Viajar a Estados Unidos en tiempos de Trump

Estábamos a unos cientos de metros de la Casa Blanca, pero al tipo no le preocupó. Se acomodó el micrófono y aclaró su garganta probablemente porque sabía que hablaba para periodistas que propagarían el mensaje en medio mundo. Roger Dow, presidente de la Asociación de Viajes de Estados Unidos dijo con voz sólida: “La administración debe ser clara en que América está cerrada al terror, pero abierta a los negocios. Trump tiene una tendencia a hablar rápido. Pero también sabemos que es hotelero, un hombre de negocios, por eso creemos que podremos ayudarlo a entender esta situación”.

Desde que asumió Donald Trump, la industria turística de Estados Unidos está intranquila por sus dichos, amenazas (construir el muro en la frontera con México) y hechos concretos como el Travel Ban o veto migratorio a seis países islámicos: Irán, Somalia, Sudán, Siria, Yemen y Libia. Cuando lo decretó, en enero de este año, fue frenado por la Corte y aunque actualmente atraviesa instancias judiciales y todavía no es efectivo, cada día parece más cercano. El presidente lo defiende a capa y espada. “Vamos a pelearlo hasta el Tribunal Supremo. Vamos a ganar para mantener a nuestros ciudadanos seguros”, escribió en Twitter unos días atrás. Retoma el tema con frecuencia, incluso escribe TRAVEL BAN así, todo en mayúsculas, como si lo gritara.

También rige la restricción a los computadores personales (Laptop Ban), tablets y aparatos electrónicos grandes en la cabina en vuelos hacia Estados Unidos desde diez aeropuertos: El Cairo, Estambul y los principales de los Emiratos Árabes Unidos, entre otros. El propósito, según los oficiales de la seguridad estatal, es evitar el contrabando de explosivos y ya se discute la idea de expandir la medida a otros aeropuertos.

A esto se suman las trabas al turismo estadounidense en Cuba, anunciadas días atrás en un discurso de Trump en Miami y condenadas inmediatamente por la Organización Mundial del Turismo. Básicamente, los procesos de acercamiento que comenzó Obama fueron cancelados. Según los funcionarios de la Casa Blanca se hará un “mejor acuerdo” con la isla, pero antes tendrán que legalizar partidos políticos, celebrar elecciones y liberar presos políticos.

Es lógico que con este clima de limitaciones los directivos de Brand USA, la entidad que promociona el turismo hacia Estados Unidos estén inquietos.
La conferencia de Roger Dow fue en el marco del 49º IPW, el mayor encuentro turístico de Estados Unidos, con 6.400 participantes –expositores, compradores, agentes de viajes, prensa especializada– de 70 países que mantuvieron 112 mil reuniones de trabajo. El gran momento del año en la industria de los viajes. Acaso para distanciarse del presidente, los directivos del evento prefirieron un slogan inclusivo: One Big Welcome (Una gran bienvenida).
Estados Unidos recibe más de 70 millones de turistas extranjeros al año y eso representa un negocio de unos 250 billones de dólares. Si bien el número de arribos todavía no bajó, sí existe una sensación de antibienvenida. Cierta percepción negativa sobre complicaciones en el ingreso al país. Y, claro, algunas bajas claras, como el turismo mexicano, el inglés y, por supuesto, el árabe.
“Los números generales se mantienen, pero no debemos confiarnos en que esta tendencia continuará y no vale la pena poner en riesgo los 15,3 millones de puestos de trabajos que dependen del turismo. Un mensaje simple y claro de bienvenida hará mucho en ese sentido”, señaló Dow.

En 2016, la ciudad de Nueva York recibió más de 60 millones de turistas, un record sin precedentes. Sin embargo, las proyecciones indican que “la retórica de Washington” afectará al turismo. A través de su agencia de marketing, NYC & Company, la ciudad también quiso distanciarse del presidente y unos meses atrás lanzó su campaña “Welcoming the World” (Le damos la bienvenida al mundo). Desde la costa oeste, Los Ángeles se sumó con el slogan Everyone is Welcome (Todos son bienvenidos) y desde su agencia de turismo destacaron –como una virtud, celebrando la diversidad– que en la ciudad vive gente de 140 países que habla 224 idiomas.

