Revista Lugares: 30 años

Como periodista de viajes me acostumbré a entrar y salir de los territorios.
Ese ejercicio requiere 1) llegar hasta ahí, es decir, estar en tránsito; 2)
permanecer algunos días en contacto con gente que ama el lugar y sabe
mucho de él. La permanencia es tan breve como intensa: madrugones,
recorridos, relevamiento, desayunos caseros, tal vez una charla junto al
fuego o un baño de río; 3) volver con paisajes y aventuras, personajes, el
reflejo de haber estado ahí.


Cuando pienso en los viajes de Lugares siempre hay alguien que me cuenta
su historia: por qué se fue, cómo llegó, cuándo empezó, el día que vio un
yaguareté, cuando recibió al primer turista, cuál es el mejor momento para
ver el bailarín azul. Alguien cuenta su historia amparado por el paisaje que
habita. Me acuerdo de una mujer en Catamarca que no quería decir viento
“porque si no él viene”. No lo nombre, me dijo una tarde que casi salimos
volando, dígale Anselmo. Hace poco, en Misiones, un guardaparques me
pidió que les recomendara a mis lectores que vinieran calzados porque “acá
las serpientes están activas”.


Dormí en una cabaña en la copa de los árboles cerca del Parque Provincial
Salto Encantado; visité un castillo galés en la noche para escuchar historias
de fantasmas y muertos; sobrevolé el campo de hielo continental en un
Cessna de seis plazas y anduve en kayak frente al glaciar Perito Moreno
con un traje de astronauta que me mantendría unos minutos a salvo si caía
en el agua helada. Vi un baño con canillas de oro en una suite del hotel
Burj Al Arab, bajé la Ruta de la Muerte en bicicleta desde la Puna hasta las
yungas, crucé Rusia en el Transiberiano y caminé setenta kilómetros por la
Patagonia chilena. Este trabajo tiene algo de scout: hay que estar siempre
listo ante imprevistos, problemas, placeres. A la vuelta rescato las
aventuras y las hago frases, palabras, párrafos, una historia.

Me acostumbré a entrar y salir de los territorios: ricos y pobres, altos y
bajos, pelados, exuberantes, desérticos, específicos, terroir universal. Estoy
de paso y de cada lugar traigo algo que nunca se vería en el scanner de la
aduana porque es intangible, íntimo. Patrimonio espiritual.

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Acciones del siglo pasado

Viajalavoz es un podcast para activar la memoria de los viajes y la imaginación. Historias, viñetas, crónicas, paisajes y anotaciones, una trama de sonidos y postales abiertas sobre el camino. Habrá selva, mar, montaña, desierto y megalópolis. Diarios de viajes y de viajeros. Personajes que se cruzan al estar en tránsito. Habrá pueblos, playas y nieve. Un viaje en tren que atraviesa nueve husos horarios, una flotada en goma de camión por el río Mekong y un casamiento elegante en Mallorca. Una vuelta en el teleférico de La Paz y un encuentro con una leona en un parque africano. Viajes en primera y viajes en alpargatas; viajes abiertos y viajes encerrados; viajes largos y cortos y recuerdos de viajes propios y de otros. En barco, en avión, a caballo y en camello; en lancha, en bicicleta y desde el sillón y con los ojos cerrados. Las palabras van y vienen y se mueven de puro inquietas. Viajalavoz es un ping pong de audios producido por las periodistas y viajeras Fernanda Lago, que trasmite desde Copenhague y Carolina Reymúndez, desde Buenos Aires.

La música de este episodio es del genio de Axel Krygier, del disco Secreto y Malibú.

