Una tarde entera

El viaje de prensa rueda como una avalancha. No se fija en el clima ni en las ganas. Rueda y propone actividades que empiezan y terminan y empiezan y terminan. Hasta que se hace de noche y al otro día vuelven a empezar y a terminar. Hay paradas para comer. Comer es muy importante porque significa tener fuerzas para seguir, y probar la comida, que es cultura. Rueda el viaje, rueda como una pelota por la barranca. Hasta que en un momento la mano me crece y se hace inmensa, una súper mano que detiene la avalancha.

Entonces, me bajo y me siento en un banco.

¿Vamos a la isla?, ¿hacemos un paseo en bici?, ¿viste que hay spa?, ¿caminamos al centro?, ¡Allá están los caballos! El día está precioso y sólo nos quedan dos tardes, hay que aprovechar.

Nada. Sigo aquí en el banco. Es mi refugio, una isla.

No se preocupen en venir a ofrecer programas-planes-eventos. Voy a colgar el cartelito de “no molestar” acá en el banco. Me hace falta una tarde, por lo menos esta tarde entera para recobrar el deseo de pasear.


¿A usted le gusta esto?

Viajamos en el mismo avión de pocos pasajeros, pero recién la vi en el aeropuerto. Era regordeta, de ojos verdes brillantes. Tenía un pantalón azul y cara de enojada. Unos sesenta y pocos, el pelo recogido, tirante, como una bailarina. Su marido se comportaba como príncipe consorte, ella era la reina.

Íbamos al mismo hotel, lo supe cuando subió a la combi. Hotel Playa Tortuga, un todo incluido en el caribe panameño con buena piscina y un pulpo a la parrilla para recomendar. Temporada baja, poca gente.

La reina resultó ser ecuatoriana. Una ecuatoriana que vivía hace treinta años en loEstadoUnidos y poco le quedaba de la gracia de su país. Ni bien salimos del aeropuerto me saludó y después de intercambiar tres o cuatro palabras dijo:

-¿A usted le gusta esto? Yo no veo nada de bello.

Me pareció un comentario fuera de lugar por eso no me di vuelta para contestar. Seguí mirando por la ventanilla las palmeras, casas rústicas color pastel típicas de una isla del Caribe. En los colores, la música y cierto estilo despreocupado y caluroso las islas del Caribe se parecen bastante.

Esta mujer era de las que no necesitan respuesta para seguir hablando.

-Me dijeron que aquí había mansiones y mire… Nada de eso. Yo estoy buscando un lugar donde pasar los próximos veinte años y vine a ver aquí porque me dijeron era un paraíso. Traigo dólares pero hasta ahora no me gusta.

-A mí me gusta lo que veo -le respondí.

Habíamos hecho dos o tres kilómetros del aeropuerto y la reina tenía cara de asco. Como si hubiera visto un plato que no le provoca comer. Llegamos al hotel, bajé rápido de la camioneta para que no me hablara más. Me dieron la habitación número 23. Desde la terraza se veía el mar verde claro, algo parecido a los ojos de la reina que, como muchos otros gringos que me crucé, buscaba un lugar amable, barato y con sol donde vivir sus años de jubilada.

Prendí el ventilador de techo, puse la memoria nueva en la cámara y salí a andar. En el pasillo me los encontré, reina y consorte: les habían dado la 24. Por qué hacen eso, me pregunté, si el hotel está vacío. Deberían dejar por lo menos una habitación como zona de amortiguación.

Día de playa, de luz intensa, miles de palmeras, licuados de frutas, snorkel con peces amarillos y violetas, azules, naranjas con turquesa. Día de mar, de recorrido por islas desiertas.  Después de tantas playas, uno vuelve bronceado, salado, emocionado.
Hasta la reina que buscaba  refugio para la vejez estaba contenta cuando la crucé el segundo día. Igual se quejaba, siempre se quejó.

-¿Por qué hacen siempre el pescado frito? -le espetó a una camarera- Por qué no lo sancochan, ¿eh? Si quieren yo puedo enseñarles a hacer un sudado de pescado, me ¿oyes? Dícelo a tu jefe.