Cuando Roger Dow se bajó del escenario, el aplauso se escuchó largo y sonoro. Los directivos del IPW fueron contundentes. Después de una semana de conferencias se sabe que ellos también van a dar pelea por un país a puertas abiertas.
Esa misma tarde salí a caminar por The Mall, el paseo tradicional de Washington donde están los maravillosos museos, el Lincoln Memorial y el Obelisco. Justó ahí crucé a un adolescente rubio que caminaba con sus padres. Iba muy orgulloso con su buzo con inscripción: Make America Great Again (Que América vuelva a ser grande), el lema de campaña de Donald Trump.
Está claro que no será fácil.

Publicado por Carolina Reymúndez | 4 de Julio de 2017

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MAGNUM MANIFIESTO

El primer tramo es en blanco y negro. Voy directo a Larrain, el fotógrafo chileno que retrató a los chicos de la calle en Santiago de los años 50. La penumbra de la tarde se mete en las caras sucias de tierra. En la última foto cuatro monedas brillan en la calle negra. Larrain mira las monedas con el deseo de esos chicos frágiles. La salvación de la plata.

Magnun Manifiesto es un recorrido histórico y estético por el trabajo de la agencia de fotos creada en París y Nueva York hace 70 años. Nació en el mismo período que las Naciones Unidas y con esos valores: libertad, igualdad, dignidad.
En las distintas salas se ven las coberturas periodísticas y los proyectos personales de grandes maestros que pasaron por Magnum, desde Robert Capa y Henry Cartier-Bresson hasta Susan Meiselas, Sergio Larrain, Josef Koudelka, Martin Parr y Alec Soth.

Paul Fusco fue enviado por la revista Look a cubrir el traslado en tren –de Nueva York al cementerio de Arlington, en Washington–, de los restos de Bobby Kennedy, asesinado en 1968, cinco años después que JFK. A la altura del tren y a través de la ventanilla, el fotógrafo registra a la gente que llega a la vera de las vías a despedir el cadáver, a honrar al muerto. “So long, Bobby”, dice el cartel. Un grupo de hombres con el sombrero en el pecho, una familia en una casa de madera, los chicos que saludan al tren que pasa. El espectador también viaja en ese tren.

El curador Clément Chéroux decidió incluir no sólo las fotos, sino también una copia del artículo publicado. Me gustó ver el resultado del trabajo en equipo y recordé los viajes “con fotógrafo” que hago para las coberturas de la Revista Lugares. No siempre es fácil conciliar dos formas de ver la vida y compartir la cotidianidad del viaje con alguien a veces desconocido. Pero al final, las diferencias hacen la fuerza.
Joseph Roddy, el periodista que también viajó en el tren con Paul Fusco escribe: “Ocho horas son quizás demasiado para el tramo Nueva York-Washington en ferrocarril. Pero los deudos y el estado de ánimo a lo largo de la vía marcaron la diferencia”.

Desde fines de los sesenta y durante los setenta, los fotógrafos se dedicaron a sus proyectos personales. El tema favorito era “el otro”. El gusto por lo diferente en un contexto de universalidad. El loco, el marginal, el enfermo, el hippie, el drogadicto, el salvaje, el enano, el exiliado, el homeless, el preso, la prostituta, el refugiado, el creyente, el obeso, el viejo, el marginal. El historiador Paul Veyne lo llamó: inventario de las diferencias.

En este tramo vi el trabajo de Cristina García Rodero, que retrató la España oculta, mística y profunda. Fiestas y rituales marcados por la iglesia católica lo teatral roza lo milagroso y aunque no la haya, una bruma misteriosa ronda las fotos.
Están los gitanos de Josef Koudelka, el ingeniero nacido en la antigua Checoslovaquia que dejó su carrera para convertirse en fotógrafo documental. Y el trabajo de Jim Goldberg que retrata a T.J., una mujer de 30 años, prostituta y adicta, que quedó manca después de una pelea con otra prostituta. Goldberg la fotografía en el Albert Hotel donde ella trabaja. En la foto en blanco y negro se la ve en una cama doble. Una mano sobre la cabecera de la cama, el muñón en la sábana. La muerte no se ve pero se siente en cada fotograma. Goldberg le pidió que escribiera y ella lo hizo con la letra temblorosa de alguien que escribe en un auto que atraviesa el ripio: “La vida me parece tan hecha mierda, pero poco a poco estoy tratando de sobreponerme. Porque es duro ser una mujer y aceptarme como soy”. No mucho después, T.J. murió.

