La lista de Thomas

calendarioaztecaEstán las personas que se van de viaje y no traen nada para nadie. Están también las que eligen con dedicación el recuerdo justo para tal o cual amigo y las que compran algo de apuro en el Free Shop. Y están las personas que cumplen con una lista de souvenirs pautada con anticipación. Este último fue el caso de Thomas Klesper.

Cuatro días después de conocerlo, acompañé a Thomas a La Ciudadela, un mercado en pleno DF donde es posible encontrar las artesanías más representativas del país. Antes de ir, me imaginé que tardaríamos mucho tiempo, varias horas pensando qué podría regalarle a su sobrina y qué a su cuñado. Pero enseguida, Thomas me contó que traía una lista con los regalos para parientes y amigos. Ordenada y sintética, sin margen para errores, ésta es la lista de Thomas:

Mamá: figuritas de paja tipo navidad, de ésas que se cuelgan en el arbolito.

Bruna (abuela): colgante de plata con el calendario azteca (decía maya pero los vendedores entienden).

Alicia (tía): amates, las típicas pinturas sobre corteza.

Sofi (sobrina): blusita blanca con bordados de colores (oaxaqueña o de Chiapas, eso no lo decía pero después se enteró que son las más lindas).

Gabi y Guille. dos candelabros y un cenicero haciendo juego.

Para las amigas de la reunión de los miércoles, una cajita laqueada y tallada, tipo alhajero, un amate y una botella de tequila Corralejo (una para cada una, se entiende).

Agregado de último momento: caramelos de tamarindo para Guille (esto no figuraba en la lista, fue un dato telefónico).

Hace un rato, le escribí a mi nuevo amigo Thomas para contarle que había subido el post. Después de leerlo, me dijo el remate que me faltó: “Te confieso algo: ¡para mí no me compré nada!” El colmo del souvenir.


Evocación de Ignacia, por su hijo Alex Aldama

A veces me preguntan por qué escribo Viajes Libres. Hay muchas razones, pero este post y esta historia que llegó hace unos días a mi correo es una de ellas.

A Alex Aldama lo conocí en su negocio en Nueva York, el último día de la madre. Hablamos un rato largo ese día y luego tomé algunos apuntes sobre la charla. Pero olvidé el nombre de su madre, y la quería nombrar: Alex me contó que era la mujer más maravillosa que había conocido. Entonces, le escribí preguntándole el nombre de la señora. Y el catalán me respondió la historia que sigue, y al rato me envió esta foto, donde se lo ve con su madre y su hermana Pilar:

“Ignacia, es el nombre de mi madre. Ignacia Anglada Hernández, hija de Ernestina y Alejandro.

Tras la caída de Barcelona, mi abuelo Alejandro fue enviado a un campo de concentración en Francia. Todo fue confiscado. Ignacia con 9 años quedó al cuidado de sus dos hermanos menores, Roque y Carmen.
Amigos de mi abuelo, que habían conseguido evitar la deportación, le daban a Ernestina los sacos de arpillera de la carne congelada argentina, que tantas vidas salvó. Mi abuela hacia alpargatas con ellos.
Empezaron a dedicarse al estraperlo (comercio prohibido): dejaban a Roque y a Carmen al cuidado de unas prostitutas de la calle Robadors, unas mujeres increíbles, auténticas y fuertes. Se escondían en los trenes y en las cercanías de Barcelona, en poblaciones del campo y hacían el trueque: volvían a casa sin alpargatas y con un montón de garbanzos, patatas y, a veces, hasta aceite de oliva.

Pasaron los años y Alejandro volvió con vida, esquelético, enfermo y piojoso hasta la médula. Lo sanaron y los amigos de mi abuelo consiguieron meterle a trabajar de Mozo de Carretilla en el mercado de abastos de Barcelona, El Born. ¿Mozo de carretilla? La gente iba al Born a comprar las frutas y verduras, luego apilaban las cajas en la carretilla y el mozo tiraba de ella hasta el camión que las transportaria a los mercados. De lunes a sabado, sin pausa, veranos e inviernos, desayunándose aún de noche las barretxas (conyac con anis) o carajillos (conayc con café), trabajó y trabajó, y dejó crecer un odio inmenso en su interior por toda la injusticia vivida y murió. Claro está, de cirrosis y profiriendo terribles insultos al sacerdote que intentaba darle la extramaución antes de morir. Un hombre muy guapo y alto que jamás consiguió ver de nuevo la belleza que le rodeaba.

