. Suele venir al festival de tango en Buenos Aires y dice que cuando extraña el acento argentino llama a cualquier número equivocado para escucharlo.

Ese día en la góndola del Metrocable, los chicos me contaron dónde cantaban y antes de irme de Medellín pasé por ahí. El Patio queda en el barrio Antioquia (calle 23 N°58-38), un lugar bravo, nada de salir a vitrinear por ahí. Hay que llegar y salir en taxi. Se come muy bien, hay buena carne, vino y ron, y un buen show.

Uno de los argentinos, Hernán Genovese, ha tocado en festivales de tango en Europa y ganó el certamen Hugo del Carril hace un par de años. Antes del tango era abogado y estaba casado. Otra vida en esta misma.

La muerte de Gardel en el viejo aeropuerto del Medellín fundó un mito que había empezado cuando detrás de cada long play grabado en Argentina se ponía la letra de un tango: “Nos criaron a mazamorra, fríjoles y tango” , me dijo un taxista viejo, que hace viajes cantados.

Hoy existen varios lugares donde tomar clases, escuchar y bailar tango. Además del Festival Internacional del Tango y la Casa Gardeliana, que guarda objetos del Zorzal Criollo y muchas fotos del accidente que no se suelen ver en Argentina.


La mirada de 25 mujeres extranjeras

Como se lee en la portada del libro, ellas son 25 mujeres de 16 países tan diversos y distantes como Bolivia, Rusia, Bélgica, Australia, Egipto, Italia, Lituania, Grecia, Holanda, Turquía, Francia, Japón y Estados Unidos.

Todas viven en Argentina. Algunas llegaron con sus familias hace mucho tiempo, otras vinieron hace menos y están solas. Algunas se irán y otras planean quedarse a vivir.

Ellas saben que ya existen muchos libros de fotos sobre Argentina y no les interesa competir con los que se dejan en la mesa ratona. La idea de este libro fue mostrar su mirada que se ve que pasó por distintos estados, desde la sorpresa hasta la ternura pasando quizás por la indignación, la tristeza y alguna carcajada. Sin duda, un país que las estimula. Eso cuentan las fotos y también ellas en breves textos.

Las imágenes no sólo son de Buenos Aires, el libro abre una ventana al Norte y al Sur: los viñedos de Yacochuya, en Salta; el Glaciar Upsala, en Santa Cruz, el Faro Les Éclaireurs, en Ushuaia y otros rincones del país. No faltan las tradiciones, como el tango, el mate, asado y santos populares, como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, paneos por las extensas planicies del campo argentino y personajes hermosos, bizarros, coloridos, antiguos, modernos, gente que no sería extraño ver en el teatro o en la televisión, pero están en la calle, sin actuar. Son así y forman parte del paisaje humano de esta ciudad.

El libro fue realizado con fines benéficos, para dos fundaciones que ayudan a mujeres y niños en riesgo.


Pelopincho de Cuba

Esta foto de Leandro Laffan salió seleccionada en el LXIV Salón Nacional de Rosario 2010, en el Museo Castagnino. Me cuenta el autor que, con razón, algunos de sus amigos la tildaron de peronista. Cuando su amigo Fabián Martín la vio le dijo: “La pelopincho representa un extremo del proceso reivindicatorio del trabajador, que culmina con sus merecidas vacaciones en las tibias arenas caribeñas…”

A su regreso de Rosario, a donde viajó para la inauguración del salón, Leandro escribió unas palabras sobre su foto.

Lo que ves es lo que hay.
Ellos se ríen, están en el paraíso. Disfrutando. Fotografiados.
El color azul del mar es más azul en la foto. ¿cuál es la realidad?. La de la foto
Es la que queda registrada.
Lo importante no es estar en el paraíso, es volver. Volver con la foto.
Mostrarla. Mostrarse.
Ellos estuvieron en el paraíso. Te invitan. Dicen que haciendo bien las cosas en la Tierra se llega al paraíso, pero el paraíso sólo existe en las revistas.


El melón escrito

Un verdulero boliviano con pulmón de poeta, un camionero aburrido, una maestra de primaria deprimida por la mala caligrafía de sus estudiantes, un egiptólogo obsesionado con los jeroglíficos, ¿quién habrá inventado el nombre melón escrito?

Me imagino el momento, quizás fue un día de calor como hoy, y el verdulero, la lapicera enganchada en la oreja, un mechón de pelo negro sobre el ojo derecho, preguntó desde adentro “¿Qué va a llevar?” y la maestra pensó en responder “deme un melón”, pero viendo que había de varios tipos, recordó la letra desastroza de su último curso y le dijo, a punto de llorar: “Deme el melón escrito“.

