La hamaca sobre el vacío

La que se hamaca y cuenta esta historia es Josefina Genta, productora de Canal 13, viajera con ganas de escribir de viajes y, sin duda, una mujer osada: se está hamacando sobre el vacío, ahí nomás de las nubes. A continuación, su experiencia.

Hamacarse a 2.660 metros de altura frente al imponente volcán Tungurahua debería ser la actividad más promocionada de Baños de Agua Santa.

En el centro de Ecuador, esta ciudad es conocida por el turismo aventura: rafting, excursiones a cascadas, bungee jumping y canopy. Pero son pocos los visitantes que pagan 1 dólar para conocer “La casa del columpio” o “Casa del árbol”, y menos los que pasan algunos minutos balanceándose en el vacío.

En 1999 Carlos Sánchez decidió ser vigía del “gigante negro” y se instaló en este mirador en un cerro vecino. Construyó una casita arriba de un árbol al filo de la montaña. Desde allí vigila la actividad del Tungurahua. En ese mismo lugar, y para entretener a los turistas que llegan hasta ahí, colgó dos hamacas.

Y me animo. Sentada en el rectángulo de madera, a 2.5 km del cráter activo hace 16 años, avanzo hacia al precipicio que me separa del volcán, rodeando apretadamente mis manos a las dos sogas. Piernas estiradas, el envión hacia adelante deja atrás la montaña, abre el cielo y acerca las nubes. La vuelta flexiona las rodillas e inclina el tronco.
Al principio, el ritmo es tímido porque la sensación de acercarse al vacío genera dolor de panza. En dos vaivenes, se torna lúdico y uno se olvida de que atrás hay una fila de cinco personas esperando el empujón a la adrenalina. Relajarse en este columpio del fin del mundo parece ser más sanador que hervirse en los baños termales por los que es popular esta ciudad. Me voy dejando llevar por la hamaca que me traslada a la infancia y, capaz un poquito por eso, pierdo todos los miedos.


Trayectos y memoria

Natalia Montaldo escribe de viajes en Página 12 y otros medios. Conoce Cabo La Vela, en Colombia, y vivió en San Martín de los Andes. Aquí cuenta un trayecto del trabajo a su casa en una noche de oscuridad, cielo vasto y frío cerca del Lago Lácar.

A un año de haberme ido de San Martin de los Andes, la imagen más recurrente no es ninguna de las postales típicas, sino las cuadras que separaban mi casa del colectivo.

Había dos recorridos de transporte posibles y mi casa estaba equidistante de ambas paradas, a 5 cuadras. Tenía un trayecto que utilizaba para hablar sola, procurando no ser descubierta (el de la ruta) y otro donde la sensación era tan introspectiva que hasta mis propios pensamientos sobraban (el del callejón).

Siempre me pareció más largo el camino de regreso a la casa desde la ruta, que al revés.

Bajaba del colectivo en la ruta y tomaba la calle Núñez. La Cascada es un barrio de casas con jardines y calles de ripio. No hay comercios, salvo por pequeños almacenes de esos que improvisan los vecinos en sus ex garajes. Tampoco hay veredas. Todos caminamos en medio o al costadito de la calle, sin que eso suponga un riesgo mayor que mojarse con los charcos.

La primera casa que asomaba tenía un jardín enorme y ni una flor. Salvo en Octubre, donde estos devotos de los bulbos llenaban todo con tulipanes, que duran poco.

Al cabo de un tiempo uno identifica las casas alquiladas de las que siempre vive la misma gente. Venía la casa rosada donde había vivido mi tía. Enfrente, la del periodista Belloli. El vecino Tachenco, lavando su camión de fletes o regando sus rosales. Hola, buen día. Dos pasos más adelante, el sauce que oficiaba de techo, cruzando toda la calle. El sonido de las ramas de los árboles. Faltando una cuadra entera para mi casa, divisaba a Truco, el perro de mi vecino, sentado en medio de la calle. Esperaba a su dueño, pero cuando me reconocía, igual se alegraba y me recibía. Si llevaba bolsas del super, las husmeaba.