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La bestia en shock

Usaré el pasado. Pasado inmediato, Corona-pasado. Durante los últimos veinte años me dediqué a escribir crónicas de viajes en diarios y revistas. Viajaba por el mundo y volvía con historias. Formaba parte del turismo, un negocio millonario en millones de personas y de dólares. De Mongolia a Vietnam y de Dinamarca a Laos, conozco más de sesenta países. Escribía para entusiasmar a otros a salir a andar. Me pagaban por viajar adonde otros pagaban para ir. Tuve el mejor trabajo del mundo. Tuve. Uso el pasado porque la base del cronista de viajes es estar ahí y eso hoy no es posible.
Hace un tiempo escribí sobre el turismo como una bestia omnívora, un Alien de película capaz de alimentarse hasta de guerras, favelas, cementerios y catástrofes naturales. Un engendro voraz que se recuperaba de todo, donde fuera. De un atentado en Nueva York, de una balacera en Cancún, del escape de un reactor nuclear en Chernobyl, de un terremoto en Santiago de Chile, del Tsunami en Phuket. Caían las reservas durante algunas semanas y, luego, cada lugar regresaba al ocio. Sombrero Panamá, camisa hawaiana y frozen daiquiri. Turismo para todes. Turismo las 24 horas. Turismo prêt-à-porter.
Con la pandemia el mundo volvió a ser lejano como cuando no existían los aviones. Igual que Icaro, el turismo cayó desde lo más alto. Probablemente también se recupere del Covid-19, pero esta vez es distinto. Algo cambió para siempre. Esta vez, la bestia yace en el piso, herida y con graves dificultades para respirar.
Cuando despierte, si lo hace, será otra cosa. Como en las series, hay final abierto. Mientras tanto, en el limbo gelatinoso de la cuarentena, quedan la memoria del viaje –todavía no implantada como en El vengador del futuro– y la imaginación. Sobre eso podría empezar a escribir.

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Viajar en tren

En los últimos diez días viajé en dos trenes largos y uno corto. El primero fue de Hamburgo a Copenhague y duró toda la noche. Partió a las 23.42 de la estación central de Hamburgo y llegó a las 06.12 a Copenhague.

Me senté al lado de un chileno de 19 años. Yo soy Benjamín y tu cómo te llamai. Una hora después sabía bastante de su vida: que la mamá va al gimnasio, que tuvo miedo de que en Europa lo discriminaran porque es morocho, qué fue a hacer a Alemania, cuántos hermanos tiene y en qué hostel dormiría al día siguiente. Parecíamos cotorras, teníamos sed de español.

El hombre de enfrente trató de leer hasta que dio una pestañada y se le cayó el libro (De animales a dioses, de Yuval Harari) y entonces nos habló. Contó que viajaba a Suecia porque tiene una casa que compró con una herencia de la mujer. Nos mostró una foto de la casa de diez habitaciones rodeada por un lago. Bien podría haber vivido la reina Silvia de Suecia. Él se iba solo, a leer.

La noche avanzaba y automáticamente desarrollamos una coreografía torpe para evitar calambres: cuando las piernas de uno se encogían las del pasajero de enfrente se estiraban. Como si fueran parte de un campeonato de sueño sincronizado, cuatro chinos dormían con la boca abierta del otro lado del pasillo. A las tres de la mañana subió la policía danesa y pidió documentos. Los miraron con detenimiento: está claro que por acá nadie quiere más inmigrantes. Recordé al afgano con el que hablé anoche en un doner kebab de la estación. Se fue de Kabul porque sentía que lo rondaba la muerte. Era soldado y la próxima explosión me podía tocar a mí. Hace cuatro años que llegó a Alemania y no tiene casa, trabaja en negro y vive donde puede hasta que lo acepten como refugiado. Mientras los oficiales daneses revisaban los pasaportes, el alemán comentó que es imposible que todo África entre en Alemania o en Dinamarca. Simplemente no entran, dijo mientras negaba con la cabeza. Afuera, la noche era negra.

El tren corto recorre 20 kilómetros de Flåm a Myrdal, en Noruega. Alguna vez fue útil para los pobladores de la región de Voss, en esta época es alimento de turistas. Me senté al lado de Yifan, una china de 25 años que cursa un máster en Londres. Se hizo una escapada mientras espera que le salga un trabajo de traductora del mandarín al cantonés en una app de idiomas. Es difícil conseguir trabajo en Europa sin visa y no quiero volver a China, hay demasiada competencia. Si no me sale este trabajo aplicaré a una visa para buscar trabajo (job searching visa) que da el gobierno holandés. En realidad, no sé qué voy a hacer, creo que estaba estresada y por eso me vine.

El tren corto tiene siete paradas y se ven las cascadas que bajan de las montañas (hay una central eléctrica en una de ellas). Yifan me pidió que le sacara fotos haciendo la vertical y la medialuna. En la última estación la filmé haciendo tomas de lucha como en la película El gran dragón. Me mostró su Snapchat y nos pusimos orejas de gato, cara de hombre y de bebé. Es hija única, no va a museos y le molesta que digan que en China se come perro.

