Una mirada íntima sobre Martha Argerich

Stéphanie Argerich, autora de Bloody daughter, un documental sobre su madre, es la única de las tres hijas de Martha que no lleva el apellido del padre. Cuando nació, Martha y su marido de ese momento tiraron la moneda para ver qué apellido llevaría la niña. Salió Argerich.

Stéphanie tiene 34 años cuando filma la película. A esa edad su madre ya se había separado dos veces y vivía en comunidad con otros artistas; había ganado premios y viajaba por el mundo dando conciertos de piano, que tocaba como los dioses sin leer partituras. Conecta al público con algo sobrenatural, por eso la adoran. “Mi madre es una diosa”, dice en un momento Stéphanie quien, cuando era pequeña se ponía muy celosa del público, no podía entender que tanta gente quisiera tanto a su madre. Una vez hasta mordió a un fan.

Una película íntima y honesta que retrata aspectos luminosos y oscuros de una mujer extraordinaria, salvaje y llena de incertidumbres salvo cuando se sienta al piano y sus dedos tocan –o vuelan– sobre las teclas.

Los sábados de febrero y el 1º de marzo en el Malba, a las 22. Imperdible.


Fronteras

Senegal Fast Food. Amadou et Mariam y Manu Chao.


Mapamundi

Thiago Pethit.


De Corrales a Tranqueras

De Corrales a Tranqueras,
cuántas leguas quedarán,
dicen que son once leguas,
nunca las pude contar.

Las hice con agua y viento,
escarcha de luna y sol,
pero entonces no contaba,
porque iba rumbo al amor.

Entonces todo cantaba,
agua, tierra, viento y sol;
entonces todo era canto,
porque iba cantando yo.

Mi flete era parejero,
mis años, de domador,
y los caminos cortitos
pa’l trote del corazón.

Camino de mis recuerdos,
tierra roja y pedregal,
bordea’o de cerros parejos
que se inclinan al pasar.

Vigilante, Miriñaque,
cerros de mi soledad,
repecha’os por mis cantares,
sombras de toro y chilcal.

Hoy, que me duele la vida,
cansa’o de tanto changar,
balda’o por los redomones
ya no las puedo contar.

Y quebra’o por una pena,
pregunto en mi soledad:
De Corrales a Tranqueras,
¿cuántas leguas quedarán?

Del disco de Alfredo Zitarrosa Pal que se va.


Amarillos de Atacama

Pau J. viajaba por el desierto y me acordé de ella porque leí una poesía de José Watanabe en donde habla del desierto de su país, Perú. Aunque Pau J. recorría Chile y Bolivia se la mandé. Muchas veces, se sabe, las fronteras no pueden dividir los paisajes.
El correo quedó archivado en elementos enviados y pasaron los días y las tareas. Me pidieron una nota de la selva y unos días después, el desierto estaba lejos.

Pero una tarde llegó la respuesta de Pau J. Me hablaba de paisajes surrealistas, inmensos, sagrados. Paisajes en mutación, escribió. También dijo que recibió la poesía de Watanabe una noche estrellada en la que casualmente escribía en verso.

Y adjuntó estas fotos de un amanecer en Atacama, en un viaje de vuelta de Bolivia a Chile. De un amarillo tan potente que no parece un amanecer más, sino el único amanecer, el amanecer de los amaneceres.

El mail era corto, pero bastó para abrir una ventana en la tarde nublada. Pensé en cuánto me gusta recibir -y enviar- correos durante un viaje.


Sentencias del Tata Viejo

Hace poco estuve en Huaco, cuna del poeta Buenaventura Luna, el amigo de Atahualpa, el que le escribió al alagarrobo y cantó estas Sentencias del Tata Viejo.

Todavía se puede visitar el antiguo molino de su familia, su tumba en el cementerio y un monumento. Pero lo mejor no es eso, sino ver y sentir el latido de la tierra reseca y colorada que lo inspiró toda la vida, aún después de mucho tiempo de no vivir más allí.

Pongan el oído paisanos
a lo que voy a decir,
por que les quiero “alvertir”
que del mundo, en el concierto,
les conviene hacerse el muerto
pa’ que les dejen vivir.