Llegando por el otro lado, el colectivo me dejaba en la intersección del Callejón de Bello y el de Gingin. Era campo abierto, ya que el barrio comenzaba dos cuadras más adelante. Había vacas y caballos de ambos lados.
Desde ahí podía ver el cielo más vasto. Era como si la línea del horizonte fuera casi subterránea. Todo, casi todo, era cielo. Y verde, pasto muy verde, por lo que es mallín.
Pero lo mejor de este trayecto sucedía de noche. Al no haber construcciones, tampoco había luces. Ni de casas, ni de alumbrado público. Era la oscuridad misma. Oscuridad y silencio de campo.

Reconozco que la primera vez que lo hice me dio algo de miedo. Estirar la mano y no ver la palma. Así de oscuro. Mi temor, no radicaba en que saliera un ladrón (dudaba mucho que pudiera aparecer ni un ser humano, de cualquier índole moral). Pensaba más bien en caballos sueltos, o perros, o pozos. Tres cuadras enteras de trayecto escuchando solamente el sonido de mis zapatos en el ripio.
En algunos días de mucho frio, fantaseaba con tener auto. Me alegra no haberlo tenido.


Tibia y Tombuctú

[…] Una vez juntos podíamos partir. Viajábamos de hueso en hueso, de continente en continente. A veces hablábamos. No decíamos frases, ni palabras cariñosas. Decíamos partes del cuerpo y lugares del mundo. Tibia y Tombuctú, Labios y Laponia, Oreja y Oasis. Los nombres de las partes del cuerpo se transformaban en apodos cariñosos; los de lugar, en contraseñas. No estábamos soñando. Sencillamente nos convertíamos en el Vasco da Gama de nuestros cuerpos. Prestábamos mucha atención al sueño del otro; nunca lo olvidábamos. Profundamente dormida su respiración era un oleaje. Me llevaste al fondo del mar, me dijo una mañana al despertar.

No nos hicimos amantes. Apenas éramos amigos y no teníamos mucho en común. A mí no me interesaban los caballos, y a ella no le interesaba la Prensa Libre. Cuando nos cruzábamos en la escuela no teníamos nada que decirnos. Pero no nos preocupaba. Nos dábamos un beso, en el hombro, en el cuello, nunca en la boca, y seguíamos nuestros caminos separados, como una pareja de personas mayores que trabajaran en el mismo centro. Pero en cuanto oscurecía , siempre que podíamos, quedábamos para volver a hacer lo mismo: pasar la noche en los brazos del otro y, así, partir, irnos a otro sitio. Una y otra Vez.

Berger, John “5.Islington” en Aquí nos vemos, Buenos Aires, Alfaguara, 2006, pp.114


El paraíso, un lugar común

El paraíso es la ubicación más económica de algunos teatros. Una galería alta, pasando los palcos, la tertulia y la cazuela. De chica, varias veces fui al Colón y presencié alguna ópera o una orquesta de cámara desde el paraíso. Un paraíso tangible, real, indiscutible. Y barato. Los actores se veían chiquitos, como en un videojuegos, pero qué importaba: me sentía lo máximo porque estaba en el paraíso.

Eso fue antes de empezar a escribir sobre viajes y enterarme que el mundo está lleno de paraísos.

Paraíso viene del latín paradisus y según el Antiguo Testamento, es el Jardín de Delicias donde Dios colocó a Adán y Eva. Ahí estuvieron ellos, desnudos y felices, hasta que cayeron en la tentación, desobedecieron y se les vino la noche. A ese paraíso no se llega en taxi ni en avión ni a caballo. Es un lugar mitológico, que a través de los siglos se transformó en el sustantivo más usado para representar el sitio ideal, donde no hace ni frío ni calor, donde se supone que todo es bello y perfecto y no existen los problemas.

A comienzos de los 90, cuando los diarios inauguraron los suplementos de viajes, el paraíso se multiplicó. Veinte años después, hemos visto paraísos en la selva y en la cordillera; en la playa y en las ciudades y en el desierto. En la Polinesia y en Kenia; en Tailandia y en Aspen. A medida que pasaba el tiempo y el turismo aumentaba, se descubrían más y más paraísos. Hasta que ese lugar, soñado e inalcanzable, se convirtió en un lugar común.

Después de muchos años de trabajar como periodista de viajes y conocer algunos de esos paraísos, un día me pregunté dónde quedaba mi paraíso terrenal. Pasaron imágenes y las miré con calma, como antes se miraban las fotos en un álbum. Hasta que encontré el lugar.

