Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y distinguida colaboradora de Viajes Libres, hizo un viaje por Perú. Ya contará historias y aventuras, mientras tanto nos muestra un videito que filmó en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, de Lima. Y dice:
“Teníamos ocho horas de espera en el aeropuerto de Lima. Pensamos en ir a la ciudad, pero el tránsito nos desalentó. Hacíamos tiempo, cuando vimos un tumulto de fotógrafos. Por inercia, más de turista que de periodista, saqué mi cámara y apunté. Quizás era un político, tal vez un jugador de fútbol o alguna estrella local…no importaba quién era: algo estaba sucediendo en esas ocho horas en que no iba a suceder nada. La bola de fotógrafos se acercaba, se acercaba más. No hizo falta apretar zoom. Ahí estaba con su sombrero y gafas oscuras… ¡Era Mick Jagger! Y acababa de pasar al lado nuestro”.

“Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos porbres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros.
Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, quer si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.
Con la que Dios bailaría si fuera negro”.
Novecento. La leyenda del pianista en el océano. Alessandro Baricco.

Esas casualidades. En la góndola del espectacular Metrocable de Medellín caben unas ocho personas. Como son treinta minutos de viaje hasta la última estación, hay tiempo de conversar.
Esta vez no miro por la ventanilla cuando escucho el acento argentino. Me doy vuelta y les sonrío a los chicos que tengo enfrente. Hablamos poco pero me entero de que están en Medellín para cantar tango. Los contrató un fanático, que más tarde supe que se llama Luis Guillermo.
Sí, con nombre doble, como en las telenovelas. Y no sólo por esta costumbre uno siente que se mete en novelas al recorrer Colombia.
Luis Guillermo Roldán es empresario, pero eso lo cuenta como un detalle. Lo suyo es la poesía del tango. Durante 20 años fue presidente de la Asociación Gardeliana de Colombia. Por eso, cuando murió el Gordo Aníbal y supo que el Patio del Tango cerraba, fue y lo alquiló. Y contrató músicos argentinos para animarlo. Suele venir al festival de tango en Buenos Aires y dice que cuando extraña el acento argentino llama a cualquier número equivocado para escucharlo.
Ese día en la góndola del Metrocable, los chicos me contaron dónde cantaban y antes de irme de Medellín pasé por ahí. El Patio queda en el barrio Antioquia (calle 23 N°58-38), un lugar bravo, nada de salir a vitrinear por ahí. Hay que llegar y salir en taxi. Se come muy bien, hay buena carne, vino y ron, y un buen show.
Uno de los argentinos, Hernán Genovese, ha tocado en festivales de tango en Europa y ganó el certamen Hugo del Carril hace un par de años. Antes del tango era abogado y estaba casado. Otra vida en esta misma.
La muerte de Gardel en el viejo aeropuerto del Medellín fundó un mito que había empezado cuando detrás de cada long play grabado en Argentina se ponía la letra de un tango: “Nos criaron a mazamorra, fríjoles y tango” , me dijo un taxista viejo, que hace viajes cantados.
Hoy existen varios lugares donde tomar clases, escuchar y bailar tango. Además del Festival Internacional del Tango y la Casa Gardeliana, que guarda objetos del Zorzal Criollo y muchas fotos del accidente que no se suelen ver en Argentina.
Reggae, rock, hip hop, rap y electrónica en Bomba Estéreo, esta buena banda cachaca que se presenta mañana en la edición N°20 del Festival Lollapalooza, en Santiago.
Cuenta la leyenda que Francisco El hombre derrotó con su acordeón al diablo.
Fue una noche al volver de una parranda, y si no hubiera sido por las notas de vallenato que salían de su acordeón casi se acaba el mundo. El diablo llegó a apagar la luna y las estrellas, pero Francisco El Hombre siguió tocando. Y tocó y tocó hasta que volvió la luz y el demonio, vencido y humillado, huyó hacia las montañas.
El vallenato forma parte de la guajiridad, de la identidad de La Guajira, una región al noroeste de Colombia, donde viven los wayúus, la etnia más numerosa de Colombia. La Guajira tiene una posición estratégica para el comercio con América Central y las Antillas. No la conozco, pero tengo ganas de ir en el próximo viaje a Colombia. Los viajeros que me crucé en el camino me hablaron tanto del Cabo de La Vela, el arroz de camarón, los compositores Leandro Díaz y Rafael Escalona.
En Riohacha, cabecera del departamento de La Guajira, concluyó el domingo el Festival Francisco El Hombre, un encuentro nacional de vallenato con duelos musicales como ese que tuvo Francisco el Hombre con el diablo, y concursos de Mejor Cantante, Mejor Acordeonero, Mejor Grupo, Mejor Canción Inédita y Mejor Video del Año. El gran ganador de este año es Carlos Mario
Zabaleta y su acordeonero Julián Mojica, que representaban a Bogotá. Uno de los temas que más gustó fue La Candelosa.
El espíritu de Francisco El hombre, el juglar andariego que pasó por Macondo, acompaña el festival, y probablemente muchos de sus nietos y bisnietos y tataranietos también. Al parecer, Francisco el hombre no fue sólo un personaje de García Márquez, sino un hombre de carne y hueso que nació en Machobayo, Guajira.
Según se cree, quien peleó esa noche contra el diablo se llamó Francisco Antonio Moscote y le contó a sus hijos la experiencia, ocurrida en algún camino entre Riohacha y el pueblo de Barbacoas, a principios del siglo pasado.
Mito y realidad en el festival de un solo hombre: Don Pacho, así le llaman en Colombia a los Franciscos.

