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	<title>Viajes Libres &#187; Europa</title>
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	<description>Turismo en primera persona</description>
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		<title>Aquí</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Jan 2012 04:16:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Arte]]></category>
		<category><![CDATA[Autores invitados]]></category>
		<category><![CDATA[Check in]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>
		<category><![CDATA[Homenaje]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>

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		<description><![CDATA[Antes de salir de viaje Se llama: espacio. Es fácil definirlo con esa sola palabra, mucho más difícil con varias. ¿Vacío y lleno al mismo tiempo de todo? ¿Herméticamente cerrado, aunque abierto, ya que nada puede escapar de él? ¿Dilatado hasta el infinito? ¿Por que si es finito, con qué diablos limita? Vale, vale. Pero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>Antes de salir de viaje</strong></p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">Se llama: espacio.<br />
Es fácil definirlo con esa sola palabra,<br />
mucho más difícil con varias.</p>
<p style="text-align: center;">¿Vacío y lleno al mismo tiempo de todo?<br />
¿Herméticamente cerrado, aunque abierto,<br />
ya que<br />
nada puede escapar de él?<br />
¿Dilatado hasta el infinito?<br />
¿Por que si es finito,<br />
con qué diablos limita?</p>
<p style="text-align: center;">Vale, vale. Pero ahora duérmete.<br />
Es de noche y mañana tienes asuntos más urgentes, justo hechos a tu medida:<br />
tocar objetos que se encuentran cerca,<br />
poner la mirada a la distancia deseada,<br />
escuchar voces al alcance del oído.</p>
<p style="text-align: center;">Ah, y todavía ese viaje del punto A al punto B.<br />
Salida a las 12.40 hora de aquí,<br />
sobrevolando esta madeja de nubes locales<br />
a través de una franja de cielo tenue,<br />
una entre las infinitas.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Wislawa Szymborska</strong></p>
<p style="text-align: left;">Del libro <strong>Aquí</strong>, Bartleby Editores.</p>
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		<title>Una en un billón</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Oct 2011 04:21:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Anécdotas]]></category>
		<category><![CDATA[Check in]]></category>
		<category><![CDATA[Compañeros de viaje]]></category>
		<category><![CDATA[Costumbres]]></category>
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		<description><![CDATA[Son las once de la mañana y suena el teléfono. Tengo que terminar una nota, pero decido atender. Padre al habla: - Hola, escucháme acá encontramos con mamá la dirección de una parejita que conocimos en el primer viaje a Europa, hace 40 años. - Ah… ¿Y? - Un par de veces los llamamos y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/10/mireille.jpg" alt="" width="489" height="305" /></p>
<p>Son las once de la mañana y suena el teléfono. Tengo que terminar una nota, pero decido atender. Padre al habla:</p>
<p>- Hola, escucháme acá encontramos con mamá la dirección de una parejita que conocimos en el primer viaje a Europa, hace 40 años.</p>
<p>- Ah… ¿Y?</p>
<p>- Un par de veces los llamamos y no logramos comunicarnos. Ahora se nos ocurrió que como vos estás con <em>interné</em> y la <em>ré </em>social capaz que los ubicás. ¿Te podrás fijar un minuto? [...] Mirá, la cosa es así: nosotros veníamos de Galicia, habíamos visitado a Moncho, un tío cura que nos regaló una vianda con quesos, jamón, chorizo y frutas como para cuatro días y manejábamos por Asturias hacia la frontera con Francia cuando nos hizo dedo una parejita de unos veinte años. Parecían unos pibes divinos así que paramos, los subimos y seguimos viaje.</p>
<p>- Pa, te llamo más tarde que estoy terminando una nota…</p>
<p>- Perá, perá que te cuento rápido: al principio, no hablaban nada. Mamá practicaba lo que sabía de francés con ella, el pibe no decía ni mu y yo manejaba. Me acuerdo que ahí nomás del puente romano de Cangas de Onís hicimos un picnic con todos los manjares que nos habían llegado de arriba. ¡Hasta teníamos molete!</p>
<p>- ¿Qué es molete?<br />
- Un pan de Galicia, ¡el pan que comía tu abuelo!</p>
