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		<title>Más Tayrona: selva y playa</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 20:34:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Lo que más me gusta del Parque Nacional Tayrona es la combinación de selva y mar. Las estribaciones de la Sierra de Santa Marta llegan al Caribe que en esta zona es voraz. Se habrá contagiado de la selva. Ni tibio ni tranquilo. Revuelto y fresco. Saqué esta foto en Cabo San Juan, el paisaje [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2012/05/tayrona-1-cabo-san-juan-del-guc3ada.jpg" alt="" width="560" height="339" /></p>
<p>Lo que más me gusta del Parque Nacional Tayrona es la combinación de selva y mar. Las estribaciones de la Sierra de Santa Marta llegan al Caribe que en esta zona es voraz. Se habrá contagiado de la selva. Ni tibio ni tranquilo. Revuelto y fresco.</p>
<p>Saqué esta foto en Cabo San Juan, el paisaje más fotogénico del parque: dos bahías con palmeras que llegan a metros del mar. Apto para bañarse. Más allá, las sierras, la selva tropical, las lagartijas azul eléctrico, las cascadas escondidas.</p>
<p>Hace algunos años esta playa salió en un ranking del periódico inglés The Guardian, como una de las mejores del mundo, como un secreto. Desde una roca alejada me pregunté cuánto más durará Tayrona en estado salvaje. Hasta ahora no hay resorts, aunque existen los Ecohabs, un sector de cabañas exclusivas donde los rumores aseguran que una vez durmió Shakira.</p>
<p>No es fácil irse de Tayrona. Recuerdo a Tanja, una suiza que viajaba varios meses por América latina. Una tarde de lluvia me contó que no se podía ir del Cabo. “Mañana, me iré mañana”, dijo y me miró, aunque en realidad se hablaba a ella misma.</p>
<p>Al día siguiente no se fue porque la vi comiendo un pan de chocolate al atardecer. No supe si llegó a irse. A veces me imagino que todavía está allá, que se enamoró de Leyton, el guía de paseos de snorkel, que ella le enseña alemán y él, una técnica para caminar por la selva sin que se le llenen los pies, tan blancos, tan suizos, de ampollas.</p>
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		<title>Tayrona: una frontera salvaje</title>
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		<pubDate>Thu, 10 May 2012 14:28:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La caminata de una hora que lleva desde la carretera hasta la entrada del Parque Nacional Tayrona, en el norte de Colombia, se puede leer como una frontera hacia lo salvaje. A partir de ahí, por más que en algunas zonas haya señal de celular y turistas, se suma a los códigos del hombre el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2012/05/tayrona-79-heliconias1.jpg" alt="" width="322" height="465" />La caminata de una hora que lleva desde la carretera hasta la entrada del Parque Nacional Tayrona, en el norte de Colombia, se puede leer como una frontera hacia lo salvaje.</p>
<p>A partir de ahí, por más que en algunas zonas haya señal de celular y turistas, se suma a los códigos del hombre el lenguaje de la naturaleza.</p>
<p>En cada paso, uno se aleja de lo conocido y se interna en la selva. Le dicen selva pero es bosque.</p>
<p>Tayrona tiene varios ecosistemas bien diversos: desde el matorral espinoso, que incluye cactus y vegetación que pincha, hasta el bosque nublado, en la parte más alta –a unos 900 metros sobre el nivel del mar– donde hay orquídeas, bromelias y ambiente de casa embrujada.</p>
<p>Esa primera caminata es por un bosque tropical, con árboles de más de veinte metros de altura, que esconden el cielo y abren la penumbra. Hay tucanes y paujiles, un ave en peligro de extinción; jaguares y tigrillos; osos hormigueros y zorros-perros, un extraño mamífero que habita en el parque.</p>
<p>Hay movimientos en las copas de los árboles y en las ramas bajas. Hay vida en lo que está quieto. Pero poco y nada es reconocible al principio. Apenas algunos sonidos. Es necesario hacer silencio y escuchar, sacudirse la prisa y darse de alta en la dimensión natural. Parece una obviedad, pero no lo es para los que vivimos en grandes ciudades.</p>
