Ni Halloween ni muertos: evangélicos

Hoy es feriado en Chile y Halloween no tiene nada que ver. Ni los muertos.

Le pregunté a un taxista a qué se debía el feriado y me respondió que “por algo de las iglesias alternativas”. Me pareció una respuesta curiosa y me informé más. Cuento corto, como dicen en este país: desde este año, hoy se celebra el Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes, el feriado más nuevo de Chile.

Se conmemora el 31 de octubre de 1517, cuando el reformador Martín Lutero se plantó en la puerta de la iglesia de Wittenberg, en Alemania, clavó sus “95 tesis” y mostró sus diferencias de opinión con la Iglesia Católica, la institución oficial en aquellos años. Allí comenzó un proceso de reforma religiosa en el mundo y surgieron las Iglesias evangélicas.

Hoy los diarios traen suplementos sobre el mundo protestante, con retratos de Lutero, polémicas de la época y negrillas que indican que Chile es el primer país de Latinoamérica que reconoce mediante un feriado a los fieles que profesan esa religión. En Chile, más del 15 por ciento de los habitantes es evangélico. En el mundo son 55 millones.

Mientras tanto, como en todos los países y en todos los feriados, la gente aprovecha el día libre para escaparse a la playa y descansar.


La insoportable nueva levedad de los recuerdos

Cada tanto, tiro todo. Pero mientras tanto, cuando viajo me gusta guardar la entrada al museo, el ticket de metro, la boleta del restaurante, una hoja amarilla si es otoño, algún folleto, mapas, tarjetas o papelitos con direcciones de gente que voy conociendo en el camino y, claro, el boarding pass.

Me temo que esto último ya no será posible. El Web check-in da tiempo, pero quita recuerdos. Y eso del tiempo, ejem, ya no es tan notorio. Hace seis meses, el Web check-in no tenía fila. Hace dos días, cuando me embarqué a Santiago de Chile, tenía la misma cantidad de pasajeros que el check-in tradicional. Presenté una impresión del check-in electrónico, pero se la quedaron en el último control, antes de subir al avión.

Algunos dirán que los recuerdos no necesitan el cartón del boarding ni ese papelito viejo y doblado que uno encuentra cuando hace orden, de vez en cuando. Yo creo que si. Creo que ese papelito viejo y doblado y encontrado al azar, dispara recuerdos de viaje, los trae un rato a la superficie, inaugura una corriente de aire lejano y conocido.

Lo mismo pasaba con las cajas de fotos viejas. Mirarlas cada tanto era una fiesta. Desde hace un tiempo, las fotos son digitales y rara vez se imprimen. Entonces, uno siempre mira las mismas cajas viejas. Y parece que llegara siempre a la misma fiesta.

La nueva levedad de los recuerdos me resulta insorpotable. Por eso decidí que desde hoy voy a guardar el ticket del equipaje. Aunque se destiña con el tiempo, aunque ocupe lugar. No quiero perder mi archivo caprichoso de los viajes.


Polo y arte, una dupla que vende

Lo mejor que le puede pasar a estos tres cascos es que se vendan al mejor postor.

Son cascos de polo intervenidos por distintos artistas, que se expondrán en el Alvear Palace Hotel durante esta semana. Después se rematarán en la estancia La Ellerstina, durante la final de la tradicional Copa de Oro.

El de esta primera foto lo pintó el fileteador más famoso de argentina, Martiniano Arce, el hombre que ya fileteó su propio ataud y el de su mujer.  

Adolfo Cambiasso, Gonzalo Pieres, Lucas Monteverde, Bautista Heguy y otros jugadores argentinos con el mayor handicap donaron sus cascos para esta causa que tiene fines benéficos: lo recaudado se destinará a la Fundación Banco de Alimentos.

Este segundo tan colorido con espíritu latinoamericano pertenece a la conocida artista argentina Marta Minujín, la que asegura haberle pagado a Andy Warhol la deuda externa argentina con maíz.  

El tercer casco fue concebido por la pintora Gabriela Pertovt. Estos tres son sólo algunos, en el remate habrá más modelos.

Más allá del arte, la beneficencia y la posibilidad de ver durante los próximos días los cascos en el lobby del Alvear, la iniciativa avisa algo que para muchos es muy importante: en Buenos Aires ha comenzado la temporada de polo.