<p>- Nos fuimos enterando de que la parejita se había conocido hacía pocos días atrás, haciendo el Camino de Santiago. Recorrimos la costa verde española, pasamos por pueblitos cercanos al mar donde, en aquella época, la gente hablaba asturiano muy cerrado. Me acuerdo cuando llegamos a Cudillero, ¡qué barbaridad ese lugar! Un puertido todo pintado de blanco. Era la primera noche y&#8230;</p>
<p>- Pa&#8230; te corto y en un rato te llamo, ¿dale?<br />
- Ya termino, che.</p>
<p>- Era la primera noche y teníamos que encontrar lugar para dormir. Las mujeres del pueblo se gritaban de casa a casa: <em>Oye, ¿tienes habitación pa unos argentinos?</em> Así hasta que nos consiguieron una señora que alquilaba dos habitaciones. Estaba limpio y era barato, los francesitos chochos. A la mañana siguiente, la chica se esforzaba en explicarle a mamá que el chico era su amigo, que no pasó nada entre ellos, imagináte ahora&#8230;</p>
<p>- Listo, los busco, ¿cómo se llaman?</p>
<p>- Así seguimos viajando cuatro días. Yo no hablaba nada de francés y él ni una palabra de español, y al final nos entendíamos lo más bien. Cuando nos separamos quedamos en vernos en París, donde ellos vivían. Nos invitaron a la casa de los padres de ella, qué casa por Dios. Tomamos un tren, me acuerdo que antes de ir yo me afeité porque tenía barba de diez días, y me compré una camisa&#8230; Nos recibieron muy bien, con pastis y una carne tipo pesceto, tan crudo que mugía.</p>
<p>(Si mi viejo vivera en Chile ya lo hubieran medicado para hacer el famoso &#8220;cuento corto&#8221;)</p>
<p>- Te lo resumo&#8230;<br />
- ¡Por favor!</p>
<p>- Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, recibimos una invitación formal a su casamiento. Sería el año 72. ¡La puta, cómo pasa el tiempo!</p>
<p>- Eso digo yo&#8230; Entonces, ¿los nombres?</p>
<p>- Sí, te leo del papelito que encontré en el cajón que ordenamos esta mañana. ¿Estás anotando? El pibe se llama Jacques Satre y ella, Mireille Billon. Como un billón de dólares.</p>
<p>(O como una historia en un billón, de amigos que se conocen en el camino y no se vuelven a ver nunca más. Antes y después de <em>interné</em>.)</p>
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		<title>Recuerdos del muro de la vergüenza</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Oct 2011 18:00:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[A propósito de]]></category>
		<category><![CDATA[Alemania]]></category>
		<category><![CDATA[Anécdotas]]></category>
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		<category><![CDATA[Fin del mundo]]></category>
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		<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace 22 años, el 3 de octubre de 1990, la República Democrática Alemana se incorporó a la República Federal y Alemania volvió a ser una sola. Un año antes, el día de la caída del muro, un 9 de noviembre de 1989 por la noche, Claus R. estaba filmando y le avisaron que el secretario [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/10/muro2.jpg" alt="" width="498" height="325" /></p>
<p>Hace 22 años, el 3 de octubre de 1990, la República Democrática Alemana se incorporó a la República Federal y Alemania volvió a ser una sola.</p>
<p>Un año antes, el día de la caída del muro, un 9 de noviembre de 1989 por la noche, Claus R. estaba filmando y le avisaron que el secretario de la RD había dicho que los alemanes del Este podían cruzar al Oeste. Se caía el muro. Ya. Claus dejó todo y salió corriendo a Checkpoint Charlie. Había mucha gente, casi no podía avanzar. Brindaban, reían, lloraban, tomaban cerveza gratis. En esa época él salía con una chica de Berlín del Este. La había conocido en un viaje al Este –previo pago de un permiso, los occidentales podían cruzar– y cada tanto la visitaba. Ese día, ella cruzó y se reencontró con él. No se casaron ni comieron perdices pero ese encuentro en la calle, rodeados de Trabis y miles de personas, fue inolvidable.</p>
<p>El Muro de Berlín dividió Alemania durante 28 años. Medía 155 kilómetros (43 km pasaban por la ciudad), tenía 3,60 metros de altura, 302 torres de vigilancia, más de 800 perros y 127 kilómetros de vallas eléctricas y alambres de púa con alarma. A pesar de todas esas defensas, entre 1961 y 1988, más de 100.000 personas intentaron huir. Algunas tuvieron éxito, otras murieron en el intento.</p>
