Dime cómo duermes y te diré qué pareces

Los apocalípticos. Esta especie se deja caer. Primero los brazos, luego el cuerpo y finalmente la cabeza. Cuando los veo pienso que están mirando adentro de un aljibe. ¿Tendrán sed?

Los porfiados. Duermen como si tomaran una curva. Y doblan con la cabeza. Doblan con obstinación, con capricho. Doblan, como si quisieran torcer el destino.

Los embarazados. No importa si son hombres o mujeres, los embarazados del sueño duermen sosteniendo el regazo, cuidándolo. Las manos en posición de rezo, el mentón apoyado en el pecho.

Los turistas. Recuestan la cabeza sobre los brazos flexionados. Tienen la actitud de alguien que toma sol en la playa, aunque arriba sólo haya una lamparita que la mayoría de las veces no anda.

Los inseguros. No pueden dormir sin apoyo. Suelen elegir la ventanilla, aunque hay algunos que en la desesperación usan el hombro del vecino, que en general no se los presta y se sacude hasta quitárselos de encima.

Los budistas. Esbozan una sonrisa satisfecha, medio sexy, medio social, como la de los bebés. Duermen como si pasearan por un jardín de violetas, lirios y rosas.

Los negadores. Actúan como si estuvieran en su habitación, aunque viajen en un ómnibus de larga distancia. Buscan asientos libres, se tapan con camperas, fabrican almohadas con buzos, bajan la cortina, se acurrucan, montan todo un operativo para sentirse en casa. Si pudieran, apagarían la luz.

Los hambrientos. Duermen con la boca abierta. En el fondo, se trata de personas con esperanza, sueñan que entrará algún bocado antes de la hora de comer.

Los preocupados. No dejan de trabajar ni un minuto, resuelven problemas en el plano onírico. No descansan, fruncen el ceño. Parecen enojados, pero es pura preocupación.

Los sospechosos. Ocultan su identidad bajo un suéter o similar. Se tapan toda la cabeza en busca de un ambiente oscuro. El resto del pasaje les tiene desconfianza.

Los que esperan. Sostienen la cabeza con la mano y esperan. A Godot, a Romeo, a Julieta. No se cansan de esperar, ni siquiera acalambrados.

Los aristocráticos. Podrían ser de cera. Duermen con pasmosa perfección: boca cerrada, labios juntos, rictus relajado. Algunos usan antifaz y otros, almohadita inflable.

Los paranoicos. Sostienen una pared o un vidrio con la cabeza porque creen que podría desplomarse en cualquier momento. Duermen angustiados, despiertan sobresaltados.

Los moteros. Imaginan que son hermosas Yamahas pisteras o BMW de trail. No importa la posición, sino el sonido. Rugen como motos desbocadas.

Los desmayados. Si se hiciera un control antidoping en el viaje, les daría positivo. Duermen como si les hubieran pegado un palazo. Como si fuera esta noche, la última vez…

Los simuladores. Cierran los ojos, pero no duermen. Es fácil descubrirlos porque les tiemblan los párpados y a veces hasta mueven los labios. Farsantes del sueño.


Lectura de avión

No me pasa seguido, pero esta vez no traje nada para leer en el vuelo. Por eso, cuando veo que mi compañera de fila tiene una Vanidades en sus manos respiro aliviada. El único problema es que la tiene demasiado agarrada.

Lo sé. La Vanidades es tuya. Nadie quiere robártela, así que no es necesario que la sujetes como si fuera el último iPhone.

No importa que sea del año pasado. Dentro de un rato se la pediré para saciar mi necesidad de leer. Ya despegamos. Todos a mi alrededor se durmieron menos ella, que ahora pasa las páginas a un ritmo que me gusta. Si sigue así, en 5 minutos la termina y será mía.

Dale, que vas bien. No, no dice nada importante, seguí nomás. Da vuelta la paginita.

Mis cálculos se arruinan cuando ella se pone a conversar con su vecina del otro lado apoyando sus manos con las uñas cortadas en forma de prolijos cuadrados con una línea blanca al final sobre las hojas de papel que tanto necesito. Mientras tanto miro sus anillos. Tiene dos: uno de casada y el otro de aburrida.

