Hacia blogtrips conscientes

Hace poco me invitaron al primer blogtrip de Argentina. El destino era la ciudad de La Plata.

No pude ir, no me daban los tiempos. Pero confieso que tuve miedo de que fuera similar a los clásicos presstrips que hago por trabajo.

El sábado, en el marco del Travel Blogger Meeting, supe que ese blogtrip salió muy bien. Hablaron los organizadores y una de los cinco bloggers participantes, que estaba conforme con la experiencia.

También me enteré que próximamente habrá más blogtrips en el país, siguiendo el modelo exitoso de España y Europa. Como blogger me gusta que se nos tenga en cuenta y que se renueven los medios y estrategias para escribir sobre viajes. Pero como periodista de viajes acostumbrada a los presstrips quisiera que no se cometan los mismos errores.

El presstrip es lo más parecido que conozco a un viaje de egresados. No voy a ocultar que lo pasé excelente en muchos, que disfruté, que me hice amigos que conservo hasta hoy. En los viajes de prensa hay amistad, risas, peleas… y romance. Conozco a una colega que encontró a su marido en un fam (Dato para noveleros: fue hace 10 años y ¡siguen juntos!)

Sin embargo, hay que admitir, que muchas veces los presstrips tienen más componentes de un viaje de adolescentes que de un tour de familiarización con un lugar. Uno termina hablando con el compañero que tiene al lado y son mucho más importantes los chismes que él cuenta sobre el medio para el que trabaja y los conocidos en común que el país o ciudad que está pasando por la ventanilla.

Una editora amiga me contó una anécdota que le ocurrió en un fampress. Resulta que estaba en un restaurante de Hong Kong con un grupo de periodistas argentinos. Ella es una mujer curiosa, acostumbrada a viajar. Tenía su plato en la mano y analizaba el exuberante paisaje gastronómico, emocionada ante los brillos, el color, las texturas, pensando si se serviría pato pekinés, cangrejos de río con salsa hoisin, aleta de tiburón o huevo de pato. Tan absorta estaba en la elección que no reparó la cercanía de uno de los periodistas del presstrip, que le susurró al oído: “¿No te comerías un choripán?”.

A este tipo de situaciones se suma que vamos juntos a todos lados, nos esperamos, comemos, tomamos algo, todo siempre entre nosotros. Cuando la idea es conocer otro lugar, otras personas, otras costumbres.

Y qué decir de la agenda de los viajes, más apretada que un talle chico. En general, estos viajes están organizadas por gente que odia perder el tiempo, y no entiende que para nosotros periodistas o bloggeros que vamos al encuentro de un lugar es importante una mañana, una tarde para vagar sin agenda.

“No se preocupen, yo les consigo un personaje buenísimo”, dirá el tour leader ante las quejas de los periodistas aburridos de las citas con los directores de turismo que no suelen aportar nada. Entonces, aparecerá el personaje y los periodistas anotarán las mismas declaraciones y luego las reproducirán en sus artículos, que si bien serán diferentes, se parecerán bastante y saldrán en una fecha más o menos igual.

Por eso, es importante que encontremos tiempo libre, no para ir a la piscina del hotel, o sí, si es que pensamos que allí vamos a encontrar una punta para la nota. Tiempo libre para mirar, interpretar el lugar, encontrar a alguien con algo para contar. Me acuerdo de un fam en Praga con una agenda imposible, con una guía frenética. La forma que encontré para estar un rato sola, sin colegas, sin guía y con menos turistas, fue entre las 6 y las 8 de la mañana. Entonces, esa semana amanecí varios días al alba, para salir en busca de mi punto de vista. Para ver sin que me muestren.


Encuentro cercano en una sala de espera

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y distinguida colaboradora de Viajes Libres, hizo un viaje por Perú. Ya contará historias y aventuras, mientras tanto nos muestra un videito que filmó en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, de Lima. Y dice:

“Teníamos ocho horas de espera en el aeropuerto de Lima. Pensamos en ir a la ciudad, pero el tránsito nos desalentó. Hacíamos tiempo, cuando vimos un tumulto de fotógrafos. Por inercia, más de turista que de periodista, saqué mi cámara y apunté. Quizás era un político, tal vez un jugador de fútbol o alguna estrella local…no importaba quién era: algo estaba sucediendo en esas ocho horas en que no iba a suceder nada. La bola de fotógrafos se acercaba, se acercaba más. No hizo falta apretar zoom. Ahí estaba con su sombrero y gafas oscuras… ¡Era Mick Jagger! Y acababa de pasar al lado nuestro”.