Ignacia, mi madre, conoció a Ángel y tras tontear un poco se acabó. Ella rompió en pedazos una foto de él y se la tiró en la cara. Unos años despues, en el tranvía mi madre notó que le tocaban el culo. Era mi padre que le enseñó la foto rota todita recompuesta y pegadita, y la invito a bailar. A mi madre le encantaba bailar.

Ángel entonces trabajaba de electricista para General Eléctrica Española. Mi abuelo se opuso rotundamente al matrimonio. No obstante se casaron, de gris no de blanco. Con un traje chaqueta y un bouquet de flores. ¡Muy guapos los dos!  (Es un extremo jamás confirmado pero yo siempre he creído que mi madre se quedó embarazada a posta para forzar el matrimonio, de ahí el gris.)

Y nació mi hermana Pilar. No fue fácil, vivían con mis abuelos. Aún embarazada mi abuelo les echó de casa y bueno, un montón de barbaridades que de nada sirve ya recordar.
Entonces mi madre vendía fruta y verduras en un puesto calljero en el mercado de Badalona. Mi hermana nació muy chiquita y débil, sin ganas de comer. Mis padres compraban penicilina en el mercado negro para ella y seguían trabajando.

Confiados en que mi madre no podía tener más hijos, la sorpresa llego cinco años mas tarde cuando nací yo: con una cabeza apepinada impresionante y mas de 4 kilos. La comadrona me puso los zapatos de inmediato y le dijo a Ignacia, ¡pero que feo es!

bornDe las fotografías en blanco y negro de aquel entonces lo que más me impresiona es cómo mi madre apilaba en verano las sandías y los melones. Se las tiraban una a una del camión y ella las apilaba en la calle formando una hermosísima piramide. Me acuerdo también de sus delantales, siempre de un blanco inmaculado y con puntillas.

Ángel dejó el trabajo de electricista y empezó como contable en un almacén de El Born (mi padre escribía tan lindo como unas pinceladas de Dalí); mi madre cambió de mercado y no sé como pero tuvo su primer puesto de mercado fijo creo que en Santa Catarina, al otro lado de la Catedral, y luego más tarde otro en el Clot, éste ya con baldosas y todo.

Pilar y yo íbamos a la escuela y seguíamos comiendo, ellos dieron un depósito para la compra de un piso con todos los ahorros que tenían pero resultó ser un fraude y lo perdieron todo. Siguieron trabajando.
Volvimos a vivir en la Barceloneta, en la casa de mis abuelos. En verano, los sábados cuando no teníamos escuela, mi madre nos llamaba aún no amanecido el día y nos llevaba a El Born donde ella compraba las frutas y las verduras. Nos metía en diferentes taxis, cargados hasta donde no se podía más de cestos de mimbre llenos de rojos fresones y nos enviaba al mercado del Clot. El taxista nos descargaba allí y ella llegaba más tarde en otro taxi con con lo que fuera y ahí empezaba el día.

A mí me encantaba meterme bajo la parada (el puesto de mercado se llama así en catalán) y desgranaba guisantes o jugaba con las orugas verdes que encontraba en las lechugas aún mojadas. Oh Dios! cuántos recuerdos se acumulan en la piel con el paso del tiempo.
Pilar se casó con un hombre, de corazón noble con el que aún sigue, Miguel. Tuvo dos hermosas hijas, ahora ya mujeres.
Mis padres se trasladaron (yo con ellos al principio) a Cerdanyola del Valles, una ciudad dormitorio cerca de Barcelona. Esa fue ya la última residencia de ambos. Un piso comprado y pagado a plazos de 250 pesetas mensuales enfrente de una pineda. Mi madre siguió trabajando en el mercado de Cerdanyola con sus frutas y verduras. Yo cumplí el obligado servicio militar en la marina y despues de ello me emancipé.

Aquella noche yo casi había acabado de preparar la cena, celebrabamos el aniversario de mi amiga Pilar. Alguien contesto el telefono y me llamó: mi hermana estaba al otro lado, descompuesta con voz asustada. No hubo celebracion aquella noche. Mi pobre amiga Pilar se quedó sin cena.

