El precio del low cost

No me llevo bien con las aerolíneas de bajo presupuesto. Y no lo digo hoy que vengo de pagar 70 euros por no haber impreso la tarjeta de embarque para presentarla en el Check-in. No. Nuestra relación fue mala desde el principio.

La primera vez fue en Berlín, hace algunos años. Compré el pasaje a Roma, ilusionada porque había pagado menos de 100 euros. Cuando pregunté cómo llegar al aeropuerto me dijeron que Schönfeld quedaba lejos y que no había transporte de noche. Como mi vuelo era de madrugada fue necesario tomar un taxi de una hora que costó casi tan caro como el vuelo.

El camino es más largo pal que va cargao demás. Aunque no creo que los dueños de las low cost hayan escuchado a Zitarrosa, las aerolíneas de bajo costo fueron pensadas para el que carga poco. Cada maleta se paga aparte. Los maravillosos precios no contemplan muchos cambios de ropa. Para aprovechar la oferta, en este viaje decido ir con mi mochila chica: solo un par de mudas para pasar unos días en La Toscana. Aprieto la ropa, la cámara, el cepillo de dientes y el libro a riesgo de convertirlos en astillas.

Llego al aeropuerto antes de las 8. La fila para el Check-in es larguísima y a los costados hay algunos desertores de fila. Están nerviosos, transpirados, con la valija abierta, tratando de hacer entrar todo. Por el altoparlante anuncian que en la cabina va únicamente una pieza que debe pesar diez kilos y entrar en un modelo, una especie de jaula, que tienen en exhibición. Si el empleado lo requiere es preciso calzar la maleta ahí para que se vea que entra en esas medidas. Si no, se paga o se deja.
La cámara de fotos cuenta como una pieza y la cartera también. Nada de cartera y mochila. O de cámara y cartera. Uno es uno.

Y ahí está esa estudiante de medicina sentada arriba de su valija. Cuando escucha lo de una sola pieza abre la valija que se ve llena y decide hacer entrar su cartera, también llena. Tiene los rulos en la cara, se muerde los labios y aprieta las dos tapas de la valija con todas sus fuerzas, como si tuviera que detener una masa de serpientes venenosas que viene a colonizar el mundo. Frunce el ceño, no puede: los dientes del cierre están demasiado separados y así no corre. Una mujer que está al lado se ofrece a ayudarla: una se sienta y la otra intenta cerrar. Tampoco va. Sigue la de rulos sola. Abre la valija, saca la cartera que había puesto llena, la vacía, corre poleras, reacomoda el secador, mete el neceser en un borde, las alpargatas en otro y se vuelve a sentar arriba. Somos varios los que la miramos y nos asomamos a su intimidad. Somos varios los que hacemos fuerza, aunque sea mental, para que le entre todo. El cierre le dejó los dedos colorados. Un empleado de la compañía pasa en Segway y sonríe al ver la escena. Si ella lo veía para mí que le tiraba las alpargatas de flores, que parece que no entran.

La cuestión del peso hace el embarque más lento. El vuelo se atrasa casi una hora y toca esperar en la pista para el despegue. Los asientos no son numerados, por eso la fila es tan larga. Más adelante, más posibilidad de elegir. Más atrás, lo que quede mijo.
Agotada porque es temprano y por los nervios me duermo profundamente unos minutos antes del despegue. Y sueño… como la aerolínea es de bajo presupuesto no puede utilizar el aeropuerto y tenemos que despegar desde una avenida en los alrededores de Madrid. Una avenida llena de camiones que no nos ceden el paso porque están en huelga. Me despierto cuando el avión carretea por la pista (del aeropuerto).