Cuando se enteró de que era periodista de viajes me pidió el correo para preguntarme dónde podría invertir sus dólares, quería que le escribiera si veía algún buen lugar para pasar los últimos veinte años de su vida.

-¿Y qué me dice de Argentina? ¿Dónde podría ser? ¿Cuánto vale una casa donde están las cataratas?

Por suerte, esa tarde ninguna llevaba birome y lo del correo quedó para otro día. Durante el resto del tiempo que estuve en el Hotel Playa Tortuga tuve dos propósitos: no llevar birome y tratar de esquivar a la reina ancha y a su marido retraído que por las noches roncaba como brontosaurio.


Verdadero mar

22 de mayo

El mar aquí es verdadero mar. Se eleva y cae con un gran estrépito; lo rodea una espiral sedosa y ronroneante; parece a veces trepar hacia la mitad del cielo y se ven entonces los veleros colgando de las nubes como querubines voladores.

¡Hola! Se acercan dos amantes. Ella tiene el talle fino y un sombrero como una salsera al revés; él un falso panamá, un protege sombreros, bastón, etc.; su brazo envolviéndola. Caminando entre el mar y el cielo. Su voz flota hasta mí: “Claro que tomar carne enlatada alguna vez no importa, pero una dieta constante de carne enlatada no puede sino producir…”

No me cabe duda de que el Señor los quiere y de que ellos y su semilla prosperarán y se multiplicarán por los siglos de los siglos…

Diario, Katherine Mansfield, Debolsillo


Turistas en acción vs. turistas en receso


Lima no es fea

¿Te vas a Lima, la fea?, me preguntaron antes de partir.

Me voy a Lima, una capital con nombre de fruta perfumada, donde se prepara el ceviche más exquisito y existe un Parque del Amor con esta escultura de una pareja que se da un beso apasionado. ¿Cómo me podría parecer fea una ciudad que festeja el amor? No, Lima no es fea.

Me voy a Lima, una ciudad con hombres capaces de llamar panza de burro a su cielo  nublado, causa a una papa rellena y suspiro a un postre tan dulce. Me voy a Lima, una ciudad de poetas y escritores. No me voy a Lima, la horrible.

Me voy a Lima, una ciudad donde el pasado precolombino irrumpe en el centro como una surgente, no muy lejos de las catacumbas, en el Huaca Pucllana y en el Museo Larco Herrera, con una colección de 55.000 piezas que incluyen huacos, textiles, oro, momias y una impactante reserva de cerámica erótica.

Me voy a Lima, la ciudad de los restaurantes de Gastón Acurio, el hombre que le dio una dimensión internacional a la cocina peruana.

Me voy a Lima, la ciudad de la cumbia, los mototaxis, las excavaciones arqueológicas permanentes, los balcones colgantes, el parque de los olivos,  las fuentes de colores, las invasiones o zonas tomadas no lejos del centro y las famlias que veranean en Asia, el balneario de moda.

Me voy a Lima, una ciudad a la que siempre llega gente de la montaña que después de unos años se queja de la gente que llega de la montaña, y dice que ése es el problema de Lima.

Es desordenada, caótica y sucia, me dijeron antes de partir. No vi nada de eso. El Metropolitano -símil Transantiago- corre por una vía rápida con publicidad ecológica. El centro histórico que según me contaron fuentes con gran sentido del olfato, hace unos diez años olía a baño público de estación de tren en rush hour; ahora, nada de eso.

Me voy a Lima, una ciudad con todas las contradicciones latinoamericanas, diversa, llena de historias y personajes. Una ciudad donde una mañana cualquiera uno se puede cruzar con María Luisa, la hija del Cuzco, una cantante de cumbia vestida como un merengue amarillo, filmando un video frente a las puertas de una iglesia colonial, mientras las palomas revolotean y ella baila con stilettos sobre adoquines y canta Pensando en tí a un hombre con “carita de angelito y corazón del demonio”.

¿Fea? No, Lima no tiene nada de fea.


Lectura de avión

No me pasa seguido, pero esta vez no traje nada para leer en el vuelo. Por eso, cuando veo que mi compañera de fila tiene una Vanidades en sus manos respiro aliviada. El único problema es que la tiene demasiado agarrada.

