Lustrabotas con buen marketing

Marito Walter Barneche Ruiz trabaja en el Mercado del Puerto de Montevideo hace 30 años. Es lustrabotas pero se siente embajador. Usa camisa celeste de lycra, pañuelo con traba, saco y zapatos de cuero gris.

- A mí me va bien, es el único secreto. Miráme, nena, yo tengo buena presencia, no soy cualquier cosa. No. Yo tengo, cómo es, márchesindain. Uso relojes, anillos, mirá, no soy un loco. Yo acá le lustro a famosos, a turistas de todo el mundo, tengo los emails, me mandan fotos. Hasta actué en una película, mirá lo que te digo. En la Puta Vida, ¿la viste? No. Yo no soy cualquier cosa. Miráme, ¿cuántos años me das?

- …

- ¿Sabés cuántos tengo? 62. No parezco, ¿no? Además de trabajar en el mercado, camino 40 minutos 3 veces por semana. Pero si querés que te diga la verdad, siempre tuve mucho sexo, por eso me mantengo así. ¿Sabés cuántos años tiene mi novia? 32. No, yo no soy un loco. Yo tengo markentig o como se dice, márchesindain. ¿Dónde me dices que va salir esta nota?

(La lustrada cuesta 3 dólares, la charla viene de regalo.)


Desde NYC, un email para guardar

Me escribe una amiga desde Nueva York.

Hace siete años que no viajaba a la ciudad donde vivió un tiempo, a la ciudad que la emociona y, quizás lo más importante, al lugar donde ella siente que todo es posible.

Me escribe y me cuenta su día. Impresiones en short y sandalias porque hace calor. Camina, mira y reflexiona a pesar de estar en movimiento de la mañana a la noche.

A continuación, algunos tramos de su email, que me llegó un día que no fue el más largo del año, pero parece.

“Entré en un ritmo vertiginoso, algo así como que llegué, decía Borges que el alma tarda en llegar al lugar. Estoy como si me hicieran shiatsu, viste que te aprietan en distintos puntos bien profundo, bueno así, con muchos flashbacks de toda mi vida, de mi vida acá y allá, por momentos, sobre todo de mañana hasta me da por llorar, no mal, pero me vienen brisas de melancolía, de emoción, de alegría, en fin, movidita.

El tiempo sigue súper caluroso, una fiesta y hoy como es sábado, había fiesta en las calles cada dos pasos, me di una panzada de música en vivo, de esos que te topás sin querer. También había una cuadra entera de un thrift shop que sacó todo a la calle, pero a la altura del día que me lo encontré estaba agotada ya de ver y me senté a escuchar a unas mellizas que tocaban una especie de folk/jazz buenísimas.

Lo que pasa en las calles de esta ciudad es un regalo permanente. También estuve hablando mucho con el uruguayo Javier de la librería Mc Nally Jackson. Después vi a un amigo en el Meatpacking district, hicimos Brunch ahí, hace mucho que no iba por esa zona y esos hanging gardens me parecieron maravillosos, hace 10 años hice una nota por ahí y todavía había mataderos, me impresiona cómo crece esta ciudad y lo que mas me gusta es cómo al pensarla, en el desarrollo, incluyen los espacios públicos, eso me da vuelta.

También fui por primera vez a Queens, comimos en un restaurante griego buenísimo y mucho mas barato que acá, me gustó Queens, en realidad donde estuve era Astoria, y me gustaría volver, quiero volver a todos lados.

Las tardecitas-noches son muy neoyorkinas porque en general me encuentro con Tulio y algún amigo y vamos a lugares que no conozco, anoche estuve en el Lower East en uno que se llama 1492, español y nos mandamos unas tapas. Estuve en Chinatown, bien adentro, tan adentro que en vez de darte el vaso de agua cuando te sentás te dan té de jazmín, me acordé de vos ayer porque fui a uno recomendado en la Lonely Planet y ya no existía. Estoy descubriendo muchas librerías independientes, varias en Chelsea, librerías thrift!!!  Dan ganas de llevarse un container.

Ayer estuve en la NYPL, antes descansé en el Bryant Park que me encanta, es tan loco ese parque porque esta a metros de Times Sq. y es totalmente silencioso, nunca entendí cómo puede ser posible.

