¡Feliz 2014!


De San Pedro Sula a Copán Ruinas

Viajar de San Pedro Sula a Copán Ruinas, el pueblo desde donde se visita la ciudad maya, lleva unas cuatro horas en auto. Podría ser menos sin estos cráteres de la ruta. No se los puede llamar baches ni pozos, cráter es el término más apropiado y el que usa Quintanilla, mi chofer. Cada tanto frenamos: dos o tres adolescentes con palas en el medio de la ruta llenan los cráteres con tierra de los campos vecinos. Piden unas lempiras a cambio. Lempira, la moneda hondureña tiene el nombre de un capitán de guerra que luchó contra los españoles. Un dólar son unas veinte lempiras. Una baleada, tipo un taco con tortilla de harina, que viene con frijoles, yuca y papa cuesta unas ochenta lempiras.

La ruta está llena de curvas y el paisaje es verde intenso. Verde lluvia. Hay puestos de venta de piña, coco, bananas, un motel que se llama Mi primera ilusión y un hombre que lleva su ganado cebú hacia algún campo del otro lado de la ruta. Hay camiones Mack y buses amarillos como los que en Estados Unidos trasladan los chicos a la escuela, pero éstos llevan pasajeros. Unos y otros se compraron usados en el país del norte. Hay campesinos con sombrero de vaquero que descansan a la sombra de una ceiba sin soltar su machete, y una canchita de fútbol que se llama Camp Nou Copán.

–Ese cráter me dolió hasta el corazón.

Habla Quintanilla, el chofer, que tiene dos hijos, Gerald y Chelsea. Quiso cambiar porque dice que ya se escucha bastante Pedro y Juan.

También suenan Doris Melissa y Geraldina Milagros. Por acá los nombres son exuberantes como el paisaje. Como la naturaleza, como las ferias tropicales donde se consigue comida, ropa, tornillos y café.

Finalmente, Copán Ruinas, donde se puede ver lo que queda de la gran ciudad maya.


Otra isla a mediodía

El hombre de bermudas estampadas se acerca a la ventanilla y mira hacia abajo con interés. Estamos en un ATR 42, un avión a hélice para unos veintitantos pasajeros, aunque hoy somos diez. Apoyo la frente en la ventana y hago lo mismo. Entonces veo la isla larga, rodeada de arrecifes, y un mar de zafiros, turquesas y aguamarinas. La playa como una cinta blanca, techos, algunos botes pesqueros y una maraña de selva en el centro ondulado. El paisaje está en silencio, como en un cuadro. El avión sobrevuela Roatán, en Honduras, y no puedo dejar de mirarla.

Recuerdo a Marini, el personaje de La isla a mediodía, el cuento de Cortázar. El tipo era un auxiliar de abordo que en la ruta Roma-Teherán volaba sobre las islas griegas. Él miraba una sola isla, siempre la misma. Supo que se llamaba Xiros y soñaba con estar algún día ahí. Con cambiar su vida, olvidar el pasado y vivir de la pesca y con poca ropa en Xiros. La tripulación lo llamaba el loco de la isla porque cuando hacían esa ruta Marini dejaba todo para sentarse a mirarla. Era siempre el mediodía cuando sobrevolaban Xiros. Como ahora, justo el mediodía y tengo la mirada en la isla, que de repente se cubrió de nubes espesas. En Grecia no llueve tanto como en el Caribe. Me imagino que Marini nunca vio a Xiros entre nubes.

Escribí más sobre Roatán en la edición de diciembre de la Revista Lugares.


Fronteras

Senegal Fast Food. Amadou et Mariam y Manu Chao.




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