Un largo viaje para un pequeño corte

Hace unos días que estoy en Nueva York. Aunque la familia y los amigos me escriben para que compre barbijos, admito que todavía ando con la boca descubierta. He leído que hay casos, pero por lo menos a Manhattan la psicosis de la influenza porcina aún no llegó.

Durante estos días, en el barrio neoyorquino Tribeca hay más movimiento que de costumbre. Se está celebrando la octava edición del Tribeca Film Festival, ese que fundó Robert De Niro después del 11 de septiembre de 2001.
Una de las películas que me interesaría ver es Partly Private un documental, dirigido y protagonizado por Danae Elon, sobre un viaje distinto. El viaje que realiza una pareja judía para investigar el universo de la circuncisión antes de decidir si se la practicará o no a su hijo en camino. ¿Cortar o no cortar?


Desde México, con dolor

Copio una carta que me hizo llegar un amigo desde el DF, una ciudad que por estos días vive momentos de tristeza, incertidumbre y psicosis colectiva.

Queridos amigos,

Les escribo desde la ciudad en donde, según la OMS, se está en la antesala de la pandemia. Lo que puedo contarles es que jamás había visto yo así a mi ciudad, las personas andan todas con tapabocas y con miedo en los ojos. Nadie se saluda de mano, no se diga de beso. Estornudar se ha convertido en algo muy mal visto, haciendo que el protagonista del “achu”, se vuelva sospechoso en cuestión de segundos.

En mi trabajo nos han dado la orden de realizar actividades con el mínimo de las personas posibles. Las mujeres que tienen hijos menores de 10 años tienen prohibido ir a la oficina, la gente usa las escaleras en lugar del elevador. Nadie quiere estar cerca de nadie. No cabe duda, el miedo se ha desatado.La misma situación es la que se vive en el gimnasio, al cual fui ayer. Lunes a las siete y media de la mañana, lo normal hubiera sido encontrarme con varios deportistas tempraneros. ¿Mi sorpresa? Nadie. Era yo el único que sudaba y sudaba.

Pero lo más impresionante de todo, por lejos. El supermercado. Anaqueles vacíos, gente con carritos repletos, todos usando el tapabocas, todos con miedo en los ojos, todos con la interrogante de qué sigue, todos sufriendo. Un horror.

Hasta el momento no se ha detenido la actividad económica, pero los restaurantes ya no pueden abrir después de las cinco de la tarde. Igual, nadie va a éstos. Hoy en día, la Ciudad de México es lo más parecido a las imágenes de la película de “Soy Leyenda”. Ojala y todo esto termine pronto.

Ya sé de dos personas que han fallecido por esto. El primo de un amigo del colegio y un sobrino de una mujer del trabajo. Ambos se fueron unos días antes de que se desatara la psicosis y la alarma. Lo que significa que seguramente nos falta mucho por ver, esperemos que el gobierno esté preparado para lo que viene. Como me dijo ayer una compañera del trabajo, “Juan Carlos, sólo nos queda rezar. El planeta se está limpiando”, frase que repetía y repetía, como un mantra, mientras bajábamos ordenadamente las escaleras de emergencia, dirigiéndonos a una zona de fuera de riesgo, había temblado. Como si no fuera suficiente con el virus.

Los saluda cariñosamente,

Juan Carlos Melgar


Un mandala de piñones

En algún sentido, los piñones son o, mejor dicho, fueron la base de la cocina mapuche. En una época no tan lejana, los pobladores originarios de estas tierras altas aprovechaban al máximo el fruto de la araucaria o pehuén, el árbol que dominaba la zona y que le dio nombre a Villa Pehuenia y a la IX región chilena, la Araucanía.

