Vértigo y naturaleza en el cine

Desde hace dos años se desarrolla en el marketinero Fin del Mundo, el Festival Internacional de Cine de Montaña: Ushuaia SHH.

La segunda edición terminó hace unos días en Ushuaia, y los próximos 4 y 5 se podrán ver las películas y cortos ganadores -y algunos más también- en la Sala Espacio Incaa Km 1 (Moreno 1199, T. 4383. 6432), en Buenos Aires.

El largometraje ganador no tiene nada que ver con el frío. Es una película del francés Ervard Wendenbaum que se llama Amazonian Vertigo y cuenta el ascenso al muro del Salto Angel, en la sabana venezolana. Con 970 metros, es el salto más alto del mundo. Una expedición internacional encabezada por Arnaud Petit, campeón del mundo de escalada, remonta el río Carrao hasta llegar al pie del salto, donde comienza la subida por la pared resbaladiza y peligrosa.

También se podrá ver El Camino del Cóndor, la película dirigida por Christian Holler, que recibió el Premio a la Mejor Fotografía. Este film, rodado en la Patagonia argentina, cuenta la historia de Lorenzo Sympson, un ornitólogo que se dedicó a estudiar los hábitos del cóndor y ahora está abocado a analizar la forma en que el cóndor se desplaza en el aire. Martín Vallmitjana, un piloto de parapente lo ayuda para aprender los secretos del cóndor y mejorar así su forma de volar.

El corto ganador es argentino. Se llama La Caja y lo dirigió Manuel Lo Bianco. Es una animación en plastilina, y cuenta la historia de dos hombres que discuten sobre la posibilidad de un mundo mejor. Un tema tan escabroso como el ascenso a la montaña más alta.



La caída interminable de Zimbawe

Leyendo las últimas noticias de Zimbawe, parece que el país está a punto de caer por las Victoria Falls. Que se ahogará en su propia agua, el agua que tanta falta le hace.

Unos días atrás cumplió 28 años la independencia de este país africano de 13 millones de habitantes. Exactamente 28 años lleva en el poder el presidente, Robert Mugabe. Mugabe fue el héroe de la independencia, pero hoy a los 84 años hace tiempo que dejó de ser un héroe. “Su problema es que se cree dios”, me dijo hace menos de tres años Lovemore Sibindi mientras cruzábamos el paisaje amarillo del interior del país.

Zimbawe atraviesa una grave crisis política y económica, que si bien comenzó hace tiempo –el año pasado la inflación alcanzó el 8000 % –, se desató con más fuerza y violencia después de las últimas elecciones en las que Mugabe proclamó el triunfo y la oposición, el fraude.

Falta poco para que se cumpla un mes de las últimas elecciones y el gobierno de Mugabe todavía no entrega los resultados del recuento de votos. Tampoco entrega comida en las zonas del país conocidas como opositoras y hay más de 400 activistas del Movimiento para el Cambio Democrático (MDC) el partido opositor, detenidos y privados de los derechos básicos. Además de los detenidos y torturados ilegalmente por militares entrenados por la armada norcoreana en los años 80. Mugabe ha sido acusado recientemente de matar para seguir en el poder.

Leo que la situación en Zimbawe empeora cada día y me acuerdo de Lovemore, el chofer del camión en el que crucé algo del sur de Africa durante dos semanas. Lovemore Sibindi, así se llamaba. Era un negro alto y flaco, que siempre estaba de buen humor. Aunque hubiera manejado diez horas.

Lovemore no era un nombre de fantasía. “Mis padres estaban en un momento de mucho amor cuando me lo pusieron”, me dijo sonriendo.

Cada vez que sonreía se le achinaban los ojos y sus pestañas enruladas ganaban un primer plano. Durante esos viajes largos en camión muchas veces fui adelante y conversé horas con Lovemore, escuchando la música de Oliver “Tuku” Mtukudzi, la voz de Zimabawe. Una tarde, Lovemore habló poco. Tenía la mirada fija en la ruta y parecía enojado. Después supe que estaba pensando en Mugabe. “Debería estar muerto”, me dijo cuando caía la noche.

Lovemore era hincha de la selección argentina, se ve en la foto. Pertenecía a la tribu de los ndebele, que está peleada a muerte con los shona, a la que pertenecía Sawa Kurima, el guía del safari. Si ellos no hubieran compartido ese trabajo con extranjeros posiblemente serían enemigos, como otros shonas y ndebeles, que ni se miran y si lo hacen es para agredirse.

No sé donde estarán Lovemore y Shona hoy. Tal vez sean parte de los dos millones de refugiados zimbawenses en Sudáfrica. O quizás sigan guiando un safari a pesar del caos. Porque si bien hay un Zimbawe que está a punto del estallido, hay otro país que vive en otro mundo. Ese segundo país es Vic Falls, la Capital de la Aventura de Africa, un lugar en el que el turista cumple su sueño de aventura a la carta pase lo que pase.

Las advertencias de la Lonely Planet se publican, pero a Vic Falls los turistas llegan igual. A saltar en el segundo bungee más alto del mundo (111 metros), a hacer rafting grado 6 en el diabólico río Zambezi, a sobrevolar las Cataratas Victoria en helicóptero, a recocorrer un par de kilómetros sobre el lomo de un elefante. Si no fuera porque todas las noches, los cortes de luz son largos y oscurecen el ghetto turístico y perfecto, y recuerdan que algo no anda bien, se podría creer que está en un país tranquilo, donde el peligro más grave está en la selva.


A falta de Disney, ¿Cataraworld?

