El caballero que cayó al mar

“Era imposible ponerlo en palabras, pero tenía cierto respeto por el mar; ante él se sacaba la gorra. El mar era una persona extraña con toda clase de ideas extrañas, peor incluso que él mismo cuando se emborrachaba. Los navegantes navegan por el mar y el mar dice está bien, pero no se propasen. Con calma; ustedes por su lado y yo por el mío. Una vez, Bjorgstrom había trabajado en un barco de pasajeros estadounidense que hacía el trayecto entre Nueva York y La Habana. Pero renunció después del primer viaje, aunque realmente necesitaba el empleo. Aquella gente frívola con sus cócteles y sus bailes a la luz de la luna no tenía ningún respeto por el mar. Creían que Dios había hecho el mar para entretenerlos, mientras que todo marienero sensato sabía que Dios lo había hecho para transportar discretamente mercancía de un continente a otro. Como resultado, el mar se irritaba y de vez en cuando les recordaba su arrogancia, quemándolos en un incendio a bordo, congelándolos en el paso del Noroeste o reventándoles los sesos contra olas de un kilómetro de alto. Y era gracioso lo fácil que le resultaba al mar ponerlos en su lugar, más fácil que para un elefante pisar una hormiga. Por eso, pensó difusamente Bjorgstrom, los marineros no se bañaban más de lo necesario. Todos esos ignorantes que no entendían el mar creían que los marineros eran sucios por naturaleza; era solo que no querían ponerse demasiado mar encima. Ya lo tenían suficientemente encima sin bañarse; la bruma siempre les soplaba en la cara y en climas tormentosos las olas se encaramaban sobre la cubierta. El mar estaba todo a su alrededor excepto arriba, y Dios era igualmente errático; como en el caso del mar, nunca se sabía qué iría a hacer. ”

 

El caballero que cayó al mar, H.C. Lewis, La Bestia Equilátera.


De curvas y mal de altura

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y amante del cine entre otras vocaciones, volvió hace poco de un viaje a Perú y cuenta esta anécdota sobre las curvas, la altura y los males.

El bus zigzagueaba por un camino angosto, entre los cerros inmensos y el abismo. Atrás quedaba  Arequipa, a 2400 metros sobre el nivel del mar; adelante nos esperaba el Valle del Colca, al doble de altura.

Como parte del show turístico, la guía sacó una bolsita con hojas de coca y explicó cómo mascarla para evitar el mal de altura (soroche).

El paisaje se pobló de llamas, alpacas, vicuñas. Después, una curva cerrada, un volantazo sorpresivo y  el mareo. El bus siguió subiendo hasta que por fin llegó a los 4800 metros. El sol pegaba fuerte, pero no hacía calor. A metros de la carretera, mujeres coloridas vendían artesanías. Sobre ellas, una nube gigante. Tan grande que asfixiaba, que aplastaba.

¿Estás bien?, me preguntó Julieta, con quien organizamos el viaje desde Buenos Aires. “Un poco revuelta. Pero todo bien”, le respondí y me senté en una de las piedras. Cuando saqué la lapicera para apuntar lo que veía, sentí los dedos pegoteados. La birome había reventado por la presión.

Sin embargo, la altura no afectaba a todos por igual. Juan y Julio, dos cincuentones españoles acababan de encender su tercer “cigarrito” y disfrutaban, como si estuviesen frente al mar.

La parada duró unos veinte minutos. Como si la carretera fuera un tobogán de agua descendimos rapidísimo hasta Chivay, a 3600 metros. Mi dolor de cabeza era cada vez más fuerte y no veía la hora de estar en una cama. Llegué al hostal y comenzaron los vómitos. En el lugar no había posta médica.

El hostal estaba vacío. Todos se habían ido a La Calera a darse un baño termal. El lugar olía a hojas de coca y a quínoa. La niñ encargada estaba pegada al televisor, siguiendo un concurso de talentos. Julieta había subido a la habitación para buscar el teléfono de la agencia.

De repente, vi dos caras conocidas: una pareja madrileña con quien habíamos compartido el tour. Al preguntarme por mi aspecto “paliducho”, les resumí lo ocurrido. Y entonces dijeron palabras que sonaron como un milagro: “Somos médicos”.

