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	<title>Viajes Libres &#187; Turismo salvaje</title>
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		<title>Estambul sin un peso</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jun 2010 04:20:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ignacio Delgado Culebras, un periodista español que vive en Viena, relata con gracia una anécdota de su viaje a Estambul, donde se quedó sin blanca, como le dicen en España al dinero, o sin un mango como decimos en Argentina. ¡Que la disfruten! &#8220;Conté de nuevo las monedas que tintineaban en mi bolsillo. Cerca de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ignacio Delgado Culebras, un periodista español que vive en Viena, relata con gracia una anécdota de su viaje a Estambul, donde se quedó sin blanca, como le dicen en España al dinero, o sin un mango como decimos en Argentina. ¡Que la disfruten!</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/istamb2.jpg" alt="" width="500" height="298" /><em> </em></p>
<p><em>&#8220;Conté de nuevo las monedas que tintineaban en mi bolsillo. Cerca de tres euros al cambio. Eso era todo lo que tenía para pasar tres días en Estambul. Me había quedado sin blanca. Mi tarjeta no funcionaba. Atardecía.</em></p>
<p><em>Con la mochila a cuestas, deambulaba por la plaza que separa la Mezquita Azul de Santa Sofía, pensando qué hacer. ¿Pedir dinero a los turistas? ¿Esperar que el recepcionista del hotel que acababa de abandonar se apiadase de mi y me dejase pasar un par de noches de balde? Pronto anochecería y, por primera vez en mi vida, no tenía adónde ir.</em></p>
<p><em>Por fortuna, pensé, las noches en Estambul aún son cálidas a principios de Septiembre. Todo se reducía a buscar un lugar apartado donde dormir. Había demasiados policías en los aledaños de las mezquitas e imaginé que no serían demasiado comprensivos con un turista arruinado (La mente de todo occidental que viaja a Turquía está aquejada del síndrome del &#8220;Expreso de Medianoche,&#8221; que consiste en un irracional pavor a las cárceles turcas. Es por ello que prefiere evitar tratos con las fuerzas del orden). Recordé un pequeño parque cerca de la Torre de Galata y partí. Jamás lo encontré.</em></p>
<p><em>Tomé el autobús incorrecto. Anduve largo rato por callejuelas que me eran extrañas. Los transeúntes giraban sus cabezas al paso del mochilero. No había tiendas de souvenirs, ni cafés, ni nadie a quien preguntar. Olía a comida, a basura, a perro mojado, a lugar dudoso. Las fachadas de los humildes edificios estaban carcomidas por el salitre. La noche se cernía sobre Estambul. Me había perdido. Tenía miedo.</em></p>
<div class="wp-caption alignleft" style="width: 378px"><em><img src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/istambul.jpg" alt="" width="368" height="346" /></em><p class="wp-caption-text">Foto: www.fotokorth.de </p></div>
<p><em>Doblé por una calle al azar. La débil luz de una bombilla iluminaba un oscuro zaguán. Era la única luz en toda la calle. Dentro, un hombre viejo cenaba. Presa del hambre, reuní valor y decidí entrar. El hombre me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Vomité mi historia de golpe sin saber si aquel hombre entendía una sola coma de mi atropellado relato. Cuando terminé de hablar me miró de arriba abajo, midiéndome. Se levantó con parsimonia, aún alerta, como si estuviese a punto de arrepentirse. Abrió una puerta. Me mostró una minúscula habitación  y me indicó que me sentara. Partió pan y me invitó a compartir su pasta de judías. Luego, en un pobre inglés me explicó que podría quedarme en su casa hasta que arreglase mis problemas.</em></p>
<p><em>Cuando me disponía a agradecerle su hospitalidad, mencionó el precio: a cambio de aquella habitación, tenía que entregar las llaves a los clientes y hacer recados para las chicas.</em></p>
<p><em>Me pareció un buen trato. Mi trabajo a cambio de comida y cama. Supuse que aquel hombre regentaba una suerte de hostal y que las chicas (&#8220;the girls&#8221;) eran sus hijas. A pesar de que no era capaz de creer mi buena estrella, me extrañó que aquel hombre serio y taciturno permitiese a sus hijas tener tratos con un extraño.</em></p>