No hay bebes que puedan llorar y con este buzo polar no pasaré frío: es el momento ideal para una siesta después del madrugón. Cierro los ojos, pero arranca la kermese. No, no estoy soñando otra vez. Primero pasan las azafatas vendiendo los típicos productos de Free Shop, después cereales con leche, sándwiches y hasta hamburguesas y papas fritas que alguien alguna vez habrá freído. “Prueben nuestros perritos calientes”, dicen un azafato con sonrisa de publicidad. Cuando creo que terminó el show, llega el plato fuerte: la venta de un juego tipo lotería. “Si quiere ser uno de los millones de pasajeros que ganaron premios, no deje de participar, cuesta 2 euros”. Se anunciaba por altoparlante, primero en inglés, después en español y al final en italiano. Mientras el azafato muestra los billetes como un croupier con las cartas en la mano.
Cuento las filas: unas 30, con 6 pasajeros en cada una. Perfecto, un público cautivo durante dos horas. Me siento en una feria, con pregoneros a los gritos. Ahora promocionan un billete de bus turístico para ver las principales atracciones de Roma y en cinco minutos venderán cigarrillos sin nicotina ni humo para fumar durante el vuelo. En cualquier momento salen a vender merluza.

Como el toilette está al fondo y mi asiento en la mitad recorro medio avión en compañía de las publicidades estampadas en las gavetas superiores. Termino frente al búnker de las azafatas, que cuentan monedas y hacen torres de uno y dos euros. Las miro y pienso cuántas monedas habrá de diferencia entre una low cost y una aerolínea de línea. En ese momento se enciende la luz de regresar al asiento, pronto aterrizaremos.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile.


¡Viajes Libres en Ñ!

La mención del blog salió hace cerca de un mes, en el suplemento cultural Ñ. Me enteré por un amigo, que lo guardó y me avisó. Aunque no tengo la certeza, sospecho quién pudo haberlo reseñado y se lo agradezco.


Mapamundi

Thiago Pethit.


El Palio II


Hoy se jugó el segundo -y último- Palio de 2013. Ganó la Onda (Ola). Gianluca debe estar llorando en alguna esquina de Siena. Posiblemente con amigos porque es un tipo popular. Ellos y él, todos llorando. Así me los imagino.

El día que Gianluca Nannini me acompañó al Palio la plaza estaba repleta. Entramos caminando por el barrio de la Onda, que tiene un delfín y olas en su bandera celeste y blanca.

La Plaza del Campo es el espacio público más importante de Siena. Durante siglos se usó para ferias y mercados. Cuando no hay Palio, se cubre con las sillas y mesas de los bares, cervecerías, restaurantes donde los turistas comen con vista al Palacio Público y a la Torre del Mangia, una torre gótica de ladrillo que tengo enfrente.

Los vecinos que viven frente a la plaza alquilan su balcón por 200, 300, 800 euros según la ubicación. También los bares alquilan balcones. El día que fui no había espacios libres. En los balcones la gente está elegante como si fuera a una velada de gala en el teatro. Llevan binoculares y les sirven Proseco (espumante). Hay turistas, sí, pero en la plaza se ven más italianos. Hablan en voz baja, secretean sobre posibles ganadores. También se hacen apuestas ilegales, pero eso no se ve.

–El Palio es complejo, muy complejo –dijo Gianluca en medio de sus propias explicaciones.

La pista por donde corren los caballos se llama Anelo de Tufo (anillo de polvo). Tiene una curva muy peligrosa, la Curva de San Martín, donde los caballos suelen caerse. La Sociedad Protectora de Animales elevó informes y quejas. Los organizadores del Palio no se preocuparon demasiado, pero pusieron unos colchones para evitar que se lastimaran. Una curiosidad del Palio, entre muchas: si el jinete se cae y el caballo sigue corriendo y llega a la meta gana el caballo y la contrada. Todo vale en el Palio.

Los caballos se sortean el día anterior a la carrera y solo ahí se sabe qué jinete los correrá. Y un dato insólito del Palio: antes de la carrera los caballos son bendecidos por el cura en la iglesia de su contrada. No, no en la entrada. Cruzan la puerta, ingresan como si fueran un fiel más y cerca del altar el cura los bendice y les apoya una estampita en la frente.