Conversa sobre una conocida de ambas que está enferma. Las manos continúan apoyadas sobre la Biografía no autorizada de la Reina Elizabeth. Ahora traen la bandeja de avión. Prefiero leer a comer este sándwich con pinta de bala de plomo. Es mi oportunidad, se la pediré mientras come.

Tarde. La azafata vestida de lila con los párpados pintados de turquesa le entrega la cajita con el sándwich y ella la apoya sobre la Vanidades.

Carajo. ¿Para qué necesitás doble apoyo?

Las ganas de leer se agudizan y las posibilidades decrecen. Levantan la bandeja y ella retoma la lectura.

Ahora sí. Te queda poco. Vamos. Me gusta que pases las páginas con velocidad.

Príncipe Federico de Dinamarca con novia desconocida . El nuevo look de Jenifer López. Mejore el ánimo comiendo cebolla. Famosos infraganti. El poder del No.

Esos títulos maravillosos pasan delante de mis ojos como frutilla a punto. Siento que la felicidad está cerca. Tengo ganas de cantar. Pero al dar vuelta la página siguiente aparece un cuadernillo con una novela de Corín Tellado para extraer. En un primer momento me emociono. Unas páginas de amor, eso es lo que necesito, ¡sí! Pero no pensé que quizás ella también las necesitaba. Sin extraer el cuadernillo de la revista, mi vecina se hunde en la lectura de “Hola Preciosa” con la concentración de un alumno de medicina estudiando Anatomía I.

Voy al baño. Vuelvo.

Leo por cuarta vez la pésima revista de abordo. Miro por tercera vez la revista del Duty Free. Falta menos para llegar. Quizás, cuando termine su cuento alcanzo a leer los títulos, el sumario, a hojearla una vez de principio a fin. Ella está terminando su cuento, falta poco, sí verdaderamente poco. Renuevo mis esperanzas. Sonrío. Muero por ir a buscar un vaso de agua, pero me contengo. Quiero estar ahí cuando ella termine.

Por ahí van mis pensamientos cuando el pasajero del otro lado del pasillo me pregunta la hora. Le contesto que no uso reloj. Me responde que faltará media hora. Si, le digo y me doy cuenta que también está aburrido.

No termino de pronunciar la palabra y escucho una voz que llega de atrás mío y no me habla a mí sino a mi vecina. Le dice: “Disculpe señora, ¿me prestaría la revista un momento?


Las cartas de Cortázar a los Jonquières

Me gustó el adelanto de las Cartas a los Jonquières (Alfaguara) que leí ayer en ADN Cultura.

Más Cortázar inédito. Después de Papeles Inesperados, estas cartas que Julio escribió a su amigo Eduardo Jonquières y su familia, entre 1951 y 1983.

Mientras espero que llegue el libro, rescato la mirada de París que el autor de Rayuela muestra en esta misiva, una de las 127 que se podrán leer dentro de unos días:

París, 24 de febrero de 1952

Mi querido Eduardo:

[...] Es la noche del domingo, y descanso un poco, solo en mi cuarto, después de una semana llena de cosas, idas y venidas, curiosas experiencias, “peladas de frente” y grandes maravillas. Hay un gran silencio en la Cité porque es medianoche, los últimos grupos de estudiantes se han disuelto, y callan los aparatos de radio -uno o dos- de mi piso. Tengo conmigo a un gatito, que me toca alimentar y guardar esta noche, pues es el hijo colectivo de los habitantes del tercer piso. (Hace una semana lo salvé de morirse helado en la nieve, y como recompensa el tipo me chupó de tal modo un pulóver que había a los pies de la cama, que me lo dejó arruinado para siempre.) Pienso que hace dos años justos yo estaba en Venecia, disponiéndome a venir al misterioso París. Ya llevo aquí cuatro meses, y anoche, al hacer un balance mental de este tiempo, me daba cuenta de la asombrosa familiaridad con que me muevo en este mundo. Ahí está, ahora, el peligro. Es ahora que debo vigilar mi visión, mi manera de situarme frente a cosas que cada vez conozco mejor; es ahora que debo impedir que los conceptos me escamoteen las vivencias. Me aterraría (¡no me ha sucedido, por suerte!) pasar un día apurado frente a Notre-Dame y echarle apenas la ojeada sin intencionalidad que se dedica a los bancos o a las casas de renta. Quiero que la maravilla de la primera vez sea siempre la recompensa de mi mirada. Puedo darme el lujo de pasar cerca del Museo de Cluny y decirme: “Entraré otro día”. Pero entrar ahí tiene que seguir siendo una cosa grave, última, la verdadera razón de mi presencia en París. Nos reímos de los turistas, pero te aseguro que yo quiero ser hasta el final un turista en París, el hombre que anota en su agenda: Jueves, ir a ver el San Sebastián de Mantegna… Es tan horrible advertir a cada minuto cómo las facultades intelectuales empiétent [desbordan] sobre las intuiciones puras, tratando de esquematizarte el mundo… Lo atroz de B.A. es que es materia mucho más intelectual que estética, y apresura ese horrendo proceso de cristalización de un hombre. Por eso los argentinos son gente de tanto “carácter” (!), de tanta “personalidad” -repertorios de ideas definitivamente fijas, cuajadas, sin movimiento posible. Todo el mundo tiene allí su opinión sobre las cosas, pero coincidirás conmigo en que basta opinar sobre una cosa para, en el mismo acto, dejar de verla. La idea de Wilde en su “Retrato de Mr. W. H.” es realmente profunda: si en el acto de probar que una cosa es A o B, ocurre que de golpe se siente una angustia terrible y la sensación del descreimiento total en lo afirmado, ello se debe a que todo hombre inteligente y sensible sabe que una prueba es siempre otra cosa, que no toca para nada la realidad esencial de eso de que se habla. Yo quisiera que París se me diera siempre como la ciudad del primer día. Llevo aquí 4 meses: pero llegué anoche, llegaré otra vez esta noche. Mañana es mi primer día de París. [...]

Un muy gran abrazo, y que ésta te encuentre bien.

Julio


¡Bienvenidos a la Argentina!

Salgo del avión, y la fila de migraciones es tan larga que me pregunto si no hubiera sido mejor volver en ónmibus.

Según un pequeño cartel indicador, que en el tumulto podría pasar inadvertido, hay dos filas: una para “argentinos” y otra para “turistas”.

Las dos están recargadas. Para la fila de “argentinos” sólo habilitaron dos ventanillas de las doce que se ven. La espera pesa. Suenan celulares, la gente resopla, mueve los pies, mira para acá y para allá.

Después de media hora, estoy en primera fila, pronto me toca. Ahora pasa un chico de unos treintipico, con una remera que dice Goa, shorts y pelo muy corto. Rubio.

Le entrega el pasaporte y el oficial de Migraciones le señala la otra fila. El chico no habla español y evidentemente no vio el cartel para “turistas”. No entiende. Le vuelve a preguntar y el oficial de Migraciones le repite, en argentino: “La fila es allá, ¿no ves?” y agrega, con tono de reproche, y alto para que escuchemos todos: “Si venís a la Argentina, tenés que hablar español, ¿entendés?”

“¿Quién sigue?”, dice después.

(A veces pienso que el fervor del Bicentenario hace mal)


Cruza por la cebra, no seas burro pues

El caos de tránsito en algunos puntos de La Paz, por ejemplo frente a la Iglesia San Francisco, me recordó al Cairo y Hanoi, donde cruzar la calle es es una misión complicada.

Mientras un policía toca el silbato con ánimo de organizar, la gente se lanza a cruzar una avenida ancha con minibuses que buscan pasajeros, ómnibus amarillos y verdes con inscripciones poéticas en el parabrisas estilo “Más libre que el viento” y 4×4 que apretan el acelerador por más que tengan una persona adelante. Unos días atrás, en ese cruce me frenaron en los talones, literalmente.

Algunas calles más abajo, Kevin y Marcelo vestidos de cebra y burro dan clases de urbanidad express. Forman parte del Proyecto Cebras, que pretende enseñar a los automovilistas a respetar el semáforo y a la población, a cruzar por el paso de cebra.

Me cuenta Marcelo, un burro de lo más inteligente, que muchos conductores no saben que el paso de cebra es para que avancen los peatones. Entonces, él se acerca, les explica y les muestra sus orejotas de burro, así la próxima vez frenan unos metros antes. Los conductores se ríen, los niños les tienen tanto cariño como a Barney y más de una cholita se resiste a que la ayuden a cruzar.

El proyecto arrancó hace algunos años, con cerca de cien adolescentes que vivían en la calle, y hoy trabajan entre cuatro y seis horas por día y son parte del paisaje urbano de La Paz.