<p><em><img class="alignright" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/panuelo.jpg" alt="" width="304" height="315" />Pocas horas después supe que, por azar, me había convertido en el chico de los recados de un burdel.</em></p>
<p><em>Los clientes llegaban con cuentagotas, nunca muchos a la vez. La mayoría eran turcos. Alguna vez llegaban marineros recién desembarcados en el Cuerno de Oro, casi siempre solos y siempre borrachos. Los parroquianos habituales era fácilmente reconocibles por la cara de sorpresa que ponían al verme. El ritual era siempre el mismo: ellos decían el nombre de una chica y yo, oh cancerbero, les daba la llave que conducía a su placentero destino. Era un trabajo fácil, pero no me dejaba dormir más de tres horas seguidas. Hay pasiones que no entienden de horarios.</em></p>
<p><em>Había unas ocho chicas y ninguna de ellas era caprichosa. A lo sumo, me mandaban a comprar cigarrillos y coca cola. Una dominicana llamada Clara me tomó afecto. Estaba encantada de poder hablar español con alguien. Había llegado a Estambul siguiendo a un turco que la había abandonado. Ejercía la prostitución para pagarse el pasaje de vuelta.<br />
Mis días en el lupanar transcurrieron deprisa entre la cocina, la custodia de las llaves, los recados, y las conversaciones con Clara. Pronto llegó el día de volver a España. Me despedí de el anciano Lefter y partí.</em></p>
<p><em>Un viandante me miró con sorpresa y una media sonrisa cómpice se dibujó en sus labios al ver que todas las chicas esperaban en la terraza, lanzándome besos y agitando sus velos al viento a modo de despedida&#8221;.</em></p>
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		<title>La Ruta de la Muerte, en bicicleta</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jun 2010 19:23:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Anécdotas]]></category>
		<category><![CDATA[Bolivia]]></category>
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		<description><![CDATA[Entre La Paz y Coroico, en Bolivia, un descenso en mountain bike de 63 kilómetros  por el camino más peligroso del mundo, que comienza  en un paso de altura a 4.700 metros y termina a 1.200, cerca de una piscina y con las nubes bajas. La Ruta de la Muerte es un viejo camino que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/06/p1080960.jpg" alt="" width="261" height="340" />Entre La Paz y Coroico, en Bolivia, un descenso en mountain bike de 63 kilómetros  por el camino más peligroso del mundo, que comienza  en un paso de altura a 4.700 metros y termina a 1.200, cerca de una piscina y con las nubes bajas.</p>
<p>La Ruta de la Muerte es un viejo camino que conecta La Paz y Coroico. Fue construido por prisioneros paraguayos durante la Guerra del Chaco, en 1936. Se lo considera el camino más peligroso del mundo por los récords de micros y autos desbarrancados  que hubo antes de la construcción de la nueva ruta, hace tres años.</p>
<p>Desde que se hace esta travesía, unos diez años, hubo más de diez ciclistas muertos, posiblemente menos que en dos o tres meses en Buenos Aires.</p>
<p>Algunos tramos son difíciles y el paisaje se mira de ojito o la historia termina cuerpo a tierra, pero creo que lo peor de la ruta es firmar el deslinde de responsabilidad, un documento que dice que uno corre peligro de &#8220;heridas, enfermedades o muerte&#8221;.</p>
<p>En la <strong><a href="http://www.lugaresdeviaje.com" target="_blank">Revista Lugares</a></strong> de este mes, se puede leer el relato que escribí después de haber sobrevivido.</p>
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		<title>Estuve allí, pero me enteré al día siguiente</title>
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		<pubDate>Wed, 26 May 2010 03:37:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Anécdotas]]></category>
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		<category><![CDATA[Destinos]]></category>
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		<description><![CDATA[Verónica Montero es periodista, vive en Buenos Aires y su trabajo actual consiste en enaltecer a los duros de Hollywood: escribe reseñas de cine de acción para un canal de cable. Pero esta vez vuelve a su traje de reportera y nos cuenta una anécdota de su último viaje a la Gran Manzana. &#8220;Cuando uno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/05/times.jpg" alt="" width="372" height="278" /> <strong>Verónica Montero </strong>es periodista, vive en Buenos Aires y su trabajo actual consiste en enaltecer a los duros de Hollywood: escribe reseñas de cine de acción para un canal de cable.</p>