Los días previos al Palio y el día después la ciudad late distinto. Está envuelta en banderas medievales y se nota que hay gente de otras partes de Italia y del mundo. Las contrade desfilan por las calles angostas, entre vidrieras de marcas de lujo, gelaterias y el Duomo. Durante la semana del Palio Siena brilla.

Cuando termina el desfile llega el momento de mayor tensión. En ese momento, la plaza con 60.000 personas parece una iglesia vacía. No vuela una mosca y si dos turistas hablan fuerte los seneses los miran torcido. Quieren que se respete su tensión.
Se está sorteando cómo será la formación de los diez caballos para la largada. El último jinete sorteado, que entra desde atrás y al galope, y da comienzo al Palio. Pero para que eso suceda los caballos tienen que estar perfectamente alineados de lo contrario la carrera no empieza. Y no se alinean porque están negociando. Es la parte más loca del Palio. Los jinetes se venden a la vista de todos. Si creen que tienen una posición poco ventajosa para la carrera, entorpecen la llegada de otros, se cambian de bando, negocian. Y esas negociaciones pueden durar mucho, más de una hora.

–Si no se ponen de acuerdo y esto se estira mucho, me dice Gianluca, se correrá mañana.

De repente, se pusieron de acuerdo y arrancó el Palio. Diez guerreros montan a pelo diez caballos árabes, largos, feroces. La carrera dura un minuto y medio. O quizás menos. Al lado mío dos chicas de la Loba que gritaban desquiciadas. Alentaban al jinete con rabia, le pedían explicaciones en cada grito. Pero como todo es tan corto, enseguida se apagó el grito. Lo miré a Gianluca, no entiendo qué pasó. Iba ganando la Lupa pero en un momento la Oca lo pasó. Y en el medio la Pantera se cayó sobre los colchones.

–Momento, por favor, momento.

Gianluca no podía hablar, se llevó la mano a la frente, respiró profundo. Ganar la Oca, su segundo rival y esto lo desencajó completamente. No se lo esperaba. Parecía que tendría un ataque de nervios o rompería a llorar como niño. Unos metros más allá una nena rubia llora sobre los hombros de su padre y hacia el otro lado, dos simpatizantes de la Oca ríen y celebran el triunfo. Una metáfora de la vida.
Después se le pasó y a la salida nos encontramos con su amigo de la Oca, que no entra a la plaza por miedo al infarto. A pesar de ser de bandos contrarios hablaron lo más bien, discutieron y Gianluca lo felicitó a pesar de tener un nudo en el pecho.

A la salida de la plaza hubo estampidos, gritos y peleas que la policía enseguida separó. Los ristorantes y las osterías (tabernas) sacaron las mesas a la calle y daba la impresión de que la ciudad entera era un solo barrio de fiesta. La ciudad estaba iluminada a giorno y hubo fiesta hasta tarde. Antes de entrar a la Plaza del Campo Gianluca me había prometido llevarme al barrio de la contrada ganadora porque exhiben el Palio y festejan. Pero mientras caminábamos en la ciudad amurallada se puso serio, medio pálido y dijo:

–No puedo ir al barrio de la Oca, de verdad no me haría bien. Si quieres te puedo llevar y dejarte en la entrada, pero no me pidas que vaya.

***

Me perdí los festejos en la Oca, pero comimos y nos reímos en una ostería pequeña, familiar, con los platos de la nona. En el fondo de del salón la pintura del rostro de un alazán recortado sobre el cielo celeste, con las banderas de cada contrada. En la mitad de la cena llegó un amigo de Gianluca para hablar de la carrera, lamentar el resultado, preguntarse ma per che? Come? (pero ¿por qué? ¿cómo?). Los días posteriores y durante meses el Palio, como el clima, salpica la mayoría de las conversaciones.

Así fue el útlimo 2 de julio. Así de inquieto estaba Gianluca sin que jugara su contrada. Por eso pienso que hoy estará llorando. Le voy a escribir.


El Palio de Siena

Me imagino cómo estará Gianluca en este minuto: moviendo los ojos saltones de un lado a otro, caminando tenso por su casa en Siena, transpirado, loco. Mañana compite en el Palio su contrada: il Bruco (la oruga).

