MAGNUM MANIFIESTO

El primer tramo es en blanco y negro. Voy directo a Larrain, el fotógrafo chileno que retrató a los chicos de la calle en Santiago de los años 50. La penumbra de la tarde se mete en las caras sucias de tierra. En la última foto cuatro monedas brillan en la calle negra. Larrain mira las monedas con el deseo de esos chicos frágiles. La salvación de la plata.

Magnun Manifiesto es un recorrido histórico y estético por el trabajo de la agencia de fotos creada en París y Nueva York hace 70 años. Nació en el mismo período que las Naciones Unidas y con esos valores: libertad, igualdad, dignidad.
En las distintas salas se ven las coberturas periodísticas y los proyectos personales de grandes maestros que pasaron por Magnum, desde Robert Capa y Henry Cartier-Bresson hasta Susan Meiselas, Sergio Larrain, Josef Koudelka, Martin Parr y Alec Soth.

Paul Fusco fue enviado por la revista Look a cubrir el traslado en tren –de Nueva York al cementerio de Arlington, en Washington–, de los restos de Bobby Kennedy, asesinado en 1968, cinco años después que JFK. A la altura del tren y a través de la ventanilla, el fotógrafo registra a la gente que llega a la vera de las vías a despedir el cadáver, a honrar al muerto. “So long, Bobby”, dice el cartel. Un grupo de hombres con el sombrero en el pecho, una familia en una casa de madera, los chicos que saludan al tren que pasa. El espectador también viaja en ese tren.

El curador Clément Chéroux decidió incluir no sólo las fotos, sino también una copia del artículo publicado. Me gustó ver el resultado del trabajo en equipo y recordé los viajes “con fotógrafo” que hago para las coberturas de la Revista Lugares. No siempre es fácil conciliar dos formas de ver la vida y compartir la cotidianidad del viaje con alguien a veces desconocido. Pero al final, las diferencias hacen la fuerza.
Joseph Roddy, el periodista que también viajó en el tren con Paul Fusco escribe: “Ocho horas son quizás demasiado para el tramo Nueva York-Washington en ferrocarril. Pero los deudos y el estado de ánimo a lo largo de la vía marcaron la diferencia”.

Desde fines de los sesenta y durante los setenta, los fotógrafos se dedicaron a sus proyectos personales. El tema favorito era “el otro”. El gusto por lo diferente en un contexto de universalidad. El loco, el marginal, el enfermo, el hippie, el drogadicto, el salvaje, el enano, el exiliado, el homeless, el preso, la prostituta, el refugiado, el creyente, el obeso, el viejo, el marginal. El historiador Paul Veyne lo llamó: inventario de las diferencias.

En este tramo vi el trabajo de Cristina García Rodero, que retrató la España oculta, mística y profunda. Fiestas y rituales marcados por la iglesia católica lo teatral roza lo milagroso y aunque no la haya, una bruma misteriosa ronda las fotos.
Están los gitanos de Josef Koudelka, el ingeniero nacido en la antigua Checoslovaquia que dejó su carrera para convertirse en fotógrafo documental. Y el trabajo de Jim Goldberg que retrata a T.J., una mujer de 30 años, prostituta y adicta, que quedó manca después de una pelea con otra prostituta. Goldberg la fotografía en el Albert Hotel donde ella trabaja. En la foto en blanco y negro se la ve en una cama doble. Una mano sobre la cabecera de la cama, el muñón en la sábana. La muerte no se ve pero se siente en cada fotograma. Goldberg le pidió que escribiera y ella lo hizo con la letra temblorosa de alguien que escribe en un auto que atraviesa el ripio: “La vida me parece tan hecha mierda, pero poco a poco estoy tratando de sobreponerme. Porque es duro ser una mujer y aceptarme como soy”. No mucho después, T.J. murió.

