Así dan (más) ganas de ir a Islandia

Inspired by Iceland Video from Inspired By Iceland on Vimeo.


De viaje por Colombia

En el último viaje a Colombia conocí a Juan Diego Santacoloma y a otros integrantes del equipo de Quellevar.travel, un proyecto inedpendiente que filma experiencias de viaje por su país en HD. Es decir, con excelente calidad.

Además de producir videos para empresas, comerciales para TV y fotografía, se les ocurrió aprovechar las posibilidades de Internet y avanzar con un programa de viajes distinto. No sólo por el medio, también porque no van a lo típico, que en Colombia podría ser Cartagena, y se aventuran a otros destinos.

Por ahora, hacen algunos capítulos por viaje en los que muestran el lugar, las posibilidades turísticas y opciones de alojamiento. También dan recomendaciones por Twitter en @quellevar y pronto estará en funcionamiento su Web.

Me gustaron los cinco videos del Amazonas colombiano, donde visitaronPuerto Nariño, Leticia, la ciudad más meridional del país, capital del gran departamento de Amazonas y base para muchas excursiones. Como la Isla de los Monos, el Parque Nacional Natural Amacayacu y la Reserva Natural Marasha.

Los sonidos, el verde, el agua barrienta, los delfines rosados, las hamacas, el jugo de copuazú, el problema de ver estos videos es que enseguida aparecen las ganas de viajar a la selva.

Entre los próximos destinos de estos chicos inquietos figuran Huila (San Agustín y el desierto de la Tatacoa) y uno que poco a poco se pone de moda: el Pacífico chocoano (Nuqui, Utria). Espero una señal de humo o un mail cuando estén listos los videos.


Nuevas tribus turísticas: los Lohas

Los ecoturistas quedaron atrás, ahora los que la llevan son los Lohas, una suerte de versión integral y reloaded de los anteriores. Lohas responde a Lifestyles of health and sustenability (Estilos de vida de salud y sustentabilidad) y es una tribu urbana en crecimiento.

Estos chicos, los Lohas son gente consciente: de su salud, del medio ambiente y de la justicia social. Se trata de personas bien educadas y con dinero. Por supuesto, son muy informados, usuario de las redes sociales y nuevas tecnologías. Se los reconce como el nuevo segmento de consumidores premium del turismo.

Según estadísticas que encontré por ahí, en Estados Unidos el 19% de la población adulta pertenece a ese grupo, y en Alemania, sí, sólo en Alemania, alrededor del 20 %. Ahora bien, es raro ver un Loha en América del Sur. Más que raro es difícil, quizás tanto como ver un huemul en la Patagonia. Pero poco a poco van a llegar. No los huemules, ésos lo dudo, me refiero a los Lohas.

Mientras leía las características de esta nueva tribu, se me aparecía la imagen de ese austríaco flaco, largo y con modales de príncipe que conocí en un restaurante de Coroico el año pasado. Ahora que lo pienso, era un LOHA, seguro. Hasta podría haber sido el presidente de los Lohas United.  Se pasó media hora dando cátedra sobre el comercio justo y explicando por qué era importante que fuera comprar a ese lugar donde, claro, las artesanías costaban el triple que en la calle. Después del fair trade pasó al cambio climático y casi sin pausa, a la ecología. “No, gracias, no como carne”, me dijo cuando le recomendé una chuleta deliciosa. Antes de irse, mientras miraba de reojo mi plátano frito comentó algo sobre la importancia de los productos orgánicos y frescos.

No hay caso. Siempre me pasa lo mismo cuando me cruzo con un consumidor excesivamente consciente. Me siento pecadora, mal alimentada, poco involucrada con los problemas del mundo, anticool, definitivamente mal.  Quiero ir corriendo a confesarme, aunque no sea creyente. Por suerte esa sensación dura sólo unos instantes, enseguida recuerdo unas mollejas con mucho limón. Y sonrío.


Guachimán

Guachimán: peruanismo que deriva del vocablo inglés watchman. Se usa para llamar a los vigilantes y empleados de seguridad. En Perú, en Argentina y en el mundo hay cada vez más guachimanes.


La visita, otra libre interpretación del viaje

Después de conocer a Olivier Lemesle me volví a preguntar por la definición de viajero.