Si es un buen año, de cada árbol -sólo las hembras dan piñones- se pueden obtener más de cien kilos de piñones. Como me contó doña Angela Trekaman, una mujer mapuche que conocí en Cinco Lagunas, uno de los mejores paseos de Villa Pehuenia, “el piñón ahora ya no se usa como antes, ahora es más chico y más seco, ha cambiado”. Antes se agregaba en el puchero, como si fueran porotos, y se hacía puré. También usaba la harina  para hornear pan, y se preparaba mudai, una bebida a base de piñón. Si bien se puede tostar, la manera más difundida de comer el piñón es hervirlo. Los primeros pobladores lo usan menos, pero los nuevos cocineros se acostumbraron a mezclarlo en los rellenos de sus pastas y hasta en postres.

Denise Giovaneli, la fotógrafa con la que viajé a Neuquén, me propuso un día que armemos un mandala de piñones. Hay un artista que a Denise le encanta y en él se inspiró. El tipo se llama Andy Goldsworthy y se dedica a construir estructuras a partir de elementos de la naturaleza: flores silvestres, palitos, agua, hojas. Entonces, ese día nos fuimos hasta Bahía de los Coihues, en la punta de la península de Villa Pehuenia y hicimos un mandala de piñones sobre una roca, éste que se ve en la foto.

Cuando lo terminamos, siguiendo la costumbre tibetana, lo desarmamos en un canto a la impermanencia de las cosas y de la vida. Después, nos fuimos a pasear por un bosque de coihues.


El remisero de las montañas

El ónmibus llegó a Villa Pehuenia desde Neuquén capital. Traía pasajeros locales, que compraron allá mercaderías que cuestan mucho menos que en los parajes alejados donde ellos viven.

En la parada, los remises esperaban para trasladar a los paisanos hasta sus casas en las montañas. 

Después de acomodar todo en la caja del Falcon modelo 95, don Almeida se subió al auto, bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo negro.

– Adónde vamos, maestro? -le preguntó el remisero, que no era de la zona.

– A mi casa -le dijo el paisano.

El remisero necesitó volver a preguntar porque además de forastero, era nuevo:

– ¿Y dónde vive? -le preguntó el remisero mirándolo por el espejo retrovisor

– Allá arriba -le dijo el paisano mirando hacia la montaña.

El remisero tuvo que volver a preguntar varias veces. A don Almeida y a otros paisanos que llevó durante su etapa de remisero. Así fue conociendo todas las casas y los diferentes matices “allá arriba”, imperceptibles para el recién llegado. Como el blanco para los esquimales, aquí en Villa Pehuenia “allá arriba” puede ser en tantos sitios diferentes.

 Después de un tiempo, el remisero de este post se volvió un conocedor y dejó el remís para convertirse en guía de turismo. Cuándo le preguntan dónde estudió, él responde que en el Falcon modelo 95.


Caldo de Aluminé

Algunas mañanas, a eso de las 7.30, el gran lago Aluminé se cubre de bruma baja y espesa como la que se ve en la foto. Una mañana fría, me desperté temprano y corrí las cortinas de mi habitación en La Balconada

Al encontrarme frente a ese paisaje misterioso no pensé en El Señor de los Anillos. Me imaginé que alguien estaba preparando un caldo enorme y muy caliente. El caldo de Aluminé hervía como loco, pero el cocinero estaría atendiendo otra faena porque no llegó a revolver su sopa. Después de una hora, el caldo dejó de hervir y quedó liso como una gelatina. Con sólo mirarlo, un chef hubiera dicho que estaba listo.

Esa noche, cuando fui a cenar leí todo el menú pero no encontré ningún caldo de Aluminé. “No hay caldo, pero la trucha del lago es muy buena”, me dijo el cocinero. Y tenía razón.


Mujeres solteras, se necesitan

ladiessignalEso dicen  en Villa Pehuenia. Que faltan mujeres, que lo anuncie ¡por favor! en mi página.  “Eso sí, poné que sean lindas y que tengan entre 25 y 35 años“, me dijeron varios hombres que hoy trabajan como guías de montaña y de pesca, como cocineros, recepcionistas y camareros. Hombres buenosmozos, con pinta de leñadores. “Somos muchos más hombres que mujeres en la Villa“, insistieron ellos.