Ignacia tuvo un ataque al corazón despues de ducharse. Cayó al suelo y su cuerpo atrancó la puerta. Angel intentó e intentó abrir la puerta. La ambulancia gritaba con sus sirenas de camino a casa. Es curioso, al mismo tiempo que el cuerpo de mi madre permanecía inmóvil en el suelo todos los demás corríamos: la ambulancia, mi padre de un lugar a otro pidiendo ayuda a los vecinos, yo dejando mi casa en Barcelona, mi hermana haciendo lo mismo…
Se negó a morir de inmediato, la conectaron a un monton de tubos y máquinas. Era la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital de Sabadell. Mi madre estuvo cuidada por unas gentes maravillosas esos cuatro dias. Fue demasiado fuerte e intenso para mi padre y mi hermana. Yo me pasaba horas con ella y le pedía, le suplicaba, le grité que volviera. Le dije una y otra vez lo mucho que la queria (las lagrimas asoman ahora de nuevo en mis ojos). Recuerdo que sus párpados se abrían una y otra vez (me explicaron que era “sencillamente” fruto de espasmos), le pusieron una cinta adhesiva en los ojos para que no se abrieran y fue entonces cuando el médico, lo recuerdo jovencísimo y muy delicado al hablar me dijo la verdad. Sí, le pedi que desconectara a mi madre de aquellos infernales tubos y maquinas innecesarias.

LLovía a mares, de verdad, ¡cómo llovia! cuando dejé el hospital.
La Iglesia se llenó hasta los topes, yo ni tan siquiera sé quiénes eran más de la mitad de esas gentes,
Y en silenciosa ceremonia, la llevamos a su ultima morada.

Esto sucedió hace ya mucho, mucho tiempo. Mi madre murió joven. Yo la “deje ir” recientemente. Al final la deje ir: desde entonces sólo recuerdo lo hermoso, sólo recuerdo la belleza de tantos y tantos momentos: su risa, su generosidad con los demás, su fuerza ante la adversidad cotidiana, sus abrazos y besos a mi hermana y a mí, cuando se adormilaba en el sofá cansada del trabajo de la semana y de repente se despertaba, su alegría inmesurable con el nacimiento de Olaya su primera nieta, su orgullo de madre, las conversaciones que tuvimos los dos cuando ella tuvo la menopausia -cómo de repente se abrió como mujer a mí y se convirtió en una amiga además de madre, compartiendo secretos y privacidades conmigo-, y recuerdo su piel, fresca y brillante, sin arrugas, con una luminosidad muy particular.

Ese es el nombre de mi madre, Ignacia. El de mi padre es Angel. El de mi hermana Pilar y el mio Alex.
Podrían ser otros completamente distintos, que más da. No son más que nombres.
Es el corazón, no el nombre, quien nos da una personalidad propia y única, es el corazón quien nos diferencia, nos distingue los unos de los otros, nos agrupa en sólo dos categorias reconocibles, las buenas y las malas gentes… y el corazón de Ignacia era grande, grandísimo, lleno de sangre y rayos de sol, con latidos fuertes, sonoros, musicales, era un corazón donde anidaba un jardín de dalias y amapolas y rosas con espinas, y un rio grande de aguas claras… a veces aun me parece oirlo.


Mujeres solteras, se necesitan

ladiessignalEso dicen  en Villa Pehuenia. Que faltan mujeres, que lo anuncie ¡por favor! en mi página.  “Eso sí, poné que sean lindas y que tengan entre 25 y 35 años“, me dijeron varios hombres que hoy trabajan como guías de montaña y de pesca, como cocineros, recepcionistas y camareros. Hombres buenosmozos, con pinta de leñadores. “Somos muchos más hombres que mujeres en la Villa“, insistieron ellos.

Y entre varios me contaron esta historia. Resulta que hace un tiempo llegó de vacaciones una mujer muy linda. Viajaba con su abuela y se quedaron varios días en una hostería de la Villa. Como Pehuenia sigue siendo un pueblo, la noticia de que había llegado una chica linda ¡y soltera! corrió rápidamente entre los guías y cocineros y recepcionistas que trabajaron durísimo para conquistarla.

El guía llegó puntual a la excursión, hizo más bromas que nunca durante el circuito y fue amoroso con la abuela. El cocinero preparó una trucha grillada tan perfecta que podría haber ganado un premio internacional. El camarero la llevó urgente a la mesa para que no perdiera calor y no se descuidó un instante en su trabajo, siempre sonriente y atento a los deseos de abuela y nieta. El que se encarga de la excursión en lancha les dio la mano al subir y al bajar y siempre veló porque estuvieran bien. Tan esmerada era la atención que la abuela le dijo un día a su nieta: “¡Pero qué caballeros son los hombres en este lugar!”.

