Segunda mano

Una vez vi una película holandesa sobre un vestido de verano que se vuela del jardín donde se seca al sol. Así empieza la historia. Va pasando por distintos cuerpos, roperos, lavaderos, mujeres. Hay paradas llenas de gloria y perfume y otras tristes, y hasta alguna peligrosa. En el viaje, el vestido floreado acumula capas de vida.
Quizás porque se intuyen esas capas, me gustan las cosas usadas. Porque cuando encuentro algo especial en una feria, en un cachureo, en un cotolengo me parece que lo rescato. Que entre mil, es ese. La palabra rescatar tiene un sentido heroico aunque sea el rescate de una jarra de cerámica con una flor rosa que alguien que no conozco modeló, pintó y horneó. La compré en una feria improvisada de un templo de Siracusa. Había percheros con ropa, collares viejos, una mesa de noche estilo Luis XV y la jarra antigua. Tiene una rusticidad campestre, me imagino que se usó en almuerzos al sol, con mantel a cuadros en una terraza rodeada de glicinas. Es una jarra de agua, aunque también podrían haber decantado un Chianti para recordar.

Las cosas del templo de Siracusa las vendía una mujer rubia que recaudaba euros para comprarles bicicletas a unos niños pobres de Zanzíbar. Había fotos de su proyecto y de los niños. Cada visitante se llevaba los objetos que le interesaban y dejaba el dinero que quería en una lata. La jarra era de ella, la había comprado hacía años en una feria de antigüedades.
Rescatar es editar. Y para eso se necesita buen ojo y criterio. En un rescate hay solidaridad con el medio ambiente y con el pasado. Con el rescate se interrumpe la marcha hacia el olvido, las polillas y el olor a viejo. Es un volantazo en el destino de esa jarra que hoy está llena de astromelias en mi living, del otro lado del Atlántico.

Los negocios de cosas usadas se llaman de segunda mano, y también me gusta esa expresión. Creo que los de primera mano están incompletos. Les falta la segunda. Me pregunto si está bien que lo usado sea más barato, con toda la historia que lleva, ¿no debería venderse al doble?
Qué asco, me dijo una amiga, ¿te vas a poner esa camisa? ¿Y si fue de una muerta o de una asesina? Me la voy a poner, sí. Antes la lavaré con jabón suave para ropa fina, después la secaré al sol y mañana la usaré. No importa de quién fue, mi súper lavado la deja nueva. Usada nueva, lo voy a agregar a la lista de oximorons.
El rescate es un punto de partida para investigar. Cuando en la feria de garaje que está cerca de casa encuentro un plato que me gusta lo doy vuelta para ver el origen. Muchos tienen el sello Made in England, como ese de cerámica blanca gastada con finas grietas, elegante craquelé, en un costado. Lo rodea una línea de un azul sólido. Se llama bleu du roi, el nombre del color viene de la época medieval, era el azul que usaba la guardia real. El platito de la feria, una línea directa a Francia.
Entonces cuando viajo, me doy una vuelta por los charity shops, thrifts, ejércitos de salvación y op shops, como los llaman en Australia, en alusión a oportunidad. Eso son: minas de oportunidades. Cuando voy a Santiago, reservo un par de horas para revisar percheros de la calle Bandera. La última vez encontré un suéter verde de cuello bote. Un suéter que cada vez que lo veo pienso que fue hecho a mi medida. Es tan mío que resulta absurdo que alguien lo haya usado antes. Aunque sea de segunda mano.

En la película holandesa, el vestido que pasa de cuerpo en cuerpo no es portador de buena suerte porque vuela hacia un destino y necesita llegar cueste lo que cueste. En mi película, el destino es el tránsito. Y ya es mañana, así que llevo puesta la camisa que horroriza a mi amiga.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile, en noviembre 2017.


Viajar a Estados Unidos en tiempos de Trump

Estábamos a unos cientos de metros de la Casa Blanca, pero al tipo no le preocupó. Se acomodó el micrófono y aclaró su garganta probablemente porque sabía que hablaba para periodistas que propagarían el mensaje en medio mundo. Roger Dow, presidente de la Asociación de Viajes de Estados Unidos dijo con voz sólida: “La administración debe ser clara en que América está cerrada al terror, pero abierta a los negocios. Trump tiene una tendencia a hablar rápido. Pero también sabemos que es hotelero, un hombre de negocios, por eso creemos que podremos ayudarlo a entender esta situación”.

