Apostillas de viaje a la manera de Georges Perec

Me acuerdo que en mi familia no tenía gracia irse de vacaciones a la playa. Explorar sí tenía gracia, entonces hacíamos larguísimos viajes en auto hasta la otra punta del país. Me acuerdo que nunca sabíamos dónde dormiríamos a la noche. Era llegar y buscar. Preguntar dónde había un hotel, ir hasta ahí, bajarse y preguntar si tenían dos habitaciones y cuál era el precio. Me acuerdo de noches en las que preguntamos más de seis veces hasta encontrar el que cumplía las condiciones de la triple B (bonito, barato, bien ubicado).

Me acuerdo que en esos viajes solía venir una abuela. Si era por Argentina venía la paterna, si era más lejos, la materna. Me acuerdo del asiento trasero del Peugeot 504 verde donde íbamos los tres hermanos más mi abuela, todos sin cinturón de seguridad porque en esa época no se usaba.

Me acuerdo de mi primer viaje en avión. Fue a Chile en un Boeing 747, un Jumbo. Nos sacamos una foto al pie de la escalerilla: mi hermana y yo con jardineros iguales, una rojo y la otra azul. Me acuerdo que todavía se fumaba en los aviones. Los fumadores se juntaban al fondo, cerca de los baños. En ese sector, las nubes eran de humo pero no me importaba porque me escabullía hasta acercarme a las ventanas con la mejor vista de la cordillera.

Me acuerdo que en 1978 cuando casi vamos a la guerra con Chile por la cuestión del Beagle mi papá tenía todo planeado para arrancarse a Uruguay. Le parecía una locura ir a la guerra con un país hermano. Al final no hubo guerra así que tampoco fuimos a Uruguay.

Me acuerdo que nos gustaba meternos por caminos polvorientos, hablar con la gente del lugar, descubrir cosas y sacar fotos con una Nikkormat.

Me acuerdo que cada vez que se cansaba de mí o de mis hermanos mi mamá nos decía: “No seas secante, tesorito”.

Me acuerdo de la noche en que mi primo cayó a cenar con su amigo abogado. De chica vivía en una casa donde la geografía y los viajes eran la materia más importante. Sabíamos porque estudiábamos y porque viajábamos. La noche que llegó mi primo con su amigo la conversación abrió con Chile, enseguida trepó a Perú y se detuvo en Machu Picchu y el Camino Inca. El amigo de mi primo participaba poco, creo que la geografía no le interesaba. Hasta que en un momento levantó la voz y afirmó que claro que él había hecho el Camino Inca y que lo que más recordaba eran los puestitos de panchos. ¿Puestitos de panchos? Le dijimos que eso era imposible. Como buen abogado, el amigo de mi primo no dio el brazo a torcer, aún rojo de vergüenza, aún descubierto, contaba lo ricos que eran los panchos en el Camino Inca.

Me acuerdo que en los viajes hacíamos picnics y me acuerdo que el elemento fundamental era una canasta de mimbre del Tigre que mi mamá se encargaba de llenar de contenido delicioso. Me acuerdo de esa canasta con mucho jamón crudo porque mi papá es médico y tenía un paciente que cada tanto le regalaba una pata de jamón que colgaba como un muerto en un cuartito al lado del lavadero.

Me acuerdo que en los viajes no podíamos decidir nada. Ni el horario de salida ni el plan del día. Ni siquiera qué comer. Los grandes decidían y no se podía ni chistar. Me acuerdo que a partir de los trece ya no quería seguir instrucciones. La rebelión era el mejor paisaje.

Me acuerdo que en los viajes necesitaba registrar. Llevaba una libreta y hacía un diario. También anotaba los nombres de los cuadros que más me gustaban de cada museo. Lo hacía con letra muy chica porque no quería que nadie leyera mi inventario.

Me acuerdo que una vez en Italia nos robaron. Fue rápido y bien planeado. Paramos en una estación de servicio y nos bajamos al baño. Mi abuela, que por aquella época tenía 80 años, se quedó esperando en el auto. Una mujer muy bella le tocó la ventanilla. Le señalaba una rueda del auto y gesticulaba como si estuviera pinchada. Mientras mi abuela miraba hacia la rueda dizque pinchada, por el otro lado abrían silenciosamente la puerta del acompañante y se llevaban el bolso de mano de mi mamá con los pasaportes de todos y bastante plata.

Me acuerdo que después del robo nos instalamos en un convento que recibía huéspedes y quedaba –y queda– en la Via Sistina 113. Me acuerdo que fueron diez días hasta que nos hicieron un “pasaporte consular” para poder volver al país.

Me acuerdo de cuando fuimos a Perú con otra familia. Éramos nueve y fue divertido a pesar de contratiempos por inundaciones y trenes que andaban mal. Me acuerdo que mi papá usaba un silbato de guarda de tren para reunirnos. Un día tuvimos que viajar en una camioneta doble cabina para ir de Puno a Juliaca y como no entrábamos, los dos “cabeza de familia” viajaron en la caja de la camioneta con chullos de lana de alpaca porque hacía frío. Iban parados, se sostenían de un barral. Me acuerdo que se reían a carcajadas. Tanto que parecía que iban a estallar de risa. Nunca supe de qué se reían y pocas veces volví a ver a mi papá reírse así.

