Apostillas de viaje a la manera de Georges Perec

Me acuerdo que en mi familia no tenía gracia irse de vacaciones a la playa. Explorar sí tenía gracia, entonces hacíamos larguísimos viajes en auto hasta la otra punta del país. Me acuerdo que nunca sabíamos dónde dormiríamos a la noche. Era llegar y buscar. Preguntar dónde había un hotel, ir hasta ahí, bajarse y preguntar si tenían dos habitaciones y cuál era el precio. Me acuerdo de noches en las que preguntamos más de seis veces hasta encontrar el que cumplía las condiciones de la triple B (bonito, barato, bien ubicado).

Me acuerdo que en esos viajes solía venir una abuela. Si era por Argentina venía la paterna, si era más lejos, la materna. Me acuerdo del asiento trasero del Peugeot 504 verde donde íbamos los tres hermanos más mi abuela, todos sin cinturón de seguridad porque en esa época no se usaba.

Me acuerdo de mi primer viaje en avión. Fue a Chile en un Boeing 747, un Jumbo. Nos sacamos una foto al pie de la escalerilla: mi hermana y yo con jardineros iguales, una rojo y la otra azul. Me acuerdo que todavía se fumaba en los aviones. Los fumadores se juntaban al fondo, cerca de los baños. En ese sector, las nubes eran de humo pero no me importaba porque me escabullía hasta acercarme a las ventanas con la mejor vista de la cordillera.

Me acuerdo que en 1978 cuando casi vamos a la guerra con Chile por la cuestión del Beagle mi papá tenía todo planeado para arrancarse a Uruguay. Le parecía una locura ir a la guerra con un país hermano. Al final no hubo guerra así que tampoco fuimos a Uruguay.

Me acuerdo que nos gustaba meternos por caminos polvorientos, hablar con la gente del lugar, descubrir cosas y sacar fotos con una Nikkormat.

Me acuerdo que cada vez que se cansaba de mí o de mis hermanos mi mamá nos decía: “No seas secante, tesorito”.

Me acuerdo de la noche en que mi primo cayó a cenar con su amigo abogado. De chica vivía en una casa donde la geografía y los viajes eran la materia más importante. Sabíamos porque estudiábamos y porque viajábamos. La noche que llegó mi primo con su amigo la conversación abrió con Chile, enseguida trepó a Perú y se detuvo en Machu Picchu y el Camino Inca. El amigo de mi primo participaba poco, creo que la geografía no le interesaba. Hasta que en un momento levantó la voz y afirmó que claro que él había hecho el Camino Inca y que lo que más recordaba eran los puestitos de panchos. ¿Puestitos de panchos? Le dijimos que eso era imposible. Como buen abogado, el amigo de mi primo no dio el brazo a torcer, aún rojo de vergüenza, aún descubierto, contaba lo ricos que eran los panchos en el Camino Inca.

Me acuerdo que en los viajes hacíamos picnics y me acuerdo que el elemento fundamental era una canasta de mimbre del Tigre que mi mamá se encargaba de llenar de contenido delicioso. Me acuerdo de esa canasta con mucho jamón crudo porque mi papá es médico y tenía un paciente que cada tanto le regalaba una pata de jamón que colgaba como un muerto en un cuartito al lado del lavadero.

Me acuerdo que en los viajes no podíamos decidir nada. Ni el horario de salida ni el plan del día. Ni siquiera qué comer. Los grandes decidían y no se podía ni chistar. Me acuerdo que a partir de los trece ya no quería seguir instrucciones. La rebelión era el mejor paisaje.

Me acuerdo que en los viajes necesitaba registrar. Llevaba una libreta y hacía un diario. También anotaba los nombres de los cuadros que más me gustaban de cada museo. Lo hacía con letra muy chica porque no quería que nadie leyera mi inventario.

Me acuerdo que una vez en Italia nos robaron. Fue rápido y bien planeado. Paramos en una estación de servicio y nos bajamos al baño. Mi abuela, que por aquella época tenía 80 años, se quedó esperando en el auto. Una mujer muy bella le tocó la ventanilla. Le señalaba una rueda del auto y gesticulaba como si estuviera pinchada. Mientras mi abuela miraba hacia la rueda dizque pinchada, por el otro lado abrían silenciosamente la puerta del acompañante y se llevaban el bolso de mano de mi mamá con los pasaportes de todos y bastante plata.

Me acuerdo que después del robo nos instalamos en un convento que recibía huéspedes y quedaba –y queda– en la Via Sistina 113. Me acuerdo que fueron diez días hasta que nos hicieron un “pasaporte consular” para poder volver al país.

Me acuerdo de cuando fuimos a Perú con otra familia. Éramos nueve y fue divertido a pesar de contratiempos por inundaciones y trenes que andaban mal. Me acuerdo que mi papá usaba un silbato de guarda de tren para reunirnos. Un día tuvimos que viajar en una camioneta doble cabina para ir de Puno a Juliaca y como no entrábamos, los dos “cabeza de familia” viajaron en la caja de la camioneta con chullos de lana de alpaca porque hacía frío. Iban parados, se sostenían de un barral. Me acuerdo que se reían a carcajadas. Tanto que parecía que iban a estallar de risa. Nunca supe de qué se reían y pocas veces volví a ver a mi papá reírse así.

Publicado por Carolina Reymúndez | 7 de diciembre de 2017

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