De José Watanabe

 

El guardián del hielo

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.

Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

 

Del libro Cosas del cuerpo, del gran poeta peruano José Watanabe.

(La foto la saqué en Lago Posadas, Santa Cruz. Esa luz, el reflejo, ese momento duraron más o menos lo mismo que el hielo cuando se derrite)


En las reservas de África, mejor desde el auto

Un link de Twitter me llevó a la noticia de una turista gravemente herida en una reserva de Sudáfrica por bajarse del auto en un safari. Quería una foto con los rinocerontes y al parecer el dueño de la reserva la incentivó a acercarse. Cuento corto: está en el hospital con una cornada en la espalda.

Enseguida recordé una anécdota de hace unos años en el Parque Nacional Hwange, en Zimbawe. Algunas reservas son tan grandes que uno se puede pasar varios días recorriéndolas. Esa vez, viajábamos con R en un auto alquilado. Ya habíamos dormido en dos refugios, si mal no recuerdo ese era el último día. Habíamos visto una manada de elefantes tan unida que parecía una sola piedra gris, jirafas que se abrían de patas como bailarinas para tomar agua, hienas comiendo carroña, una leona con su cría al atardecer, cebras y cientos de impalas. Él manejaba y yo tenía en la mano una guía con fotos de los animales que podían aparecer y sus características principales. Habíamos salido temprano, no eran más de las 7. Todo indicaba que sería un buen día. Hasta el charco.

Cuando nos encajamos el agua llegaba a la mitad de la rueda. Cruzamos en segunda con ganas, pero el barro no quiso. El auto no se movía. Nosotros tampoco. ¿Qué hacemos? No había celulares. Y no en los parques no está permitido bajarse del auto por el riesgo de los animales salvajes sueltos. ¿Cómo avisamos? ¿Patrullarán el parque? ¿Cuándo? ¿Una vez por día? Ni siquiera estábamos en la ruta principal sino en un desvío donde había más posibilidades de ver animales. ¿Teníamos comida? Un paquete de galletitas y unas bananas.

Esperamos.

Al principio hablamos, recordamos que la noche anterior había llovido, pensamos que en la entrada deberían habernos avisado, puteamos. Casi peleamos.

Después esperamos sin hablar.

Pasó una hora y otra más. En un momento, de repente, como esas lluvias de verano que se forman de un minuto a otro, nos cansamos de esperar. Decidimos caminar hasta el circuito principal y pedir auxilio al primer auto que pasara.

Juntamos lo que consideramos “lo más importante” (pasaporte, plata, cámaras, galletitas), lo metimos en una mochila, nos miramos asustados y bajamos del auto. Después del golpe de las puertas todos los sonidos se volvieron sospechosos. Incluso el silencio daba desconfianza.

Dimos un paso y otro y uno más. Estábamos a unos 50 metros del auto cuando escucho que se quiebra una ramita. Un sonido seco que se detuvo ni bien nos dimos vuelta. Un búfalo, un guepardo agazapado, un león, una jauría de perros salvajes, todos los animales posibles pasaron por mi cabeza y se unieron en uno inmenso y despiadado, que rugía y barritaba y graznaba.

Un segundo más tarde corríamos al auto. El pique de mi vida, los 50 metros más veloces.

Ya en el auto, volvimos a respirar y nos reímos. Por la ventana no se veía ningún animal salvaje, ni siquiera aves. Pero sentíamos que habíamos sobrevivido y no nos moveríamos del Mazda hasta que nos rescataran.

En algún momento, no mucho tiempo después, un safari de lujo tomó ese desvío y nos vio. Manejaba un negro tan elegante que parecia más un actor que un conductor. Se bajó, miró, por supuesto que no tocó nada ni atinó a empujar. Por su handy avisó a los guardaparques y al rato vino un tractor que nos sacó y nos cobró unos 40 dólares la gauchada (con factura).

- ¿Hubiera sido muy peligroso si nos bajábamos del auto? -le pregunté esa tarde a un guardaparques.

- Igual que la ruleta rusa.