Sentimiento candombero

Dice Rubén Rada sobre el candombe en una vieja entrevista: “Yo lo tengo adentro desde que nací. Como tengo las motas, tengo el candombe. Nunca tendré el pelo lacio, y nunca me liberaré del sentimiento candombero, en todo lo que compongo hay una candombez, un recuerdo del candombe”.

Después de unos días en Montevideo da la sensación de que esa candombez de la que habla El Negro Rada late en la ciudad. Seguramente, entremezclada con la nostalgia del tango, redefinida por el tiempo.

A fines del siglo XVIII, el 35 % de la población de Montevideo era de descendencia africana. Con ellos nació el candombe, en un instinto de supervivencia, de guardar sus raíces. Como había negros de distintas regiones de África, se reunían según su origen en Salas de Nación y practicaban este ritmo afrouruguayo que combina el sonido de tres tambores: chico, repique y piano, que juntos forman una cuerda. Los tambores van colgados al hombro y se tocan con una mano abierta y un palillo.
El candombe se prohibió tiempos de la colonia y, durante la dictadura militar, demolieron el Conventillo Mediomundo, en Cuareim 1080, un templo de candombe y resistencia.
En la actualidad, entre el 6 y el 9 % de la población uruguaya es afrodescendiente. Muchos viven en el barrio Sur, donde los fines de semana hay cuerdas de tambores que recorren la calle Isla de Flores, Cuareim y algunas más. Eso mientras tanto, hasta que llegue el Desfile de Llamadas y la ciudad se pronuncie con tambores. Y si toca Hugo Fattourso, hay que ir a verlo porque es un virtuoso. Y si suena La Melaza, hay que saber es un grupo de tambores formado sólo por mujeres.
¿Y después de la muerte qué hay? le preguntaron en otra entrevista a Rada. “Candombe”, dice él.


Los gendarmes perdidos

Otra cortita de Ángel, el chofer patagónico. La escuché también de noche, en viaje por una ruta de ripio, mientras las liebres encandiladas por la luz de la camioneta cruzaban desesperadas a uno y otro lado del camino. La mayoría se salvó la vida, algunas, las más pequeñas, no.

Quizás porque me ve angustiada por las liebres, Ángel me pregunta si conozco la historia de los gendarmes. Le respondo que no y empieza el cuento. Dice que en una ruta del sur de Santa Cruz hay unos gendarmes que una vez, hace muchos años, ponéle treinta, salieron a recorrer y se perdieron en la estepa. Nunca regresaron al sitio donde estaban destinados.

Desde esa época están perdidos y hacen dedo en las rutas de la provincia. Lo escuchaba atenta, mientras pensaba ya llega el remate. Pero no. Ya era de noche, una noche sin luna.

Así como hoy estaba la noche, oscura, muy oscura, yo manejaba y veo que adelante hay dos gendarmes haciendo dedo, dice Ángel. Paró. Se subieron atrás, y hablaban entre ellos. Eran jóvenes, tenían la edad de cuando se perdieron. Ángel iba concentrado en la ruta y no conversaba con ellos. En un momento, se dio vuelta para pedirles que le indicaran dónde se bajaban. Y qué creen. Los gendarmes no estaban. Habían desaparecido. O se habían vuelto a perder.

- Ángel, ¿no lo soñaste?
- Te lo juro que los llevé en la camioneta, dice. Y lo jura con el índice, dibujando una cruz sobre sus labios.


Qué bueno es estar enamorado

El lugar es rabiosamente urbano. Podría haber estado en Nueva York, Londres o San Pablo. Pero está en Buenos Aires.

Se entra por una puerta sobre la avenida Córdoba. Una puerta de chapa pintada con aerosol. De afuera no dice mucho. Es una puerta secreta, a veces incluso hay que dar una contraseña. Una mujer abre y te hace pasar. Después de la puerta hay una escalera oscura. Ella te ilumina con el celular hasta llegar arriba. Arriba es una casa antigua ocupada y decorada por artistas punks, tal vez con más color, ¿tropical punks?