Por si acaso, no fue fácil llegar. Viajaba con mi hermano por la ceja de selva peruana, una zona alta, húmeda, de vegetación subtropical que precede a la selva del Amazonas. La única forma de trasladarse de Jaén a Tarapoto era en la caja de una camioneta que salía cuando se “completaba”. En lugares en donde el transporte es escaso, el que posee uno recibe pleitesía de rey. Decide cuándo sale, dónde para, cada cuánto y si para.

Esa vez, en Tarapoto, esperamos horas hasta que se completó, con mineros y trabajadores rurales. Era la época de lluvias, los caminos estaban inundados y costaba avanzar. Una, dos, cinco veces tocó bajarse y empujar. En 13 horas hicimos ¡150 kilómetros! y un amigo, Homero, que volvía a su pueblo después de trabajar en Piura, en medio de la incomodidad del amanecer frío, anunció que lo mejor sería continuar a pie. Que en cuatro o cinco horas llegaríamos a su pueblo, que podíamos pasar la noche en la casa de su tía Reina. Fue convincente. Su mirada serena mostraba que se podía confiar en él. Bajamos las mochilas de la camioneta y lo seguimos, primero por la huella de los autos y luego por atajos, entre la vegetación espesa y con el agua hasta la rodilla.

Más de una vez me pregunté qué hago acá, por qué me bajé, por qué me atraen los caminos poco transitados, por qué no voy de vacaciones a la playa. Como si creyera que no saber dónde dormiré en la noche ayudará a atravesar otras incertidumbres.

Con las medias mojadas y las zapatillas negras de barro seguimos a Homero, que nos contaba historias; señalaba un cruce de caminos y decía que hacia allá era una zona liberada, que por ahí no existía la policía y que había laboratorios donde se producía cocaína.

Finales del 92, la Argentina de Menem, la ficción del 1 a 1 con la que muchos viajamos al exterior. En el Perú de Fujimori, los grupos terroristas Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru) promovían la lucha armada para instaurar un régimen revolucionario campesino comunista. En el camino mataban a los enemigos de su revolución. Homero aseguró que no había problemas y le creímos. Después supe que la relativa tranquilidad era porque el ejército peruano había detenido a Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso.

Cuando llegamos a su caserío, los vecinos salían a la puerta de las casas para vernos atravesar la plaza sin monumento. En la casa de Reina nos invitaron arroz blanco con pescado frito y un tazón de café endulzado con chancaca (azúcar sin refinar). Tendimos nuestros sacos de dormir sobre unos tablones y hasta mañana.

Al día siguiente, Homero nos llevó a conocer una fábrica de cañazo, el aguardiente que se hace con la corteza de la caña de azúcar. De fuerte contenido alcohólico, la bebida emborracha a los hombres de la selva. De vuelta cruzamos por un río que traía oro, y al final llegamos a ese jardín tropical, mi paraíso. Había árboles cargados de frutos: plátanos, papayas, guabas, piñas, caña de azúcar, café, cacao, naranjas. Uno nunca podría pasar hambre en un lugar así. Mientras los reconocíamos -ahí vi por primera vez una planta de café- apareció la señora Lidia, bajita como un arbusto, que nos vendió algunas frutas, una leche evaporada, y de regreso, en la casa de tía Reina, preparamos un jugo multivitamínico en una licuadora a manivela. Este recuerdo aparece en mi memoria cuando pienso en el paraíso terrenal.

A propósito, la semana que viene viajo a las Islas Caymán, un paraíso fiscal.

(Escribí esta columna para el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile)


Buenos Aires graffiti (II)

Arte urbano, cosecha 2012. De mis últimas salidas en bici y caminando por Abasto, Palermo, Villa Crespo y La Boca. Para los que no hayan visto el anterior: http://tiny.cc/4znggw


Nubes sobre el Caribe

Ayer a la tardé sobrevolé el Caribe. Al principio estaba despejado, después aparecieron las nubes. Ligeras, esponjosas, transparentes. Bajas, como apoyadas en el mar, en la tierra.

Nubes delicadas, pequeñas, archipiélagos de nada, islas que se deshacían ni bien se formaban.