Aquí y ahora

Un par de meses atrás fui a Rosario con una amiga. Salimos un domingo temprano, la ruta estaba despejada. Enseguida dejamos atrás Buenos Aires y se abrió el horizonte amplio del campo. En el auto sonaba el CD Brasilerinho de Maria Bethânia, mientras nos actualizábamos sobre los últimos acontecimientos de nuestras vidas: trabajo, alegrías, proyectos, penas, novios.

¿Hace mucho que no vas? Rosario está tan linda, me habían dicho antes de partir.
Llegamos en poco más de tres horas, comimos algo y directo al Macro, el Museo de Arte Contemporáneo emplazado en un antiguo silo reciclado y pintado de rojo, violeta, amarillo. Había gente tomando sol en el parque con el césped verde brillante, impecable como un parque inglés.

Saqué una foto y tuve el impulso de tuitearla y de contar que en Buenos Aires eso no se ve. Por lo menos no tan verde y sin rejas que lo protejan de los perros y el fútbol. Pero mi amiga me contaba una historia de enredos amorosos y me pareció descortés empezar a escribir en el teléfono. Me aguanté. Al rato la llamó su madre y ahí ¡zas! aproveché para mandar un tuit y enseguida otro. No sin cierta vergüenza. Como cuando de chica me robaba un pan de la cocina, antes de la cena.

Ni bien empecé a tuitear fotos y comentarios del viaje vinieron respuestas de seguidores interesados en el recorrido. Muchos preguntaban, algunos retuiteaban o faveaban (clasificar un tuit como favorito). Otros no decían ni mu pero estaban presentes desde el silencio. Uno hasta me dio las gracias porque sentía que viajaba a través de mis despachos de 140 caracteres. Yo sonreía, a veces por lo que mi amiga contaba… y otras, ejem, por los comentarios que leía en el smartphone.

Por momentos tenía la impresión de ser la guía de una banda de turistas. No podía dejar de mostrarles a mis contactos el Palacio Minetti, la cúpula de la Bolsa de Comercio, las casonas del Boulevard Oroño. En estos teléfonos todo está diseñado para tardar apenas unos segundos en sacar y mandar una foto. Elogio de la inmediatez. Les recomendé que si venían a Rosario subieran por el ascensor del Monumento a la Bandera y no se perdieran el dulce de leche granizado de la heladería Esther. Eso sí, cuando me daba vuelta no había ninguna banda de nada, solamente mi amiga que si me pescaba tuiteando me miraba medio preocupada, medio ofuscada. ¿Por qué lo haces? ¿Te gusta que la gente sepa dónde estás? ¿Es para mostrar que viajas?, preguntó mientras caminábamos por la Costanera.

Me acordé de cuando leí a Paul Virilio. El filósofo y urbanista francés que habla de velocidad de la tecnología, las autopistas de la información, la intimidad como espectáculo, el cibermundo y la perturbación en la relación con el otro. Lo mío ni siquiera era travel streaming (relatar viajes en tiempo real), apenas unos cuantos tuits bastaban para alejarme de la vivencia.

El mediodía siguiente nos encontró almorzando en uno de los bolichitos que miran al Paraná. La boga que nos trajeron era tan grande que alcanzó para las dos. Dorada, carnosa y a un precio lógico. Esto tengo que mostrarlo, pensé mientras sacaba una foto. Diez minutos más tarde estaba encerrada en el baño del restaurante con la vista fija en la pantalla del teléfono, tuiteando la boga.

La experiencia directa había perdido terreno en mi viaje. Lo real –el río, mi amiga, la charla, el museo– compartía plano con Twitter. Como cuando en la tele dividen la pantalla y se pueden ver dos escenas simultáneas. Sin ser del todo consciente, me había convertido en un canal de transmisión y eso era tan importante como el aquí y ahora. ¿El viaje como una aplicación más de una Red Social?