Desde la semana última tienen un nuevo desafío: ordenar el tránsito en La Ceja (El Alto). Quizás también sería bueno que se dieran una vuelta por la zona de la iglesia San Francisco. O alguien se quedará sin talones.


Hacia un Instituto de la Quínoa

El domingo pasado en el mercado de El Alto conversé un rato con don Quispe. Me comentó que por lo menos una vez por mes se da una vuelta para curiosear, comprar o comer. Lo que más le gusta es la quínoa preparada como psqe, rehogada con ají y queso. Tiene la consistencia de un puré de papas y un sabor que lo hace venir de lejos para probarla.

“La quínoa rica es pues, el problema es que ahora muchos se han dado cuenta y el precio aumentó por la exportación”, me comentó don Quispe mientras mirábamos el Illimani nevado que, en El Alto está más cerca.

Recordé la charla por un editorial de hoy en el diario La Razón, donde Ernesto Hillan Bernal comenta justamente el considerable aumento en la exportación del grano de oro: de 13.000 toneladas en 1980 a 1500, el año último. En términos económicos, se pasó de 100.000 dólares a 39 millones. En la actualidad, Bolivia es el primer productor mundial de quínoa.

El cereal que usaban los antiguos tiene un alto valor proteinico, según el artículo, “los 10 aminoácidos necesarios para alimentar el cuerpo humano”, por eso lo llaman el súper cereal o el coloso del Altiplano. Luego de exponer todos los datos, el autor insiste en que se cree un Instituto de la Quínoa para que los especialistas estudien las formas de aprovechamiento a partir del producto primario, y para que la producción nacional se adecúe a las normas internacionales. En el final, toma velocidad y se pregunta si acaso la quínoa no podría rendir más que el propio gas.

Todavía falta para que el instituto esté en marcha. Mientras tanto, se celebró el mes pasado el III Congreso Mundial de la Quínoa y a los investigadores ya se los llama quinuólogos. Don Quispe, me parece, tendrá que acostumbrarse a un nuevo precio o probar otros cereales.


Los araras de Bergson Romero Sampaio

Bergson Romero Sampaio trabaja como guía en el Buraco das Araras, una de las atracciones turísticas de  Jardim, a 54 km de Bonito, en Mato Grosso do Sul. Su trabajo consiste en llevar turistas a ver araras vermelhos, como se llaman los papagayos de la foto en portugués. Camina con ellos un par de kilómetros y les muestra los mejores puntos para sacar fotos. En ese ir y venir descubrió que le gustaba la fotografía. Desde entonces, además de acompañarlos imaginaba cómo sería tener una máquina fotográfica.

Después de diez años de desearla, Bergson consiguió comprar una Canon Eos 50D, con un lente 70-200, 2.8. En sus ratos libres aprendió a sacar fotos. Solo, porque vive en la reserva, en medio de la naturaleza. Hace unos días me mandó sus últimas capturas, tomadas especialmente para Viajes Libres. Las hizo en un momento en el que el fondo del buraco está en sombra y la luz cae directamente en las aves.

  

 La primera foto la tomó a las 8:26 y la segunda a las 14:58. Cuenta que el horario ideal para este tipo de fotos es entre las 12 y las 15, un momento en el que normalmente los fotógrafos no van porque prefieren las primeras horas de la mañana o el fin de la tarde.

En el correo donde adjuntó las fotos, Bergson decía que tiene mucho que aprender , que quiere hacer un curso pero que además de la técnica conocer el hábito de los animales es un factor muy importante. Me imagino que después de enviarlo se habrá internado una vez más por los senderos tropicales.


Arrorró mi… ¿chofer?

Serían las nueve de la noche cuando el avión aterrizó en Aeroparque. Salí rápido, ni siquiera fue necesario mostrar el ticket del equipaje.

La fila para tomar taxis era larguísima. Igual esperé. Atrás mío, una chica contó por celular la separación de su novio y los futuros planes. Lo dijo tan alto que parecía que nos lo contaba a todos.

Finalmente llegó mi turno para un taxi destartalado, sin aire y que ni siquiera era radio- taxi. El chofer tendría unos setenta años. Parecía de otra ciudad, no por su aspecto físico ni por su acento. Más bien porque preguntó varias veces cómo hacer un recorrido sumamente simple, nada de Parque Chas. Que si por acá o por allá, el tipo no tenía idea. No era el típico tachero porteño, que conoce qué calles están cortadas y te lleva por ahí así tarda más.