Del último tramo, 1990-1917, hago foco en las fotos de Alessandra Sanguinetti, la única argentina de la muestra. Viajó a Niza después del atentado del año pasado y fotografió en blanco y negro la rambla de noche, quieta, vacía.
Me gustó el Mediterráneo tenebroso de Paolo Pellegrin, con olas altas como La Gran Ola, de Hokusai. Olas que se tragan inmigrantes en las noches oscuras, olas tan lejanas a la experiencia turística.
Hay Muro de Berlín, hay Irán, hay Venezuela. Hay concepto. Pero sobre todo hay pequeñas historias de personas comunes.
Termino con Alec Soth, el fotógrafo estadounidense que entre 2006 y 2010 recorrió el interior de Estados Unidos en busca de seres antisociales, místicos o fugitivos, ermitaños que viven en modo salvaje. En la foto de gran tamaño se ve un hombre desnudo con una esvástica tatuada. Está en un arroyo con piedras, el agua hasta los tobillos, el torso tostado por el sol. Y está lejos, en algún lugar menos literal que el arroyo con piedras.
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Hasta septiembre, en el nuevo museo del International Center of Photography, en Nueva York.

Publicado por Carolina Reymúndez | 22 de Junio de 2017

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Las identidades de Moscú

Cuanto más camino por Moscú, más quiero verla en blanco y negro. Correr a los turistas que se sacan selfies con fondo de San Basilio, las tiendas GUM, el Kremlin. Sin los colores estridentes, los paraguas, los celulares, se restauraría el paisaje. Es cierto que, como dice una amiga, el condicional no existe y si existiera tendría que correrme yo misma, pero me gusta imaginar cómo se vería la calle Nicholskaya, por ejemplo, sin los arcos de luces ni el show de vidrieras. Comparar el centro de hoy, entre nuevas sucursales de Le Pain Quotidien y vidrieras de H&M y Zara, y las calles de ayer, con desfiles militares y sin vidrieras. Las publicidades del mundo globalizado versus los posters de Alexander Ródchenko. Sería fantástico que en algún pasaje cercano a la Plaza Roja, en el barrio de Kitai Gorod, hubiera un cine donde se proyectaran imágenes antiguas de la ciudad. De hace cien años, cincuenta, hasta de treinta años atrás. Cine continuado, da lo mismo si es mudo, lo que importa es ver Moscú. La ciudad mito. La capital roja. La ciudad que Napoleón no pudo invadir. Una de las dos capitales del mundo durante los años de la Guerra Fría. El centro de un tramo imprescindible de la historia del siglo XX. La sede del cuartel general de la KGB. Lo estoy viendo ahora, desde la ventana de una suite del hotel St. Regis Nicholskaya. La temida KGB, alguna vez cargada de espías y tramas ocultas, se ve enana desde el piso veintipico. Leí hace poco que el gobierno ruso pretende revivirla antes de las elecciones de marzo de 2018 en las que –si todo sigue con el nivel de aprobación actual– Vladimir Putin se anotará otro período, el cuarto como presidente de la Federación Rusa. Todo puede ser, pero desde acá arriba el servicio de inteligencia parece rendido ante el lujo hotelero.
Moscú es una de las ciudades con más millonarios del mundo. Los zares del dinero, nacidos al amparo del petróleo, transitan en sus Lamborghini y Hummer blindados por calles que se llaman Lenin y Marx y frente a edificios que todavía ostentan el martillo y la hoz. En los últimos treinta años la transformación de Moscú es contundente. Si fuera un ser humano tendría una nueva identidad: trans, no binario, género fluido, algo distinto a su origen.

Más sobre la próxima sede del Mundial en el número de junio de la Revista Lugares.

Publicado por Carolina Reymúndez | 25 de Mayo de 2017

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La doble ventana

A los 19 viajaba para ver más. Para explorar los límites y cruzar fronteras.

Para tratar de entender, para encontrarme con la mirada del famoso “otro”. Para saber qué comía, qué leía, de qué se reía, qué comía y si tenía dios. Viajaba para ver el horizonte y la noche en otra tierra. Viajaba para ir a los mercados y para conocer gente.

Ahora viajo por otras razones pero en el fondo viajo por las mismas. El viaje es dos puntos: la gente y el paisaje. Pero esos dos sustantivos se potencian y amplifican y de sustantivos comunes se potencian y amplifican y se transforman en propios después del viaje.