Publicado por Carolina Reymúndez | 7 de diciembre de 2017

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Mi tía cheta

Tengo una tía que se parece a la cheta de Nordelta. Me acuerdo cuando una vez, hace años, le contamos a qué playa habíamos ido y ella respondió espantada: ”¡Pero ahí hay mucho mate!”. Mi tía es rubia de peluquería y siempre que la veo parece que recién llegó de unas vacaciones en la playa y sin protector. Está negra, pero ojo: es blanca.
Me imagino que mi tía cheta nunca tomó mate. No lo sé a ciencia cierta porque la veo poco. Hoy pensaba en ella y en la gente que se siente a salvo en la uniformidad. Como si las situaciones “visual y moralmente acordes” fueran un traje de neopren contra el mundo real.


Pensé en ella por el mate y porque se acercan las fiestas y es probable que nos veamos. Más allá del saludo de bienvenida y un par de frases hechas, no solemos hablar. Tampoco nos hacemos regalo, pero creo que este año va a ser excepcional. Se puede considerar una tipa suertuda. Quiero regalarle un equipo de mate: termo, bombilla y calabaza (porongo no, sería demasiado). Después de entregárselo, en algún momento entre el vitel toné y el turrón de Jijona, le voy a contar sobre la Ruta de la Yerba Mate, en Corrientes y Misiones. Le voy a hablar de esa tierra roja y ardiente donde se da tan bien la planta de yerba, que hoy es arbusto pero en tiempos de la colonia era un árbol, y llegaba a medir entre veinte y treinta metros de altura. Crecía en lo profundo del monte y cuando los guaraníes se internaban a buscarla los peligros eran tan inmensos que a veces no regresaban. Se los tragaba la selva. Los jesuitas, ordenados y previsores, la domesticaron y podaron hasta convertirla en cultivo. Caa se dice en guaraní. Según la leyenda, es un regalo de la luna al hombre porque una vez, convertida en una mujer hermosa, la luna bajó a pasear por los bosques y un yaguareté se la quiso comer. En ese momento, el animal cayó atravesado por la flecha de un cazador guaraní. En agradecimiento por haberla salvado, la luna le mandó la planta de yerba mate.

Recuerdo el viaje que hice unos años atrás y me vienen lugares y personas y monumentos y pastelitos y, sobre todo, mates. Una tarde a la hora de la siesta en la estancia Santa Cecilia hacía mucho calor, de ese calor misionero húmedo. Se acercó una mujer a la galería y me trajo un mate –ese sí que era un porongo, tía– con dos hielos sobre la yerba y en lugar de una pava caliente, una jarra con pomelada natural. Algo parecido al tereré paraguayo. Pasaron varios años de aquella siesta y todavía recuerdo la sensación de frescura.
Me pregunto si mi tía no debería ir a conocer el Museo Juan Szychowski de Apóstoles. Ahí le contarían la historia del mate, que forma parte de nuestra cultura y tradición histórica. De esa patria que, como dijo Borges, no es nadie y somos todos.
Hoy a la mañana recibí un correo del Instituto Nacional de Yerba Mate. Decía que el mate está presente en el 90% de los hogares argentinos sin importar el nivel socioeconómico. Se consumen 110 litros de mate por persona. Se toma más que el té o el café. Hasta existe un Día Nacional del Mate, el 30 de noviembre, mañana.
Ya hay yerbas orgánicas, estacionadas, saborizadas con hierbas serranas o cascaritas de naranja. El mate es bueno para la salud, para soltar las charlas con desconocidos y suavizar las tardes. Es energizante y antioxidante. Tía, ¿sabías que existen tratamientos de belleza a base de yerba mate? Aceites corporales, cremas hidratantes, jabones para exfoliar y champús que te dejan el pelo brilloso.
Guardo la última carta para el final. Si veo que mi tía cheta no se encariña con el mate le voy a contar que se exporta. Que en Siria y otros países árabes es un producto caro y muy apreciado. Como lo extranjero y lo caro le gusta, le encanta en realidad, me imagino que vamos a terminar la Navidad tomando mate. Aunque haya pasado medianoche y queden botellas de champán sin abrir.

Publicado por Carolina Reymúndez | 29 de noviembre de 2017

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Segunda mano

Una vez vi una película holandesa sobre un vestido de verano que se vuela del jardín donde se seca al sol. Así empieza la historia. Va pasando por distintos cuerpos, roperos, lavaderos, mujeres. Hay paradas llenas de gloria y perfume y otras tristes, y hasta alguna peligrosa. En el viaje, el vestido floreado acumula capas de vida.
Quizás porque se intuyen esas capas, me gustan las cosas usadas. Porque cuando encuentro algo especial en una feria, en un cachureo, en un cotolengo me parece que lo rescato. Que entre mil, es ese. La palabra rescatar tiene un sentido heroico aunque sea el rescate de una jarra de cerámica con una flor rosa que alguien que no conozco modeló, pintó y horneó. La compré en una feria improvisada de un templo de Siracusa. Había percheros con ropa, collares viejos, una mesa de noche estilo Luis XV y la jarra antigua. Tiene una rusticidad campestre, me imagino que se usó en almuerzos al sol, con mantel a cuadros en una terraza rodeada de glicinas. Es una jarra de agua, aunque también podrían haber decantado un Chianti para recordar.

