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	<title>Viajes Libres &#187; Imperdibles</title>
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	<description>Turismo en primera persona</description>
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		<title>Con ánimo de mar</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Jul 2010 18:59:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¿Qué te parece?, le preguntaron una vez a Domenico Modugno mostrándole el horizonte desde Pocitos. El cantante de Volaré, que recién llegaba a Montevideo, respondió: Bonito, pero nunca he visto un mar marrón. Nadie le aclaró que era un río porque los montevideanos lo consideran el mar. Y punto. “¿Cómo no le vas a llamar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;">¿Qué te parece?, le preguntaron una vez a Domenico Modugno mostrándole el horizonte desde Pocitos. El cantante de <em>Volaré</em>,  que recién llegaba a Montevideo, respondió: <em>Bonito, pero nunca he visto  un mar marrón</em>. Nadie le aclaró que era un río porque los  montevideanos lo consideran el mar. Y punto.</p>
<p style="text-align: left;">“¿Cómo no le vas a llamar mar a  esto?”, me dice Pelayo Arocena y señala la inmensidad, que hoy se ve azul, con olas y  ánimo de mar.</p>
<p style="text-align: left;">Con ustedes, el Mar de la Plata.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/07/p1090569.jpg" alt="" width="524" height="366" /></p>
<p style="text-align: center;">
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		<title>Lustrabotas con buen marketing</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 14:23:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Marito Walter Barneche Ruiz trabaja en el Mercado del Puerto de Montevideo hace 30 años. Es lustrabotas pero se siente embajador. Usa camisa celeste de lycra, pañuelo con traba, saco y zapatos de cuero gris. - A mí me va bien, es el único secreto. Miráme, nena, yo tengo buena presencia, no soy cualquier cosa. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/07/p1090412.jpg" alt="" width="312" height="413" /><strong>Marito Walter Barneche Ruiz</strong> trabaja en el Mercado del Puerto de Montevideo hace 30 años. Es lustrabotas pero se siente embajador. Usa camisa celeste de lycra, pañuelo con traba, saco y zapatos de cuero gris.</p>
<p>- A mí me va bien, es el único secreto. Miráme, nena, yo tengo buena presencia, no soy cualquier cosa. No. Yo tengo, cómo es, <em>márchesindain</em>. Uso relojes, anillos, mirá, no soy un loco. Yo acá le lustro a famosos, a turistas de todo el mundo, tengo los emails, me mandan fotos. Hasta actué en una película, mirá lo que te digo. <em>En la Puta Vida</em>, ¿la viste? No. Yo no soy cualquier cosa. Miráme, ¿cuántos años me das?</p>
<p>- &#8230;</p>
<p>- ¿Sabés cuántos tengo? 62. No parezco, ¿no? Además de trabajar en el mercado, camino 40 minutos 3 veces por semana. Pero si querés que te diga la verdad, siempre tuve mucho sexo, por eso me mantengo así. ¿Sabés cuántos años tiene mi novia? 32. No, yo no soy un loco. Yo tengo markentig o como se dice, <em>márchesindain</em>. ¿Dónde me dices que va salir esta nota?</p>
<p>(La lustrada cuesta 3 dólares, la charla viene de regalo.)</p>
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		<title>El Palacio Salvo: adefesio o belleza</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Jul 2010 15:20:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Arte]]></category>
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		<description><![CDATA[En Montevideo, frente a la Plaza Independencia, el Palacio Salvo es un gigante estrambótico parado ahí desde hace más de 80 años. Como un misil. O, en términos más uruguayos, como un termo descomunal alzándose al cielo, implorando quizás que nunca falte el agua para el mate. El Salvo es hermano mayor del Barolo de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/07/salv.jpg" alt="" width="319" height="439" />En Montevideo, frente a la Plaza Independencia, el Palacio Salvo es un gigante estrambótico parado ahí desde hace más de 80 años. Como un misil. O, en términos más uruguayos, como un termo descomunal alzándose al cielo, implorando quizás que nunca falte el agua para el mate.</p>