Hace unos días volví de Cachi, en los Valles Calchaquíes, y hoy también Cachi es Silvita, la coplera de la plaza que canta para turistas con la voz más desafinada que escuché en toda mi vida. Esta caja que toco y sabe hablar, sólo le faltan ojos para acompañarme a llorar. Silvita tiene 60 pero parece de 120, sin dientes y con la aridez de los cerros en la cara. Cuando terminó de cantar fue y se compró un helado de palito de chocolate y siguió a la casa a darle de comer a los nietos. El viaje es entender y aceptar.

Cuando vuelvo de viaje estoy cansada porque durante el viaje el cuerpo es una hondura abierta que recibe información: olores, texturas, silencios, frío o calor, música, publicidades, kilómetros, infamias y bellezas y plantas y gustos. El viaje es la ilusión de planificarlo y los matices de la memoria que lo renuevan y modifican cada vez que lo recuerdan.

Unos meses atrás viajé en tren por Rusia. Era un viaje largo y pasé horas y horas mirando por la ventanilla. Miraba para afuera: los detalles y colores del paisaje de Siberia. Y también miraba hacia adentro. Viajar es una doble ventana.

Tenía un novio que decía que me ponía más linda cuando estábamos por salir de viaje y se lo creí: viajar nos hace más lindos.

Publicado por Carolina Reymúndez | 7 de Marzo de 2017

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Caminar es un bien

Camino porque es una manera de abarcar lo inabarcable. De entrar en la dimensión de las ciudades y de tomar cuenta de la proporción del hombre frente a la naturaleza. Camino para ver y para pensar. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior y así sucesivamente. Como una letanía en acción.
“Hago mío lo que veo”, escribió el estadounidense Henry David Thoreau que caminaba entre tres y cinco horas todos los días, y elaboró un ensayo –Walden, la vida en los bosques– sobre el arte de caminar. No es necesario comprar los paisajes, se pueden convertir en un tesoro íntimo sólo por transitarlos. El desierto florido, un lago patagónico, el canto de los pájaros entre los eucaliptus: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada.
Al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo. Caminar da bienestar.
“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar. (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para entender y para olvidar; para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.
“La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”, escribe el filósofo francés Frédéric Gros en su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014).
Una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.
Otra vez caminé ciento veinte kilómetros por el campo gallego con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía cuarenta años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.
La receta es simple: ponga un pie delante del otro y repítalo hasta cansarse. Entonces, deténgase. Sí, una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, disfrutar de un roble o ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte, vale detenerse para contemplar. Parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo. Y seguir, un paso después del otro, como un mantra.
Hace unos meses estuve en Hong Kong, donde el espacio es un problema.
Como no alcanza, se inventa. Hay enormes zonas subterráneas y otras que conquistan un piso superior al de la calle. Hacia abajo y hacia arriba, la ciudad se expande. Mid Level Escalators es un sistema de escaleras y pasillos rodantes de casi dos kilómetros que transportan más de sesenta mil personas por día. Parecido a las cintas transportadoras de los aeropuertos donde uno puede estar quieto y a la vez avanzar. O avanzar en dos niveles: físico (caminando) y en la cinta (mecánico). Traté de hacer eso último pero me confundió, entonces me quedé quieta y dejé que la cinta me llevara mientras miraba a los peatones que pasaban apurados. Me quedé quieta en los dientes de acero y, de repente, quise que las escaleras terminaran rápido para volver a caminar por la ciudad moderna como flâneur del futuro.
Camino cuando viajo y cuando no viajo. Subí por un sendero hasta la cima de un cerro y vagué por las ciudades sin rumbo. Caminé con zapatillas y borceguíes y tacos, y zapatos que me quedaban chicos y sandalias que me quedaban grandes. Caminé con zapatos rotos y descalza por la playa. Camino para mirar el cielo durazno de esta tarde y para entrar en la noche urbana de luces y persianas bajas.
Camino para hacer planes y porque es un buen plan.