A simple vista, lo mío era un combo de mal de altura, insolación, cansancio y deshidratación. Pero… ¿Y Julieta? La fueron a buscar, pero no respondía. Después de golpear varias veces la puerta, entraron y la encontraron en la cama.

Había estado estupenda durante todo el recorrido, pero seis horas después de haber estado en el pico más alto, todos los síntomas se habían apoderado de ella. La presión en la nuca, un dolor infernal de cabeza como si hubiese sido taladrada por el mismísimo psicópata de Saw, más nauseas y vómitos.

“Tomen estas pastillas, pero no abusen”, nos recomendaron.

Durante siete días estuvimos bajo los poderosos efectos de la Dexametasona (corticoide), que desinflama y permite una mayor oxigenación. Sin ellos y sin ellas, no hubiésemos podido continuar el viaje. Nos esperaban muchas más subidas y bajadas. Porque así es el territorio inca: se siente en el cuerpo. Y si uno está dispuesto a atravesarlo, deberá estar preparado para la aventura. Y para la altura.


La muerte de Pablo Escobar, según Botero

El nombre de esta obra, realizada en 2006, es Pablo Escobar Muerto. Es la segunda interpretación de la muerte del poderoso narco hecha por Fernando Botero, y que desde hace unos pocos meses fue donada por el mismo artista al Museo de Antioquia.

Hay más de cien cuadros de Botero en el museo, un recorrido por su carrera y las distintas etapas del maestro que a los 8 años fue apuntado para torero y resultó artista. Hace poco estuvo en el museo. Cuentan los chicos que cuidan las salas que es amable y que se lo ve muy bien, pese a sus 78 años.

Con el título La Muerte de Pablo Escobar, el otro cuadro también está en el museo, en una sala con una iluminación especial, y representa al ex capo atravesado por un a nube de balas.  A diferencia de la última obra, que es de gran formato, éste es un óleo pequeño (35×55), realizado en 1999. 

La mayoría de los extranjeros que visita el museo, pasa de largo el resto del interesantísimo acervo de pintura colombiana y va directo a Botero, directo a Pablo Escobar. La fuerza del icono.


Estrujados en Tokio

Tokyo Compression, el nuevo libro de Michel Wolf, un fotógrafo alemán con base en Tokio. Espeluznante.


Muerte y nacimiento en México

Juan Carlos Melgar es economista pero esa actividad sería un detalle en esta presentación. Es un amigo mexicano que siente su país y lo recorre cada semana por trabajo. Viaja a pueblos alejados de la ciudad, en estados pobres, donde hay niños migrantes que trabajan desde temprana edad como jornaleros. En sus viajes observa su tierra, se mezcla con la gente, toma fotos, prueba los platillos que le convidan, escribe. A continuación su texto para el Día de Muertos, Especial desde el DF.

Muerte es lo opuesto al nacimiento. Pero en México está definición es inexacta. Desde hace un par de años, mejor dicho, desde que nos gobierna un presidente en guerra, todos los días, todos los mexicanos, somos testigos del nacimiento de algo nuevo. Un país que se preciaba de ser pacífico y receptor de todos los perseguidos, de la noche a la mañana, cambió.
Hoy es lugar común decir que aparecieron varias cabezas en un terreno. Nacen formas nuevas de asesinar. Descubren cuerpos en una fosa, nadie los reclama, nadie sabe de quién son. Una nueva manera de investigar e informar nace. Hombres colgados de postes con mensajes que sólo otros narcos pueden descifrar. Una nueva manera de comunicarse nace. Niños muertos por balas perdidas. Una nueva manera de mentirnos aplican las autoridades. Los niños eran adultos, ya no usaban juguetes, nos dicen. Los números de las víctimas aumentan, pero a los que tienen el poder de tomar las decisiones, pareciera que poco les importa.
Somos el país vecino del gran consumidor. Ese imperio en donde se consume la mayoría de las drogas. Ahí se venden las armas con las que los mexicanos nos matamos unos contra otros. Es ahí, cruzando el río, donde nos dicen que apliquemos cero tolerancia al narcotráfico. Mano dura. Pero, eso sí, ellos están a punto de legalizar la droga en su estado más importante. Y así, pasan los días y crecen las víctimas. Muerte. Muerte por todos lados.
En el barrio más bravo de la Ciudad de México, Tepito, miles de personas van a rezar a la Santa Muerte. La mujer que hace favores y milagros a los sicarios, a los asaltantes, a los hombres que requieren de una manita extra. Un empujón para cumplir con su objetivo. Estos días, dicen, ningún santo tiene más trabajo que ella. Y, a pesar de tanta muerte, seguimos teniendo espacio para la fiesta. Para juntarnos y reírnos. Para celebrar y ofrecer una cara amable al extranjero. Para sacar chistes nuevos y lucir ese humor negro. Ese rasgo tan característico que nos une. Los muertos esperan. Los vivos también. Existe un epitafio que resume muy bien lo que pensamos de la muerte. Es un chiste. Así dice la tumba: “Disculpe que no me ponga de pie, para saludarlo”.