El resto del tiempo que pasé en la ciudad de Fito Páez y Fontanarrosa mandé tuits a escondidas. Hablaba con mi amiga y cuando encontraba un hueco les escribía a mis contactos. Pretendía estar en dos lugares al mismo tiempo. Le pregunté a un follower rosarino en qué bodegón se comía bien y me enteré de un cine arte que esa semana pasaba películas de Hitchcock. También supe que Raymond Carver estuvo en Rosario en 1984 y dio una conferencia en el Jockey Club que, según dicen, fue aburridísima. Aunque de eso no me enteré por Twitter.
En este punto tengo la impresión de que además de evocar una escapada a Rosario o preguntarme sobre los beneficios y límites de una Red Social, esta columna tiene el móvil íntimo de sumar uno que otro seguidor a mi cuenta @carolreymundez

(Prometo tuitear en viaje, aún desde la contradicción).


Caral, ciudad sagrada

Pasó el mediodía hace un rato, pero el calor todavía es intenso. Tendríamos que haber traído un paraguas a manera de sombrilla, como hizo Mario Vargas Llosa cuando recorrió por primera vez las ruinas, después de haber ganado el Nóbel.

Unos 180 kilómetros al norte de Lima, Caral es la ciudad sagrada más antigua de América, Patrimonio de la Humanidad desde 2009.

Por un camino de tierra seca, casi blanca, casi polvo, avanzo hacia las ruinas de la ciudad edificada por los caralinos, 4400 años antes de que existieran los incas. Caral ocupa un área de 66 hectáreas en el Valle del Supe. En esta zona hay otros asentamientos, algunos explorados, como el Áspero y Vichama, y otros por explorar.

Si bien Caral fue nombrada por arqueólogos como Paul Kosok y Carlos Williams mucho tiempo antes, sólo en 1997 la arqueóloga peruana Ruth Shady Solís, que estudia esta zona hace casi veinte años, probó la antigüedad de Caral, comparable a la de las primeras civilizaciones del mundo: Egipto, China, India y Mesopotamia. En ese momento, la cultura Chavín, de los Andes centrales, dejó de ser considerada la más antigua de Perú.
En las ruinas de Caral, como en muchas, es necesario aplicar la imaginación para lograr ver lo que ya no está: una ciudad organizada, con pirámides altas, rituales sagrados y más de tres mil habitantes en acción.

Igor Vela, arqueólogo que trabaja en Caral, me cuenta las herramientas que usan acá: pinceles, badilejo, brochas, carretillas, cucharas, cucharillas, latas. “Lo primero que hacemos es imaginarnos una cebolla”, dice. A través de las mediciones y posteriores excavaciones desvelan las capas que les permiten comprender la distribución espacial de la arquitectura, documentarla y recuperar material, como cuencos de mate, figurines de arcilla sin cocer, instrumentos musicales, restos alimenticios, como hojas de achira, vértebras de anchoveta (pez de la familia de la anchoa), choros y machas; y también restos óseos. Nada de cerámica, esta civilización vivió durante el período precerámico.

Se cree que Caral fue una ciudad-estado, con un sistema social organizado y jerarquizado, y una compleja administración. Los caralinos no fueron guerreros, sí observadores del cielo y los astros, conocedores de arquitectura, ingeniera y música. La mujer ocupaba un rol destacado en la vida social.

Después del Templo del Anfiteatro, donde se encontraron 32 flautas traversas talladas con huesos de pelícano; siguen varios edificios, altares, conjuntos habitacionales, grandes plazas y el sitio de los fogones para uso ceremonial. Allí quemaban achupalla (cardo), textiles y moluscos que traían del Pacífico a la vuelta de las ferias de intercambio. Se cree que Caral era el centro de una red de intercambio que incluía costa, Andes y selva. En sus tierras, regadas por el río Supe, cultivaron algodón, frijoles, zapallo y camote.

A lo largo de los siglos, hubo varios sismos, vientos muy fuertes y huaycos (aluviones) que afectaron el lugar. Sin embargo, los restos de la ciudad siguen en pie. En el recorrido se ven siete pirámides, una de las cuales tiene casi 30 metros de altura. Para la construcción se utilizaban piedras de canteras cercanas unidas con barro.