Desde que asumió Donald Trump, la industria turística de Estados Unidos está intranquila por sus dichos, amenazas (construir el muro en la frontera con México) y hechos concretos como el Travel Ban o veto migratorio a seis países islámicos: Irán, Somalia, Sudán, Siria, Yemen y Libia. Cuando lo decretó, en enero de este año, fue frenado por la Corte y aunque actualmente atraviesa instancias judiciales y todavía no es efectivo, cada día parece más cercano. El presidente lo defiende a capa y espada. “Vamos a pelearlo hasta el Tribunal Supremo. Vamos a ganar para mantener a nuestros ciudadanos seguros”, escribió en Twitter unos días atrás. Retoma el tema con frecuencia, incluso escribe TRAVEL BAN así, todo en mayúsculas, como si lo gritara.

También rige la restricción a los computadores personales (Laptop Ban), tablets y aparatos electrónicos grandes en la cabina en vuelos hacia Estados Unidos desde diez aeropuertos: El Cairo, Estambul y los principales de los Emiratos Árabes Unidos, entre otros. El propósito, según los oficiales de la seguridad estatal, es evitar el contrabando de explosivos y ya se discute la idea de expandir la medida a otros aeropuertos.

A esto se suman las trabas al turismo estadounidense en Cuba, anunciadas días atrás en un discurso de Trump en Miami y condenadas inmediatamente por la Organización Mundial del Turismo. Básicamente, los procesos de acercamiento que comenzó Obama fueron cancelados. Según los funcionarios de la Casa Blanca se hará un “mejor acuerdo” con la isla, pero antes tendrán que legalizar partidos políticos, celebrar elecciones y liberar presos políticos.

Es lógico que con este clima de limitaciones los directivos de Brand USA, la entidad que promociona el turismo hacia Estados Unidos estén inquietos.
La conferencia de Roger Dow fue en el marco del 49º IPW, el mayor encuentro turístico de Estados Unidos, con 6.400 participantes –expositores, compradores, agentes de viajes, prensa especializada– de 70 países que mantuvieron 112 mil reuniones de trabajo. El gran momento del año en la industria de los viajes. Acaso para distanciarse del presidente, los directivos del evento prefirieron un slogan inclusivo: One Big Welcome (Una gran bienvenida).
Estados Unidos recibe más de 70 millones de turistas extranjeros al año y eso representa un negocio de unos 250 billones de dólares. Si bien el número de arribos todavía no bajó, sí existe una sensación de antibienvenida. Cierta percepción negativa sobre complicaciones en el ingreso al país. Y, claro, algunas bajas claras, como el turismo mexicano, el inglés y, por supuesto, el árabe.
“Los números generales se mantienen, pero no debemos confiarnos en que esta tendencia continuará y no vale la pena poner en riesgo los 15,3 millones de puestos de trabajos que dependen del turismo. Un mensaje simple y claro de bienvenida hará mucho en ese sentido”, señaló Dow.

En 2016, la ciudad de Nueva York recibió más de 60 millones de turistas, un record sin precedentes. Sin embargo, las proyecciones indican que “la retórica de Washington” afectará al turismo. A través de su agencia de marketing, NYC & Company, la ciudad también quiso distanciarse del presidente y unos meses atrás lanzó su campaña “Welcoming the World” (Le damos la bienvenida al mundo). Desde la costa oeste, Los Ángeles se sumó con el slogan Everyone is Welcome (Todos son bienvenidos) y desde su agencia de turismo destacaron –como una virtud, celebrando la diversidad– que en la ciudad vive gente de 140 países que habla 224 idiomas.

Cuando Roger Dow se bajó del escenario, el aplauso se escuchó largo y sonoro. Los directivos del IPW fueron contundentes. Después de una semana de conferencias se sabe que ellos también van a dar pelea por un país a puertas abiertas.
Esa misma tarde salí a caminar por The Mall, el paseo tradicional de Washington donde están los maravillosos museos, el Lincoln Memorial y el Obelisco. Justó ahí crucé a un adolescente rubio que caminaba con sus padres. Iba muy orgulloso con su buzo con inscripción: Make America Great Again (Que América vuelva a ser grande), el lema de campaña de Donald Trump.
Está claro que no será fácil.