Y entre varios me contaron esta historia. Resulta que hace un tiempo llegó de vacaciones una mujer muy linda. Viajaba con su abuela y se quedaron varios días en una hostería de la Villa. Como Pehuenia sigue siendo un pueblo, la noticia de que había llegado una chica linda ¡y soltera! corrió rápidamente entre los guías y cocineros y recepcionistas que trabajaron durísimo para conquistarla.

El guía llegó puntual a la excursión, hizo más bromas que nunca durante el circuito y fue amoroso con la abuela. El cocinero preparó una trucha grillada tan perfecta que podría haber ganado un premio internacional. El camarero la llevó urgente a la mesa para que no perdiera calor y no se descuidó un instante en su trabajo, siempre sonriente y atento a los deseos de abuela y nieta. El que se encarga de la excursión en lancha les dio la mano al subir y al bajar y siempre veló porque estuvieran bien. Tan esmerada era la atención que la abuela le dijo un día a su nieta: “¡Pero qué caballeros son los hombres en este lugar!”.

El recepcionista, creen algunos, tenía ventaja porque la veía varias veces por día. Por eso o porque fue el mejor en las artes de la conquista, se ganó el amor de esa chica linda, que hoy es su mujer y espera un hijo suyo para dentro de un par de meses.

Los demás, los que me contaron esta historia, hombres buenosmozos con pinta de leñadores, siguen haciendo su trabajo y están atentos a la llegada de chicas solteras a Villa Pehuenia.


El fin de la veranada

Este post tiene vencimiento. Sólo el que viaje en los próximos días por el oeste de Neuquén tendrá clics del fin de la veranada.

Los paisanos que en noviembre subieron sus ovejas, vacas y caballos a los valles altos y con pasto tierno de la cordillera bajan a lugares menos fríos para pasar el invierno. La transhumancia es un ejercicio que se practica dos veces al año en esta provincia y en tantos lugares del mundo desde hace siete mil años. 

Uno de los rosarinos que conocí en Villa Pehuenia se llama Carlos Rovetto. Durante su vida de ciudad tuvo un comercio pleno centro de Rosario. Hace tres años llegó al pueblo y hoy es dueño de un bar, Mandra, en el mínimo centro de Pehuenia. Vino con su mujer y dos hijas que hoy atienden el bar con sus respectivos novios. Una de ellas es Melina, la fotógrafa del pueblo y la novia del sevillano, un andaluz que parece cómodo en la Patagonia. Cuando tiene ganas y hay ambiente en el bar, toca la guitarra y canta flamenco con pasión gitana.

Un día, Carlos me contactó con los Puel, una familia mapuche. Es difícil acceder a conversar con miembros de la comunidad, así que llegué con él. Fue interesante hablar con Doña Angela, pero debo admitir que en el mejor momento de la conversación, entró Carlos en la sala y me dijo que teníamos que partir porque estaba muy apurado. En el auto le pregunté cuál era la urgencia y me la contó: “Tengo que ir a Paso del Arco porque ahí me esperan unos paisanos que me venderán unos corderos antes de bajar hacia Zapala, y se van esta tarde”. Los paisanos a los que se refería Carlos eran los veraneadores. 

Posiblemente los mismos que me crucé en la ruta unos días más tarde. Arriaban extensos rebaños de ovejas por los campos patagónicos. A veces llevan hasta 500 chivos, que se ven como un manto blanco en medio del pasto amarillo. La nieve está por venir y las ovejas deben llegar antes a los campos bajos y áridos donde pasarán el invierno. (El post vence cuando el ganado esté abajo, de aquí al viernes) .


Villa Pehuenia, un pueblo escondido

Rodeada por los lagos Aluminé y Moquehue, aislada por cincuenta kilómetros de ripio y 1200 metros de altura, y cerca de los volcanes y el límite con Chile, Villa Pehuenia es todavía un pueblo escondido en la Patagonia. Un lugar donde la naturaleza manda. En verano manda calor; en invierno, nieve y de tanto en tanto, también manda cenizas. Como el año pasado, las del volcán chileno Llaima.

