Viajes Libres http://www.viajeslibres.com Turismo en primera persona Wed, 25 Apr 2018 14:07:31 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.7.11 1580633 Pequeña poesía galesa (con lluvia) http://www.viajeslibres.com/pascua-galesa/ http://www.viajeslibres.com/pascua-galesa/#respond Wed, 25 Apr 2018 13:53:20 +0000 http://www.viajeslibres.com/?p=2782

Ayer me contó una camarera galesa que una vez por año se va una semana a España, a las Canarias. Bastó que nombrara las islas para que por un segundo dejara de llevar pintas del bar a la mesa y de la mesa a la cocina. Por un segundo se imaginó en traje de baño con los pies hundidos en la arena africana y le brillaron más los ojos. “A veces me miro en el espejo y estoy así”, dice y muestra una servilleta blanca como un documento nuevo de Word.
Hoy amaneció lloviendo otra vez y me acordé de ella. Hace media hora que espero el ómnibus. A pesar de las telas tecnológicas, tengo los pies húmedos y los pantalones también. El transporte público es puntual salvo en los feriados que enmudece el sistema. Finalmente llega, ploteado con el dragón galés en un costado. El chofer cuenta las monedas con dedos largos, parece músico. Desde mi lugar en el primer asiento lo veo de cerca. Es alto, tiene una argolla dorada en la oreja, dientes de fumador y el pelo apenas largo. Le doy cincuenta y pocos. También podría ser poeta, como Patterson, pero este chofer es más viejo que el de Jarmusch. Tiene más vida vivida y está más cansado. Conduce con paciencia, atento a las curvas y a la lluvia. Afuera, el paisaje está mojado, como mis pies. La ruta atraviesa un pueblo chico y sigue entre bosques y otra vez un pueblo y así. El conductor, que se podría llamar Frank, tiene la vista fija en el camino. Allá viene un pueblo y en la parada distingo a una mujer arrugada, de pelo muy blanco como la servilleta que me señaló la galesa que soñaba con las Canarias. Con una mano sostiene un paraguas y con la otra, un paquete de papel madera. Tiene botas de lluvia y un saco oscuro. Sonríe desde lejos y cuando el bus se detiene, saluda al chofer que abre la puerta y le devuelve el saludo. En lugar de subir, la mujer que podría llamarse Gwen, estira el brazo para entregarle el paquete. Frank, hace un movimiento para recibirlo y agradece con pudor. Si pudiera verlo de frente lo vería colorado. Los pasajeros de atrás quizás no se enteran, los movimientos de ambos son pequeños y rápidos. La forma del paquete deja ver que adentro hay un huevo de pascua. Happy Easter, dice Gwen mientras él cierra la puerta y ella sigue saludando con el brazo en alto hasta que el ómnibus se aleja. Será la tía, la hermana mayor, una amiga, la suegra, una antigua vecina, una pasajera, quién sabe. El huevo tendrá confites o un autito o un chupete, es lo de menos. Ni siquiera importa la Pascua. El gesto es todo. A Frank le dura la sonrisa -que no es blanca- hasta la última parada. Lo compruebo por el espejito.

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Nuevo taller de crónicas de viajes http://www.viajeslibres.com/nuevo-taller-de-cronicas-de-viajes/ http://www.viajeslibres.com/nuevo-taller-de-cronicas-de-viajes/#respond Sun, 18 Mar 2018 16:21:07 +0000 http://www.viajeslibres.com/?p=2779
Pronto comenzaré un nuevo taller online de crónicas de viajes. A través de clases, lecturas, chat grupales y ejercicios veremos herramientas útiles para bajar al documento en blanco paisajes, impresiones, personajes, aromas, sabores y sinsabores del lugar que visitamos. El alma de las palabras y el arte de escribir frases concisas. Cómo estructurar la historia para que no se desmorone en la mitad y, sobre, todo cómo contarla. Qué elegir y qué dejar afuera, cómo escapar de las playas paradisícas y otros clichés.
“Los conocimientos y los descubrimientos se transportan con facilidad. Estas cosas están fuera del hombre, pero el estilo es el hombre mismo: el estilo no puede robarse ni transportarse”, declaró el intelectual francés Buffon en su discurso sobre el estilo, en 1753. Muchas cosas cambiaron desde esa época, pero la cita sigue vigente.
Encontrar y pulir nuestro estilo, eso intentaremos hacer en el curso.
El primer taller de 2018 arrancará el 12 de abril y durará 6 semanas. Este año daré los talleres por mi cuenta, así que los que estén interesados pueden pedir detalles, información y precios a través del correo: ensiberiatambienhacecalor@gmail

¡Los espero!