Una tarde entera

El viaje de prensa rueda como una avalancha. No se fija en el clima ni en las ganas. Rueda y propone actividades que empiezan y terminan y empiezan y terminan. Hasta que se hace de noche y al otro día vuelven a empezar y a terminar. Hay paradas para comer. Comer es muy importante porque significa tener fuerzas para seguir, y probar la comida, que es cultura. Rueda el viaje, rueda como una pelota por la barranca. Hasta que en un momento la mano me crece y se hace inmensa, una súper mano que detiene la avalancha.

Entonces, me bajo y me siento en un banco.

¿Vamos a la isla?, ¿hacemos un paseo en bici?, ¿viste que hay spa?, ¿caminamos al centro?, ¡Allá están los caballos! El día está precioso y sólo nos quedan dos tardes, hay que aprovechar.

Nada. Sigo aquí en el banco. Es mi refugio, una isla.

No se preocupen en venir a ofrecer programas-planes-eventos. Voy a colgar el cartelito de “no molestar” acá en el banco. Me hace falta una tarde, por lo menos esta tarde entera para recobrar el deseo de pasear.


El pescador solitario frente al mar congelado

Fernanda Lago es argentina y vive en Copenhague. Estudió periodismo, le encanta viajar y escribe de viajes en el suplemento Turismo del diario La Nación. Hace un tiempo estuvo en Finlandia y le llamó la atención una tradición solitaria y helada sobre la que escribe a continuación.

Camina por el mar congelado, con paso firme, y elige su lugar. Con un taladro manual hace un agujero en el hielo, se sienta en un banquito y sostiene una tanza que cae al agua. Ese hombre abrigado hasta las orejas, se queda ahí, con la mirada hacia abajo. Inmóvil como el mar helado.

Pilkkiä es una tradición finlandesa más que un deporte. Para practicarla se necesita abrigo que soporte mucho frío, paciencia en un mano a mano con la naturaleza, y algún termo con café caliente para acompañar la pesca.

En Helsinki nieva, y el viento hace que los quince grados bajo cero se sientan más frescos. Aunque esté en pleno centro de la ciudad, la temperatura vuelve la escena solitaria. A lo lejos hay dos hombres en la misma posición. Cada uno concentrado en su agujero, con los codos sobre las rodillas y abstraídos en la meditación.

Otro heraldo, que no se deja vencer por la nieve, desciende al mar por la escalera de un muelle. Da la sensación que se baja de la ciudad como si saliera de una escenografía. Camina sobre el hielo sin dudar y se ubica lejos, en su porción de mar congelado. Son las 7 am. Recién amanece.


Double check

Volví hace unos días de Hong Kong. Además del skyline, el lujo, el gusto por el dinero, el neón y el panda que vi en el parque temático Ocean Park me llamó la atención el uso desmedido del término double check.

Es cierto que después del famoso doble check de Whatsapp se emplea más seguido en general en todos lados, pero por lo menos en esta ciudad da la impresión de que tuviera más que ver con una obsesión por minimizar la posibilidad de equivocación.

Todo parece estar sujeto al double check. En la oficina de turismo, en el hotel, en el metro, en el supermercado suena la expresión double check. Volver a chequear para estar completamente seguros.
En la góndola no hay talle S pero el empleado va a double check en la computadora; el concierge va a double check si el correo abre hasta más tarde aunque se lee el horario en el folleto y el chico de del metro va a double check qué salida es mejor para llegar a ese lugar y la empleada de información turística va a double check el clima a ver si mañana conviene hacer la excursión.

La información no solo se chequea una vez, se chequea dos porque no hay tiempo para perder en errores. Porque la eficiencia es el objetivo y en el mundo eficiente, los errores son puntos en contra.
En Hong Kong los horarios de las citas se double check por mail porque la puntualidad es extrema y llegar tarde roza la ofensa.

Me pregunto qué dirían si les contara que más de una vez en el DF pregunté en la calle dónde quedaba tal o cual lugar y la gente por pena de no saber respondía que para la derecha o para la izquierda no sólo sin hacer ningún tipo de double check sino sin tener idea de la respuesta.

Y no quiero pensar la cara que pondrían si les hablara de las veces que salí de viaje sin reserva de hotel. O de la vez que llegué tarde a la estación, pero no importó porque el tren salió mucho más tarde.

En una ciudad de bancos, dinero y business, esto no se entendería. Creo que lo descartarían por increíble o inventarían el triple check.