Del último tramo, 1990-1917, hago foco en las fotos de Alessandra Sanguinetti, la única argentina de la muestra. Viajó a Niza después del atentado del año pasado y fotografió en blanco y negro la rambla de noche, quieta, vacía.
Me gustó el Mediterráneo tenebroso de Paolo Pellegrin, con olas altas como La Gran Ola, de Hokusai. Olas que se tragan inmigrantes en las noches oscuras, olas tan lejanas a la experiencia turística.
Hay Muro de Berlín, hay Irán, hay Venezuela. Hay concepto. Pero sobre todo hay pequeñas historias de personas comunes.
Termino con Alec Soth, el fotógrafo estadounidense que entre 2006 y 2010 recorrió el interior de Estados Unidos en busca de seres antisociales, místicos o fugitivos, ermitaños que viven en modo salvaje. En la foto de gran tamaño se ve un hombre desnudo con una esvástica tatuada. Está en un arroyo con piedras, el agua hasta los tobillos, el torso tostado por el sol. Y está lejos, en algún lugar menos literal que el arroyo con piedras.
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Hasta septiembre, en el nuevo museo del International Center of Photography, en Nueva York.


Las identidades de Moscú

Cuanto más camino por Moscú, más quiero verla en blanco y negro. Correr a los turistas que se sacan selfies con fondo de San Basilio, las tiendas GUM, el Kremlin. Sin los colores estridentes, los paraguas, los celulares, se restauraría el paisaje. Es cierto que, como dice una amiga, el condicional no existe y si existiera tendría que correrme yo misma, pero me gusta imaginar cómo se vería la calle Nicholskaya, por ejemplo, sin los arcos de luces ni el show de vidrieras. Comparar el centro de hoy, entre nuevas sucursales de Le Pain Quotidien y vidrieras de H&M y Zara, y las calles de ayer, con desfiles militares y sin vidrieras. Las publicidades del mundo globalizado versus los posters de Alexander Ródchenko. Sería fantástico que en algún pasaje cercano a la Plaza Roja, en el barrio de Kitai Gorod, hubiera un cine donde se proyectaran imágenes antiguas de la ciudad. De hace cien años, cincuenta, hasta de treinta años atrás. Cine continuado, da lo mismo si es mudo, lo que importa es ver Moscú. La ciudad mito. La capital roja. La ciudad que Napoleón no pudo invadir. Una de las dos capitales del mundo durante los años de la Guerra Fría. El centro de un tramo imprescindible de la historia del siglo XX. La sede del cuartel general de la KGB. Lo estoy viendo ahora, desde la ventana de una suite del hotel St. Regis Nicholskaya. La temida KGB, alguna vez cargada de espías y tramas ocultas, se ve enana desde el piso veintipico. Leí hace poco que el gobierno ruso pretende revivirla antes de las elecciones de marzo de 2018 en las que –si todo sigue con el nivel de aprobación actual– Vladimir Putin se anotará otro período, el cuarto como presidente de la Federación Rusa. Todo puede ser, pero desde acá arriba el servicio de inteligencia parece rendido ante el lujo hotelero.
Moscú es una de las ciudades con más millonarios del mundo. Los zares del dinero, nacidos al amparo del petróleo, transitan en sus Lamborghini y Hummer blindados por calles que se llaman Lenin y Marx y frente a edificios que todavía ostentan el martillo y la hoz. En los últimos treinta años la transformación de Moscú es contundente. Si fuera un ser humano tendría una nueva identidad: trans, no binario, género fluido, algo distinto a su origen.

Más sobre la próxima sede del Mundial en el número de junio de la Revista Lugares.