(cantado)

Cuatro edades cumple el hombre
al cabo de haber vivido:
la inocencia, en que ha nacido,
poco después, la esperanza,
la dicha, que nunca alcanza,
y por último, el olvido.

Por desdenes en amor
se achican siempre los flojos,
y hay mujer muerta de antojos
que no da consentimiento.
Güena china y perro hambriento,
dicen que sí con los ojos.

Las curanderas de empacho
conocen midiendo ombligos,
otros aprecian el trigo
por el peso de sus granos,
yo digo que es mal cristiano
quien siempre muda de amigos.

El dolor educa al hombre
y es el que lo hace más juerte,
no te quejís de la suerte
ni andés llorando querellas,
que al fin y al cabo, las huellas
llevan todas a la muerte.

(recitado)

La mulata hace jugar
pa’ su amor, en la cocina,
más, cuando vuelve una china
del honor, por sus cabales,
al ñudo son los candeales
y los caldos de gallina.

Cantan poco y comen mucho
gorriones, loros y tordos.
No le hagai los oídos sordos
al hambre de tu aparcero,
como poco, al matadero
llevan antes a los gordos.

El del chancho es mal ejemplo,
imitarlo no debés,
pa’ mi ver vive al revés
por la malicia del hombre.
Que lo engorde, no te asombre,
pa’ comérselo después.

De noche en la pulpería
pasan muchos divertidos,
pero sabe el buen marido
que eso mata la alegría.
Ave que canta de día
busca temprano su nido.


Acordeón, guitarras y amor del Litoral

Además de tereré -mate helado- tierra roja y calor, el litoral es chamamé. Así se llama este género musical del folclore argentino. Y se baila, sí, claro. Y miren cómo.
Este video fue grabado en Coronel Du Graty, un pueblo del Chaco. Y el pedazo de tierra donde bailan era la Pista Colón, un antiguo salón de los años 60, hoy abandonado.

El tema Tus Recuerdos es un clásico de Ernesto Montiel y Julio Montes, y aquí lo interpreta la cantante correntina de hermosa voz, Gicela Méndez Ribeiro.

Marcel Czombos, pareja de la cantante, dirigió el video, y juntos filmaron la serie documental de 11 capítulos “El chamamé y sus mujeres”, que se estrenó recientemente.


La ola marina

Mira la ola marina
Mira la vuelta que da
tiene un motor que gira pa’ lante
tiene un motor que gira pa’ tras…

(Vieja canción cubana que interpreta el Septeto Rumbahabana).



La chiquitanía, el lejano oriente boliviano


Festival de Música Barroca en Bolivia

Hasta el 6 de mayo, en las iglesias jesuíticas de la Chiquitanía, suenan violines, cornos, trompetas, flautas. Habrá más de cien conciertos de música antigua, que salió de partituras antiguas encontrada en baúles y restauradas. Unos 800 músicos dando vueltas por la selva, con los toborochis en flor.

Los que se ven en la foto son músicos del conjunto noruego Nordisk Brass Ensamble. La saqué el año pasado, en el concierto inaugural en Santa Cruz de la Sierra. El último festival coincidió con la erupción del volcán islandés. Los once músicos escandinavos llegaron minutos antes del concierto. Antes que nada, contaron brevemente su itinerario. No pudieron volar desde Oslo, tuvieron tomar un micro y andar cuarenta horas hasta Madrid y de ahí volar a La Paz y luego a Santa Cruz. Llegaron pálidos y extenuados, pero ese día la música que tocaron se metió en los zócalos de la Catedral y en el corazón de los que estuvimos ahí. Tocaron con arte, ánimo, potencia.

La gente no dejaba de aplaudir, tuvieron que hacer varios bises antes de poder irse a dormir. Ayer, mientras escribía esta nota, me metí en el sitio Web de los noruegos. Quería volver a escuchar esas trompetas. En un link decía Bolivia y abajo “Puente de músicos”. Entré y pude leer que crearon una fundación desde donde se pide a los músicos noruegos que donen los instrumentos que no usan a los músicos chiquitanos. También leí que este año vuelven a Bolivia. Ya deben haber llegado.




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