Publicado por Carolina Reymúndez | 16 de Julio de 2016

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Euforia y riesgos de las primeras fronteras

Ellas en la playa. Ellas con una cholita en una calle de Cuzco. Ellas en Machu Picchu. Ellas hamacándose. Ellas haciendo caras payasas para una selfie. Ellas sonriendo sonrisas abiertas, despreocupadas, jóvenes.
Cada una de las fotos que circulan de Marina Menegazzi y María José Coni, las mochileras mendocinas asesinadas, muestra la alegría del primer gran viaje.
Las primeras fronteras, las que uno cruza a los veinte o veintipocos años, con mochila y poca plata, funcionan como un rito de pasaje hacia el mundo adulto. Salir en un viaje de descubrimiento e iniciación. Salir para encontrar el camino propio. Las primeras fronteras son pruebas de responsabilidad, seguridad, éxito en la hazaña que es el viaje. Todos recordamos nuestras primeras fronteras como un hito. Salir para emerger. Salir de la casa, salir del barrio, salir de la provincia, salir del país. Salir como metáfora de la constitución personal.
Esos viajes no son viajes de vacaciones ni todo incluido ni en tour. Son viajes esforzados porque parte de la gesta es poder pagárselo uno mismo y no papá o mamá. Son viajes que se hacen una sola vez en la vida, en el caso de ellas porque están muertas. En el caso del resto, porque no volveremos a tener esa edad. Son viajes que se planifican y se ahorran; viajes de hostel y couchsurfing; viajes de mercados; de mucho sándwich y poco restaurante gourmet; viajes de colchones hundidos y habitaciones donde no siempre está prohibido fumar; viajes de regateo y de nuevos amigos; viajes de explorar, de interactuar, de aprender, de medirse con otras personas todo el tiempo. Viajes que implican riesgos probablemente varios escalones más alto del riesgo que implica vivir.
Ellas saltando como Power Rangers. Ellas haciendo un diario en Instagram para mostrar atardeceres de fuego que también mostraban lo bien que la pasaban. Ellas con una llama. Ellas con un vaso henchido de frutas tropicales. Las sonrisas todavía encendidas de ellas, que ya se apagaron.
Es más que viajar sola o viajar solo. Esos viajes manejan un ímpetu que puede superar el nivel de experiencia de la edad en la que se hacen. Situaciones concretas a las que toca enfrentarse y que algunas veces, como ésta, pueden llevar a un callejón sin salida. Son viajes que se hacen a una edad en la que uno se siente poderoso y eterno. Y los ronda cierta intensidad que puede nublar el equilibrio entre la confianza en el universo y el sentido de alerta contra el machismo asesino de este continente. Contra la atrocidad. Esos viajes, los de esa edad, atraviesan fronteras de transición, fronteras que chocan con otras menos literales y que, a veces, no se pueden atravesar. Una delgada línea, que no siempre es roja, que no siempre es clara, que puede ser invisible y ocultar una trampa mortal.
A la misma edad que las chicas muertas hice un viaje bastante parecido. También iba con una amiga. Hace más de veinte años, hacer dedo era más común y así cruzamos Chile, Paraguay y buena parte de Perú. Una vez, en la región de Atacama, cerca de Copiapó, nos levantó un hombre solo de unos 45 años. Era un tramo corto, el tipo hablaba poco. En un momento dijo que quería mostrarnos un lugar increíble, “la raja”, “el descueve” y torció el volante hacia la nada. Nos miramos y le dijimos sin mucha fuerza que ojalá que no tardáramos mucho porque queríamos llegar a Iquique temprano. Él no respondió y guió el auto –lo supe después– hacia una salitrera abandonada. No era Humberstone, obvio. Ahí no se pagaba entrada porque no había nadie. Si hoy pienso en ese momento aparece un paisaje que podría estar en la película Profundo carmesí, de Arturo Ripstein. Todavía puedo escuchar el chirrido de las puertas de metal abiertas al viento, al olvido, a la sal. Era un día de sol como son la mayoría en el desierto más seco del mundo. El tipo frenó y antes de bajarse desenroscó el volante, sacó de un hueco el final de un pito y se lo fumó. “Vengan –dijo señalando la vastedad del lugar– esto quería mostrarles”. Y dio un giro de 360 grados para enfatizar la sensación de estar caminando solos en un pueblo fantasma donde alguna vez vivieron más de mil personas que extraían salitre.
Después de la frase supimos que el tipo no nos haría nada y disfrutamos del privilegio de estar ahí, pero antes tuvimos miedo. Miedo como un cuchillo helado apoyado en la espalda. De no saber cómo termina. De morir y quedar ahí como el Empampado Riquelme, pero no porque perdí el tren sino porque me mataron a golpes.
Guardo esa y otras sensaciones de miedo de otros viajes en los que, vistos a la distancia, siempre los ronda una buena estrella. Porque viajar en general y en el Tercer Mundo en particular, lleva impresa una incertidumbre intrínseca, indeleble.
También guardo instantes de potencia, aventura, risas, tenacidad, amigos, enseñanzas, paisajes, felicidad, rutas y atardeceres porque esas primeras fronteras son camino propio. Las primeras huellas.

