¡Nuevo curso!

Empezamos la próxima semana en Periodismo Portátil ¡Te espero!


El pez que sonreía

¡Jimmy Liao animado!


El Amazonas verde – brócoli

Un amigo compartió en Facebook una nota sobre Herzog con datos para ver online varias de sus películas. Es un director que me gusta mucho, así que leí los nombres de las películas y me detuve en un documental que vi hace un tiempo: Alas de Esperanza (1998).

Hice clic en el enlace y unos segundos más tarde estaba en el Amazonas, con Werner Herzog y Juliane Koepcke, la única sobreviviente de un accidente aéreo en el que murieron 92 personas ocurrido el 24 de diciembre de 1971.

Víspera de Navidad y el aeropuerto de Lima era un loquero. Muchísimas personas querían viajar en el vuelo 508 de Lansa Líneas Aéreas. En esa época, Herzog filmaba Aguirre, la ira de dios y estuvo por abordar ese avión. Finalmente, él no viajó, pero Juliane sí. El destino era Pucallpa donde la joven de diecisiete años pasaría las fiestas con el padre, que trabajaba como biólogo en medio de la selva. Juliane viajaba con su madre, que murió al lado de ella.

En el documental, Herzog revive ese día fatal con Juliane que no había vuelto a esa selva. Se sientan en la misma fila, la número 19, y ahí ella relata los últimos minutos hasta que el avión cayó a pique y ella perdió el conocimiento. Lo cuenta con claridad y contenida por su marido que está a su lado y le toma la mano. En un momento dice que la última imagen que vio fue la selva que estaba abajo de ella, «verde profundo, como una créma de brócoli». Me pareció buenísima la imagen y cómo tuvo tiempo mental para la poesía cuando estaba pasando por el mismo cielo que le había robado a su madre.

Esta vez, el avión de Aeroperú aterrizó sin contratiempos. Juliane, que es zoóloga especializada en murciélagos, Herzog y su equipo ingresaron en el Amazonas con machetes para buscar el avión que nunca se había encontrado. Entre mosquitos, vívoras y calor encontraron partes del avión, ropa, bandejas, el taco de un zapato, monedas que ya no circulan. Y una historia de supervivencia alucinante, de una adolescente perdida en la selva durante nueve días.

Dan ganas de verla, ¿no? En el link está en inglés, pero seguro que se consigue subtitulada.


El caso de las sandalias azules

¿Y? ¿Cómo les fue en viaje? ¿Se cansaron los chicos? ¿Pararon a comer? Eso pregunté cuando supe que mi hermano había llegado a destino (la casa de mi hermana). Todo tranquilo, respondió. Habían salido temprano, según lo planeado. Pararon una vez para que los chicos fueran al baño y otra para hacer un picnic en una casa abandonada que encontraron al costado de la ruta, rodeada de pasto y un bosquecito de eucaliptus y pinos perfecto para guarecerse del mediodía caluroso.

Ahí comieron los sándwiches, el huevo duro y el tomate con sal. Los chicos corrieron hasta que tocó volver al auto y seguir el viaje. Unas tres horas más tarde llegaron. Recién ahí se dieron cuenta de que Felipe se había olvidado las sandalias en el lugar del picnic. Se metió descalzo en el auto y nadie lo vio. Eran unas crocs azules nuevas que yo le había traído de un viaje. De esta historia hace algunos años y acá no se conseguían esas sandalias.

Perder algo en un viaje, suele pasar, da un poco de malhumor pero no es grave. Se terminó el tema. Pronto Felipe tendría otras sandalias.

Sin embargo.

Días después fue mi turno de visitar a mi hermana. Antes de partir, pensé en las crocs azules y se me ocurrió una idea. Llamé a mi hermano y le pedí que describiera el lugar donde Felipe se las había olvidado. No sé, dijo, era una casa abandonada al costado de la ruta, ¿qué más te puedo decir?