El 2 de julio y 16 de agosto (cada fecha, en honor a una virgen) se celebra en la Plaza del Campo en Siena una de las fiestas más tradicionales de Italia. Visto de afuera, el Palio es una carrera de caballos que se practica, salvo contadas interrupciones (las dos guerras mundiales), desde la Edad Media. Visto de adentro, el Palio es confrontación, fanatismo, camaradería, furia y también un poco de locura.
En la carrera se enfrentan diez caballos de los distintos barrios de la ciudad medieval. Cada barrio es una contrada (contrade, en plural).

Hoy la palabra se usa como sinónimo de barrio, pero una contrada es mucho más. “Primero estaba la familia y después la contrada. Lo que necesitaras, desde trabajo hasta dinero, podías pedírselo. Era una contención, una segunda familia”, me dice una mujer con su pañuelo al cuello mientras caminamos. Ella pertenece a la contrada de la Oca (sí, la misma del juego de niños), de color verde, rojo y blanco.

Actualmente existen 17 contrade (llegó a haber 42) y cada una tiene un emblema y colores que la identifican: Áquila (águila), Bruco (oruga), Chiocciola (caracol), Istrice (puercoespín), Giraffa (jirafa), Onda (una ola de mar con un delfín), Lupa (loba), Civetta (lechuza), Drago (dragón), Lecorno (unicornio), Valdimontone (carnero), Nicchio (concha rodeada de corales), Pantera, Selva (con rinoceronte), Oca, Tartuca (tortuga) y Torre (un elefante que carga sobre su lomo una enorme torre).

Los jinetes o fantinos son famosos como las modelos, salen en las revistas y ganan buen dinero. Según su performance, pueden ser odiados y amados. Usan sobrenombre y casi siempre tienen menos de treinta años.
En el Palio no se gana dinero, se gana prestigio. El premio es un estandarte pintado a mano que se llama Palio, y la contrada ganadora lo exhibirá en su iglesia con orgullo, como un trofeo de guerra.

Sí, ahora Gianluca debe estar loco. Hace dos días me escribió diciendo que ojalá ganaran. El último 2 de julio me acompañó a la plaza. “Solo voy porque no juega mi contrada, si no no podría estar aquí contigo. Si compitiera il Bruco estaría con mis amigos, sufriendo”, me aclaró.

Ese día, el último 2 de julio en la plaza de Siena, temí que se cayera de un infarto a mi lado. Mucho más nervioso que un hincha de fútbol. Y los nervios eran por una contrada rival. No quiero pensar cómo estará hoy.

En estos días subiré algunos apuntes de esa tarde en la Plaza del Campo, entre 60.000 personas, la mayoría vecinos fanáticos de su contrada.


El cuento del tío

Routa Ouarzazate-Zagora, por la mañana. Los viajeros dejaron el Hotel Majestic después de un café avec sucre en la terraza, con las sillas orientadas hacia la calle, a la manera de los marroquíes.
Las cumbres nevadas de la cordillera del Atlas enmarcaban la recta de asfalto y el desierto se anunciaba en los tonos amarronados de las colinas ralas. Pocas palabras. En fin, un día sin sobresaltos, para disfrutar del placer de mirar.
Adormilado por el vaiven del auto, el copiloto estaba a punto de cerrar los ojos, cuando registró una imagen borrosa en el horizonte. Una persona? O dos? Ingresaban en la antesala del Sahara, eso es cierto; pero era demasiado pronto para una alucinación.

