Garoto de Ipanema

Fin de la tarde en Ipanema. J. S. entrena para su show de la noche.


Chile, Tierra del Encanto

Este corto, realizado por James FitzPatrick para la Metro Goldwyn Mayer, pertenece a la serie Traveltalks, The voice of the globe que promocionaba ciudades y países a fines de los años 30.

Cuenta un viaje desde Nueva York hasta el puerto de Valparaíso en un transatlántico de lujo, con “doctores, abogados, diplomáticos, escritores, ingenieros, actrices y numerosos otros en todos los campos de la actividad humana” […] “Todos reunidos como una gran familia, compartiendo una vida, las ventajas y los placeres de un todo y representando lo más cercano a una utopía, siempre creciendo en los anales de la experiencia humana”. […] “Los pasajeros que conocimos a bordo representan tantas visiones de la vida y vienen de tantos y tan diferentes países que le dan a esta tripulación ambiente internacional”.

De la misma serie y de la misma época, documentales de Río de Janeiro, Lima y Ciudad de México. Un lujo, en technicolor.

Vía Conexiones


Pelopincho de Cuba

Esta foto de Leandro Laffan salió seleccionada en el LXIV Salón Nacional de Rosario 2010, en el Museo Castagnino. Me cuenta el autor que, con razón, algunos de sus amigos la tildaron de peronista. Cuando su amigo Fabián Martín la vio le dijo: “La pelopincho representa un extremo del proceso reivindicatorio del trabajador, que culmina con sus merecidas vacaciones en las tibias arenas caribeñas…”

A su regreso de Rosario, a donde viajó para la inauguración del salón, Leandro escribió unas palabras sobre su foto.

Lo que ves es lo que hay.
Ellos se ríen, están en el paraíso. Disfrutando. Fotografiados.
El color azul del mar es más azul en la foto. ¿cuál es la realidad?. La de la foto
Es la que queda registrada.
Lo importante no es estar en el paraíso, es volver. Volver con la foto.
Mostrarla. Mostrarse.
Ellos estuvieron en el paraíso. Te invitan. Dicen que haciendo bien las cosas en la Tierra se llega al paraíso, pero el paraíso sólo existe en las revistas.


Otras conexiones

Anuncio de pocas pulgas preside la entrada a la Iglesia Catedral de Chiclayo, Capital de la Amistad, Perú.


El melón escrito

Un verdulero boliviano con pulmón de poeta, un camionero aburrido, una maestra de primaria deprimida por la caligrafía de sus estudiantes, un arqueólogo obsesionado con los jeroglíficos, ¿quién habrá inventado el nombre melón escrito?

El interior es naranja intenso como la túnica de los monjes del sudeste asiático. Suave en el paladar, refrescante y dulce, como un cariño.

Del exterior se sabe poco. Intriga la trama, esa corteza escrita entera, que llena todo el espacio, como si tuviera tanto que decir. A própósito, ¿qué dirá? ¿se podrá leer? Vamos, no seamos ingenuos, hay quienes ya pensaron en ponerse una mesita en Plaza Francia y leer la cáscara de melon. Veinte pesitos.

¿A quién se le habrá ocurrido? ¿Será pariente del creador de la lechuga capuchina? ¿Tendrá algo que ver con el culpable del limón sutil? Con el inventor del ají puta parió no tiene ninguna relación, eso seguro. ¿Tendrán información en el Museo del Melón de Villaconejos?

Lo más probable es que el autor del apelativo nunca llegue a las noticias ni se haga famoso. Pero desde este blog reconocemos y celebramos su sentido poético, sea verdulero, maestra, camionero, egiptólogo o quien sea.


Verano

Mar del Plata, 1961. Foto Chiclana.


Día de esplendor


Splendor in the grass, de Pink Martini. (Y si gozan del espíritu navideño, Joy to de world)


El cadete de Huanchaco

El resplandor de este amanecer en Huanchaco es tal que a pesar de que estamos a orillas del mar, lo inmenso es la luz.

Ni el militar ni yo usamos anteojos negros, por eso achinamos los ojos para poder mirarnos. Ponemos, incluso, la mano extendida sobre la frente. Como los que gritaban Tierra a la vista. Pero enfrente no hay tierra sino océano: el Pacífico.