Las preguntas activaron la memoria y de repente, el lugar se veía más claro. A ver, dejame pensar… Hicimos el picnic después de pasar Bolivar y Pirovano y antes de llegar a Daireaux, sí, sí, entre las dos ciudades. Y bueno, el lugar estaba a mano derecha, en el bosque a unos veinte metros de la ruta. De la casa quedaba solo la estructura de cemento medio roto, con algún graffiti político. Por las ventanas sin vidrios se veía el campo extenso y plano de la provincia de Buenos Aires. El pasto estaba largo, dijo, nos llegaba a las rodillas. Yo creo que las sandalias tendrían que estar ahí nomás porque no anduvo descalzo, seguro que se las sacó antes de subir. A los chicos les encantó el lugar porque corrían y se escondían. ¿Vos pensás que en diez días nadie más pasó por ahí?, me dijo y después se rió. Pero, alguna esperanza tendría porque recordó varios detalles vitales para la reconstrucción del caso.

Llegó el día del viaje. Estaba despejado y corría una brisa. Salimos temprano, manejaba mi novio. Después de pasar Pirovano torcí la vista hacia la derecha. Campos de girasoles, cada tanto un monte y no mucho más porque en esa ruta los pueblos y las ciudades estaban sobre la mano izquierda. En un momento la vi y supe que era esa casa y ninguna otra. Nos detuvimos y cuando se pudo cruzamos la ruta y seguimos una huella hacia la casa embrujada, digo abandonada. El pasto estaba muy alto porque había llovido en la semana. Lo que sigue fue extraño, parecía que alguien me guiaba desde algún lado. Me bajé del auto, caminé como si supiera y ahí las vi, acurrucadas entre los pastos. Las guardé en el auto y seguimos viaje: la parada no duró más de cinco minutos.

Cuando volví a ver a Felipe le di las sandalias, que esta vez venían con una historia.


El libro

En El mejor trabajo del mundo cuento la búsqueda de un cassette con una entrevista al escritor Paul Bowles. Necesito encontrarlo para seguir escribiendo. Lo busco como se busca una llave que te hará libre. Y también cuento viajes, muchos de mis mejores y peores viajes. Los que lo lean van a encontrar un recorrido por el desierto chileno con una banda de naturalistas estadounidenses, groupies de las flores, y un viaje a La Prairie, una clínica suiza donde algunos van a inyectarse una pócima que se cree que estira la vida. Hay una cabalgata por la Cordillera de los Andes para buscar unas vacas antes de la llegada del invierno, un pantallazo del México millonario de Carlos Slim y un recuerdo chancho de la India.

El libro ya está disponible. Por ahora se puede conseguir en las siguientes librerías:

Eterna Cadencia – Honduras 5574.
El Libro de la Arena – Aráoz 594.
Alberto Casares Libros – Suipacha 521.
Librería del Avila – Adolfo Alsina 500.
Libros La Cueva – Av. De Mayo 1127.
Librería Lorraine – Av. Corrientes 1513.
Librería Hernandez SA. Av. Corrientes 1436.
Librería Hernandez SA. Av. Corrientes 1311.
La Comarca Libros – Av. Cnel Díaz 1492.
Del Sol Libros – Superí 1413.
R y R Libros – Freire 1536.
La Barca Libros – Av. S. Ortiz 3048.
Capítulo 2 SA. – Cabello 3615.
Librería Antigona – Av. Corrientes 1555. Bodega Liberarte.
Librería Antigona – Cerrito 1128.
Libreria Antigona – Av. Corrientes 1543 – C.C. Cooperación.
Librería Antígona – Av. Las Heras 2597.
Librería Norte SA. Av. Las Heras 2255.
Paradigma Libros – Maure 1786.
Libros de Viaje – Paraguay 2457.
Librería Rodriguez SA. – Av. Cabildo 1849 – Loc. 4 y 6.
Tiempos Modernos – Cuba 1921.
Equis Libros – Av. Diagonal Norte 1122.
Cinco Esquinas – Libertad 1293.
Autoria Bs. As. – Suipacha 1025.
Librería Juncal – Talcahuano 1288.
La Porteña Libros – Juramento 1705
El Aleph – Av. Rivadavia 3972.
Librería Patria Grande. Av. Rivadavia 6369.
Librería Macondo –Jerónimo Salguero 1833.
Penelope Libros – Av. Santa Fe 3673 – Loc. 10.
Vuelvo al Sur Libros – La Rioja 2127.
Rincón 9 Srl. – Rincón 9.
Cinco Esquinas – Libertad 1293.
Librería Beca – Av. Saenz 1040.
Librería Yenny – Suc. Caballito.
Librería Yenny – Suc. Villa del Parque.
Librería Yenny – Suc. Palermo Portal.
Librería Yenny – Suc. Florida 629.
Librería Yenny – Suc. Flores.