Caminar es un bien

Camino porque es una manera de abarcar lo inabarcable. De entrar en la dimensión de las ciudades y de tomar cuenta de la proporción del hombre frente a la naturaleza. Camino para ver y para pensar. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior y así sucesivamente. Como una letanía en acción.
“Hago mío lo que veo”, escribió el estadounidense Henry David Thoreau que caminaba entre tres y cinco horas todos los días, y elaboró un ensayo –Walden, la vida en los bosques– sobre el arte de caminar. No es necesario comprar los paisajes, se pueden convertir en un tesoro íntimo sólo por transitarlos. El desierto florido, un lago patagónico, el canto de los pájaros entre los eucaliptus: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada.
Al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo. Caminar da bienestar.
“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar. (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para entender y para olvidar; para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.
“La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”, escribe el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014).
Una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.
Otra vez caminé ciento veinte kilómetros por el campo gallego con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía cuarenta años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.
La receta es simple: ponga un pie delante del otro y repítalo hasta cansarse. Entonces, deténgase. Sí, una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, disfrutar de un roble o ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte, vale detenerse para contemplar. Parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.
Hace unos meses estuve en Hong Kong, donde el espacio es un problema.
Como no alcanza, se inventa. Hay enormes zonas subterráneas y otras que conquistan un piso superior al de la calle. Hacia abajo y hacia arriba, la ciudad se expande. Mid Level Escalators es un sistema de escaleras y pasillos rodantes de casi dos kilómetros que transportan más de sesenta mil personas por día. Parecido a las cintas transportadoras de los aeropuertos donde uno puede estar quieto y a la vez avanzar. O avanzar en dos niveles: físico (caminando) y en la cinta (mecánico). Traté de hacer eso último pero me confundió, entonces me quedé quieta y dejé que la cinta me llevara mientras miraba a los peatones que pasaban apurados. Me quedé quieta en los dientes de acero y, de repente, quise que las escaleras terminaran rápido para volver a caminar por la ciudad moderna como flâneur del futuro.
Camino cuando viajo y cuando no viajo. Subí por un sendero hasta la cima de un cerro y vagué por las ciudades sin rumbo. Caminé con zapatillas y borceguíes y tacos, y zapatos que me quedaban chicos y sandalias que me quedaban grandes. Caminé con zapatos rotos y descalza por la playa. Camino para mirar el cielo durazno de esta tarde y para entrar en la noche urbana de luces y persianas bajas.
Camino para hacer planes y porque es un buen plan.


Mediodía de descubrimientos

Es raro pensar que en Bariloche, una de las principales ciudades turísticas de Argentina todavía haya lugares de fácil acceso, gratuitos y donde se pueda apreciar el bosque andino patagónico en toda su dimensión.

Después de varios días de lluvia, las cañas colihue, los radales y las retamas brillan más. Los quintrales están repletos de flores rojas y de las lengas culegan esos curiosos parásitos redondos llamados farolitos chinos.

El Sendero de los Arrayanes es una de las caminatas posibles dentro del Parque Municipal Llao Llao, un área protegida de poco más de mil hectáreas muy cerca del famoso hotel Llao Llao y rodeada por los lagos Nahuel Huapi y Moreno.

El sendero se desvía de la ruta del Circuito Chico. Una casa de informes anuncia el ingreso: son unos tres kilómetros de ida hasta el Lago Escondido, por un camino plano y con sorpresas, entre otras, un antiguo bosquecito de arrayanes de troncos gruesos, retorcidos, fríos y de color canela. Cada tanto es bueno levantar la cabeza para comprobar la altura de los coihues, que llegan a medir 45 metros y conforman el techo del bosque.

Suena el chucao, revolotea el comesebo celeste y, si es un día de suerte, se puede ver un pájaro carpintero gigante, de cresta roja, que picotea el tronco de un ciprés cordillerano. También habitan en esta zona protegida los huillines o lobitos de río patagónico, en peligro de extinción; monitos del monte y gatos huiña. Pero no verlos es buena noticia: mejor si no se acostumbran a la presencia humana. El sendero llega a una playita y finalmente, al Lago Escondido.

Otra caminata espectacular, algo más exigente sólo por lo empinada, es el ascenso al cerro Llao Llao, de 1.038 metros, el punto más elevado del parque. Se atraviesa el bosque que pronto queda abajo, atrás. Al subir entra más luz en el terreno y cambia la vegetación: aparecen los helechos y hay más colores.

Uno sabe que llegó a la cumbre por dos carteles. El primero es literal y dice: “Fin del sendero”. El segundo, algo exagerado, advierte: “cuidado, precipicio” y muestra una talla en madera de una gran roca en el filo y un hombre que cae en picada por el aire. A falta de los miradores que corresponden, el cartel es contundente.

