Los cazadores cazados en el Louvre

venus1.jpgLas anécdotas de viaje son un tesoro, pero para muchos son un poroto al lado de las fotos de viaje, la prueba irrefutable de que uno estuvo ahí.

Con ustedes, Los cazadores cazados, una anécdota de Leandro Laffan, gran lector, asiduo viajero y ex alumno de mi curso de Periodismo Turístico, que escribió sobre su primera visita al Louvre.

Era la primera vez en París y una de mis primeras visitas fue el Louvre. Lo que vi allí es único, casi tanto como el comportamiento de algunos visitantes que necesitan demostrar que estuvieron ahí. Las palabras no alcanzan, hay que tener una foto. Si está bien sacada mejor. Si sale cortada, borrosa, oscura, también sirve. Hace falta un registro del cazador del siglo XXI con su trofeo de caza.
No está prohibido tomar fotografías de las obras de arte, pero sí sacarles con flash. Pero el cazador moderno tiene inmunidad doble: la presa no es un león africano y sus cuidadores no pueden contra la horda dorada. Los flashes inundan algunas salas, especialmente tres: la de la Victoria de Samotracia, la de la Venus de Milo y donde está La Gioconda, de Da Vinci.

La Gioconda no descansaba en paz, sus ojos me miraron. Desde lejos porque no me pude acercar. Los flashes de los turistas no me lo permitieron. Tampoco me esforcé demasiado, la situación no tiene por qué sorprenderme. En ese momento era uno más, un cazador de la horda dorada, me diferenciaba sólo que no haber desenfundado mi arma, perdón mi cámara fotográfica. No disparé. Un empleado del museo, alto y corpulento, intentaba en vano que no saquen fotos con flash, movía las manos como un molino, gritando la orden en varios idiomas. Los cazadores no lo escuchaban, cada uno disparaba con munición gruesa una y otra vez.

venus.jpgMe di por hecho, La Gioconda me había mirado. Seguí recorriendo el museo, pasé por delante de La Virgen de las Rosas, también de Leonardo; varios cazadores le apuntaban, pero seguí de largo.

Continué mi camino, y los ruidos me anticiparon lo que venía. Como dije, otra de las víctimas era la Venus de Milo, esculpida hace más de 2000 años en el llamado periodo helenístico de la Antigua Grecia. La historia oficial dice que fue descubierta en Melos en 1820, que mide 205 centímetros y que representa a la diosa del amor y la belleza, y de allí su nombre, Venus. Los cazadores algo de eso saben o tal vez no. Lo que sí tienen claro es que esta presa no debe ser descuidada: es un botín y deben capturarlo. Ella hasta se desnuda, mostrando toda su belleza clásica. Unos pocos la disfrutaron, algunos hasta le daban la espalda, los más dispararon, la hirieron.
 En ese momento la vi vulnerable y frágil, y creí necesario sacar el arma, perdón la cámara, y dispararles. Justicia por mano propia que le dicen.

Publicado por Carolina Reymúndez | 28 de marzo de 2008

Archivado en Anécdotas, Compañeros de viaje, Costumbres, Europa, Parí­s, Sala de espera, Turismo salvaje | 1 comentario



Un comentario

  1. Santiago Bruma dijo:

    Súper bueno! felicitaciones

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