Antes de irme de Caral conocí a Aldemar Crispín, el arqueólogo jefe. Estaba emocionado, inquieto, sudado. Después de unos minutos, cuando se relajó, habló. Acababa de desenterrar 93 cuentas de concha Spondylus, una ostra marina de color coral. Las encontró adentro de un mate. Las excavaciones en Caral comenzaron en 1996 y continúan hasta hoy, un día de suerte para Aldemar. En realidad, el hallazgo comenzó la semana pasada pero hoy terminó de retirar la “arquitectura” que había arriba, lo limpió “todititito” y pudo ver y tocar las cuentas. Lo vi alejarse a su residencia. Estaba iluminado por la luz ámbar de la tarde y seguramente también por la satisfacción interior.


Chiclayo, amistad y cabras

Chiclayo, en el norte de Perú, se proclama como La Ciudad de la Amistad. Doy fe del carácter fraterno de sus habitantes, pero me imagino que las cabras que viajan en ese mototaxi no estarán de acuerdo.


En el camino

Querido Marlon:

Estoy rezando por que compres On The Road y hagas una película con el libro. No te preocupes por la estructura, sé cómo reordenar y comprimir la trama un poco para darle una estructura cinematográfica perfectamente aceptable: convertirla en un viaje largo, con todo incluido; en vez de los cortos viajes costa a costa del libro, un recorrido circular de Nueva York a Denver, de Frisco a México, de New Orleáns a Nueva York otra vez. Visualizo las hermosas tomas que podrían hacerse con la cámara en el asiento de adelante del auto, mostrando la ruta (noche y día) que se desenreda frente al parabrisas, mientras Dean y Sal parlotean. Quiero que hagas el papel de Dean porque, como sabés, no es un pistero tonto sino un irlandés muy inteligente (de hecho, jesuita). Vos serás Dean y yo seré Sal (Warner Bros. mencionó que yo podría ser Sal), y yo te mostraré cómo actúa Dean en la vida real, no podrías imaginártelo sin una imitación. De hecho, podemos ir a visitarlo a Frisco o pedirle que nos venga a ver a Los Angeles, todavía es un tipo frenético pero está más asentado con su última esposa y los chicos, rezando antes de ir a la cama…, como verás cuando leas Beat Generation.

Lo único que quiero con todo esto es juntar un dinero para mantenernos a mí y a mi madre para toda la vida, y así poder irme de viaje alrededor del mundo y escribir sobre Japón, India, Francia, etcétera… Quiero ser libre para escribir lo que se me venga a la cabeza, libre para alimentar a mis amigos cuando tengan hambre y no quiero tener que preocuparme por mi madre.

Incidentalmente mi nueva novela es Los subterráneos, sale en Nueva York en marzo y es una historia de amor entre un chico blanco y una chica de color. A algunos de los personajes que aparecen los conocés del Village (Stanley Gould, etc.). Se podría transformar con facilidad en una obra de teatro, mucho más que En el camino.

Lo que quiero es rehacer el teatro y el cine en Estados Unidos, darle un golpe de espontaneidad, remover los preconceptos de “situación” y dejar que la gente se explaye y divague, como lo hace en la vida real. Así es la obra: no tiene una trama particular, no tiene un significado en particular, sencillamente es como es la gente. Todo lo que escribo lo hago bajo el espíritu de imaginarme como un ángel que retornó a la Tierra y la mira como es, con ojos tristes. Sé que aprobás estas ideas e incidentalmente el nuevo show de Frank Sinatra está basado en la “espontaneidad”, que es la única manera de ser, sea en el show business o en la vida. Las películas francesas de los años ’30 todavía son superiores a las nuestras porque los franceses dejan que los actores sean libres y los guionistas no eran quisquillosos con una noción preconcebida de cuán inteligente es el público, hablaban de alma a alma y todo el mundo entendía todo de inmediato. Quiero hacer grandes películas francesas en Estados Unidos, finalmente, cuando sea rico. El cine y el teatro norteamericanos son dinosaurios que no mutaron con lo mejor de la literatura de Estados Unidos.

