Los problemas de Marcelo R.

La fiesta estuvo bien, aunque la banda era malísima. Los vientos no tenían micrófono y el cantante gritaba sin armonía, como un padre enojado. Además, gritaba fuerte. Por eso cuando Marcelo se acercó apenas lo escuché. Luego de dos intentos se entendió lo que quería decir. Era el comentario clásico, hasta podría haberlo adivinado. Qué bueno que te encontré porque me voy de viaje y necesito hacerte algunas preguntas. En realidad, tengo dos problemas, señaló Marcelo, con tono y cara de preocupación.

– El lunes me voy a Caraíva y el vuelo que conseguí -los demás eran imposibles de caros- llega a Porto Seguro a las dos de la madrugada después de once horas de espera en Sao Paulo. Mi primer problema es que no sé dónde voy a cambiar reales. El segundo es que no sé si hay una balsa que cruce a esa hora desde Porto Seguro hasta Arraial d’Ajuda, desde donde parten, a las 7 de la mañana los ómnibus, para Caraíva.

Como el cantante seguía gritando quizás no se notó tanto que yo también grité. Le grité a Marcelo: ¿Esos son problemas?

El sonrió, y todavía con cara de preocupación, insistió en sus problemas. Que viajará con una cámara muy cara y no quiere ponerla en riesgo, que si sé cuántas horas son desde Arraial hasta Caraíva, que se enteró que ya hay luz eléctrica en Caraíva -hecho que estuvo a punto de considerar un tercer problema- que le da miedo llegar al puerto de Porto Seguro de noche.

Fui hace algunos años a Caraíva, en el sur del estado de Bahía, cuando no había luz eléctrica y se llegaba por un camino de tierra, lleno de pozos. Me acuerdo que pasé por Praia Espelho, donde los locales aseguraban que Di Caprio se había comprado un terreno (era la época en que estaba de novio con la modelo brasileña Gisele Bündchem).

Caraíva es un pueblo de pescadores del otro lado del río del mismo nombre. En ese momento no cruzaban los autos, tampoco ahora. Las calles son de arena, con marco de coqueiros, rosas de la China, casas de colores y buganvilias. Hay varias pousadas, hoteles y restaurantes que preparan delicioso peixe frito. Se hacen paseos -uno recomendable es caminar 6 kilómetros por la playa hasta la aldea de los aborígenes pataxós- es posible practicar snorkel y buceo, y es un buen lugar para leer. Y para no hacer nada. Como dice la leyenda de la plaza principal, dedicada a los turistas acelerados. “Calma, el sabio no se aburre”.

Le comenté a Marcelo que seguramente habrá una balsa que atravesara el río Buranhém a esa hora porque es temporada alta y muchos turistas van y vienen entre Porto Seguro y Arraial. De cualquier manera, en los dos lugares, incluso en el aeropuerto, puede esperar unas horas hasta que amanezca y tomar el bus que recorrerá los 50 kilómetros de tierra hasta Caraíva. Después estaba el problema de cambiar reales. Seguramente, en las once horas de espera en Guarulhos tendrá tiempo de hacerlo hasta sin comisión. Queda claro que nada de lo que le respondí a Marcelo era una verdad reveladora. Pero se quedó tranquilo, como si ahora sí, en su viaje estuviera todo bajo control.


Excusas infantiles para viajar, Volumen I

Rusky es director del sello Ultrapop de música independiente. Conoce músicos de muchos países y viaja seguido. Insiste -aunque pocos le creen- en que es buen amigo de Nick Cave y también de Anthony Bourdain. A este último lo habría conocido en una noche de copas en una taberna escocesa.

Imagino que reparte el tiempo entre la música, el bar Ultra (San Martín 678), la comida, la lectura y la escritura. Porque también le gusta escribir y teorizar sobre la escritura, el periodismo, las crónicas y el poder de la no ficción. El otro día cenamos en una parrillita de barrio y, entre mollejas, vacío y papas fritas -el colesterol, chocho- me contó esta anécdota, que después escribió, especialmente para Viajes Libres. No se la pierdan: otro motivo para viajar a Chicago.

“Una de las ventajas de trabajar en la producción y edición de música y arte es que uno puede viajar y conocer lugares y personas interesantes, artistas y productores de todo el planeta. La experiencia resultante bien vale la pena pero atención: los artistas no siempre son lo que uno se imagina al descubrir su obra. Por suerte este no es el caso Stephen Malkmus, espíritu bondadoso, cantante y guitarrista de Pavement, banda que se presentó en noviembre por tercera vez en Buenos Aires; y que junto con Pixies y Sonic Youth son los padres del Indie rock norteamericano.