<p>Pero esta vez vuelve a su traje de reportera y nos cuenta una anécdota de su último viaje a la Gran Manzana.</p>
<p><em>&#8220;Cuando uno viaja a Nueva York espera que algo suceda. No es de esos destinos en los que sólo se visitan museos y se toman fotografías de jardines imperiales. Nueva York es en parte Hollywood. Es decir, o te chocás con George Clooney corriendo en el Central Park o presenciás algo que termina siendo tapa de los diarios; como me pasó el día del atentado fallido del 1 de mayo en Times Square.<br />
</em></p>
<p><em>No tenía reloj, así que calculo que serían las ocho. Unas cincuenta personas sacaban fotos de las cuadras más iluminadas de Manhattan. Las publicidades digitales se codeaban tratando de imponerse unas a otras. De repente, una explosión se escuchó a lo lejos. Un ruido seco paralizó todo por apenas un segundo.  Insisto: sólo fue un segundo. La escena que ahora recuerdo es la del chico que tenía al lado: tiró su lata, gritó “shit!” y salió corriendo. El resto seguimos posando y disparando sin flash a los letreros.</em></p>
<p><img class="alignright" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/05/times2.jpg" alt="" width="300" height="291" /><em>Con el diario del día siguiente me enteré de lo que realmente había sucedido. Los ojos del mundo, otra vez en La Gran Manzana: “El intento de un atentado terrorista sacude Times Square”. El sonido fuerte que escuchamos, fue la implosión provocada por la Policía a tres cuadras de donde estaba.  El vendedor de uno de los puestos callejeros, que había alertado sobre el coche bomba abandonado, se convirtió en un ídolo y había fila para sacarse fotos con el héroe.</em></p>
<p><em>Desde el atentado del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos dejó de ser un lugar seguro. Y la ciudad lo recuerda constantemente: “Cualquier persona puede ser sospechosa de cometer un acto terrorista”. Si uno mira sin mirar  observa carteles del estilo  “Si ve algo, avise” o “¿Cuál de estas dos armas cree que es verdadera?”. Pero los mensajes se entremezclan con los de otros avisos y todo termina siendo lo mismo. “Comer un combo en un local de comidas rápidas tiene X cantidad de calorías”, “No te pierdas la temporada final de Lost”, “Sonría, lo estamos filmando”, “Si retira un ejemplar, tiene 20% de descuento para presenciar el musical de Mary Poppins en Broadway”.</em></p>
<p><em>Ruido, mucho ruido, por todas partes. </em><em>The show must go on hace que el sonido de una implosión sea confundido como parte de una performance, como creí esa noche en Times Square. Al igual que  cuando después de estar varias horas recorriendo el Madame Tussauds, que queda por esa misma zona, salí a la calle y  al ver  a un señor quieto, me acerqué creyendo que era de cera&#8221;.</em></p>
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		<title>Te regalo una punta de flecha, mi vida</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Apr 2010 05:15:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En varias zonas del campo de Santa Cruz se encuentran puntas de flecha. Sí, todavía hoy. Suelen estar en picaderos, como se les llama a los lugares donde los tehuelches picaban y daban forma a las piedras hasta convertirlas en armas. Las que se ven en la foto están expuestas en La Posada del Posadas, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/04/p1050935.jpg" alt="" width="343" height="210" />En varias zonas del campo de Santa Cruz se encuentran puntas de flecha. Sí, todavía hoy.</p>
<p style="text-align: left;">Suelen estar en picaderos, como se les llama a los lugares donde los tehuelches picaban y daban forma a las piedras hasta convertirlas en armas.</p>
<p style="text-align: left;">Las que se ven en la foto están expuestas en La Posada del Posadas, el hotel de Pedro Fortuny y Susana Ventura, en Lago Posadas, al norte de la provincia.</p>
<p style="text-align: left;">Como en el pueblo, de unos 300 habitantes, no hay museo les pregunté por qué no las prestaban para armar un posible museo. Entonces, Susana frunció el ceño y dijo, muy segura, que no.</p>