<p>Esa primera caminata, una frontera. Los que usan Havaianas por acá seguramente no saben que en el parque hay 31 especies de reptiles, entre ellas la mapaná, una serpiente venenosa que puede llegar a medir ¡2 metros!</p>
<p>Caminando por los senderos húmedos, con aroma silvestre y alimonado, rodeada de sonidos desconocidos y animales agazapados, más de una vez mojada por la lluvia tropical, me acordé de Lost. Así de espeso es este bosque. Otros viajeros que me crucé imaginaron Avatar. Y también es fácil pensar en las FARC, en la vida que todavía llevan captores y rehenes en una selva no muy diferente de esta.</p>
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		<title>El caballero que cayó al mar</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 14:02:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2012/05/caballero.jpg" alt="" width="473" height="334" /></p>
<p>&#8220;Era imposible ponerlo en palabras, pero tenía cierto respeto por el mar; ante él se sacaba la gorra. El mar era una persona extraña con toda clase de ideas extrañas, peor incluso que él mismo cuando se emborrachaba. Los navegantes navegan por el mar y el mar dice está bien, pero no se propasen. Con calma; ustedes por su lado y yo por el mío. Una vez, Bjorgstrom había trabajado en un barco de pasajeros estadounidense que hacía el trayecto entre Nueva York y La Habana. Pero renunció después del primer viaje, aunque realmente necesitaba el empleo. Aquella gente frívola con sus cócteles y sus bailes a la luz de la luna no tenía ningún respeto por el mar. Creían que Dios había hecho el mar para entretenerlos, mientras que todo marienero sensato sabía que Dios lo había hecho para transportar discretamente mercancía de un continente a otro. Como resultado, el mar se irritaba y de vez en cuando les recordaba su arrogancia, quemándolos en un incendio a bordo, congelándolos en el paso del Noroeste o reventándoles los sesos contra olas de un kilómetro de alto. Y era gracioso lo fácil que le resultaba al mar ponerlos en su lugar, más fácil que para un elefante pisar una hormiga. Por eso, pensó difusamente Bjorgstrom, los marineros no se bañaban más de lo necesario. Todos esos ignorantes que no entendían el mar creían que los marineros eran sucios por naturaleza; era solo que no querían ponerse demasiado mar encima. Ya lo tenían suficientemente encima sin bañarse; la bruma siempre les soplaba en la cara y en climas tormentosos las olas se encaramaban sobre la cubierta. El mar estaba todo a su alrededor excepto arriba, y Dios era igualmente errático; como en el caso del mar, nunca se sabía qué iría a hacer. &#8221;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El caballero que cayó al mar</strong>, H.C. Lewis, La Bestia Equilátera.</p>
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		<title>Cracovia mon amour</title>
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		<pubDate>Sun, 06 May 2012 18:51:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En este número de la Revista Lugares escribí y saqué fotos de Cracovia, la antigua capital polaca. Una ciudad con los condimentos necesarios para enamorarse. Mejor viajar con la compañía correcta.]]></description>
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<p>En este número de la Revista Lugares escribí y saqué fotos de Cracovia, la antigua capital polaca. Una ciudad con los condimentos necesarios para enamorarse. Mejor viajar con la compañía correcta.</p>
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		<title>La chiquitanía, el lejano oriente boliviano</title>
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		<pubDate>Wed, 02 May 2012 03:18:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Reymúndez</dc:creator>
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<p><img class="alignnone" src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2012/04/a.jpg" alt="" width="537" height="358" /></p>
<p><img src="http://viajeslibres.files.wordpress.com/2012/04/c.jpg" alt="" width="539" height="371" /></p>
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