Escribo esto desde el segundo tren largo. Partió de Bergen a las 11.59 y llegará a Oslo a las 19.05. Está descripto como uno de los trayectos más espectaculares del mundo. Atraviesa bosques de pinos, cruza arroyos de deshielo, cerros nevados, lagos azules, casas con pasto en el techo, montañas de rocas, abedules como en Rusia, iglesias rodeadas de lápidas gastadas y casas de madera pintadas de negro, rojo y amarillo. Además de hermoso, es un paisaje prolijo. La leña está apilada, los rollos para que coman los animales, embolsados y juntos. A las casas no les falta una manito de pintura y no se ven 3CV de los años 70. Creo que es el paisaje ordenado que vi. Incluso lo salvaje luce prolijo.

Hasta que encontré una ventana viajé al lado de un catalán que viene de pasar un año en Islandia como instructor de buceo. Salvo el último día, todo salió perfecto en Islandia. La empresa de buceo le regaló una tarde de spa para despedir el año de trabajo. El catalán dejó las cosas en un locker sin candado mientras lo disfrutaba con su chica y al salir faltaban el móvil y las tarjetas. Dijo que le dijeron que hay una pandilla de polacos en la isla. Si no, te mostraría las fotos del fondo del mar. Sabes, no hay mucha vida submarina porque es demasiado frío, pero hay truchas un pez autóctono, el artikcharr. Javier se llama el catalán y va vestido de negro, la tela ceñida al cuerpo como un traje de neoprene. Me cuenta que mañana se reunirá con un cineasta noruego especializado en filmar bajo el agua. El catalán le va a proponer una idea para hacer una película. Desde que me pasé a la ventana viajo frente a una pareja. Ella se parece a Paula Rego, me gustaría a saber si la pintora tuvo hijas pero no hay wifi. Por la ventana veo canteras, lagos donde se cultiva salmón, túneles largos, muchos túneles, tantos túneles, y pueblos chicos. En el celular, el puntito del tren siempre va por el color verde. Casi todo es verde en el mapa Noruega, menos el cielo que suele estar gris. Yifan, la china, me contó que tiene un amigo que dice que acá el clima es agrio. Hoy hay sol y 20 grados y dan ganas de bailar entre los pinos y esto es la primavera.

El tren anda silencioso, igual que los pasajeros. Algunos hablan bajo pero la mayoría va callada. Los noruegos y su vida interior. Cada tanto se anuncian las estaciones por alto parlante. En cinco o seis minutos llegaremos a un lugar que suena Ooo (luego leeré que eso es Ål) y en dos horas a Muu, que se escribe Gol. El idioma es una frontera, el paisaje comunica. La pareja de enfrente es estadounidense, todavía no descubrí de dónde. El marido de Paula Rego llama a su hija que lo atiende desde Vermont o Texas y le pasa con el nieto. Entonces Paula lo mira en la pantalla y los árboles ya no importan. Le cuenta al niño que están viajando en tren y le dice algo parecido a chucu chuuu chucu chuuu. Qué bien le hace la gente al paisaje.

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Taller de crónicas de viajes

Se viene un nuevo taller de crónicas de viajes. A través de clases, lecturas, ejercicios y chat semanales veremos herramientas útiles para descargar un  viaje en un documento en blanco.

Paisajes, personajes, aromas, sabores y sinsabores del lugar que visitamos. Técnicas para que una historia no se desmorone en la mitad. Qué elegir y qué dejar afuera, cómo escapar de las playas paradisícas, los atardeceres mágicos y otros clichés.

“Los conocimientos y los descubrimientos se transportan con facilidad. Estas cosas están fuera del hombre, pero el estilo es el hombre mismo: el estilo no puede robarse ni transportarse”, declaró el intelectual francés Buffon en su discurso sobre el estilo, en 1753. Muchas cosas cambiaron desde esa época pero esta cita sigue vigente.
Encontrar y pulir el estilo propio, eso haremos en este curso a través de algo simple y contundente: leer y escribir. El taller comenzará el 14 de agosto y durará 6 semanas. Más info: ensiberiatambienhacecalor@gmail

¡Los espero!

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Verás cosas extraordinarias

Hace más o menos veinte años que soy viajera frecuente, y no por vacaciones, por trabajo. Un día estoy en Londres, otro en Marrakech y otro en los valles calchaquíes.

De esos viajes surgen los paisajes, las historias, los momentos y personajes de este libro que hicimos con Flor Cillo que probó y escribió las recetas, Marcos Farina que dibujó cada relato y el ojo editor de Eloise Alemany, responsable de Periplo, que tiene un cátalogo muy cuidado y libros que dan ganas de tener.

¿Por qué historias de viajes y recetas?
Bueno, es fácil y poco original, porque la comida es una parte fundamental del viaje.