El militar es un cadete de pantalones camuflados y borcegos con pasado turbulento. Hace el servicio militar en Huanchaco, la zona costera de la ciudad de Trujillo, norte de Perú. Dieciocho años, diecinueve como mucho.

Durante un rato prestamos atención a los caballitos de totora, esos barcos de junco que se usan para pescar. Se acercan los pescadores con pasamontañas y las redes llenas de lorna y chita. El cadete está solo, las manos en los bolsillos, un cierto aire resignado. Después de un rato, hablamos.

Me cuenta que está haciendo el servicio militar en Huanchaco. Aprendió a manejar armas, detonar granadas, desarmar minas, y se graduó en maltrato. Le enseñaron a pasar hambre y a permanecer despierto por varios días; lo hicieron sentir una basura. En seis meses vuelve a la casa. Otros compañeros, muchos, decidieron a pesar de todo, quedarse y seguir la carrera militar. Él, no.

– ¿De dónde sos?
– De la selva, de Pucallpa.
– Qué paisaje diferente, ¿no? Acá no hay vegetación, esto es un desierto.
– Sí, además aquí hay mar. Y el mar va y viene. En cambio allá hay ríos. El río corre, siempre sigue, nunca vuelve.

Desde hace un tiempo, su puesto en el cuartel es cuidar un motor de agua. Los lunes tiene el día libre y suele bajar a la playa. Mira el mar, como si le fuera a traer algo. A su mamá, quizás, que no la ve hace casi dos años. O una porción de su Amazonas. El cadete no habla mucho. Pronto vuelve a sus sueños de selva y de Patria, que posiblemente no tengan nada que ver con el himno peruano. Me saluda y gira el cuerpo hacia el mar. Su vista se pierde en la espuma de las olas.


Bailarinas urbanas

The Ballerina Project


La mano de Bowles

Tarde de verano, lecturas en voz alta de libros preferidos, una luna sutil que llegó cuando casi era de noche, aplausos, encuentros y la infaltable copa rota, síntesis imperfecta de la presentación del último número de la revista La mujer de mi vida en la terraza de la librería Eterna Cadencia. En la sección Composición Tema escribí este pequeño texto sobre cómo recuerdo la mano de Paul Bowles.

En aquellos años en Tánger, Paul Bowles era un personaje popular. Hacía poco que El cielo protector se había llevado al cine y el escritor gozaba de fama extra. Todo el mundo hablaba de él como si fuera su vecino. Pero como dice un amigo, todo el mundo nunca es todo el mundo. Y la mañana que me propuse encontrar su casa casi no llego.

Es cerca de la embajada de Estados Unidos, me había dicho un librero. Caminé por avenidas anchas, de casonas coloniales y palmeras flacas. En esa zona, Tánger sólo se parecía a Marruecos en el calor.

Vive en un edificio viejo, al lado de un almacén, me había dicho un lustrabotas. Pero en cuatro horas no crucé ni uno. De repente apareció un negocio, entrada diminuta, interior sombrío. Era un almacén. Le pregunté al árabe si por ahí vivía un tal Paul Bowles. “Acá arriba”, respondió aburrido y dio un sorbo a su thé à la menthe sin mirarme dos veces.

Toqué el timbre, si no recuerdo mal, el 4 “C”. Abrió un hombre joven, fuerte, de pestañas enruladas. Le dije: “No tengo cita, quiero conocerlo, soy argentina”. Sonrió –juraría que estuvo a punto de nombrar a Maradona, quizás hasta pensó en La mano de Dios– y me cerró la puerta en la cara. Volvió a los cinco minutos. Que sí, que pasara.

Bowles salió en bata de toalla. Con 86 años y un pañuelo en el cuello de color salmón. Me tendió la mano. De piel fina como si estuviera hecha de masa filo. Dedos largos. Temperatura, tibia. Al tacto, frágil. Me imaginé que debajo de las montañas de la palma había una capa de Sahara, otra de fiestas internacionales, una de tinta, otra de música. Sentí que apretaba la mano de un beduino, aunque la suya fuera blanca y tuviese pasaporte gringo. De ser gitana, se la hubiera leído gratis.

Recuerdo poco de las dos horas que hablamos. La mano de Bowles, sin embargo, aparece en mi memoria más que la de mi abuela.




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