Ritos americanos, según Diane Arbus

Chica emergiendo del océano en ruleros, Coney Island, NY

El otro día fui a la casa de una amiga fotógrafa. De su extensa y variada biblioteca me llamó especialmente la atención Revelations, el libraco de otra fotógrafa, la estadounidense Diane Arbus (1923-1971).

Dentro del extraño mundo que abre ese libro, editado postmortem por su hija y su editor, reparé en una carta mecanografiada en 1963 que Arbus mandó como proyecto personal para aplicar a la beca Guggenheim, que luego ganó.

Esta es la traducción de esa carta de presentación.

 Ritos americanos, modales y trajes

Quiero fotografiar las ceremonias importantes de nuestro presente porque viviendo aquí y ahora tendemos a percibir sólo lo que es azaroso, estéril, sin forma. Mientras lamentamos que el presente no es como el pasado y abandonamos la esperanza de que se convierta en algún futuro, sus hábitos innumerables, inescrutables yacen en espera de su significado. Los quiero recolectar como la abuela de alguien que guarda conservas porque van a haber sido tan hermosos.

Hay ceremonias de celebración (Los Shows, los Festivales, las Fiestas, las Convenciones) y las ceremonias de competencia (Concursos, Juegos deportivos), las ceremonias de comprar y vender, de apostar, de la ley y el show; las ceremonias de fama en las que los ganadores ganan y los suertudos son elegidos o las ceremonias de familia o encuentros (las Escuelas, los Clubs, los Encuentros).

Después están los Lugares Ceremoniales (el salón de la peluquería, el salón de la funeraria o simpelemente, el salón) y los trajes ceremoniales (lo que usa una camarera, o los luchadores), ceremonias de los ricos, como un show de perros y de la clase media, como el juego de bridge. O por ejemplo: la lección de baile, la graduación, la cena de compromiso, la sesión de espiritismo, el gimnasio, el picnic. Y quizás, la sala de espera, la fábrica, el baile de máscaras, el ensayo, la iniciación, el lobby del hotel y la fiesta de cumpleaños. Etcétera.

Escribiré lo que sea necesario para una mayor descripción y dilucidación de estos ritos, iré hasta donde pueda para encontrarlos. Estos son nuestros síntomas y nuestros monumentos. Quiero simplemente guardarlos, porque lo que es ceremonioso y curioso y lugar común será legendario.”

Diane Arbus

Este año el SFMOMA cumple 75 años y lo celebra con distintas muestras, entre ellas, una de fotografía que focaliza en los artistas contemporáneos, a partir de 1960. Diane Arbus, la mujer que mostró a los invisibles y a los marginados, integra la muestra, que se podrá ver hasta fin de mayo.


Egipto, según Julián de Dios

Julián de Dios es periodista, viajero y responsable de una editorial especializada en publicaciones de viajes. Después de un intenso recorrido por el país de los faraones, lanzó recientemente una nueva versión de la Guía Completa de Egipto, que estaba agotada hace varios años.  

En Especial para Viajes Libres, Julián cuenta su encuentro zon  Zahi Hawass, un polémico egiptólogo:

Es lo más parecido a Indiana Jones que uno puede encontrar en la Tierra. Con su permanente sombrero de explorador, camina por Giza como amo y señor de estas tierras. Su cargo oficial es de Director del Consejo Supremo de Antiguedades de Egipto, pero más allá de lo que indica su tarjeta, Zahi Hawass logro convertirse en una personalidad con programas propios en National Geographic y en la BBC. Su perfil “mediático” lo convirtió en centro de una polémica entre los arqueólogos más conservadores que se escandalizan por los permanentes anuncios de Hawass y los modernistas que aplauden su entusiasmo y su lucha para que Egipto recupere parte de sus tesoros como la escultura de Nefertiti que se puede ver en el Museo de Berlín o la Piedra de Rosetta que se exhibe en Londres. Durante la conversación que logramos mantener en su despacho ubicado a poca distancia de las Pirámides, Hawass nos explicó como luego de varios y millonarios estudios logró identificar a la momia de la faraona Hatshepsut. Según su punto de vista “se trata del mayor descubrimiento de la egiptología luego de la apertura de la tumba de Tutankhamon”. Luego nos recordó la excavación que realizó cerca del oasis de Bahariya a 300 kilómetros de El Cairo donde desubrió un cementerio con más de 10.000 cuerpos. Pero su mayor entusiasmo está puesto en la recuperación de los tesoros egipcios que según sus palabras “fueron saqueadosy la mayoría de los egipcios no pudieron ver”. A esta altura de la conversación, Zahi Hawass ya está rodeado de colaboradores que esperan ansiosos sus indicaciones. Saluda, se pone el sombrero y se aleja para conversar con alguno de los 4000 arqueólogos que trabajan en las arenas de Egipto bajo sus órdenes. Sólo falta la música de John Williams y el pochoclo“.