Las cosas del templo de Siracusa las vendía una mujer rubia que recaudaba euros para comprarles bicicletas a unos niños pobres de Zanzíbar. Había fotos de su proyecto y de los niños. Cada visitante se llevaba los objetos que le interesaban y dejaba el dinero que quería en una lata. La jarra era de ella, la había comprado hacía años en una feria de antigüedades.
Rescatar es editar. Y para eso se necesita buen ojo y criterio. En un rescate hay solidaridad con el medio ambiente y con el pasado. Con el rescate se interrumpe la marcha hacia el olvido, las polillas y el olor a viejo. Es un volantazo en el destino de esa jarra que hoy está llena de astromelias en mi living, del otro lado del Atlántico.

Los negocios de cosas usadas se llaman de segunda mano, y también me gusta esa expresión. Creo que los de primera mano están incompletos. Les falta la segunda. Me pregunto si está bien que lo usado sea más barato, con toda la historia que lleva, ¿no debería venderse al doble?
Qué asco, me dijo una amiga, ¿te vas a poner esa camisa? ¿Y si fue de una muerta o de una asesina? Me la voy a poner, sí. Antes la lavaré con jabón suave para ropa fina, después la secaré al sol y mañana la usaré. No importa de quién fue, mi súper lavado la deja nueva. Usada nueva, lo voy a agregar a la lista de oximorons.
El rescate es un punto de partida para investigar. Cuando en la feria de garaje que está cerca de casa encuentro un plato que me gusta lo doy vuelta para ver el origen. Muchos tienen el sello Made in England, como ese de cerámica blanca gastada con finas grietas, elegante craquelé, en un costado. Lo rodea una línea de un azul sólido. Se llama bleu du roi, el nombre del color viene de la época medieval, era el azul que usaba la guardia real. El platito de la feria, una línea directa a Francia.
Entonces cuando viajo, me doy una vuelta por los charity shops, thrifts, ejércitos de salvación y op shops, como los llaman en Australia, en alusión a oportunidad. Eso son: minas de oportunidades. Cuando voy a Santiago, reservo un par de horas para revisar percheros de la calle Bandera. La última vez encontré un suéter verde de cuello bote. Un suéter que cada vez que lo veo pienso que fue hecho a mi medida. Es tan mío que resulta absurdo que alguien lo haya usado antes. Aunque sea de segunda mano.

En la película holandesa, el vestido que pasa de cuerpo en cuerpo no es portador de buena suerte porque vuela hacia un destino y necesita llegar cueste lo que cueste. En mi película, el destino es el tránsito. Y ya es mañana, así que llevo puesta la camisa que horroriza a mi amiga.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile, en noviembre 2017.

Publicado por Carolina Reymúndez | 12 de noviembre de 2017

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Viajar a Estados Unidos en tiempos de Trump

Estábamos a unos cientos de metros de la Casa Blanca, pero al tipo no le preocupó. Se acomodó el micrófono y aclaró su garganta probablemente porque sabía que hablaba para periodistas que propagarían el mensaje en medio mundo. Roger Dow, presidente de la Asociación de Viajes de Estados Unidos dijo con voz sólida: “La administración debe ser clara en que América está cerrada al terror, pero abierta a los negocios. Trump tiene una tendencia a hablar rápido. Pero también sabemos que es hotelero, un hombre de negocios, por eso creemos que podremos ayudarlo a entender esta situación”.

Desde que asumió Donald Trump, la industria turística de Estados Unidos está intranquila por sus dichos, amenazas (construir el muro en la frontera con México) y hechos concretos como el Travel Ban o veto migratorio a seis países islámicos: Irán, Somalia, Sudán, Siria, Yemen y Libia. Cuando lo decretó, en enero de este año, fue frenado por la Corte y aunque actualmente atraviesa instancias judiciales y todavía no es efectivo, cada día parece más cercano. El presidente lo defiende a capa y espada. “Vamos a pelearlo hasta el Tribunal Supremo. Vamos a ganar para mantener a nuestros ciudadanos seguros”, escribió en Twitter unos días atrás. Retoma el tema con frecuencia, incluso escribe TRAVEL BAN así, todo en mayúsculas, como si lo gritara.

También rige la restricción a los computadores personales (Laptop Ban), tablets y aparatos electrónicos grandes en la cabina en vuelos hacia Estados Unidos desde diez aeropuertos: El Cairo, Estambul y los principales de los Emiratos Árabes Unidos, entre otros. El propósito, según los oficiales de la seguridad estatal, es evitar el contrabando de explosivos y ya se discute la idea de expandir la medida a otros aeropuertos.

A esto se suman las trabas al turismo estadounidense en Cuba, anunciadas días atrás en un discurso de Trump en Miami y condenadas inmediatamente por la Organización Mundial del Turismo. Básicamente, los procesos de acercamiento que comenzó Obama fueron cancelados. Según los funcionarios de la Casa Blanca se hará un “mejor acuerdo” con la isla, pero antes tendrán que legalizar partidos políticos, celebrar elecciones y liberar presos políticos.

