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	<title>Viajes Libres &#187; Autores invitados</title>
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	<description>Turismo en primera persona</description>
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		<title>A la deriva con Mario Levrero</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Jul 2010 19:28:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#8220;El ómnibus llegó pasado el mediodía. La ciudad parecía un pueblo fantasma del Far West, unas casuchas amontonadas junto a la carretera; pero luego el ómnibus dobló a la izquierda, se internó por distintas callecitas y nos depositó junto a la agencia, en el aparente centro de la ciudad, bastante más extensa de lo que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/07/dejentodo.jpg" alt="" width="260" height="448" />&#8220;El ómnibus llegó pasado el mediodía. La ciudad parecía un pueblo fantasma del Far West, unas casuchas amontonadas junto a la carretera; pero luego el ómnibus dobló a la izquierda, se internó por distintas callecitas y nos depositó junto a la agencia, en el aparente centro de la ciudad, bastante más extensa de lo que parecía desde la carretera.</p>
<p style="text-align: left;">Llegábamos hora y media atrasados, algo estadísticamente normal. En la agencia pregunté por <strong>un </strong>hotel, y me dijeron que <strong>el </strong>hotel estaba a pocos metros, desde luego sobre la avenida principal. Vi partir nuevamente el ómnibus, llevándose a Roxana dormida en su asiento junto a otras víctimas rumbo a Miserias, Desgracias y otras populosas localidades del interior.</p>
<p style="text-align: left;">Algo en la cima del lugar que rezumaba aridez -física y espiritual- me hizo bautizarlo primariamente Poisonville; unas horas después encontré más adecuado el castizo &#8220;Penurias&#8221;. Un aire caliente resecaba las fosas nasales y dejaba una impresión irritante, venenosa. Estábamos a fines del verano, y no quise imaginar cómo sería enero.&#8221;</p>
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		<title>Arte y símbolos</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Jul 2010 03:42:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Arte]]></category>
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		<description><![CDATA[[...] &#8220;El artista es un creador de símbolos porque la forma simbólica es, no solamente algo dentro de la estructura racional, sino aun del alma y de la materia, y surge formada como de una pieza; y de ahí el que tenga, en cierto modo, como un valor mágico, y obre sobre nuestra sensibilidad espiritual, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/07/torres1.jpg" alt="" width="349" height="336" />[...] &#8220;El artista es un creador de símbolos porque la forma simbólica es, no solamente algo dentro de la estructura racional, sino aun del alma y de la materia, y surge formada como de una pieza; y de ahí el que tenga, en cierto modo, como un<strong> valor mágico</strong>, y obre sobre nuestra <strong>sensibilidad espiritual</strong>, directamente, <strong>sin necesidad de interpretación ni lectura</strong>; y por todas estas razones, en cuanto a forma, tiene un valor en sí. [...]</p>
<p>[...] Nuestro símbolo es aquel que viene de la intuición y es sólo interpretado por ella. Algo, pues, ininteligible al pensamiento, y así es que vemos el gran arte. Por esto, un artista, jamás tendrá que poder dar razón del porqué de tal forma.&#8221;</p>
<p>Universalismo constructivo,<strong> <a href="http://" target="_blank">Joaquín Torres García</a></strong>, 1934.</p>
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		<title>Estambul sin un peso</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jun 2010 04:20:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Anécdotas]]></category>
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		<description><![CDATA[Ignacio Delgado Culebras, un periodista español que vive en Viena, relata con gracia una anécdota de su viaje a Estambul, donde se quedó sin blanca, como le dicen en España al dinero, o sin un mango como decimos en Argentina. ¡Que la disfruten! &#8220;Conté de nuevo las monedas que tintineaban en mi bolsillo. Cerca de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ignacio Delgado Culebras, un periodista español que vive en Viena, relata con gracia una anécdota de su viaje a Estambul, donde se quedó sin blanca, como le dicen en España al dinero, o sin un mango como decimos en Argentina. ¡Que la disfruten!</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/istamb2.jpg" alt="" width="500" height="298" /><em> </em></p>
