El camino de los sueños


Chinatown: pashminas, dumplings y “Lolex”

“¡Lolex, Lolex!”, les dice el chino a los que pasan a su lado. Está parado en la esquina de Baxter y Canal, la avenida principal del Chinatown de Manhattan. Después de unos segundos entiendo que los lólex son Rólex truchos que vende en una oficinita al final de un pasillo largo.

Pero pocos lo pescan. Lo que más salen son las pashminas con dibujos búlgaros (si, ¡volvieron los búlgaros!) de todos colores. También hay anteojos, joyas y mujeres en estado de desesperación porque ¡llegaron los nuevos modelos de Louis Vuitton, Prada y Gucci a veintipico de dólares!

Como todos los barrios chinos, éste también es ruidoso, suena en chino, tiene un templo, olor a ajo saltado y una excelente pescadería donde Daniel Franco, un filipino con el que conversé un rato, viene cada jueves a comprar cangrejos vivos (3 por 7 dólares), langostinos, calamares, anguilas y los mejores frutos de mar que se consiguen en la ciudad.

Los mangos, frutillas, cocos, uvas  cuestan la mitad que en Midtown y son más reales. Me refiero a que la fruta no se expone lustrada y brillante como si fuera un anillo de oro ni se vende por unidad, como en el Midtown. Aquí, la fruta parece fruta. Para ingredientes frescos, la mejor calle es Mott, una de las primeras tres que formaron el barrio chino a mediados de 1800 (las otras dos, Bayard y la cortísima, Pell).

El Chinatown de Manhattan tiene alma de pulpo: si bien las calles principales están al Sur de Canal y al este de Broadway, también hay negocios y restaurantes y supermercados en el vecino Lower East Side. Y Little Italy, que es tan pequeño que parece que pronto se lo comerán con palitos. Entre los residentes legales y los ilegales, el Chinatown conforma la comunidad más grande fuera de Asia.

Además del templo budista con su enorme Buda sentado en una flor de loto, se puede visitar la Iglesia de la Transfiguración, que es la iglesia de los inmigrantes, y donde celebran misa las colectividades irlandesa, italiana y también china (hay sermón en cantonés). El MOCA (Museo de los Chinos en América), que cuenta la historia de la inmigración china a través de videos, fotos y objetos. Actualmente está en proceso de expansión, a fin de año abrirá en 215 Centre St., casi en el SoHo.

Sobre Canal y Mulberry encontré un supermercado ideal para comprar especias, tes deliciosos, candys con paquetes súperpop. El subsuelo está repleto de cerámica china y, mejor aún, japonesa. Hay fuentes, bowls, tazas y también implementos para sushi.

Hablando de comida, en Chinatown hay más de 200 restaurantes. En muchos, se pueden pedir los famosos dumplings de cerdo o el pato laqueado. A propósito, algunos creen que aquí es donde terminan los patos del Central Park en invierno…


Sakura Matsuri, el festival de los cerezos

El viernes llovió todo el día en Nueva York, y la japonesa del restaurante donde almorcé me dijo que no fuera al festival del sábado. Que seguro que el viento y el agua tiraban todas las flores de los árboles, que haría frío, que estaría el jardín lleno de barro. Me dijo tantas veces que no fuera, que al final fui.

Llegué por la tarde, después de las nubes de la mañana y la garúa del mediodía. A la japonesa del restaurante le falto decirme que la fila para entrar era de una cuadra. Pero avanzaba rápido y enseguida estuve dentro de la nube rosa que es el Festival Matsuri Sakura, en el Brooklyn Botanical Garden.

En síntesis, este festival es un homenaje a los cerezos, una fiesta para celebrar el cambio de estación, una especie de canto a la primavera. Hanami es la palabra que describe la tradición de ver cada momento del florecimiento de los cerezos. Las primeras flores, las flores de la mañana, la de la tarde, la de la noche, cada una recibe un nombre. Hasta el acto de acercarse a ver el florecimiento de los cerezos tiene un nombre. Se llama hana-gari o sakura -gari.