Sonidos de Guinea Ecuatorial

Hoy es día de “elecciones” en Guinea Ecuatorial, ex colonia española y uno de los países más pequeños de Africa continental. Las comillas son porque a pesar de la presencia de veedores internacionales, lo que está pasando hoy en Guinea es una farsa: el dictador Teodoro Obiang (67) tiene la victoria asegurada. Está en el poder desde que derrocó a su tío, en 1979, y mantiene atemorizada a la oposición, con persecusiones y violanciones de los derechos humanos.

El panorama es negro, como el petróleo que se descubrió hace algunos años y que lo convirtió en un país rico, y a Obiang en un personaje recibido y aceptado en ciertos círculos de poder.  Mientras el presidente digita la reelección por siete años, su hijo y probable sucesor, Teodorín, va y viene a Malibú en su jet privado, donde se compró una mansión de 35 millones de dólares y vive como una estrella de Hollywood.

El turismo en Guinea es escaso pero existe, aunque son pocos los que tienen ganas de ir a un lugar en estas condiciones políticas. En Malabo, la capital, los habitantes conviven con la falta de libertad, sin dejar de cantar.


El camino no elegido, por Robert Frost

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.
Alto en el bosque en una noche de invierno

Me imagino de quién son estos bosques.
Pero en el pueblo su casa se encuentra;
no me verá parada en este sitio,
ante sus bosques cubiertos de nieve.

Mi pequeño caballo encuentra insólito
parar aquí, sin ninguna alquería
entre el halado lago y estos bosques,
en la noche más lóbrega del año.

Las campanillas del arnés sacude
como si presintiera que ocurre algo…
Sólo se oye otro son: el sigiloso
paso del viento entre los copos blandos.

¡Qué bellos son los bosques, y sombríos!
Pero tengo promesas que cumplir,
y andar mucho camino sin dormir,
y andar mucho camino sin dormir.

 Robert Frost

(Foto: Flickr:El Señor De La Baraja)


Día de la Conciencia Negra, en Brasil

Hoy es un buen día para contar algo sobre los quilombos y sobre el negro Zumbi. Es feriado en Brasil, no hay bancos y el transporte y los comercios tienen un servicio reducido. Hoy se celebra el 314 aniversario de la muerte de Zumbi dos Palmares, el negro que asumió el mando del histórico Quilombo dos Palmares, la primera ciudad de esclavos fugitivos organizada en el siglo XVI en lo que actualmente es el Estado de Pernambuco.

Recuerdo cuando estuve el año pasado en Gorée, una islita que está frente a Dakar. De allí partían los barcos con los esclavos físicamente más fuertes, los que se suponía que resistirían el viaje en barco en pésimas condiciones. Los que sobrevivían eran subastados y trasladados a las plantaciones de caña de azúcar y algodón.

Se calcula que más de veinte millones de esclavos viajaron de Africa a América y el Caribe. Muchos países africanos se quedaron sin hombres y con consecuencias desastrozas en el terreno psicológico.

Los quilombos eran núcleos de resistencia, reductos de esclavos que se escapaban de las fazendas en busca de libertad. Hace unas semanas estuve el barrio de Santa Teresa, en Río de Janeiro, y me enteré que en sus orígenes fue un quilombo, el primero del estado. Como está en un morro selvático era un buen lugar para esconderse y hacia allí corrían los valientes que lograban escapar de la esclavitud. Si el amo los llegaba a atrapar, les cortaba los tendones, las orejas. O los mataba.

 La palabra quilombo es de origen kimbundú, uno de los idiomas más hablado en Africa central antes de la colonia. Actualmente se habla en gran parte de Angola, incluyendo Luanda, la capital. La lengua portuguesa ha incorporado varias palabras kimbundús, como quilombo.

El Quilombo dos Palmares creció y se convirtió en el más grande del país. Ocupaba una zona de palmas, de ahí su nombre. Estaba formado por varias aldeas que habían conseguido eficaces métodos de defensa y una cierta prosperidad económica. Un 20 de noviembre de 1695 el negro Zumbí lideró una resistencia que terminó con su muerte y la destrucción del quilombo en 1710.

Brasil fue el último país de Occidente en abolir la esclavitud, el 13 de mayo de 1888, hace apenas 121 años.


