El camino no elegido, por Robert Frost

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.
Alto en el bosque en una noche de invierno

Me imagino de quién son estos bosques.
Pero en el pueblo su casa se encuentra;
no me verá parada en este sitio,
ante sus bosques cubiertos de nieve.

Mi pequeño caballo encuentra insólito
parar aquí, sin ninguna alquería
entre el halado lago y estos bosques,
en la noche más lóbrega del año.

Las campanillas del arnés sacude
como si presintiera que ocurre algo…
Sólo se oye otro son: el sigiloso
paso del viento entre los copos blandos.

¡Qué bellos son los bosques, y sombríos!
Pero tengo promesas que cumplir,
y andar mucho camino sin dormir,
y andar mucho camino sin dormir.

 Robert Frost

(Foto: Flickr:El Señor De La Baraja)


Una ranchera para la chaparrita consentida

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Angel Olivera rola sus rancheras en el mercado La Cruz de Querétaro, el mismo donde doña Juanita vende flor de calabaza fresca y Julio prepara aguas locas y las mañanas de domingo sirve “polla”, huevos de codorniz y jerez para la cruda (resaca). El mismo donde me tomé un jugo antigripal inolvidable. No porque tuviera gripe, sino porque me gusta la mezcla de naranja, limón, papaya, guayaba, piña y miel.  

Olivera viene de Huimilpan un pueblito en las sierras y es fanático de las rancheras del norte. Le pregunté cuál es la ranchera que más le gusta -quizás para vengarme de cuando me preguntan cuál es el país que más me gusta- y me respondió: “Híjole, pues, muchas”. Luego pensó unos segundos y dijo: Amores fingidos, de Carlos y José. Y ahí nomás en un pasillo del mercado se puso a tocar:

Si supieras chaparrita cuánto te amo, es porque que tu eres el bien de mi vida.
Chaparrita tu serás la consentida, y ándale, ándale correspóndele mi amor.
¿Para qué quieres amores fingidos?, ¿Para qué quieres amores amores que tengan dueño
?”


Mediodía de códigos argentos en el DF

En el asteroide de los argentos que viven en el DF, un alfajor Cachafaz vale más de lo que cuesta. Cuando alguien llega de afuera con una caja, es visto como un mesías. Al menos por unos segundos. Eso sentí el otro día, cuando me aparecí en la casa de mi amiga con los Cachafaz de chocolate.

No hay cifras oficiales de los argentinos que viven el DF, pero dicen que son más de 100.000. Y existen algunos grupos, como Argentos o Argen Mex, que fomentan el intercambio entre compatriotas. Martín encontró una cama y vendió su camioneta por esta red de argentinos; Patricia buscó clientes para sus masajes; Laura, compradores para sus empanadas y Paul para sus alfajores santafesinos. También sirvió para que hace algunos años los estafaran a todos, con pasajes a Argentina de una agencia que desapareció.

A propósito del 9 de julio, los Argentos se reunieron ayer, para comer empanadas, choripanes y matambrito a la pizza en una casa de Coyoacán. La invitación circuló por Internet, había que confirmarle la asistencia a Laura, de Ahijuna! que desde hace algunos años años prepara comida artesanal argentina.

Llegué con unos amigos. Nos recibió Paul, con un beso en la mejilla a las mujeres. Cuando le tocó saludar a Diego, primero le dio la mano y después un abrazo sonoro con apretón de manos en los omóplatos y beso. “Aprovechemos que acá nadie nos ve, no nos van a acusar de trolos“, le dijo. Después se rieron y arrancó el show de códigos, mientras desfilaban bandejas de empanadas de carne  y choripanes enchilados.

Había globos blancos y celestes, una bandera y alrededor de 50 personas con historias de desarraigos, adaptaciones forzadas, contradicciones y un extraño sentimiento de pertenencia.

