La hoja de coca no es droga

Eso dice la inscripción de las poleras que se venden como el último souvenir en La Paz: “La hoja de coca no es droga”.

Y es la idea que transmitió el presidente Evo Morales cuando mascó hojas de coca ante los miembros de la Comisión de Estupefacientes, en una sesión de la ONU, para pedir formalmente que se la retire de la lista de sustancias prohibidas.

“Si esto es una droga, entonces deberían encarcelarme”, dijo, y agregó un dato: cerca de 10 millones de personas consumen hojas de coca en los países andinos.

En Bolivia se consume mayormente en la región del Altiplano. La coca se chaccha o acullica, es decir que se hace un bolo de 10 a 30 gramos de hojas, se remoja con saliva y después de diez o quince minutos se añade una pizca de alcalinizante.

Me contaba un chofer de ómnibus que cuando le tocan las rutas difíciles y con precipicios, muy común en la geografía de Bolivia, no se hace una sino dos “bolas” o acullicos de coca para no tener hambre en el camino y estar atento y lúcido.

En el pequeño y bien documentado Museo de la Coca de La Paz leí la historia de esta planta, considerada sagrada por los pueblos altiplánicos. La coca tiene 4500 años. Se usó como alimento, ungüento y en sentido mágico, para protegerse de brujerías y cambiar la mala suerte.

La luchadora de catch boliviano, Yolanda La Amorosa, me dijo cuando la entrevisté hace algunos días, que machacada con alcohol es buena como analgésico para los tremendos golpes que recibe cada domingo en el Multifuncional de La Ceja.

La hoja de coca tiene una historia milenaria y un estigma: ser la materia prima para la producción de cocaína.

Bolivia es el tercer productor mundial de coca, después de Colombia y Perú. Se supone que la producción está controlada, pero muchos creen que no se cultiva sólo para el consumo. “¿O viste en tu viaje que todos los bolivianos coquean?”, me preguntó un paceño el otro día. Y no, no creo que coqueen todos. Mucho menos en La Paz.

Incluso, hay campos de cocales que se rocían con herbicidas, eso indica que no están destinadas al consumo directo. Como productor y representante de los cocaleros, el presidente defiende la hoja y en 2008 tomó la decisión de expulsar a la DEA del país. Los controles antinarcóticos en la ruta están, pero al parecer no son efectivos.

En mi caso, usé la coca para aliviar el mal de altura, y me traje una bolsita para preparar té. Me llenó la valija de un olor. Todavía se siente. Es un olor amargo, herbáceo, aymara.


Vistas de La Paz

La Paz es una ciudad observada. Basta tomar una calle empinada, como la Sagárnaga, y al llegar al final, darse vuelta y descubrir una panorámica de foto y, seguramente, un enredo de cables tan trabado que es difícil pensar que lleguen a algún lado.

Me gustan las vistas de altura, y en La Paz encontré varios lugares desde donde ver esta ciudad de más de dos millones de habitantes -incluyendo a los de El Alto- que se despararrama a los pies de la Cordillera Real.Cada viajero ubicará sus propias alturas, pero quizás éstas le puedan servir de inspiración.

Mercado de El Alto. Podría decir que el mercado a cielo abierto de Addis Abbeba, en Etiopía, el de los domingos y jueves en El Alto, son los dos más gigantes que conocí. La vista llega lejos porque el día está despejado pero no puede llegar hasta donde el mercado termina. Se vende de todo, desde un alfiler hasta un tractor. Y no es Dios quien custodia las transacciones, sino el Illimani, de más de seis mil metros y cumbres nevadas. La vista de la Cordillera Real es el mapa más perfecto para una profesora de geografía. Consejo: para poder distraerse con la panorámica, mejor no llevar cámaras ni nada de valor.

Hotel Gloria. Hace muchos años que no iba, más de diez, y lo encontré igual, quizás un poco más viejo, pero bien mantenido (sin lifting). En el piso 12, el restaurante Vicuñita de Plata tiene muy buenos platos regionales -como el pique macho (picante y contundente)- a precios económicos y una vista espectacular de los cerros. La noche borra las asperezas y enciende otro paisaje, de miles de brillantes sobre un paño de terciopelo negro.  En frente, el Hotel Presidente, un cinco estrellas de otra época, también tiene una vista para recomendar y un restaurante algo más caro en el último piso. La panorámica es mejor, más limpia y sin nada que la tape, pero me quedo con el Gloria porque le tengo cariño, nada más.