Publicado en el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile.

Publicado por Carolina Reymúndez | 15 de Marzo de 2016

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La vuelta

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Listo, se terminó. De un día para otro, el viaje quedó atrás, como los carteles que se cruzan en la ruta, como una fiesta de cumpleaños.
La valija está abierta en la sala: medias, poleras, pantalones, todo sucio. La prueba de haber estado ahí, donde por un rato –una semana, quince días, el tiempo que sea– la vida fue distinta. La prueba de que somos algo más de lo que somos la mayor parte del año. Debajo de la puerta hay cuentas que pagar y la luz de la casilla de mensajes titila. Suena el celular, la agenda marca dos reuniones para mañana. Chau vacaciones, hola rutina.
Selva, sierras, mar o desierto, más allá del paisaje, el viaje traza una arquitectura cotidiana nueva, espontánea. El mismo día de veinticuatro horas, durante las vacaciones se siente más largo o más corto, menos gris. Y nos pasan cosas: los viajes son fábricas de recuerdos.
Hace unos meses en el zoco de Marrakech, Marruecos, conocí a Hamri, un hombre de cejas enruladas y turbante. En su negocio colgaba una cabeza de antílope, plumas, colas y pieles de animales. Hamri deshacía encantamientos y podía curar el mal de ojo. Me acerqué a comprar azafrán y el tipo trajo un frasco grande lleno de hebras rojas. Lo destapó y salió una ráfaga mentolada, un olor tan concentrado y maravilloso que parecía que en cualquier momento surgiría un genio o un diablo. Hamri tomó una balanza dorada tamaño Lilliput y puso una moneda de diez centavos de dírham de un lado y un montoncito de azafrán del otro. Cuando los platos se equilibraron, me miró con gesto de aprobación. Después lo envolvió en una hoja de papel de diario y me entregó un cucurucho lleno de azafrán que hoy guardo en la alacena de las especias. Escondido, como se esconde algo valioso.
Experiencias para contar, para publicar en Facebook y en Twitter. Cruzar una frontera, trepar una montaña, hacer bungee jumping, nadar con delfines, compartir momentos con desconocidos, leer todo el día debajo de un sauce, el viaje suma aventuras y anécdotas para todo el año. Eso es lo que no se desarma con la valija: las vivencias quedan atrapadas en la red de la memoria.

¿Quién se llevó la playa?
¡Plop! En cada vuelta se explota una burbuja. ¿Y la playa, dónde está? Y ese cerro que tenía frente a mi ventana cuando despertaba, y el jugo de papaya del desayuno, y las charlas con los pies en la arena bajo el techo de palmas, ¿quién se los llevó?
Mientras arranca el lavarropas y se acomodan las cremas del neceser en el baño, uno va llegando. En gerundio, sí, porque se llega en varias instancias. Cuando aterriza el avión –o arriba el bus a la estación o entra el auto en el garaje–, al abrir la puerta de casa, cuando desarmamos la valija, durante el primer día de trabajo. El cuerpo llega inmediatamente, pero la cabeza va llegando de a poco.
Desde la psicología se habla del “síndrome post vacacional” y las revistas dan consejos sobre cómo volver al trabajo con una sonrisa. Recomiendan meditar, buscar un hobbie, salir a correr, tratar de disfrutar todo el año como si estuviéramos de vacaciones. Dicen que es mejor levantarse temprano para no correr el primer día, cambiar el recorrido al trabajo, mirar el paisaje urbano y dejarse por lo menos treinta minutos de tiempo libre. Pero aunque nos den diez consejos “infalibles” para reducir el impacto psicológico de la vuelta, ya lo sabemos: nada será lo mismo y durante algunos días extrañaremos la playa, las sierras, el campo o la selva.
Dijo Oscar Wilde que “para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la que no llevamos” y algo así se pone en juego en el viaje. La fantasía de que esa vida –desayuno de frutas, tarde de lecturas y paseos en pareo– es la que nos gustaría. Uno se imagina en la cabaña junto al mar viviendo de la pesca o montando un bed & breakfast en una villa turística frente a un lago del Sur. Donde todo puede cambiar. Donde se podría empezar de nuevo.
Por esos sueños y la burbuja rota, la valija puede traer cierta melancolía además de medias y pantalones para lavar. Por qué sorprenderse, si ya lo cantó Gardel. Volver es un tango.

