Alex Aldama, el dios de Fuego 718

Fuego 718 es uno de los primeros negocios de la nueva época de Williamsburg, un barrio de Nueva York que hoy aparece en las revistas de tendencias y tiene locales cool y se deshace en onda.

Cuando el catalán Alex Aldama llegó aquí con su novio gringo, ocho años atrás, había casas bajas y vecinos de clase media, era un lugar olvidado de Brooklyn. Pero él tuvo un presentimiento, olfateó que había que quedarse y montar el negocio allí. Eso hicieron y hoy están en el centro de la escena, entre locales de ropa vintage, cafés recomendados y chicos que van por la vida en skate.

Ni bien entré en Fuego 718 sentí que estaba adentro de un caleidoscopio. En la tienda hay espejos, telas brillantes, corazones rojos de aluminio, colores de Oaxaca, colores de Cuzco y de Antigua Guatemala, colores en las paredes, en el piso, colgando del techo, en la camisa de Alex y en todas partes. Fuego 718 guarda, en 249 Grand Street, una muestra de los colores de América Latina.

Descubrí el local cuando se celebraba en Estados Unidos el Día de la Madre y, como cada día de la madre desde que abrió, estaba todo rebajado un 40 por ciento. Alex impuso este detalle en honor a su madre Ignacia Anglada Hernández, para él, la mujer más maravillosa del mundo.

Después de conversar un rato, puedo decir tres cosas de Alex Aldama: 1) que es una de esas personas que viven muchas vidas en una. Trabajó en La Fura dels Baus y en el Sónar de Barcelona, ahora tiene este negocio en Nueva York y pronto piensa retirarse y vivir en el campo, en Murcia. Apenas pasó los 50, pero se convenció de que está cansado; 2) que el tipo es una especie de concentrado de amor. El poco rato que pasamos juntos me hizo sentir tan a gusto como un amigo de siempre. Y todo, absolutamente todo lo que dijo tenía un fondo dulce y amoroso; 3) que si lo ve Pedro Almodóvar seguro que lo recluta para su próxima película.

Mientras tanto, Alex espera a sus clientes decidido a hacerles pasar un buen rato, a dejarlos disfrutar del color y del calor en Fuego 718, una tienda de regalos brillante como un caleidoscopio.


Ai Kawashima al sol

Dear Tabidachi No Hi Ni, de Ai Kawashima, J Pop star japonesa adorada esta temporada en Nueva York (y hoy domingo, en Buenos Aires).


Rodada Mundial Ciclista… al Desnudo

En distintas ciudades del mundo y, por primera vez en Nueva York, se realiza hoy una Rodada Mundial Ciclista al Desnudo (World Naked Bike Ride). Oleadas de ciclistas sin ropa -o con la ropa que se animen a sacarse- pedalearán por las calles en señal de protesta por cultura del automóvil, la dependencia del petróleo, la emisón de gases tóxicos.  

Esta fecha, preferida por voyeurs de todo el mundo, comenzó hace cinco años. El primer encuentro fue en Londres y se reunieron apenas 58 ciclistas en Hyde Park. Ese mismo año, la Manifestación Ciclonudista rodó en España, donde también lo hará hoy, en nueve ciudades.

El evento fue creciendo año tras año y ya se hace en cincuenta ciudades del mundo. En 2008 se congregaron, sólo en Londres, más de mil ciclistas desnudos y con alegres body paintings.

En el DF también hay paseo al desnudo, hoy a las 12 del mediodía. En este caso, la rodada se hace por segunda vez y se busca promover, además de la responsabilidad ambiental, el respeto por los ciclistas urbanos y creación de ciclovías. Lugar de encuentro: la explanada de la Puerta de los Leones del Bosque de Chapultepec, sobre Av. Reforma.

Aseguran los que lo probaron que no es para nada incómodo, dicen que hasta raspa menos que andar con ropa. Pero lo más probable es que sean fanáticos, así que si alguien tiene la piel sensible, que no se olvide un almohadón ni el bloqueador solar. Ahora sí, desnudos ante el tráfico y listos para celebrar la libertad del cuerpo, la individualidad y la cercanía del verano, ¡a rodar!


