La maravillosa levedad de las apsaras

Las apsaras ablandan la piedra. Por eso me gustan. Las elegancia de sus gestos, cómo quiebran la cadera, la sonrisa serena y una actitud leve, propia del cuerpo en el agua. Se mueven todo el tiempo, aunque están quietas desde el siglo XII.

Las conocí una mañana en Angkor Wat, Camboya. Recorría templos devorados por la selva y colonizados por monos de cola larga cuando me llamó la atención un friso con cinco mujeres llenas de gracia.

Bailaban con cada centímetro de su cuerpo inmóvil. Tenían collares gruesos, brazaletes, aros, corona y nada de ropa.

Son ninfas celestiales, me dijo un chico que practicaba para guía. Eso quiere decir apsara en sánscrito. Representan el espíritu de las nubes y de las aguas en las mitologías budista e hindú. Eran las hermosas esposas de los músicos de la corte de Indra, el rey de los dioses en la mitología hindú. Y danzaban para seducir y entretener a hombres y a dioses. Se las asocia con ritos de fertilidad y con la inspiración.

También están en los templos eróticos de Kajuraho, India, y en Borobudur, en Indonesia. Pero las de Angkor son espectaculares. Le dan vida a palacios muertos. No sólo las cinco que vi bailar esa mañana, hay más de 1700 asparas en Angkor. Cuántas compañías de danza metidas en la misma selva húmeda.


Tres diarios

Hace algunos años que tengo el libro en la biblioteca. Pero lo descubrí este fin de semana, gracias a un colega de Chile que me animó a leerlo.

Conozco a Pancho Mouat por el Empampado Riquelme, la historia increíble historia de un hombre que se perdió en el desierto de Atacama, se empampó y durante más de 40 años no se supo de él.

También supe que hace poco, Mouat lanzó su nuevo sello independiente, Lolita Editores, que este mes presenta varias novedades entre ellas la reedición de Equipaje de mano, de Juan Pablo Meneses.

En Tres viajes el autor rescata tres diarios de viaje escritos por tres personas amigas que en diferentes momentos de su vida llevaron una agenda de vida.

El primero es el diario de José Luis López Zubero, un oftalmólogo español que en 1967 fue voluntario en Vietnam y durante los dos meses que estuvo allí hizo curaciones, operó, nadó, escuchó bombas, vio lo mejor y lo peor del ser humano, caminó entre amaneceres brumosos, fue a fiestas Hibye (de bienvenida y despedida, constantes en la guerra) lloró y escribió.

Sábado 17 de junio
Me voy caminando un kilómetro a desayunar, en la bruma del amanecer. Paso a través del mercado con sus bicicletas y escucho la propaganda de los altavoces. El teniente chulín, que se cree alguien siempre con su rifle, me lleva después al hospital. Hago dos cataratas y una reconstrucción de párpado. Veo a una niña de 13 años que parece de 5. Después vamos a comer y a nadar dos horas. Los pilotos de los helicópteros comentan sus muertes y la suciedad del país, todos con bronceadores, gualetas y colchonetas de agua. Hay unos “esclavos” arreglando una lavandería para las monjas. Volvemos. Leo Qué verde era mi valle. Lloro. Pienso en mi madre y en el pasado. Aquí  en Vietnam veo todo más objetivamente. Sin teléfono, sin televisión. Sólo las bombas de lejos me recuerdan que la muerte está cerca. Veo Lord Jim de nuevo: “Lo que importa no es lo que haces, sino por qué lo haces”.

El segundo diario lo firma Fernando Plazuelos y fue escrito en 1987, con veintipocos años, cuando se aventuró a los mares del sur soñando con hacerse millonario durante la fiebre del loco. En vez de eso, aprendió a hacer pan, comió erizos hasta cansarse, naufragó frente a la costa y escribió un diario de viaje que después guardó en una caja de zapatos durante casi veinte años.

Lunes 11 de mayo
Llovió durante casi todo el día. Las discusiones van in crescendo y es natural, dada la gran espera y lo cerca que estamos del levantamiento de la veda. En esta ocasión la descarga de energía acumulada apunto al Chico Rigo, por su apozamiento individual en los roqueríos adyacentes a nuestro campamento. Creo que ha sido el día en que he comido más erizos en toda mi vida. Comencé en la mañana y aún acostándome tuve que regalar un plato lleno, porque no podía más.

Con Teodoro Perico fuimos a buscar luma a un bosque distante y muy hermoso.