Gari sinifica perseguir. Perseguir la emoción de ver las delicadas y frágiles flores de los cerezos. Perseguir la primavera. Porque los cerezos anuncian la primavera. Y tienen que ver con lo efímero: sus flores duran apenas dos semanas. El año pasado publiqué algo del Matsuri Sakura en Viajes Libres. Se puede leer aquí y ver un video espectacular hecho a partir de tres mil fotos digitales tomadas durante una semana en el jardín.

El Jardín Botánico de Brooklyn tiene 220 cerezos, parte de los dos mil que donó Japón a Estados Unidos a principios de siglo pasado.

Ayer en el festival estaban todos en flor: los de la explanada de los cerezos y los de la caminata de los cerezos  y los que rodean al lago.

En medio de esa nube rosa y del ambiente kawaii hubo performances, workshops de origami, tambores taiko, DJs ultra pop, exhibiciones de azaleas bonsai, tours guiados por el jardín y miles de japoneses lookeados para la ocasión, con pelucas rosas a tono con las flores de los cerezos, con kimonos y algunos también en versión punk, con un martillo de goma negra que les atravesaba la cabeza o con gotas de sangre dibujadas en las mejillas.

Hubo quienes durmieron siestas perfumadas de glicinas acostados sobre el césped acolchado como una alfombra, otros se dieron besos entre las flores -el evento era el marco perfecto para una cita romántica- y todos se sacaron fotos digitales. Muchos, incluso, aplicaron el truco de la lluvia de pétalos moviendo las ramas de los cerezos. Papel picado natural.

No se cuántos japoneses viven en Nueva York, pero ayer en el Matsuri Sakura había miles. Si no fuera por el aroma a hot dog que llegaba desde el gacebo de comida hubiera sentido que estaba en Japón. Por suerte los panchos se terminaron enseguida y la voz dulce de la J-pop star Ai Kawashima me llevó otra vez a Tokio.

Uno de estos días voy a volver al restaurante de la japonesa para contarle que el panorama negro al final fue rosa.


Noticias, temas y links

Alemania abrirá su primer hotel nudista

La ropa está prohibida en el Hotel Rosengarten, en Freudenstadt, un pueblo de la Selva Negra. Eso sí, según las normas del establecimiento, que abrirá sus puertas próximamente, todos los huéspedes deberán colocar toallas sobre las sillas antes de sentarse. El hotel, de 32 habitaciones, está en el suroeste del país, cerca de un parque nacional, por eso hay varias opciones de trekking en las cercanías. En esos casos, será posible usar ropa, pero en ningún recinto del hotel está permitida.
La Asociación Alemana de Nudismo, que este año celebra su 60 aniversario, cuenta con más de 40.000 miembros y es una de las más antiguas de Europa. Se fundó en en los años 20 y fue prohibida por los nazis que consideraban que el nudismo era inmoral. 

nudisthotel

 

 Semana Santa en Madrid

El Patronato de Turismo de Madrid propone treinta visitas guiadas que descubren desde la ciudad más aristocrática hasta las tabernas tradicionales o los secretos del parque del Retiro. Durante esta semana se agrega un circuito, el de las tradiciones de Semana Santa.
Hasta el 11 de abril, a las 18. Lugar de encuentro: Centro de Turismo de Madrid (Plaza Mayor 27). La tarifa por persona es 3,90 euros. Más información, aquí.

 

¡No más aleta de tiburón en los casamientos asiáticos!

En China, Taiwan y Singapur es costumbre y símbolo de status agasajar a los invitados a un casamiento con una deliciosa sopa de aleta de tiburón. Para que esta costumbre se mantenga muere un gran número de tiburones porque  la mayoría de las veces le sacan sólo la aleta y lo devuelven al mar. Pero, ya no puede nadar bien y muere. Unos días atrás, un novio con conciencia ecológica -y novia buzo- dijo basta. Se llama Han Songguang, es profesor de geografía y les propuso a los invitados a su boda un menú distinto: sopa de langosta. Para digerir mejor el cambio, en cada silla los invitados encontraron una postal de un tiburón muerto.  

 

 

Desayuno en Londres

Algunas personas se toman en serio eso de que el desayuno es la comida más importante del día. Este blog está escrito por fanáticos del desayuno, gente que adora la panceta crocante y porotos bien calientes, y odia las salchichas grasosas que salen del microondas y el pan que viene tostado de un solo lado. Gente como Malcom Eggs, un exigente de la primera comida del día. En el blog hay buenos datos de lugares para conocer en Londres, y ahora también en otras ciudades del mundo.