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La vida de las anécdotas http://www.viajeslibres.com/la-vida-de-las-anecdotas/ http://www.viajeslibres.com/la-vida-de-las-anecdotas/#respond Mon, 22 Jan 2018 14:13:39 +0000 http://www.viajeslibres.com/?p=2777

Hay anécdotas que uno cree muertas y al final tienen más vidas que un gato. Inesperadamente, algo las detona y vuelven a sonar. Me recuerdan a las semillas del desierto florido que permanecen años enterradas el banco de la tierra y cuando la lluvia alcanza el nivel suficiente despuntan hermosas y desaforadas, como si toda la vida hubieran esperado ese momento.
Eso pasó con esta anécdota hasta que mi hermano presentó a su nueva novia y lo que antes resultaba aburrido de tantas veces que se había contado, volvió a asombrar.
Cuando el otro día lo llevaba al aeropuerto, la anécdota empezó a rodar. Sus recuerdos estimulaban a los míos y la reconstruimos con los beneficios de matices de la memoria colectiva.
Hace años viajamos juntos al Amazonas durante cuatro meses. Se andaba más lento en aquella época y quizás porque éramos más jóvenes el tiempo era manso. Fuimos por tierra, a dedo, en micro y el 1º de enero de 1995, teníamos que tomar un avión para cruzar Perú de punta a punta. Festejamos la noche del 31 en algún lugar que no recordamos y volvimos a la pensión pintada de celeste cielo seguramente en un intento de t apar el rojo infierno.
En general dormíamos en pensiones feas, no había hostels con onda en América latina. Eran cuartos con olor a cigarrillo, mezcla de telo y hotel de viajantes. Me acuerdo de otra noche interminable, también en Perú, donde una pareja de amantes había discutido un par de cuartos más allá. Entendimos que ella lo echó y él no lo aceptó y durante toda la noche golpeó los nudillos en la puerta de madera mientras decía: “Lorena. Me abres Lorena. Lorena ábreme.” A los diez minutos regresaba y otra vez los nudillos y la voz rasposa: “Lorena. Me abres Lorena. Lorena ábreme.” Pensiones descascaradas que se pagaban una parte en soles y el resto en malas sensaciones. Era la forma de estirar el viaje.
El caso es que en algún momento de esa noche de año nuevo volvimos a la pensión porque el vuelo era temprano. La recepción había mutado en antro de venta de cervezas donde tomaban y festejaban y festejaban y tomaban cada vez más amigos.

Pasamos de largo hasta el cuarto. Le dimos cuerda al reloj despertador y nos dormimos con cumbia de fondo. A las cinco sonó la alarma y unos minutos después estábamos abajo. La recepción parecía el campo de batalla de los vencidos: media docena de hombres desplomados y ningún recepcionista a la vista. Golpeamos las manos y nada. Bajamos la escalera y al llegar a la puerta vimos el enorme candado que la trababa. Estábamos atrapados. Lo que siguió pasó en cámara rápida: dejamos las mochilas abajo y subimos a buscar al recepcionista, para eso reavivamos los cuerpos vencidos hasta que uno vociferó que sí que tenía las llaves. Abrió en modo robot, nos fuimos, encontramos un taxi, llegamos al aeropuerto. Mmm no, el vuelo está cerrado, dijo la empleada. Con todo lo que nos pasó, no puede ser, por favor, lo pueden abrir, necesitamos viajar hoy, seabuenita. El tiempo todavía era manso en 1995. Si les caías bien te reabrían el vuelo. Entonces, corrimos por la pista hasta alcanzar el avión que volvió a abrir la puerta y ese día los pasajeros escucharon dos veces cross check y reportar.
El cuento terminó justo cuando llegamos a Ezeiza y a la novia de mi hermano le brillaban los ojos de alegría por el final feliz. El primer tiempo del amor también es manso hahaha (esta risa debería tener el sonido de James Franco en The disaster artist).