<p style="text-align: left;">A continuación, me explicó una tendencia patagónica: llevar un colgante con punta de flecha. Después comentó que se ha visto a mujeres relacionadas con políticos llevar alegremente un tiento con una obsidiana filosa, tallada por algún tehuelche. Una punta de flecha que se encontró en un picadero, llegó a un museo y después se las llevaron del museo. Total, hay tantas. Por eso, las de Fortuny no salen de la impecable vitrina, en el hall del hotel. Pase a verlas, aún no cobran entrada.</p>
<p style="text-align: left;">
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		<title>Mi puma privado</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Apr 2010 15:23:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Todos los que después no creerán esta historia van montados a caballo, abrigados porque es otoño y el otoño en la Patagonia es frío. Pardo lleva la delantera, con cinco perros. Cuando puede, galopa entre las matas negras, unos arbustos tiesos como alambres que resisten la dureza de este lugar, igual que él. Amanece. Las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/04/p1050354.jpg" alt="" width="336" height="380" />Todos los que después no creerán esta historia van montados a caballo, abrigados porque es otoño y el otoño en la Patagonia es frío.</p>
<p>Pardo lleva la delantera, con cinco perros. Cuando puede, galopa entre las matas negras, unos arbustos tiesos como alambres que resisten la dureza de este lugar, igual que él.</p>
<p>Amanece. Las nubes se ven rosas, de un rosa flamenco, más típico de un cartel publicitario en Miami que de esta tierra lejana y solitaria.</p>
<p>Allá atrás, en el horizonte asoma el cerro de Mie, con parches de nieve. Unos dicen que se llamaba cerro de Miel y que con el tiempo perdió una letra. Otros creen que el verdadero nombre es cerro de Mierda porque cuando se tapa, viene la tormenta. En los mapas, se lee cerro de Mie.</p>
<p>Mi caballo sigue al de Pardo, parece la sombra. Bastante más atrás vienen otros dos jinetes, al paso. Me detengo a sacar unas fotos del paisaje estepario. Dos de los perros ladran y se largan a subir la meseta. Me pregunto si habrán visto una libre. Uno se queda abajo, con las patas estiradas y la cabeza erguida, en posición de ataque. Entonces levanto la vista y lo veo.</p>
<p>Arriba, dominando la meseta desde la altura, un león mira con desgano la escena de los perros y los caballos y se da la media vuelta. No somos suficientes para él, uno de los felinos más grandes del mundo. En la Patagonia le dicen león, pero el nombre es puma americano. Vive en todo el continente, desde Canadá hasta Argentina y Chile, y no tiene predadores. Por eso se sentirá lo máximo.</p>
<p><img class="alignright" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2010/04/p1050743.jpg" alt="" width="397" height="312" />Tardo en entender que es un león de la montaña. La visión dura diez segundos, qué digo diez, fueron menos, tres quizás.</p>
<p>Ni bien lo veo creo que es uno de los perros de Pardo. Vuelvo a mirar y el león ya no está. Entonces entiendo que los perros de Pardo son oscuros, no del color de la estepa de pastos amarillos. Además están cerca de los caballos como si se cobijaran bajo las faldas de la madre porque han visto algo que los tiene asustados.</p>
<p>Excitada, llamo al resto de los jinetes, intento explicar lo ocurrido. De repente, me siento como una de esas pastorcitas que vio a la virgen. Creen que miento. Me miran como si necesitara anteojos, como si fuera una chica de la Capital que leyó que hay pumas y está tan obsesionada por ver uno que lo inventa.</p>
<p>&#8220;Debe ser un guanaco&#8221;, dijo uno de los incrédulos. &#8220;Pero tenía la cola larga&#8221;, replico. &#8220;¿No le sacaste una foto&#8221;, dice el otro y siguen. Ya no escuchan. Los jinetes se adelantan, no les interesa mi descubrimiento. Hace tiempo que la foto es la prueba de la verdad, quizás por eso hasta los celulares vienen con cámara. Ahora voy atrás, los perros también se fueron. Me quedo sola en el campo inmenso. Aunque no tan sola, sé que mi puma privado anda por acá.</p>
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