Ofrenda para los 72 migrantes

Mi ofrenda de este Día de Muertos está dedicada a los 72 migrantes asesinados por los narcos en Tamaulipas. Es una muestra terrorífica de los alcances del narco en México. Hoy leía en la Revista Proceso que ya van más de 20.000 muertos desde que comenzó la guerra contra el narco, 32.000 huérfanos y 18.000 viudas.

A los 72 los mataron por la espalda, el último 23 de agosto. Venían de Ecuador, Honduras, El Salvador, Brasil. Desde México cruzarían a Estados Unidos. El viaje hacia una vida mejor terminó por matarlos, quedaron enterrados en una fosa común. Muchos todavía no fueron identificados.

Como comentaba en el post anterior, en la página 72migrantes se les rinde un homenaje virtual, con fotos y textos. Escriben Alma Gillermoprieto, Juan Villoro, Alberto Chimal, Alejandro Almazán, Marcela Turati, Elia Baltazar, Cecilia González. Alfonso López Collada eligió 72 palabras para recordar al Migrante N°7.

72 palabras: Miseria. Desempleo. Decisión. Migración. Familia. Miedo. Ahorritos. Llantos. Escribes. Caminata. Enganchador. Dinero. Rebaja. Más. Acuerdo. Veredas. Escondites. Sumisión. Esperanza. Selva. Frontera. Quietos. Peligro. Uniformados. Pásenle. ¿Cómo? Suerte. Gracias. Risas. Atención. Inmovilidad. Tren. Córrele. Bríncale. Tropezón. ¡Pendejo! Caída. Mutilación. Sangre. ¡Ayúdenme! Nadie. Vías. Soledad. Viento. Lento. Pájaros. Sol. Luna. Desmayo. Muerte. Bájense. Síganme. Bodega. Esperen. Extraños. Armas. Acostar. Acomodar. Maniatar. Preparar. Apuntar. Pavor. Gritar. Disparar. Matar. Abandonar. Encontrados. Ordenados. Inertes. Espanto. Destino: México”.


Antes de Muertos

El año pasado en un vuelo de San Francisco a DF, conocí a Gustavo G., un migrante que se salvó.

Me contó su historia y desde ese día el árbol de toronjas tiene un nuevo sentido para mí.

Este año, algunos meses atrás, leí en las noticias sobre los 72 migrantes llegados de Centroamérica que fueron asesinados por los narcos en un rancho de Tamaulipas. Esa vez fueron 72 pero cada año son muchos más los migrantes que no se salvan.

No me extrañó ni siquiera me sorprendió la noticia porque la violencia narco en México está llegando a niveles de susto. Cuando estuve por ahí asistí a un seminario para periodistas sobre cómo cubrir el narco. Conocí la historia de los Zetas, supe que existen los Zetitas, aprendices de narco de menos de quince años, y entendí cómo es la vida cotidiana en un país que se acostumbró al poder, la ley y la violencia del narcotráfico, que incluye extorsiones, secuestros, decapitaciones.

En el DF esa realidad es lejana, pero en Chihuahua, ya son más los muertos por el narco que por vejez. Hace un tiempo era el cuarto lugar más peligroso del mundo. Hoy quizás ya es el tercero.

Conozco muchos periodistas mexicanos que cubren el narco y las pérdidas que van asociadas a la creciente actividad: familias desmembradas,  mujeres solas, miedo y generación de jóvenes que se está perdiendo.

Después de la muerte de los 72, la cronista Alma Guillermoprieto pensó en hacer un altar virtual para honrar a estas personas. Convocó a periodistas, escritores y fotógrafos a componer un texto homenaje a cada uno de los muertos, muchos de ellos aún no identificados. Todavía faltan historias, pero la página 72 migrantes ya está online.