Si querés ponerte al frente de esto, podemos arreglar para encontrarnos en Nueva York cuando vayas para allá, o si vas a Florida allí estaré. Pero lo que tenemos que hacer es reunirnos para hablar sobre esto, porque anticipo que será el comienzo de algo realmente grandioso. Estoy aburrido por estos días y busco algo que hacer con este vacío –escribir novelas se volvió muy fácil, lo mismo las obras de teatro, las escribo en 24 horas–.

Vamos Marlon, ¡ponete los pantalones y escribime!

Hasta pronto

Jack Kerouac

Esta carta  de 1957 que Jack Kerouak le envió a Marlon Brando pidiéndole que comprara los derechos de En el camino fue hallada por un especialista en memorabilia en 2005 y se vendió en Christie’s hace unas semanas. Brando, finalmente, declinó la oferta. Después de muchos años de intentos fallidos (el caso más notorio fue el de Coppola), la semana pasada finalmente se estrenó en Cannes la primera versión cinematográfica (con Coppola como productor) de la novela beat fundacional, dirigida por el brasileño Walter Salles (quien ya había filmado otro viaje rutero: el del Che Guevara en Diarios de motocicleta) y con Garret Hedlund, Sam Riley, Kirsten Stewart y Viggo Mortensen. A fin de año se estrenará en Argentina.

(Este artículo se publicó el domingo 27 de mayo en Radar)


Vermeer en el Rijksmuseum

Vermeer

Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.

Wislawa Szymborska


El caballero que cayó al mar

“Era imposible ponerlo en palabras, pero tenía cierto respeto por el mar; ante él se sacaba la gorra. El mar era una persona extraña con toda clase de ideas extrañas, peor incluso que él mismo cuando se emborrachaba. Los navegantes navegan por el mar y el mar dice está bien, pero no se propasen. Con calma; ustedes por su lado y yo por el mío. Una vez, Bjorgstrom había trabajado en un barco de pasajeros estadounidense que hacía el trayecto entre Nueva York y La Habana. Pero renunció después del primer viaje, aunque realmente necesitaba el empleo. Aquella gente frívola con sus cócteles y sus bailes a la luz de la luna no tenía ningún respeto por el mar. Creían que Dios había hecho el mar para entretenerlos, mientras que todo marienero sensato sabía que Dios lo había hecho para transportar discretamente mercancía de un continente a otro. Como resultado, el mar se irritaba y de vez en cuando les recordaba su arrogancia, quemándolos en un incendio a bordo, congelándolos en el paso del Noroeste o reventándoles los sesos contra olas de un kilómetro de alto. Y era gracioso lo fácil que le resultaba al mar ponerlos en su lugar, más fácil que para un elefante pisar una hormiga. Por eso, pensó difusamente Bjorgstrom, los marineros no se bañaban más de lo necesario. Todos esos ignorantes que no entendían el mar creían que los marineros eran sucios por naturaleza; era solo que no querían ponerse demasiado mar encima. Ya lo tenían suficientemente encima sin bañarse; la bruma siempre les soplaba en la cara y en climas tormentosos las olas se encaramaban sobre la cubierta. El mar estaba todo a su alrededor excepto arriba, y Dios era igualmente errático; como en el caso del mar, nunca se sabía qué iría a hacer. ”

 

El caballero que cayó al mar, H.C. Lewis, La Bestia Equilátera.


Parada chancha en Karnataka

Encontré esta foto y la sujeté con un imán a la heladera. Hace días que la veo y hoy la voy a contar.

El primer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el calor. Con ráfagas de aire húmedo, como salido del sauna. Y las nubes espesas de una tormenta que nunca llegó.

Karnataka es un estado del sur de la India. Limita al oeste con Goa, el estado más pequeño del país, donde está la famosa playa de las fiestas electrónicas. Cuando estuve por ahí vi más europeos que indios. La capital de Karnataka es Bangalore, el lugar donde se fabrica el software, el Silicon Valley indio.