En la habitación principal suena lo que mi amigo y guía, que es músico, me explica que es un “colectivo de improvisación”. Dos chicos hacen música con una computadora, uno toca el saxo, otro sopla la ocarina y dos chicas gritan miau y guau en un micrófono, delante de una pared azul con peces que me recuerda a un afiche de Nemo.

Hay poca luz y gomas de camión para sentarse. Hay un chico despeinado que frota las tetas de un maniquí rojo con un puntero láser verde.

La música llega a cada cuarto con la misma intensidad del olor, cuando en casa cocino bife a la plancha. Mi amigo se encuentra con otros dos músicos: uno tiene cara de nerd, anteojos rectangulares, flequillo moderno, mirada lejana. No le gusta el “colectivo de improvisación”. Lo dice con tanto énfasis que tengo la impresión de que en cualquier momento saca una navaja y los degüella.

Hay cerveza de la que toma Homero en el bar de Moe, hay una pareja que juega a no caerse en el hueco de las gomas de camión, moviéndose sólo por el canto. Hay un cartel en la pared con un stencil precolombino que dice Momento Chicha y hay una chica con el pelo como Cristóbal Colón, con una falda de tablas, medias negras y un cartel pegado en la espalda, escrito con letra de nena de 5to grado que dice: Qué bueno es estar enamorado.

Esparce distraídamente su mensaje en el aire ahumado. Como una instalación viva. Como una evangelizadora cool. Es lo que más me gusta de mi visita a esta casa clandestina de Buenos Aires.


Lustrabotas con buen marketing

Marito Walter Barneche Ruiz trabaja en el Mercado del Puerto de Montevideo hace 30 años. Es lustrabotas pero se siente embajador. Usa camisa celeste de lycra, pañuelo con traba, saco y zapatos de cuero gris.

- A mí me va bien, es el único secreto. Miráme, nena, yo tengo buena presencia, no soy cualquier cosa. No. Yo tengo, cómo es, márchesindain. Uso relojes, anillos, mirá, no soy un loco. Yo acá le lustro a famosos, a turistas de todo el mundo, tengo los emails, me mandan fotos. Hasta actué en una película, mirá lo que te digo. En la Puta Vida, ¿la viste? No. Yo no soy cualquier cosa. Miráme, ¿cuántos años me das?

- …

- ¿Sabés cuántos tengo? 62. No parezco, ¿no? Además de trabajar en el mercado, camino 40 minutos 3 veces por semana. Pero si querés que te diga la verdad, siempre tuve mucho sexo, por eso me mantengo así. ¿Sabés cuántos años tiene mi novia? 32. No, yo no soy un loco. Yo tengo markentig o como se dice, márchesindain. ¿Dónde me dices que va salir esta nota?

(La lustrada cuesta 3 dólares, la charla viene de regalo.)


Desde NYC, un email para guardar

Me escribe una amiga desde Nueva York.

Hace siete años que no viajaba a la ciudad donde vivió un tiempo, a la ciudad que la emociona y, quizás lo más importante, al lugar donde ella siente que todo es posible.

Me escribe y me cuenta su día. Impresiones en short y sandalias porque hace calor. Camina, mira y reflexiona a pesar de estar en movimiento de la mañana a la noche.

A continuación, algunos tramos de su email, que me llegó un día que no fue el más largo del año, pero parece.

“Entré en un ritmo vertiginoso, algo así como que llegué, decía Borges que el alma tarda en llegar al lugar. Estoy como si me hicieran shiatsu, viste que te aprietan en distintos puntos bien profundo, bueno así, con muchos flashbacks de toda mi vida, de mi vida acá y allá, por momentos, sobre todo de mañana hasta me da por llorar, no mal, pero me vienen brisas de melancolía, de emoción, de alegría, en fin, movidita.

El tiempo sigue súper caluroso, una fiesta y hoy como es sábado, había fiesta en las calles cada dos pasos, me di una panzada de música en vivo, de esos que te topás sin querer. También había una cuadra entera de un thrift shop que sacó todo a la calle, pero a la altura del día que me lo encontré estaba agotada ya de ver y me senté a escuchar a unas mellizas que tocaban una especie de folk/jazz buenísimas.