Por momentos se veían veleros lejanos, bajo las nubes. Me acordé de una pareja de abogados de Ohio que un día colgó las leyes, compró un velero y se fue a viajar. Sólo por los trópicos, me aclararon cuando los conocí. Fue hace años pero me imagino que pueden estar ahí abajo hamacándose entre Fidji y Cuba.

Continente de nubes. Las mismas que cuando se enoloquecen y espesan engendran huracanes, el mal más temido en esta región del mundo.

El piloto lo acaba de anunciar: en media hora aterrizaremos en una isla. Debajo del colchón de nubes: el mar turquesa, la temperatura agradable, palmeras, la gente sin prisa, para muchos los símbolos de las vacaciones soñadas.


Hacia blogtrips conscientes

Hace poco me invitaron al primer blogtrip de Argentina. El destino era la ciudad de La Plata.

No pude ir, no me daban los tiempos. Pero confieso que tuve miedo de que fuera similar a los clásicos presstrips que hago por trabajo.

El sábado, en el marco del Travel Blogger Meeting, supe que ese blogtrip salió muy bien. Hablaron los organizadores y una de los cinco bloggers participantes, que estaba conforme con la experiencia.

También me enteré que próximamente habrá más blogtrips en el país, siguiendo el modelo exitoso de España y Europa. Como blogger me gusta que se nos tenga en cuenta y que se renueven los medios y estrategias para escribir sobre viajes. Pero como periodista de viajes acostumbrada a los presstrips quisiera que no se cometan los mismos errores.

El presstrip es lo más parecido que conozco a un viaje de egresados. No voy a ocultar que lo pasé excelente en muchos, que disfruté, que me hice amigos que conservo hasta hoy. En los viajes de prensa hay amistad, risas, peleas… y romance. Conozco a una colega que encontró a su marido en un fam (Dato para noveleros: fue hace 10 años y ¡siguen juntos!)

Sin embargo, hay que admitir, que muchas veces los presstrips tienen más componentes de un viaje de adolescentes que de un tour de familiarización con un lugar. Uno termina hablando con el compañero que tiene al lado y son mucho más importantes los chismes que él cuenta sobre el medio para el que trabaja y los conocidos en común que el país o ciudad que está pasando por la ventanilla.

Una editora amiga me contó una anécdota que le ocurrió en un fampress. Resulta que estaba en un restaurante de Hong Kong con un grupo de periodistas argentinos. Ella es una mujer curiosa, acostumbrada a viajar. Tenía su plato en la mano y analizaba el exuberante paisaje gastronómico, emocionada ante los brillos, el color, las texturas, pensando si se serviría pato pekinés, cangrejos de río con salsa hoisin, aleta de tiburón o huevo de pato. Tan absorta estaba en la elección que no reparó la cercanía de uno de los periodistas del presstrip, que le susurró al oído: “¿No te comerías un choripán?”.

A este tipo de situaciones se suma que vamos juntos a todos lados, nos esperamos, comemos, tomamos algo, todo siempre entre nosotros. Cuando la idea es conocer otro lugar, otras personas, otras costumbres.

Y qué decir de la agenda de los viajes, más apretada que un talle chico. En general, estos viajes están organizadas por gente que odia perder el tiempo, y no entiende que para nosotros periodistas o bloggeros que vamos al encuentro de un lugar es importante una mañana, una tarde para vagar sin agenda.

“No se preocupen, yo les consigo un personaje buenísimo”, dirá el tour leader ante las quejas de los periodistas aburridos de las citas con los directores de turismo que no suelen aportar nada. Entonces, aparecerá el personaje y los periodistas anotarán las mismas declaraciones y luego las reproducirán en sus artículos, que si bien serán diferentes, se parecerán bastante y saldrán en una fecha más o menos igual.

Por eso, es importante que encontremos tiempo libre, no para ir a la piscina del hotel, o sí, si es que pensamos que allí vamos a encontrar una punta para la nota. Tiempo libre para mirar, interpretar el lugar, encontrar a alguien con algo para contar. Me acuerdo de un fam en Praga con una agenda imposible, con una guía frenética. La forma que encontré para estar un rato sola, sin colegas, sin guía y con menos turistas, fue entre las 6 y las 8 de la mañana. Entonces, esa semana amanecí varios días al alba, para salir en busca de mi punto de vista. Para ver sin que me muestren.