Las mujeres de Karnataka son preciosas. Usan saris de colores fuertes y telas brillantes, aros largos en la orejas, en la nariz y tantas pulseras que sus brazos parecen sonajeros. En la playa se paraban frente a mi estera para mostrarme artesanías. Cuando abría los ojos por el sonido de sus joyas no veía a una mujer, sino un caleidoscopio.

Habíamos tomado el micro temprano, cruzaríamos el estado de Karanataka para conocer las ruinas de Hampi, que son Patrimonio de la Humanidad. El micro estaba lleno y avanzaba confiado por una ruta de media mano y a medio asfaltar.

Después de un par de horas de viaje,de repente, se detuvo. No fue porque había una parada ni porque alguien pidiera bajar. Se detuvo en el desierto, a la hora de la siesta. Optimistas, pensamos que sería una pinchadura, que pronto estaríamos nuevamente en camino.

Pasó una hora. Y otra. Los indios salieron del coche y se acluclillaron. Ellos esperan desde el llano, en cuclillas. Es común verlos agachados en las veredas, a los lados de las rutas, conversando en el piso de una estación. No se quejan, no arman escándalos, no preguntan qué va a pasar, si viene otro micro, cuánto falta.

Aceptan. Y esperan sin esperar.

El segundo recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el olor. Olor a mierda.

Pasaron tres horas. Me acuclillé hasta acalambrarme, me levanté, pregunté todo lo que pude, me quejé, como en una clase práctica de Occidental para dummies. En un momento tuve ganas de ir al baño. Un pasajero señaló una casa abandonada a unos cincuenta metros de la ruta. Me acerqué pisando pasto seco mientras pensaba que en ese clima habría escorpiones y arañas.

(A partir de acá el relato es escatológico. Lectores impresionables, mejor cambiar de post.)

La construcción era un baño abandonado y, sepan disculpar, cagado. La expresión más exacta sería un baño hecho mierda. Las letrinas rebalsaban de excrementos, igual que el piso. Todavía no entiendo por qué no salí corriendo y busqué una plantita en ese momento. Pero no lo hice. Muy al contrario, entré en uno de los dos cubículos y entorné la puerta. Ahí estaba, haciendo equilibrio y a punto del desmayo por sobredosis de mal olor cuando escuché el ruido de la puerta de afuera.

Dije lo primero que me salió: “¿Hay alguien ahí?”  Nadie respondió. Después: “Está ocupado”. Y también: “¿Quién es?” Cada vez, sin respuesta. Volví a escuchar otro ruido, más cerca, casi en la puerta de mi cubículo. Entonces, con los pantalones a medio subir y cara de pocos amigos abrí la puerta.

Y sí, había alguien ahí.

Un chancho adulto, negro y peludo que también me miraba con cara de pocos amigos y mierda en el hocico. Le grité pero no me hizo caso. Fue él quien me echó del baño. Un cerdo pesado que no buscaba trufas.

El tercer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es la plantita que encontré después y desde donde saqué esta foto en la que están todos. Todos, menos el chancho. Un chancho de mierda.


Encuentro cercano en una sala de espera

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y distinguida colaboradora de Viajes Libres, hizo un viaje por Perú. Ya contará historias y aventuras, mientras tanto nos muestra un videito que filmó en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, de Lima. Y dice:

“Teníamos ocho horas de espera en el aeropuerto de Lima. Pensamos en ir a la ciudad, pero el tránsito nos desalentó. Hacíamos tiempo, cuando vimos un tumulto de fotógrafos. Por inercia, más de turista que de periodista, saqué mi cámara y apunté. Quizás era un político, tal vez un jugador de fútbol o alguna estrella local…no importaba quién era: algo estaba sucediendo en esas ocho horas en que no iba a suceder nada. La bola de fotógrafos se acercaba, se acercaba más. No hizo falta apretar zoom. Ahí estaba con su sombrero y gafas oscuras… ¡Era Mick Jagger! Y acababa de pasar al lado nuestro”.




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