El último diario es una breve agenda de Dolores Ezcurra, una mujer enferma de cáncer que debe criar sola a sus dos hijos y sabe que va a morir.

Sábado 25 de febrero
Dolores en la espalda y en el pecho. Flemas. Respiración. Dilatación de tragada. Puntadas.

Además de la selección y edición de los diarios, Mouat hace pequeñas entrevistas con los autores de los diarios. Y en el caso de Dolores, transcribe viejas cartas que ella le escribió durante años de amistad. Un libro donde el autor más que escribir, selecciona, edita, transcribe, muestra, comparte. Un libro y un acto de generosidad.


Embarcado

De los 100 empleados que trabajan en el ferry que cruza el Mediterráneo de Civitavechhia a Barcelona, unos 50 son filipinos. Richard Morales Reguera es camarero, de Manila. Como muchos, porta apellido pero no habla español.

Hace 5 meses que está embarcado. Levantó mi plato en el alumerzo y en la cena, intercambiamos algunas palabras y le saqué esta foto.

Antes de llegar al puerto de Barcelona nos volvimos a cruzar. Esperaba cerca del ascensor, para ayudar a algún pasajero a llevar su valija y ganarse una propina. Todos bajábamos y él se quedaba. Nosotros a tierra firme; él, al mar. En 6 meses casi no baja del barco. Quizás, una tarde o una noche, cada tanto, en algún puerto. A veces, tiene mareo de tierra.

Antes de despedirnos me pidió que le mandara su foto y dijo: “Ahora ustedes se bajan y nosotros preparamos la cena para los pasajeros que suben en un rato, y al día siguiente les damos el almuerzo. Después ellos también se bajan y suben otros, y otra vez la cena y el almuerzo, y así durante seis meses. Da lo mismo el puerto, nosotros estamos embarcados”.

Cuando termina el largo período de vida suspendida vuelve a su casa, en Manila. -¿Conocés Manila?, preguntó mientras cargaba mi valija. Le respondí que no, que me encantaría. Y siguió: “Eso sí que es hermoso. Ahí la arena es blanca y finita y el mar es muy azul”.

Las últimas palabras tuvieron un marco de fondo: el ferry enorme y atrás el mar… muy azul.

Las palabras son las mismas, pero él las pronunció con tanto amor por su tierra que por un segundo el Mediterráneo pareció gris y el Mar del Sur de la China, azul único. El más azul entre los azules.


Día de esplendor


Splendor in the grass, de Pink Martini. (Y si gozan del espíritu navideño, Joy to de world)


Elogio de la sombra, por Junichiro Tanizaki

“Pero por qué esta tendencia a buscar lo bello en lo oscuro sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? Hasta hace no mucho tampoco en Occidente conocían la electricidad, el gas o el petróleo pero, que yo sepa, nunca han
experimentado la tentación de disfrutar con la sombra; desde siempre, los espectros japoneses han carecido de pies; los espectros de Occidente tienen pies, pero en cambio todo su cuerpo, al parecer, es translúcido. Aunque sólo sea por estos detalles, resulta evidente que nuestra propia imaginación se mueve entre tinieblas negras como la laca, mientras que los occidentales atribuyen incluso a sus espectros la limpidez del cristal.

Los colores que a nosotros nos gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombra: los colores que ellos prefieren condensan en sí todos los rayos del sol. Nosotros apreciamos la pátina sobre la plata y el cobre; ellos la consideran sucia y antihigiénica, y no están contentos hasta que el metal brilla a fuerza de frotarlo.

En sus viviendas evitan cuanto pueden los recovecos y blanquean techo y paredes. Incluso cuando diseñan sus jardines, donde nosotros colocaríamos bosquecillos umbríos, ellos despliegan amplias extensiones de césped.

¿Cuál puede ser el origen de una diferencia tan radical en los gustos? Mirándolo bien, como los orientales intentamos adaptarnos a los límites que nos son impuestos, siempre nos hemos conformado con nuestra condición presente; no experimentamos, por lo tanto, ninguna repulsión hacia lo oscuro; nos resignamos a ello como a algo inevitable: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!, es más, nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza muy particular.

En cambio los occidentales, siempre al acecho del progreso, se agitan sin cesar persiguiendo una condición mejor a la actual. Buscan siempre más claridad y se las han arreglado para pasar de la vela a la lámpara de petróleo, del petróleo a la luz de gas, del gas a la luz eléctrica, hasta acabar con el menor resquicio, con el último refugio de la sombra.”

Elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki.

Foto: Yumi Kori, House of shadows.