Gran Buenos Aires

Boutique del Libro – Suc. Unicenter.
Boutique del lIbro – Arenales 2048 – Martinez.
Bohemia Libros – Mitre 212 – Dolores.
Lugar del Libro – Showcenter – Haedo.
Librería Guardia SRL. Alsina 61 – Ramos Mejía.
Librería La Cueva – Av. I. Arias 2354 – Castelar.
Librería La Recova – Martín Yrigoyen 430 – Castelar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. Pte. Perón 1308 – San Miguel.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. Pte Perón 1540 -San Miguel.
Organización Escolar San Miguel – Suc. 25 de mayo 1326 Escobar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Av. H. Yrigoyen 15 – Martinez.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Ituzaingó 633 – Pilar.
Organización Escolar San Miguel – Suc. Pacífico Rodriguez 4617 – Villa Ballester.
Librería Rodriguez – Av. A. Jauretche 1441 – Hurlingham.
Librería Rodriguez – Av. De los Jacarandaes 6144 – El Palomar.
Librería del Norte – Roque S. Peña 1519 – Olivos.
Pehuen Libros – Ricardo Gutierrez 1418 – Olivos.
Librería Trampolín – Bvad. San Martín 3130 – El Palomar.
Librería Betania SA. – Obispo Terrero 3072 – San Isidro.
El Río Libros – Acassuso 215 – San Isidro.
La Huella Libros – Obispo Terrero 3057 – San Isidro.
El Enebro Libros – Juan S. Fernandez 1247/51 – San Isidro.
Hermano William tienda de Libros – Av. La Plata 3875 – Stos. Lugares.
Librería La Cueva – Av. San Martín 2771 – Caseros.
Librería Libros – J. Hernandez 2411 – Villa Ballester.
Garabombo Libros de Sherke Srl. – Ayacucho 2136 – San Martín.
Librería Dante Alighieri – San Martín 1972 – Galería Plaza Loc. 4 – San Martín.
Boutique del Libro de San Isidro – Chacabuco 459 – San Isidro.
Babilonia Libros – Rivadavia 889 – Luján.
Librería García SA. – Joly 2874 – Moreno.
Oscar Libros – Av. Gaona 2448/50 – Ramos Mejía.
La U de Morón – Cabildo 181 – Morón.


Hablemos de langostas

Las siguientes escenas transcurren en el archipiélago de San Blas, frente a la costa de Panamá. Lugar de los kunas, territorio indígena autónomo.

Blanco, el guía, se calza las patas de rana y la máscara. Lo sigo. El tipo es morrudo como un boxeador, tiene la piel del color de la corteza del coco maduro y nada rápido como un delfín. Nos alejamos de la costa por el Caribe tibio. La playa se ve cada vez más chica, nadamos más de un kilómetro. Blanco avanza. No voy a pensar en tiburones, no voy a pensar en tiburones, no voy a pensar en tiburones.

Pasamos por un banco de arena en el medio del mar y después sí, me dice, llegan los peces de colores. Tiene razón: veo corales abanico que se mecen como si hiciera calor y alguien los moviera. Peces amarillos y azules, un pez loro y otro camuflado en el suelo que se llama escorpión, una banda de peces espada del tamaño de un cuchillo de cocina y un erizo.

Blanco está entretenido en otro tema. No entiendo bien qué hace, parece que busca algo en el fondo del mar. Cada dos por tres se hunde con técnicas de apnea, se acerca a una cueva, mira y después mete el brazo adentro, hasta el codo. Cuando no aguanta más sale a respirar, ahí le pregunto:

–¿Qué buscás?

–Langostas.

Lo sigo. Las turistas italianas que toman sol en la playa se desfiguraron, las veo como puntitos oscuros en la arena. Estamos muy lejos de la costa y buceamos langostas.

–¿Y si hay un erizo en la cueva, ¿no te pinchás?