<p>El Salvo es hermano mayor del Barolo de Avenida de Mayo. Los construyó el mismo arquitecto, el italiano Mario Palanti, fanático de la Divina Comedia.</p>
<p>Un hermano más alto, de 95 metros. Durante algunos años, fue el edificio más alto de América del Sur. Como el Barolo, también lleva el nombre del empresario que lo mandó a construir, en este caso, los hermanos Salvo.</p>
<p>Se inauguró en 1928, unos años después que el Palacio Legislativo y algunos antes que el Estadio Centenario.</p>
<p>Su estilo ecléctico y no definido provocó polémicas. Hasta hoy, para algunos es un adefesio y para otros, una belleza.</p>
<p>Fue pensado como complejo hotelero, nunca llegó a serlo. Hubo un famoso salón de baile, casas de masajes, club de billar, departamentos usados por adivinadores del futuro y hasta por una comunidad que criaba hamsters. Actualmente, hay oficinas, viviendas, y en el entrepiso, el estudio de grabación La Batuta, por donde pasaron Alfredo Zitarrosa y Jaime Roos. Tip para apreciarlo mejor: desde el restaurante Arcadia, en el piso 25 del Radisson.</p>
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		<title>Espalda geográfica</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Jun 2010 01:33:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Arte]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires]]></category>
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		<description><![CDATA[Estaba frente al Malba y tenía un rato libre. Me acordé de la muestra de Mapplethorpe y entré. Habrán sido 40 minutos, una hora, más no me quedé. Pero cuando salí ya no tenía la mirada gris de un día más en la ciudad. Salí encantada por la voluptuosidad que registra y muestra Robert Mapplethorpe. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/mapple.jpg" alt="" width="397" height="496" />Estaba frente al Malba y tenía un rato libre. Me acordé de la muestra de Mapplethorpe y entré. Habrán sido 40 minutos, una hora, más no me quedé.</p>
<p>Pero cuando salí ya no tenía la mirada gris de un día más en la ciudad.</p>
<p>Salí encantada por la voluptuosidad que registra y muestra Robert Mapplethorpe. En una cala y en un culo.</p>
<p>De todos los estudios sobre las figuras humanas de sus amigos y amantes, me gustaron especialmente  los de Derrick Cross, el bailarín que ahora nos da la espalda.</p>
<p>Un atlas de la espalda. Una espalda geográfica. Con cordillera, cerros, picos de altura, morenas glaciarias y pliegues que terminan en lagunas vacías. Una espalda para revalorar el paisaje corporal. Para soñar con viajes por omóplatos, codos, esternones, bíceps y otros musculos.</p>
<p>Gracias Derrick Cross por darnos la espalda.</p>
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		<title>Estambul sin un peso</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jun 2010 04:20:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Anécdotas]]></category>
		<category><![CDATA[Autores invitados]]></category>
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		<description><![CDATA[Ignacio Delgado Culebras, un periodista español que vive en Viena, relata con gracia una anécdota de su viaje a Estambul, donde se quedó sin blanca, como le dicen en España al dinero, o sin un mango como decimos en Argentina. ¡Que la disfruten! &#8220;Conté de nuevo las monedas que tintineaban en mi bolsillo. Cerca de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ignacio Delgado Culebras, un periodista español que vive en Viena, relata con gracia una anécdota de su viaje a Estambul, donde se quedó sin blanca, como le dicen en España al dinero, o sin un mango como decimos en Argentina. ¡Que la disfruten!</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/istamb2.jpg" alt="" width="500" height="298" /><em> </em></p>
<p><em>&#8220;Conté de nuevo las monedas que tintineaban en mi bolsillo. Cerca de tres euros al cambio. Eso era todo lo que tenía para pasar tres días en Estambul. Me había quedado sin blanca. Mi tarjeta no funcionaba. Atardecía.</em></p>
<p><em>Con la mochila a cuestas, deambulaba por la plaza que separa la Mezquita Azul de Santa Sofía, pensando qué hacer. ¿Pedir dinero a los turistas? ¿Esperar que el recepcionista del hotel que acababa de abandonar se apiadase de mi y me dejase pasar un par de noches de balde? Pronto anochecería y, por primera vez en mi vida, no tenía adónde ir.</em></p>