Bueno en la NYPL conseguí entradas despues de mucha cola o waiting list para escuchar a Christopher Hitchens, que presntaba un libro nuevo. La espera fue bastante en vano porque la verdad es que le entendí la mitad de lo que dijo, es un hijo de puta que habla una mezcla de inglés de Inglaterra y de acá, y me dio la sensación que es algo así como políticamente incorrecto, una onda Amis, y ese estilo últimamente me pudre un poco. Lo otro fue que había un aire acondicionado mal, pero mal, mal. Lo mejor: el entrevistador, de lujo total, puso en un momento un audio de un profesor del tipo cuando era joven y estudiaba en Inglaterra para introducir una pregunta. También había una chica que dibujaba todo lo que ocurría, y en la platea se veía toda esa mezcla humana que hay en esta ciudad que me vuelve loca de alegría, me gustan definitivamente las mezclas. Hay un tipo de vieja muy NY, en general son altas, de manos alargadas, concentradas, que hacen crucigramas mientras esperan, que llevan el pelo blanco, vestidas cómodas, se las ve curiosas, me encantan.

Mañana parto a Harlem, me ofrecieron por prensa hacer un tour muy temprano y lo voy a intentar, dudé, nunca hice un tour, en realidad una vez también una chica me acompaño hace años a hacer una bicileteada por el Central Park y fue buenísimo. Si me aburro, me voy, tengo pase a otro servicio con gospel en alguna iglesia, asi que tal vez vuelva a bailar God is great, esta vuelta parece que quiero Harlem. Te imaginarás la lista de to do que tengo, me falta shopping porque mucho no hice, pero la verdad es que probarme me aburre un montón, mas aún sola…

Siempre que vengo lo compruebo: esta ciudad me conecta automáticamente con el trabajo, con lo productivo, me estimula.

Te extraño mucho y ojalá que alguna vez demos vueltas juntas por acá, ahora me voy a bañar y a dormir que tengo madrugón.”

Muchos besos


Estambul sin un peso

Ignacio Delgado Culebras, un periodista español que vive en Viena, relata con gracia una anécdota de su viaje a Estambul, donde se quedó sin blanca, como le dicen en España al dinero, o sin un mango como decimos en Argentina. ¡Que la disfruten!

“Conté de nuevo las monedas que tintineaban en mi bolsillo. Cerca de tres euros al cambio. Eso era todo lo que tenía para pasar tres días en Estambul. Me había quedado sin blanca. Mi tarjeta no funcionaba. Atardecía.

Con la mochila a cuestas, deambulaba por la plaza que separa la Mezquita Azul de Santa Sofía, pensando qué hacer. ¿Pedir dinero a los turistas? ¿Esperar que el recepcionista del hotel que acababa de abandonar se apiadase de mi y me dejase pasar un par de noches de balde? Pronto anochecería y, por primera vez en mi vida, no tenía adónde ir.

Por fortuna, pensé, las noches en Estambul aún son cálidas a principios de Septiembre. Todo se reducía a buscar un lugar apartado donde dormir. Había demasiados policías en los aledaños de las mezquitas e imaginé que no serían demasiado comprensivos con un turista arruinado (La mente de todo occidental que viaja a Turquía está aquejada del síndrome del “Expreso de Medianoche,” que consiste en un irracional pavor a las cárceles turcas. Es por ello que prefiere evitar tratos con las fuerzas del orden). Recordé un pequeño parque cerca de la Torre de Galata y partí. Jamás lo encontré.

Tomé el autobús incorrecto. Anduve largo rato por callejuelas que me eran extrañas. Los transeúntes giraban sus cabezas al paso del mochilero. No había tiendas de souvenirs, ni cafés, ni nadie a quien preguntar. Olía a comida, a basura, a perro mojado, a lugar dudoso. Las fachadas de los humildes edificios estaban carcomidas por el salitre. La noche se cernía sobre Estambul. Me había perdido. Tenía miedo.

Foto: www.fotokorth.de

Doblé por una calle al azar. La débil luz de una bombilla iluminaba un oscuro zaguán. Era la única luz en toda la calle. Dentro, un hombre viejo cenaba. Presa del hambre, reuní valor y decidí entrar. El hombre me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Vomité mi historia de golpe sin saber si aquel hombre entendía una sola coma de mi atropellado relato. Cuando terminé de hablar me miró de arriba abajo, midiéndome. Se levantó con parsimonia, aún alerta, como si estuviese a punto de arrepentirse. Abrió una puerta. Me mostró una minúscula habitación  y me indicó que me sentara. Partió pan y me invitó a compartir su pasta de judías. Luego, en un pobre inglés me explicó que podría quedarme en su casa hasta que arreglase mis problemas.

Cuando me disponía a agradecerle su hospitalidad, mencionó el precio: a cambio de aquella habitación, tenía que entregar las llaves a los clientes y hacer recados para las chicas.