–Me puedo pinchar, por eso miro antes.

La forma de cazar langostas es con un palo y un aro de alambre en la punta. Pero Blanco no los tiene y no le preocupa: para él cazar langostas es como jugar a la escondida, hace esto desde chico, le gusta y es una fuente de alimento y trabajo. Por una langosta le pagan cinco o seis dólares. Pero no tenemos suerte, es una raza brava y escurridiza: Blanco se queda con las ganas y las antenas de dos que se le escaparon en los recovecos de una cueva.

–Hay que venir de noche, con linterna. Ahí no se escapan.

Volvemos nadando a la playa y en lancha a Yandup, la isla donde están las cabañas. A la tarde, desde mi cama veo una isla no mucho más grande que una calesita, tiene un racimo de palmeras y nada más. Me imagino que quizás la abordaron piratas en otra época y escondieron un tesoro y tengo ganas de ir a buscarlo. A la noche pienso qué libro podría llevarme a esa isla desierta.

Cuesta volver a calzarse después de vivir en ojotas. A la mañana temprano voy en bote hasta la pista de aterrizaje. El tipo de avión se elige según la cantidad de pasajeros. Esta vez venían pocos porque es un Britten-Norman Islander para nueve. Después de que me pesan, me acomodo cerca de una ventanilla. El copiloto se trepa al ala para chequear el combustible. Somos tres pasajeros. Miro hacia la puerta trasera y veo acercarse a un nativo de Playón Chico. Trae una enorme bolsa que se mueve como si la rasguñaran desde adentro. Todas las langostas que Blanco no pudo cazar viajan a los restaurantes de Panamá.
Mientras lo ayuda a acomodarla en la cola del avión, el piloto le dice:

–Dígale al saila (el jefe de los kunas) que el comandante también come langostas.

En la siguiente escena el nativo mira al piloto con gesto amigo, abre la bolsa, saca una langosta viva y extiende el brazo para acomodarla así, suelta, arriba de un bolso. Con una sonrisa enorme –seguramente pensando en cómo comerá el bicho en la cena– el piloto trae con una bolsa, guarda la langosta y se la lleva a la cabina. Enseguida despegamos todos: los tres pasajeros, piloto, copiloto y  langostas.
Desde el aire, las islas de San Blas se ven como lunares en el mar.


El Palio II


Hoy se jugó el segundo -y último- Palio de 2013. Ganó la Onda (Ola). Gianluca debe estar llorando en alguna esquina de Siena. Posiblemente con amigos porque es un tipo popular. Ellos y él, todos llorando. Así me los imagino.

El día que Gianluca Nannini me acompañó al Palio la plaza estaba repleta. Entramos caminando por el barrio de la Onda, que tiene un delfín y olas en su bandera celeste y blanca.

La Plaza del Campo es el espacio público más importante de Siena. Durante siglos se usó para ferias y mercados. Cuando no hay Palio, se cubre con las sillas y mesas de los bares, cervecerías, restaurantes donde los turistas comen con vista al Palacio Público y a la Torre del Mangia, una torre gótica de ladrillo que tengo enfrente.

Los vecinos que viven frente a la plaza alquilan su balcón por 200, 300, 800 euros según la ubicación. También los bares alquilan balcones. El día que fui no había espacios libres. En los balcones la gente está elegante como si fuera a una velada de gala en el teatro. Llevan binoculares y les sirven Proseco (espumante). Hay turistas, sí, pero en la plaza se ven más italianos. Hablan en voz baja, secretean sobre posibles ganadores. También se hacen apuestas ilegales, pero eso no se ve.

–El Palio es complejo, muy complejo –dijo Gianluca en medio de sus propias explicaciones.

La pista por donde corren los caballos se llama Anelo de Tufo (anillo de polvo). Tiene una curva muy peligrosa, la Curva de San Martín, donde los caballos suelen caerse. La Sociedad Protectora de Animales elevó informes y quejas. Los organizadores del Palio no se preocuparon demasiado, pero pusieron unos colchones para evitar que se lastimaran. Una curiosidad del Palio, entre muchas: si el jinete se cae y el caballo sigue corriendo y llega a la meta gana el caballo y la contrada. Todo vale en el Palio.

