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	<description>Turismo en primera persona</description>
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		<title>El mito de la Pincoya</title>
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		<pubDate>Fri, 17 May 2013 04:10:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Todavía hay pescadores chilotes que en las noches de luna llena o en las madrugadas de verano ven a bailando a la Pincoya sobre las rocas. Desnuda, envuelta en sus cabellos larguísimos. Es una mujer de extraordinaria belleza, princesa de los mares que simboliza la fertilidad de las costas de la isla.  Baila frente su [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/05/pincoya2.jpg" width="423" height="317" /></p>
<p>Todavía hay pescadores chilotes que en las noches de luna llena o en las madrugadas de verano ven a bailando a la Pincoya sobre las rocas.</p>
<p>Desnuda, envuelta en sus cabellos larguísimos. Es una mujer de extraordinaria belleza, princesa de los mares que simboliza la fertilidad de las costas de la isla.  Baila frente su hombre, el Pincoy, que no puede dejar de mirarla y le canta para que ella nunca termine de bailar.</p>
<p>Según el mito, si la Pincoya baila vuelta hacia la costa será un tiempo de escasez y falta. En cambio, si mira hacia el mar habrá abundancia de peces y mariscos.</p>
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		<title>Que haya merkén</title>
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		<pubDate>Sun, 12 May 2013 04:14:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#160; &#160; Me gusta el merkén porque me pica. No tanto como el chile habanero ni tan poco como la pimienta. Me gusta porque es ahumado y me recuerda a las noches a la intemperie, noches de brasas y abrazos. Noches de vacaciones. Noches largas que dejan el buzo y los pantalones oliendo a humo. [...]]]></description>
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<p><img class="aligncenter" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/05/merken.jpg" width="448" height="299" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me gusta el merkén porque me pica. No tanto como el chile habanero ni tan poco como la pimienta. Me gusta porque es ahumado y me recuerda a las noches a la intemperie, noches de brasas y abrazos. Noches de vacaciones. Noches largas que dejan el buzo y los pantalones oliendo a humo. Me gusta el merkén porque es probarlo y sentirme adentro de una cocina con estufa a leña, en una casa de adobe.</p>
<p>No entiendo cómo todavía no escribí de esta especia fundamental en mi cocina. Pueden faltar muchas, pero que haya merkén. Y no es asunto sencillo porque el merkén es chileno y cuando paso un tiempo sin ir toca recurrir al mangazo. Menos mal que hay buenos amigos del otro lado de la cordillera.</p>
<p><img class="alignright" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/03/41-ajc3ad-cacho-de-cabra.jpg" width="296" height="221" />Es uno de los productos más antiguos de Chile, parece que se inventó de carambola porque el ají se secaba en una choza donde cocinaba con leña y así se impregnaba de humo.</p>
<p>El ají del merkén es cacho de cabra, un ají picante medio enrolladito, con forma de cacho (cuerno) de cabra. Se seca primero al sol y después al humo, en una parrilla dentro de un galpón. El mejor es del Valle de Lonquimay.</p>
<p>Ahora que lo recuerdo, el último amigo que me trajo fue Francis H. Un golpe de suerte para mi estante de especias. Había olvidado pedírselo, cuando me acordé estaba a punto de salir para el aeropuerto. Entonces hizo lo mejor: tomó su propio frasco de la cocina -la etiqueta dice merkén con la letra de su mujer- lo metió en la valija y listo el pollo (al merkén!)</p>
<p>Lo de Francis fue hace un tiempo. Ya rellené el frasco varias veces. El que tengo ahora es del bueno. Se lo compré en Chiloé a este hombre de la foto, don Juan Morales.</p>
<p><img class="aligncenter" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/03/42-el-sec3b1or-del-merkc3a9n.jpg?w=500" width="470" height="363" /></p>
<p>El tipo no solo lo vendía, también lo hacía. Porque el merkén, sépanlo, no es puro ají. Tiene toda una preparación que para algunos es secreta. Pero Juan Morales la comparte. Se le nota en el brillo de los ojos y en la forma de hablar: no es de los que se guardan, es de los que da.</p>
<p>Cuando está bien ahumado y seco el ají se le saca el cabito, se muele en mortero y se le agregan semillas de cilantro tostadas y molidas (entre un 10 y un 20 por ciento) y un poco de sal.</p>