Me pareció un buen trato. Mi trabajo a cambio de comida y cama. Supuse que aquel hombre regentaba una suerte de hostal y que las chicas (“the girls”) eran sus hijas. A pesar de que no era capaz de creer mi buena estrella, me extrañó que aquel hombre serio y taciturno permitiese a sus hijas tener tratos con un extraño.

Pocas horas después supe que, por azar, me había convertido en el chico de los recados de un burdel.

Los clientes llegaban con cuentagotas, nunca muchos a la vez. La mayoría eran turcos. Alguna vez llegaban marineros recién desembarcados en el Cuerno de Oro, casi siempre solos y siempre borrachos. Los parroquianos habituales era fácilmente reconocibles por la cara de sorpresa que ponían al verme. El ritual era siempre el mismo: ellos decían el nombre de una chica y yo, oh cancerbero, les daba la llave que conducía a su placentero destino. Era un trabajo fácil, pero no me dejaba dormir más de tres horas seguidas. Hay pasiones que no entienden de horarios.

Había unas ocho chicas y ninguna de ellas era caprichosa. A lo sumo, me mandaban a comprar cigarrillos y coca cola. Una dominicana llamada Clara me tomó afecto. Estaba encantada de poder hablar español con alguien. Había llegado a Estambul siguiendo a un turco que la había abandonado. Ejercía la prostitución para pagarse el pasaje de vuelta.
Mis días en el lupanar transcurrieron deprisa entre la cocina, la custodia de las llaves, los recados, y las conversaciones con Clara. Pronto llegó el día de volver a España. Me despedí de el anciano Lefter y partí.

Un viandante me miró con sorpresa y una media sonrisa cómpice se dibujó en sus labios al ver que todas las chicas esperaban en la terraza, lanzándome besos y agitando sus velos al viento a modo de despedida”.


Mi último viaje

Después de escribir todo el día, comer frente a la computadora, tomar mate con Facebook y Twitter, decido apagar la máquina y aceptar la invitación de una amiga a cenar puchero… en la otra punta de la ciudad.

Subo al auto a las 8 de la noche, hace frío, está oscuro. Tomo un camino nuevo, creo que ahí empecé a equivocarme. Pero todavía no lo sabía. Las calles iluminadas por las luces rojas y amarillas, de freno y guiño de los autos. Música (Dummy, de Portishead). El plan está bien para un final de día relajado. Hasta que entro en la Autopista del sol, paso la salida y me meto en un carril central donde nadie baja de los 120 k/h. Ninguna salida a la vista. Y lo peor: avanzo en dirección opuesta al puchero. Suena Wandering Star.

Cartel de “Salida a 500 metros”. Hay tránsito y es difícil cruzar todos los carriles para llegar a la salida. Lo logro, llego al peaje de algún lugar a unos quince kilómetros. Busco la cartera y veo que me olvidé el monedero con la plata. El chico del peaje me mira. Se suman autos en el peaje. Busco monedas en la guantera, debajo de las alfombras, en el cenicero. No hay un cobre.

Diez o bueno, doce segundos más tarde, el chico del peaje me mira mal desde su cabina en las alturas. Dejo de buscar, le pregunto si puedo pagar con tarjeta de débito. No. Obvio que no. Llega una ambulancia a la fila, los autos tocan bocina. Me tocan bocina. Ay. El chico del peaje me indica que circule. Antes debo firmar un ticket de deuda. Más bocinas. Firmo, avanzo. Me siento en la escena del escape salvaje de una película de acción, en una Carretera Perdida. Tan lejos del puchero.

***

Llegué al puchero a la hora del postre. Cuando abrió la puerta, mi amiga preguntó si siempre que no tengo viajes, me los invento.


Morrinho, un proyecto artístico, social y cultural

Morrinho es un proyecto artístico, social y cultural que comenzó en 1997 en la favela Pereirão, cuando unos adolescentes de la favela hicieron una réplica de su villa en miniatura. Como otros niños construyen castillos con Rastis, ellos levantaron una maqueta de su favela con ladrillos ahuecados (tijolos) y pintados.

En una ladera, debajo de dos enormes árboles de jaca hay casitas, bares, iglesias, prostíbulos, negocios de venta de joyas, policías, traficantes, galpones llenos de ametralladoras AK 47 del tamaño de un dedo meñique y hasta un mini Cristo Redentor sobre un morrinho (morro pequeño). Todo apiñado, como en una favela de verdad.