Los caballos se sortean el día anterior a la carrera y solo ahí se sabe qué jinete los correrá. Y un dato insólito del Palio: antes de la carrera los caballos son bendecidos por el cura en la iglesia de su contrada. No, no en la entrada. Cruzan la puerta, ingresan como si fueran un fiel más y cerca del altar el cura los bendice y les apoya una estampita en la frente.

Los días previos al Palio y el día después la ciudad late distinto. Está envuelta en banderas medievales y se nota que hay gente de otras partes de Italia y del mundo. Las contrade desfilan por las calles angostas, entre vidrieras de marcas de lujo, gelaterias y el Duomo. Durante la semana del Palio Siena brilla.

Cuando termina el desfile llega el momento de mayor tensión. En ese momento, la plaza con 60.000 personas parece una iglesia vacía. No vuela una mosca y si dos turistas hablan fuerte los seneses los miran torcido. Quieren que se respete su tensión.
Se está sorteando cómo será la formación de los diez caballos para la largada. El último jinete sorteado, que entra desde atrás y al galope, y da comienzo al Palio. Pero para que eso suceda los caballos tienen que estar perfectamente alineados de lo contrario la carrera no empieza. Y no se alinean porque están negociando. Es la parte más loca del Palio. Los jinetes se venden a la vista de todos. Si creen que tienen una posición poco ventajosa para la carrera, entorpecen la llegada de otros, se cambian de bando, negocian. Y esas negociaciones pueden durar mucho, más de una hora.

–Si no se ponen de acuerdo y esto se estira mucho, me dice Gianluca, se correrá mañana.

De repente, se pusieron de acuerdo y arrancó el Palio. Diez guerreros montan a pelo diez caballos árabes, largos, feroces. La carrera dura un minuto y medio. O quizás menos. Al lado mío dos chicas de la Loba que gritaban desquiciadas. Alentaban al jinete con rabia, le pedían explicaciones en cada grito. Pero como todo es tan corto, enseguida se apagó el grito. Lo miré a Gianluca, no entiendo qué pasó. Iba ganando la Lupa pero en un momento la Oca lo pasó. Y en el medio la Pantera se cayó sobre los colchones.

–Momento, por favor, momento.

Gianluca no podía hablar, se llevó la mano a la frente, respiró profundo. Ganar la Oca, su segundo rival y esto lo desencajó completamente. No se lo esperaba. Parecía que tendría un ataque de nervios o rompería a llorar como niño. Unos metros más allá una nena rubia llora sobre los hombros de su padre y hacia el otro lado, dos simpatizantes de la Oca ríen y celebran el triunfo. Una metáfora de la vida.
Después se le pasó y a la salida nos encontramos con su amigo de la Oca, que no entra a la plaza por miedo al infarto. A pesar de ser de bandos contrarios hablaron lo más bien, discutieron y Gianluca lo felicitó a pesar de tener un nudo en el pecho.

A la salida de la plaza hubo estampidos, gritos y peleas que la policía enseguida separó. Los ristorantes y las osterías (tabernas) sacaron las mesas a la calle y daba la impresión de que la ciudad entera era un solo barrio de fiesta. La ciudad estaba iluminada a giorno y hubo fiesta hasta tarde. Antes de entrar a la Plaza del Campo Gianluca me había prometido llevarme al barrio de la contrada ganadora porque exhiben el Palio y festejan. Pero mientras caminábamos en la ciudad amurallada se puso serio, medio pálido y dijo:

–No puedo ir al barrio de la Oca, de verdad no me haría bien. Si quieres te puedo llevar y dejarte en la entrada, pero no me pidas que vaya.

***

Me perdí los festejos en la Oca, pero comimos y nos reímos en una ostería pequeña, familiar, con los platos de la nona. En el fondo de del salón la pintura del rostro de un alazán recortado sobre el cielo celeste, con las banderas de cada contrada. En la mitad de la cena llegó un amigo de Gianluca para hablar de la carrera, lamentar el resultado, preguntarse ma per che? Come? (pero ¿por qué? ¿cómo?). Los días posteriores y durante meses el Palio, como el clima, salpica la mayoría de las conversaciones.