La arquitectura de la soledad

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Hablar de pintores favoritos me recuerda a cuando me preguntan ¿y cuál fue el lugar del mundo que más te gustó? y no puedo contestar porque la pregunta me parece absurda.

Eso me pasa con los lugares, pero no con los pintores, bueno, al menos no con Hopper. Puedo decir en voz alta que Edward Hopper es uno de mis pintores favoritos. En mis viajes, trato de seguirlo. Si algún museo tiene algo de él, le hago una visita. Por eso fui una mañana nublada al Whitney Museum.

La mujer que vendía el ticket de entrada al museo me advirtió que no estaban todos los cuadros de Hopper, al parecer andaban de gira europea, como una banda de rock. Igual entré y fui directo al 5° piso, donde está la obra de este americano particular.

Entonces, me senté frente a este cuadro, A woman in the sun (1961), y pasé un buen rato mirando la cama deshecha, el cigarrillo entre los dedos, la cortina que se vuela con la brisa, el reflejo que entra por la ventana, rectangular como el Central Park, el cielo y la luz que se meten en la habitación acaso para acompañar la soledad de la mujer.

Este cuadro pertenece a la etapa más conocida del artista, pero en el Whitney conocí la primera época de Hopper, cuando viajó a París, y pintaba casas y puentes y personajes en bares y complejos dibujos de los años 30 inspirados en conceptos arquitectónicos, dotados de un minucioso detalle comparado con la síntesis posterior. Era otro Hopper, seguramente estaba construyendo su camino hacia lo que vino después: pinturas sintéticas, donde el surrealismo se imprime en la experiencia cotidiana, en la realidad de de un bar solitario o un cuarto con las ventanas abiertas se puede ver el drama americano.

Lo mejor del Whitney es que muestra el camino recorrido por Edward Hopper, el tránsito desde la primera arquitectura, la construcción concreta con vigas y estructura y niveles, hacia la arquitectura de la soledad y los mundos construidos con angustia, luz, incomunicación. Como dice el padre de un amigo, Estados Unidos es el país mejor comunicado del mundo, pero nadie tiene a quien llamar.


Mejor en subway

El metro de Nueva York se inauguró en 1904. En aquella época, el viaje costaba cinco centavos. Hoy sale dos dólares. Por eso, lo mejor es comprar una tarjeta que sirve para el subway y para la red de buses. La Metrocard por una semana, cuesta 25 dólares y por dos, 48.

 

El subway tiene 26 líneas, 468 estaciones y es usado por más de cinco millones de pasajeros por día. Es la mejor forma de manejarse en la Gran Manzana. Los trenes pasan muy seguido y el servicio funciona las 24 horas. Por la noche, tarde, hay menos gente, los trenes tardan más en venir y aunque quizás parece, no es peligroso.

 

Es imprescindible conseguir un buen mapa y estudiarlo para no perder más tiempo del necesario (en Nueva York siempre falta tiempo) en trenes que no se detienen en la estación que buscamos porque son expresos, como el 4 y 5 de la línea verde, o porque se bifurcan, como la línea roja cuando llega a Haarlem.

 

Lo bueno de perderse es que siempre (o casi) hay alguien dispuesto ayudar al desorientado y eso lleva, seguro, a una conversación. Como la que tuve con José, un puertorriqueño que vive en Nueva York hace 40 años y, como me dijo, conoce estos pasillos más que el living de su casa. José se bajó del tren y subió tres escaleras, que después tendría que bajar, sólo para indicarme cuál era el tren y el lado correcto del andén.

 

También en el subway conocí a “cara de aguacate”, otra puertorriqueña que tenía el cuerpo con forma de huevo y la cara pintada con el cuidado de una actriz. Cejas depiladas perfectas, pestañas enruladas y tiesas de rimmel, labios rosa nacarado. El pelo corto y con parafina, como los surfers. Cara de aguacate era vigilante del metro, llevaba un uniforme azul y aparatoso, parecido al que usan los policías. A los que veía con el mapa en la mano les preguntaba adónde iban y de dónde eran. Así, nos pusimos a hablar y me contó que fue conductora del tren durante veinte años. Ahora lo dejó por problemas respiratorios, me dijo que tenía el pecho lleno de partículas metálicas microscópicas. Sigue abajo, respirando luz de tubo y sin ver el sol. Pero ya no conduce ni anda por los túneles oscuros.