Es lógico que con este clima de limitaciones los directivos de Brand USA, la entidad que promociona el turismo hacia Estados Unidos estén inquietos.
La conferencia de Roger Dow fue en el marco del 49º IPW, el mayor encuentro turístico de Estados Unidos, con 6.400 participantes –expositores, compradores, agentes de viajes, prensa especializada– de 70 países que mantuvieron 112 mil reuniones de trabajo. El gran momento del año en la industria de los viajes. Acaso para distanciarse del presidente, los directivos del evento prefirieron un slogan inclusivo: One Big Welcome (Una gran bienvenida).
Estados Unidos recibe más de 70 millones de turistas extranjeros al año y eso representa un negocio de unos 250 billones de dólares. Si bien el número de arribos todavía no bajó, sí existe una sensación de antibienvenida. Cierta percepción negativa sobre complicaciones en el ingreso al país. Y, claro, algunas bajas claras, como el turismo mexicano, el inglés y, por supuesto, el árabe.
“Los números generales se mantienen, pero no debemos confiarnos en que esta tendencia continuará y no vale la pena poner en riesgo los 15,3 millones de puestos de trabajos que dependen del turismo. Un mensaje simple y claro de bienvenida hará mucho en ese sentido”, señaló Dow.

En 2016, la ciudad de Nueva York recibió más de 60 millones de turistas, un record sin precedentes. Sin embargo, las proyecciones indican que “la retórica de Washington” afectará al turismo. A través de su agencia de marketing, NYC & Company, la ciudad también quiso distanciarse del presidente y unos meses atrás lanzó su campaña “Welcoming the World” (Le damos la bienvenida al mundo). Desde la costa oeste, Los Ángeles se sumó con el slogan Everyone is Welcome (Todos son bienvenidos) y desde su agencia de turismo destacaron –como una virtud, celebrando la diversidad– que en la ciudad vive gente de 140 países que habla 224 idiomas.

Cuando Roger Dow se bajó del escenario, el aplauso se escuchó largo y sonoro. Los directivos del IPW fueron contundentes. Después de una semana de conferencias se sabe que ellos también van a dar pelea por un país a puertas abiertas.
Esa misma tarde salí a caminar por The Mall, el paseo tradicional de Washington donde están los maravillosos museos, el Lincoln Memorial y el Obelisco. Justó ahí crucé a un adolescente rubio que caminaba con sus padres. Iba muy orgulloso con su buzo con inscripción: Make America Great Again (Que América vuelva a ser grande), el lema de campaña de Donald Trump.
Está claro que no será fácil.

Publicado por Carolina Reymúndez | 4 de julio de 2017

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MAGNUM MANIFIESTO

El primer tramo es en blanco y negro. Voy directo a Larrain, el fotógrafo chileno que retrató a los chicos de la calle en Santiago de los años 50. La penumbra de la tarde se mete en las caras sucias de tierra. En la última foto cuatro monedas brillan en la calle negra. Larrain mira las monedas con el deseo de esos chicos frágiles. La salvación de la plata.

Magnun Manifiesto es un recorrido histórico y estético por el trabajo de la agencia de fotos creada en París y Nueva York hace 70 años. Nació en el mismo período que las Naciones Unidas y con esos valores: libertad, igualdad, dignidad.
En las distintas salas se ven las coberturas periodísticas y los proyectos personales de grandes maestros que pasaron por Magnum, desde Robert Capa y Henry Cartier-Bresson hasta Susan Meiselas, Sergio Larrain, Josef Koudelka, Martin Parr y Alec Soth.

Paul Fusco fue enviado por la revista Look a cubrir el traslado en tren –de Nueva York al cementerio de Arlington, en Washington–, de los restos de Bobby Kennedy, asesinado en 1968, cinco años después que JFK. A la altura del tren y a través de la ventanilla, el fotógrafo registra a la gente que llega a la vera de las vías a despedir el cadáver, a honrar al muerto. “So long, Bobby”, dice el cartel. Un grupo de hombres con el sombrero en el pecho, una familia en una casa de madera, los chicos que saludan al tren que pasa. El espectador también viaja en ese tren.

El curador Clément Chéroux decidió incluir no sólo las fotos, sino también una copia del artículo publicado. Me gustó ver el resultado del trabajo en equipo y recordé los viajes “con fotógrafo” que hago para las coberturas de la Revista Lugares. No siempre es fácil conciliar dos formas de ver la vida y compartir la cotidianidad del viaje con alguien a veces desconocido. Pero al final, las diferencias hacen la fuerza.
Joseph Roddy, el periodista que también viajó en el tren con Paul Fusco escribe: “Ocho horas son quizás demasiado para el tramo Nueva York-Washington en ferrocarril. Pero los deudos y el estado de ánimo a lo largo de la vía marcaron la diferencia”.

Desde fines de los sesenta y durante los setenta, los fotógrafos se dedicaron a sus proyectos personales. El tema favorito era “el otro”. El gusto por lo diferente en un contexto de universalidad. El loco, el marginal, el enfermo, el hippie, el drogadicto, el salvaje, el enano, el exiliado, el homeless, el preso, la prostituta, el refugiado, el creyente, el obeso, el viejo, el marginal. El historiador Paul Veyne lo llamó: inventario de las diferencias.