El lujo de soñar la lluvia

Hay órdenes que no me molesta escuchar. “Te vas a un safari de lujo en Africa”, por ejemplo. Enseguida me imaginé durmiendo en lodges de pocas habitaciones y muchas estrellas, rodeada de millonarios excéntricos, que pagan mil euros por día (y veinte mil más si quieren matar un elefante) y empleados que se inclinan apenas uno pestañea.

Fantaseé con una selva cercana, con leones y leopardos y esos animales de zoológico o película de Disney. Decidí poner en la mochila una muda elegante para alguna cena de gala. Hasta llevé sandalias. Fui bien preparada… para otro viaje.

El primer hotel, en Windhoek, capital de Namibia, alcanzaba raspando las dos estrellas. El lujo empezará mañana, pensé. Al día siguiente, en vez del lujo vino un camión con mochileros europeos, bastante tierra y ventanas amplias. Tampoco llegaron los leopardos ni los leones, pero los escuché rugir, una noche de luna llena. Tan cerca que tuve que darme vuelta para ver si no estaban en el colchón de al lado.

Durante diez días, pasaron Namibia, Botswana y una esquina de Zimbawe por las ventanas amplias del camión. Chozas redondas y con techos de paja; jirafas, elefantes y avestruces; negros grandes y negros chicos, siempre flacos y con dientes blancos caminando a los lados de las rutas. En el interior de Africa casi no hay autos y la gente vive caminando.

Pasaron planicies inmensas y secas. No era un desierto de arena, pero aquellas tierras no conocen la lluvia. Pasó, también la angustia de Louis Motlaleselo, un chico de 24 años parecido a Samuel Jackson. Louis es de la tribu bayei del delta del Okavango. Un día me contó que debía comprar seis vacas para pagarle la dote a la familia de la mujer que amaba. “Seis vacas es mucho dinero. Quizás no las pueda comprar en toda la vida”, dijo y bajó la cabeza.

Pasaron baobabs, tours de jubilados que sí iban a lodges de muchas estrellas y pocas habitaciones, atardeceres sin brisa y un par de motoqueros solitarios. Pasaron tres mujeres con tres bidones vacíos sobre sus cabezas. Después de un rato volvieron a pasar con una mano en la cintura para equilibrar los cinco litros de agua que llevaban sobre sus cabezas. En Africa el agua es un deseo que a veces se cumple y otras no.

Y pasó la mirada humillada de Lovemore Sibindi, cuando me contó sobre la vez que no lo dejaron entrar a un restaurante de Sudáfrica porque era negro. Hace un año.
Durante diez noches –todas en carpa- hubo horas de insomnio, de risas y de comida de campamento. Hubo cuentos de fútbol, linternas sin pilas, historias de vidas europeas y africanas, dos mundos separados por un oceáno profundo. Nunca la geografía fue tan literal.
El calor no pasó nunca. Se instaló, como un pasajero aplicado. Ocupó un asiento en este safari sin cena de gala, pero con el lujo de soñar la lluvia.


La matzo ball de Willie L.

En estos días de festividades judías recordé la historia de la matzo ball de Willie L.

Todo empezó cuando preparaba mi viaje a Nueva York, unos meses atrás. Pedí datos por acá y por allá, a ex habitantes y fanáticos de la ciudad. Willie L. es un amigo que podría entrar en las dos categorías. Un día, me habló de Eisenberg, su bodegón en Manhattan, un lugar donde podía comer matzo ball, una sopa judía que hacía su madre.

En yiddish se llama kneydl y es una sopa a base de caldo de pollo. Adentro vienen las bolas de matzo. El tamaño es variable. matzagrandeLas más comunes son como una pelota de golf, quizás un poco más pequeñas. Pero también hay matzo balls gigantes, como la que este año se inscribió en el Record Guiness, que pesó 120 kilos.

Volviendo a Nueva York, cuando uno está en viaje crea sus propias rutas. Algunas recomendaciones entran y otras quedan afuera, para próximos viajes. Eso me pasó con Eisemberg, el bodegón que para quien esté armando su lista, está en la 5ta y 23 St., en Flatiron District. Quizás porque todavía no había probado la matzo ball.

Un tiempo después fui a San Francisco y ahí me lo encontré a Willie L., que un día preparó la sopa de su madre. Para hacer las bolas (balls) usó matzo Streits, una marca de productos kosher, famosa por vender matzo desde 1925. Me imagino que no tendría schmaltz (grasa de pollo) así que habrá usado manteca o similar. El resultado fue óptimo, y los cuencos que se ven en la mesa quedaron como nuevos.

Después de probar la matzo ball de Willie L. sé que Eisenberg entrará en mi próxima ruta en Nueva York.