El recepcionista, creen algunos, tenía ventaja porque la veía varias veces por día. Por eso o porque fue el mejor en las artes de la conquista, se ganó el amor de esa chica linda, que hoy es su mujer y espera un hijo suyo para dentro de un par de meses.

Los demás, los que me contaron esta historia, hombres buenosmozos con pinta de leñadores, siguen haciendo su trabajo y están atentos a la llegada de chicas solteras a Villa Pehuenia.


Las aguas de Casilda

El Mercado Benito Juárez está en el centro de Oaxaca y conviene llegar bien temprano, cuando todavía está limpio y queda agua en los cántaros de Casilda. En su puesto del mercado, Casilda Flores Morales ha dado de beber a príncipes y reyes y trabajadores de las sierras desde 1920. Agua de jamaica, de horchata, de rosas, de guanábana, de almendra todas se conservan en grandes cántaros. Casilda ya no esta pero su hija María Teresa tiene el secreto de la frescura.

Aún sin ánimo de comprar un guajolote –palabra de origen náhuatl que designa al pavo–, ni dátiles ni canela en rama ni quesillo ni cilantro ni lirios frescos, está bien marchar por los pasillos penumbrosos para familiarizarse con los olores, para preguntarle a una vendedora detalles sobre el mole, la salsa más famosa de Oaxaca y uno de sus orgullos. Igual tratarán de vender: el pueblo zapoteco ha sido comerciante desde tiempos prehispánicos.

El mercado da vueltas y hay distracciones en todas las esquinas. Pero en la de Casilda está la mejor: agua fresca. Y aromática.


Dos historias de Oaxaca

Antes de llegar a Oaxaca me contaron dos historias. En ese momento las escuché, pero no pude entenderlas hasta mucho después. Después de probar el mole negro, el chocolate, las tlayudas, el mezcal y los chapulines. Después de caminar entre muros de arquitectura sagrada y comer un plato de jícama con chile en el mercado de domingo en Tlacolula. Después de ver la entrega de una campesina de trenzas largas rezándole en zapoteco a la Virgen de la Soledad, tomar un café y sentir la brisa que sopla en el último escalón de las pirámides de Monte Albán. Sólo cuando dejé Oaxaca pude entender a los viudos de Oaxaca. Los que un día se fueron y pasan la vida extrañándola.
La primera historia era sobre un oaxaqueño que hizo fama y fortuna en el DF. Un hombre tradicional y coherente que de tanto en tanto, ciertos días de sol, era atacado por una nostalgia profunda de su tierra. Esas veces, incluso a los ochenta y pico, se levantaba temprano y con lo puesto nomás iba al aeropuerto, tomaba un avión a Oaxaca, llegaba una hora más tarde, subía a un taxi y bajaba en el Mercado 20 de Noviembre. Ahí, en medio de pasillos angostos y mujeres vestidas con huipil, sentía el olor a chocolate, a quesillo, a mole, a canela, a cacahuate. Respiraba unos minutos con el corazón hecho un nudo. No lloraba porque en México los hombres casi no lloran. Era un tipo ejecutivo así que después de la emoción se sentaba en uno de los puestos de comida y pedía unas enfrijoladas y un café caliente. Daba unas vueltas por el Zócalo, compraba unos chocolates La Soledad y tomaba un taxi al aeropuerto y un avión de vuelta al DF. Cuando sus nietos le preguntaban: “Abuelo, ¿dónde estuvo hoy que se lo ve tan contento?”, él respondía que por ahí, que fue a dar una vuelta, que no pregunten tanto.
La segunda historia me la contó Sergio Casique Zárate, un chofer en Guadalajara. Ibamos camino al aeropuerto hablando de trivialidades cuando le dije que mi próximo destino era Oaxaca. Al tipo se le iluminó la cara, los ojos se le humedecieron. Había nacido en Oaxaca. Tampoco lloró, pero me habló de las tlayudas, de lo bien que le salían a su madre y que a veces se las mandaban con algún pariente. En mi libreta de apuntes anoté esa palabra extraña que hoy recuerdo con cariño. En una de las visitas al mercado, me fijé en la libreta, pedí una tlayuda y vino una tortilla del tamaño de una pizza grande y finita como una cartulina. Arriba se la unta con mole y más arriba va el quesito. Es crocante, liviana y se corta con los dedos. Mientras la comía, esa noche en El Balcón de la Abuela quise volver a Oaxaca. Aún sin haber partido.