Copenhague blanca

Estas serán las primeras fiestas que Fernanda Lago pasa en Copenhague, donde vive hace un año. En las líneas que siguen, la periodista que escribe en el suplemento Turismo del diario La Nación, cuenta de la ciudad  en tiempos de Navidad.

Según los daneses hyggelig no tiene traducción, aunque se podría describir mas o menos así: un ambiente íntimo, cálido, iluminado con velas, una comida casera y buena compañía. Jul en danés significa navidad, y hyggelig jul es el deseo que se escucha en vísperas de la nochebuena.

Las navidades en Dinamarca están fríamente calculadas. Una vez que termina Halloween, las góndolas barren con las brujas para dar lugar a los duendes y a una variedad de adornos con la cara de Papá Noel. Los mercados navideños abren -por diferentes barrios de la ciudad- a mitad de noviembre, y encienden con miles de lucecitas la noche que comienza cerca de las cuatro de la tarde. Como ferias callejeras, con puestos de madera, ofrecen desde nieve artificial para vidrios, pinos naturales -que se cultivan especialmente para esta fecha-, hasta garrapiñada u otros dulces.

Hoy llueve, igual que todos los días desde hace una semana. La gente camina sin apuro, como si no le preocupara mojarse. La ciudad está fría, pero todavía sin nieve. En el aire se siente el aroma a galletitas de jengibre, que sólo por estos días reemplazan a las famosas de manteca que vienen en lata; y la gente compra la juleøl, una cerveza de Navidad que es un poco más dulce que la rubia tradicional.

La cena del 24 sigue el ritual de cada año. Lejos del vitel toné de mi tía y la ensalada rusa de mi mamá, la familia danesa se reunirá a las 5 de la tarde. En Buenos Aires todavía será el mediodía. Para comer habrá cerdo y pato, se tomará gløgg – un vino tinto caliente mezclado con naranja, clavos de olor y canela-, y risalamande de postre, un arroz con leche algo pastoso que equivale a nuestros turrones.

La tradición dice que habrá que cantar villancicos alrededor del árbol. Después de la ronda nadie esperará a las 12 para abrir los regalos, porque seguramente a esa hora ya todos estén en la cama. Se anuncian nevadas para la madrugada del jueves. Tal vez el 25 Copenhague amanezca blanca. Prometo mandar una foto.


El Síndrome de Stendhal

Lo calculé de antemano y compré el libro en Madrid. En el viaje en bus de Siena a Florencia leo El síndrome del viajero (Gadir, Madrid, 2011), de Stendhal, el autor de Rojo y Negro, el escritor francés del siglo XIX. Es un libro finito que contiene un extracto de su obra Roma, Nápoles y Florencia, publicada originalmente en 1817.

El trayecto es por autopista, pero igual se asoma la Toscana verde por la orilla de la ruta. El día está espléndido, dentro de unas horas va a hacer calor. Debo admitir que estoy algo preocupada: tengo varias visitas para hacer en la ciudad y, como suele pasar en esta época, poco tiempo. La Santa Croce, Santa María del Fiore, el Palazzo Vecchio, L’Uffizi, El David.
Stendhal llegó a Florencia un 22 de enero de 1817, haría seguramente más frío que esta mañana de julio.

“Anteayer, descendiendo el Apenino para llegar a Florencia, mi corazón latía con fuerza. ¡Qué disparate! Por fin, en una curva de la carretera, mi mirada se hundió en la llanura, y vi de lejos, como una masa sombría, Santa María del Fiore y su famosa cúpula, obra maestra de Brunelleschi. ‘Aquí vivieron Dante, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci –me decía–, ¡he aquí esta noble ciudad, la reina de la Edad Media! Entre esos muros se reconstruyó la civilización; allí Lorenzo de Médicis llevó tan bien el papel de rey, y mantuvo una corte en la que por primera vez desde Augusto, no primaba el mérito militar’. En fin, los recuerdos se me agolpaban en el corazón, me hallaba incapaz de razonar, y me entregaba a la locura como se entrega uno a la mujer que ama”.
El autor la conocía por fotos, así que caminó sin guía, en dos ocasiones preguntó la dirección a transeúntes y por fin llegó a la Santa Croce y vio las tumbas de Maquiavelo, Miguel Ángel y Galileo. Aprovechó el momento para recordar a otros toscanos célebres: Dante, Boccaccio, Petrarca. Stendhal estaba tan emocionado que dice que hubiera abrazado de buen grado al primer habitante de Florencia que se encontrara. Sus oraciones contienen signos de exclamación y palabras como: intensidad, alma, perfecto, necesidad, corazón, felicidad, emoción, éxtasis.