Parque Urbano Central. Con nuevo nombre, el Mirador Laikakota sigue siendo tan bueno como antes. Está en un gran parque, es un buen lugar para observar el caos desde la distancia. Y de paso, respirar profundo antes de volver a bajar al interior de la cacerola urbana. Se está trabajando en nuevas pasarelas y entretenimientos para niños en el parque.

Mirador camino al aeropuerto. Está de camino a la ciudad desde el aeropuerto de El Alto. Ideal para que el taxi pare unos minutos. La vista puede asustar, sobre todo si se piensa que unos minutos más tarde uno formará parte de esa locura, y mucho peor ¡con soroche! Abajo del mirador pasa el antiguo camino,  más panorámico que la autopista.


Cruza por la cebra, no seas burro pues

El caos de tránsito en algunos puntos de La Paz, por ejemplo frente a la Iglesia San Francisco, me recordó al Cairo y Hanoi, donde cruzar la calle es es una misión complicada.

Mientras un policía toca el silbato con ánimo de organizar, la gente se lanza a cruzar una avenida ancha con minibuses que buscan pasajeros, ómnibus amarillos y verdes con inscripciones poéticas en el parabrisas estilo “Más libre que el viento” y 4×4 que apretan el acelerador por más que tengan una persona adelante. Unos días atrás, en ese cruce me frenaron en los talones, literalmente.

Algunas calles más abajo, Kevin y Marcelo vestidos de cebra y burro dan clases de urbanidad express. Forman parte del Proyecto Cebras, que pretende enseñar a los automovilistas a respetar el semáforo y a la población, a cruzar por el paso de cebra.

Me cuenta Marcelo, un burro de lo más inteligente, que muchos conductores no saben que el paso de cebra es para que avancen los peatones. Entonces, él se acerca, les explica y les muestra sus orejotas de burro, así la próxima vez frenan unos metros antes. Los conductores se ríen, los niños les tienen tanto cariño como a Barney y más de una cholita se resiste a que la ayuden a cruzar.

El proyecto arrancó hace algunos años, con cerca de cien adolescentes que vivían en la calle, y hoy trabajan entre cuatro y seis horas por día y son parte del paisaje urbano de La Paz.

Desde la semana última tienen un nuevo desafío: ordenar el tránsito en La Ceja (El Alto). Quizás también sería bueno que se dieran una vuelta por la zona de la iglesia San Francisco. O alguien se quedará sin talones.


Ulupica, el más ardiente de los ajíes

Es más chiquito que una arveja, crece salvaje en Bolivia y Perú y es capaz de llevarte al infierno en un mordisco.

Tan picante que en una comida sólo se utiliza uno, en general rallado. Las cholitas venden ese paquetito, que dura varios meses, por un boliviano, y lo recomiendan para el resfrío.
Tan picante que se usa para hacer el gas paralizante.

Algunos investigadores consideran a la ulupica como el origen de todos los ajíes, desde México hasta la India. Chiles, locotos, rocotos y pimientos, todos descenderían de la ulupica. Las aves habrían sido las encargadas de dispersar la semilla, que se adaptó a los distintos territorios y climas con nuevas versiones de la planta.

En 1912, el químico estadounidense Wilbur Scoville ideó un método para medir el nivel de picante de un ají. El incendiario chile habanero ocupó el primer lugar en la tabla hasta que fue desplazado por el incendiario naga jolakia, con más de un millón de unidades Scoville, y luego por el spray paralizante utilizado por la policía de Estados Unidos.

Pero la ulupica no tiene rival: es ultrahot y es la madre de todos los ajíes. El sabor recuerda al de un tomate todavía verde, ácido y con ánimo de fruta. Eso dura un segundo, hasta que el picante allana el paladar.


Altiplano: fusión andina

(Gracias Antonio por la recomendación)


El primer viernes del mes, khoa

Hoy es el primer viernes del mes, y en muchas casas, oficinas y negocios de Bolivia se levanta una khoa u ofrenda a la Madre Tierra. En la Casa Esotérica 7 Poderes de la calle Santa Cruz, entre Murillo y Linares, se venden  sahumarios preparados como el de la foto.

Traen dulces y abajo una capa de una hierba aromática llamada khoa. La ofrenda se quema sobre una cama de leña apoyada en un brasero. Para que arda más se challa con vino dulce o alcohol. Las cenizas no se tiran, se entierran (detalle fundamental).