<p><em>&#8220;Conté de nuevo las monedas que tintineaban en mi bolsillo. Cerca de tres euros al cambio. Eso era todo lo que tenía para pasar tres días en Estambul. Me había quedado sin blanca. Mi tarjeta no funcionaba. Atardecía.</em></p>
<p><em>Con la mochila a cuestas, deambulaba por la plaza que separa la Mezquita Azul de Santa Sofía, pensando qué hacer. ¿Pedir dinero a los turistas? ¿Esperar que el recepcionista del hotel que acababa de abandonar se apiadase de mi y me dejase pasar un par de noches de balde? Pronto anochecería y, por primera vez en mi vida, no tenía adónde ir.</em></p>
<p><em>Por fortuna, pensé, las noches en Estambul aún son cálidas a principios de Septiembre. Todo se reducía a buscar un lugar apartado donde dormir. Había demasiados policías en los aledaños de las mezquitas e imaginé que no serían demasiado comprensivos con un turista arruinado (La mente de todo occidental que viaja a Turquía está aquejada del síndrome del &#8220;Expreso de Medianoche,&#8221; que consiste en un irracional pavor a las cárceles turcas. Es por ello que prefiere evitar tratos con las fuerzas del orden). Recordé un pequeño parque cerca de la Torre de Galata y partí. Jamás lo encontré.</em></p>
<p><em>Tomé el autobús incorrecto. Anduve largo rato por callejuelas que me eran extrañas. Los transeúntes giraban sus cabezas al paso del mochilero. No había tiendas de souvenirs, ni cafés, ni nadie a quien preguntar. Olía a comida, a basura, a perro mojado, a lugar dudoso. Las fachadas de los humildes edificios estaban carcomidas por el salitre. La noche se cernía sobre Estambul. Me había perdido. Tenía miedo.</em></p>
<div class="wp-caption alignleft" style="width: 378px"><em><img src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/istambul.jpg" alt="" width="368" height="346" /></em><p class="wp-caption-text">Foto: www.fotokorth.de </p></div>
<p><em>Doblé por una calle al azar. La débil luz de una bombilla iluminaba un oscuro zaguán. Era la única luz en toda la calle. Dentro, un hombre viejo cenaba. Presa del hambre, reuní valor y decidí entrar. El hombre me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Vomité mi historia de golpe sin saber si aquel hombre entendía una sola coma de mi atropellado relato. Cuando terminé de hablar me miró de arriba abajo, midiéndome. Se levantó con parsimonia, aún alerta, como si estuviese a punto de arrepentirse. Abrió una puerta. Me mostró una minúscula habitación  y me indicó que me sentara. Partió pan y me invitó a compartir su pasta de judías. Luego, en un pobre inglés me explicó que podría quedarme en su casa hasta que arreglase mis problemas.</em></p>
<p><em>Cuando me disponía a agradecerle su hospitalidad, mencionó el precio: a cambio de aquella habitación, tenía que entregar las llaves a los clientes y hacer recados para las chicas.</em></p>
<p><em>Me pareció un buen trato. Mi trabajo a cambio de comida y cama. Supuse que aquel hombre regentaba una suerte de hostal y que las chicas (&#8220;the girls&#8221;) eran sus hijas. A pesar de que no era capaz de creer mi buena estrella, me extrañó que aquel hombre serio y taciturno permitiese a sus hijas tener tratos con un extraño.</em></p>
<p><em><img class="alignright" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/panuelo.jpg" alt="" width="304" height="315" />Pocas horas después supe que, por azar, me había convertido en el chico de los recados de un burdel.</em></p>
<p><em>Los clientes llegaban con cuentagotas, nunca muchos a la vez. La mayoría eran turcos. Alguna vez llegaban marineros recién desembarcados en el Cuerno de Oro, casi siempre solos y siempre borrachos. Los parroquianos habituales era fácilmente reconocibles por la cara de sorpresa que ponían al verme. El ritual era siempre el mismo: ellos decían el nombre de una chica y yo, oh cancerbero, les daba la llave que conducía a su placentero destino. Era un trabajo fácil, pero no me dejaba dormir más de tres horas seguidas. Hay pasiones que no entienden de horarios.</em></p>