 


Noticias (y recuerdos sagrados) del Tíbet

En el Tíbet hay lagos sagrados, ríos sagrados, templos sagrados y un palacio sagrado. Quizás por eso, los recuerdos de un viaje al techo del mundo también se vuelven sagrados.

Esta foto la saqué en el cuarto día de mi viaje al Tíbet. Antes, imposible. No hubiera conseguido hacer foco: el dolor de cabeza por la altura era brutal.  Especialmente en Tingri, el primer pueblo al que uno llega cuando viene de Zhang mu, en la frontera con Nepal.

En Tingri tomé el primero -y único- té de manteca de yak, en una carpa oscura y llena de alfombras gastadas. Había una señora de edad infinita, bolsas de arpillera y varios niños con los cachetes colorados por el frío, empaquetados con ropa de lana.

Tingri está a más de cuatro mil metros de altura y mis recuerdos de allí son confusos y están atravesados por esa jaqueca. La carpa nómade, los primeros rostros mongoles, el té aceitoso y el Everest. En Tingri se logra la primera vista de la montaña más alta del mundo.

Volviendo a la foto, la tomé el cuarto día, a orillas de un lago turquesa que se llama Yamdro-tso. Es un lago sagrado, uno de los más grandes de la región, y los campos cercanos están sembrados con centeno, el cereal más utilizado en el Tíbet y el que lleva a cuestas.

En las tierras altas y lejanas del Tíbet, la gente siempre anda con algo a cuestas. Se trajina de una carpa a otra, de un pueblo a otro, de una ciudad a otra: comida, perros, yaks, niños, ropa y fotos del Dalai Lama.

Un día como hoy, hace cincuenta años, el Dalai Lama huía a caballo por las montañas más altas del mundo, después de la invasión China al Tíbet, su país. Desde el 30 de marzo de 1959, el líder espiritual y político del Tíbet, vive en la India y desde el exilio lucha pacíficamente por la autonomía del Tíbet.

Las noticias dicen que el Dalai Lama agradece a la India por 50 años de refugio y dicen que el sábado último fue feriado en China y hubo actos en los que se prometió aplastar cualquier intento de Independencia.

También dicen que desde el próximo fin de semana, el Tíbet será reabierto al turismo extranjero, después de un año de estar cerrado según el gobierno chino, por “razones de seguridad”.

Las negociaciones entre el gobierno chino y los tibetanos en el exilio no prosperan y es posible que la Región Autónoma del Tíbet se parezca cada día más a China. Pero seguro que todavía hay hendijas para asomarse a la cultura de este pueblo ancestral. Seguro que todavía se pueden lograr recuerdos sagrados.


Chaiwallah, el chico del té

Desde que volví de la India me las ingenio como puedo para recordarla. Con empeño y la fe de una invocación.

Visito restaurantes indios y uso hot masala cuando cocino. Hago yoga, escucho música india, tengo una calcomanía de Ganesh en la heladera y un tapiz de Jaiselmer en el escritorio. Leo libros, repito anécdotas viejas, escucho nuevas, veo películas, fumo bidis cuando alguien trae, uso ropa de algodón indio y cada tanto escribo un post. Hago todo esto como un ejercicio íntimo de lealtad, para no olvidarla. Hace doce años.

Hace unos días fui a ver Slumdog Millionaire, la película del Oscar. Para mí, “la película de la India”. No voy a escribir del film, ni de cómo costaba distinguir a la India en un drama marca Hollywood. Prefiero contar sobre mi reencuentro con una palabra que hace mucho que no escuchaba: chaiwallah.

Llegué a Nueva Delhi a mediados de octubre, un día de calor y después de un viaje largo. Hacía más de cuarenta grados. Del camino a la ciudad, recuerdo el cielo rosa del amanecer y una masa de gente y rickshaws y vacas sueltas y más gente al costado de la ruta y en la ruta, en las casas, en la calle. Gente en todos lados. El taxi se movía por los bazares a paso de hombre. Las ventanillas estaban abiertas y algunos me tocaban el brazo, me saludaban, me pedían, me miraban. Parecía que de un momento a otro, el auto se llenaría de gente, que entrarían los que no entraban en las calles. Había mendigos, mutilados, olor a verdura pasada y ruidos de bocinas y cascabeles. Al parecer, el taxista no había elegido el camino de las embajadas.

