La mano de Bowles

Tarde de verano, lecturas en voz alta de libros preferidos, una luna sutil que llegó cuando casi era de noche, aplausos, encuentros y la infaltable copa rota, síntesis imperfecta de la presentación del último número de la revista La mujer de mi vida en la terraza de la librería Eterna Cadencia. En la sección Composición Tema escribí este pequeño texto sobre cómo recuerdo la mano de Paul Bowles.

En aquellos años en Tánger, Paul Bowles era un personaje popular. Hacía poco que El cielo protector se había llevado al cine y el escritor gozaba de fama extra. Todo el mundo hablaba de él como si fuera su vecino. Pero como dice un amigo, todo el mundo nunca es todo el mundo. Y la mañana que me propuse encontrar su casa casi no llego.

Es cerca de la embajada de Estados Unidos, me había dicho un librero. Caminé por avenidas anchas, de casonas coloniales y palmeras flacas. En esa zona, Tánger sólo se parecía a Marruecos en el calor.

Vive en un edificio viejo, al lado de un almacén, me había dicho un lustrabotas. Pero en cuatro horas no crucé ni uno. De repente apareció un negocio, entrada diminuta, interior sombrío. Era un almacén. Le pregunté al árabe si por ahí vivía un tal Paul Bowles. “Acá arriba”, respondió aburrido y dio un sorbo a su thé à la menthe sin mirarme dos veces.

Toqué el timbre, si no recuerdo mal, el 4 “C”. Abrió un hombre joven, fuerte, de pestañas enruladas. Le dije: “No tengo cita, quiero conocerlo, soy argentina”. Sonrió –juraría que estuvo a punto de nombrar a Maradona, quizás hasta pensó en La mano de Dios– y me cerró la puerta en la cara. Volvió a los cinco minutos. Que sí, que pasara.

Bowles salió en bata de toalla. Con 86 años y un pañuelo en el cuello de color salmón. Me tendió la mano. De piel fina como si estuviera hecha de masa filo. Dedos largos. Temperatura, tibia. Al tacto, frágil. Me imaginé que debajo de las montañas de la palma había una capa de Sahara, otra de fiestas internacionales, una de tinta, otra de música. Sentí que apretaba la mano de un beduino, aunque la suya fuera blanca y tuviese pasaporte gringo. De ser gitana, se la hubiera leído gratis.

Recuerdo poco de las dos horas que hablamos. La mano de Bowles, sin embargo, aparece en mi memoria más que la de mi abuela.

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2 respuestas a La mano de Bowles

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  2. Gustavo Ng dijo:

    Carolina, me quedo temblando. ¿Dónde está la entrevista?

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