Viajar sola

Este trabajo me acostumbró a viajar sola. A disfrutar comidas, paisajes, encuentros, paseos, atardeceres, museos, sola. En muchos lugares es una modalidad de viaje natural y extendida, a nadie parece preocuparle si uno está solo o acompañado, vestido o desvestido, con un caniche con botas naranjas en brazos o leyendo el Kindle debajo de un árbol.

Me acuerdo la primera vez que estuve sola en Londres. El grupo de prensa con el que viajaba había regresado y yo me quedaba unos días más. El día acompañaba muy bien los paseos y visitas de una turista sola. Pero la noche era más difícil. Más aún si era noche de viernes. Ya había identificado el restaurante indio del Soho donde quería cenar. Pasé una vez, miré por la ventana y seguí caminando. No, no me animaba a entrar. En la mayoría de las mesas había parejas que conversaban y reían. Aunque estas comparaciones no sirven pensé que en Buenos Aires no iría sola a un restaurante de Palermo un viernes por la noche. Esta idea casi me hace desistir. Di media vuelta rumbo al hotel. Uno, dos, cinco pasos y me detuve. Se me había cruzado otro pensamiento, más inspirador, de antiguas viajeras, mujeres valientes. Que recorrieron el mundo en épocas donde apenas empezaban a usar pantalón.

Isabelle Eberhardt, la escritora suiza que en el siglo XIX recorrió África vestida de hombre, la exploradora inglesa Mary Kingsley, la aviadora Amelia Earhart y María Reihe, la arqueóloga alemana que investigó las Líneas de Nazca en 1930. Gracias al espíritu de aventura de esas mujeres terminé esa noche en el Soho frente a un delicioso curry de vegetales.
En América del Sur la película es distinta, sobre todo si la que viaja sola es una mujer. A los habitantes de los pueblos mínimos todavía les resulta inesperado. No es raro que después de una breve charla alguien a quien apenas conocemos indague: ¿Dónde está su marido?

Por eso cuando una amiga me contó que se iba de viaje sola al norte y me preguntó si creía que estaría todo bien le dije que sí, pero que no se sorprendiera si la miraban raro, con una especie de vergüenza ajena porque estaba sola. Y pensé en esa vez que comí en el comedor de un hotel alejado en Tucumán y me sentí culpable por no estar acompañada.

El lugar tenía capacidad para unas treinta personas, pero éramos menos de diez. Me rodeaban cuatro parejas. Una grande y redonda, la del chico down, Patricio, que ya terminó sexto grado “en un colegio normal”, aclaró su madre. Otra: un porteño y una salteña, empleados públicos. Ella hablaba de la reencarnación y los errores de otras vidas que se pagan en ésta. Había también una pareja que se miraba con ojos enamorados. Y la última: un morocho argentino con una suiza de rulos y piernas fuertes. Cada tanto, él me miraba seductor, como si recordara algo que su nueva vida en Europa le quitó.

La mamá del chico down también me miró. Y después me habló. Primero me dijo: “Hola” y segundo: “¿Estás sola?”. Cuando le respondí que sí se quedó muda y bajó la cabeza. Pensé que se pondría a llorar. Tenía en la cara una tristeza lejana que creo que no era por mí.

El comedor tenía cortinas rosas, una chimenea encendida y estatuas de hombres con cabeza de sol. Techo de cardón y manteles púrpuras como el vino salteño. Estábamos a 26 kilómetros de cualquier poblado, en el patio del las Ruinas de Quilmes. Más allá de la decoración y de las miradas sentía una tranquilidad placentera en mi primer día de viaje sola.

El argentino y su suiza pidieron champagne. Se los llevó el mismo camarero que no me traía el pan que le había pedido quince minutos antes. El corcho voló, ellos festejaron y se produjo un silencio áspero y lleno de cabezas que giraron a verlos. El mundo se detuvo unos segundos. Enseguida arrancó otra vez y cada uno volvió a lo suyo. Desde la cocina llegó el golpe seco que alguien le daba a la carne que después nos comeríamos.