Virginia y Manuel se conocieron por chat, hace unos cinco años. Ella es de Entre Ríos y el de Satélite, en los alrededores del DF. A ella le gustó su nic: “consejero”. Empezaron a hablar, primero unos minutos, después una hora y al final toda la noche. “Mi papá se levantaba a trabajar a las 6, entonces un rato antes yo apagaba la máquina”, me dice Virginia, que puede ni ver las tortillas de maíz, pero habla como mexicana. Manuel, su marido toma mate como argentino y Samuel, el hijo de 9 meses todavía no habla pero se comenta que con esos ojazos que tiene será el próximo galán de Televisa.

Pablo vino hace algunos años, después de la crisis del 2001 a buscar trabajo.

Se quedó un tiempo en la casa de un amigo en Cuernavaca y luego aterrizó en el DF y montó una empresa de desarrollos informáticos con Pamela, su novia peruana que vino a estudiar y estudió… hasta que se conocieron. Ahora trabajan y viven juntos. Pablo todavía juega al fútbol con un equipo argentino pero ya habla de tú.

“Cuántos más años pasan, la brecha es más grande”, “Yo me siento sin bandera”, “La tierra es la tierra”, “Durante cinco meses no estuve ni acá ni allá”, “Volver, ¿a qué?”, “Trabajo no hay, la última vez que fui había carteles de se cierra, se alquila, se vende”, “En Argentina te quedás sin trabajo y te condenan a robar”, “¿A quién pusieron de minsitro de Economía? Es un desconocido total, ¿no?”, “Hace siete años que vivo acá y leo todos los días el Clarín. Lo leo y me amargo. Entonces digo, mañana no lo leo. Pero al día siguiente, otra vez lo estoy leyendo“.  Mientras Laura servía el matambrito a la pizza, en las mesas circulaban estos comentarios.

Algunos se conocían, otros no. Hubo intercambio de correos y celulares. Se pasaron la receta de la pizza casera (“…te ponés a chamuyar y la vas amasando”) y jugaron al truco. Organizaron partidos de fútbol y reuniones, que quizás se concreten y quizás no. Pero me dio la impresión de que en el fondo eso no importaba.

Lo importante fue estar ahí, en ese momento, y sentirse cerca de algo, a pesar de que sea inasible y de que tal vez ya no exista.


Lo nuevo de Sam Mendes, una road movie

awayposterHace unos días se estrenó en Estados Unidos Away we go, la última película de Sam Mendes, el director de Belleza Americana y Revolutionary Road entre otras, y también, claro, el marido de Kate Winslet.

A diferencia de la anterior, devastadora por naturaleza y más aún si a uno se le ocurre verla un día domingo, Away we go parece más liviana, con sentido del humor y un viaje que la atraviesa de principio a fin.

Es la historia de Burt (John Krasinski) y Verona (Maya Rudolph), una pareja joven que espera a su primer hijo y decide salir a recorrer Estados Unidos en busca del mejor lugar para asentarse y convertirse en padres, un sitio al que puedan llamar “hogar”. En el camino se encuentran con parientes y antiguos amigos de los que da la impresión que es mejor mantenerse lejos. La música andariega y suave del escocés Alexi Murdoch acompaña el viaje.

En estos días Mendes presenta su película en la 63° edición del Festival de Cine de Edimburgo. Mientras tanto, por aquí la esperamos a ver qué tal está.


Instantáneas de Nueva York

 

 


Caldo de Aluminé

Algunas mañanas, a eso de las 7.30, el gran lago Aluminé se cubre de bruma baja y espesa como la que se ve en la foto. Una mañana fría, me desperté temprano y corrí las cortinas de mi habitación en La Balconada

Al encontrarme frente a ese paisaje misterioso no pensé en El Señor de los Anillos. Me imaginé que alguien estaba preparando un caldo enorme y muy caliente. El caldo de Aluminé hervía como loco, pero el cocinero estaría atendiendo otra faena porque no llegó a revolver su sopa. Después de una hora, el caldo dejó de hervir y quedó liso como una gelatina. Con sólo mirarlo, un chef hubiera dicho que estaba listo.