El interior del melón escrito es naranja intenso como la túnica de los monjes del sudeste asiático. Suave en el paladar, refrescante y dulce, como un cariño.

Del exterior se sabe poco. Intriga la trama, esa corteza escrita entera, que llena todo el espacio, como si tuviera tanto que decir. A própósito, ¿qué dirá? ¿se podrá leer? Vamos, no seamos ingenuos, hay quienes ya pensaron en ponerse una mesita en Plaza Francia y leer la cáscara de melon. Veinte pesitos.

¿A quién se le habrá ocurrido? ¿Será pariente del creador de la lechuga capuchina? ¿Tendrá algo que ver con el culpable del limón sutil? Con el inventor del ají puta parió no tiene ninguna relación, eso seguro. ¿Tendrán información en el Museo del Melón de Villaconejos?

Lo más probable es que el autor del apelativo nunca llegue a las noticias ni se haga famoso. Pero desde este blog reconocemos y celebramos su sentido poético, sea verdulero, maestra, camionero, egiptólogo o quien sea.


Verano

Mar del Plata, 1961. Foto Chiclana.


Alexia, princesa viajera

Del libro Todas somos princesas, Editorial Kumquat.


Pierce Brosnan, las vicuñas y el chaku

Pierce Brosnan, el 007 anterior a Daniel Craig, usaba un traje de fibra de vicuña. Seguramente, le costaría pronunciar la ñ cuando le preguntaban por el fino material de su prenda. Pero mucho más le costaría imaginarse de dónde viene ese material.

El año pasado, más o menos para esta fecha, algunas semanas antes si soy precisa, viajé a Catamarca, a Laguna Blanca, un pueblo alejado, en la Puna argentina.

Uno de los pocos sitios en el mundo que produce fibra de vicuña, más fina que el cashmere y con precios que llegan a 900 dólares el kilo. Laguna Blanca no sólo lejos de donde vive Pierce Brosnan, sino lejos hasta del pueblo más cercano. A más de 3.200 metros de altura, donde el sol desafía al protector Factor 50 y el viento sopla crispado, tanto que en la zona no lo llaman por su nombre, le dicen Anselmo.

Desde hace un tiempo, a la actividad pastoril se sumó un recurso económico de origen incaico: el chaku o rodeo, una ceremonia anual de encierro, captura y esquila vicuñas, que luego se liberan. El chaku dura dos días y comienza, como la mayoría de las ceremonias en el Norte, con una ofrenda a la Pachamama. El primer día se construye un cerco de postes y sogas para encerrar a los animales cuando se acercan naturalmente a beber a un ojo de agua dulce. También se levantan corrales caseros. El segundo día, se arrean las vicuñas hasta los corrales de esquila. A pie y al rayo del sol, que quema desde las 8 de la mañana. Participan todos los habitantes de Laguna Blanca, y los turistas que se animen a agitarse en altura.

Cuando me acordé del soroche y que aconsejan moverse lentamente, ya era tarde: estaba corriendo con Alexander, Yamil, Raúl y otros pobladores. Tratábamos de que las vicuñas más rápidas no se escaparan. Corrían desesperadas, asustadas, estresadas. Si los animales tuvieran memoria diría que escapaban porque recordaban los años de persecución y matanza, antes de que estuviera protegida.

Después de alzar los brazos, gritarles y, por último, de formar un cordón humano logramos dirigirlas hacia los corrales. Puede sonar descarado el uso del plural, pero la participación da ese poder. Y el que va a Laguna Blanca en época de chaku está incluido en la acción.

El último día del chaku arranca antes de las 7 de la mañana, cuando los hombres del pueblo se reúnen para planificar la estrategia de encierro. Ya en el corral, para que el estrés del animal no sea tan agudo le cubren la cabeza con una capucha negra. Después, lo caravanean y llevan al playón de esquila, donde trabajan cuatro personas: dos sostienen manos y patas, una la cabeza y otra corta el vellón desde la barriga hacia el lomo con una tijera tipo bigornia.

Me tocó sostener la cabeza de varias vicuñas. También, colocar el vellón en un balde que luego es pesado y certificado por autoridades provinciales. Me pareció la textura más leve que conozca. Más que la seda. Leve como imagino que debe ser una nube. Leve pero abrigadísima. Leve y totalmente impermeable. Tan leve que un chal entero pasa por el diámetro de un anillo.

Cuando la ceremonia se termina comienza el trabajo fino: descerdar, hilar, torcer, lavar, urdir y tejer la fibra. Una parte de la cosecha se vende en bruto a compradores extranjeros, que a su vez la distribuyen a diseñadores exclusivos con clientes famosos, como Pierce Brosnan.




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