Desde sus comienzos, las favelas concentraron mucha gente. Nacieron después de la Guerra de los Canudos en el sertão bahiano, a fines de 1800, una zona donde crece una planta llamada favela que tiene una vaina que trae muchas semillas, una al lado de la otra, bien pegaditas. Cuando los soldados regresaron de la guerra no tenían donde vivir y se asentaron en el Morro da Favela. En la primera época, seguramente, fue un escenario colorido y naïf, tal como lo pintó Tarsila do Amaral en 1924.

Los chicos de Morrinho comenzaron jugando, pero cuando la policía vio la maqueta quiso destruirla inmediatamente. Pensó que se trataba de un mapa estratégico para los narcotraficantes. Pero no tenía nada que ver con eso, eran solamente chicos jugando a la guerra. La favela en miniatura siguió creciendo y ya no está representada sólo Pereirão, sino muchas de las villas que existen en Río. Cada una tiene sus líderes y si la descuidan, la toman otros. El día que la visité, Luzio Esteives, de 17, limpiaba los techos de su pequeña casa después de una tormenta, y Mateo, un nene de 10 lo miraba de lejos, esperando cumplir doce para poder jugar.

Actualmente, la maqueta tiene cerca de 400 metros. Los que empezaron el juego ya cumplieron veintipico y junto al Projeto Morrinho recorrieron varios países, se presentaron en bienales de arte, ganaron premios, obtuvieron créditos y salieron en reportajes en Estados Unidos y Europa. Hasta producen videos animados de los juegos en la minifavela, documentales y una película que se estrenó hace unos meses en Holanda.

La visita al Morrinho no tiene nada que ver con un favela tour. “Esto no es un safari para ver animales. Aquí se ve el potencial del morador de la favela, que puede mostrar sus valores”, me dijo Rodrigo, el guía que me acompaña, que no nació en el morro pero vivía muy cerca y, según contó, lo mejor que le podía pasar era ir a las fiestas funk de la favela. Aunque su madre no lo supiera.
La salida del morro no fue peligrosa, pero sí cansadora. Tocó trepar cientos de escalones con calor. Una larga subida hasta llegar arriba, a la superficie, adonde la ciudad sigue latiendo como si las favelas no existieran.


El camino no elegido, por Robert Frost

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.
Alto en el bosque en una noche de invierno

Me imagino de quién son estos bosques.
Pero en el pueblo su casa se encuentra;
no me verá parada en este sitio,
ante sus bosques cubiertos de nieve.

Mi pequeño caballo encuentra insólito
parar aquí, sin ninguna alquería
entre el halado lago y estos bosques,
en la noche más lóbrega del año.

Las campanillas del arnés sacude
como si presintiera que ocurre algo…
Sólo se oye otro son: el sigiloso
paso del viento entre los copos blandos.

¡Qué bellos son los bosques, y sombríos!
Pero tengo promesas que cumplir,
y andar mucho camino sin dormir,
y andar mucho camino sin dormir.

 Robert Frost

(Foto: Flickr:El Señor De La Baraja)


Una ranchera para la chaparrita consentida

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Angel Olivera rola sus rancheras en el mercado La Cruz de Querétaro, el mismo donde doña Juanita vende flor de calabaza fresca y Julio prepara aguas locas y las mañanas de domingo sirve “polla”, huevos de codorniz y jerez para la cruda (resaca). El mismo donde me tomé un jugo antigripal inolvidable. No porque tuviera gripe, sino porque me gusta la mezcla de naranja, limón, papaya, guayaba, piña y miel.  

Olivera viene de Huimilpan un pueblito en las sierras y es fanático de las rancheras del norte. Le pregunté cuál es la ranchera que más le gusta -quizás para vengarme de cuando me preguntan cuál es el país que más me gusta- y me respondió: “Híjole, pues, muchas”. Luego pensó unos segundos y dijo: Amores fingidos, de Carlos y José. Y ahí nomás en un pasillo del mercado se puso a tocar:

Si supieras chaparrita cuánto te amo, es porque que tu eres el bien de mi vida.
Chaparrita tu serás la consentida, y ándale, ándale correspóndele mi amor.
¿Para qué quieres amores fingidos?, ¿Para qué quieres amores amores que tengan dueño
?”


Mediodía de códigos argentos en el DF

En el asteroide de los argentos que viven en el DF, un alfajor Cachafaz vale más de lo que cuesta. Cuando alguien llega de afuera con una caja, es visto como un mesías. Al menos por unos segundos. Eso sentí el otro día, cuando me aparecí en la casa de mi amiga con los Cachafaz de chocolate.