Así fue el útlimo 2 de julio. Así de inquieto estaba Gianluca sin que jugara su contrada. Por eso pienso que hoy estará llorando. Le voy a escribir.


El hombre imaginario, de Nicanor Parra

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

De su libro Hojas de Parra, CESOC Ediciones, Santiago.


La madrugada era otra cosa, por Martina Bastos

 

De eso.
Del verso y la harina, de un grillo exacto, de un tiempo breve.
De eso -tan poca cosa- vengo a hablarte.
De eso vengo a hablarte.
Era la noche quieta. Era el aire caliente y la luz a medias. Eran los grillos buscándose a gritos. Era la luna una mitad. Era un hotel mustio y un patio y sus paredes. Era una tierra ajena, las horas lentas, algún insomnio. Éramos todavía dos extraños. Éramos todavía invulnerables.
Me miras toda, te miro entero: maneras de reconocerse.
Y ése, así, pudo haber sido el principio.
Tú eres panadero y yo junto palabras, y la madrugada -el espacio donde crecen poemas y panes- nos vino a reunir en un patio de hotel.
El patio es alargado. Las puertas son diez y ocho están cerradas. Adentro, criaturas duermen, sueñan, aman: nada raro. Afuera hay un calor cansado. Y plantas. Y un grillo insistente entre el calor y las plantas. Desafina tanto que nos hace gracia. La risa se derrama y sentimos algo que -tal vez- sea un cosquilleo. Las plantas respiran. Transpiramos. El patio es un horno manso en el que -ambos sabemos- se está cocinando algo.
No es lo mismo la harina de trigo que la de centeno. Su pan es más oscuro, más denso, más amargo -explicas- y el pan de centeno parece de pronto un animal lastimado. Lo trago con cierta compasión; pienso en toda su oscuridad, su densidad, en toda su amargura.
Pienso además -sin que te enteres- que Lihn tenía razón, que no debe ser lo mismo estar sola que estar sola en una habitación de la que acabas de salir. Que seguramente tú no sabes quién es Lihn ni quién salió de su habitación para que él repitiese, como un mantra: no es lo mismo estar solo que estar sin ti. Que tampoco yo sé cuánto tiempo hay que amasar la harina de maíz para transformarla en aquello que cruza de tu mano a la mía: una empanada.
Yo nunca metí las manos en la masa.
Tú nunca leíste a Lihn.
Pero eso, supongo, no tiene ninguna importancia.
La distancia de tu mano a la mía es un trayecto menor: allí donde suelen ocurrir los accidentes.
A veces sucede simple: una mano tropieza en otra y pone la noche quieta en movimiento, vuelve ligeras las horas.
La madrugada puede ser eso: compartir una empanada y entender la ligereza del tiempo, el orden del mundo, el peso de todas las piedras; rendirse al pan y a la poesía como lo que son: placeres primarios; trabajar la masa y las palabras: ablandarlas, molerlas, variar el molde, retorcerlas hasta su forma definitiva, bailar con ellas en la pirueta final.
La madrugada puede ser eso: mezclar agua, harina y levadura como un nombre, un verbo y un adverbio, enfrentar un balance de ingredientes a un revoltijo de versos, deslindar lo intrascendente de lo fundamental, hablar de cosas simples y elementales y dejar que el resto suceda lejos:
-Que ni poco ni demasiado: amasar hasta el punto justo, obtener una textura lisa como plastilina y ven, hagamos el amor así se acorta la noche.
-Que hay que apretar con la parte de la mano que se une a la muñeca y ven, guardemos esta noche para cuando no haya.
-Que la levadura es un hongo, un organismo vivo y también, si quieres, podemos tener hijos.
-Que un exceso de sal endurece la corteza y que no, no volverá nunca al mundo una noche como esta noche.
No vuelven al mundo las noches así.
No cantarán los grillos otra vez.
Y quizás -sólo quizás- sea mejor así. Pero ahora, en un patio largo, entre el calor y las plantas y un grillo terco, el milagro toma esta forma, instala un silencio estricto.
Me dices poco, te digo nada: maneras de decirse todo.
Me miras -panadero- como un aullido.
Y eso, supongo, debe tener algún significado.
Nuestro pan último es una marraqueta que rompes en dos. Para entonces, la madrugada ya es sólo un resto frágil, algo que agoniza demasido rápido. Se va dejando la mañana a nuestros pies, envueltos en migajas.
Te miro -panadero- como un aullido.
Tal vez la madrugada sea eso: la fuerza con la que aúllan los lobos.
La palabra “compañía” proviene del latin panis: se refiere a la acción de comer de un mismo pan. Un compañero es, etimológicamente, “aquél con quien se comparte el pan”.
La mañana llega como una frontera.
Y ahora dime -compañero- qué hacemos con todo esto.
Quiero decir: qué hacemos con la frontera, la línea cruel entre seis horas livianas y la mediocridad del resto de los días. El se acabó la suerte y cada uno se va por donde vino: tú con los panes a otra parte y yo a recitarle a nadie, a caer de tu cuerpo al precipicio, a creer que la ternura es impropia y que sí, que es posible regresar de ti a cualquier parte, como si el amor no fuera una cosa cierta y nosotros hubiéramos nacido en vano.