Una de las primeras cosas que hago cuando estoy de viaje es ir al mercado, por eso hay varios relatos que ocurren en mercados. Los veo como un tesoro de costumbres y una posibilidad de conversar con un alguien que no es un guía ni un taxista.

En el mercado Sandaga de Dakar tuve una muestra de las contradicciones de los viajes cuando quise comprar un chal de algodón y mientras me mostraba las opciones, Mbaye el vendedor de ojos tan brillantes que parecían barnizados no dejaba de hablar de las desgracias de su país y de África y yo no sabía si emocionarme por las texturas y materiales nobles o angustiarme por lo que me contaba.

Lo que más me gusta de los mercados de Marruecos es el té a la menta. Aunque la receta es intuitiva, Flor da detalles para que salga perfecta.
En uno de los mercados de la medina de Marrakech conocí a Hadji un hombre con turbante que vendía amuletos para deshacer encantamientos, polvos para pintarse los ojos, jabón de argan y un azafrán delicioso que pesó en una balancita como para pesar joyas. Todavía lo tengo y es mi secreto amarillo para el arroz con mejillones.

Pero en el libro no sólo hay mercados, también hay un zoológico con un subdirector que crió a un tigre en su casa y una noche inclinada en la sabana venezolana, una leyenda de amor asfixiante, un pescador de langostas sin suerte y un hipopótamo que vuela en helicóptero y una tarde en el Central Park de Nuev York en uno de esos días en los que todo sale bien. El nombre de este libro es parte de un proverbio chino que dice Siéntate bajo la sombra de los bambúes y calla. Verás cosas extraordinarias. Yo creo que lo extraordinario está en todas partes, y que viajar le da relieve.

 

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Caminar con los dedos

El sábado me desperté inquieta. Era una mañana perfecta para salir a caminar, pero la inquietud no iba por ahí. Como me conozco bastante sabía exactamente qué quería. Caminaría en otro sentido.
Me cambié, bajé al auto y salí para Pompeya.
Empecé a ir al Ejército de Salvación y al Cotolengo Don Orione con mi papá, más o menos a los dieciséis años. Él buscaba instrumental médico y camas ortopédicas y yo me probaba vestidos de fiesta exóticos, chales de seda, guantes, camisas de los años setenta. Me acuerdo de cuando conseguí unas plataformas azul Francia de raso, eran altísimas, hoy no caminaría ahí arriba. Me las puse la última noche del Parakultural, con un vestido largo de seda cruda, que también había conseguido ahí, y un sombrero negro con velo de mi abuela. Despedida pero fiesta al fin. Así vestida o disfrazada fui al los camarines para entregarle a Alejandro Urdapilleta una poesía que le había escrito en máquina de escribir.
Al Ejército íbamos los sábados. Lo peor era la levantada porque cerraban al mediodía y si llegabas después de las 10 los revendedores se habían llevado todo. Eran –y todavía son– galpones helados y oscuros, y había que arremangarse para encontrar un botín en la mugre.
Pasaron muchos años desde que cerró el Parakultural, Alejandro Urdapilleta murió y los tiempos del Ejército de Salvación parecen de otra vida.
Sin embargo, cada tanto me despierto un sábado con ganas de ir a encontrar tesoros. Ya no busco vestidos porque casi no uso; me gusta quedarme en la sección bazar más allá de los platos, fuentes, cucharitas y ceniceros de medio mundo (“Recuerdo de Villa Carlos Paz”), donde están los libros. Son seis o siete cajones rojos y una biblioteca de pared a pared. Para encontrar algo valioso entre Morris West, Arthur Hailey, Susana Tamaro, Silvina Bullrich y textos sobre cómo hacer jabón y una edición vieja de Corazón, de Edmundo D’Amicis y láminas de la cacería del zorro en un bosque inglés se necesita un saber que fui adquiriendo –dicho con modestia, por supuesto, y en gerundio porque nunca se termina de aprender– luego de años de práctica.
El saber consiste en caminar con los dedos. Recorrer lomos ajados, rozar texturas y llenarse los dedos de polvo. Rápido, siempre para adelante, las yemas en acción. La actividad requiere una gimnasia de coordinación: mientras camino sobre los lomos leo el título, pienso si me interesa, leo el autor, pienso si lo conozco, si lo quiero, si me suena, si da para googlearlo. Todo seguido sin dejar de caminar, como si estuviera en la cinta.
El contexto desaparece y la concentración es fundamental para no pasar literalmente por sobre una joya y esto se parece bastante a una meditación en movimiento. No tengo noción de las joyas que habré pisado con la yema del índice o del mayor, pero el sábado a la mañana detecté –del verbo latino detegere que quiere decir hacer visible, descubrir, retirar un cubrimiento, y del que derivan tegumento y detective– algo y en ese instante, se detuvieron los dedos y la mano alzó la sortija. Del Miño al Bidasoa. Notas de un vagabundaje, de Camilo José Cela. Editorial Noguer, Colección El espejo y la pluma, Barcelona (1952).
El Nobel cuenta en este libro y en tercera persona la historia de un vagabundo que anda los caminos gallegos, asturianos, cantábricos y vascos. Cruza ríos, observa, duerme a la intemperie, cree en las brujas, se cruza con otros, apaga su sed en las tabernas y siempre encuentra motivos para echar a andar.