Inventario saludable para un viaje a Brasil (II)

abacaxi        açai

 

 ameixa       amora

 

   banana       caju

     figos       goiaba 

   graviola (guanábana, en español)

 

  jaca       laranja

 

    maçã       mamão    

 

  manga  maracujá

       

melancia    melão  


 

    morango        toronja 

 

 uva   


Inventario saludable para un viaje a Brasil (I)

  abacate       abóbora  

 

 abobrinha    aipo       

 

  alcachofra      alface      

 

 alho    aspargo

 

 batata          berinjela

 

     beterraba        cebola  

   

    cenoura          ervilha

   

   espinafre     milho

 

   tomate cereja  vagem          


Los diez años de La Orquesta de los Vegetales

La Orquesta de los Vegetales, con base en Viena, hace música únicamente con vegetales frescos. Hay flautas de zanahorias, bongós de apio, bajos de zapallos y violines de puerro. Eso no quiere decir que sus integrantes sean vegetarianos, todo lo contrario. Aunque después de algunos conciertos, suelen prepara coloridas sopas con los vegetales que ya usaron. Muchas veces, la audiencia está invitada a probarla.
La orquesta da entre veinte y treinta conciertos por año en el mundo y en cada show repiten un trabajo de exploración del sonido vegetal. Por esta época, el grupo festeja sus diez años con varios conciertos en Europa. Próximamente, en Italia.


A Taxco no vuelvo más

Ayer me llegó un correo contándome que desde este mes la revista peruana Etiqueta Negra se consigue también en Miami. En Etiqueta se pueden leer crónicas de viaje, crónicas en general, ficciones. Es una revista con lectura asegurada para todo el mes.

En el número de julio escribí un texto breve, una suerte de confesión sobre Taxco, una ciudad a la que como leerán, no volvería. La nueva Web de la revista está en construcción, por eso copio el texto abajo. Antes, una recomendación: cuidado con Taxco.

“Hacer shopping en un pueblo-escalera es inhumano. Por eso no volveré a Taxco, la ciudad donde viven los artesanos plateros más famosos del mundo, la Meca de la Plata donde todos los sábados hay un tianguis –como llaman en México a los mercados– de plata, pero sobre todo una ciudad de plata entre laderas y cerros donde siempre hay que subir o bajar.
Es una mañana de sábado y, desde el DF, he demorado tres horas de viaje en un bus. Me da tiempo para pensar qué quiero comprar: seis pares de aros de plata, un collar –¿o dos?– de plata, algunos dijes y cinco regalos de plata para mis cinco amigas.

–En un rato lo resuelvo y después recorremos el pueblito –le digo a mi novio que me acompaña.
Prefiero la plata al oro. Supongo que me atrae más el color, el brillo, la temperatura. La plata me parece más fresca, menos pesada aunque pese lo mismo. Una vez, hace muchos años, me dijo mi abuela que algún día me interesará el oro, más adelante.
Porque ahora he llegado a Taxco, la ciudad de la plata, y me bajo del bus apurada. Es cierto que preguntando se llega a Roma, pero me gusta más la idea de llegar por mi cuenta. Decido que esa calle angosta y empedrada me conducirá a la plata. Entre los nervios y la subida, alcanzo el final jadeando.

Arriba hay negocios de plata con letreros que dicen: «Artesanos Plateros», «Platería antigua», «Diseños prehispánicos». Pero son carísimos. Esto no es el tianguis que me había imaginado. Miro la hora: son las 13.40 y aún no compro nada. Peor aun, la ciudad se ha llenado de turistas europeos que cambian euros y compran y compran y compran. Y compran plata. Mejor pregunto dónde está el tianguis, no hay tiempo que perder. Quiero comprar plata. Me dicen que baje por ahí, que doble en la primera y ya. Así lo hago y, después de doblar, encuentro mi tesoro: una vía larga, fina y oscura como los pasadizos árabes, con miles de puestos uno pegado al otro, todos radiantes de plata: aros, collares, pulseras, dijes, medallas, colgantes que me miran. Todo Taxco está mirándome como nunca nadie me ha mirado. Aunque, ahora que lo recuerdo, aquél vestido verde en São Paulo también me miró lindo.