La última mirada al mar

“Hay paisajes, como instantes en la vida, que no se borran jamás de la mente; vuelven siempre a traspasarnos desde adentro, cada vez con mayor intensidad. Este en que dimos la última mirada al mar es uno de ellos; allí volvimos la cabeza para no perder la postrera visión de esa esperanza y entrar de lleno en aquella tierra de olvido.”

Francisco Coloane, “Tierra del Fuego”, editorial Andrés Bello.


Los imperdibles del Condorito

Con el furor que despertó la elección de las nuevas maravillas naturales del mundo, la provincia de Córdoba eligió las propias y el Condorito, como le dicen al Parque Nacional Quebrada del Condorito, está entre las siete ganadoras.

Queda a 90 kilómetros de la capital provincial y a 2000 metros de altura, en medio de la Pampa de Achala. Parece que allí se puede ver flora y fauna de varias regiones del país, pero el habitante más famoso y el que le da su nombre es nada más y nada menos que el ave más grande del mundo: el cóndor andino.

Nada mejor que una cordobesa andariega para recomendar sobre ese parque nacional. María Eugenia Aliaga, además de cordobesa, es estudiante de Letras y fue una muy buena alumna de mi último curso de Periodismo Turístico. Le gusta escribir. Y también, caminar por naturaleza y especialmente por este parque del oeste cordobés. Ya fue varias veces y piensa seguir yendo. Unos días atrás volvió de su última excursión. Llegó con la memoria de fotos llena -las de este post son de ella y de sus compañeros de travesía- y con cinco imperdibles Premium que escribió para Viajes Libres y que se pueden leer a continuación.

El camino. Desde La Pampilla hasta el Balcón Norte, donde se ven los cóndores, el camino está perfectamente señalizado. Se divide en diez paradas y dos sendas: una para ciclismo y otra para trekking. Así, este santuario de paja, piedra y aparente uniformidad  muestra sus matices.

En la parada 8 es mejor tomar la senda para bici, y a poco de andar voltear la cabeza para ver cómo el camino trepa, el viento mece las matas ocres y el sol las llena de brillo. Está permitido recordar escenas de El Principito. Con neblina (frecuente en primavera y verano), el lugar se vuelve misterioso. En ese momento, imaginarse un Rohirrim que cabalga por la Región de Rohan del Señor de los Anillos no es descabellado. Son unas tres horas de caminata (ida) hasta el Balcón Norte.

Balcón Norte. Ese tajo en la tierra de 800 metros de profundidad y 1500 metros de ancho arranca algunos “guauuu” en bocas abiertas de sorpresa. Atrás, queda la inabarcable pampa pajosa y amarilla hasta el horizonte. Adelante, un gran balcón. No se puede asegurar el avistaje de cóndores ni un horario exacto para observarlos, ya que sus hábitos no siempre son los mismos y dependen de las condiciones climáticas. Las veces que fui, los vi a las 17 hs. A esa hora parece que luego de un día -en el que pueden haber recorrido 50 km- de búsqueda de alimento, vuelven a sus apostaderos. Ojo: leer los carteles ayuda a no confundir águilas o jotes con cóndores, o cóndores machos, de hembras o de condoritos.
Una vez asomados, hay silencio, binoculares y mate. Nada más hace falta para entender por qué el cóndor era considerado un ave sagrada por los primeros habitantes del lugar.
Hacia la izquierda y hacia abajo hay otro balconcito. Se llega por un sendero que se abre entre un bosque de tabaquillos. Ese balcón es menos concurrido, y tiene una mejor perspectiva tanto de la pared de la quebrada como del río Condorito que corre abajo. Resta disfrutar de este encuentro, que se parece a uno de aficionados al aeromodelismo y soñar con que uno de estos enormes pájaros negros con glamorosa capa blanca anudada a su cuello planee tan cerca que tape el sol con su majestuosidad y vuelva todo oscuro.