En su corta estadía en la ciudad hablamos de música, de política, de lo caro que está Buenos Aires, de cine, de recetas, en fin, de la vida. El día de la despedida, junto con Mark Ibold (que también toca en Sonic Youth), un par de amigos y el dibujante Liniers fuimos a morfarnos una Fugazzeta a El Cuartito. Esta fugazzeta, única en el mundo por su esponjosa masa rellena desbordante de exquisita Muzzarella y cebolla fue desmerecida y puesta en duda por Mark aduciendo que era una vil copia de la pizza de Chicago (admitió, de todas formas, que era de las mejores que comió en su vida). Juramos hacer la investigación y dar veredicto por email. Todo el mundo en paz, el debate seguiría en el futuro: pensar que este estilo mundialmente famoso de pizza pueda haber nacido en Chicago es, como mínimo, polémico.

Sin ser rigurosos, investigamos en Internet: la pizza de Chicago existe, pero es… ¡cualquier cosa! Es cierto que comparte el grosor con la fabulosa pizza argentina, pero no es más que una burda tarta rellena con lo que se les crucé por el camino: queso y salsa de tomate y/o salchichas y/o cebollas y/o pimientos y/o cualquier verdura. Hasta hay una versión cerrada, que bien podría ser una empanada gigante o un calzone. Si es cierto lo que lee por ahí, esta tarta con pretensiones de pizza fue inventada en 1943, unos diez años después que El Cuartito abriera sus puertas, en 1934.

Puesto el email al susodicho Mark con la información para que escarmiente recibo inmediatamente, a los cinco minutos de enviado, una ferviente invitación a probar la pizza Chicago style que hacen en un sucucho a la vuelta de su casa en Queens, en NYC. Le respondí que no íbamos a probar una pizza de Chicago en NYC, que para eso la probáramos en Chicago, asunto sobre el cual finalmente nos pusimos de acuerdo. Todavía no se concretó el viaje, pero ya encontré una excelente excusa para conocer Chicago: probar esta pastaflora salada”.


Tour por la nostalgia habanera

Me crucé con Alice Wagner en la galería Lucía de la Puente, en Barranco, Lima. Ella iba con una falda leve y llevaba una canasta de picnic. Cuando llegó al mostrador de la recepción, se agachó y buscó algo en su canasta. Seguramente porque había pasado la hora de comer y todavía no había almorzado, me quedé mirando. Quizás imaginé que saldrían sándwiches de jamón del Norte, manzanas, queso, pan casero. Soñé por un instante con una degustación de tiraditos de salmón. Nada de eso.

De la canasta de picnic, la artista sacó catálogos de su obra que la responsable de la galería llevaría a una feria de arte en Miami. Le pedí uno. Había portadas de discos de vinilo de Olga Guillot, Bola de Nieve, Julio Iglesias y otros maestros de la balada romántica.

Su muestra ya había pasado. Durante un rato me ausenté de la moderna galería de arte para tomar un tour nostálgico, con brisas tropicales, por algunos iconos de la latinidad. Personajes, atuendos, colores, estéticas que uno siente como propios a pesar de no haber vivido aquellos años. Fue un tour de catálogo, pero igual lo disfruté.

Si me preguntan quién exponía esa tarde en la galería, probablemente no lo recuerde. En cambio, no olvidaré chequear de tanto en tanto la página de Alice Wagner, a ver en qué anda.


El mismo idioma

“Continué navegando en aquel barco. El tiempo ya no importaba. Creo que estuve tumbada en el bote durante tres días y tres noches, y sólo remé hacia la orilla algunas veces cuando pasaba por aldeas pequeñas para comprar comida con el dineo que me quedaba. En una de las aldeas había un hombre sentado en una silla de palo en la tienda que parecía vender los alimentos  más baratos, esa tienda que siempre buscaba, con la fachada sucia y el letrero roto. Me miró muy serio,  pero cuando le sonreí me devolvió la sonrisa. Me dijo algo que no entendí. Pero cuando le contesté en mi idioma, en el que ya había empezado a sentirme extraña, se levantó de un salto y me contestó con un grito en el mismo idioma.

¡Mi niña! Eres del mismo país que yo, ¿Qué haces aquí, quién eres, adónde vas? […]”

Tea-Bag, de Henning Mankell, Tusquets.

(En el último post rescaté un recuerdo sobre la confusión que produce no entender. Casualmente, hace un rato me topé con este párrafo que relata la emoción del encuentro entre dos personas que hablan el mismo idioma.)


¿Eh?

Prefiero no hablar de Somewhere, la última película de Sofía Coppola. No es que tenga una razón de peso, es sólo que a los diez minutos de salir del cine ya me la había olvidado.

En cambio, me quedaron algunas fotografías bellas. Como la de ellos dos en la piscina, abajo del agua, llenos de sol y haciendo señas para entenderse. Las imágenes nos llevan a lugares insospechados, lo sabemos. Pues esa me llevó sin escalas a la antigua ciudad termal de Karlovy Vary, en la República Checa.

