Mi puma privado

Todos los que después no creerán esta historia van montados a caballo, abrigados porque es otoño y el otoño en la Patagonia es frío.

Pardo lleva la delantera, con cinco perros. Cuando puede, galopa entre las matas negras, unos arbustos tiesos como alambres que resisten la dureza de este lugar, igual que él.

Amanece. Las nubes se ven rosas, de un rosa flamenco, más típico de un cartel publicitario en Miami que de esta tierra lejana y solitaria.

Allá atrás, en el horizonte asoma el cerro de Mie, con parches de nieve. Unos dicen que se llamaba cerro de Miel y que con el tiempo perdió una letra. Otros creen que el verdadero nombre es cerro de Mierda porque cuando se tapa, viene la tormenta. En los mapas, se lee cerro de Mie.

Mi caballo sigue al de Pardo, parece la sombra. Bastante más atrás vienen otros dos jinetes, al paso. Me detengo a sacar unas fotos del paisaje estepario. Dos de los perros ladran y se largan a subir la meseta. Me pregunto si habrán visto una libre. Uno se queda abajo, con las patas estiradas y la cabeza erguida, en posición de ataque. Entonces levanto la vista y lo veo.

Arriba, dominando la meseta desde la altura, un león mira con desgano la escena de los perros y los caballos y se da la media vuelta. No somos suficientes para él, uno de los felinos más grandes del mundo. En la Patagonia le dicen león, pero el nombre es puma americano. Vive en todo el continente, desde Canadá hasta Argentina y Chile, y no tiene predadores. Por eso se sentirá lo máximo.

Tardo en entender que es un león de la montaña. La visión dura diez segundos, qué digo diez, fueron menos, tres quizás.

Ni bien lo veo creo que es uno de los perros de Pardo. Vuelvo a mirar y el león ya no está. Entonces entiendo que los perros de Pardo son oscuros, no del color de la estepa de pastos amarillos. Además están cerca de los caballos como si se cobijaran bajo las faldas de la madre porque han visto algo que los tiene asustados.

Excitada, llamo al resto de los jinetes, intento explicar lo ocurrido. De repente, me siento como una de esas pastorcitas que vio a la virgen. Creen que miento. Me miran como si necesitara anteojos, como si fuera una chica de la Capital que leyó que hay pumas y está tan obsesionada por ver uno que lo inventa.

“Debe ser un guanaco”, dijo uno de los incrédulos. “Pero tenía la cola larga”, replico. “¿No le sacaste una foto”, dice el otro y siguen. Ya no escuchan. Los jinetes se adelantan, no les interesa mi descubrimiento. Hace tiempo que la foto es la prueba de la verdad, quizás por eso hasta los celulares vienen con cámara. Ahora voy atrás, los perros también se fueron. Me quedo sola en el campo inmenso. Aunque no tan sola, sé que mi puma privado anda por acá.

Publicado por Carolina Reymúndez | 12 de Abril de 2010

Archivado en Anécdotas, Argentina, Check in, Compañeros de viaje, Destinos, Naturismo, Paisajes, Turismo ecológico, Turismo salvaje, Zoo | 3 comentarios



3 comentarios

  1. Paz dijo:

    Me encanto!!!!! fresco, divertido, profundo a la vez, me parecio que estaba en ese pedacito de historia, oliendo y sintiendo.

    Gracias!!

  2. pobre martincito dijo:

    siempre es un deleite leerte.. y escucharte!

  3. Ernesto Castrillón dijo:

    Este relato está, muy, pero muy bien escrito. Tiene atmósfera, además. Justifica lo que pienso desde las viejas tertulias del diario. Que sos una condenadamente buena narradora. ¿Para cuándo un libro, Carolina?
    Me encantó.

Comentarios



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