La tarde de Caspar David Friedrich

Fue hace quince días, una tarde de luz irresistible. Más temprano había llovido bastante y seguía la humedad. Salí a caminar, caminé y caminé. No quería dar la vuelta. Volver era darle la espalda a esa luz.

No había nadie en la playa. Hasta que apareció uno. Uno rubio, a simple vista, forastero. Nos pusimos a conversar, y juntos fue menos triste darse vuelta. Volvimos.

Caminamos descalzos por la arena dura. Casi a oscuras, el rubio -que resultó ser húngaro- abrió una ventana a otras luces.

Me preguntó: ¿Conoces a Caspar David Friedrich ? Contó que era un pintor alemán del movimiento romántico, y que muchos de sus cuadros tenían la misma luz que estábamos viendo. ¿Sería un atardecer repetido?

La luz de Friedich es una luz excitada, por momentos parece enferma. En este cuadro se contempla la salida de la luna. Una luna que podría llegar del infierno.

Tenía razón Peter, el húngaro. El atardecer que compartimos se parecía demasiado a los de Friedrich. Con los días llegué a pensar que él estuvo entre nosotros. En luz y espíritu.


El pez que sonreía

¡Jimmy Liao animado!


El Amazonas verde – brócoli

Un amigo compartió en Facebook una nota sobre Herzog con datos para ver online varias de sus películas. Es un director que me gusta mucho, así que leí los nombres de las películas y me detuve en un documental que vi hace un tiempo: Alas de Esperanza (1998).

Hice clic en el enlace y unos segundos más tarde estaba en el Amazonas, con Werner Herzog y Juliane Koepcke, la única sobreviviente de un accidente aéreo en el que murieron 92 personas ocurrido el 24 de diciembre de 1971.

Víspera de Navidad y el aeropuerto de Lima era un loquero. Muchísimas personas querían viajar en el vuelo 508 de Lansa Líneas Aéreas. En esa época, Herzog filmaba Aguirre, la ira de dios y estuvo por abordar ese avión. Finalmente, él no viajó, pero Juliane sí. El destino era Pucallpa donde la joven de diecisiete años pasaría las fiestas con el padre, que trabajaba como biólogo en medio de la selva. Juliane viajaba con su madre, que murió al lado de ella.

En el documental, Herzog revive ese día fatal con Juliane que no había vuelto a esa selva. Se sientan en la misma fila, la número 19, y ahí ella relata los últimos minutos hasta que el avión cayó a pique y ella perdió el conocimiento. Lo cuenta con claridad y contenida por su marido que está a su lado y le toma la mano. En un momento dice que la última imagen que vio fue la selva que estaba abajo de ella, “verde profundo, como una créma de brócoli”. Me pareció buenísima la imagen y cómo tuvo tiempo mental para la poesía cuando estaba pasando por el mismo cielo que le había robado a su madre.

Esta vez, el avión de Aeroperú aterrizó sin contratiempos. Juliane, que es zoóloga especializada en murciélagos, Herzog y su equipo ingresaron en el Amazonas con machetes para buscar el avión que nunca se había encontrado. Entre mosquitos, vívoras y calor encontraron partes del avión, ropa, bandejas, el taco de un zapato, monedas que ya no circulan. Y una historia de supervivencia alucinante, de una adolescente perdida en la selva durante nueve días.

Dan ganas de verla, ¿no? En el link está en inglés, pero seguro que se consigue subtitulada.


Una mirada íntima sobre Martha Argerich

Stéphanie Argerich, autora de Bloody daughter, un documental sobre su madre, es la única de las tres hijas de Martha que no lleva el apellido del padre. Cuando nació, Martha y su marido de ese momento tiraron la moneda para ver qué apellido llevaría la niña. Salió Argerich.

Stéphanie tiene 34 años cuando filma la película. A esa edad su madre ya se había separado dos veces y vivía en comunidad con otros artistas; había ganado premios y viajaba por el mundo dando conciertos de piano, que tocaba como los dioses sin leer partituras. Conecta al público con algo sobrenatural, por eso la adoran. “Mi madre es una diosa”, dice en un momento Stéphanie quien, cuando era pequeña se ponía muy celosa del público, no podía entender que tanta gente quisiera tanto a su madre. Una vez hasta mordió a un fan.

Una película íntima y honesta que retrata aspectos luminosos y oscuros de una mujer extraordinaria, salvaje y llena de incertidumbres salvo cuando se sienta al piano y sus dedos tocan –o vuelan– sobre las teclas.

Los sábados de febrero y el 1º de marzo en el Malba, a las 22. Imperdible.


Galicia: campo, mar y morriña

Galicia es esto y aquello.
Eso me dijo un gallego en la costanera de La Coruña. Su mirada hacía pie del otro lado, más allá del abismo del océano, en América.