<p>Frente a la estación Kochstrasse está el <a href="http://www.mauermuseum.de/" target="_blank">Mauermuseum Haus am Checkpoint Charlie</a>, justo atrás de una de las fronteras más famosas entre el Este y el Oeste. Charlie es por la letra C del alfabeto de la OTAN. El director y alma de la exhibición desde que abrió, en 1962, fue Rainer Hildebrandt, que murió en 2004. Definió al museo como una “isla de libertad”, como una forma de comprender la injusticia y luchar por los derechos del hombre.</p>
<p>La muestra es larga y hay mucho material para leer (en inglés). Lo que más me gustó fueron los ingeniosos métodos de escape: desde un vuelo en globo aerostático hasta increíbles túneles (se conocen 25), niños escondidos en valijas y hombres en los motores de los autos. Sin olvidar a ese par que hizo tirolesa por los cables de luz ni al hombre que construyó un minisubmarino, mucho menos al artista que escapó adentro de un parlante.</p>
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		<title>Yoga en la Capilla Sixtina</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Sep 2011 13:06:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Un gran porcentaje del turismo que visita Roma lo hace para vivir una experiencia artística, que más de una vez transita los mismos caminos que la experiencia religiosa. Antiguamente, los artistas trabajaban para la iglesia: los papas eran mecenas de artistas, los protegían, les pagaban, coleccionaban arte. Las obras están a la vista: los 12 [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/09/p1140971.jpg" alt="" width="346" height="319" />Un gran porcentaje del turismo que visita Roma lo hace para vivir una experiencia artística, que más de una vez transita los mismos caminos que la experiencia religiosa.</p>
<p>Antiguamente, los artistas trabajaban para la iglesia: los papas eran mecenas de artistas, los protegían, les pagaban, coleccionaban arte. Las obras están a la vista: los 12 Apóstoles esculpidos en San Giovanni en Laterano, el Moisés de San Pietro en Víncoli, el coro sobrio de Santa María del Popolo, el Baldaquino de Bernini en San Pedro y, sobre todo, <em>El Juicio Final</em> que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, hace unos 500 años.</p>
<p>Hacia allá voy para vivir mi experiencia artística romana. Primera meta: resistir la fila de un kilómetro para entrar a los Museos Vaticanos. Calor. No traje paraguas de sol como la señora de adelante. Mal hecho. Segunda meta: pagar los 15 euros de la entrada. Tercera: dosificar la energía porque los museos son inmensos y lo mejor, dicen, está al final. Cuarta meta: lograr un lugar en la masa turística.</p>
<p>Durante todo el recorrido, siempre, hay gente. Adelante y atrás. A un lado y a otro. Gente con cámaras de fotos, mochilas, sombreros; gente que habla en muchos idiomas; gente en grupo –los guías llevan una flor para identificar a los suyos– gente sorprendida, cansada, apurada, lenta; gente en modo “inercia”. En los Museos Vaticanos, la gente tiene tanta presencia como el arte.<br />
La masa me lleva, me empuja suavemente y sin pausa. Parecemos el caudal de un río tranquilo. Las pinturas, los tapices, las esculturas pasan como los títulos al final de las películas. Difícil detenerse sin que las alemanas de atrás no me arañen los talones con sus Birkenstock último modelo. Resisto porque quiero llegar a la Capilla Sixtina, allí donde se reúne el cónclave de cardenales que elige al nuevo pontífice; allí donde Miguel Ángel trabajó durante años en su obra máxima y polémica.<br />
En el camino pasan obras de Botticelli, Rafael, Rosselli. También me pasa el tallo de una rosa –sin espinas, menos mal– a un centímetro del ojo izquierdo. Es que la guía del tour japonés revolea su flor sin precaución ni elegancia. Debería llevar atrás una P de “Principiante”, como los conductores que recién sacan la licencia.<br />
<img class="alignright" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/09/p1140967.jpg" alt="" width="325" height="428" /><br />
En los Museos Vaticanos, en la Fontana de Trevi, en las escalinatas que llevan a la Piazza di Spagna, posiblemente en todo el casco histórico Roma convive con el cliché turístico. O debería decir: Roma es un cliché turístico. El arte, la pasta, el carácter, la intensidad, todo lo que Julia Roberts en su papel de Elizabeth Gilbert va a buscar en Comer, Rezar, Amar allí está. En envase diseñado para turistas, eso sí.</p>