El poder del souvenir

De chica, cuando se terminaban las vacaciones y el auto cargado arrancaba hacia la ciudad, me gustaba darme vuelta desde asiento de atrás para ver la última imagen del mar. Las olas rompían sobre las rocas, igual que siempre pero distinto porque era la última vez. En cinco cuadras más había una curva y desde ahí no lo volvería a ver. La última imagen del mar me servía de reserva hasta el próximo año. Como el agua que guardan los camellos.
Desde hace algún tiempo, al ejercicio de la última mirada le sumé el souvenir. Una calavera de México, una botellita con los colores de la arena del desierto de Marruecos, una chiva –bus tradicional– de Colombia, banderines budistas de la India, una cajita de música de París, un caracol de Mar del Plata. El souvenir no es una mera chuchería: cumple una función que se podría considerar mágica. De vuelta en el trabajo, ya inmersos en la rutina, nos va a regresar por un rato al paisaje de las vacaciones. Solo alcanzará con mirarlo, en algunos casos también tocarlo. El souvenir es un aliado para transitar la llegada. Pero no es infalible, claro.
Recuerdo esa vez que volví después de algunas semanas en la Patagonia. Abrí la puerta y sonó el teléfono. Era un amigo, hablamos un rato, preguntó cómo encontré mi casa. Mientras iba con el inalámbrico de la cama al living, le respondí que bien, que el piso tenía un poco de polvo y que las plantas necesitaban agua.
Cuando corté me quedé pensando en su pregunta. Miré hacia una esquina y enseguida encontré la ventana, el zócalo, la pared, el límite. Di vuelta la cabeza y me topé con la puerta de salida.
Luego de quince días en la Patagonia lejana, una tierra donde los límites no se ven y todos los paisajes describen el concepto de inmensidad, me pareció que la casa era mínima. Más allá de los metros, de la decoración, de la biblioteca y del balcón. Después de quince días en la Patagonia ventosa, rebelde, áspera y ancha, mi casa se veía insignificante. Y fui a dar una vuelta a la manzana.
Esa vez desarmé la valija unos días más tarde.

Publicado por Carolina Reymúndez | 19 de Febrero de 2016

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Helados y alfajores de yerba mate

La próxima vez que vaya a las Cataratas, me haré una escapada a La Aripuca para probar el helado de yerba mate, si es verano, o los alfajores, si viajo en invierno.

Hace unos días les pregunté a la gente de la Ruta de la Yerba Mate (RYM) dónde podía probar productos de yerba mate. Alejandro F. Gruber, el presidente, respondió enseguida con diez lugares para tener en cuenta. Aquí van:

1) Exquisitos helados y deliciosos alfajores de yerba mate en “La Aripuca”.

2) Podes probar un licor de yerba mate en el Hotel Amerian Portal del Iguazú, en La Aldea Lodge o en el Hotel Temático El Pueblito.

3) Encontrar una mesa de desayuno con mate cocido o pedir mate en el Amerian, La Aldea Lodge o El Pueblito.

4) Postres o platos salados con yerba mate en los hoteles señalados y en varios más..

5) Ricos pescados de río con salsa de yerba y postres como mousse de yerba mate y rapadura, cupcakes de yerba mate, tartas y otros increíbles postres en base a yerba con gran dosis en el restaurante Aqva de Puerto Iguazú.

6) Cruceros Iguazú ofrece navegaciones por los ríos Paraná e Iguazú en barco degustando mate, tereré, bebidas y tragos en base a yerba mate.

7) Los operadores Cuenca del Plata, Aguas Grandes, Caracol, Carolota Stockar y Hunt and Fish ofrecen paseos temáticos con yerba mate a bordo de las unidades de transportación turísticas, incluso se visitan aldeas guaraníes donde se enseña a tomar mate como lo hacían los guaraníes, el ceremonial religioso y los cánticos sobre la base de la yerba mate, que es el árbol que bendijo Tupá (Dios) como el fruto más importante de la creación de Dios para la Tierra Sin Mal.

8) En la mayoría de los hoteles de Iguazú encontrarás plantines de yerba mate en las mesas de los desayunadores, en lobby, restaurantes, así como todo el merchandising de la RYM en las áreas comerciales de los emprendimientos.