Este texto de Martina Bastos ganó el XIX Certamen Internacional de Cartas de Amor y Desamor de Almuñécar. Cada vez que la leo me gusta más.


Que haya merkén

 

 

Me gusta el merkén porque pica. No tanto como el chile habanero ni tan poco como la pimienta. Me gusta porque es ahumado y me recuerda a las noches a la intemperie, noches de brasas y abrazos. Noches de vacaciones. Noches largas que dejan el buzo y los pantalones oliendo a humo. Me gusta el merkén porque es probarlo y sentirme adentro de una cocina con estufa a leña, en una casa de adobe.

No entiendo cómo todavía no escribí de esta especia fundamental en mi cocina. Pueden faltar muchas, pero que haya merkén. Y no es asunto sencillo porque el merkén es chileno. Menos mal que hay buenos amigos del otro lado de la cordillera.

Es uno de los productos más antiguos de Chile, parece que se inventó de carambola porque el ají se secaba en una choza donde cocinaba con leña y así se impregnaba de humo.

El ají del merkén es cacho de cabra, un ají picante medio enrolladito, con forma de cacho (cuerno) de cabra. Se seca primero al sol y después al humo, en una parrilla dentro de un galpón. El mejor es del Valle de Lonquimay.

Ahora que lo recuerdo, el último amigo que me trajo fue Francis H. Un golpe de suerte para mi estante de especias. Había olvidado pedírselo, cuando me acordé estaba a punto de salir para el aeropuerto. Entonces hizo lo mejor: tomó su propio frasco de la cocina -la etiqueta dice merkén con la letra de su mujer- lo metió en la valija y listo el pollo (al merkén!)

Lo de Francis fue hace un tiempo. Ya rellené el frasco varias veces. El que tengo ahora es del bueno. Se lo compré en Chiloé a este hombre de la foto, don Juan Morales.

El tipo no solo lo vendía, también lo hacía. Porque el merkén, sépanlo, no es puro ají. Tiene toda una preparación que para algunos es secreta. Pero Juan Morales la comparte. Se le nota en el brillo de los ojos y en la forma de hablar: no es de los que se guardan, es de los que da.

Cuando está bien ahumado y seco el ají se le saca el cabito, se muele en mortero y se le agregan semillas de cilantro tostadas y molidas (entre un 10 y un 20 por ciento) y un poco de sal.

– Pruébelo, señora.

En el puerto de Dalcahue, entre bolsas de ají y hormas de queso casero, Juan Morales me contó que durante mucho tiempo el merkén fue descartado de la cocina chilena porque el olor a humo era olor a «indio». Uno y otros eran discriminados. Después se recuperó, me dijo, y empezaron a caminar para atrás y le sacaron el estigma. Hoy es un producto de exportación. A Juan Morales le gustaba hablar, pero salía la barcaza para la isla de Quinchao y nos despedimos. Pero antes, una foto.

– ¿En serio me quiere sacar una foto? Entonces no soy nada tan pior.

Quiso decir algo así como ojo que todavía estoy bueno. Y soltó una carcajada desde las entrañas, con tanta fuerza que casi se le vuela todo el merkén de la cuchara.




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