Los primeros días, el cuarto de hotel fue un refugio, un búnker, el lugar del que no quería salir. Hasta que probé el chai.

El chai es un té especiado que en la India se toma a cualquier hora, en el momento menos pensado,  en todo momento. En un bar, en la calle, arriba del tren, en la estación, en los monumentos. En la India siempre hay un chaiwallah cerca. Así le llaman al chico que vende o reparte chai.

Aunque acepta muchas recetas, en general, el chai tiene té, leche, azúcar, jengibre, pimienta, canela y cardamomo. Después probar tantos entendí que todos lo preparan diferente y que el gusto es similar. De alguna manera, el chai es un concentrado de la India: dulce y picante; suave y poderoso, permanece en el paladar un rato largo. Como un viaje a la India, que puede ser de dos meses y durar doce años, con tranquilidad.

El chai se sirve en un vaso pequeño, a la manera de un shot sagrado. Así lo sentí el primer día que lo tomé. Ese cariño en la garganta me ayudó a aceptar lo que veía, a dejar de preguntarme por qué y por qué, a comprender.

El chaiwallah reparte el té en una oficina, como hacía el sufrido Jamal en Slumdog Millionaire. Pero también hay chaiwallahs que andan por los trenes con una pava enorme y sirven pócimas sanadoras en todos los vagones y por pocas rupias, y otros que recorren las calles, como el hombre de la foto.

A veces pienso si no será mejor sacarme un pasaje a Nueva Deli. Basta de recuerdos, vuelvo de una vez, me digo. Pero en otros momentos, cuando disfruto de mi ejercicio íntimo, creo que esta vez el viaje va por caminos interiores.

El día de Slumdog Millionaire salí del cine alborotada. Con chaiwallah tenía algunos meses de recuerdos garantizados.


Gloria y tormento de las estrellas Michelin

Leo por ahí que el año próximo Tokio tendrá más restaurantes con estrellas Michelin que París.

En la edición asiática de la Guía Michelin 2009, que sale a la venta mañana en inglés y japonés, habrá 9 restaurantes con tres estrellas, 36 con dos y 128 con una. Tokio, una ciudad con más de 160.000 restaurantes, tendrá 227 restaurantes con estrellas, más del doble que París.

En el mundo de los mejores chefs, estas estrellas son una gloria y un tormento, un sueño y una pesadilla. Hubo hasta un caso de suicidio. Si, al parecer, el chef Bernard Loiseau se pegó un tiro cuando se enteró por un rumor que su famoso restaurante La Côte d’Or perdería una estrella, en 2003. Después no fue así, pero Loiseau nunca llegó a saberlo. Hoy, el restaurante lleva su nombre y todavía tiene tres estrellas Michelin. Pero lo atiende un chef nuevo.

En la rue Beaujolais y frente a los jardines del Palacio Real, el Grand Véfour es un símbolo de París y también un restaurante creado en 1784. Allí comieron, en diferentes épocas, Napoleón, Victor Hugo, Jean-Paul Sartre, la novelista Colette y otros grandes de la política, la literatura y las artes de Francia. Hoy, el paisaje arquitectónico del siglo XVIII y la cocina de Guy Martin conviven armoniosamente (80 euros el almuerzo y 200 la cena). Sin embargo, ni el peso de la historia ni los famosos ravioles de foi gras con emulsión de trufas que prepara el chef han sido suficientes para la tradicional y exigente Guía Michelin. El Véfour, que tenía 3 estrellas, este año perdió una. Y posiblemente Guy Martin ya haya comenzado su batalla personal para recuperarla.

Esta no es la primera vez que el Grand Véfour pierde una estrella. Cuando Guy Martin tomó a su cargo la cocina del restaurante, en 1991, hacía tiempo que tenía dos. Y en 2000, Martin conquistó la tercera estrella Michelin. Como si una tempestad hubiera arrasado con todo lo construido, tiene que volver a empezar.