Esa noche, cuando fui a cenar leí todo el menú pero no encontré ningún caldo de Aluminé. “No hay caldo, pero la trucha del lago es muy buena”, me dijo el cocinero. Y tenía razón.


Otoño en Neuquén


Mundo graffiti, en París

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Desde ayer hasta el 26 de abril, 150 graffiteros de varios países muestran su trabajo por primera vez en el marco de una institución cultural, el Grand Palais, el museo de Champs Elysées, en París. Son más de 300 obras reunidas por el arquitecto y coleccionista de graffitis, Alain Dominique Gallizia. Todos los días, de 11 a 19 y los jueves, hasta las 23. Entrada: 5 euros.

 


Una hora a oscuras

Algunos buenos viajes se pueden hacer en una hora y con la luz apagada.

Esta noche, a las 20.30 (hora local), apaguemos las luces por la Tierra. Se espera que mil millones de personas en más de mil ciudades hagan lo mismo. El objetivo es lanzar un mensaje a los líderes mundiales de cara a la Conferencia sobre Cambio Climático de Copenhague de 2009, recordándoles que el mundo necesita un compromiso de acción decidida para reducir la emisión de gases invernadero.


El mate desde lejos

Los lectores de Viajes Libres ya conocen a Pritama, amiga de la casa y frecuente colaboradora de este sitio. Aunque vive en Barcelona hace varios años, Pritama es argentina. Desde su casa en Gracia, evoca su gusto por el mate en el texto que sigue.

 

Como suele pasar, recién empecé a comprender lo que el mate significaba para mí la primera vez que sentí su ausencia. Estaba viajando por Asia y ya había pasado seis meses sin tomar un sólo amargo. Interrogaba con esperanzas a cada argentino o uruguayo que me cruzaba por el camino, y aunque a todos se les hacía agua la boca y suspiraban nostálgicos, nadie llevaba mate en su mochila.

Sin embargo, una tarde conoci a un hombre belga en una isla al sur de Tailandia que me aseguró que su amiga era argentina, de Córdoba y que sí, que estaba todo el día con esa asquerosa bebida y que tenía un paquete gigante lleno de “esa hierba”, pero que recíen volvería en cuatro días.
Como quien espera a un amigo muy querido, el tiempo se me hizo eterno, y cuando el día llegó y la cordobesa entre risas puso a calentar el agua y darme palmaditas en el hombro, comprendiendo mi emoción… supe por fin que el mate era mucho más que una bebida para mi.
Hace más de ocho años que vivo fuera de Argentina y todavía el mate sigue siendo parte fundamental de mi vida.
Y no es nacionalismo, ni fanatismo, ni embanderar una filosofía.

En la distancia, el mate es como volver a casa. Es el sabor de lo familiar, es la mano amiga que aunque me sienta sola, siempre me acompaña.
Cuando tomo mate con algún amigo del Cono Sur, inmediatamente se genera una complicidad que ninguna otra bebida podría lograr. Ni una charla de café, ni una ronda de cervezas, ni una meditada ceremonia del té en toda su regla.

El mate es intimista, da calor, tiene un aura de unión. Cada vez son más los amigos y conocidos que se aficionan al mate en este lado del mundo, atraídos por el ritual de compartir, de dar y recibir, de ser parte de una sutil comunidad.
El regusto de su sabor en mi lengua activa la memoria de todo lo que soy, ahoga la nostalgia, reconforta mis horas de exilio e hidrata y alimenta mi sudamericanidad.

Desde lejos, el mate se transforma en orgullo. Su personalidad es tan fuerte, que devuelve dignidad. “Quizás allá, en Argentina, la gente no tenga mucho, pero siempre hay un mate para compartir”, se me escapa a veces con voz gaucha.
Lejos de mi tierra, el mate recobra su espíritu sagrado. Y lo tomo como si bebiera sorbos de mi propia esencia, sintiéndome por un rato en casa, y completa.




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