Desde que llegué a esta tierra llueve y llueve. Algunos días no es lluvia sino orballo, agua leve y persistente. Si es más fina, se llama poalla, de polvo, y a veces, también puede llover a caldeiros. Eso es mucho, muchísimo. En Galicia llueve tanto que hay más de cuarenta términos para nombrar la lluvia.
Después de la lluvia nace el verde fresco y se ven parches de bruma sobre los bosques de castaños, un ambiente ideal para que crezcan hongos y leyendas de fadas (hadas), meigas (brujas) y hechizos de raíz celta.

En este número de la revista Lugares escribo de Galicia, una tierra muy trabajada, donde llueve seguido y todavía circulan leyendas de hadas y brujas. Un lugar en el noroeste de la península ibérica, entre el Cantábrico, el Atlántico y Portugal. Hay ciudades con cascos medievales, se come el pulpo más delicioso y tamibién es la primera patria de muchos abuelos argentinos, entre ellos, el mío.


Un Carlitos en Mengano

 

Yanin Gulam vive en Rosario. Es periodista, le encanta viajar y adora los tostados de Mengano. En realidad no son tostados, sino Carlitos. Ella lo cuenta en el texto que sigue:

Dice un mito urbano que en Mengano se comen los mejores carlitos de pollo de Rosario. ¿Carlitos? Sí, me refiero a los tostados con kétchup que los rosarinos adoptaron como su menú tradicional.

El fin de esta nota no es verificar ni desmentir el mito, pero sí afirmar que los carlitos de pollo de Mengano son tan abundantes y sabrosos como la mayoría de sus platos de ese local. Pero estos Carlitos se salen de la tradición y se hacen con salsa golf, con tanta salsa golf como comensales en el bar los sábados a la madrugada.

Es que Mengano está de moda. De lunes a lunes durante el mediodía y la tarde el lugar se llena de familias con ganas de comer como en casa, sin protocolo. Eso sí, cuando juega Newells Old Boys los futboleros que detienen su caravana para comer algo rápido antes de seguir por la avenida leprosa en procesión al estadio.
Mengano abre las 24 horas y se convirtió en el último tiempo en el after de los jóvenes a la salida del boliche. Nada mejor que ir a Mengano a desayunar (alrededor de $45 ), unos carlitos. Para compartir, claro, como todas las comidas del lugar.

Los mozos, todos hombres, son de la vieja escuela. De los tiempos donde la ensalada más sofisticada era la mixta y el wok era cosa de chinos. Acá no van a encontrar platos cosmopolitas ni salsas a las finas hierbas, pero sí comidas caseras que desde hace 17 años son elegidas por miles de rosarinos.

Un lomo al champignon cuesta $70, las pastas rondan los $35. Si el día está lindo, es bueno aprovechar la ancha vereda de Pellegrini para comer afuera. Sino, y si tienen la suerte de conseguir lugar, pueden comer adentro.

En este bar las servilletas son de papel y las paneras de mimbre. Los mozos dejan los platos y vasos en el centro de la mesa, todo junto y apilado, y los comensales, a repartir. Carlitos por acá y Carlitos por allá. 


¡Feliz 2014!


El olor de la tormenta

Este fin de semana estuve en la previa de una tormenta en el medio del campo. El cielo se puso negro y después azul dudoso. El viento golpeaba las ramas y asustaba a los pájaros que buscaban refugio en el monte de eucaliptus. Había olor, olores que se mezclaban y producían un olor único, el olor de la tormenta.

Antes de seguir con posts del Caribe, con Panamá y Honduras, un homenaje al olor de la tormenta a través de una descripción de Selva Almada en El viento que arrasa.

 

“Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para develar qué era ese olor hecho de mezclas.

Estaba el olor de la profundidad del monte. No del corazón del monte, si no de mucho más adentro, de las entrañas podría decirse. El olor de la humedad del suelo debajo de los excrementos de los animales, del microcosmos que palpita debajo de las bodas: semillitas, insectos diminutos y los escorpiones azules, dueños y señores de ese pedacito de suelo umbrío.

El olor de las plumas que quedan en los nidos y se van pudriendo por las lluvias y el abandono,junto con las ramitas y hojas y pelos de animales usados para su construcción.

El olor de la madera de un árbol tocado por un rayo, incinerado hasta la médula, usurpado por gusanos y por termitas que cavan túneles y por los pájaros carpinteros que agujerean la corteza muerta para comerse todo lo que encuentren.

El olor de los mamíferos más grandes: los osos mieleros, los zorritos, los gatos de los pajonales; de sus celos, sus pariciones y, por fin, su osamenta.