Algo así le pasó a Jean André Charial, un chef francés que aprendió y trabajó con su abuelo, el famoso Raymond Thuilier, en el restaurante L’Ostau de Baumaniere, en los alrededores de St. Rémy de Provence. Cuando murió el abuelo, que era el chef del restaurante, el lugar perdió automáticamente dos estrellas. Y él dedicó su vida a tratar de recuperarlas. Ya ha recuperado una y posiblemente duerma mejor en las noches. Pero todavía le falta otra. Y Charial lo sabe.

Volviendo a Tokio, este año es el segundo que la Guía Michelin edita una versión de los restaurantes de la ciudad. La primera edición fue de 30.000 ejemplares y se agotó en un par de días. Pero hasta el año pasado, la guía no se había metido en Asia en sus 108 años de historia. Según Michelin se eligió a Tokyo porque la ciudad, de unos 30 millones de habitantes, tiene uno de los mercados de restaurantes más grandes y sofisticados del mundo.

Los japoneses dieron las gracias por la atención y el reconocimiento. Pero también cuestionaron a la incuestionable Guía Michelin. En distintas entrevistas, algunos de los chefs más destacados de Tokio expresaron frases como éstas: “La comida japonesa fue creada aquí y sólo los japoneses la conocen”, “Cómo es posible que un grupo de extranjeros nos muestre y nos diga qué está bien y qué está mal”.

La polémica sigue. Mientras tanto, las guías se venden, los turistas las toman como referencia y los chefs se desvelan por conseguir estrellas. O al menos por no perder su cosecha.


Una diseñadora suelta en Tokio

 “Tokio es kawaii”, me dice Valeria Pesqueira, una diseñadora argentina con marca propia en crecimiento. Como otros once argentinos, Pesqueira fue seleccionada para exponer en Rooms, una una feria internacional de moda en Tokio con más de 400 diseñadores. Hace unos días que volvió. Y volvió contenta: consiguió clientes nuevos, alucinó con Japón y se compró un vestido de la diseñadora Tsumori Chisato.
Antes de escuchar sus impresiones del viaje, le pregunto qué significa kawaii. Y me cuenta: “En Japón se dice kawaii cuando algo es bonito, tierno, cute. Hello Kitty es kawaii.

Me interesa el concepto kawaii, así que después de la entrevista, leo algo sobre el tema. También son kawaii esos animales, que a veces son un gato o un conejo y otras, una mascota indescifrable que en general tiene diseño sintético, redondeado, con brazos y patas cortos y colores pastel. Nunca tienen cuello, y boca y orejas, sólo a veces. Como los otros personajes de la marca Sanrio –creadora de Hello Kitty– y algunos viejos héroes del animé (Totoro, Doraemon). La esencia de los íconos kawaii es tierna, lenta, dulce, amigable y tiene obvios recuerdos de la infancia. Un antropólogo de la Universidad de Boston comentó al respecto: “La infancia en Japón es una época en la que hay indulgencias de todo tipo, de tu madre sobre todo, pero también de la sociedad”.

Al parecer, el término kawaii es muy popular en Japón. Según una conocida revista japonesa para teens, es la palabra más usada y querida en el Japón de hoy. Al parecer, surgió como una respuesta al horror de la Segunda Guerra Mundial. Si hubiera que representarla tendría la forma de mascotas tiernas, flores simples, colores suaves. Es usada por  niños, jóvenes y adultos. Las señales de tránsito pueden ser kawaii o el avión de JAL pintado con un Pikachu gigante.