Este año, mi altar para el Día de Muertos estará dedicado a ellos.  Según las coordenadas de varios mexicanos consultados, me faltarán algunos elementos en mi altar casero. Pero no importa, los reemplazaré por otros y los 72 migrantes tendrán un modesto homenaje desde Argentina.


La mamá de Ángel

Ángel C. fue mi chofer patagónico. Parco, atento, alrededor de 60 años; gorra de beisbolista, fanático de las piedras de Santa Cruz, al punto de cargarse un baúl de ellas para hacer futuras decoraciones.

Hubo una jornada muy larga. Era medianoche y todavía andábamos por caminos de ripio. El fotógrafo iba dormido en el asiento de atrás. Después de varios días, quizás abrigado por el clima de intimidad y la noche oscura, por primera, vez Ángel me contó una historia. Esta historia.

Su madre, chilena de origen, llegó de pequeña a la patagonia argentina, tendría unos quince años. Hizo toda su vida allí, le tocó una vida dura, se quedó viuda de joven y nunca volvió a estar con otro hombre. Después de 50 años sin regresar a su país, la madre de Ángel un día volvío a Chile.

En el barco que la llevaba a Chiloé se puso a conversar con una mujer toda elegante, vestida con pieles, sombrero y botas altas. Las señoras se contaron sus vidas. La mujer elegante era una chilena que vivía hacía 50 años en Suiza. Palabra va, coincidencia viene, que cómo es su apellido, no me diga, el mío también. Resultó que las mujeres ¡eran hermanas! Sí, de película. Después de abrazarse y llorar y todo eso, la suiza la invitó a visitarla alguna vez en el país del chocolate y los bancos.
A la madre de Ángel no le gustaba dejar su casa más de dos o tres horas, pero le prometió que iría. Pasaron los años y un día, a los ochenta y pocos, se levantó entusiasmada y decidió que viajaría a Suiza.

Entonces, Ángel la llevó a sacarse el pasaporte por primera vez. Hicieron la fila larguísima y completaron el formulario; la señora se sacó la foto y llegó, finalmente, a la instancia de las huellas digitales (a esto Ángel le llamó tocar el pianito). Le pintaron los diez dedos de negro y cuando los estampó en el papel, la funcionaria levantó la vista y la miró a la señora y después a Ángel. No dijo nada, lo volvieron a pasar, una vez más y otra.

– Cinco veces le hicieron tocar el pianito y no se lo dieron, me dijo su hijo angustiado, sin soltar el volante, con la mirada fija en el ripio.
– ¿Por qué, Ángel, qué pasó?, le pregunté.
– Se le habían borrado las huellas digitales.

(Lo sé, este post debería venir con pañuelos descartables. Como los que hay en consultorios de psicólogos que la mamá de Angel nunca visitó. Aquí tienen, pues.)


Lectura de avión

No me pasa seguido, pero esta vez no traje nada para leer en el vuelo. Por eso, cuando veo que mi compañera de fila tiene una Vanidades en sus manos respiro aliviada. El único problema es que la tiene demasiado agarrada.

Lo sé. La Vanidades es tuya. Nadie quiere robártela, así que no es necesario que la sujetes como si fuera el último iPhone.

No importa que sea del año pasado. Dentro de un rato se la pediré para saciar mi necesidad de leer. Ya despegamos. Todos a mi alrededor se durmieron menos ella, que ahora pasa las páginas a un ritmo que me gusta. Si sigue así, en 5 minutos la termina y será mía.

Dale, que vas bien. No, no dice nada importante, seguí nomás. Da vuelta la paginita.

Mis cálculos se arruinan cuando ella se pone a conversar con su vecina del otro lado apoyando sus manos con las uñas cortadas en forma de prolijos cuadrados con una línea blanca al final sobre las hojas de papel que tanto necesito. Mientras tanto miro sus anillos. Tiene dos: uno de casada y el otro de aburrida.

Conversa sobre una conocida de ambas que está enferma. Las manos continúan apoyadas sobre la Biografía no autorizada de la Reina Elizabeth. Ahora traen la bandeja de avión. Prefiero leer a comer este sándwich con pinta de bala de plomo. Es mi oportunidad, se la pediré mientras come.

Tarde. La azafata vestida de lila con los párpados pintados de turquesa le entrega la cajita con el sándwich y ella la apoya sobre la Vanidades.

