Por Warschauer Strasse

Berlín tiene alrededor de 1650 puentes. Sí, más que Venecia. El Oberbaumbrücke cruza al distrito de Friedrichschain. De estilo gótico, con ladrillos y dos torres, se construyó a fines de 1800, y durante los años de muro funcionó como paso fronterizo entre dos distritos que estaban separados: Kreuzberg, en el Oeste, y Friedrichshain, en el Este. El puente presenta el nivel de los autos y, un poco más elevada, la línea de U-Bahn corta el ladrillo con el amarillo intenso de sus trenes.
Del otro lado, East Side Gallery es una galería a cielo abierto de casi un kilómetro y medio de Muro de Berlín pintado después de 1989 por 118 artistas de 21 países. En 2009, cuando se cumplieron los 20° años de la caída del muro se restauraron las obras dañadas por el tiempo.
En sus comienzos fue un barrio obrero, pero hoy Friedrischshain es otro sitio trendy de Berlín. Con cafés, restaurantes, tiendas de diseño, bares, clubes, peluquerías cool y galerías de arte. Siempre hay vernissages que llegan a la calle porque los locales son pequeños. Se puede entrar sin pedir permiso ni tener invitación. En la Boxhagener Platz, los domingos funciona un mercado de pulgas y de comida. En los alrededores, negocios de ropa vintage. El día que caminé por el barrio entré en Kankangou: en las ventanas había carteles que promocionaban todo, desde un jeans hasta una campera de plumas, a dos euros (¡6 pesos!). Me mostré sorprendida y un artista berlinés que revolvía un cajón de telas africanas, me contó que era común: “Lo hacen cada tanto, para que podamos sobrevivir al capitalismo alemán”.
En este barrio bohemio está el departamento donde vivía la señora de la película Good Bye Lenin!, esa madre a la que nadie se animaba a contarle que mientras ella estuvo en coma las cosas habían cambiado bastante en Berlín. En la zona, Kaufbar es un bar pequeño, acogedor, con música suave, tortas y tés para la tarde, y cervezas y tartas para la noche, y un detalle: todo lo que está en el lugar, desde los cuadros hasta los sillones y la vajilla, se vende. Y se compra. Por eso, el bar cambia todo el tiempo. Como Berlín.
Por Warschauer Strasse se llega a Frankfurter Tor, dos torres gemelas a manera de puerta presentan la Karl Marx Allee, el monumental boulevard stalinista por donde durante años desfilaron las marchas del Día del Trabajador. El conjunto de arquitectura socialista se construyó en los años 50, en tiempos de la RDA. Hasta 1961, la avenida se llamó Stalinallee, y luego, Karl Marx. En el número 33, el Kino International, inaugurado en 1963, vale una parada para ver la arquitectura exterior y el foyer. En frente, en el Café Moskau, fiestas para bailar. En la entrada, un gran mural de mosaicos muestra la vida cotidiana en un pueblo de la ex URSS. Al final de la avenida, otra símbolo: la torre de Alexander Platz.













Mientras escribía un artículo de Roma pensé en preguntarle al cocinero Donato De Santis qué lugar cree que ocupa la comida para los italianos.
ado y saborizado) y, por supuesto, le fettuccine o pennette alla amatriciana.


El artículo cuenta la historia, analiza la pólemica y diferencias con el cómic, habla del fenomenal crecimiento del último tiempo, y pasa revista a algunos hitos de la novela gráfica. Como
Las ediciones son cuidadas y dan ganas de tenerlas en la biblioteca. Los precios rondan entre 13 y 26 euros. Por eso y por el exceso de equipaje no se pude traer demasiado. Muchas historias cuentan con nombre propio algún pasaje, en general difícil, de la vida del autor. Como Nunca me has gustado de Chester Brown; Arrugas, de Paco Roca y El Paréntesis, de Elodie Durand. Otran narran verdaderas novelas con dibujos inolvidables. Como Rosalie Blum, de Camille Jourdy, que ganó en el Festival de Angouleme -un referente para el género- del año pasado. Tres tomos que ojalá lleguen pronto.