Los sábados de feria, Taxco provoca. El pueblo entero se convierte en joyería descomunal, con millones de accesorios al alcance de la mano, sin la distancia de las vidrieras. Los sábados de feria, Taxco es redundante como una torta que tiene dulce en el relleno y en la cobertura también. Llama a la gula, al pecado. Y porque tengo temor de Dios, no volveré a Taxco.
Me brillan los ojos, por fin he llegado. Siento que he descubierto algo. No sé ni me importa que en Taxco haya talleres de platería desde 1930. Tampoco me interesa la historia, ni el barroco ni las visitas turísticamente obligadas. En este momento estoy en el cuerpo de un conquistador que ha llegado a su destino y ahora tiene que arrasarlo. Pienso en Alvar Núñez Cabeza de Vaca cuando descubrió las Cataratas del Iguazú. Éste es mi momento, tengo que concretar la primera compra.
–Señora, ¿cuánto valen esos aretes?
La mujer me dice que sólo vende al por mayor, que debo que llevar diez pares como mínimo. Taxco se está complicando. Sigo al otro puesto, pero ya no sé si me gustan los aretes largos de plata o los topitos con una turquesa. La gente me empuja y, sin quererlo, estoy en el puesto de al lado, que vende collares. El hechizo de Taxco, un sábado, se termina a las cinco o seis de la tarde. Miro el reloj otra vez: son las tres y todavía no compro nada. Comprar sin tiempo puede ser fatal y en Taxco el tiempo siempre falta. Por eso no volveré a Taxco.

En un momento veo un collar de perlas de plata y él me ve a mí: amor a primera vista, pienso. Lo compro y a partir de ahí empiezo a gastar. Me desato, corro por las calles como un caballo desbocado con sed de plata. Me olvido de mis amigas, me colma un egoísmo planetario que me da miedo pero es incontrolable. Compro con la rapidez de un incendio. Compro plata hasta que se me acaba la plata. Quiero gritar como grita Prince. Pero pido más, como piden los jugadores compulsivos.
Mi novio, que hace rato que me mira preocupado, me dice que me presta, que vamos a un cajero. El cajero se traba y la plata no sale. Mientras, la otra plata está ahí reluciente, esperándome. Pienso en separarme, en vender mi cartera, en cambiarla por plata. Pienso en lavar copas en un bar de Taxco, en asaltar a unos gringos. Hasta quiero pedir limosna en la catedral de Santa Prisca. Pero no hago nada. Simplemente bajo la calle como con la mirada infeliz de un penitente. Me subo al autobús de regreso al DF y, acariciando mi collar de perlas de plata, juro por el Cristo de los Plateros que a Taxco no vuelvo.”


De la huerta a la feria de Aix

Se puede llegar de casualidad y estar ante un auténtico ejemplo de turismo espontáneo. Pero con las fechas y horarios a mano, uno puede asegurarse la visita. Los martes, jueves y sábados, desde las 7 de la mañana hasta las 13 -ni un minuto más- hay un mercado de frutas y verduras en la Plaza Richelme, a metros del Hôtel de Ville de Aix en Provence. Todo fresco, mucho olor a hierbas, a queso, a embutidos y a rúcula cortada hace media hora, no más.

El mercado está en la misma plaza desde la Edad Media.

Los puesteros gritan y son malhumorados. Pero siempre dan a probar, no una mísera miguita, sino un buen bocado de chorizo casero, de salchicha bañada en hierbas de Provence.

Ajos fuera de serie. Sólo verlos daban ganas de cortarlos y freirlos. O de llamar a Cézanne para que improvise una naturaleza muerta de ajos con cáscara roja.

Variedades desconocidas y resplandecientes de cebolla de verdeo.

En el mercado los precios son mucho más bajos que en el supermercado, y la mercadería mucho más real. En el super, las frutillas de frigorífico parecen plásticas y anémicas.

En los mercados de La Provence, la lavanda nunca falta. Ni las mezclas de hierbas aromáticas para acompañar “todas las cocinas”. La bolsita de lavanta cuesta entre 2 y 6 euros según el tamaño. Me dijo el que las hace y vende que la guarde en el cajón, y cada dos o tres meses la frote para que salga con más intensidad el aroma maravilloso.




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