No hay cifras oficiales de los argentinos que viven el DF, pero dicen que son más de 100.000. Y existen algunos grupos, como Argentos o Argen Mex, que fomentan el intercambio entre compatriotas. Martín encontró una cama y vendió su camioneta por esta red de argentinos; Patricia buscó clientes para sus masajes; Laura, compradores para sus empanadas y Paul para sus alfajores santafesinos. También sirvió para que hace algunos años los estafaran a todos, con pasajes a Argentina de una agencia que desapareció.

A propósito del 9 de julio, los Argentos se reunieron ayer, para comer empanadas, choripanes y matambrito a la pizza en una casa de Coyoacán. La invitación circuló por Internet, había que confirmarle la asistencia a Laura, de Ahijuna! que desde hace algunos años años prepara comida artesanal argentina.

Llegué con unos amigos. Nos recibió Paul, con un beso en la mejilla a las mujeres. Cuando le tocó saludar a Diego, primero le dio la mano y después un abrazo sonoro con apretón de manos en los omóplatos y beso. “Aprovechemos que acá nadie nos ve, no nos van a acusar de trolos“, le dijo. Después se rieron y arrancó el show de códigos, mientras desfilaban bandejas de empanadas de carne  y choripanes enchilados.

Había globos blancos y celestes, una bandera y alrededor de 50 personas con historias de desarraigos, adaptaciones forzadas, contradicciones y un extraño sentimiento de pertenencia.

Virginia y Manuel se conocieron por chat, hace unos cinco años. Ella es de Entre Ríos y el de Satélite, en los alrededores del DF. A ella le gustó su nic: “consejero”. Empezaron a hablar, primero unos minutos, después una hora y al final toda la noche. “Mi papá se levantaba a trabajar a las 6, entonces un rato antes yo apagaba la máquina”, me dice Virginia, que puede ni ver las tortillas de maíz, pero habla como mexicana. Manuel, su marido toma mate como argentino y Samuel, el hijo de 9 meses todavía no habla pero se comenta que con esos ojazos que tiene será el próximo galán de Televisa.

Pablo vino hace algunos años, después de la crisis del 2001 a buscar trabajo.

Se quedó un tiempo en la casa de un amigo en Cuernavaca y luego aterrizó en el DF y montó una empresa de desarrollos informáticos con Pamela, su novia peruana que vino a estudiar y estudió… hasta que se conocieron. Ahora trabajan y viven juntos. Pablo todavía juega al fútbol con un equipo argentino pero ya habla de tú.

“Cuántos más años pasan, la brecha es más grande”, “Yo me siento sin bandera”, “La tierra es la tierra”, “Durante cinco meses no estuve ni acá ni allá”, “Volver, ¿a qué?”, “Trabajo no hay, la última vez que fui había carteles de se cierra, se alquila, se vende”, “En Argentina te quedás sin trabajo y te condenan a robar”, “¿A quién pusieron de minsitro de Economía? Es un desconocido total, ¿no?”, “Hace siete años que vivo acá y leo todos los días el Clarín. Lo leo y me amargo. Entonces digo, mañana no lo leo. Pero al día siguiente, otra vez lo estoy leyendo“.  Mientras Laura servía el matambrito a la pizza, en las mesas circulaban estos comentarios.

Algunos se conocían, otros no. Hubo intercambio de correos y celulares. Se pasaron la receta de la pizza casera (“…te ponés a chamuyar y la vas amasando”) y jugaron al truco. Organizaron partidos de fútbol y reuniones, que quizás se concreten y quizás no. Pero me dio la impresión de que en el fondo eso no importaba.

Lo importante fue estar ahí, en ese momento, y sentirse cerca de algo, a pesar de que sea inasible y de que tal vez ya no exista.


Lo nuevo de Sam Mendes, una road movie

awayposterHace unos días se estrenó en Estados Unidos Away we go, la última película de Sam Mendes, el director de Belleza Americana y Revolutionary Road entre otras, y también, claro, el marido de Kate Winslet.

A diferencia de la anterior, devastadora por naturaleza y más aún si a uno se le ocurre verla un día domingo, Away we go parece más liviana, con sentido del humor y un viaje que la atraviesa de principio a fin.

Es la historia de Burt (John Krasinski) y Verona (Maya Rudolph), una pareja joven que espera a su primer hijo y decide salir a recorrer Estados Unidos en busca del mejor lugar para asentarse y convertirse en padres, un sitio al que puedan llamar “hogar”. En el camino se encuentran con parientes y antiguos amigos de los que da la impresión que es mejor mantenerse lejos. La música andariega y suave del escocés Alexi Murdoch acompaña el viaje.

En estos días Mendes presenta su película en la 63° edición del Festival de Cine de Edimburgo. Mientras tanto, por aquí la esperamos a ver qué tal está.


Instantáneas de Nueva York

 

 




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