Desde arriba, la naturaleza está abierta de par en par. Las vistas empiezan en el bosque, cruzan el cerro Campanario y terminan en el fondo del Brazo Blest del Nahuel Huapi, hacia un lado, y en las aguas calmas y azules del Brazo Tristeza, hacia el otro.

Dicen que dentro de poco el parque tendrá un centro de interpretación y nueva cartelería que atraerá más visitantes. Por ahora, es un paseo íntimo.


En moto por la vieja Yugoslavia

El texto que sigue lo escribió Juan Carlos Melgar, amigo mexicano y compañero de escritura en la novela Ojos de obsidiana. Melgar cuenta sobre un viaje reciente en moto con su padre por algunos países de la península balcánica: Croacia, Serbia, Bosnia, Montenegro y Herzegovina. Dan ganas de ponerse el casco y salir a la ruta.

Hace muchos años, allá por principios de los noventa, una profesora de la secundaria nos hablaba de Dubrovnic. Se refería a esa ciudad como una de las más bonitas de Europa, pero su relato era triste y melancólico. “Está siendo destruida por una guerra estúpida. Estúpida como lo son todas las guerras”, nos decía.
Luego, supongo que para reforzar su clase, repartió fotocopias de un artículo de la revista Time, en donde se hacía mención a los bombardeos que sufría ese rincón del continente europeo. Su objetivo se cumplió: siempre recordé esa clase y las imágenes de ese lugar del Adriático. Una ciudad de cuento, con la amenaza de las bombas destructoras encima.


Pasó el tiempo y un buen día, a mediados del 2014, mi padre me invitó a recorrer Croacia en motocicleta. Difícil no aceptar la propuesta. Ambos, desde hace mucho tiempo, somos fanáticos de recorrer carreteras y caminos en moto. Y, aunque no hacemos diarios, como el Che Guevara, sí registramos todo en nuestras cámaras y, lo mejor, en el rincón de los recuerdos.

“Nos vamos a celebrar nuestros cumpleaños”, fue la frase con la que vendí el recorrido a Karina, mi esposa, quien se quedaría como Penélope, esperando el regreso de su amado. Supongo que mi papá hizo lo mismo con mi madre. Pasaron los meses, lentos, hasta que llegó la fecha del viaje.

Viajamos de México a Croacia, un vuelo infernal, como son todos los trasatlánticos, y 32 horas después llegamos a Dubrovnic. Agradecí que las bombas de la clase y la revista Time, no la hubieran destruido. La ciudad es maravillosa e impresionante, tanto que elimina cualquier sensación de jet lag.
Emocionados, dejamos la maleta en la habitación y, sin ducha de por medio, salimos a recorrerla. Primero subimos a la muralla que cubre a la denominada “Old City”. El recorrido dura hora y media y tiene vistas impactantes del Adriático y las montañas.
Esta joya croata es uno de los destinos de quienes pueden y gustan, viajar en barcos y veleros. La cantidad de embarcaciones con nombres egocéntricos es impresionante. “I’m the boss”, “Why work?” y “CEO”, son tan solo algunos de los nombres que le dan un toque jet settero al lugar, en donde, según comentan, veranean Brad Pitt y Tom Cruise. Aquí descansan de su agotadora vida de estrellas.

Llego el momento de conocer a los demás integrantes de la aventura en dos ruedas. Edelweiss, empresa organizadora del recorrido, solicita a los pilotos asistir a una reunión en la que se conoce al resto de los viajeros, en este caso, de Australia, Irlanda, Estados Unidos, Austria y México. Dentro del grupo había a un simpático policía de Chicago, un abogado fiscal que podría ser un doble de Fidel. Unas hermanas que manejaban moto como si las persiguiera el mismísimo chamuco. O una pareja norteamericana, alegre y enamorada. Todos, sin excepción, con la única intención de disfrutar el camino.