Lo que no ves cuando me ves

Alcatraz, el Golden Gate, el SFMOMA, los tranvías, la Marina, algunos barrios como Mission o Castro, los parques y… la niebla. Aunque no esté dentro de las visitas planificadas, en San Francisco la niebla o fog, en inglés, siempre aparece a saludar. Se lleva por delante lo que tenga enfrente. Incluso el Golden Gate, que está detrás de la nieba en la primera foto. A mí no me pasó, pero dicen algunos que en una época la niebla se vendía en frasquitos. Y después de leer que vendían las cenizas del volcán Chaitén como el último souvenir podría creerlo.

 Julio, agosto y septiembre son meses de fog. Pero también se descuelga en otros meses. Suele aparecer a media tarde, no importa si es un día soleado y diáfano, la niebla entra desde el Pacífico y se avanza como un brazo largo hacia la ciudad. Al llegar baja, se escurre por los parques y por las calles empinadas y da vuelta las esquinas y desparrama humedad. Algunas noches la ciudad se parece a las noches preferidas de Jack El Destripador en Londres.

Me contaron que durante muchos años, en las noches de niebla sonaban las sirenas (fog horns) y ayudaban a los barcos a encontrar su rumbo para entrar en la bahía. Después, con los modernos instrumentos de navegación ya no fueron necesarias las siernas y un día las quitaron. Pero los habitantes las extrañaban. Se habían acostumbrado a quedarse dormidos con ese sonido, parecido al de un tren lejano. Entonces, se organizaron, hicieron un un pedido y al poco tiempo volvieron dormir con el rugido de las sirenas. Nunca confirmé esta versión, pero me gustó el cuento.


Códigos latinoamericanos

Nunca me gustó la robótica, además estaba contra el tiempo. Por eso suspiré aliviada cuando se acercó un ecuatoriano a la máquina con la que luchaba para obtener el boleto de bart que me llevaría al Aeropuerto de Oakland, desde donde vuelan las compañías low cost. El tipo me explicó cuál tenía que sacar para llegar hasta allá, qué billetes aceptaba la máquina, dónde se tomaba el tren. Sólo cuando tuve mi boleto en la mano, siguió su camino.

***

Otra tarde, cerca del Chinatown subí a un ómnibus y mostré el boleto que ya tenía y que supuestamente todavía servía. El conductor, con cara de latino, lo miró y me respondió en inglés que ya se había pasado la hora y que estaba vencido, pero que suba nomás. Le expliqué que no tenía reloj. Entonces, se rió y me dijo:

-¿Y qué tu hablas chica?
- Español
- ¿Y me puedes decir entonces pa qué hablamos en inglés?

Mientras subía por Broadway hacia Columbus, el cubano me contó que vivía en Estados Unidos hacía quince años y que vino de La Habana y que extraña la salsa y el calor de su isla.

***

Pero el guiño latinoamericano más memorable de mis días en San Francisco fue el del camarero peruano del Rooftop Café del MoMA. Un chico lindo que parecía que había entrado a trabajar ayer, por lo torpe y lento. Adelante mío, dos con pinta de intelectuales pidieron un café de una zona del sur de Etiopía donde la mayoría de los habitantes no tiene qué comer. Cuando me tocó el turno, le dije al peruano que quería un cortado. ¿Como le dicen al cortado acá que nunca me acuerdo? ¿Macchiatto? El chico me respondió que sí y que ya lo preparaba. El día estaba soleado, entonces me acerqué a la terraza, a ver las instalaciones de arte, la ciudad desde la altura. Cuando volví al mostrador, cinco o seis minutos más tarde, el café todavía no estaba hecho. Pensé en Michel Douglas y estuve a punto de tener un acceso de furia. Pero no. Seguí esperando. Finalmente  el café estaba sobre el mostrador de acero, y tenía un corazón dibujado con espuma, como se ve en la foto. Subí la vista y el peruano me miraba con sus ojos verdes emocionados. Fue sólo un segundo, enseguida corrió la vista para atender al próximo en la fila. Me llevé el cortado a las mesitas de la terraza con una sonrisa. No me importó nada que estuviera tibio, casi frío.


Los promotores senior de Sausalito

Fanáticos de su ciudad, los señores se pasan la tarde informando sobre Sausalito en el box turístico que está frente al puerto. Cada dato lo rematan con una sonrisa real, un detalle no menor en un viaje por el país que inventó la sonrisa Mc Donalds.

Si el viajero les da pie para conversar seguro que meten su bocado preferido: “Para llegar a Sausalito, para eso se construyó el Golden Gate“.




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