Lo que pasa en las calles de esta ciudad es un regalo permanente. También estuve hablando mucho con el uruguayo Javier de la librería Mc Nally Jackson. Después vi a un amigo en el Meatpacking district, hicimos Brunch ahí, hace mucho que no iba por esa zona y esos hanging gardens me parecieron maravillosos, hace 10 años hice una nota por ahí y todavía había mataderos, me impresiona cómo crece esta ciudad y lo que mas me gusta es cómo al pensarla, en el desarrollo, incluyen los espacios públicos, eso me da vuelta.

También fui por primera vez a Queens, comimos en un restaurante griego buenísimo y mucho mas barato que acá, me gustó Queens, en realidad donde estuve era Astoria, y me gustaría volver, quiero volver a todos lados.

Las tardecitas-noches son muy neoyorkinas porque en general me encuentro con Tulio y algún amigo y vamos a lugares que no conozco, anoche estuve en el Lower East en uno que se llama 1492, español y nos mandamos unas tapas. Estuve en Chinatown, bien adentro, tan adentro que en vez de darte el vaso de agua cuando te sentás te dan té de jazmín, me acordé de vos ayer porque fui a uno recomendado en la Lonely Planet y ya no existía. Estoy descubriendo muchas librerías independientes, varias en Chelsea, librerías thrift!!!  Dan ganas de llevarse un container.

Ayer estuve en la NYPL, antes descansé en el Bryant Park que me encanta, es tan loco ese parque porque esta a metros de Times Sq. y es totalmente silencioso, nunca entendí cómo puede ser posible.

Bueno en la NYPL conseguí entradas despues de mucha cola o waiting list para escuchar a Christopher Hitchens, que presntaba un libro nuevo. La espera fue bastante en vano porque la verdad es que le entendí la mitad de lo que dijo, es un hijo de puta que habla una mezcla de inglés de Inglaterra y de acá, y me dio la sensación que es algo así como políticamente incorrecto, una onda Amis, y ese estilo últimamente me pudre un poco. Lo otro fue que había un aire acondicionado mal, pero mal, mal. Lo mejor: el entrevistador, de lujo total, puso en un momento un audio de un profesor del tipo cuando era joven y estudiaba en Inglaterra para introducir una pregunta. También había una chica que dibujaba todo lo que ocurría, y en la platea se veía toda esa mezcla humana que hay en esta ciudad que me vuelve loca de alegría, me gustan definitivamente las mezclas. Hay un tipo de vieja muy NY, en general son altas, de manos alargadas, concentradas, que hacen crucigramas mientras esperan, que llevan el pelo blanco, vestidas cómodas, se las ve curiosas, me encantan.

Mañana parto a Harlem, me ofrecieron por prensa hacer un tour muy temprano y lo voy a intentar, dudé, nunca hice un tour, en realidad una vez también una chica me acompaño hace años a hacer una bicileteada por el Central Park y fue buenísimo. Si me aburro, me voy, tengo pase a otro servicio con gospel en alguna iglesia, asi que tal vez vuelva a bailar God is great, esta vuelta parece que quiero Harlem. Te imaginarás la lista de to do que tengo, me falta shopping porque mucho no hice, pero la verdad es que probarme me aburre un montón, mas aún sola…

Siempre que vengo lo compruebo: esta ciudad me conecta automáticamente con el trabajo, con lo productivo, me estimula.

Te extraño mucho y ojalá que alguna vez demos vueltas juntas por acá, ahora me voy a bañar y a dormir que tengo madrugón.”

Muchos besos


Estambul sin un peso

Ignacio Delgado Culebras, un periodista español que vive en Viena, relata con gracia una anécdota de su viaje a Estambul, donde se quedó sin blanca, como le dicen en España al dinero, o sin un mango como decimos en Argentina. ¡Que la disfruten!

“Conté de nuevo las monedas que tintineaban en mi bolsillo. Cerca de tres euros al cambio. Eso era todo lo que tenía para pasar tres días en Estambul. Me había quedado sin blanca. Mi tarjeta no funcionaba. Atardecía.

Con la mochila a cuestas, deambulaba por la plaza que separa la Mezquita Azul de Santa Sofía, pensando qué hacer. ¿Pedir dinero a los turistas? ¿Esperar que el recepcionista del hotel que acababa de abandonar se apiadase de mi y me dejase pasar un par de noches de balde? Pronto anochecería y, por primera vez en mi vida, no tenía adónde ir.