¿Cómo se identifica? ¿Es viajero el que viaja por más de cinco meses, un año? ¿Quien ya tiene kilómetros acumulados o quien parte por primera vez, a los veinte años? ¿Qué edad tiene un verdadero viajero? ¿Viaja con mochila o con valija? ¿Es rasca o cinco estrellas? ¿Es el que se va a Alaska en moto? ¿El que viaja para ver el mundo y después volver y hacer una vida “clásica”? ¿Es viajero el que viaja para conocer un lugar? ¿Y no es viajero alguien que viajó hasta encontrar su lugar en el mundo y se quedó ahí? ¿Y el que viaja por trabajo, un fotógrafo del National Geographic, por ejemplo?

El viernes fui a un vernissage en una casa. Seríamos alrededor de diez  personas, doce a lo sumo. Había fotógrafos, pintores, videastas, una música y dos futuras doctoras en arte. Había vino y cosas ricas para comer, una ensalada de naranja, ajo, palta, jugo de limón y hierbas preparada por el mismísimo artista, Olivier Lemesle, un francés que exponía su muestra Resumen de los episodios anteriores.

Olivier tiene cincuentipocos, es su primera vez en Argentina. Vino a visitar a una amiga y a mostrar sus cuadros grises de inspiración arquitectónica. En Rennes, la ciudad del oeste de Francia donde vive, trabaja como profesor de arte y también como sereno dos veces por semana. Con eso gana para vivir y dedicarse a lo que le gusta: pintar. Conversamos un rato sobre las muestras en casas, me dice que su propia vivienda se ha transformado en sede de muchas y destaca que así prescinden de la galería, del curador. Simplemente cuelgan la exposición, la promocionan entre amigos y amigos de amigos, y punto. Sí, las luces a veces no son las mejores, pero hay otras ventajas. Me cuenta que en otros lugares de Francia también se usa esta modalidad.

Después de un rato, la charla pasa al terreno de los viajes. Me dice Olivier que no entiende a la gente que viaja, cómo puede desenvolverse en las ciudades y adaptarse a otro lugar. Me asegura que no él no es viajero, que no sabe nada de viajar. Pero unos minutos después me cuenta que en el último año estuvo en Berlín, en Montreal, en el sur de Francia, en Argentina.

- Ah, pero viajás bastante para no viajar, le digo.
- Yo no viajo, voy a visitar a mis amigos, y algunos viven lejos, entonces tengo que moverme para llegar hasta su casa.

La visita, otra libre interpretación del viaje que amplía aún más la definición del viaje. Y del viajero.


A propósito de los viajes al espacio

Cada vez que leo una noticia relacionada con los viajes espaciales me acuerdo de una historia mínima que le pasó a una amiga cercana.

En estos días volvió el tema. Virgin Galactic está en su fase de pruebas. Vi un video sobre el despegue exitoso de una nave que a fines de 2011 llevaría los primeros turistas al espacio. Entonces, una vez más, lo recordé.

Resulta que mi amiga tenía un novio que escribía para revistas de viajes de varios países. Un tarde de noviembre, hace unos dos años, ellos caminaban por una playa del Pacífico. Iban de la mano. El sol, naranja como una mandarina, estaba a punto de entrar en el mar. La brisa salada los acompañaba, la playa casi vacía.

Se sentaron un momento en la arena húmeda, entonces él se lo dijo: “Me preguntaron si me puedo ir al espacio”.

Absorta en el atardecer, ella tardó en procesar la frase que todavía rebotaba en el aire. Hasta que reaccionó:

-¿Qué? ¿Adónde? ¿Cómo?
-Eso. Una revista colombiana quiere que empiece a escribir columnas en las que me vaya preparando para el gran momento. Ellos van a conseguir un viaje y quieren que yo vaya… al espacio.
-¿Espacio? Más despacio, por favor
-Es-pa-cio.

No le habían explicado demasiado, ni siquiera los editores que se lo preguntaron sabrían mucho. Pero tenía que dar una respuesta: ¿Podía o no podía ser un candidato para irse al espacio?