–¿Va usted muy lejos?
–Sí, señor, que yo le voy al fin del mundo, que todavía nadie me dijo dónde está.

Forrado en papel transparente que pide cambio, suave olor al siglo pasado, nada de humedad, 30 pesos, buen estado general.
Caminar con los dedos es un saber en desuso que compensa el alma. Doy fe que lo dominan los pianistas y las que fuimos a las Academias Pitman y escribimos con todos los dedos y sin mirar el teclado. El resto probablemente también, pero no podría dar fe.

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Pequeña poesía galesa (con lluvia)

Ayer me contó una camarera galesa que una vez por año se va una semana a España, a las Canarias. Bastó que nombrara las islas para que por un segundo dejara de llevar pintas del bar a la mesa y de la mesa a la cocina. Por un segundo se imaginó en traje de baño con los pies hundidos en la arena africana y le brillaron más los ojos. “A veces me miro en el espejo y estoy así”, dice y muestra una servilleta blanca como un documento nuevo de Word.
Hoy amaneció lloviendo otra vez y me acordé de ella. Hace media hora que espero el ómnibus. A pesar de las telas tecnológicas, tengo los pies húmedos y los pantalones también. El transporte público es puntual salvo en los feriados que enmudece el sistema. Finalmente llega, ploteado con el dragón galés en un costado. El chofer cuenta las monedas con dedos largos, parece músico. Desde mi lugar en el primer asiento lo veo de cerca. Es alto, tiene una argolla dorada en la oreja, dientes de fumador y el pelo apenas largo. Le doy cincuenta y pocos. También podría ser poeta, como Patterson, pero este chofer es más viejo que el de Jarmusch. Tiene más vida vivida y está más cansado. Conduce con paciencia, atento a las curvas y a la lluvia. Afuera, el paisaje está mojado, como mis pies. La ruta atraviesa un pueblo chico y sigue entre bosques y otra vez un pueblo y así. El conductor, que se podría llamar Frank, tiene la vista fija en el camino. Allá viene un pueblo y en la parada distingo a una mujer arrugada, de pelo muy blanco como la servilleta que me señaló la galesa que soñaba con las Canarias. Con una mano sostiene un paraguas y con la otra, un paquete de papel madera. Tiene botas de lluvia y un saco oscuro. Sonríe desde lejos y cuando el bus se detiene, saluda al chofer que abre la puerta y le devuelve el saludo. En lugar de subir, la mujer que podría llamarse Gwen, estira el brazo para entregarle el paquete. Frank, hace un movimiento para recibirlo y agradece con pudor. Si pudiera verlo de frente lo vería colorado. Los pasajeros de atrás quizás no se enteran, los movimientos de ambos son pequeños y rápidos. La forma del paquete deja ver que adentro hay un huevo de pascua. Happy Easter, dice Gwen mientras él cierra la puerta y ella sigue saludando con el brazo en alto hasta que el ómnibus se aleja. Será la tía, la hermana mayor, una amiga, la suegra, una antigua vecina, una pasajera, quién sabe. El huevo tendrá confites o un autito o un chupete, es lo de menos. Ni siquiera importa la Pascua. El gesto es todo. A Frank le dura la sonrisa -que no es blanca- hasta la última parada. Lo compruebo por el espejito.