El recorrido, llamado “Pearls of the Adriatic”, daría inicio el día siguiente. Las motos que elegimos fueron las Ducatti Monster, máquinas italianas reconocidas por su poder de aceleración. Caballos de acero rojo. Ferrari de los pobres, le dicen algunos. Un sueño para todo el que gusta de viajar acelerando con el afamado “twist of a wrist”.
Y así fue como comenzó el viaje. Una aventura de 10 días, en donde visitamos puntos de gran riqueza natural, con presencia de gente amable y alegre, aunque aún se vislumbra el dolor que dejó una guerra estúpida, como la llamó mi profesora. Las mujeres parecen modelos de Dior y los hombres son una especie de gladiadores: gigantes con fortaleza descomunal. Imposible no mirarlos y pensar, qué locura hacer una guerra contra estos tipos.

Si bien, el conflicto se dio por concluido hace años. Aún son varios los poblados en donde es posible observar huellas de la guerra: fachadas completamente baleadas. Igual que en el cuerpo humano, quedan las cicatrices. Como mexicano, es imposible no pensar en el parecido con el trágico escenario en múltiples rincones de nuestro país. Sinaloa, Michoacán, Tamaulipas, Guerrero, tan sólo algunos de los sitios en donde las balas también están presentes.

Dubrovnic, con su majestuosidad y belleza única. Split, con su palacio romano conservado a la perfección, como si el paso del tiempo le hiciera cosquillas. Mostar, con su característico toque árabe y musulmán. Hvar, isla paradisiaca en donde florece la lavanda. Llegamos a estos sitios con nuestros trajes de motocicleta completamente sudados por el calor veraniego.

Mi impresión general del paseo: excelentes carreteras, curvas inolvidables, vistas impactantes y ausencia total de tráfico. Un sueño para los motociclistas.

En los países que visitamos es fácil observar un deseo por salir adelante. Da la impresión de que tienen claro que el turismo es una fortaleza, una condición positiva, por lo que el trato es amable y atento. Uno se siente bienvenido.

Aunque también hace falta mejorar la infraestructura: algunos hoteles parecían de la era comunista. Muebles viejos, alfombras desgastadas y elevadores tan lentos que espantan. Internet escaso y la comida sin chiste.

Sin embargo, este sitio llamado hace años Yugoslavia, donde había un comunismo “relajado”, deja grabado un mensaje en la mente de todo aquel que recorre sus caminos: “destino maravilloso al que se espera poder volver”. Y agregaría: si es con mi genial y querido padre, muchísimo mejor.


La Roma: México esquina Nueva York

Serían las nueve de la noche cuando paré en el semáforo de Álvaro Obregón y Mérida, ahí nomás de la librería El Péndulo y de la estatua de Cantinflas, en el corazón de la Colonia Roma, DF, México.
Noche fresca de diciembre, poco tráfico. De repente, se escuchó un sonido fuera del contexto urbano: un gruñido de cerdo. Me imaginé que saldría de alguna televisión cercana y seguí atenta al semáforo. También esperaban para cruzar una pareja, un gringo y una señora con un perro blanco bien portado.

Cambió a verde y otra vez el gruñido de cerdo. Me di vuelta y apareció la escena. Un hombre paseaba a su cerdo con correa y ¡le hablaba! El animal: negro, del tamaño de un ovejero alemán, se resistía a cruzar la calle a pesar de la insistencia de su amo. El amo: un hipster de manual (pantalones chupines, camisa a cuadros, anteojos grandes, sombrerito y barba). Igual que el resto de los que esperábamos el semáforo, me quedé pasmada, en modo observación. A los autos les tocó tener paciencia hasta que el chancho –que parecía mula por lo terco– se decidió a cruzar.
Llegué a la cena exaltada con lo que acababa de ver, pero los amigos mexicanos no se sorprendieron. “En la Roma hay por lo menos seis cerdos; está de moda tenerlos de mascota, parece que son limpios y viven mucho”.
La Roma es una colonia o barrio fundado a principios del siglo pasado para que se afincara la burguesía de la capital. Está en el centro de la ciudad, a pocas paradas de metro del Zócalo. Es arbolado y con plazas, como la vecina colonia Condesa. Lo rodean avenidas importantes por donde pasaron carruajes, y por donde alguna vez caminaron la pintora Leonora Carrington y los escritores de la generación beat Jack Kerouac y Allen Ginsberg. La Roma tiene corazón bohemio.
En los últimos años se convirtió en un lugar trendy y se mudaron artistas, periodistas y escritores que se cruzan en la plaza Río de Janeiro, frente a la réplica del David de Miguel Ángel. O en la Plaza de la Cibeles, frente a la réplica de la fuente madrileña, paseando a su perro o a su cerdo.
En una caminata se ven los antiguos palacios de la época de Porfirio Díaz convertidos en museos, restaurantes, casas de artesanías, negocios de ropa vintage, hoteles boutique y galerías de arte. Hay más de mil quinientos monumentos históricos, incluidas joyas del art noveau como el Edificio Balmorí y el pasaje El Parián.