En este tramo vi el trabajo de Cristina García Rodero, que retrató la España oculta, mística y profunda. Fiestas y rituales marcados por la iglesia católica lo teatral roza lo milagroso y aunque no la haya, una bruma misteriosa ronda las fotos.
Están los gitanos de Josef Koudelka, el ingeniero nacido en la antigua Checoslovaquia que dejó su carrera para convertirse en fotógrafo documental. Y el trabajo de Jim Goldberg que retrata a T.J., una mujer de 30 años, prostituta y adicta, que quedó manca después de una pelea con otra prostituta. Goldberg la fotografía en el Albert Hotel donde ella trabaja. En la foto en blanco y negro se la ve en una cama doble. Una mano sobre la cabecera de la cama, el muñón en la sábana. La muerte no se ve pero se siente en cada fotograma. Goldberg le pidió que escribiera y ella lo hizo con la letra temblorosa de alguien que escribe en un auto que atraviesa el ripio: “La vida me parece tan hecha mierda, pero poco a poco estoy tratando de sobreponerme. Porque es duro ser una mujer y aceptarme como soy”. No mucho después, T.J. murió.

Del último tramo, 1990-1917, hago foco en las fotos de Alessandra Sanguinetti, la única argentina de la muestra. Viajó a Niza después del atentado del año pasado y fotografió en blanco y negro la rambla de noche, quieta, vacía.
Me gustó el Mediterráneo tenebroso de Paolo Pellegrin, con olas altas como La Gran Ola, de Hokusai. Olas que se tragan inmigrantes en las noches oscuras, olas tan lejanas a la experiencia turística.
Hay Muro de Berlín, hay Irán, hay Venezuela. Hay concepto. Pero sobre todo hay pequeñas historias de personas comunes.
Termino con Alec Soth, el fotógrafo estadounidense que entre 2006 y 2010 recorrió el interior de Estados Unidos en busca de seres antisociales, místicos o fugitivos, ermitaños que viven en modo salvaje. En la foto de gran tamaño se ve un hombre desnudo con una esvástica tatuada. Está en un arroyo con piedras, el agua hasta los tobillos, el torso tostado por el sol. Y está lejos, en algún lugar menos literal que el arroyo con piedras.
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Hasta septiembre, en el nuevo museo del International Center of Photography, en Nueva York.

Publicado por Carolina Reymúndez | 22 de junio de 2017

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Las identidades de Moscú

Cuanto más camino por Moscú, más quiero verla en blanco y negro. Correr a los turistas que se sacan selfies con fondo de San Basilio, las tiendas GUM, el Kremlin. Sin los colores estridentes, los paraguas, los celulares, se restauraría el paisaje. Es cierto que, como dice una amiga, el condicional no existe y si existiera tendría que correrme yo misma, pero me gusta imaginar cómo se vería la calle Nicholskaya, por ejemplo, sin los arcos de luces ni el show de vidrieras. Comparar el centro de hoy, entre nuevas sucursales de Le Pain Quotidien y vidrieras de H&M y Zara, y las calles de ayer, con desfiles militares y sin vidrieras. Las publicidades del mundo globalizado versus los posters de Alexander Ródchenko. Sería fantástico que en algún pasaje cercano a la Plaza Roja, en el barrio de Kitai Gorod, hubiera un cine donde se proyectaran imágenes antiguas de la ciudad. De hace cien años, cincuenta, hasta de treinta años atrás. Cine continuado, da lo mismo si es mudo, lo que importa es ver Moscú. La ciudad mito. La capital roja. La ciudad que Napoleón no pudo invadir. Una de las dos capitales del mundo durante los años de la Guerra Fría. El centro de un tramo imprescindible de la historia del siglo XX. La sede del cuartel general de la KGB. Lo estoy viendo ahora, desde la ventana de una suite del hotel St. Regis Nicholskaya. La temida KGB, alguna vez cargada de espías y tramas ocultas, se ve enana desde el piso veintipico. Leí hace poco que el gobierno ruso pretende revivirla antes de las elecciones de marzo de 2018 en las que –si todo sigue con el nivel de aprobación actual– Vladimir Putin se anotará otro período, el cuarto como presidente de la Federación Rusa. Todo puede ser, pero desde acá arriba el servicio de inteligencia parece rendido ante el lujo hotelero.
Moscú es una de las ciudades con más millonarios del mundo. Los zares del dinero, nacidos al amparo del petróleo, transitan en sus Lamborghini y Hummer blindados por calles que se llaman Lenin y Marx y frente a edificios que todavía ostentan el martillo y la hoz. En los últimos treinta años la transformación de Moscú es contundente. Si fuera un ser humano tendría una nueva identidad: trans, no binario, género fluido, algo distinto a su origen.

Más sobre la próxima sede del Mundial en el número de junio de la Revista Lugares.

Publicado por Carolina Reymúndez | 25 de mayo de 2017

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La doble ventana

A los 19 viajaba para ver más. Para explorar los límites y cruzar fronteras.

Para tratar de entender, para encontrarme con la mirada del famoso “otro”. Para saber qué comía, qué leía, de qué se reía, qué comía y si tenía dios. Viajaba para ver el horizonte y la noche en otra tierra. Viajaba para ir a los mercados y para conocer gente.