Hay distintos modelos de ofrendas: para las buenas relaciones en la oficina y para la armonía hogareña. El de la foto es para que prospere el negocio, uno de los que más se venden. Además de las ofrendas privadas se hacen ofrendas públicas, como la que está en una curva que va al aeropuerto, no en cualquier curva, en ésa donde muchos reportaron haber visto al mismísimo Diablo.


Hacia un Instituto de la Quínoa

El domingo pasado en el mercado de El Alto conversé un rato con don Quispe. Me comentó que por lo menos una vez por mes se da una vuelta para curiosear, comprar o comer. Lo que más le gusta es la quínoa preparada como psqe, rehogada con ají y queso. Tiene la consistencia de un puré de papas y un sabor que lo hace venir de lejos para probarla.

“La quínoa rica es pues, el problema es que ahora muchos se han dado cuenta y el precio aumentó por la exportación”, me comentó don Quispe mientras mirábamos el Illimani nevado que, en El Alto está más cerca.

Recordé la charla por un editorial de hoy en el diario La Razón, donde Ernesto Hillan Bernal comenta justamente el considerable aumento en la exportación del grano de oro: de 13.000 toneladas en 1980 a 1500, el año último. En términos económicos, se pasó de 100.000 dólares a 39 millones. En la actualidad, Bolivia es el primer productor mundial de quínoa.

El cereal que usaban los antiguos tiene un alto valor proteinico, según el artículo, “los 10 aminoácidos necesarios para alimentar el cuerpo humano”, por eso lo llaman el súper cereal o el coloso del Altiplano. Luego de exponer todos los datos, el autor insiste en que se cree un Instituto de la Quínoa para que los especialistas estudien las formas de aprovechamiento a partir del producto primario, y para que la producción nacional se adecúe a las normas internacionales. En el final, toma velocidad y se pregunta si acaso la quínoa no podría rendir más que el propio gas.

Todavía falta para que el instituto esté en marcha. Mientras tanto, se celebró el mes pasado el III Congreso Mundial de la Quínoa y a los investigadores ya se los llama quinuólogos. Don Quispe, me parece, tendrá que acostumbrarse a un nuevo precio o probar otros cereales.


Bolivia, tierra musical

Una viñeta que encontré en el excelente Museo de Instrumentos Musicales de La Paz, creado por el maestro charanguista Ernesto Cavour.


Pie izquierdo, la nueva revista de crónicas

Hace tiempo que no veía a alguien tan entusiasmado como Alex Ayala, un periodista vasco que vive hace 9 años en Bolivia, ganó el Premio Nacional de Periodismo en 2008, tiene mujer boliviana y como buen boliviano -aunque sea por adopción- dice ahorita.

Nos encontramos hace un par de días en la Plaza Avaroa, en el barrio de Sopocachi, lugar de moda, con buenos bares y restaurantes, y me contó de su criatura.

El entusiasmo de Aléx se llama Pie izquierdo, la revista de crónicas que él ideó y edita, y que 15 días atrás vio la calle después de tantos meses de planificación, desvelos y esfuerzo. Ya está en los kioscos y por ahora se vende muy bien.

El primer número lleva una bomba en la portada. La historia de Lestat Claudius de Orléans y Montevideo y Ada Ribeiro, él de Estados Unidos y ella, uruguaya. Se conocieron en Fray Bentos y emprendieron un viaje de amor y locura sembrando bombas por el camino.

Más historias del primer número: una de cowboys en la Puna, escrita por el periodista argentino Nicolás Recoaro, que cuenta las andanzas de los forajidos Butch Cassidy y Sundance Kid en Tupiza, donde los habrían matado. Alberto Salcedo Ramos escribió sobre Guillermo Veásquez, el árbitro colombiano que expulsó a Pelé, y Juan Pablo Meneses, que por estos días presenta en Europa su último libro Hotel España, contó su viaje a la Conchinchina.

“Queremos “leer” las realidades que nos rodean con otros ojos. Derribar muros, tender puentes. Lograr que el lector sienta las historias que le contemos como algo íntimo, cercano, cómplice, que las haga suyas”, eso escribe Alex en su primer editorial. Y puede estar tranquilo: anoche leí la de la pareja dinamita y la sentí tan cerca que dormí con la luz prendida.

A la espera del segundo número, ¡larga vida al Pie izquierdo!


Clics del 1 de mayo en La Paz




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