El cuaderno nepalí

Sería injusta si llamase a esto souvenir, aunque me lo haya traído un amigo como recuerdo de su viaje.

Es un cuaderno hecho a mano en Nepal, con muchas, muchísimas, hojas. No las conté, pero pesa tanto como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, el librote de Murakami que por fin terminé.

No digo que es un cuaderno boutique porque el término me saturó. Sí digo que es un objeto precioso. Las hojas son de papel chiffon, hecho a base de puro algodón. Parece un lienzo. No se extrañen si en breve cuento que empecé a pintar.

Las cubiertas son de un papel llamado lokta, que se logra a partir de la pulpa de una planta de la familia del laurel llamada Daphne Papyracea, que crece en las alturas nepalíes. En la región del Himalaya se hace papel desde hace más de mil años, y leo por ahí que esta variedad se utilizaba antiguamente en Nepal, Bután y el Tíbet para contener los manuscritos religiosos. Cada vez tento menos ganas de usarlo. Ay.

Además, claro, fue realizado según las normas del comercio ético. ¿Que dónde lo compró? En París, en la boutique del Pompidou. Cuanto le costó no sé, pero imagino que más o menos lo mismo que el libro gordo de Murakami. Una cuestión de peso, quizás.

Mientras lo miro de frente y de perfil, cuando recorro la textura rugosa y deshilachada de los cantos, descubro con cierto pesar que mi nuevo cuaderno nepalí tiene por lo menos dos problemas.

El primero es estético: tres líneas con esa letra que tengo, peor que la de un médico de guardia bastarán para arruinarlo en minutos. El segundo problema es más grave: de repente me dieron tantas ganas de volver a Katmandú. Namaste.


Japonerías personales

Aquí el ojo trabaja mucho y sin pausa. No queda nada más para los sesos. Todo lo que respecta al dominio gráfico, los japoneses podrían hacerlo de maravillas, casi durmiendo. Pero no podrían explicárselo. Nicolas Bouvier.

En la Feria de Libros de Fotos de Autor vi muchos trabajos originales, bellos, tristes, divertidos, misteriosos, estimulantes.

Me gustaría destacar Japon (ia), de Sophie Spandonis. Es un libro de imágenes y palabras, resultado de varios viajes a Japón que permiten a la autora mostrar, contar y reflexionar sobre la cultura japonesa. Para establecer una distancia y abrir una ventana a la imaginación, el libro no se llama Japón sino Japon (ia), y es un muestrario de costumbres, sorpresas, ritos, japonianos, japonidades y japonerías. En la foto, tomada por Sophie Spandonis, se ven cadenas de tsurus (grullas).

- ¿Has visto el Fuji?
- No, el Fuji nunca es visible; el Fuji no existe, es una invención de los poetas del Manyôshu, con la complicidad de la Japan National Tourist Organization.
Jaques Roubaud.

(Para G. D. que hoy cumple años en Tokio, y por estos días descubre su propia Japonia. Kanpaï!)


El camino de los sueños


Chinatown: pashminas, dumplings y “Lolex”

“¡Lolex, Lolex!”, les dice el chino a los que pasan a su lado. Está parado en la esquina de Baxter y Canal, la avenida principal del Chinatown de Manhattan. Después de unos segundos entiendo que los lólex son Rólex truchos que vende en una oficinita al final de un pasillo largo.

Pero pocos lo pescan. Lo que más salen son las pashminas con dibujos búlgaros (si, ¡volvieron los búlgaros!) de todos colores. También hay anteojos, joyas y mujeres en estado de desesperación porque ¡llegaron los nuevos modelos de Louis Vuitton, Prada y Gucci a veintipico de dólares!

Como todos los barrios chinos, éste también es ruidoso, suena en chino, tiene un templo, olor a ajo saltado y una excelente pescadería donde Daniel Franco, un filipino con el que conversé un rato, viene cada jueves a comprar cangrejos vivos (3 por 7 dólares), langostinos, calamares, anguilas y los mejores frutos de mar que se consiguen en la ciudad.

Los mangos, frutillas, cocos, uvas  cuestan la mitad que en Midtown y son más reales. Me refiero a que la fruta no se expone lustrada y brillante como si fuera un anillo de oro ni se vende por unidad, como en el Midtown. Aquí, la fruta parece fruta. Para ingredientes frescos, la mejor calle es Mott, una de las primeras tres que formaron el barrio chino a mediados de 1800 (las otras dos, Bayard y la cortísima, Pell).