La noche estaba ventosa y había olor a la lluvia que llegaría inevitablemente, más tarde. Hundido en su asiento, el chofer escuchaba tangos viejos y las hojas de los plátanos se arremolinaban en las alcantarillas. Creo recordar que llevaba una boina a cuadros, pero quizás es una incorporación de mi memoria, que insiste en rociar ciertas situaciones con spray romántico. Posiblemente fuera de esos pelados que llevan el peine en el bolsillo de atrás y cada tanto lo sacan para organizar los tres pelos largos que les quedan.

Semáforo rojo. Semáforo amarillo. Semáforo verde. El último antes de llegar a casa. El hombre no avanzó y el malón de autos venía de atrás ¡a toda velocidad!

- Señor, está verde -le dije.
- Ah, sí nena, acá vamos – se despertó y arrancó.

Próxima parada: casa. Antes de bajar, le sugerí que quizás sería bueno que se tomara unas horas para descansar y después volver a trabajar más fresco. Junto con el vuelto, me respondió:

- No, nena, yo estoy acostumbrado a esto. El otro día, serían las tres de la tarde y subí a una mujer con el crío. Ella le cantó el arrorró al nene, completito, arrorró mi niño, arrorró mi sol y ¿sabé qué? … ¡me dormí yo! Me tuvo que despertar la mujer a mitad de cuadra. Jaja. Chau nena, andá, que te vaya bien.


A propósito de las mujeres

Silvia Guiducci vive con su familia en Madrid. Hace poco más de un año pasó sus vacaciones en Argentina y un día nos encontramos en la pileta de unos amigos. Hablamos de vivir en otro país, del café helado, de viajes y más.

En un momento, me contó que tenía una idea: hacer un documental sobre las mujeres y la maternidad. A partir de sus propias inquietudes y las de una amiga, María Cabo, pensaron en reunir un grupo de mujeres y entrevistarlas para recolectar diferentes visiones, conceptos y experiencias sobre la aventura de la maternidad.

Hace unos días me escribió para contarme que esa idea ya es un hecho y tiene nombre: Re (Tales). Esto no me lo dijo, pero leí por ahí que el corto documental fue nominado al Mejor Cortometraje en los Premios de la Agencia del Cortometraje Español.

Le pregunté a Silvia por qué eligieron ese nombre, ya que el significado que conozco de retales es retazos. Esto fue lo que me respondió:

“El título es así por varios motivos: 1) además de las entrevistarlas, a las chicas que participaron les pedimos que trajeran una prenda de vestir para regalarnos, esas prendas fueron cortadas en unas especies de hilos para convertirse en una obra plástica. 2) porque a las dos nos encanta esa palabra. 3) (Re) Tales, escrito así, en inglés es: “referido a historias, relatos”, y también nos gustó este significado.
Y en lo personal, desde hace varios años mis trabajos están hechos con materiales de “desecho”, cosas viejas, (sobre todo telas, trapos, prendas en desuso) por algún motivo cada vez me interesan más, y va mas allá de la onda “ecofriendly”, tiene que ver con una necesidad de revisar y buscar, volver a usar, encontrarle un nuevo sentido a las cosas, una nueva identidad.

También pensamos que todos somos retales/retazos de…, pedacitos vueltos a juntar de genética, de aprendizajes, de costumbres, de modelos familiares y sociales, etc. Por lo tanto no le damos a ésta palabra el sentido despectivo que suele acarrear. Por último, el material con el que hicimos el documental son retazos de historias.”

¿Y las protagonistas?

El próximo domingo 14/3 se proyectará en el CDI Arganzuela, calle Canarias 17, metro Palos de la Frontera (L3), a las 19. Muy pronto, ¡en Argentina!


Refugios íntimos, fantásticos, salvajes

Were the wild things are, la última película de Spike Jones cuenta un viaje fantástico por mundos interiores. Se estrena en marzo.




Especiales


Especial Nueva York
Especial Cuba
Especial París
Especial Valparaíso
Especial Dakar
Especial México
Especial El Mate
Especial Bolivia

Twitter

Links

Otros sitios

¡Nuevo!

Categorías

Archivo