Pasajeros en tránsito

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El viaje comienza cuando salimos de casa, nunca cuando llegamos a destino. Esa máxima popular anónima y algo cursi se hace realidad cuando uno se sienta en el avión y el pasajero que tiene al lado le dice “hola”.

Puede ser que la conversación termine ahí­, pero en general y especialmente si el viaje es largo, un “hola” es la plataforma de lanzamiento para la primera página del diario.

Prefiero pasillo, a lo sumo ventana; el medio, nunca. Pero la vida no siempre es lo que uno prefiere y unos meses atrás viajé a Italia -13 horas de vuelo- en el medio. Tenía una mujer a cada lado y ni bien me sentó las dos se dieron vuelta y me dijeron: “hola”. Mejor voy de a una.

La que estaba en la ventana había pasado los setenta y después del hola me pidió que la ayudara a ponerse el cinturón. Adela, como después me enteré que se llamaba, nunca había viajado en avión. Después de la crisis del 2001, su hija se fue a vivir a Sicilia. Hacía cinco años que Adela no la veía. Antes de que el avión hubiera despegado, sabía más de la vida de Adela que de muchos conocidos, le había prestado carilinas para las lágrimas y nos habí­amos reí­do juntas. A propósito de la risa, en el asiento que da al pasillo estaba Silvana, que tení­a una sonrisa tan limpia como la ropa recién lavada. Rubia, de cara redonda y según supe más tarde, de 25 años.

Después de un rato en el aire, Adela, la del asiento de la ventanilla dijo: “¿Esto era? No me da miedo volar. Permiso nena, ¿me dejés pasar?”Claro, para ella, mucho más emocionante que su primer vuelo era el encuentro con su hija, con su nieta, después de tantos años de distancia y a pesar de larguísimas cuentas de teléfono. Cuando ella miraba por la ventana uno podía imaginar cómo serí­an los abrazos. La emoción de Adela era contagiosa.

La historia de Silvana se develó poco a poco. Mientras comí­amos hablamos de sus estudios de Ciencias Económicas, me contó que viajaba para ver al novio holandés que habí­a conocido hací­a un año en el pub Kilkenny, de Buenos Aires. La bandeja de avión era aceptable y la película, aburrida. Adela, por fin, se había dormido y Silvana se animó a contarme la historia de amor que estaba viviendo. Aquí­, un resumen: después del flechazo del bar irlandés, él se volvió y ella se puso a estudiar inglés para poder escribirle mails y chatear. La historia fue creciendo, él vino y ella fue… a quedarse. Habían pasado unos meses, ya pensaban en el casamiento cuando a él, que tiene 33, le diagnosticaron una enfermedad fatal.

Silvana tomó una decisión: acompañarlo. En este viaje volvía después de una visita rápida a su familia, que vive en Junín. La película de acción no era nada al lado de la película de la vida de Silvana, que ni en el momento más triste de la historia dejó de lado su sonrisa limpia como la ropa recién lavada.

En ese vuelo comprobé que mientras no prohíban conversar arriba del avión, los compañeros de asiento son una señal de que el viaje comienza antes de llegar a destino. Las historias de Adela y Silvana están en las primeras páginas del diario de ese viaje.




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