<p><em>Por fortuna, pensé, las noches en Estambul aún son cálidas a principios de Septiembre. Todo se reducía a buscar un lugar apartado donde dormir. Había demasiados policías en los aledaños de las mezquitas e imaginé que no serían demasiado comprensivos con un turista arruinado (La mente de todo occidental que viaja a Turquía está aquejada del síndrome del &#8220;Expreso de Medianoche,&#8221; que consiste en un irracional pavor a las cárceles turcas. Es por ello que prefiere evitar tratos con las fuerzas del orden). Recordé un pequeño parque cerca de la Torre de Galata y partí. Jamás lo encontré.</em></p>
<p><em>Tomé el autobús incorrecto. Anduve largo rato por callejuelas que me eran extrañas. Los transeúntes giraban sus cabezas al paso del mochilero. No había tiendas de souvenirs, ni cafés, ni nadie a quien preguntar. Olía a comida, a basura, a perro mojado, a lugar dudoso. Las fachadas de los humildes edificios estaban carcomidas por el salitre. La noche se cernía sobre Estambul. Me había perdido. Tenía miedo.</em></p>
<div class="wp-caption alignleft" style="width: 378px"><em><img src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/istambul.jpg" alt="" width="368" height="346" /></em><p class="wp-caption-text">Foto: www.fotokorth.de </p></div>
<p><em>Doblé por una calle al azar. La débil luz de una bombilla iluminaba un oscuro zaguán. Era la única luz en toda la calle. Dentro, un hombre viejo cenaba. Presa del hambre, reuní valor y decidí entrar. El hombre me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Vomité mi historia de golpe sin saber si aquel hombre entendía una sola coma de mi atropellado relato. Cuando terminé de hablar me miró de arriba abajo, midiéndome. Se levantó con parsimonia, aún alerta, como si estuviese a punto de arrepentirse. Abrió una puerta. Me mostró una minúscula habitación  y me indicó que me sentara. Partió pan y me invitó a compartir su pasta de judías. Luego, en un pobre inglés me explicó que podría quedarme en su casa hasta que arreglase mis problemas.</em></p>
<p><em>Cuando me disponía a agradecerle su hospitalidad, mencionó el precio: a cambio de aquella habitación, tenía que entregar las llaves a los clientes y hacer recados para las chicas.</em></p>
<p><em>Me pareció un buen trato. Mi trabajo a cambio de comida y cama. Supuse que aquel hombre regentaba una suerte de hostal y que las chicas (&#8220;the girls&#8221;) eran sus hijas. A pesar de que no era capaz de creer mi buena estrella, me extrañó que aquel hombre serio y taciturno permitiese a sus hijas tener tratos con un extraño.</em></p>
<p><em><img class="alignright" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/panuelo.jpg" alt="" width="304" height="315" />Pocas horas después supe que, por azar, me había convertido en el chico de los recados de un burdel.</em></p>
<p><em>Los clientes llegaban con cuentagotas, nunca muchos a la vez. La mayoría eran turcos. Alguna vez llegaban marineros recién desembarcados en el Cuerno de Oro, casi siempre solos y siempre borrachos. Los parroquianos habituales era fácilmente reconocibles por la cara de sorpresa que ponían al verme. El ritual era siempre el mismo: ellos decían el nombre de una chica y yo, oh cancerbero, les daba la llave que conducía a su placentero destino. Era un trabajo fácil, pero no me dejaba dormir más de tres horas seguidas. Hay pasiones que no entienden de horarios.</em></p>
<p><em>Había unas ocho chicas y ninguna de ellas era caprichosa. A lo sumo, me mandaban a comprar cigarrillos y coca cola. Una dominicana llamada Clara me tomó afecto. Estaba encantada de poder hablar español con alguien. Había llegado a Estambul siguiendo a un turco que la había abandonado. Ejercía la prostitución para pagarse el pasaje de vuelta.<br />
Mis días en el lupanar transcurrieron deprisa entre la cocina, la custodia de las llaves, los recados, y las conversaciones con Clara. Pronto llegó el día de volver a España. Me despedí de el anciano Lefter y partí.</em></p>
<p><em>Un viandante me miró con sorpresa y una media sonrisa cómpice se dibujó en sus labios al ver que todas las chicas esperaban en la terraza, lanzándome besos y agitando sus velos al viento a modo de despedida&#8221;.</em></p>
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