– ¿Todo bien señora? –me preguntó el camarero.
Comí pollo la naranja con papas españolas. Comida casera, pretenciosa, rica. Tenía buen sabor, aunque el centro de la pechuga estaba seco como el clima de la Puna. Algunos comensales terminaron la cena y se fueron a la habitación. Ya tarde llegaron tres hombres corpulentos. Como el hotel no estaba cerca de ningún poblado me pregunté de dónde vendrían, cuál sería su historia. No hablé con ellos, pero decidí que eran mineros.

– ¿Algún postre? ¿Higos en alníbar?
– Cuaresmillos, por favor.
Cada vez que se acercaba a mi mesa, el camarero se ponía incómodo, me hablaba mirando a la pared.
– ¿Siempre anda sola? –dijo por fin. Y me volvió a preguntar qué postre pedí porque se le había olvidado.
Después de ese vinieron muchos otros viajes sola. En todos hubo momentos de incomodidad, de emoción, de compartir y de atreverse. Como en la vida.


El icónico mapa del “tube” de Londres, ¿en peligro?

Tengo un colega que cada vez que viajo a una ciudad con subterráneo, me pide que le traiga un mapa.

No le interesa tanto usar el transporte como coleccionar los mapas con la información, el color y el diseño de las líneas de tren y sus recorridos. Dando un repaso a los diarios del domingo, encontré una noticia que le interesaría. Lo voy a llamar.

Es una columna en la que el periodista Jonathan Glancey, del periódico The Guardian, se pregunta con preocupación sentimental, qué pasará con el icónico mapa del tube de Londres en enero próximo, cuando la Oyster Card, una tarjeta electrónica prepaga, integre finalmente todos los servicios de trasnporte de la ciudad: desde los subtes céntricos hasta los trenes suburbanos, el Docklands Light Railway y los barcos del Támesis. Todo.

Conscientes de la pérdida, los diseñadores han trabajado para que la nueva información entrara en el mapa, pero es demasiado, y no sería legible. El mapa orginal fue diseñado por el ingeniero Harry Beck en 1931 y forma parte de la vida diaria de los londineses -¡y de los turistas!- pero con los cambios que vienen será insuficiente. Al parecer, habrá que barajar nuevas propuestas.

Los mapas actuales, que combinan la información del transporte terrestre con el subterráneo y las distintas zonas tarifarias son cada vez más difíciles de leer. ¿Qué hubiera hecho Beck? se pregunta Glancey y enseguida se responde que tal vez el ingeniero hubiera tomado una decisión drástica, hasta romper su propio diseño y volver a empezar.

Los nostálgicos, mi colega incluido, no pierdan tiempo y asómense a la edición online de The Guardian, donde se puede ver una galería de fotos de los mapas del underground según pasan los años.

(Post dedicado a E.R.)


Londres, por la ruta de Los Beatles

Si tuviera pelo -quiero decir, más pelo- me imagino que Luis Ini usaría flequillo, como ya usó alguna vez, y como usaron Los Beatles en algún momento.

El periodista es fan de los Fab Four y cuando fue a Londres, no se perdió el Magical Mistery Tour, una caminata con guía tras sus huellas. A continuación, su relato y sus fotos sobre ese recorrido imperdible.

Con la edición de la discografía remasterizada de The Beatles, no es mala idea recorrer Londres, donde se fraguaron esas gemas de la música, y caminar por donde caminaron John, Paul, George y Ringo. Un nostálgico paseo por un tiempo de flequillos, psicodelia y, claro, yeah! yeah! yeah!
Un fan de la historia del grupo podrá por reconstruir los mismos pasos, pero también, es posible hacer The Beatles Magical Mistery Tour, una caminata con guía que parte los domingos y jueves a las 11 de la mañana, y los miércoles a las dos de la tarde y dura poco más de dos horas. La entrada cuesta 7 libras y el lugar de encuentro es la entrada a la estación del tube (subte) Tottenham Court Road.
Richard Porter guía el paseo, explica y da mucha información. Tiene puesta una camisa de mangas cortas, con un estampado que reproduce caleidoscópicamente los rostros de Los 4.
La primera parada está cerca del punto de salida, en Soho Square (plaza), frente a MPL Communications Ltd., la productora de uno de los dos sobrevivientes, Paul McCartney, y donde Porter parece haber hecho guardia para obtener la foto que muestra con orgullo y donde se lo ve junto a Maca, eso sí, ambos más jóvenes.
A pocos metros de allí, en Saint Anne’s Court, está la puerta de los Estudios Trident Sound, donde se grabó, en julio de 1968, Hey Jude, y también, célebres canciones, como Rapsodia bohemia o Your song, de Elton John. Por allí pasaron además The Rolling Stones, Marc Bolan o Lou Reed.