Hablaron un rato del tema. Mientras él le contaba lo que sabía de los viajes al espacio, ella se imaginaba a Ménem en esa famosa inauguración de un ciclo lectivo en Salta: “…Esas naves espaciales van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratósfera..”. Pensó en V Invasión extraterrestre, en George Lucas y en su chico vestido de astronauta, durmiendo en una remota estación espacial. No dijo mucho, pero incluso el atardecer le pareció insignificante comparado con el esapacio.

El día siguió, hablaron de trivialidades, cenaron, pero cada uno, en lo profundo de su ser, pensaba en el espacio. Tarde,  ya en la cama, haciendo cucharita, ella lo abrazó muy fuerte y le susurró al oído: “No te vayas al espacio”. El también la abrazó y le respondió: “Pídemelo otra vez”.

***

Tiempo después, mi amiga se separó de su novio. Los viajes al espacio no tuvieron nada que ver. Finalmente, él no salió de la atmósfera ni remontó la estratósfera. Quizás algún día lo haga. Quizás ese día le mande un mensajito desde su Blackberry. Seguramente se reirán de este recuerdo mínimo.


Qué bueno es estar enamorado

El lugar es rabiosamente urbano. Podría haber estado en Nueva York, Londres o San Pablo. Pero está en Buenos Aires.

Se entra por una puerta sobre la avenida Córdoba. Una puerta de chapa pintada con aerosol. De afuera no dice mucho. Es una puerta secreta, a veces incluso hay que dar una contraseña. Una mujer abre y te hace pasar. Después de la puerta hay una escalera oscura. Ella te ilumina con el celular hasta llegar arriba. Arriba es una casa antigua ocupada y decorada por artistas punks, tal vez con más color, ¿tropical punks?

En la habitación principal suena lo que mi amigo y guía, que es músico, me explica que es un “colectivo de improvisación”. Dos chicos hacen música con una computadora, uno toca el saxo, otro sopla la ocarina y dos chicas gritan miau y guau en un micrófono, delante de una pared azul con peces que me recuerda a un afiche de Nemo.

Hay poca luz y gomas de camión para sentarse. Hay un chico despeinado que frota las tetas de un maniquí rojo con un puntero láser verde.

La música llega a cada cuarto con la misma intensidad del olor, cuando en casa cocino bife a la plancha. Mi amigo se encuentra con otros dos músicos: uno tiene cara de nerd, anteojos rectangulares, flequillo moderno, mirada lejana. No le gusta el “colectivo de improvisación”. Lo dice con tanto énfasis que tengo la impresión de que en cualquier momento saca una navaja y los degüella.

Hay cerveza de la que toma Homero en el bar de Moe, hay una pareja que juega a no caerse en el hueco de las gomas de camión, moviéndose sólo por el canto. Hay un cartel en la pared con un stencil precolombino que dice Momento Chicha y hay una chica con el pelo como Cristóbal Colón, con una falda de tablas, medias negras y un cartel pegado en la espalda, escrito con letra de nena de 5to grado que dice: Qué bueno es estar enamorado.

Esparce distraídamente su mensaje en el aire ahumado. Como una instalación viva. Como una evangelizadora cool. Es lo que más me gusta de mi visita a esta casa clandestina de Buenos Aires.


Chacalermo, ¿el nuevo Palermo?

Hasta hace un año pensar en desayunar con muffins, bagels y croque madame en un bar de Chacarita era insólito.

En este barrio de origen popular, cerca de una estación de trenes y de uno de los cementerios más grandes del mundo no había nada de eso. Los únicos cafés eran los de viejo o alguna pizzería que servía el desayuno mientras preparaba la napolitana del mediodía.

Unos lo lamentan y otros lo festejan, pero hoy en Chacarita se ven sitios con wifi, menús con nombres en francés, un restaurante a puertas cerradas, tiendas y hasta un mural pintado por la diseñadora Agatha Ruiz de la Prada.