El río Condorito. Después de bajar unos 500 metros por un sendero escarpado pero escalonado se llega al río Condorito. Requiere cierto esfuerzo físico, pero ir por esa ladera cubierta de tabaquillos de tronco rojizo, maitenes y helechos muy verdes lo vale. Seguramente, habrá o loicas de pecho rojo. El paisaje al llegar al río recuerda a los caprichos de Gaudí. Las piedras fueron pulidas por la erosión, y tienen formas extrañas. El agua ,purísima y helada, se escabulle en mil cascaditas que junto al ambiente húmedo, sombrío y encajonado suenan como un mantra liberador.

Balcón Sur. Después de cruzar el río Condorito por la pasarela, el sendero sigue y sube unos 800 metros por una ladera igual de escarpada y escalonada que llega hasta el Balcón Sur. La empresa es importante y sólo deberían aventurarse los que consideren que tienen aptitud física para hacerlo y que tengan planeado quedarse por lo menos una noche en el parque. Íbamos a ir pero las condiciones climáticas nos lo impidieron. Dicen que aquí los cóndores sobrevuelan demasiado cerca. Me imagino despeinada por un cóndor. Esta vez no pudo ser, pero voy a volver hasta cumplir ese sueño. Como suele pasar, lo que más cuesta es lo mejor.

La noche. El cielo en el área de acampe Pampa Pajosa parece un paño negro de joyería que a medida que se va abriendo muestra millones y millones de chispitas, como diamantes recién pulidos. La luna parece más grande de lo normal. Las constelaciones comunes se esconden para que descubramos otras. Y salen los búhos, y los zorros colorados se acercan al campamento. La noche en el Condorito es negra. Y muy pero muy larga. Read the rest of this entry »


Crece el lujo boutique en Buenos Aires

El turismo de lujo se afianza en Buenos Aires. El otro día leí un artículo sobre el aumento de hoteles boutique en la ciudad, que como se sabe son hoteles de pocas habitaciones pero lujosas y con precios no muy lejanos a los cinco estrellas de cadena.

Según los datos del Gobierno de la Ciudad, se inaugura uno por mes. Ya hay 34 registrados en la ciudad de Buenos Aires y la mayoría de ellos son categoría cuatro y cinco estrellas, con atención personalizada, menú de almohadas, personal shoppers a mano, spa y tours para tomar clases de polo o jugar al tenis con expertos.

Muchos de los pequeños hoteles están en antiguas casonas recicladas. Algunos, como Legado Mítico, además son temáticos y uno puede dormir en una habitación que se llama La Primera Dama y está inspirada en Evita. Muchos de los que e ya existen, y de los que están por abrir, como Hotel Ultra, quedan en Palermo. Otros, en San Telmo o Las Cañitas.

En Recoleta no hay tantos, pero dentro de unos meses se inaugura Algodon Mansion, en una elegante casona de inspiración francesa construida en 1912. El nombre hace referencia a los años 40 y 50 de Nueva York, donde brillaba el sofisticado Cotton Club. El hotel es propiedad de un grupo inversor estadounidense, el InvestProperty Group, que desembolsará diez millones de dólares para que al hotel no le falte nada. A propósito, es el mismo grupo que compró y expandirá Viñas del Golf, en Mendoza. La cancha, de 9 hoyos será de 18 el año que viene, y ya se venden lotes para que los extranjeros tengan una segunda vivienda en un country en la tierra del sol y del vino.

El Scott Mathis, el ceo del grupo, está muy entusiasmado con los proyectos en Argentina y viaja una o dos veces por mes “down there“, como cuenta en su blog. Dice que últimamente, siempre que quería hospedarse en hoteles boutique de Buenos Aires estaban completos. Y también dice, que leyó un informe de la Secretaría de Turismo donde afirmaba que el turismo creció a 4,5 millones en 2007 y que el turismo proveniente de Estados Unidos aumentó un 35 %. A esto se sumó un estudio de turismo del Gobierno de la Ciudad donde se destacaba que los extranjeros prefieren alojarse en hoteles cuatro y cinco estrellas y que la ocupación en 2007 excedió el 85%. Scott Mathis, acostumbrado a detectar oportunidades, concretó su sueño de algodón.


Polonia, Günter Grass y “Ewita”

Günter Grass en la feria del libro de Leipzig

No es la primera vez que el periodista, escritor y músico Leandro Uría escribe en Viajes Libres. Hace unos meses participó del Especial Cuba, desde Miami y esta vez cuenta una anécdota que empieza en Alemania, sigue en Polonia y termina en el país de los recuerdos.