<p>- Pruébelo, señora.</p>
<p>En el puerto de Dalcahue, entre bolsas de ají y hormas de queso casero, Juan Morales me contó que durante mucho tiempo el merkén fue descartado de la cocina chilena porque el olor a humo era olor a &#8220;indio&#8221;. Uno y otros eran discriminados. Después se recuperó, me dijo, y empezaron a caminar para atrás y le sacaron el estigma. Hoy es un producto de exportación. A Juan Morales le gustaba hablar, pero salía la barcaza para la isla de Quinchao y nos despedimos. Pero antes, una foto.</p>
<p>- ¿En serio me quiere sacar una foto? Entonces no soy nada tan <em>pior</em>.</p>
<p>Quiso decir algo así como ojo que todavía estoy bueno. Y soltó una carcajada desde las entrañas, con tanta fuerza que casi se le vuela todo el merkén de la cuchara.</p>
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		<title>Amarillos de Atacama</title>
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		<pubDate>Sat, 04 May 2013 17:20:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Pau J. viajaba por el desierto y me acordé de ella porque leí una poesía de José Watanabe en donde habla del desierto de su país, Perú. Aunque Pau J. recorría Chile y Bolivia se la mandé. Muchas veces, se sabe, las fronteras no pueden dividir los paisajes. El correo quedó archivado en elementos enviados [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/05/pau1.jpeg?w=500" width="500" height="329" /></p>
<p>Pau J. viajaba por el desierto y me acordé de ella porque leí una poesía de José Watanabe en donde habla del desierto de su país, Perú. Aunque Pau J. recorría Chile y Bolivia se la mandé. Muchas veces, se sabe, las fronteras no pueden dividir los paisajes.<br />
El correo quedó archivado en elementos enviados y pasaron los días y las tareas. Me pidieron una nota de la selva y unos días después, el desierto estaba lejos.</p>
<p><img class="alignnone" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/05/pau2.jpeg?w=500" width="500" height="334" /></p>
<p>Pero una tarde llegó la respuesta de Pau J. Me hablaba de paisajes surrealistas, inmensos, sagrados. Paisajes en mutación, escribió. También dijo que recibió la poesía de Watanabe una noche estrellada en la que casualmente escribía en verso.</p>
<p><img class="alignnone" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/05/pau3.jpeg?w=500" width="500" height="334" /></p>
<p>Y adjuntó estas fotos de un amanecer en Atacama, en un viaje de vuelta de Bolivia a Chile. De un amarillo tan potente que no parece un amanecer más, sino el único amanecer, el amanecer de los amaneceres.</p>
<p>El mail era corto, pero bastó para abrir una ventana en la tarde nublada. Pensé en cuánto me gusta recibir -y enviar- correos durante un viaje.</p>
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		<title>Tarde de sol, recetas, cuentos y conservas</title>
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		<pubDate>Thu, 02 May 2013 17:11:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El otro día vi How to cook your life, esa peli de Doris Dörrie en la que un monje aplica la sabiduría zen en la cocina. Dice en un momento que cuando uno cocina no sólo cocina, también trabaja sobre uno mismo y sobre los otros. Enseguida me acordé de Natalina y de ese sábado [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/05/natalina.jpg?w=500" width="471" height="349" /></p>
<p>El otro día vi <em>How to cook your life</em>, esa peli de Doris Dörrie en la que un monje aplica la sabiduría zen en la cocina. Dice en un momento que cuando uno cocina no sólo cocina, también trabaja sobre uno mismo y sobre los otros.</p>
<p>Enseguida me acordé de Natalina y de ese sábado de sol y conservas en la casa de Eloise. Por el bien de todos voy a desencriptar la frase anterior. Hace un par de semanas tomé una clase de conservas en la casa de Eloise Alemany, editora de <a href="http://periploediciones.blogspot.com.ar/" target="_blank">libros de cocina</a>. La maestra fue Natalina Piccolo, una siciliana que vive hace unos años en Argentina. No es chef, su conocimiento viene de las mujeres de su casa. Ella las vio cocinar desde chica, las ayudó y ese saber empírico es lo que transmite en sus clases.</p>
<p>Llegué a las once. Era un día de sol fuerte, un veranito en pleno otoño. Crucé un pasillo largo hasta la última casa, la del fondo. La luz se colaba por las las ventanas y por la claraboya. Iluminaba tazas de porcelana antigua, plantas suculentas y un paisaje con bosque pintado al óleo.</p>