Saliendo del monte, ya en la planicie, el olor de los tacurúes.

El olor de los ranchos mal ventilados, llenos de vinchucas. El olor a humo de los fogones que crepitan bajo los aleros y el olor de la comida que se cuece sobre ellos. El olor a jabón en pan qeu usan las mujeres para lavar la ropa. El olor a ropa mojada secándose en el tendedero.

El olor de los changarines doblados sobre los campos de algodón. El olor de los algodonales. El olor a combustible de las trilladoras.

Y más acá el olor del pueblo mas cercano, del basural a un kilómetro del pueblo, del cementerio incrustado en la periferia, de las aguas servidas de los barrios sin red cloacal, de los pozos ciegos. Y el olor del mburucuyá que se empecina en trepar postes y alambrados, uqe llena el aire con el olor dulce de sus frutos babosos que atraen, con sus mieles, a las moscas.

El Bayo sacudió la cabeza, pesada por tantos olores reconocibles. Se rascó el hocico con una pata como si de este modo limpiase su nariz, la desintoxicase.

Ese olor que era todos los olores, era el olor de la tormenta que se aproximaba. Aunque el cielo siguiera impecable, sin una nube, azul como en una postal turística.

El Bayo volvió a levantar la cabeza, entreabrió la quijada y soltó un larguísimo aullido.

Se venía la tormenta”.

***

En la novela de Selva Almada y en mi foto, se vino la tormenta.

 


El mismo canal, otras manos


Dentro de poco se cumplirán cien años de la construcción del Canal de Panamá. “Desde que tomamos el control del canal todo cambió, ahora nuestro país es verdaderamente independiente”, me dice un empleado de impuestos en el Mercado de Mariscos, donde comí un vaso de ceviche de corvina por dos dólares. Y después me cuenta sobre los estudiantes que en 1964 se aventuraron a la Zona del Canal, que pertenecía a Estados Unidos, e izaron la bandera panameña. Fue un 9 de enero, que terminó con violencia y muertos. Hoy se celebra el Día de los Mártires en el país. Gracias a ese episodio se reabrió un acuerdo internacional de 1903 que cedía a Estados Unidos el control del canal a perpetuidad.

El 31 de diciembre de 1999 –después de veintidós años y por los Tratados Torrijos–Carter de 1977– Estados Unidos le transfirió el control del Canal a Panamá. En 2006 se aprobó el Referendum por la ampliación, y hoy casi todos los panameños con los que me cruzo están pendientes del canal y les gusta hablar de eso. “¿No leyó en el diario que ya llegaron las compuertas, “¿Escuchó que los chinos quieren construir un canal en Nicaragua?”, “¿Sabe que en el Canal trabajan más de diez mil empleados?”. “Cuando visite el Causeway piense que esa carretera se hizo con tierra de la construcción del canal”.

El día que visito las Esclusas de Miraflores el cielo está negro y, cada tanto, los rayos hacen un tajo eléctrico entre las nubes. Las esclusas se usan para subir y bajar los barcos que van de un océano a otro. No es que haya diferencia de altura entre el Atlántico y el Pacífico, es porque el Lago Gatún está a 23 metros de altura.
Allá lejos veo dos gigantes que se acercan, uno carga granos y el otro, combustible. Dos pesos pesados que aunque se ven cerca tardarán unos cuarenta minutos en llegar. Me da tiempo de recorrer los tres pisos del museo, que cuentan la historia de la construcción del Canal.
Llegan los enormes barcos y pasan lento hacia algún puerto del Pacífico.


Cayos Zapatilla

En los Cayos Zapatilla, en Bocas del Toro, Panamá, la arena parece harina cuatro ceros de tan blanca y fina. Es tan chico que en  media hora se le da la vuelta. De un lado del cayo vi las huellas sobre la arena de las tortugas carey, que vuelven al mar después de desovar, y encontré una tortuguita que no podía llegar al agua porque se había quedado atrapada en la arena. Hicimos un meeting con un par de turistas y alguien que cuidaba el parque nacional y la acercamos al mar.

Del otro lado del cayo, a la sombra de una planta de uvas de mar, había una lancha que se llamaba Damián espérame. El dueño descansaba mientras sus turistas se bañaban. Al ver que le tomaba una foto, se incorporó y me contó la historia del nombre de su nave. “Hace unos seis años mi hijito Damián era pequeño y yo me iba a trabajar con turistas a las islas y no regresaba por varios días porque el combustible era caro. Entonces él lloraba y lloraba, y yo le decía: Damián, espérame. Espérame Damián”.

Hoy Damián tiene nueve, ya no llora cuando el padre se va y le gusta que la lancha lleve su nombre y el recuerdo de aquella época.




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