Continúa en un párrafo famoso:

“[…]Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir. Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme.”

La reacción corporal ante la belleza del arte que sintió Stendhal fue descrita mucho tiempo después, en los años setenta, por la psiquiatra italiana Graziella Margherini como el Síndrome Stendhal o Síndrome del Viajero, una especie de enfermedad turística ante la grandeza del arte. La psiquiatra trabajó sobre más de cien casos de visitantes a Florencia que habían sufrido un estrés similar.
Confieso con vergüenza que en mi experiencia florentina, casi doscientos años después, siento nervios y miedo de caerme aunque por otras razones. La masa turística es lo primero que se ve al bajar del ómnibus; lo segundo, las tiendas de lujo. No hay necesidad de preguntar el camino porque la masa te arrastra hacia donde todos van que es donde uno quiere ir. Después de tomar un café en Gilli (¡ existe desde 1733!) llego al Duomo. Con el sombrero de una coreana a un centímetro de mi ojo y las bromas de un grupo de mexicanos cerca de el oído admiro la arquitectura renacentista, la cúpula de Brunelleschi. Me rodean pantallas de celulares en modo red social. Contactos que en este momento ven lo mismo que tengo enfrente. El arte se comparte. El lugar es un griterío, y si esto pasara después el último Oscar, al tupido panorama habría que agregarle las selfies.

Posiblemente en la época de Stendhal también habría distracciones, pero en la actualidad la contemplación de la belleza parece fragmentada como nunca. También, ruidosa y, por eso, fatigada.
Mis visitas programadas se devaluaron casi tanto como la moneda de mi país. Para alcanzar a ver El David hago dos horas y media de fila. Dos horas y media, más que un partido de fútbol. Conozco a una pareja de Australia y le pido a unos españoles que me cuiden el lugar para comprar un sándwich. Entro en La Academia de mal humor, pero cuando estoy frente la presencia desmesurada de ese hombre de mármol me quedo callada. Busco un asiento cerca y lo miro. El hombre que venció a Goliat, que encarna la fuerza y la calma. El hombre de cinco metros de altura. El hombre de mármol y de muslos suaves.

Los asientos que lo rodean están ocupados. Vuelvo a esperar hasta que consigo sentarme. Hay un sonido bajo, cercano al silencio. Se percibe una situación parecida a la de una iglesia, pero el hombre que tenemos enfrente no resucitó y está desnudo.
No se puede sacar fotos, recuerda un empleado de seguridad.

En este tiempo la contemplación está intervenida por una multitud de turistas en desplazamiento, la publicidad y la necesidad de mostrar el viaje inmediatamente. A veces tan fuerte que da la impresión de que se viaja para subirlo al Facebook. Pero hay un momento en que si uno es sensible a la belleza y está dispuesto, todavía es posible experimentar esa conexión artística de la que habla Stendhal. Ahí, sí, cuidado. Mejor tener la tarjeta del seguro médico a mano.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile.


El pez que sonreía

¡Jimmy Liao animado!


El Amazonas verde – brócoli

Un amigo compartió en Facebook una nota sobre Herzog con datos para ver online varias de sus películas. Es un director que me gusta mucho, así que leí los nombres de las películas y me detuve en un documental que vi hace un tiempo: Alas de Esperanza (1998).

Hice clic en el enlace y unos segundos más tarde estaba en el Amazonas, con Werner Herzog y Juliane Koepcke, la única sobreviviente de un accidente aéreo en el que murieron 92 personas ocurrido el 24 de diciembre de 1971.

Víspera de Navidad y el aeropuerto de Lima era un loquero. Muchísimas personas querían viajar en el vuelo 508 de Lansa Líneas Aéreas. En esa época, Herzog filmaba Aguirre, la ira de dios y estuvo por abordar ese avión. Finalmente, él no viajó, pero Juliane sí. El destino era Pucallpa donde la joven de diecisiete años pasaría las fiestas con el padre, que trabajaba como biólogo en medio de la selva. Juliane viajaba con su madre, que murió al lado de ella.