Ahora viajo por otras razones pero en el fondo viajo por las mismas. El viaje es dos puntos: la gente y el paisaje. Pero esos dos sustantivos se potencian y amplifican y de sustantivos comunes se potencian y amplifican y se transforman en propios después del viaje.

Hace unos días volví de Cachi, en los Valles Calchaquíes, y hoy también Cachi es Silvita, la coplera de la plaza que canta para turistas con la voz más desafinada que escuché en toda mi vida. Esta caja que toco y sabe hablar, sólo le faltan ojos para acompañarme a llorar. Silvita tiene 60 pero parece de 120, sin dientes y con la aridez de los cerros en la cara. Cuando terminó de cantar fue y se compró un helado de palito de chocolate y siguió a la casa a darle de comer a los nietos. El viaje es entender y aceptar.

Cuando vuelvo de viaje estoy cansada porque durante el viaje el cuerpo es una hondura abierta que recibe información: olores, texturas, silencios, frío o calor, música, publicidades, kilómetros, infamias y bellezas y plantas y gustos. El viaje es la ilusión de planificarlo y los matices de la memoria que lo renuevan y modifican cada vez que lo recuerdan.

Unos meses atrás viajé en tren por Rusia. Era un viaje largo y pasé horas y horas mirando por la ventanilla. Miraba para afuera: los detalles y colores del paisaje de Siberia. Y también miraba hacia adentro. Viajar es una doble ventana.

Tenía un novio que decía que me ponía más linda cuando estábamos por salir de viaje y se lo creí: viajar nos hace más lindos.

Publicado por Carolina Reymúndez | 7 de marzo de 2017

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Caminar es un bien

Camino porque es una manera de abarcar lo inabarcable. De entrar en la dimensión de las ciudades y de tomar cuenta de la proporción del hombre frente a la naturaleza. Camino para ver y para pensar. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior y así sucesivamente. Como una letanía en acción.
“Hago mío lo que veo”, escribió el estadounidense Henry David Thoreau que caminaba entre tres y cinco horas todos los días, y elaboró un ensayo –Walden, la vida en los bosques– sobre el arte de caminar. No es necesario comprar los paisajes, se pueden convertir en un tesoro íntimo sólo por transitarlos. El desierto florido, un lago patagónico, el canto de los pájaros entre los eucaliptus: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada.
Al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo. Caminar da bienestar.
“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar. (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para entender y para olvidar; para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.
“La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”, escribe el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014).
Una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.
Otra vez caminé ciento veinte kilómetros por el campo gallego con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía cuarenta años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.
La receta es simple: ponga un pie delante del otro y repítalo hasta cansarse. Entonces, deténgase. Sí, una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, disfrutar de un roble o ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte, vale detenerse para contemplar. Parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.
Hace unos meses estuve en Hong Kong, donde el espacio es un problema.
Como no alcanza, se inventa. Hay enormes zonas subterráneas y otras que conquistan un piso superior al de la calle. Hacia abajo y hacia arriba, la ciudad se expande. Mid Level Escalators es un sistema de escaleras y pasillos rodantes de casi dos kilómetros que transportan más de sesenta mil personas por día. Parecido a las cintas transportadoras de los aeropuertos donde uno puede estar quieto y a la vez avanzar. O avanzar en dos niveles: físico (caminando) y en la cinta (mecánico). Traté de hacer eso último pero me confundió, entonces me quedé quieta y dejé que la cinta me llevara mientras miraba a los peatones que pasaban apurados. Me quedé quieta en los dientes de acero y, de repente, quise que las escaleras terminaran rápido para volver a caminar por la ciudad moderna como flâneur del futuro.
Camino cuando viajo y cuando no viajo. Subí por un sendero hasta la cima de un cerro y vagué por las ciudades sin rumbo. Caminé con zapatillas y borceguíes y tacos, y zapatos que me quedaban chicos y sandalias que me quedaban grandes. Caminé con zapatos rotos y descalza por la playa. Camino para mirar el cielo durazno de esta tarde y para entrar en la noche urbana de luces y persianas bajas.
Camino para hacer planes y porque es un buen plan.

Publicado por Carolina Reymúndez | 16 de julio de 2016

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Euforia y riesgos de las primeras fronteras