Diciembre de 2006. Estaba en Alemania después de muchos años (había ido en el 89), pero en realidad en un lugar especial: Francfort Oder, o sea la frontera germano-polaca, con mi guía, Heiko Fröhlich (el apellido es algo así como Feliz, o sea con Heiko Feliz), un alemán grandote, simpático, especialista en la Unión Europea, que nos había invitado a mí y a otros periodistas argentinos a su graduación, con entrega de diplomas incluida, en esa ciudad alemana. “Traigan pasaportes –nos había dicho- porque cenamos en Polonia”. Gran personaje Heiko, un alemán que había aprendido su español en Extremadura, lo que le dio un encantador acento andaluz, que no condice para nada con su aspecto. En Navidad, con un grupo de amigos, Heiko se disfrazaba de Papá Noel y llevaba a la casa de los chicos los regalos, previo acuerdo con los padres. Pero esa es otra historia…

Yo sabía que volvería a Alemania: me había ganado una beca para volver a Berlín para realizar una práctica como redactor invitado en el diario berlinés TAZ, o sea que iba a regresar en febrero de 2007. Como era de esperarse, trataba de mejorar mi alemán todo lo posible. Le pregunté a Heiko, cuando estábamos por cruzar la frontera, cómo se dice Polonia en alemán, porque no lo sabía o no lo recordaba. “Polen”, me contestó. “Polen ist nicht verloren (Polonia no está perdida)”, agregó, no sé por qué. “¡Eso es Günter Grass, El Tambor de Hojalata!”, le contesté, sorprendido de haber entendido la frase, que pertenece a la única parte que me acuerdo (más o menos) de memoria de la novela del gran escritor alemán. Heiko se sorprendió también cuando se lo dije y me preguntó cómo era en castellano esa parte de la novela.

Heiko Fröhlich en un bar de Slubice, Polonia

Cité de memoria (cito de memoria, tengo el libro prestado) y le dije algo más o menos así: “Sentado o acostado en la cama del hospital, Oscar evoca la juguetería de Markus, su canto desde las torres de Danzig […], y evoca al mismo tiempo la tierra de Polonia. Polonia siempre perdida, vuelta a perder. Mientras algunos evocan la tierra de Polonia tomándose un avión de Air France hacia Varsovia, discutiendo sus sucesivas particiones, o dejando una corona de flores en el gueto, yo la evoco en mi tambor y toco. Polonia perdida, siempre perdida, vuelta a perder. Polonia no está perdida, todavía”. Esos párrafos de Grass… cuando cambia de primera a tercera persona, porque él es y no es Oscar Mazerath, el protagonista, y cuando su escritura adquiere la musicalidad y el ritmo de un tambor tocado. No pude evitar acordarme de mi tío Juan, de ascendencia gallega, como toda la rama de mi familia materna, que me había apodado “polaco” (todavía se le escapa a veces decirme “polaco”) porque era rubio de chico, como los polacos de Villa Castellino, el lugar de Avellaneda donde él había nacido.

Nieva copiosamente en Leipzig


Vuelta a Alemania. Marzo de 2007. Intento entrevistar a Grass, muy enojado con la prensa en general, que lo había criticado mucho por su confesión de que estuvo enrolado en las SS del nazismo. Luego de sucesivos fracasos (no iba a dar entrevistas en ese momento), no sé por qué, la jefa de prensa de su editorial, Steidl, se conmueve y me dice: “Günter va a reaparecer en público (se había ido a vivir a Dinamarca por el escándalo) en la feria del libro de Leipzig, en unos días. ¿Por qué no viene?”.

Viajé a Leipzig la noche indicada, mientras nevaba copiosamente, en la única noche que vi una nevada semejante en Alemania. La cita era la alcaldía de Leipzig, donde críticos británicos, alemanes y… polacos, hicieron una cerrada defensa de Günter Grass ante las acusaciones “sensacionalistas” de la prensa. Nota al pie: Grass, de ascendencia polaca por parte de madre, es el escritor que más hizo por la reconciliación de Polonia y Alemania tras la guerra, y el que, obviamente, más escandalizó a los polacos y alemanes con su confesión. Al final del encuentro, tuve tiempo de presentarme y de estrecharle la mano, aunque, no, no me dio ninguna entrevista, como era de esperar.