En el Twitter de la Roma circulan datos de lugares para practicar crossfit y se pregunta qué restaurante sirve berza (kale), la verdura del momento por sus propiedades nutritivas. De a ratos, este barrio confunde y parece una isla en el DF.
En el último viaje, me quedé varios días en la Roma. Cada mañana, al salir, tenía dos opciones de desayuno: 1) comer unos tacos de flor de calabaza y queso sobre una tortilla de maíz azul en el puestito de la esquina, 2) sentarme en las banquetas del food truck estilo Nueva York que estaba justo enfrente. De un lado, México y del otro, Estados Unidos. Nadie pedía pasaporte ni revisaba el equipaje, bastaba cruzar la calle Colima.
Al lado del food truck, en una tienda de American Apparel los fines de semana montan un show de modelos en vivo en las vitrinas y se instalan reposeras de playa para mirar cómo se desvisten con música y gracia hasta quedarse en ropa interior. Unas cuadras más allá está excelente el Museo del Objeto del Objeto, que recorre la historia de la fotografía en México, y no muy lejos, Belmondo, el restaurante que eligió Tom Yorke, el vocalista de Radiohead, cuando estuvo en el país.
En la Roma hay garage sales los fines de semana, un templo budista donde se dan clases de yoga y meditación, un local de Dr. Martens, tiendas de vinilos con alto tráfico de hipsters y una panadería mínima que vende deliciosos rolls de canela. Sí, por momentos, la Roma no parece México.
Y sin embargo.
Mi anfitriona, que vive en una antigua vecindad del barrio, es periodista y cubre las muertes por el narco. Un día tuvo que viajar a Iguala, Guerrero, porque investiga el caso de los 43 normalistas desaparecidos. Cerca vive otra periodista que escribió un libro sobre los asesinatos de mujeres en Juárez y, a unas calles, un francés que trabaja en una ONG que ayuda a las víctimas del narco, que suman más de veinte mil desde 2006.
En una caminata todavía se ven grietas del terremoto de 1985. La Roma fue una de las zonas más afectadas, se cayeron más de doscientos edificios. No es raro que los vecinos comenten en la mañana si a la noche tembló, como si rondara cierto temor de vivir ahí.
Los fines de semana se monta el tianguis (mercadito) de Colima y Cuauhtémoc, donde se venden jugos antigripales, tacos de cochinita pibil, máscaras de luchadores y muñequitos del Chavo y vírgenes de Guadalupe. Suenan rancheras, Gloria Trevi y reggaetón. Sí, por momentos, la Roma recuerda a algún barrio de Nueva York, pero es un ingrediente más del mole chilango. Porque la Roma es México. Con chile, limón y oink oink.


Trayectos y memoria

Natalia Montaldo escribe de viajes en Página 12 y otros medios. Conoce Cabo La Vela, en Colombia, y vivió en San Martín de los Andes. Aquí cuenta un trayecto del trabajo a su casa en una noche de oscuridad, cielo vasto y frío cerca del Lago Lácar.

A un año de haberme ido de San Martin de los Andes, la imagen más recurrente no es ninguna de las postales típicas, sino las cuadras que separaban mi casa del colectivo.