En Villa Pehuenia viven alrededor de mil personas. Muchos llegaron de otros lugares. Hay neuquinos, porteños, cordobeses pero sobre todo hay rosarinos. Tanto que ya bautizaron una bahía del lago Aluminé. Todavía no figura en los mapas pero todos la conocen como Bahía Rosario.

La mayoría de los recién llegados ronda los treinta años y vino escapando de la ciudad, en  busca de una vida más tranquila. Algunos pusieron un restaurante o una hostería; otros trabajan de camareros, guías o recepcionistas y cocineros que se tuvieron que acostumbrar a crear con lo que hay. En verano los productos llegan, pero en invierno es difícil conseguir algo tan simple como una planta de albahaca.  Igual, hace cuatro años que se celebra el Festival del Chef. Este año será el 1 y 2 de mayo, con la presencia de Dolly Irigoyen.

Los nuevos habitantes conviven con los naturales de por aquí, que pertenecen a la comunidad mapuche y son los dueños de la mayoría de las tierras. Aunque, como me dijo doña Angela Puel, una mapuche de 72 años, ya se perdió la mayoría de las tradiciones, incluso la lengua. Sus hijos la entienden pero no hablan y sus nietos apenas saben unas pocas palabras.

 En verano, Villa Pehuenia es un buen punto de partida para recorrer la zona: el circuito Pehuenia, Moquehue, el volcán Batea Mahuida, Paso del Arco, el Parque Nacional Conguillío, en Chile, la pesca con mosca en ríos y lagos. En invierno, los caminos se complican y es necesario transitarlos con cadenas. Igual llegan turistas para aprender a esquiar en el Parque Invernal Batea Mahuida, donde está el único centro del país gerenciado por la comunidad mapuche. Hay sólo dos medios de elevación -un poma y un T-bar- y es ideal para principiantes.

Este año, Villa Pehuenia cumplió 20 años. Todavía no hay banco ni peluquería, pero la villa está creciendo y cada vez llega más gente que hizo realidad su sueño de cambiar de vida y mudarse al Sur.


0-810-CORTES

machicheoHace unos días que recorro la provincia de Neuquén y ya me topé con tres cortes de ruta. En la ciudad vi la primera goma quemada. Esta vez los maestros no tuvieron nada que ver. Pero para llegar a la sede neuquina del Museo Nacional de Bellas Artes fue necesario hacer un gran rodeo.

El segundo corte fue camino pasando Cutral Co, camino a Zapala. El humo negro de dos gomas quemadas apenas me dejó verlos, pero igual conté cinco personas, cuatro adultos y un niño en brazos cortaban la Ruta 22.

El corte, según me enteré después era porque están desempleados. Tres policías explicaban el desvío y los camiones de combustible, los turistas, las camionetas de petroleros, los habitantes Zapala y otras localidades seguían un camino que pasa por atrás de la fábrica de ladrillos y después vuelve a la ruta.

El tercer corte no llegué a verlo. Se pasó de boca en boca que antes de llegar a Zapala había que tomar un desvío hacia la izquierda y meterse por un camino vecinal de ripio que atraviesa los campos y corre paralelo a la vía del tren que alguna vez llevaba el cemento de Loma Negra a Buenos Aires. Recorrí el camino al atardecer con vistas del cerro Michacheo y el horizonte hecho un infierno. En lo particular, el corte no me cayó mal, pero llegué tarde y me crucé con gente angustiada porque los insumos no llegaban, ellos no podían viajar y el combustible se había terminado en Zapala.

“En Neuquén cualquiera corta la ruta. Acá uno nunca sabe cuando llega”, me dijo un hombre de campo después de contarme que hay cuatro cortes simultáneos en toda la provincia. Más tarde, cuando llegué al hotel, le conté al recepcionista mi experiencia con los cortes.

– ¿Pero no llamó al 0800? –me preguntó
– ¿Al 0800 CORTES? –le pregunté
– Algo así. Es un teléfono de la gendarmería de Neuquén que informa el estado de las rutas de la provincia.
– ¿Me lo darías, por favor?
0-810-333 7882.


Otoño en Neuquén




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