Dicen algunos que el gurú del cambio es Palermo. Palermo, la termita, que fagocita todos los barrios que tiene cerca. Palermo, el pulpo, que no deja de extenderse y pasar su fórmula. En el catastro municipal, Palermo tiene límites establecidos, pero en el sentir urbano parece un barrio sin fin.
Las inmobiliarias lo llaman Nuevo Colegiales, pero ya se escucha hablar, todavía en broma y tímidamente, de Chacalermo o Palermo Muerto, por la cercanía del Cementerio de La Chacarita. Más allá de que se consolide o no el nombre, después de Palermo Soho, Hollywood, Queens y College, ¿se viene otro Palermo para Buenos Aires?

En la zona se han instalado varias productoras, entre ellas la de Marcelo Tinelli, Ideas del Sur; Polka, de Adrián Suar; agencias de publicidad -la más conocida es Madre, la filial de la famosa Mother inglesa- y un canal de televisión.

Esto atrae locales boutique que se suman a los negocios de delikatessen, como Cucina Paradiso, la casa de exclusivos productos gourmet italianos del chef Donato de Santis, y la tendencia en crecimiento de recuperar viejas casas de barrio y reciclarlas.

Los dueños y las inmobiliarias aprovechan el movimiento para vender mejor. “Hay un reposicionamiento de la zona, lo que empuja a una mayor demanda. Esto pasa por la falta de propiedades en Palermo y Belgrano, entonces se revitalizan zonas cercanas, en este caso: Colegiales y Chacarita”, cuenta Hugo Cortés, de la inmobiliaria Grupo Mega.

Si hubiera que definir un límite para Chacalermo, habría que incluir algo de Colegiales -el restaurante La Prometida es un buen ejemplo-, algo de Palermo, como el Mercado de Pulgas de Dorrego, la Plaza Mafalda y Arevalito, un restaurante natural, y por supuesto, algo de Chacarita. Lo mejor es que cada uno arme su propio circuito, teniendo en cuenta ciertos puntos fundamentales.

Antes de que comenzara esta lenta transformación, Chacarita era un barrio de perfil bajo, casas populares y pocos restaurantes más allá de los que rodeaban a la estación de trenes.

Hasta que se inauguró el cementerio, en 1871, y a la fuerza, por la terrible epidemia de fiebre amarilla que saturó el Cementerio de la Recoleta, la zona no estaba integrada a la ciudad, eran las afueras. Concretamente, las 95 hectáreas que ocupa el cementerio pertenecían al campo de deportes de uno de los colegios más tradicionales, el Nacional Buenos Aires. Si bien no tiene la pompa arquitectónica de La Recoleta, es interesante recorrerlo y hay varios panteones destacables. Hace poco se restauró: el peristilo fue pintado del color naranjo original. Gardel no es el único tanguero con sus restos en La Chacarita; también están Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo. Pero la estatua de El Zorzal Criollo siempre tiene flores, un cigarrillo entre los dedos y gente que le pide y agradece favores. Los visitantes le rezan como se le reza a un santo. [...]

Escribí esta nota para el suplemento Tendencias del diario La Tercera de Chile. El resto de la nota y los datos útiles, acá.


Electrotango, fútbol y bandoneón

La Gloria, el nuevo video de Gotan Project, que por estos días presenta en Berlín su nuevo trabajo: Tango 3.0. (Gracias Ale López por la recomendación).


La Ruta de la Muerte, en bicicleta

Entre La Paz y Coroico, en Bolivia, un descenso en mountain bike de 63 kilómetros  por el camino más peligroso del mundo, que comienza  en un paso de altura a 4.700 metros y termina a 1.200, cerca de una piscina y con las nubes bajas.

La Ruta de la Muerte es un viejo camino que conecta La Paz y Coroico. Fue construido por prisioneros paraguayos durante la Guerra del Chaco, en 1936. Se lo considera el camino más peligroso del mundo por los récords de micros y autos desbarrancados  que hubo antes de la construcción de la nueva ruta, hace tres años.

Desde que se hace esta travesía, unos diez años, hubo más de diez ciclistas muertos, posiblemente menos que en dos o tres meses en Buenos Aires.

Algunos tramos son difíciles y el paisaje se mira de ojito o la historia termina cuerpo a tierra, pero creo que lo peor de la ruta es firmar el deslinde de responsabilidad, un documento que dice que uno corre peligro de “heridas, enfermedades o muerte”.

En la Revista Lugares de este mes, se puede leer el relato que escribí después de haber sobrevivido.




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