9) La Aldea Lodge, El Pueblito y el Amerian utilizan exclusivamente jabones y shampúes en base a yerba mate, hasta tiene un SPA DE YERBA MATE, siguiendo la tradición guaraní, corroborada científicamente que con la yerba se logran excelentes cremas hidratantes, tonificantes, exfoliantes, etc. Hasta bombitas fizz para los yacuzzi. Splash!

Publicado por Carolina Reymúndez | 17 de Octubre de 2015

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Mediodía de descubrimientos

Es raro pensar que en Bariloche, una de las principales ciudades turísticas de Argentina todavía haya lugares de fácil acceso, gratuitos y donde se pueda apreciar el bosque andino patagónico en toda su dimensión.

Después de varios días de lluvia, las cañas colihue, los radales y las retamas brillan más. Los quintrales están repletos de flores rojas y de las lengas culegan esos curiosos parásitos redondos llamados farolitos chinos.

El Sendero de los Arrayanes es una de las caminatas posibles dentro del Parque Municipal Llao Llao, un área protegida de poco más de mil hectáreas muy cerca del famoso hotel Llao Llao y rodeada por los lagos Nahuel Huapi y Moreno.

El sendero se desvía de la ruta del Circuito Chico. Una casa de informes anuncia el ingreso: son unos tres kilómetros de ida hasta el Lago Escondido, por un camino plano y con sorpresas, entre otras, un antiguo bosquecito de arrayanes de troncos gruesos, retorcidos, fríos y de color canela. Cada tanto es bueno levantar la cabeza para comprobar la altura de los coihues, que llegan a medir 45 metros y conforman el techo del bosque.

Suena el chucao, revolotea el comesebo celeste y, si es un día de suerte, se puede ver un pájaro carpintero gigante, de cresta roja, que picotea el tronco de un ciprés cordillerano. También habitan en esta zona protegida los huillines o lobitos de río patagónico, en peligro de extinción; monitos del monte y gatos huiña. Pero no verlos es buena noticia: mejor si no se acostumbran a la presencia humana. El sendero llega a una playita y finalmente, al Lago Escondido.

Otra caminata espectacular, algo más exigente sólo por lo empinada, es el ascenso al cerro Llao Llao, de 1.038 metros, el punto más elevado del parque. Se atraviesa el bosque que pronto queda abajo, atrás. Al subir entra más luz en el terreno y cambia la vegetación: aparecen los helechos y hay más colores.

Uno sabe que llegó a la cumbre por dos carteles. El primero es literal y dice: “Fin del sendero”. El segundo, algo exagerado, advierte: “cuidado, precipicio” y muestra una talla en madera de una gran roca en el filo y un hombre que cae en picada por el aire. A falta de los miradores que corresponden, el cartel es contundente.

Desde arriba, la naturaleza está abierta de par en par. Las vistas empiezan en el bosque, cruzan el cerro Campanario y terminan en el fondo del Brazo Blest del Nahuel Huapi, hacia un lado, y en las aguas calmas y azules del Brazo Tristeza, hacia el otro.

Dicen que dentro de poco el parque tendrá un centro de interpretación y nueva cartelería que atraerá más visitantes. Por ahora, es un paseo íntimo.

Publicado por Carolina Reymúndez | 3 de Septiembre de 2015

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Una tarde entera

El viaje de prensa rueda como una avalancha. No se fija en el clima ni en las ganas. Rueda y propone actividades que empiezan y terminan y empiezan y terminan. Hasta que se hace de noche y al otro día vuelven a empezar y a terminar. Hay paradas para comer. Comer es muy importante porque significa tener fuerzas para seguir, y probar la comida, que es cultura. Rueda el viaje, rueda como una pelota por la barranca. Hasta que en un momento la mano me crece y se hace inmensa, una súper mano que detiene la avalancha.

Entonces, me bajo y me siento en un banco.

¿Vamos a la isla?, ¿hacemos un paseo en bici?, ¿viste que hay spa?, ¿caminamos al centro?, ¡Allá están los caballos! El día está precioso y sólo nos quedan dos tardes, hay que aprovechar.

Nada. Sigo aquí en el banco. Es mi refugio, una isla.

No se preocupen en venir a ofrecer programas-planes-eventos. Voy a colgar el cartelito de “no molestar” acá en el banco. Me hace falta una tarde, por lo menos esta tarde entera para recobrar el deseo de pasear.

Publicado por Carolina Reymúndez | 3 de Septiembre de 2015

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