<p><em>Había unas ocho chicas y ninguna de ellas era caprichosa. A lo sumo, me mandaban a comprar cigarrillos y coca cola. Una dominicana llamada Clara me tomó afecto. Estaba encantada de poder hablar español con alguien. Había llegado a Estambul siguiendo a un turco que la había abandonado. Ejercía la prostitución para pagarse el pasaje de vuelta.<br />
Mis días en el lupanar transcurrieron deprisa entre la cocina, la custodia de las llaves, los recados, y las conversaciones con Clara. Pronto llegó el día de volver a España. Me despedí de el anciano Lefter y partí.</em></p>
<p><em>Un viandante me miró con sorpresa y una media sonrisa cómpice se dibujó en sus labios al ver que todas las chicas esperaban en la terraza, lanzándome besos y agitando sus velos al viento a modo de despedida&#8221;.</em></p>
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		<title>A propósito de los cuadros robados en París</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Jun 2010 03:59:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Después de saltear varias páginas de política y maldecir porque me perdí una convención de gemelos, mellizos y parecidos en el Planetario, encontré en el Clarín de ayer una encantadora carta que John Berger le escribió al ladrón de los cinco cuadros del Museo de Arte Moderno de París. No lo hostiga por haber cometido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/picasso.jpg" alt="" width="315" height="385" />Después de saltear varias páginas de política y maldecir porque me perdí una convención de gemelos, mellizos y parecidos en el Planetario, encontré en el Clarín de ayer una encantadora carta que <strong>John Berger</strong> le escribió al ladrón de los cinco cuadros del Museo de Arte Moderno de París.</p>
<p>No lo hostiga por haber cometido el robo, al contrario, le agradece por haberlas liberado del mercado especulativo del arte y devolverlas a su función primordial: ser objetos de placer.</p>
<p>A continuación, la imperdible carta:</p>
<p>&#8220;<em>Me enteré de tu hazaña al leer Le Monde el 22 de mayo. El título del diario era: “Obama anota un punto contra el lobby financiero”. Después de una larga vida de dedicación a las artes plásticas, me parece que también tú te anotaste un punto. Es por eso que te escribo con respeto y cierta admiración.<br />
Robaste cinco telas, más bien chicas, pero muy elegidas, del Museo de Arte Moderno de París. (El pequeño Picasso de 1912 es una de mis pinturas cubistas preferidas, y la vi por primera vez seguramente antes de que tú nacieras).</em></p>
<p><em>Ubicaste los lugares con mucha anticipación; sabías que el sistema de alarma estaba descompuesto; te tomaste tu tiempo; no dañaste las telas al retirarlas del marco; las sacaste del marco con gran cuidado; y partiste con las pinturas bajo el brazo. Estoy seguro de que te preocupaste de que no se rasparan.<br />
Ahora las tienes escondidas. Las puedes conservar y observarlas. Puedes vendérselas a un coleccionista privado con el que ya te has contactado.<br />
Pero ni él ni tú pueden venderlas en el mercado, ni ahora ni en un futuro previsible. Esas telas se convirtieron -como en otro tiempo esperaban sus autores- en objetos de placer y dejaron de ser, gracias a tu acto, objetos de especulación financiera.</em></p>
<p><em><img class="alignright" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/matisse1.jpg" alt="" width="353" height="286" />Se te acusa de robo, y las pinturas recuperaron su inocencia. Los abogados sostendrán que privaste al público de su derecho a ver cinco obras adquiridas con dinero público o recibidas mediante una donación. Es verdad. Pero si comparamos esa modesta pérdida con los efectos devastadores colosales del mercado especulativo y de sus fuerzas sobre la forma en que pensamos el arte en la actualidad, así como su lugar en treinta mil años de historia de la humanidad, la “privación” de la que eres responsable parece apenas un detalle.</em></p>
<p><em>El riesgo que corriste y lo que conseguiste tienen como corolario que sólo se puede amar una obra de arte por sí misma, sin relación alguna con su cotización en el mercado. Para gran alegría nuestra, esas cinco telas que te llevaste con tanto cuidado ahora dejaron de tener precio.</em></p>