Encuentro cercano en una sala de espera

Verónica Montero, periodista, viajera, bloggera y distinguida colaboradora de Viajes Libres, hizo un viaje por Perú. Ya contará historias y aventuras, mientras tanto nos muestra un videito que filmó en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, de Lima. Y dice:

“Teníamos ocho horas de espera en el aeropuerto de Lima. Pensamos en ir a la ciudad, pero el tránsito nos desalentó. Hacíamos tiempo, cuando vimos un tumulto de fotógrafos. Por inercia, más de turista que de periodista, saqué mi cámara y apunté. Quizás era un político, tal vez un jugador de fútbol o alguna estrella local…no importaba quién era: algo estaba sucediendo en esas ocho horas en que no iba a suceder nada. La bola de fotógrafos se acercaba, se acercaba más. No hizo falta apretar zoom. Ahí estaba con su sombrero y gafas oscuras… ¡Era Mick Jagger! Y acababa de pasar al lado nuestro”.


Sentimiento candombero

Dice Rubén Rada sobre el candombe en una vieja entrevista: “Yo lo tengo adentro desde que nací. Como tengo las motas, tengo el candombe. Nunca tendré el pelo lacio, y nunca me liberaré del sentimiento candombero, en todo lo que compongo hay una candombez, un recuerdo del candombe”.

Después de unos días en Montevideo da la sensación de que esa candombez de la que habla El Negro Rada late en la ciudad. Seguramente, entremezclada con la nostalgia del tango, redefinida por el tiempo.

A fines del siglo XVIII, el 35 % de la población de Montevideo era de descendencia africana. Con ellos nació el candombe, en un instinto de supervivencia, de guardar sus raíces. Como había negros de distintas regiones de África, se reunían según su origen en Salas de Nación y practicaban este ritmo afrouruguayo que combina el sonido de tres tambores: chico, repique y piano, que juntos forman una cuerda. Los tambores van colgados al hombro y se tocan con una mano abierta y un palillo.
El candombe se prohibió tiempos de la colonia y, durante la dictadura militar, demolieron el Conventillo Mediomundo, en Cuareim 1080, un templo de candombe y resistencia.
En la actualidad, entre el 6 y el 9 % de la población uruguaya es afrodescendiente. Muchos viven en el barrio Sur, donde los fines de semana hay cuerdas de tambores que recorren la calle Isla de Flores, Cuareim y algunas más. Eso mientras tanto, hasta que llegue el Desfile de Llamadas y la ciudad se pronuncie con tambores. Y si toca Hugo Fattourso, hay que ir a verlo porque es un virtuoso. Y si suena La Melaza, hay que saber es un grupo de tambores formado sólo por mujeres.
¿Y después de la muerte qué hay? le preguntaron en otra entrevista a Rada. “Candombe”, dice él.


Los gendarmes perdidos

Otra cortita de Ángel, el chofer patagónico. La escuché también de noche, en viaje por una ruta de ripio, mientras las liebres encandiladas por la luz de la camioneta cruzaban desesperadas a uno y otro lado del camino. La mayoría se salvó la vida, algunas, las más pequeñas, no.

Quizás porque me ve angustiada por las liebres, Ángel me pregunta si conozco la historia de los gendarmes. Le respondo que no y empieza el cuento. Dice que en una ruta del sur de Santa Cruz hay unos gendarmes que una vez, hace muchos años, ponéle treinta, salieron a recorrer y se perdieron en la estepa. Nunca regresaron al sitio donde estaban destinados.

Desde esa época están perdidos y hacen dedo en las rutas de la provincia. Lo escuchaba atenta, mientras pensaba ya llega el remate. Pero no. Ya era de noche, una noche sin luna.

Así como hoy estaba la noche, oscura, muy oscura, yo manejaba y veo que adelante hay dos gendarmes haciendo dedo, dice Ángel. Paró. Se subieron atrás, y hablaban entre ellos. Eran jóvenes, tenían la edad de cuando se perdieron. Ángel iba concentrado en la ruta y no conversaba con ellos. En un momento, se dio vuelta para pedirles que le indicaran dónde se bajaban. Y qué creen. Los gendarmes no estaban. Habían desaparecido. O se habían vuelto a perder.

– Ángel, ¿no lo soñaste?
– Te lo juro que los llevé en la camioneta, dice. Y lo jura con el índice, dibujando una cruz sobre sus labios.




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