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Nuevo taller de crónicas de viajes


Pronto comenzaré un nuevo taller online de crónicas de viajes. A través de clases, lecturas, chat grupales y ejercicios veremos herramientas útiles para bajar al documento en blanco paisajes, impresiones, personajes, aromas, sabores y sinsabores del lugar que visitamos. El alma de las palabras y el arte de escribir frases concisas. Cómo estructurar la historia para que no se desmorone en la mitad y, sobre, todo cómo contarla. Qué elegir y qué dejar afuera, cómo escapar de las playas paradisícas y otros clichés.
“Los conocimientos y los descubrimientos se transportan con facilidad. Estas cosas están fuera del hombre, pero el estilo es el hombre mismo: el estilo no puede robarse ni transportarse”, declaró el intelectual francés Buffon en su discurso sobre el estilo, en 1753. Muchas cosas cambiaron desde esa época, pero la cita sigue vigente.
Encontrar y pulir nuestro estilo, eso intentaremos hacer en el curso.
El primer taller de 2018 arrancará el 12 de abril y durará 6 semanas. Este año daré los talleres por mi cuenta, así que los que estén interesados pueden pedir detalles, información y precios a través del correo: ensiberiatambienhacecalor@gmail

¡Los espero!

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La vida de las anécdotas

Hay anécdotas que uno cree muertas y al final tienen más vidas que un gato. Inesperadamente, algo las detona y vuelven a sonar. Me recuerdan a las semillas del desierto florido que permanecen años enterradas el banco de la tierra y cuando la lluvia alcanza el nivel suficiente despuntan hermosas y desaforadas, como si toda la vida hubieran esperado ese momento.
Eso pasó con esta anécdota hasta que mi hermano presentó a su nueva novia y lo que antes resultaba aburrido de tantas veces que se había contado, volvió a asombrar.
Cuando el otro día lo llevaba al aeropuerto, la anécdota empezó a rodar. Sus recuerdos estimulaban a los míos y la reconstruimos con los beneficios de matices de la memoria colectiva.
Hace años viajamos juntos al Amazonas durante cuatro meses. Se andaba más lento en aquella época y quizás porque éramos más jóvenes el tiempo era manso. Fuimos por tierra, a dedo, en micro y el 1º de enero de 1995, teníamos que tomar un avión para cruzar Perú de punta a punta. Festejamos la noche del 31 en algún lugar que no recordamos y volvimos a la pensión pintada de celeste cielo seguramente en un intento de t apar el rojo infierno.
En general dormíamos en pensiones feas, no había hostels con onda en América latina. Eran cuartos con olor a cigarrillo, mezcla de telo y hotel de viajantes. Me acuerdo de otra noche interminable, también en Perú, donde una pareja de amantes había discutido un par de cuartos más allá. Entendimos que ella lo echó y él no lo aceptó y durante toda la noche golpeó los nudillos en la puerta de madera mientras decía: “Lorena. Me abres Lorena. Lorena ábreme.” A los diez minutos regresaba y otra vez los nudillos y la voz rasposa: “Lorena. Me abres Lorena. Lorena ábreme.” Pensiones descascaradas que se pagaban una parte en soles y el resto en malas sensaciones. Era la forma de estirar el viaje.
El caso es que en algún momento de esa noche de año nuevo volvimos a la pensión porque el vuelo era temprano. La recepción había mutado en antro de venta de cervezas donde tomaban y festejaban y festejaban y tomaban cada vez más amigos.

Pasamos de largo hasta el cuarto. Le dimos cuerda al reloj despertador y nos dormimos con cumbia de fondo. A las cinco sonó la alarma y unos minutos después estábamos abajo. La recepción parecía el campo de batalla de los vencidos: media docena de hombres desplomados y ningún recepcionista a la vista. Golpeamos las manos y nada. Bajamos la escalera y al llegar a la puerta vimos el enorme candado que la trababa. Estábamos atrapados. Lo que siguió pasó en cámara rápida: dejamos las mochilas abajo y subimos a buscar al recepcionista, para eso reavivamos los cuerpos vencidos hasta que uno vociferó que sí que tenía las llaves. Abrió en modo robot, nos fuimos, encontramos un taxi, llegamos al aeropuerto. Mmm no, el vuelo está cerrado, dijo la empleada. Con todo lo que nos pasó, no puede ser, por favor, lo pueden abrir, necesitamos viajar hoy, seabuenita. El tiempo todavía era manso en 1995. Si les caías bien te reabrían el vuelo. Entonces, corrimos por la pista hasta alcanzar el avión que volvió a abrir la puerta y ese día los pasajeros escucharon dos veces cross check y reportar.
El cuento terminó justo cuando llegamos a Ezeiza y a la novia de mi hermano le brillaban los ojos de alegría por el final feliz. El primer tiempo del amor también es manso hahaha (esta risa debería tener el sonido de James Franco en The disaster artist).

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