A la deriva con Mario Levrero

«El ómnibus llegó pasado el mediodía. La ciudad parecía un pueblo fantasma del Far West, unas casuchas amontonadas junto a la carretera; pero luego el ómnibus dobló a la izquierda, se internó por distintas callecitas y nos depositó junto a la agencia, en el aparente centro de la ciudad, bastante más extensa de lo que parecía desde la carretera.

Llegábamos hora y media atrasados, algo estadísticamente normal. En la agencia pregunté por un hotel, y me dijeron que el hotel estaba a pocos metros, desde luego sobre la avenida principal. Vi partir nuevamente el ómnibus, llevándose a Roxana dormida en su asiento junto a otras víctimas rumbo a Miserias, Desgracias y otras populosas localidades del interior.

Algo en la cima del lugar que rezumaba aridez -física y espiritual- me hizo bautizarlo primariamente Poisonville; unas horas después encontré más adecuado el castizo «Penurias». Un aire caliente resecaba las fosas nasales y dejaba una impresión irritante, venenosa. Estábamos a fines del verano, y no quise imaginar cómo sería enero.»

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