Transportes de Nepal
Maricel Orellana es una periodista chilena que aunque trabaja en “otra cosa”, no deja de escribir y tiene muy a mano el plan de “cambiar de vida”.
De su viaje a Nepal rescató para Viajes Libres las formas de transporte. Se movió en avión, micro, carreta, lomo de elefante, rickshaw y bote. Todo sirvió para conocer la tierra de las montañas más altas del mundo.

Para llegar a Katmandú tomé un vuelo en Delhi que tardó más de ocho horas y me dejó ese sabor a jengibre y cardamomo de la comida India.

Podría viajar dentro de Nepal en avión, pero perderme el recorrido de los viejos buses por esos estrechos caminos y peligrosas curvas sentada al lado de un nepalí, sería como mirar un templo de Shiva desde afuera.
Tomé cuatro polvorientos buses que me llevaron por diversos pueblos, buses que pueden tardar 10 horas, como el que me llevó de Lumbini a Pokhara, tiempo que incluye desayuno, almuerzo y paradas en un centenar de pueblos sin nombres que pueda entender. Comercio ambulante que ofrece pepinos con especias y frambuesas con azúcar.

Me bajé del autobus para esperar el jeep que me llevaría al resort, pero en vez de motor mi transporte tenía una larga cola y un cajón de madera donde me tocó subirme. No andaba en una carreta desde que tenía unos 12 años y ni siquiera recordaba el movimiento ondulante que produce la mezcla de dos ruedas y cuatro patas.

Siento un poco de vergüenza haber recorrido el Parque Nacional Chitwan a lomo de elefante junto. En ningún momento pude dejar de pensar que el animal sufría cada vez que el conductor golpeaba su cuerpo obligándolo a avanzar.
Pero lo hice igual, quizás animada porque el tour anunciaba que veríamos un tigre, que al final nunca apareció. En cambio, un par de chanchos, cinco gallinas y dos hipopótamos.

El sol quemaba y después de caminar dos kilómetros me informaron que para poder visitar el lugar exacto donde había nacido Buda, en Lumbini, tenía que comprar el ticket en la entrada. En ese instante se acercó este hombre y me ofreció llevarme en rickshaw por 150 rupias, unos 2 dólares (foto incluida). Y me fui con él.

Mi transporte favorito fue un bote en Pokhara, en el Lago Phewa con este pescador. Cuando me preguntó la edad no quise decirle que tenía 35, igual que él, que parecía unos cuantos más.
Esta mañana nublada recuerdo a un hombre que nunca fotografié. Lo único que me queda es la imagen que guardó mi memoria y que se modifica cada vez que la veo.






Hace algunos años que tengo el libro en la biblioteca. Pero lo descubrí este fin de semana, gracias a un colega de Chile que me animó a leerlo.
De los 100 empleados que trabajan en el ferry que cruza el Mediterráneo de Civitavechhia a Barcelona, unos 50 son filipinos. Richard Morales Reguera es camarero, de Manila. Como muchos, porta apellido pero no habla español.
“Pero por qué esta tendencia a buscar lo bello en lo oscuro sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? Hasta hace no mucho tampoco en Occidente conocían la electricidad, el gas o el petróleo pero, que yo sepa, nunca han
Sería injusta si llamase a esto souvenir, aunque me lo haya traído un amigo como recuerdo de su viaje.