Había dos recorridos de transporte posibles y mi casa estaba equidistante de ambas paradas, a 5 cuadras. Tenía un trayecto que utilizaba para hablar sola, procurando no ser descubierta (el de la ruta) y otro donde la sensación era tan introspectiva que hasta mis propios pensamientos sobraban (el del callejón).

Siempre me pareció más largo el camino de regreso a la casa desde la ruta, que al revés.

Bajaba del colectivo en la ruta y tomaba la calle Núñez. La Cascada es un barrio de casas con jardines y calles de ripio. No hay comercios, salvo por pequeños almacenes de esos que improvisan los vecinos en sus ex garajes. Tampoco hay veredas. Todos caminamos en medio o al costadito de la calle, sin que eso suponga un riesgo mayor que mojarse con los charcos.

La primera casa que asomaba tenía un jardín enorme y ni una flor. Salvo en Octubre, donde estos devotos de los bulbos llenaban todo con tulipanes, que duran poco.

Al cabo de un tiempo uno identifica las casas alquiladas de las que siempre vive la misma gente. Venía la casa rosada donde había vivido mi tía. Enfrente, la del periodista Belloli. El vecino Tachenco, lavando su camión de fletes o regando sus rosales. Hola, buen día. Dos pasos más adelante, el sauce que oficiaba de techo, cruzando toda la calle. El sonido de las ramas de los árboles. Faltando una cuadra entera para mi casa, divisaba a Truco, el perro de mi vecino, sentado en medio de la calle. Esperaba a su dueño, pero cuando me reconocía, igual se alegraba y me recibía. Si llevaba bolsas del super, las husmeaba.

Llegando por el otro lado, el colectivo me dejaba en la intersección del Callejón de Bello y el de Gingin. Era campo abierto, ya que el barrio comenzaba dos cuadras más adelante. Había vacas y caballos de ambos lados.
Desde ahí podía ver el cielo más vasto. Era como si la línea del horizonte fuera casi subterránea. Todo, casi todo, era cielo. Y verde, pasto muy verde, por lo que es mallín.
Pero lo mejor de este trayecto sucedía de noche. Al no haber construcciones, tampoco había luces. Ni de casas, ni de alumbrado público. Era la oscuridad misma. Oscuridad y silencio de campo.

Reconozco que la primera vez que lo hice me dio algo de miedo. Estirar la mano y no ver la palma. Así de oscuro. Mi temor, no radicaba en que saliera un ladrón (dudaba mucho que pudiera aparecer ni un ser humano, de cualquier índole moral). Pensaba más bien en caballos sueltos, o perros, o pozos. Tres cuadras enteras de trayecto escuchando solamente el sonido de mis zapatos en el ripio.
En algunos días de mucho frio, fantaseaba con tener auto. Me alegra no haberlo tenido.


Con alma


El otro día charlé un rato con un astrofísico y, aunque hablamos de galaxias y soles, cuando me fui a dormir el mundo me pareció más chico. No había homeopatía ni astrología ni medicina ancestral ni mística. Pero lo peor fue que para él no existía el alma. Lo volví a recordar hoy cuando me enteré de que se encontraron unos poemas póstumos de la gran Wislawa Szymborska. Bastó que leyera un verso para encontrar el alma. Menos mal.

Alma era una palabra-acertijo. Soy, su mayor problema. ¿Y los mapas?, los mapas le encantaban por su don de mentir al desplegar un mundo “no de este mundo”.


El deseo de ser piel roja

Si uno pudiera ser piel roja, siempre alerta,
cabalgando sobre un caballo veloz,
a través del viento,
constantemente sacudido sobre la tierra estremecida,
hasta arrojar las espuelas,
porque no hacen falta espuelas,
hasta arrojar las riendas,
porque no hacen falta riendas,
y apenas viera ante sí que el campo es una pradera rasa,
habrían desaparecido
las crines y la cabeza del caballo.

Contemplación, Franz Kafka.

(Tomado de un papelito pegado en el baño de la casa de unas amigas)


¡Nuevo curso!

Empezamos la próxima semana en Periodismo Portátil ¡Te espero!




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