Lo sé. La Vanidades es tuya. Nadie quiere robártela, así que no es necesario que la sujetes como si fuera el último iPhone.

No importa que sea del año pasado. Dentro de un rato se la pediré para saciar mi necesidad de leer. Ya despegamos. Todos a mi alrededor se durmieron menos ella, que ahora pasa las páginas a un ritmo que me gusta. Si sigue así, en 5 minutos la termina y será mía.

Dale, que vas bien. No, no dice nada importante, seguí nomás. Da vuelta la paginita.

Mis cálculos se arruinan cuando ella se pone a conversar con su vecina del otro lado apoyando sus manos con las uñas cortadas en forma de prolijos cuadrados con una línea blanca al final sobre las hojas de papel que tanto necesito. Mientras tanto miro sus anillos. Tiene dos: uno de casada y el otro de aburrida.

Conversa sobre una conocida de ambas que está enferma. Las manos continúan apoyadas sobre la Biografía no autorizada de la Reina Elizabeth. Ahora traen la bandeja de avión. Prefiero leer a comer este sándwich con pinta de bala de plomo. Es mi oportunidad, se la pediré mientras come.

Tarde. La azafata vestida de lila con los párpados pintados de turquesa le entrega la cajita con el sándwich y ella la apoya sobre la Vanidades.

Carajo. ¿Para qué necesitás doble apoyo?

Las ganas de leer se agudizan y las posibilidades decrecen. Levantan la bandeja y ella retoma la lectura.

Ahora sí. Te queda poco. Vamos. Me gusta que pases las páginas con velocidad.

Príncipe Federico de Dinamarca con novia desconocida . El nuevo look de Jenifer López. Mejore el ánimo comiendo cebolla. Famosos infraganti. El poder del No.

Esos títulos maravillosos pasan delante de mis ojos como frutilla a punto. Siento que la felicidad está cerca. Tengo ganas de cantar. Pero al dar vuelta la página siguiente aparece un cuadernillo con una novela de Corín Tellado para extraer. En un primer momento me emociono. Unas páginas de amor, eso es lo que necesito, ¡sí! Pero no pensé que quizás ella también las necesitaba. Sin extraer el cuadernillo de la revista, mi vecina se hunde en la lectura de “Hola Preciosa” con la concentración de un alumno de medicina estudiando Anatomía I.

Voy al baño. Vuelvo.

Leo por cuarta vez la pésima revista de abordo. Miro por tercera vez la revista del Duty Free. Falta menos para llegar. Quizás, cuando termine su cuento alcanzo a leer los títulos, el sumario, a hojearla una vez de principio a fin. Ella está terminando su cuento, falta poco, sí verdaderamente poco. Renuevo mis esperanzas. Sonrío. Muero por ir a buscar un vaso de agua, pero me contengo. Quiero estar ahí cuando ella termine.

Por ahí van mis pensamientos cuando el pasajero del otro lado del pasillo me pregunta la hora. Le contesto que no uso reloj. Me responde que faltará media hora. Si, le digo y me doy cuenta que también está aburrido.

No termino de pronunciar la palabra y escucho una voz que llega de atrás mío y no me habla a mí sino a mi vecina. Le dice: “Disculpe señora, ¿me prestaría la revista un momento?


¿Vos de dónde sos?

Cada tanto, durante un viaje, me encuentro con un argentino. Cuando ninguno de los dos cruza de vereda o se hace el distraído, quizás conversamos. En algún momento llega -siempre llega- la pregunta inevitable: ¿Vos de dónde sos?

La persona que tengo enfrente se refiere al sitio donde vivo hoy. Si le digo Quilmes, Parque Patricios, San Isidro, Colegiales creerá que tiene coordenadas suficientes para ubicarme en su mapa cerebral. Quizás porque creo que no, la pregunta me complica.

Porque soy de acá y soy de allá.  Porque no llevo un barrio encima, llevo cuarenta. Más 300 calles, 48 esquinas y mil imágenes que rotan y me acompañan en algún momento del día, todos los días. Rotan como rota el header de Viajes Libres que, ahora que lo recuerdo, hace tiempo que no lo cambio.