<p><em>Tal vez pienses exigir un rescate. No sé por qué, pero lo dudo. Si ese es el caso, olvida lo que he dicho.</em></p>
<p><em>De lo contrario, una sugerencia. Devuelve una de las telas. Elígela tú mismo. Con la condición de que una vez que se la vuelva a colocar en el museo, la historia de lo que le sucedió se cuente y explique por escrito a su lado. Yo mismo me voy a encargar de ello</em>.&#8221;</p>
<p>(Copyright Le Monde y John Berger, 2010. Traducción de Joaquín Ibarburu.)</p>
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		<title>Estuve allí, pero me enteré al día siguiente</title>
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		<pubDate>Wed, 26 May 2010 03:37:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Verónica Montero es periodista, vive en Buenos Aires y su trabajo actual consiste en enaltecer a los duros de Hollywood: escribe reseñas de cine de acción para un canal de cable. Pero esta vez vuelve a su traje de reportera y nos cuenta una anécdota de su último viaje a la Gran Manzana. &#8220;Cuando uno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/05/times.jpg" alt="" width="372" height="278" /> <strong>Verónica Montero </strong>es periodista, vive en Buenos Aires y su trabajo actual consiste en enaltecer a los duros de Hollywood: escribe reseñas de cine de acción para un canal de cable.</p>
<p>Pero esta vez vuelve a su traje de reportera y nos cuenta una anécdota de su último viaje a la Gran Manzana.</p>
<p><em>&#8220;Cuando uno viaja a Nueva York espera que algo suceda. No es de esos destinos en los que sólo se visitan museos y se toman fotografías de jardines imperiales. Nueva York es en parte Hollywood. Es decir, o te chocás con George Clooney corriendo en el Central Park o presenciás algo que termina siendo tapa de los diarios; como me pasó el día del atentado fallido del 1 de mayo en Times Square.<br />
</em></p>
<p><em>No tenía reloj, así que calculo que serían las ocho. Unas cincuenta personas sacaban fotos de las cuadras más iluminadas de Manhattan. Las publicidades digitales se codeaban tratando de imponerse unas a otras. De repente, una explosión se escuchó a lo lejos. Un ruido seco paralizó todo por apenas un segundo.  Insisto: sólo fue un segundo. La escena que ahora recuerdo es la del chico que tenía al lado: tiró su lata, gritó “shit!” y salió corriendo. El resto seguimos posando y disparando sin flash a los letreros.</em></p>
<p><img class="alignright" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/05/times2.jpg" alt="" width="300" height="291" /><em>Con el diario del día siguiente me enteré de lo que realmente había sucedido. Los ojos del mundo, otra vez en La Gran Manzana: “El intento de un atentado terrorista sacude Times Square”. El sonido fuerte que escuchamos, fue la implosión provocada por la Policía a tres cuadras de donde estaba.  El vendedor de uno de los puestos callejeros, que había alertado sobre el coche bomba abandonado, se convirtió en un ídolo y había fila para sacarse fotos con el héroe.</em></p>
<p><em>Desde el atentado del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos dejó de ser un lugar seguro. Y la ciudad lo recuerda constantemente: “Cualquier persona puede ser sospechosa de cometer un acto terrorista”. Si uno mira sin mirar  observa carteles del estilo  “Si ve algo, avise” o “¿Cuál de estas dos armas cree que es verdadera?”. Pero los mensajes se entremezclan con los de otros avisos y todo termina siendo lo mismo. “Comer un combo en un local de comidas rápidas tiene X cantidad de calorías”, “No te pierdas la temporada final de Lost”, “Sonría, lo estamos filmando”, “Si retira un ejemplar, tiene 20% de descuento para presenciar el musical de Mary Poppins en Broadway”.</em></p>
<p><em>Ruido, mucho ruido, por todas partes. </em><em>The show must go on hace que el sonido de una implosión sea confundido como parte de una performance, como creí esa noche en Times Square. Al igual que  cuando después de estar varias horas recorriendo el Madame Tussauds, que queda por esa misma zona, salí a la calle y  al ver  a un señor quieto, me acerqué creyendo que era de cera&#8221;.</em></p>
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