Por fortuna, pensé, las noches en Estambul aún son cálidas a principios de Septiembre. Todo se reducía a buscar un lugar apartado donde dormir. Había demasiados policías en los aledaños de las mezquitas e imaginé que no serían demasiado comprensivos con un turista arruinado (La mente de todo occidental que viaja a Turquía está aquejada del síndrome del “Expreso de Medianoche,” que consiste en un irracional pavor a las cárceles turcas. Es por ello que prefiere evitar tratos con las fuerzas del orden). Recordé un pequeño parque cerca de la Torre de Galata y partí. Jamás lo encontré.

Tomé el autobús incorrecto. Anduve largo rato por callejuelas que me eran extrañas. Los transeúntes giraban sus cabezas al paso del mochilero. No había tiendas de souvenirs, ni cafés, ni nadie a quien preguntar. Olía a comida, a basura, a perro mojado, a lugar dudoso. Las fachadas de los humildes edificios estaban carcomidas por el salitre. La noche se cernía sobre Estambul. Me había perdido. Tenía miedo.

Foto: www.fotokorth.de

Doblé por una calle al azar. La débil luz de una bombilla iluminaba un oscuro zaguán. Era la única luz en toda la calle. Dentro, un hombre viejo cenaba. Presa del hambre, reuní valor y decidí entrar. El hombre me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Vomité mi historia de golpe sin saber si aquel hombre entendía una sola coma de mi atropellado relato. Cuando terminé de hablar me miró de arriba abajo, midiéndome. Se levantó con parsimonia, aún alerta, como si estuviese a punto de arrepentirse. Abrió una puerta. Me mostró una minúscula habitación  y me indicó que me sentara. Partió pan y me invitó a compartir su pasta de judías. Luego, en un pobre inglés me explicó que podría quedarme en su casa hasta que arreglase mis problemas.

Cuando me disponía a agradecerle su hospitalidad, mencionó el precio: a cambio de aquella habitación, tenía que entregar las llaves a los clientes y hacer recados para las chicas.

Me pareció un buen trato. Mi trabajo a cambio de comida y cama. Supuse que aquel hombre regentaba una suerte de hostal y que las chicas (“the girls”) eran sus hijas. A pesar de que no era capaz de creer mi buena estrella, me extrañó que aquel hombre serio y taciturno permitiese a sus hijas tener tratos con un extraño.

Pocas horas después supe que, por azar, me había convertido en el chico de los recados de un burdel.

Los clientes llegaban con cuentagotas, nunca muchos a la vez. La mayoría eran turcos. Alguna vez llegaban marineros recién desembarcados en el Cuerno de Oro, casi siempre solos y siempre borrachos. Los parroquianos habituales era fácilmente reconocibles por la cara de sorpresa que ponían al verme. El ritual era siempre el mismo: ellos decían el nombre de una chica y yo, oh cancerbero, les daba la llave que conducía a su placentero destino. Era un trabajo fácil, pero no me dejaba dormir más de tres horas seguidas. Hay pasiones que no entienden de horarios.

Había unas ocho chicas y ninguna de ellas era caprichosa. A lo sumo, me mandaban a comprar cigarrillos y coca cola. Una dominicana llamada Clara me tomó afecto. Estaba encantada de poder hablar español con alguien. Había llegado a Estambul siguiendo a un turco que la había abandonado. Ejercía la prostitución para pagarse el pasaje de vuelta.
Mis días en el lupanar transcurrieron deprisa entre la cocina, la custodia de las llaves, los recados, y las conversaciones con Clara. Pronto llegó el día de volver a España. Me despedí de el anciano Lefter y partí.

Un viandante me miró con sorpresa y una media sonrisa cómpice se dibujó en sus labios al ver que todas las chicas esperaban en la terraza, lanzándome besos y agitando sus velos al viento a modo de despedida”.


Mi último viaje

Después de escribir todo el día, comer frente a la computadora, tomar mate con Facebook y Twitter, decido apagar la máquina y aceptar la invitación de una amiga a cenar puchero… en la otra punta de la ciudad.

Subo al auto a las 8 de la noche, hace frío, está oscuro. Tomo un camino nuevo, creo que ahí empecé a equivocarme. Pero todavía no lo sabía. Las calles iluminadas por las luces rojas y amarillas, de freno y guiño de los autos. Música (Dummy, de Portishead). El plan está bien para un final de día relajado. Hasta que entro en la Autopista del sol, paso la salida y me meto en un carril central donde nadie baja de los 120 k/h. Ninguna salida a la vista. Y lo peor: avanzo en dirección opuesta al puchero. Suena Wandering Star.