Unos días más tarde viajé a Varsovia, donde me gustó que una turista francesa me preguntara por qué las iglesias estaban tan llenas y se hacían procesiones, confundiéndome con un polaco. Le dije que era argentino, lo que le causó mucha gracia, pero igual traté de explicarle lo que sucedía acordándome de las procesiones de Lomas de Zamora, donde nací. Me divertí al darme cuenta de que en Polonia andén se dice Peron: hay muchos carteles en Varsovia con el apellido del “primer trabajador” por la ciudad. Según me dijeron, hasta hay una marca de agua mineral “Ewita”. En general, disfruté paseando por la capital polaca, una ciudad desconocida que, sorprendentemente, me remitía a mi niñez.

(Las fotos son del autor)


Relojes online para la nueva hora argentina

Como se sabe, desde esta medianoche, Jujuy, Formosa, Chaco, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, Santa Fe, Misiones, Corrientes, Entre Ríos y Buenos Aires cambian su huso horario y se adelantan una hora al resto del país.

Leyendo Buscadoor, el nuevo blog de Diego Rottman, me encontré con una herramienta útil para los despistados de siempre: relojes online para saber la nueva hora en las distintas provincias argentinas.


Los colores de Africa, según Témoris Grecko

Témoris Grecko es un periodista mexicano de 38 años que entre muchas cosas que hizo en su vida, escribió dos libros y ganó un premio. 

Uno de los libros lo escribió con Salvador Frausto y se presentó recientemente en DF. Se llama “El vocero de Dios. Jorge Serrano Limón y la cruzada para dominar tu sexo, tu vida y tu país” (Grijalbo) y trata sobre un líder de la ultraderecha católica mexicana.

El otro se llama “Los Colores de Africa” y es su primer libro de viajes y el libro por el que unos días atrás se ganó 18.000 euros en la cuarta edición del Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes.

El concurso consistía en presentar un libro de narrativa de viaje con un límite de 150 páginas. Témoris Grecko, quien hace tres años había dado la vuelta al mundo, ya tenía el libro escrito, sólo que de ¡450 páginas! Hizo los ajustes necesarios basándose en la parte africana del viaje, lo presentó ¡y ganó!

Me cuenta por correo que esperó el resultado cinco meses. Cuando le avisaron que lo había ganado casi no lo creyó: “Quise asegurarme de que no era una broma, porque no tenía muchas esperanzas. Casualmente, el día anterior me había acordado de que no tenía noticias del resultado y pensaba que debía preparar un nuevo libro para concursar en la siguiente convocatoria del premio”, me escribió.

Además de los euros, el premio contempla la comercialización del libro en España y Latinóamérica y la distribución gratuita en más de 4000 habitaciones de los hoteles de la cadena Eurostars. Cuando se enteró que había ganado, lo primero que Témoris hizo fue llamar a su chica, Vivienne Stanton -que está escribiendo un libro con él- y después a sus padres. Pero me cuenta que todavía no pudo salir a festejar. “Estoy en un periodo de demasiado trabajo y no he podido reunir amigos ni hacer nada especial. Tampoco celebré mi cumpleaños”.

Témoris Grecko vive en DF y trabaja como periodista independiente. Es columnista de las revistas Esquire y National Geographic Traveler (ediciones para América Latina) y colabora regularmente para medios de México, España, Chile, Perú y otros países. También es uno de los editores de la revista-blog Mundo Abierto.

A pesar de estar tan ocupado, pudo responder esta entrevista especial para Viajes Libres, donde cuenta detalles sobre el libro -que muy pronto se podrá leer en Latinoamérica- y algunas impresiones personales de los viajes y de África. (Las fotos que acompañan la entrevista son de T. G.)

¿”Los Colores de África”, sobre qué países trata?
Sudáfrica, Suazilandia, Tanzania y Kenia, en ese orden.

¿Por qué decidiste viajar a África?
África es muy entrañable para mí, en una tercera parte es el origen de nuestra cultura latinoamericana. Me sentía muy curioso y emocionado, aunque también tenía miedo. Ahora lo que tengo son ganas de volver.