 

Me contó que era puertorriqueña y que no tenía problemas en decirlo. “No soy como esos compatriotas que se hacen los gringos y esconden su nacionalidad. “Además, ¿cómo tu crees que podría yo hacer eso con esta cara de aguacate que tengo?“, me dijo y nos reímos las dos ¡porque era cierto! En el próximo cuadro ya estoy adentro del tren y nos saludamos por la ventanilla, todavía riéndonos, hasta que se mete en un túnel.  


Las tres Nueva Yorks de E.B. White

here-is-new-yorkEn el caluroso verano de 1940, E.B. White escribió un ensayo íntimo y afectuoso sobre su ciudad, Nueva York. El libro, elegido por el New York Times como uno de los diez mejores que se hayan escrito sobre la ciudad en todos los tiempos, se llama “Aquí está Nueva York.

Si bien incluye la paranoia ni el turismo masivo de esta época, las reflexiones de White, perceptivas, nostálgicas, divertidas, todavía están vigentes y basta empezar a leerlo para sentirse de paseo por las calles de Manhattan. 

“Existen vagamente tres Nueva Yorks. Está, primero, la Nueva York del hombre o la mujer que ha nacido aquí, que toma la ciudad tal como es y acepta su tamaño y su trubulencia como natural e inevitable. Segundo, está la Nueva York de los commuters -la ciudad que cada día es devorada por langostas cada día y escupida cada noche. Tercero, está la Nueva York de la persona que nació en otro lado y vino a Nueva York en busca de algo. De estas tres ciudades vibrantes, la más grandiosa es la tercera -la ciudad del destino final, la ciudad que es una meta. Es esta tercera ciudad la que cuenta para la disposición temperamental de Nueva York, su conducta poética, su dedicación a las artes,  y sus logros incomparables. Los commuters le dan a la ciudad su inquietud inagotable; los nativos le aportan solidez y continuidad; pero los colonos le dan pasión”.

E. B. White, Here is New York, 1949

(Here is New York es también el nombre de una organización sin fines de lucro surgida después del 9/11, que exhibió y vendío imágenes del trágico atentado. Cualquier persona con fotos de ese día fue invitada a participar y las fotos se vendieron por 25 dólares en un negocio en el SoHo. La extensa galería de fotos se puede ver online.)


La espera disconforme

Ok, voy a esperar a que me ubiquen, a pesar de que el restaurante está vacío y es mediodía, y hay mesas libres adelante, en el medio y en el centro del local.

Esperaré al acomodador aunque esto no sea un cine ni un teatro.

Ok, esperaré acá parada, como esperan otras personas. No importa si estoy cansada porque ya hice fila -y esperé- en el aeropuerto y en el  MoMA y en el Met y en Starbucks y en el Empire State y en la Estatua de la Libertad.

Esperaré aunque no entienda esta espera como un gesto de delicadeza sino como un código más de control.

Ok, esperearé como si hubiera un semáforo rojo enfrente aunque no lo haya. Esperaré sólo porque me lo piden por favor (y porque no hay otro restaurante cerca). Eso sí, que quede claro que es una espera con total disconformidad.


Chinatown: pashminas, dumplings y “Lolex”

“¡Lolex, Lolex!”, les dice el chino a los que pasan a su lado. Está parado en la esquina de Baxter y Canal, la avenida principal del Chinatown de Manhattan. Después de unos segundos entiendo que los lólex son Rólex truchos que vende en una oficinita al final de un pasillo largo.

Pero pocos lo pescan. Lo que más salen son las pashminas con dibujos búlgaros (si, ¡volvieron los búlgaros!) de todos colores. También hay anteojos, joyas y mujeres en estado de desesperación porque ¡llegaron los nuevos modelos de Louis Vuitton, Prada y Gucci a veintipico de dólares!

Como todos los barrios chinos, éste también es ruidoso, suena en chino, tiene un templo, olor a ajo saltado y una excelente pescadería donde Daniel Franco, un filipino con el que conversé un rato, viene cada jueves a comprar cangrejos vivos (3 por 7 dólares), langostinos, calamares, anguilas y los mejores frutos de mar que se consiguen en la ciudad.