Cartel de “Salida a 500 metros”. Hay tránsito y es difícil cruzar todos los carriles para llegar a la salida. Lo logro, llego al peaje de algún lugar a unos quince kilómetros. Busco la cartera y veo que me olvidé el monedero con la plata. El chico del peaje me mira. Se suman autos en el peaje. Busco monedas en la guantera, debajo de las alfombras, en el cenicero. No hay un cobre.

Diez o bueno, doce segundos más tarde, el chico del peaje me mira mal desde su cabina en las alturas. Dejo de buscar, le pregunto si puedo pagar con tarjeta de débito. No. Obvio que no. Llega una ambulancia a la fila, los autos tocan bocina. Me tocan bocina. Ay. El chico del peaje me indica que circule. Antes debo firmar un ticket de deuda. Más bocinas. Firmo, avanzo. Me siento en la escena del escape salvaje de una película de acción, en una Carretera Perdida. Tan lejos del puchero.

***

Llegué al puchero a la hora del postre. Cuando abrió la puerta, mi amiga preguntó si siempre que no tengo viajes, me los invento.


Morrinho, un proyecto artístico, social y cultural

Morrinho es un proyecto artístico, social y cultural que comenzó en 1997 en la favela Pereirão, cuando unos adolescentes de la favela hicieron una réplica de su villa en miniatura. Como otros niños construyen castillos con Rastis, ellos levantaron una maqueta de su favela con ladrillos ahuecados (tijolos) y pintados.

En una ladera, debajo de dos enormes árboles de jaca hay casitas, bares, iglesias, prostíbulos, negocios de venta de joyas, policías, traficantes, galpones llenos de ametralladoras AK 47 del tamaño de un dedo meñique y hasta un mini Cristo Redentor sobre un morrinho (morro pequeño). Todo apiñado, como en una favela de verdad.

Desde sus comienzos, las favelas concentraron mucha gente. Nacieron después de la Guerra de los Canudos en el sertão bahiano, a fines de 1800, una zona donde crece una planta llamada favela que tiene una vaina que trae muchas semillas, una al lado de la otra, bien pegaditas. Cuando los soldados regresaron de la guerra no tenían donde vivir y se asentaron en el Morro da Favela. En la primera época, seguramente, fue un escenario colorido y naïf, tal como lo pintó Tarsila do Amaral en 1924.

Los chicos de Morrinho comenzaron jugando, pero cuando la policía vio la maqueta quiso destruirla inmediatamente. Pensó que se trataba de un mapa estratégico para los narcotraficantes. Pero no tenía nada que ver con eso, eran solamente chicos jugando a la guerra. La favela en miniatura siguió creciendo y ya no está representada sólo Pereirão, sino muchas de las villas que existen en Río. Cada una tiene sus líderes y si la descuidan, la toman otros. El día que la visité, Luzio Esteives, de 17, limpiaba los techos de su pequeña casa después de una tormenta, y Mateo, un nene de 10 lo miraba de lejos, esperando cumplir doce para poder jugar.

Actualmente, la maqueta tiene cerca de 400 metros. Los que empezaron el juego ya cumplieron veintipico y junto al Projeto Morrinho recorrieron varios países, se presentaron en bienales de arte, ganaron premios, obtuvieron créditos y salieron en reportajes en Estados Unidos y Europa. Hasta producen videos animados de los juegos en la minifavela, documentales y una película que se estrenó hace unos meses en Holanda.

La visita al Morrinho no tiene nada que ver con un favela tour. “Esto no es un safari para ver animales. Aquí se ve el potencial del morador de la favela, que puede mostrar sus valores”, me dijo Rodrigo, el guía que me acompaña, que no nació en el morro pero vivía muy cerca y, según contó, lo mejor que le podía pasar era ir a las fiestas funk de la favela. Aunque su madre no lo supiera.
La salida del morro no fue peligrosa, pero sí cansadora. Tocó trepar cientos de escalones con calor. Una larga subida hasta llegar arriba, a la superficie, adonde la ciudad sigue latiendo como si las favelas no existieran.




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