¿Cuándo hiciste el viaje y cuánto duró? ¿Fuiste solo?
De mayo a octubre de 2005, fueron cinco meses. La vuelta al mundo fue de 2005 a 2007. De ahí viajé a India. La vuelta al mundo la hice solo, pero con frecuencia me hice de acompañantes, principalmente otros extranjeros, pero a veces gente de ahí también. Viajar solo te permite aprovechar oportunidades, te obliga a ser más sociable y relacionarte, te hace ser más humilde porque dependes más de la buena onda de la gente que te acoge. El novelista Alfredo Conde, uno de los jurados del premio, destacó que, a diferencia de los viajeros decimonónicos, el autor se ponía al mismo nivel que la gente a la que observaba. Yo había percibido que mi actitud era distinta a la de la mayoría -no todos- de los viajeros primermundistas con los que me encontré, más deseosa de comunicarse con la gente local, y la atribuí a mi condición de tercermundista, a que tenía otra perspectiva de las cosas. Desde los países ricos, la pobreza se ve toda igual, como se ve un sistema de barrancas desde el avión, aplastada. Yo podía verla desde un nivel más cercano y percibir muchos de sus matices, notar lo que subía, lo que bajaba, lo que cambiaba. Después me di cuenta de que también mi relación con la gente fue distinta por necesidad, y que al haber recibido su ayuda generosa y su amabilidad, simplemente no podría haberlos visto desde arriba, no se mira con superioridad al que te admite en su casa. Yo los admiré, y eso se nota en el texto.

¿Ya sabías que querías escribir un libro sobre ese viaje o te motivó el concurso?
Desde que inicié la vuelta al mundo sabía que lo escribiría. Ahora me gustaría ver la forma de publicar la parte de Asia y Oceanía, y luego América Latina. El problema es que los proyectos se amontonan: con Vivienne, estamos escribiendo un libro sobre el Camino Real de Tierra Adentro, una ruta colonial española de 3,000 kilómetros que une Ciudad de México con Santa Fe de Nuevo México, y que está repleta de historia y maravillas culturales.

¿Cómo está dividido “Los colores de África” y cuánto tardaste en escribirlo?
Son dos partes. La primera abarca Sudáfrica y Suazilandia y se estructura en secciones dedicadas a cada lugar: Johannesburgo, Soweto, Ezulwini, Zululandia, Durban y otras. La segunda es Tanzania y Kenia y está contada a manera de diario. El material con el que trabajé fueron los reportajes que hice durante el viaje (como no tengo la chequera de Carlos Slim, financié el viaje con colaboraciones desde todos los sitios donde estuve, para medios mexicanos; varias veces me quedé sin dinero porque no había escrito suficiente o, lo más común, porque accidentes administrativos demoraban la llegada de los pagos; pero a final de cuentas, todo funcionó muy bien, ¡bendita sea la internet!) y un blog de viaje, además de notas. Para escribir el libro, lo que tuve que hacer no fue tanto escribir, sino organizar, estructurar e integrar mis escritos previos. Creo que tardé como tres meses.

¿Podrías contar algunos temas que aparezcan en tu libro?
Una de las cosas más dramáticas de África es la epidemia de Sida. En Sudáfrica, 1 de cada 5 adultos tiene VIH. En Suazilandia, 2 de cada 5. Y las respuestas de los gobiernos ante el problema, cuando yo fui (el gobierno sudafricano acaba de cambiar), eran dramáticamente patéticas. Pero la sociedad civil sudafricana está muy activa y presiona mucho para reconducir la batalla. Conocí personajes súper interesantes, como un exprostituto y luchador por los derechos humanos, Zackie Ahmat, y una poeta, Conny Setjeo, ambos con VIH. Y fue muy motivante: visité sitios a donde envían bebés con sida a morir y con amor y buenos cuidados los devuelven a la vida, ¡fue genial!

Otro tema es el del racismo, que muchos blancos aseguran que en Sudáfrica se ha invertido contra ellos, y algunos reaccionan con actos terroristas. Hablé con gente muy diversa, desde negros críticos con el gobierno democrático hasta extremistas de la derecha blanca, incluido un clandestino muy divertido. No puedo resumir aquí el problema, pero vale la pena leerlo.
Y con mis amigos Mac y Laura fuimos al cráter de Ngorongoro y al Serengeti, donde vivimos de cerca la experiencia de la gran migración, millones de animales salvajes en movimiento en busca de agua. Espectacular.