Ellas en la playa. Ellas con una cholita en una calle de Cuzco. Ellas en Machu Picchu. Ellas hamacándose. Ellas haciendo caras payasas para una selfie. Ellas sonriendo sonrisas abiertas, despreocupadas, jóvenes.
Cada una de las fotos que circulan de Marina Menegazzi y María José Coni, las mochileras mendocinas asesinadas, muestra la alegría del primer gran viaje.
Las primeras fronteras, las que uno cruza a los veinte o veintipocos años, con mochila y poca plata, funcionan como un rito de pasaje hacia el mundo adulto. Salir en un viaje de descubrimiento e iniciación. Salir para encontrar el camino propio. Las primeras fronteras son pruebas de responsabilidad, seguridad, éxito en la hazaña que es el viaje. Todos recordamos nuestras primeras fronteras como un hito. Salir para emerger. Salir de la casa, salir del barrio, salir de la provincia, salir del país. Salir como metáfora de la constitución personal.
Esos viajes no son viajes de vacaciones ni todo incluido ni en tour. Son viajes esforzados porque parte de la gesta es poder pagárselo uno mismo y no papá o mamá. Son viajes que se hacen una sola vez en la vida, en el caso de ellas porque están muertas. En el caso del resto, porque no volveremos a tener esa edad. Son viajes que se planifican y se ahorran; viajes de hostel y couchsurfing; viajes de mercados; de mucho sándwich y poco restaurante gourmet; viajes de colchones hundidos y habitaciones donde no siempre está prohibido fumar; viajes de regateo y de nuevos amigos; viajes de explorar, de interactuar, de aprender, de medirse con otras personas todo el tiempo. Viajes que implican riesgos probablemente varios escalones más alto del riesgo que implica vivir.
Ellas saltando como Power Rangers. Ellas haciendo un diario en Instagram para mostrar atardeceres de fuego que también mostraban lo bien que la pasaban. Ellas con una llama. Ellas con un vaso henchido de frutas tropicales. Las sonrisas todavía encendidas de ellas, que ya se apagaron.
Es más que viajar sola o viajar solo. Esos viajes manejan un ímpetu que puede superar el nivel de experiencia de la edad en la que se hacen. Situaciones concretas a las que toca enfrentarse y que algunas veces, como ésta, pueden llevar a un callejón sin salida. Son viajes que se hacen a una edad en la que uno se siente poderoso y eterno. Y los ronda cierta intensidad que puede nublar el equilibrio entre la confianza en el universo y el sentido de alerta contra el machismo asesino de este continente. Contra la atrocidad. Esos viajes, los de esa edad, atraviesan fronteras de transición, fronteras que chocan con otras menos literales y que, a veces, no se pueden atravesar. Una delgada línea, que no siempre es roja, que no siempre es clara, que puede ser invisible y ocultar una trampa mortal.
A la misma edad que las chicas muertas hice un viaje bastante parecido. También iba con una amiga. Hace más de veinte años, hacer dedo era más común y así cruzamos Chile, Paraguay y buena parte de Perú. Una vez, en la región de Atacama, cerca de Copiapó, nos levantó un hombre solo de unos 45 años. Era un tramo corto, el tipo hablaba poco. En un momento dijo que quería mostrarnos un lugar increíble, “la raja”, “el descueve” y torció el volante hacia la nada. Nos miramos y le dijimos sin mucha fuerza que ojalá que no tardáramos mucho porque queríamos llegar a Iquique temprano. Él no respondió y guió el auto –lo supe después– hacia una salitrera abandonada. No era Humberstone, obvio. Ahí no se pagaba entrada porque no había nadie. Si hoy pienso en ese momento aparece un paisaje que podría estar en la película Profundo carmesí, de Arturo Ripstein. Todavía puedo escuchar el chirrido de las puertas de metal abiertas al viento, al olvido, a la sal. Era un día de sol como son la mayoría en el desierto más seco del mundo. El tipo frenó y antes de bajarse desenroscó el volante, sacó de un hueco el final de un pito y se lo fumó. “Vengan –dijo señalando la vastedad del lugar– esto quería mostrarles”. Y dio un giro de 360 grados para enfatizar la sensación de estar caminando solos en un pueblo fantasma donde alguna vez vivieron más de mil personas que extraían salitre.
Después de la frase supimos que el tipo no nos haría nada y disfrutamos del privilegio de estar ahí, pero antes tuvimos miedo. Miedo como un cuchillo helado apoyado en la espalda. De no saber cómo termina. De morir y quedar ahí como el Empampado Riquelme, pero no porque perdí el tren sino porque me mataron a golpes.
Guardo esa y otras sensaciones de miedo de otros viajes en los que, vistos a la distancia, siempre los ronda una buena estrella. Porque viajar en general y en el Tercer Mundo en particular, lleva impresa una incertidumbre intrínseca, indeleble.
También guardo instantes de potencia, aventura, risas, tenacidad, amigos, enseñanzas, paisajes, felicidad, rutas y atardeceres porque esas primeras fronteras son camino propio. Las primeras huellas.

Publicado en el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile.

Publicado por Carolina Reymúndez | 15 de marzo de 2016

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La vuelta

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Listo, se terminó. De un día para otro, el viaje quedó atrás, como los carteles que se cruzan en la ruta, como una fiesta de cumpleaños.
La valija está abierta en la sala: medias, poleras, pantalones, todo sucio. La prueba de haber estado ahí, donde por un rato –una semana, quince días, el tiempo que sea– la vida fue distinta. La prueba de que somos algo más de lo que somos la mayor parte del año. Debajo de la puerta hay cuentas que pagar y la luz de la casilla de mensajes titila. Suena el celular, la agenda marca dos reuniones para mañana. Chau vacaciones, hola rutina.
Selva, sierras, mar o desierto, más allá del paisaje, el viaje traza una arquitectura cotidiana nueva, espontánea. El mismo día de veinticuatro horas, durante las vacaciones se siente más largo o más corto, menos gris. Y nos pasan cosas: los viajes son fábricas de recuerdos.
Hace unos meses en el zoco de Marrakech, Marruecos, conocí a Hamri, un hombre de cejas enruladas y turbante. En su negocio colgaba una cabeza de antílope, plumas, colas y pieles de animales. Hamri deshacía encantamientos y podía curar el mal de ojo. Me acerqué a comprar azafrán y el tipo trajo un frasco grande lleno de hebras rojas. Lo destapó y salió una ráfaga mentolada, un olor tan concentrado y maravilloso que parecía que en cualquier momento surgiría un genio o un diablo. Hamri tomó una balanza dorada tamaño Lilliput y puso una moneda de diez centavos de dírham de un lado y un montoncito de azafrán del otro. Cuando los platos se equilibraron, me miró con gesto de aprobación. Después lo envolvió en una hoja de papel de diario y me entregó un cucurucho lleno de azafrán que hoy guardo en la alacena de las especias. Escondido, como se esconde algo valioso.
Experiencias para contar, para publicar en Facebook y en Twitter. Cruzar una frontera, trepar una montaña, hacer bungee jumping, nadar con delfines, compartir momentos con desconocidos, leer todo el día debajo de un sauce, el viaje suma aventuras y anécdotas para todo el año. Eso es lo que no se desarma con la valija: las vivencias quedan atrapadas en la red de la memoria.