Rotan y se aparecen, de repente, en la mañana mientras tomo mate. La cara de espanto de la abuela del Hostal Nervión de Madrid, que me descubrió cocinando unos spaghetti con un calentador de montaña MSR en un cuarto.  Pasaron años desde aquél día y no puedo olvidar el estampado rosa y verde de su falda, los bigotes canosos, el lunar -con pelo- en la mejilla derecha. Y su boca abierta cuando entró y estaba la cena servida en la mesa de luz. Tenían tan buena pinta que siempre creí que lo que más la enojó fue que no la invitáramos al banquete.

Ayer a la tarde, mientras me comía una banana con miel me acordé de mi puesto de jugos favorito en el mercado de Oaxaca. Durante varios días recorrí la mismas calles para llegar a tomarme un antigripal. El juguero me saludaba obediente, preguntaba poco y hacía el mejor mix de frutas. Un rato antes había llegado ese hombre con sombrero blanco y ojos de obsidiana que se pedía unos huevos de codorniz batidos para curar la resaca y así poder volver a tomar, supongo. El centro de Oaxaca fue mi casa varios días. Igual que el DF. Y Thamel, en Katmandú. Donde una noche oscura me olvidé todos los documentos en un rickshaw y el que pedaleaba me los vino a devolver.

El sábado pasado me desperté pensando en aquél mediodía en Paharganj, Nueva Delhi. Fui a comer en un barcito abajo del hotel. Como no había chapatis, el chico que atendía se fue a buscarlos a otro local. Maldigo el momento en que se me ocurrió ir al baño y encontrarme al chico entrando por la puerta de atrás. No, no eran tetas lo que  tenía abajo de la camisa a cuadros, sobre su piel mojada por los 40 grados. ¡Eran mis chapatis!

Desde que pasó el terremoto estoy acá, pero estoy también en Chile, en Las Condes, en Viña del Mar, donde hoy mis amigos tienen insomnio pensando que se los llevará un terremoto si se duermen. Es de noche y la ciudad está en silencio, pero no dejan de escuchar las bocinas de los autos, los perros ladrando, los vidrios rotos, el caos del sábado por la madrugada.

Pasan barrios, experiencias, personas y rutas y caminos de montaña y situaciones de riesgo y momentos compartidos con gente que nunca volveré a ver. Pasan paisajes de selva y comidas y mercados y desiertos y risas y cuartos de hotel. Cuartos con ventilador, con sábanas de lino egipcio, con rejas por seguridad, con cucarachas, con frigobar, con pulgas, con plasma, con hormigas, con lugar para siete aunque sea una doble, con amplios ventanales sobre un lago azul y sin ventana, con siete almohadas y con paredes de símil cartón, con jacuzzi para dos y con baño compartido, con tarjeta magnética y sin llave. Pasan varios años de mi vida y el argentino que tengo enfrente espera que le responda la pregunta para ubicarme en su GPS interior:

– ¿Vos de dónde sos?

– De Villa Crespo.

– Ah.

(No sé por qué me complico, si es tan sencillo)


Para alimentar el viaje a Italia, ¡pasta!


La certeza de los viajes

Si no fuera porque sé que mañana a esta hora estaré volando hacia Aruba, una isla en el Caribe donde sí, está lleno de yanquis de vacaciones, pero también hay sol, calor y playas lindas, me costaría más remontar la noche de anoche.

Algunos tienen la certeza de los hijos, un marido, la casa propia, el mejor trabajo, un sueldazo. La mía, mi única certerza es que mañana volaré a Aruba, que pasado mañana estaré hospedada en un hotel con vista al mar turquesa y enseguida alguien me contará una historia sobre su vida en Aruba que más tarde escribiré.

¿Movimiento infinito? ¿Sueño del viaje interminable? ¿Paisajes acumulados? ¿Historias? ¿Horas de vuelo? No lo sé, pero el viaje es mi certeza. La que me permite acostarme medianamente inspirada a pesar del bueno de Charly, que habló toda la noche y era tan estructurado que en un momento me dijo, como preguntándome, si yo era ¿moderna?