Caminando recto se llega a Broadwick Street, lugar de un hito curioso: el acceso al baño público subterráneo para caballeros, donde Lennon, en su primera aparición pública con sus lentes redondos, hizo un cameo en un famoso show televisivo inglés de los 60, protagonizado por el actor Dudley Moore.
Por esa misma calle llegamos al corazón de la movida de esos años: Carnaby Street. Si no fuera por un gran mural que adorna una de las paredes que hace esquina con Carnaby, en donde aparecen muchas personalidades conectadas con el barrio -aunque curiosamente ninguna “beatle face”-, hoy es una breve calle comercial, de unos quinientos metros.
En el número 8 de Argyll Street está The London Palladium, donde muchos consideran que nació la beatlemanía el 13 de octubre de 1963, cuando la banda se presentó por primera vez para la televisión.
Al lado de The London Palladium estaba NEMS Enterprises, las oficinas de Brian Epstein, el malogrado manager del grupo, muerto en 1967. Allí hubo momentos célebres, como la multitudinaria conferencia de prensa que dio en 1966 George Harrison para anunciar su boda con Pattie Boyd, o la entrevista en la que John Lennon desató una histeria fundamentalista al asegurar que “The Beatles son más populares que Cristo”.

Desandando Argyll Street, hacia la derecha y al frente, se extiende Kingly Street. En el 9 de esa calle, hoy sede del bar The Miranda Club, funcionaba The Bag O’Nails (Bolsa de clavos), un night club muy frecuentado por los muchachos, y donde Paul conoció en 1967 a Linda Eastman, su esposa hasta la muerte de ella.
Cerca, Saville Row es la calle donde más sastrerías por metro cuadrado debe haber en el mundo. Allí, en el número 3, funcionaron desde 1968 hasta 1972 las oficinas de Apple Corps, un emprendimiento beatle que buscaba destinar el dinero que se llevaba el fisco (un 95% en impuestos, y que Harrison describió en su canción Taxman, “19 para mí uno para ti”) hacia artistas que necesitaran una pequeña ayudita de sus amigos.
Fue precisamente en el tejado de este edificio, el 19 de enero de 1969, donde The Beatles hicieron su última aparición pública como banda, una célebre secuencia – incluso con la policía interrumpiendo el show – que está en el film Let it be.
Antes de caminar hacia la estación de tube que lleva hacia la zona de los estudios Abbey Road, una pasada por la cercana joyería Asprey –hoy llamada Asprey & Garrard-, en el 135-9 New Bond Street. Allí se filmó una escena de Help!, en la que se intentaba quitar del dedo de Ringo el anillo ritual por el que era perseguido por una secta asiática.

Otra anécdota de la joyería cuenta que durante la filmación de esa película, Lennon caminaba por esa calle cuando vio que cientos de fans se le acercaban. Entró en Asprey con la idea de escabullirse por la puerta trasera; para justificar su estadía allí, que no duró más de treinta segundos, compró joyas por 600 libras esterlinas, a dinero de hoy, unas 10.000.
Si los Beatles hubieran generado una religión, su máximo lugar de veneración, su Vaticano, Jerusalén y Meca sería Abbey Road, una calle ubicada al noroeste de Londres, en un barrio señorial de elegantes jardines y mansiones. Se puede llegar por la línea gris llamada Jubilee, y bajar en la estación Saint John’s Wood.
Después, basta caminar por Grove End Road. Seguro que hay muchas otras personas caminando y todos buscan lo mismo: llegar al mítico paso de cebra inmortalizado en el último álbum en estudio de la banda. Está en Abbey Road Street, al girar a la derecha. Veinte metros más allá, sobre la calzada de enfrente, se ven los estudios, lugar de retortas y elucubraciones mágicas, desde donde se impulsó una frase con eco universal: Todo lo que necesitas es amor.




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