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De Nada a Todo en 200 páginas http://www.viajeslibres.com/de-nada-a-todo-en-200-paginas/ http://www.viajeslibres.com/de-nada-a-todo-en-200-paginas/#respond Wed, 10 Jan 2018 21:30:20 +0000 http://www.viajeslibres.com/?p=2775 Cuando termino un libro que me gusta quedo llena. El que terminé hace un rato se llama Nada y yo siento Todo. Me parece que tengo el cuerpo escrito, los brazos, la panza, los pies empapelados de letras. La historia de Blanca palpita adentro mío y reviso sus pasos y decisiones y amores y amistades. Me imagino su traje arratonado, la delgadez de un año a sopa, cómo le cae el pelo sobre los hombros.
Cuando termino un libro que me gusta pido silencio. Déjenme sola porque todavía estoy ahí, aunque el Kindle diga que llegué al cien por ciento de la lectura.
Nada, de Carmen Laforet, se publicó en 1944 y fue un éxito temprano, cuando la escritora catalana tenía 23 años. Los críticos hablaron de “la maldición de hacerlo bien a la primera” porque las novelas que vinieron después no fueron éxitos.
Nada transcurre en la posguerra española, en un departamento venido a menos de la calle Aribau, en Barcelona. La sensación de encierro, los parientes desquiciados y la escasez dan ganas de abrir las ventanas de par en par. Menos mal que estoy en la Patagonia y hay viento de sobra. El ambiente opresivo golpea a la chica virgen que viene del interior con su valija medio vacía y ganas de estudiar. Los golpes llegaron hasta mis ojos más de sesenta años después. Qué ridículo contar los años en los libros eternos.
En la calle Aribau vive su abuela, una tía-sargento, un par de tíos perdidos, una ama de llaves macabra y una mujer de melena roja muy salidora. Las peleas y gritos se agravan por el hambre de los años 40. Y la joven-virgen-huérfana busca luz en esa oscuridad que se hace llamar familia.
Cuando termino un libro quiero ser vaca y rumiar o ser oso para hibernar. Masticar la doble faz de Román, caminar con Blanca desde esa fiesta careta hasta la calle Aribau, revivir el momento en que la madre de Ena se corta la trenza gorda y rubia dizque por amor. Y cuando el amado recibe la caja llena de pelo le pregunta extrañado por qué hizo eso. Pensar el tiempo de la abuela que protege a los hijos varones, recordar la belleza triste de las ciudades, desmenuzar el alma de cada personaje.
Cuando termino un libro me quiero hacer bicho bolita y esperar así hasta que las letras traspasen la piel y se diluyan en la sangre. De Nada a Todo en 200 páginas.

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Apostillas de viaje a la manera de Georges Perec http://www.viajeslibres.com/apostillas-de-viaje-a-la-manera-de-georges-perec/ http://www.viajeslibres.com/apostillas-de-viaje-a-la-manera-de-georges-perec/#respond Thu, 07 Dec 2017 15:09:57 +0000 http://www.viajeslibres.com/?p=2773

Me acuerdo que en mi familia no tenía gracia irse de vacaciones a la playa. Explorar sí tenía gracia, entonces hacíamos larguísimos viajes en auto hasta la otra punta del país. Me acuerdo que nunca sabíamos dónde dormiríamos a la noche. Era llegar y buscar. Preguntar dónde había un hotel, ir hasta ahí, bajarse y preguntar si tenían dos habitaciones y cuál era el precio. Me acuerdo de noches en las que preguntamos más de seis veces hasta encontrar el que cumplía las condiciones de la triple B (bonito, barato, bien ubicado).

Me acuerdo que en esos viajes solía venir una abuela. Si era por Argentina venía la paterna, si era más lejos, la materna. Me acuerdo del asiento trasero del Peugeot 504 verde donde íbamos los tres hermanos más mi abuela, todos sin cinturón de seguridad porque en esa época no se usaba.