Los mangos, frutillas, cocos, uvas  cuestan la mitad que en Midtown y son más reales. Me refiero a que la fruta no se expone lustrada y brillante como si fuera un anillo de oro ni se vende por unidad, como en el Midtown. Aquí, la fruta parece fruta. Para ingredientes frescos, la mejor calle es Mott, una de las primeras tres que formaron el barrio chino a mediados de 1800 (las otras dos, Bayard y la cortísima, Pell).

El Chinatown de Manhattan tiene alma de pulpo: si bien las calles principales están al Sur de Canal y al este de Broadway, también hay negocios y restaurantes y supermercados en el vecino Lower East Side. Y Little Italy, que es tan pequeño que parece que pronto se lo comerán con palitos. Entre los residentes legales y los ilegales, el Chinatown conforma la comunidad más grande fuera de Asia.

Además del templo budista con su enorme Buda sentado en una flor de loto, se puede visitar la Iglesia de la Transfiguración, que es la iglesia de los inmigrantes, y donde celebran misa las colectividades irlandesa, italiana y también china (hay sermón en cantonés). El MOCA (Museo de los Chinos en América), que cuenta la historia de la inmigración china a través de videos, fotos y objetos. Actualmente está en proceso de expansión, a fin de año abrirá en 215 Centre St., casi en el SoHo.

Sobre Canal y Mulberry encontré un supermercado ideal para comprar especias, tes deliciosos, candys con paquetes súperpop. El subsuelo está repleto de cerámica china y, mejor aún, japonesa. Hay fuentes, bowls, tazas y también implementos para sushi.

Hablando de comida, en Chinatown hay más de 200 restaurantes. En muchos, se pueden pedir los famosos dumplings de cerdo o el pato laqueado. A propósito, algunos creen que aquí es donde terminan los patos del Central Park en invierno…


Excentricidades de Nueva York

El perro con botas, Bow Bridge, Central Park.


Los patos del Central Park en invierno

“Era un taxi viejísimo que olía como si alguien hubiera acabado de vomitar dentro. Siempre me toca uno de ésos cuando voy a algún lado de noche. Pero más deprimente todavía era que las calles estuvieran tan tristes y solitarias a pesar de ser sábado. Apenas se veía a nadie. De vez en cuando cruzaban un hombre y una mujer abrazados por la cintura, o una pandilla de tipos riéndose como hienas de algo que apuesto la cabeza a que no tenía la menor gracia. Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia, y hace que uno se sienta aún más triste y deprimido. En el fondo, lo que me hubiera gustado habría sido ir a casa un rato y charlar con Phoebe. Pero, en fin, como les iba diciendo, subí al taxi, y pronto el taxista empezó a darme un poco de conversación. Se llamaba Howitz y era mucho más simpático que el anterior. Por eso se me ocurrió que a lo mejor sabía lo de los patos.
-Dígame, Howitz -le dije-. ¿Pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park ?
-¿ Qué ?
-El lago, sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park. Donde están los patos. ¿ Sabe, no?
-Sí. ¿ Qué pasa con ese lago ?
-¿ Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí ? Sobre todo en primavera. ¿ Sabe usted por casualidad dónde van en invierno ?
-Adónde va , quién ?
-Los patos. ¿ Lo sabe usted, por casualidad? ¿ Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen ?
El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.
-¿ Cómo quiere que lo sepa? -me dijo-. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez ?
-Bueno, no se enoje por eso.
-¿ Quién se enoja ? Nadie se enoja.
Decidí que si iba a tomarse las cosas tan a pecho, mejor era no hablar. Pero fue él quien sacó de nuevo la conversación. Volvió otra vez la cabeza en redondo y me dijo:
-Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven. ”

El guardián en el centeno, J.D. Salinger, 1951.

 

(A propósito, quizás en la continuación no autorizada de El guardián en el centeno -que escribió John David California y se lanzará el próximo 25 de junio, 60 años después de la original- Holden Caulfield -Mr. C, en esta nueva versión- logre averiguar adónde van los patos del Central Park en invierno.)




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