Ok, no habrá Disney World en Argentina. Al menos por ahora. La versión que hizo soñar a muchos y enojarse a otros duró 24 horas. Que sería en San Pedro, que la empresa que estaba atrás era Walt Disney Mundo SA Inc, que un jamaiquino sospechoso de hacer desaparecer un Lamborghini Diábolo comandaba el proyecto y que se invertirían 1000 millones de dólares.

The Walt Disney Company Argentina salió corriendo a decir que no tiene nada que ver. Como muchas cosas en el país, tres días más tarde, el proyecto quedó hecho un rumor confuso que probablemente se lavará con el tiempo y la lluvia.

 Todo este tema de Disney me recordó la última vez que viajé a Catartas, hace unos meses. La grandeza de las aguas estaba intacta, pero al parque lo vi cambiado. Los responsables aseguran que está mejorado, comentan con orugullo que es el parque que más visitas recibe de Argentina. Tan optimistas son que hacen convenios para lograr que lleguen todavía más. Más senderos, más guías con paraguas identificatorios, más grupos, más barcos que van y vuelven hasta el salto San Martín con fotógrafo profesional que esa tarde le alcanza la foto al hotel incluido, más camiones tipo exploradores que dan la misma vuelta en el mismo pedazo de selva, en el que cada día se ven menos animales.

La entrada ya aumentó. Ahora faltaría que el restaurante vendiera hamburguesas Mc. Tucán, un espectáculo con leones que jamás morderían y no mucho más para ser un parque temático de la selva.

¿Los parques nacionales se inspiran en los megaparques de entreteniminetos?


Llevar y traer

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Con esto de Iguazú hiperturística -el jueves último salió un especial en el suplemento Ambito del Placer y hoy salió en el suplemento turí­stico de La Nación- me quedé pensando en una contradicción lógica elemental: por un lado se llevan la selva y por otro, traen más turistas. Se sabe que el negocio de la madera en Misiones es bueno, y que camuflados por la noche van y vienen camiones sacando listones de guatambú, anchico, timbó, maderas de selva, maderas de ley que se cortan sin pensarlo dos veces. Después el espacio libre se rellena con Pino eliotis y comienza la reforestación, justo allá­ donde se termina la selva.

Al mismo tiempo, en general de dí­a -si es que el vuelo no se demoró- llegan tours de argentinos, japoneses, mexicanos, brasileros y más a conocer la furia de la Garganta del Diablo, los misterios de la selva. Se sabe que el negocio del turismo también es bueno. Desde Brasil parten helicópteros cada diez minutos. Los vencejos de cascada ya se acostumbraron, pero hay aves que no logran entender el sonido loco de ese extraño pájaro mecánico. En Argentina, los helicópteros están prohibidos, pero los botes que se acercan durante todo el dí­a hasta el salto San Martín también hacen un ruido loco. Y pronto llegarán más turistas, más tours, más restaurantes, más movimiento. Hace años que Iguazú es Patriomonio de la Humanidad, y sin embargo la meta para este año es un millón doscientos.

Esta paradoja no se ve sólo en las Cataratas. Es una muestra más del dilema del turismo y la conservación. Una vieja temática ¿sin solución?


Iguazú a la cabeza

cataratasnight1.jpgLas Cataratas llevan la delantera. Van punteras en esta gran elección de las Siete Maravillas Naturales de Argentina (¿Ya votaste?). Y aunque el voto también aquí­ es secreto, confieso que las votado. Hace unos dí­as volví­ de Iguazú, de la tierra colorada, la selva paranaense y las aguas grandes. Las vi, claro, pero especialmente las escuché. Después de un tiempo con poquí­sima agua volvieron a su caudal normal: 13 millones de litros de agua por segundo caen en la Garganta del Diablo.

Iguazú es el parque nacional más visitado del paí­s, con un millón de turistas por año, pero quiere recibir más gente todavía, llegar al millón doscientos escuché por ahí­. Con ese fin de promoción ahora mismo hay en el parque tres directivos del Niagara Park, a punto de firmar un convenio para fomentar la cooperación y promoción conjunta de los parques.
Tanta gente llega, que los guí­as llevan paraguas de colores para que su grupo no se disperse. Tanta gente llega que Viajes Libres supo que pronto aumentará la entrada, pero básicamente para los extranjeros, que pagaban 30 pesos y a partir del mes que viene, serán 40. “A los argentinos les subió dos pesitos, nomás”, me dijo un funcionario. Tanta gente llega que a veces toca hacer cola en la galerí­a para ver la Garganta del Diablo. Nadie quiere moverse de ahí­. La potencia del agua atrae, y de repente uno se olvida del tiempo, del grupo, de los fotógrafos que ofrecen fotos desde una escalera para que “entre todo”. Además, el agua golpea tan fuerte que no se escucha mucho más. Y cuidado, si te distraés viene una ráfaga de brisa llena de agua y te empapa.

Tanta gente llega que no es mala idea entrar por la noche. Eso sólo es posible cuando hay luna llena. Como la de hoy. Como la de mañana y la noche del lunes también. Los paseos de luna llena se hacen todos los meses, y tiene varias salidas: a las 20:00, 20:45hs y 21:30.

El paseo de luna llena guarda el silencio inquietante de la selva de noche, un mundo de sombra y penumbra y oscuridad que se ilumina con el delicado reflejo de la luna sobre el rí­o Iguazú. El paseo dura unas dos horas y cuesta 50 “pesitos” (y 80 si es con cena en el restaurante La Selva).