A medida que el auto avanzaba, el cuadro se aclaró: había un hombre parado en el medio de la ruta, gesticulando. Un hombre joven, con túnica y turbante, parado junto a un auto, gesticulando hacia el conductor.
“¿Paramos? ¿O mejor no?”, se preguntaban los jóvenes turistas. Pero ya era tarde para dudas: el auto estaba detenido en la banquina y el joven corría en dirección hacia ellos. Eufórico, a juzgar por la imagen que les devolvía el espejo retrovisor.
Cuando estuvieron frente a frente, el árabe los abordó en un francés impecable: “Por favor, tuve un problema con el auto-explicó- ¿Me podrían alcanzar hasta Agdz, el próximo pueblo?” Su aspecto era el de un actor de “Lawrence de Arabia”. Los viajeros se miraron y titubearon, sin responder. Siempre es un riesgo llevar a alguien y su ser extraño no colaboraba. Pero su rostro suplicante desbarató sus cálculos. “Les pago por el lugar”-agregó al borde de la desesperación.

Nunca supieron qué fue lo que los convenció, pero luego de un silencio incómodo, el beduino estaba adentro del auto. Salamalecom,los saludó según la costumbre árabe. Dio las gracias varias veces y desde el asiento de atrás, contó su historia alimentado por la catarata de preguntas de los viajeros:
“Es muy importante lo que ustedes hacen por mí porque hoy es un día de fiesta. Yo formo parte de una caravana que transporta granos hacia Sudán. Sí, con dromedarios y a través del desierto. Llevamos nuestra comida y una reserva de agua. Las noches las pasamos en los oasis. A veces nos encontramos con tribus nómades y si nos piden algo, se los damos. Portan armas, pero en general son buena gente. En total somos 15 personas. No, sin mujeres. Viajamos alrededor de ocho meses y el resto del año preparamos la próxima salida. Volvimos hace 15 días y hoy es un día de fiesta, dijo por segunda vez. Mi abuelo, el jefe de la caravana cumple 90 años. Yo iba camino a lo de unos amigos cuando se rompió la cruceta del auto. Este año fue su última caravana. Ya está viejo. A partir de ahora se va a quedar en la casa, con mi abuela”.
El relato era fascinante y durante los 40 kilómetros hasta Agdz, los pensamientos de los turistas estuvieron en esa caravana, sobre el lomo de un camello.
Al llegar al pueblo, el muchacho les suplicó que tomaran un té a la menta en su casa. “No sé cómo agradecerles lo que hicieron por mí”, dijo.
Miradas cruzadas. Puntos suspensivos. “Es que no tenemos tiempo”, se atajaron. Pero él fue más allá: “Los apurados ya están en el cementerio”, sentenció con una sonrisa.
Bajaron del auto y los condujo a la entrada de una casa que sólo dejaba ver un puñado de escalones. Subieron, cautelosos, detrás de él. Un recibidor cubierto de alfombras y una cortina espesa tapaban el resto. Los invitó a sacarse los zapatos y a pasar. El interior desveló cualquier ingenuidad pero ellos decideron seguir creyendo en las caravanas. Era un gran salón, repleto de alfombras y con un stock de tapices. “La típica maison bereber”, dijo con una simpatía que comenzaba a desvanecerse. El auto estaba abajo, ellos descalzos -lo que suponía una mayor indefensión- sentados en la alfombra de una casa, en los suburbios de un caserío perdido en las montañas.
Trajo el té en la tetera plateada. Bebieron un vaso sin hacer ningún comentario sobre la mercadería. Dispuestos a partir, él insistió en que la ceremonia consta de tres vasos. Bueno, el último. Pero, entre nosotros, ni una palabra sobre la naturaleza del lugar, un vulgar negocio de artesanías.
El té corría por sus gargantas y el embustero no pudo con su ser comerciante: “los tapices son de Sudán, pueden consultarme”.

***
Esa noche, en el pueblo de M´hamid, los viajeros se toparon con una guía de Marruecos que, en la página 145, decía: “Atención en la ruta Ouarzazate-Zagora, suele haber gente que simula la ruptura de su auto y detiene a los turistas con la excusa de que lo auxilien hasta el próximo pueblo. Sin embargo, el único propósito es llevarlos de prepo a una tienda de artesanías”.


Nubes en la Cordillera de Los Andes

San Juan, Parque Nacional San Guillermo, Refugio La Brea.




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