<p>Finalmente, el recinto esperado: la Capilla Sixtina. Luz de penumbra para no dañar las obras de arte. En este espacio, la gente no circula. Está permitido quedarse, permanecer. Tres hombres de seguridad vigilan que el volumen del murmullo se mantenga bajo, que nadie saque fotos, que la gente no se siente en el piso. Pero no entienden que estamos agotados, que Roma es eterna y hace cinco días que caminamos para comprobarlo. No comprenden que a pesar de haber dosificado la energía no podemos más.</p>
<p>De repente, la capilla más famosa del mundo parece un restaurante sin acústica. El murmullo escala, se eleva por la emoción ante la belleza de la bóveda. Ahora, la masa turística contempla el fresco en el que Jesús separa a justos de pecadores. Las bocas se abren, la mandíbula se cae, el cuello gira hacia el techo, el mentón mira arriba, los hombros sueltos y los brazos en torsión para fotografiar los frescos renacentistas. Si mi profesora de yoga nos viera, nos felicitaría.</p>
<p>Pero los empleados de seguridad de la Capilla Sixtina no comulgan con las prácticas yoguis y perciben la imagen como una estampita del descontrol. Entonces, arranca un coro de chistidos para llamar al silencio. Hacen levantar a los que se sentaron en el piso y retan a los que pescan sacando fotos. Les pegan un grito, como a los hijos de mis vecinos cuando hacen travesuras. Un poco por susto y otro por cansancio volvemos a circular, con <em>El Juicio Final</em> todavía en la mirada y olor a masa turística en la piel.</p>
<p>(Escribí esta columna para el suplemento Tendencias, del diario La Tercera, de Chile)</p>
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		<title>Los elegidos de Donato en Roma</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Aug 2011 16:58:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Check in]]></category>
		<category><![CDATA[Costumbres]]></category>
		<category><![CDATA[Destinos]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>
		<category><![CDATA[Gastronomí­a]]></category>
		<category><![CDATA[Recomendados]]></category>
		<category><![CDATA[Roma]]></category>

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		<description><![CDATA[Mientras escribía un artículo de Roma pensé en preguntarle al cocinero Donato De Santis qué lugar cree que ocupa la comida para los italianos. Me respondió: “En las calles, en el subte, en la cama, al celular siempre escucharás a los italianos diciendo: ¿Qué comemos hoy? En las conversaciones siempre hay un momento dedicado a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/08/mg_7786.jpg" alt="" width="361" height="272" /> Mientras escribía un artículo de Roma pensé en preguntarle al cocinero <strong>Donato De Santis</strong> qué lugar cree que ocupa la comida para los italianos.</p>
<p>Me respondió: “En las calles, en el subte, en la cama, al celular siempre escucharás a los italianos diciendo: ¿Qué comemos hoy? En las conversaciones siempre hay un momento dedicado a la gastronomía, a un lugar recién descubierto, a una cena improvisada en casa de amigos”.</p>
<p>En cada barrio conocí, por recomendación de amigos o de alguna guía, una trattoria o ristorantino para volver. Supe que en Roma hay que probar: pasta <em>cacio e pepe</em> (queso y pimienta), <em>gelato</em> en Giolitti, <em>carcciofo alla giudia</em> en el Ghetto, pizza romana –es finita, a diferencia de la napolitana– en Il Leoncino, queso pecorino en tantos sitios, la comida de la abuela –scalopine–en la Osteria da Marcello, en San Lorenzo, un barrio joven cerca de Termini, y tiramisú en Pompi.</p>
<p>Me cuenta Donato que si va a Roma en invierno no se pierde <em>le caldarroste</em> (castañas asadas); en verano, toma grattachecca (hielo rasp<img class="alignright" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2011/08/donato.jpg" alt="" width="349" height="296" />ado y saborizado) y, por supuesto, <em>le fettuccine o pennette alla amatriciana</em>.</p>
<p>Le pregunté por sus lugares preferidos. Dijo: “En el Ghetto judío se come bastante bien. También voy al Hotel Majestic, al restaurante de Filippo La Mantia. Desayuno al Caffe Greco, tomo el <em>gelato di</em> Fatamorgana in Via Lago di Lesina y me gusta el pan de Forno di campo de Fiori. Para una cena gourmet, lo de mi amigote Heinz Beck en La Pergola. Ah! Y Volpetti para la mejor selección de quesos, jamones y especialidades romanas y ¡de toda Italia!”.</p>
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