<p>La mesa estaba puesta, mantel a cuadros rojo y blanco. El resto de las alumnas ya tenía puesto su delantal. En el cuadro que sigue en mi memoria pelo peras para hacer una mermelada de pera y jengibre. La cocina era amplia, así que al mismo tiempo se lavaban tomates perita para hacer conserva de tomates.</p>
<p><img class="alignright" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/05/almuerzo-elo.jpg" width="265" height="353" />No nos conocíamos de antes, pero rápidamente se entrelazaban historias y recetas. Había una física, una química -¿quién hubiera pensado que los científicos cocinan?- y muchas ganas de lavar, pelar, cortar poner al fuego. Circulaban cuchillos y nadie se quejó por picar las cebollas para hacer el chutney (hubo ojos llorosos, como corresponde).</p>
<p>Los frascos hervían en una cacerola enorme y Natalina contó de cuando vivía en Sicilia y una vez al año se reunía toda la familia para preparar la conserva de tomate para la pasta, para la pizza y ¡para todos! Cuenta que en un día preparaban unos 400 frascos. Se hacía a mediados de agosto, cuando los tomates <em>napoletanos</em> (perita) están gorditos, jugosos, llenos de sabor. Había que levantarse al alba, lavar, pelar, sacar el jugo, escurrir y enfrascar con una ramita de albahaca. Después, cada integrante de la familia tenía tomate para el resto del año.</p>
<p>Más o menos lo que hacíamos nosotros, y aunque el Mediterráneo estaba lejos del barrio porteño de Coghlan por un segundo me pareció sentir una brisa marina y un eco de tanos hablando a los gritos en un patio.</p>
<p>Alguien por ahí se fijó que la pera cambió el color, estaba más oscura, había que bajar un poco el fuego. Tiene que hervir dulcemente, dijo Natalina.</p>
<p>Para el chutney de cebolla las semillas de cilantro son vitales y de clavo poco, dos o tres para que no invada todo. En algún momento, entre conserva y conserva, comimos pasta, hablamos de Venecia y de la Toscana, de recetas de <em>famiglia</em>. Nos encontré tan italianos. Y recordé a una amiga romana que me habló de lo importante que es la comida para ellos. &#8220;Es tan simple y contundente como esto: cuando las mujeres están en la misa, lo más probable es que estén pensando en el <em>pranzo</em> (almuerzo) de la domenica&#8221;.</p>
<p>Me fui de la clase de cocina inspirada, como cuando vuelvo de un viaje, y con cinco frascos de conservas que ya hibernan en mi despensa. Tengo ganas de que llegue el frío solo para abrir los tomates y que traigan un vaho de verano y madurez.</p>
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		<title>Chiloé, la isla grande</title>
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		<pubDate>Wed, 01 May 2013 18:19:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los podría llamar continentes. No los del mapa, otros. Más íntimos, de una geografía personal. Son lugares a los que llego y ya quiero volver. Aún sin haberme ido. Eso me pasó en Chiloé, la isla grande de Chile. La del curanto, los mitos, las supersticiones, los campos verdes y las iglesias de madera. En [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" alt="" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2013/05/chiloc3a9capa.jpg" width="336" height="419" /></p>
<p>Los podría llamar continentes. No los del mapa, otros. Más íntimos, de una geografía personal. Son lugares a los que llego y ya quiero volver. Aún sin haberme ido.</p>
<p>Eso me pasó en Chiloé, la isla grande de Chile. La del curanto, los mitos, las supersticiones, los campos verdes y las iglesias de madera.</p>
<p>En este número de la revista Lugares escribo y saco fotos de la isla. Esta de la tapa es de los palafitos de Castro.</p>
<p>Los palfitos son casas edificadas sobre pilares, altas y con dos entradas: una que da al mar y otra a una calle. Hasta hace algunos años fueron viviendas sociales para pescadores. Había más de mil en la isla, pero el terremoto del 60 destruyó varios.</p>
<p>Con la llegada de las salmoneras, a mediados de los noventa, se produjo un cambio cultural fuerte. Ya no hay tantos pescadores artesanales y sí muchos empleados en los criaderos de salmón y mariscos, y en la extracción de algas.<br />
Cambiaron los trabajos, el paisaje, las costumbres. Los pescadores dejaron los palafitos, que enseguida entraron en la mira de artesanos, chefs y hoteleros con ánimo de rescatar el patrimonio chilote y mostrarlo al turismo.</p>
<p>En la foto se ven también las tejuelas, la piel de las casas de Chiloé. Todo esto y mucho más en la revista de mayo.</p>
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