Leí que escribiste sobre Kenia. ¿Tu relato incluye algo sobre los episodios de violencia que ha vivido el país a comienzos de este año?
No, porque estuve en 2005. Pero me tocó presenciar una campaña muy divertida sobre un referéndum constitucional, donde los símbolos asignados a cada campo por la autoridad electoral, naranjas y bananas, le dieron un toque muy cómico al proceso.

¿Cuál es la mirada que planteas en tu libro sobre África? Read the rest of this entry »


Octubre, mes mundial de las aves

En el mundo existen 48 millones de observadores de aves que invierten unos 85 billones de dólares en la actividad, según los datos de Birdlife International. No sé cómo se elaboran esas estadísticas, pero supongo que no formaré parte de esos millones de fanáticos. Sin embargo, me gusta observar aves. Disfruto particularmente del instante del descubrimiento. Sobre un alambrado, en un poste de luz, detrás de una rama, en la copa de un árbol.

Me acuerdo que una vez, en un viaje de trabajo a Iguazú visité el lodge Yacutinga. Un día, me levantaron a las cinco de la mañana para ir a observar aves. Como apenas podía abrir los ojos a esa hora y se me hacía difícil observar hasta el árbol que tenía adelante no puse demasiada expectativa en el paseo. Así, después de una caminata medio dormida por la selva llegué a un bote, donde había una pareja de alemanes frescos y silenciosos, y un guía que según comprobé luego, tenía buena vista. 

Poco a poco, mientras el bote avanzaba por un riacho marrón cerca del río Iguazú los sonidos de la selva y la luz que entraba por las copas de los árboles me fueron despertando y de repente vi una garza. Y después un tucán de pico naranja. Ya llevábamos una hora navegando cuando el guía dejó de remar, señaló unos arbustos cerca de la orilla y me pasó unos binoculares. No vi nada. Al parecer, los alemanes tampoco. Entonces, él volvió a apuntar su índice y la segunda vez pude verlo. No recuerdo el nombre del pájaro, pero sí el color turquesa intenso. Como si estuviera hecho con agua del Caribe. Era muy pequeño y apenas pestañeamos se voló.

Nunca supe más de él, pero guardo esa observación como un logro. Igual que la del quetzal en Guatemala, la del martín pescador en los Esteros del Iberá, la del pelícano blanco en la laguna de Chacahua y la del colibrí en el patio de la casa de una amiga. Me gusta pensar así la observación de aves. Como los que coleccionan carreras o cruceros o cornamentas de ciervo o países, cada ave que uno descubre es una figurita nueva. Y parece que ese pajarito turquesa era una figurita difícil. Esa madrugada los alemanes -que seguramente sí pertenecían a los 48 millones de observadores de aves- no podían creerlo cuando lo vieron. Enseguida lo buscaron en su guía especializada y comprobaron que ellos lo estaban viendo en libertad. Cuando ella anotaba el nombre del ave, el lugar y la hora en su libreta de campo, la mano le tembló de emoción.

Los países con más observadores de aves son Inglaterra, con más de un millón, Estados Unidos (600.000), Holanda (125.000) e Italia (20.000). Muchos de ellos aprovechan el cambio y la diversidad de aves y viajan exclusivamente en busca de aves. Este mes, en Argentina hay visitas y cursos y salidas de observación y una nutrida agenda -desde cursos y salidas en Esquel, en la Patagonia, hasta avistajes en la Laguna Blanca y el Parque Nacional Río Pilcomayo- organizada por Aves Argentinas especialmente para el Festival Mundial de las Aves del que participan 88 países y que este año está dedicado a las aves migratorias y sus rutas.




rss twitter facebookinstagram

Especiales


Especial Nueva York
Especial Cuba
Especial París
Especial Valparaíso
Especial Dakar
Especial México
Especial El Mate
Especial Bolivia

Links

El mejor trabajo del mundo

Categorías

Archivo

  • 2017 (5)
  • 2016 (3)
  • 2015 (12)
  • 2014 (34)
  • 2013 (60)
  • 2012 (88)
  • 2011 (83)
  • 2010 (166)
  • 2009 (189)
  • 2008 (208)
  • 2007 (110)