Carajo. ¿Para qué necesitás doble apoyo?

Las ganas de leer se agudizan y las posibilidades decrecen. Levantan la bandeja y ella retoma la lectura.

Ahora sí. Te queda poco. Vamos. Me gusta que pases las páginas con velocidad.

Príncipe Federico de Dinamarca con novia desconocida . El nuevo look de Jenifer López. Mejore el ánimo comiendo cebolla. Famosos infraganti. El poder del No.

Esos títulos maravillosos pasan delante de mis ojos como frutilla a punto. Siento que la felicidad está cerca. Tengo ganas de cantar. Pero al dar vuelta la página siguiente aparece un cuadernillo con una novela de Corín Tellado para extraer. En un primer momento me emociono. Unas páginas de amor, eso es lo que necesito, ¡sí! Pero no pensé que quizás ella también las necesitaba. Sin extraer el cuadernillo de la revista, mi vecina se hunde en la lectura de “Hola Preciosa” con la concentración de un alumno de medicina estudiando Anatomía I.

Voy al baño. Vuelvo.

Leo por cuarta vez la pésima revista de abordo. Miro por tercera vez la revista del Duty Free. Falta menos para llegar. Quizás, cuando termine su cuento alcanzo a leer los títulos, el sumario, a hojearla una vez de principio a fin. Ella está terminando su cuento, falta poco, sí verdaderamente poco. Renuevo mis esperanzas. Sonrío. Muero por ir a buscar un vaso de agua, pero me contengo. Quiero estar ahí cuando ella termine.

Por ahí van mis pensamientos cuando el pasajero del otro lado del pasillo me pregunta la hora. Le contesto que no uso reloj. Me responde que faltará media hora. Si, le digo y me doy cuenta que también está aburrido.

No termino de pronunciar la palabra y escucho una voz que llega de atrás mío y no me habla a mí sino a mi vecina. Le dice: “Disculpe señora, ¿me prestaría la revista un momento?


Subte A: de Perú hacia Carabobo

6 PM, la vuelta a casa. Parada, rodeada, apretada, estrujada. Veo pelos, nucas, piercings, orejas, bufandas. Huelo un chicle de frutilla tan cerca que me parece que me lo estoy masticando. Escucho conversaciones cruzadas, frases sueltas.

Botas en punta, con taquito y caña alta, ¿entendés cómo son? Quiero unas así, negras, y caminé Florida de punta a punta pero no las encontré.

No, en atención al público trabajé sólo dos meses, cuando entré. Si no, no tendría esta cara. Vos sí trabajás con público, ¿no?

Lo que pasa es que ese tipo de camperas, a las brasileñas les encanta y acá les salen la mitad. Se las llevan todas. Por eso no quedan. El vendedor me dijo que hoy vendió nueve. ¿No viste que el centro está lleno de brasileños?

No entiendo cómo el subte puede andar sólo hasta las 22.30 Ayer vine al cine y tardé dos horas en volver. Antes era hasta la medianoche, ¿sabés qué paso?

Si me hacen ir a laburar el viernes, me mato.

En el medio, como si estuviera armado, como si estuvieran en un set de filmación la pareja de veinte, ella con flequillo, él con anteojos de chico de cine independiente, se da piquitos. Al principio son tímidos, mínimos, secos. A medida que pasan las estaciones se convierten en besos largos. Besos mirados. Besos en vivo.

Sí, boluda, mis viejos fueron a ver la de Capusotto. Les gustó, bah, es cómo siempre es él, un genio, jaja. Sí, dale, vamos. ¿En serio te gusta Rodrigo? Entonces, no sé, ponéle algo en el Facebook.

-¿Le podés avisar al escribano que no llego?

Viven con el sueldo de él, que gana 4000 pesos. Ella cuida los chicos, y cuando le sale algo de lo suyo lo hace los fines de semana. Se arreglan, qué se yo.

Las luces del subte más antiguo de Buenos Aires tintinean con el movimiento y los espejos biselados están tapados por codos, brazos, hombros y hombres y mujeres. Ya pasó Castrobarros. El chico de campera gris abre los ojos. No sé si estaría durmiendo o sintiendo el paisaje como un radioteatro discontinuo.

Permiso, bajo en Río de Janeiro.

Ilustración: deathbyorphans.com




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