El Chinatown de Manhattan tiene alma de pulpo: si bien las calles principales están al Sur de Canal y al este de Broadway, también hay negocios y restaurantes y supermercados en el vecino Lower East Side. Y Little Italy, que es tan pequeño que parece que pronto se lo comerán con palitos. Entre los residentes legales y los ilegales, el Chinatown conforma la comunidad más grande fuera de Asia.

Además del templo budista con su enorme Buda sentado en una flor de loto, se puede visitar la Iglesia de la Transfiguración, que es la iglesia de los inmigrantes, y donde celebran misa las colectividades irlandesa, italiana y también china (hay sermón en cantonés). El MOCA (Museo de los Chinos en América), que cuenta la historia de la inmigración china a través de videos, fotos y objetos. Actualmente está en proceso de expansión, a fin de año abrirá en 215 Centre St., casi en el SoHo.

Sobre Canal y Mulberry encontré un supermercado ideal para comprar especias, tes deliciosos, candys con paquetes súperpop. El subsuelo está repleto de cerámica china y, mejor aún, japonesa. Hay fuentes, bowls, tazas y también implementos para sushi.

Hablando de comida, en Chinatown hay más de 200 restaurantes. En muchos, se pueden pedir los famosos dumplings de cerdo o el pato laqueado. A propósito, algunos creen que aquí es donde terminan los patos del Central Park en invierno…


Sakura Matsuri, el festival de los cerezos

El viernes llovió todo el día en Nueva York, y la japonesa del restaurante donde almorcé me dijo que no fuera al festival del sábado. Que seguro que el viento y el agua tiraban todas las flores de los árboles, que haría frío, que estaría el jardín lleno de barro. Me dijo tantas veces que no fuera, que al final fui.

Llegué por la tarde, después de las nubes de la mañana y la garúa del mediodía. A la japonesa del restaurante le falto decirme que la fila para entrar era de una cuadra. Pero avanzaba rápido y enseguida estuve dentro de la nube rosa que es el Festival Matsuri Sakura, en el Brooklyn Botanical Garden.

En síntesis, este festival es un homenaje a los cerezos, una fiesta para celebrar el cambio de estación, una especie de canto a la primavera. Hanami es la palabra que describe la tradición de ver cada momento del florecimiento de los cerezos. Las primeras flores, las flores de la mañana, la de la tarde, la de la noche, cada una recibe un nombre. Hasta el acto de acercarse a ver el florecimiento de los cerezos tiene un nombre. Se llama hana-gari o sakura -gari.

Gari sinifica perseguir. Perseguir la emoción de ver las delicadas y frágiles flores de los cerezos. Perseguir la primavera. Porque los cerezos anuncian la primavera. Y tienen que ver con lo efímero: sus flores duran apenas dos semanas. El año pasado publiqué algo del Matsuri Sakura en Viajes Libres. Se puede leer aquí y ver un video espectacular hecho a partir de tres mil fotos digitales tomadas durante una semana en el jardín.

El Jardín Botánico de Brooklyn tiene 220 cerezos, parte de los dos mil que donó Japón a Estados Unidos a principios de siglo pasado.

Ayer en el festival estaban todos en flor: los de la explanada de los cerezos y los de la caminata de los cerezos  y los que rodean al lago.

En medio de esa nube rosa y del ambiente kawaii hubo performances, workshops de origami, tambores taiko, DJs ultra pop, exhibiciones de azaleas bonsai, tours guiados por el jardín y miles de japoneses lookeados para la ocasión, con pelucas rosas a tono con las flores de los cerezos, con kimonos y algunos también en versión punk, con un martillo de goma negra que les atravesaba la cabeza o con gotas de sangre dibujadas en las mejillas.

Hubo quienes durmieron siestas perfumadas de glicinas acostados sobre el césped acolchado como una alfombra, otros se dieron besos entre las flores -el evento era el marco perfecto para una cita romántica- y todos se sacaron fotos digitales. Muchos, incluso, aplicaron el truco de la lluvia de pétalos moviendo las ramas de los cerezos. Papel picado natural.

No se cuántos japoneses viven en Nueva York, pero ayer en el Matsuri Sakura había miles. Si no fuera por el aroma a hot dog que llegaba desde el gacebo de comida hubiera sentido que estaba en Japón. Por suerte los panchos se terminaron enseguida y la voz dulce de la J-pop star Ai Kawashima me llevó otra vez a Tokio.

Uno de estos días voy a volver al restaurante de la japonesa para contarle que el panorama negro al final fue rosa.




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