Unos años atrás estuve ahí por trabajo. Fue un viaje intenso, con poco descanso y bastante calor. Cierta noche me enteré que tendría tres horas libres a la mañana siguiente. Y de repente sentí deseos de nadar, posiblemente para relajarme o quizás por pura rebeldía: para hacer al menos una actividad que no formara parte de una agenda ridículamente larga. Entonces, pregunté en el hotel si había una piscina pública. No sabían. Pregunté en otros hoteles y continué con las averiguaciones hasta que un conserje aseguró que el Hotel Thermal tenía una piscina olímpica de acceso público.

Puse el despertador temprano y caminé hasta el hotel, que quedaba elevado sobre una colina verde. La piscina era enorme y la temperatura del agua, fresca, perfecta. Hice algunas piletas. Nadé espalda y vi castillos y palacios y cúpulas de la época en que la aristocracia europea llegaba a curarse y a reponerse. Hoy, la mayoría de los turistas que caminan por las calles vienen del mundo árabe. Como el chico que después de caminar unas cuadras y conversar, me invitó a visitarlo a Bahréin. No le pregunté adónde porque me dio vergüenza, pero esa noche en el hotel supe que era el país, el reino, perdón, más pequeño del golfo Pérsico.

Quería decir algo sobre aquél momento en la piscina. Al rato de llegar vino más gente. No se llenó porque era grande pero en un momento, mientras hacía la plancha, descubrí que estaba rodeada de voces incomprensibles. Como si alrededor mío hubiera sólo fronteras. Agucé el oído para prestar atención y de repente me asusté. Me sentí sorda aunque podía oír. Creí estar en una película sin subtítulos. Me incorporé y nadé hasta la parte baja de la pileta. Desde el borde, se veía un paisaje de gente que la pasaba bien, para eso no se necesitaban idiomas. Volví a hacer la plancha, a disfrutar del contraste entre la levedad del agua y el entendimiento imposible. Y seguí nadando.


Chocotejas de Ica

De envoltorio cuidadosamente despeinado con flecos de papel, las chocotejas tienen interior dulce y guardan una sorpresa.

Estos dulces tradicionales nacieron en Ica, unos 300 kilómetros al sur de Lima, pero hoy se consiguen en muchas ciudades de Perú.

La cobertura, como lo indica el nombre, es de chocolate. Adentro, manjar y más adentro, en el corazón, pasas o limón o naranja o higo o guindones o nuez pecana.

Al parecer, en un comienzo, fueron tejas, sin el baño de chocolate, que se le habría ocurrido a Doña Elena Soler de Panizo, para hacer feliz a alguno de sus siete hijos.

Quien piensa ir a Perú de vacaciones seguro que se topará con ellas en un mercado, en una vidriera, en la calle. Para todos los demás, aquí está la receta


Lima no es fea

¿Te vas a Lima, la fea?, me preguntaron antes de partir.

Me voy a Lima, una capital con nombre de fruta perfumada, donde se prepara el ceviche más exquisito y existe un Parque del Amor con esta escultura de una pareja que se da un beso apasionado. ¿Cómo me podría parecer fea una ciudad que festeja el amor? No, Lima no es fea.

Me voy a Lima, una ciudad con hombres capaces de llamar panza de burro a su cielo  nublado, causa a una papa rellena y suspiro a un postre tan dulce. Me voy a Lima, una ciudad de poetas y escritores. No me voy a Lima, la horrible.

Me voy a Lima, una ciudad donde el pasado precolombino irrumpe en el centro como una surgente, no muy lejos de las catacumbas, en el Huaca Pucllana y en el Museo Larco Herrera, con una colección de 55.000 piezas que incluyen huacos, textiles, oro, momias y una impactante reserva de cerámica erótica.

Me voy a Lima, la ciudad de los restaurantes de Gastón Acurio, el hombre que le dio una dimensión internacional a la cocina peruana.

Me voy a Lima, la ciudad de la cumbia, los mototaxis, las excavaciones arqueológicas permanentes, los balcones colgantes, el parque de los olivos,  las fuentes de colores, las invasiones o zonas tomadas no lejos del centro y las famlias que veranean en Asia, el balneario de moda.

Me voy a Lima, una ciudad a la que siempre llega gente de la montaña que después de unos años se queja de la gente que llega de la montaña, y dice que ése es el problema de Lima.

Es desordenada, caótica y sucia, me dijeron antes de partir. No vi nada de eso. El Metropolitano -símil Transantiago- corre por una vía rápida con publicidad ecológica. El centro histórico que según me contaron fuentes con gran sentido del olfato, hace unos diez años olía a baño público de estación de tren en rush hour; ahora, nada de eso.

Me voy a Lima, una ciudad con todas las contradicciones latinoamericanas, diversa, llena de historias y personajes. Una ciudad donde una mañana cualquiera uno se puede cruzar con María Luisa, la hija del Cuzco, una cantante de cumbia vestida como un merengue amarillo, filmando un video frente a las puertas de una iglesia colonial, mientras las palomas revolotean y ella baila con stilettos sobre adoquines y canta Pensando en tí a un hombre con “carita de angelito y corazón del demonio”.

¿Fea? No, Lima no tiene nada de fea.


¡Feliz año nuevo!




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