¿Quién se llevó la playa?
¡Plop! En cada vuelta se explota una burbuja. ¿Y la playa, dónde está? Y ese cerro que tenía frente a mi ventana cuando despertaba, y el jugo de papaya del desayuno, y las charlas con los pies en la arena bajo el techo de palmas, ¿quién se los llevó?
Mientras arranca el lavarropas y se acomodan las cremas del neceser en el baño, uno va llegando. En gerundio, sí, porque se llega en varias instancias. Cuando aterriza el avión –o arriba el bus a la estación o entra el auto en el garaje–, al abrir la puerta de casa, cuando desarmamos la valija, durante el primer día de trabajo. El cuerpo llega inmediatamente, pero la cabeza va llegando de a poco.
Desde la psicología se habla del “síndrome post vacacional” y las revistas dan consejos sobre cómo volver al trabajo con una sonrisa. Recomiendan meditar, buscar un hobbie, salir a correr, tratar de disfrutar todo el año como si estuviéramos de vacaciones. Dicen que es mejor levantarse temprano para no correr el primer día, cambiar el recorrido al trabajo, mirar el paisaje urbano y dejarse por lo menos treinta minutos de tiempo libre. Pero aunque nos den diez consejos “infalibles” para reducir el impacto psicológico de la vuelta, ya lo sabemos: nada será lo mismo y durante algunos días extrañaremos la playa, las sierras, el campo o la selva.
Dijo Oscar Wilde que “para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la que no llevamos” y algo así se pone en juego en el viaje. La fantasía de que esa vida –desayuno de frutas, tarde de lecturas y paseos en pareo– es la que nos gustaría. Uno se imagina en la cabaña junto al mar viviendo de la pesca o montando un bed & breakfast en una villa turística frente a un lago del Sur. Donde todo puede cambiar. Donde se podría empezar de nuevo.
Por esos sueños y la burbuja rota, la valija puede traer cierta melancolía además de medias y pantalones para lavar. Por qué sorprenderse, si ya lo cantó Gardel. Volver es un tango.

El poder del souvenir

De chica, cuando se terminaban las vacaciones y el auto cargado arrancaba hacia la ciudad, me gustaba darme vuelta desde asiento de atrás para ver la última imagen del mar. Las olas rompían sobre las rocas, igual que siempre pero distinto porque era la última vez. En cinco cuadras más había una curva y desde ahí no lo volvería a ver. La última imagen del mar me servía de reserva hasta el próximo año. Como el agua que guardan los camellos.
Desde hace algún tiempo, al ejercicio de la última mirada le sumé el souvenir. Una calavera de México, una botellita con los colores de la arena del desierto de Marruecos, una chiva –bus tradicional– de Colombia, banderines budistas de la India, una cajita de música de París, un caracol de Mar del Plata. El souvenir no es una mera chuchería: cumple una función que se podría considerar mágica. De vuelta en el trabajo, ya inmersos en la rutina, nos va a regresar por un rato al paisaje de las vacaciones. Solo alcanzará con mirarlo, en algunos casos también tocarlo. El souvenir es un aliado para transitar la llegada. Pero no es infalible, claro.
Recuerdo esa vez que volví después de algunas semanas en la Patagonia. Abrí la puerta y sonó el teléfono. Era un amigo, hablamos un rato, preguntó cómo encontré mi casa. Mientras iba con el inalámbrico de la cama al living, le respondí que bien, que el piso tenía un poco de polvo y que las plantas necesitaban agua.
Cuando corté me quedé pensando en su pregunta. Miré hacia una esquina y enseguida encontré la ventana, el zócalo, la pared, el límite. Di vuelta la cabeza y me topé con la puerta de salida.
Luego de quince días en la Patagonia lejana, una tierra donde los límites no se ven y todos los paisajes describen el concepto de inmensidad, me pareció que la casa era mínima. Más allá de los metros, de la decoración, de la biblioteca y del balcón. Después de quince días en la Patagonia ventosa, rebelde, áspera y ancha, mi casa se veía insignificante. Y fui a dar una vuelta a la manzana.
Esa vez desarmé la valija unos días más tarde.

Publicado por Carolina Reymúndez | 19 de febrero de 2016

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