Me acuerdo de mi primer viaje en avión. Fue a Chile en un Boeing 747, un Jumbo. Nos sacamos una foto al pie de la escalerilla: mi hermana y yo con jardineros iguales, una rojo y la otra azul. Me acuerdo que todavía se fumaba en los aviones. Los fumadores se juntaban al fondo, cerca de los baños. En ese sector, las nubes eran de humo pero no me importaba porque me escabullía hasta acercarme a las ventanas con la mejor vista de la cordillera.

Me acuerdo que en 1978 cuando casi vamos a la guerra con Chile por la cuestión del Beagle mi papá tenía todo planeado para arrancarse a Uruguay. Le parecía una locura ir a la guerra con un país hermano. Al final no hubo guerra así que tampoco fuimos a Uruguay.

Me acuerdo que nos gustaba meternos por caminos polvorientos, hablar con la gente del lugar, descubrir cosas y sacar fotos con una Nikkormat.

Me acuerdo que cada vez que se cansaba de mí o de mis hermanos mi mamá nos decía: “No seas secante, tesorito”.

Me acuerdo de la noche en que mi primo cayó a cenar con su amigo abogado. De chica vivía en una casa donde la geografía y los viajes eran la materia más importante. Sabíamos porque estudiábamos y porque viajábamos. La noche que llegó mi primo con su amigo la conversación abrió con Chile, enseguida trepó a Perú y se detuvo en Machu Picchu y el Camino Inca. El amigo de mi primo participaba poco, creo que la geografía no le interesaba. Hasta que en un momento levantó la voz y afirmó que claro que él había hecho el Camino Inca y que lo que más recordaba eran los puestitos de panchos. ¿Puestitos de panchos? Le dijimos que eso era imposible. Como buen abogado, el amigo de mi primo no dio el brazo a torcer, aún rojo de vergüenza, aún descubierto, contaba lo ricos que eran los panchos en el Camino Inca.

Me acuerdo que en los viajes hacíamos picnics y me acuerdo que el elemento fundamental era una canasta de mimbre del Tigre que mi mamá se encargaba de llenar de contenido delicioso. Me acuerdo de esa canasta con mucho jamón crudo porque mi papá es médico y tenía un paciente que cada tanto le regalaba una pata de jamón que colgaba como un muerto en un cuartito al lado del lavadero.

Me acuerdo que en los viajes no podíamos decidir nada. Ni el horario de salida ni el plan del día. Ni siquiera qué comer. Los grandes decidían y no se podía ni chistar. Me acuerdo que a partir de los trece ya no quería seguir instrucciones. La rebelión era el mejor paisaje.

Me acuerdo que en los viajes necesitaba registrar. Llevaba una libreta y hacía un diario. También anotaba los nombres de los cuadros que más me gustaban de cada museo. Lo hacía con letra muy chica porque no quería que nadie leyera mi inventario.

Me acuerdo que una vez en Italia nos robaron. Fue rápido y bien planeado. Paramos en una estación de servicio y nos bajamos al baño. Mi abuela, que por aquella época tenía 80 años, se quedó esperando en el auto. Una mujer muy bella le tocó la ventanilla. Le señalaba una rueda del auto y gesticulaba como si estuviera pinchada. Mientras mi abuela miraba hacia la rueda dizque pinchada, por el otro lado abrían silenciosamente la puerta del acompañante y se llevaban el bolso de mano de mi mamá con los pasaportes de todos y bastante plata.

Me acuerdo que después del robo nos instalamos en un convento que recibía huéspedes y quedaba –y queda– en la Via Sistina 113. Me acuerdo que fueron diez días hasta que nos hicieron un “pasaporte consular” para poder volver al país.

Me acuerdo de cuando fuimos a Perú con otra familia. Éramos nueve y fue divertido a pesar de contratiempos por inundaciones y trenes que andaban mal. Me acuerdo que mi papá usaba un silbato de guarda de tren para reunirnos. Un día tuvimos que viajar en una camioneta doble cabina para ir de Puno a Juliaca y como no entrábamos, los dos “cabeza de familia” viajaron en la caja de la camioneta con chullos de lana de alpaca porque hacía frío. Iban parados, se sostenían de un barral. Me acuerdo que se reían a carcajadas. Tanto que parecía que iban a estallar de risa. Nunca supe de qué se reían y pocas veces volví a ver a mi papá reírse así.

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