Rusky, el director de un sello de música independiente que hace unos días contó sobre las pizzas de Chicago, hoy vuelve con una nueva entrega de excusas para viajar. Infantiles, sí, pero válidas. Después de leerlas, me pregunto por qué no consideró la que me contó una tarde: “Quiero volver a París porque no subí a la Torre Eiffel”.
“Mi editora favorita me pide otra excusa infantil para viajar para postear el Volumen II. No es fácil decidir entre tantas, teniendo en cuenta que mi trabajo en el maravilloso mundo de la música no es más que una vil excusa para viajar, conocer gente, lugares.
Podría nombrar, por ejemplo, varias excusas fútiles para volver a una ciudad o una playa encantada. También están las excusas gastronómicas: los panchos en La Pasiva de Montevideo, las setas de Navarra, en España, y podría seguir: las excusas gastronómicas son las más evidentes, e inocentes.
Las excusas culturales son siempre elegantes: una Bienal en São Paulo o Venecia; una muestra de Bacon en El Prado; el entierro del Diablo de Carnaval de Jujuy; tomar peyote en el desierto mexicano. Grandes excusas para ser tildadas de banales, pero que siempre quedan bien en la mesa.
Están las excusas del corazón: ¿qué mejor razón que viajar a ver al amor de tu vida, aunque aún no estés seguro que lo sea? De certezas se vive: uno debe viajar para cerciorarse de que la persona más allá del océano es el amor imposible encar
nado en la tierra. No se deje engañar, el amor en lejanías no existe: es su amor por el viaje lo que lo motiva. El resto, pura poesía. No es que el amor transoceánico no exista, sí que existe, simplemente no dura para toda la vida. Si uno puede vivir con eso, ésta es su gran excusa.
Después están la excusas familiares. Aproveche que están de moda las redes sociales, busque a sus parientes lejanos y vaya a conocerlos. Busque un pariente perdido en el Este europeo y de paso conozca el castillo de Drácula, reencuéntrese con su tío lejano de Rosario y cómase una boga en el río, vea hasta donde llega su imaginación para extender la parentela y conocer el mundo.
Pero la excusas que me importan son las infantiles. Por ejemplo, tengo que volver a Granada a pesar de que ya estuve dos veces, simplemente porque no fui a la Alhambra. ¿Cómo puede ser que llegue desde tan lejos y no ingrese a conocer uno de los grandes monumentos de la humanidad? Pues es sencillo: me encantan las excusas infantiles para viajar. Podría aducir que sólo me quedé unos días, que trabajé mucho, que estuve con Enrique Morente en su casa o pasando música hasta tarde en la Sala El Tren. Que me quedé tomando té con unos moros en el Albaicin o comiendo un cochinillo en un monte cuyo nombre no recuerdo pero que tenía la panorámica más increíble. O simplemente, que me quedé comiendo unas tapas -las mejores de toda España, señoras y señores- en un bar bizarro a la vuelta de la sala de conciertos Sugarpop con un montón de músicos y desconocidos. Sé que es una excusa infantil, y que la vida es cosa seria”.
Unas noches atrás, en la vereda del bar de Julio, en el barrio de Colegiales, cantó Tomi Lebrero. Noche de verano, brisa suave, los plátanos llenos de hojas, una mesa larga compartida por gente que nunca antes se había visto. Con una gata que se llama Malena. Y sonido de bandoneón.
Desde afuera, el bar de Julio parece uno de esos bazares de antigüedades, más que antigüedades, cachivaches. Pero ahí no se vende nada. Nada más que tartas, pollo a la portuguesa, cerveza y fernet. Por la calle empedrada pasaba un auto, uno o dos.
En ese paisaje tan, tan porteño, Tomi tocó sus hits, el que habla de los chicos del cine independiente y otros, y también canciones nuevas que compuso en las vacaciones. Tenía una camisa hawainana amarilla y estaba bronceado, parecía que recién llegaba de Trancoso o de Itacaré. Uno de los temas nuevos, muy divertido, hablaba de lo fácil que es reconocer a algunos argentinos en el exterior. Tenés cara de argento… decía el estribillo.
Esta semana recordé varios argentinos reconocidos en viaje. Con algunos hablé y de otros me escondí. Hace unos años hubiera huído de alguien como N., hoy creo que no. Sólo porque me divertiría escucharlo.
N. es un periodista que viajó en viaje de prensa con una editora amiga a Hong Kong. Resulta que estaban en un restaurante popular de de ciudad, perfecto para probar platos exóticos. Podían elegir entre dim sum, pato pekinés, cangrejos de río con salsa hoisin, aleta de tiburón, huevo de pato y más. Emocionada ante el exuberante paisaje gastronómico, lleno de brillos, texturas, colores, ella analizaba cuál sería la entrada de su banquete. Tenía el plato en la mano cuando se le acercó N., que miraba el mismo paisaje pero con rostro aterrorizado.
Como un niño de nueve años en el tramo más oscuro del tren fantasma, N. se pegó al oído de mi amiga y le preguntó, despacito a ver si todavía un chino lo escuchaba y le partía por la cabeza un jarrón de la dinastía Ming: “¿No te comerías un choripán?”
Nunca vi a N. pero estoy segura de que tiene cara de argento. Posiblemente, Tomi tampoco lo haya visto. No es necesario. Hay tantos viajeros modelo N. en Argentina y en todos los países del mundo que podrían formar una raza aparte.
(Foto: Ñ)