En el documental, Herzog revive ese día fatal con Juliane que no había vuelto a esa selva. Se sientan en la misma fila, la número 19, y ahí ella relata los últimos minutos hasta que el avión cayó a pique y ella perdió el conocimiento. Lo cuenta con claridad y contenida por su marido que está a su lado y le toma la mano. En un momento dice que la última imagen que vio fue la selva que estaba abajo de ella, “verde profundo, como una créma de brócoli”. Me pareció buenísima la imagen y cómo tuvo tiempo mental para la poesía cuando estaba pasando por el mismo cielo que le había robado a su madre.

Esta vez, el avión de Aeroperú aterrizó sin contratiempos. Juliane, que es zoóloga especializada en murciélagos, Herzog y su equipo ingresaron en el Amazonas con machetes para buscar el avión que nunca se había encontrado. Entre mosquitos, vívoras y calor encontraron partes del avión, ropa, bandejas, el taco de un zapato, monedas que ya no circulan. Y una historia de supervivencia alucinante, de una adolescente perdida en la selva durante nueve días.

Dan ganas de verla, ¿no? En el link está en inglés, pero seguro que se consigue subtitulada.


El caso de las sandalias azules

¿Y? ¿Cómo les fue en viaje? ¿Se cansaron los chicos? ¿Pararon a comer? Eso pregunté cuando supe que mi hermano había llegado a destino (la casa de mi hermana). Todo tranquilo, respondió. Habían salido temprano, según lo planeado. Pararon una vez para que los chicos fueran al baño y otra para hacer un picnic en una casa abandonada que encontraron al costado de la ruta, rodeada de pasto y un bosquecito de eucaliptus y pinos perfecto para guarecerse del mediodía caluroso.

Ahí comieron los sándwiches, el huevo duro y el tomate con sal. Los chicos corrieron hasta que tocó volver al auto y seguir el viaje. Unas tres horas más tarde llegaron. Recién ahí se dieron cuenta de que Felipe se había olvidado las sandalias en el lugar del picnic. Se metió descalzo en el auto y nadie lo vio. Eran unas crocs azules nuevas que yo le había traído de un viaje. De esta historia hace algunos años y acá no se conseguían esas sandalias.

Perder algo en un viaje, suele pasar, da un poco de malhumor pero no es grave. Se terminó el tema. Pronto Felipe tendría otras sandalias.

Sin embargo.

Días después fue mi turno de visitar a mi hermana. Antes de partir, pensé en las crocs azules y se me ocurrió una idea. Llamé a mi hermano y le pedí que describiera el lugar donde Felipe se las había olvidado. No sé, dijo, era una casa abandonada al costado de la ruta, ¿qué más te puedo decir?

Las preguntas activaron la memoria y de repente, el lugar se veía más claro. A ver, dejame pensar… Hicimos el picnic después de pasar Bolivar y Pirovano y antes de llegar a Daireaux, sí, sí, entre las dos ciudades. Y bueno, el lugar estaba a mano derecha, en el bosque a unos veinte metros de la ruta. De la casa quedaba solo la estructura de cemento medio roto, con algún graffiti político. Por las ventanas sin vidrios se veía el campo extenso y plano de la provincia de Buenos Aires. El pasto estaba largo, dijo, nos llegaba a las rodillas. Yo creo que las sandalias tendrían que estar ahí nomás porque no anduvo descalzo, seguro que se las sacó antes de subir. A los chicos les encantó el lugar porque corrían y se escondían. ¿Vos pensás que en diez días nadie más pasó por ahí?, me dijo y después se rió. Pero, alguna esperanza tendría porque recordó varios detalles vitales para la reconstrucción del caso.

Llegó el día del viaje. Estaba despejado y corría una brisa. Salimos temprano, manejaba mi novio. Después de pasar Pirovano torcí la vista hacia la derecha. Campos de girasoles, cada tanto un monte y no mucho más porque en esa ruta los pueblos y las ciudades estaban sobre la mano izquierda. En un momento la vi y supe que era esa casa y ninguna otra. Nos detuvimos y cuando se pudo cruzamos la ruta y seguimos una huella hacia la casa embrujada, digo abandonada. El pasto estaba muy alto porque había llovido en la semana. Lo que sigue fue extraño, parecía que alguien me guiaba desde algún lado. Me bajé del auto, caminé como si supiera y ahí las vi, acurrucadas entre los pastos. Las guardé en el auto y seguimos viaje: la parada no duró más de cinco minutos.

Cuando volví a ver a Felipe le di las sandalias, que esta vez venían con una historia.




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