“Lo más kawaii que encontré en Tokio fue un conejito con casco de obrero que marcaba que esa zona de la calle estaba en reparación. Y después había una tapia de madera con un dibujo casi infantil de cómo quedaría el futuro parque”, me cuenta Pesqueira mientras me muestra en su computadora fotos de ositos de peluche fucsias con nariz negra.
Ese desvío estaba cerca de Shibuya, uno de los barrios más poblados, una zona comercial y con varios karaokes y, también, uno de los cruces más transitados del mundo (los peatones pueden cruzar en las 4 direcciones). Es la esquina que se ve en Perdidos en Tokio. Varias veces, mientras caminaba por la ciudad se acordó de la película. Pero dice que no se perdió.
El grupo de los diseñadores argentinos se alojó en un hotel céntrico –pagaban 120 dólares-, pero ella no. Tenía una amiga y se quedó en su casa -inolvidables los huevos revueltos con salmón rosado que preparaba su madre en las mañanas- que al final resultó la casa soñada en Hamadayama, un barrio a 20 minutos de la estación central, donde el día transcurre a otro ritmo, más tranquilo. Cuenta la diseñadora que no todas las estaciones de metro tenían el nombre en inglés, entonces, por las dudas le sacó una foto a la suya y siempre la llevaba a mano, para no pasarse.

Pesqueira sacó más de 600 fotos y después de verlas todas diría que más del 40% eran detalles de packagings, estampas, pachinkos (tragamonedas japoneses) y estética kawaii. En el viaje, notó la gran diferencia que hacen los habitantes de la ciudad entre lo privado y lo público. “Cuando llegás a una casa, te sacás los zapatos y te lavás las manos. Después de Tokio me fui a New York y me pareció sucio”.

Otros barrios que visitó en Tokio fueron Shimokitazawa, a unos 15 miniutos del centro, con tiendas de diseñadores jóvenes y opciones no demasiado caras; Harajuku, un barrio para teens, donde la tribu de otakus (fanáticos del animé) y las colegialas con sus uniformes extracortos van a comprarse pavaditas kawaii y a comer al paso, Roppongi, la zona donde están los malls (“tipo el Midtown”) y Omotesando, la calle elegida por las marcas de súper lujo y el shopping Omotesando Hills. Le encantó el diseño de Viñoly del Forum de Tokio y la Yokohama Trianale no la sorprendió especialmente. No fue a Akihabara, el distrito donde se vende la electrónica, pero sí pasó por Tokyu HandsMuji y Loft, para muchos las tiendas más cool del planeta.

Qué le llamó la atención de Tokio: los libros de moda para mascotas, la cantidad de bicis, que toman mucho sake y cerveza, que a las 12 de la noche termina el transporte público y termina el día, la conciencia ecológica -los compradores que se acercaban a su stand querían comprar green, es decir, sin procesos que dañen el medio ambiente-, la comida de plástico prolijamente pintada que se exhibe en las vidrieras de los restaurantes, los bares en edificios, los templos budistas y shintuístas plantados en medio del caos, el buen diseño que se encuentra en las tiendas de los museos, que el subte sea un lugar pintado con colores y alegría, la dieta con mucha verdura y pescado, y que los precios no sean tan altos como le habían contado. Los japoneses le resultaron respetuosos, muy serviciales y también esquivos. “Si uno se acerca, lo más probable es que ellos retrocedan”, dijo Pesqueira.

Una mañana de sol, Valeria Pesqueira se fue se fue a Kyoto en tren bala -le costó unos 130 dólares y tardó 3 horas-. Allá paseo por la promenade a orillas del río, visitó el templo del agua rodeado de naturaleza, vio geishas con kimonos antiguos y tuvo calor. Cuenta que la gente usaba viseras enormes y abanicos que se regalaban por la calle. Esa noche en Kyoto durmió en un hotel cápsula y no se sintió encerrada.

El viaje terminó después de diez días de estímulos y diseño. De Narita no vino directo a Argentina, pasó antes por Nueva York. Y dice que por primera vez no le impactó tanto.


Peor que una piedra en el zapato

Hoy leí un proverbio turco que me gustó: Si tus zapatos son apretados, qué importa que el mundo sea inmenso.

No pude evitar acordarme de las mujeres chinas de pies de loto. Ya no deben quedar muchas. Si es que queda alguna tendrá cerca de cien años.

Pero en algún momento del antiguo imperio chino, las mujeres con pies de muñeca eran parte de la tradición, una costumbre que tenía que ver con una concepción de la belleza femenina y el erotismo originada en el siglo X, cuando un emperador se enamoró de una bailarina que envolvía sus pequeños pies en seda cuando bailaba. 

Algunas mujeres imitaron a la nueva concubina y de repente deformarse los pies hasta volverlos mínimos era una práctica común. Llegó a haber millones de mujeres en China con los pies deformados.

A la temprana edad de cinco o seis años, a muchas niñas comenzaban a vendarles los pies hasta deformarlos. Antes les fracturaban todos los dedos menos el pulgar, y los doblaban hacia adentro. Este proceso era tan cruel y doloroso que según los estudios moría una de cada diez niñas en el intento de tener pies diminutos.

El detalle se transformó en un fetiche sexual para algunos hombres y la costumbre siguió hasta hace no mucho. Hasta había manuales de sexo que explicaban qué movimientos de los pequeños pies causaban más placer.

El sumum del deseo era cuando los pies eran  “loto dorado”, es decir cuando medían apenas siete centímetros, y además eran delgados, puntiagudos, arqueados perfumandos, suaves y simétricos.

Estas mujeres eran casi secretas. Como apenas podían caminar con sus pies de diez o doce centímetros, no se las veía en la calle. Eran muejeres de puertas adentro.

En 1911, el vendaje de pies fue prohibido en China, pero la costumbre continuó a escondidas durante mucho tiempo, sobre todo en áreas rurales.

Mujeres de pies de loto ya casi no quedan, pero Fan Jianchuan se encargó de que no falten zapatos. Desde el año pasado se exponen 5000 pares de zapatos en el flamante Museo de Chengdú, en el sudoeste del país. Se pasó 20 años coleccionándolos y según declaró ha gastado 130.000 dólares en comprarlos.

“Por suerte, la era de los pies vendados ha terminado”, declaró Fan Jianchuan el año pasado cuando inauguró el museo. En la inauguración había tres mujeres con los pies diminutos. Una de ellas, de 103 años, dijo: “Nosotras no queríamos que nos deformaran los pies, pero no teníamos alternativa”.

Volviendo al proverbio turco, en el mundo de los viajes no hay nada mejor que unos zapatos cómodos, ¿no?


Mitos y realidades del turismo submarino

Este mes la revista de viajes Travesías cumple 7 años y lo celebra con una edición especial sobre el turismo del futuro. Hay notas sobre los viajes al espacio, las últimas catedrales del vino y más.

Para este número me encargaron una historia sobre el turismo submarino: lo que hay y lo que vendrá. Entonces, me puse el snorkel y las patas de rana y me sumergí en la Web a ver qué me encontraba.

Al principio estaba entusiasmada. Había varias menciones al turismo subacuático y noticias de proyectos millonarios bajo el mar. Leí sobre un mega hotel en Dubai y otro en Turquía y uno más en Fidji. Daba la impresión de que el futuro del turismo pasaba por el fondo del mar. Pero eso fue sólo durante la primera fase.

Después de un rato de navegar más profundamente, veo que la mayoría del turismo subacuático no pasa de un anuncio. Las páginas de Internet de algunos hoteles en el fondo del mar están muy bien diseñadas y se repiten en sitios y blogs, siempre con la misma información. Las páginas muestran renders de los cuartos, con un jardín de corales en la puerta. Hasta es posible que salgan tentadoras burbujas. Pero no hay contactos ni teléfonos ni coordenadas para ver el estado actual de los proyectos. Como si fueran burbujas de ciencia ficción que en cualquier momento se pinchan y no queda nada.

Encontré novedades. La que más me interesó fue el transporte en el fondo del mar, los submarinos personales, que se presentan como el último hit del turismo submarino, que por supuesto es una modalidad sólo para unos pocos. Y sí, el nombre que más se usa para los submarinos es Nautilus, como ese gigante autosufciente que describió Julio Verne en “20.000 leguas de viaje submarino“.

También hay algunos restaurantes donde hoy es posible comer bajo el agua. Tienen paredes acrílicas por donde pasan rayas, como en el restaurante Ithaa del Hilton de Maldivas o jureles plateados e inquietos, como en el Oceanográfico de Valencia.

Lo cierto es que para dormir abajo del agua, la única posibilidad concreta hoy es la misma que hace 20 años: el viejo submarino Jules, que está hundido en Cayo Largo, Florida, y tiene una decoración retrofuturista y recibe a dos parejas por noche. Más sobre el turismo submarino, aquí.




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