Una vez leí un libro de Boris Vian, La Hierba Roja. En un momento dice algo así como que el recuerdo nunca es puro porque está afectado por los pensamientos, que lo custumizan como quieren (Boris Vian fue más poético, seguro). No voy a decir que me lo imaginaba más alto, sería un detalle. Además, no era petiso para nada. Tampoco comentaré que usaba zapatos náuticos. Ni siquiera mencionaré sus patillas cuidadosamente afeitadas como triángulo isósceles.
Vamos a comer a un bolichito en Colegiales. Estoy famélica, así que mientras lo escucho me devoro la panera. Cuando la moza me sirve el vino a mí primero, él comenta: “Mirá, te lo dio a probar a vos”. Más tarde, cuando yo sirvo más vino porque las copas están vacías, me dice: “Uy, disculpá”.
No pasa nada, Charly.

Rewind. A Charly lo vi tres o cuatro veces. La primera, en alguna fiesta en un piso 25. Después un par de veces, en el civil y en la fiesta de casamiento de una amiga. Me acordaba de su mirada. A pesar de estar con su novia, me miró. También lo miré, cuando él no me miraba. Quizás fue eso. Pucha, tendría que haber mirado más.

De alguna manera, siento que la mirada lleva toda la información de una persona: aventuras, tristezas, perversiones, esperanzas, odios. La mirada es una etiqueta, en otro orden, un nombre. Durante mucho tiempo entendí a la gente sólo mirándola. Eso fue hasta hoy: los modelos están cambiando o las miradas vienen vacías.

Todo esto de la mirada es por Charly, que me llama desde abajo a las 23.30. Cuando bajo y abro la puerta, me asusto (aunque sonrío, claro) porque no encuentro esa mirada que recordaba. Ya vendrá, pensé. Estará escondida, será tímida, va a aparecer. Espero. En lugar de la mirada, viene la comida y él me pregunta si no uso un cordón rojo contra la envidia por los viajes, creo, cómo explicarle que son mis certezas, se complica. Él me muestra el suyo, entre otros varios collares y cintas que me hacen acordar más al cuello de un perro que al de Charly, el de la mirada inquietante de cuando fuimos testigos del casamiento de Ali. Una amiga me dijo que el traje engaña, quizás sea eso.

Marquise de chocolate, budín de dulce de leche, flan de coco o de naranja, ésos son los postres.
– A mí siempre me fue el dulce de leche, dice él.
– A mí me gusta el coco y la naranja, digo.
Él pone cara de no. Entonces yo cedo porque dicen que en la pareja hay que ceder, así que practico a ver si encuentro pareja.

– ¿Chocolate te va?
Compartimos el postre. Me cuenta que los amigos le enseñaron a hacer patis al horno y que yo le parezco “de mundo” porque sé qué es el marquise.

– ¿Más vino, Charly?
– Uy, de nuevo, disculpá

La noche terminó en el auto. Ninguna ilusión, puras palabras. Hoy, el día después, puedo decir que sé batante sobre Charly. Sé sobre sus andanzas en moto, una choper, por la Patagonia porque en la época de Menem, cuando todos viajaban por el mundo, él gastó su dinero en conocer Argentina, ché. Sé que le gusta navegar, pero que vendió su barco y como no tuvo trabajo durante un tiempo, al final “se lo comió”. Sé que tiene una madre y tres hermanos, que es peronista, “pero de Perón, eh”. Que estudió imagen y sonido, pero que también le gusta la producción, “puedo estar adelante y atrás de cámara, en las artes visuales, quiero probarlo todo”. Sé que fue coordinador de viajes a Bariloche y que tiene un perro que se llama Rosca “que es un hincha pelotas”. Sé sobre su ex novia y sé que el tiempo pasa y no veo tus ojos, Charly, no encuentro tu mirada. ¿Es que no hay buenos faroles en mi cuadra?

También sé que en un rato me llamará la madre de Ali, mi amiga. Ayer, cuando le conté que saldría con Charly me dijo: “¡Taradita, yo te hice gancho! ¿No te das cuenta que le hablé a Damián (el marido de mi amiga Ali) de Charly y vos?” Antes de cortar el teléfono, me susurró: “Vos no le cuentes a nadie que vas a salir porque hay mucha envidia y dejáme a mí que le rezo a San Expedito para que se te dé”. De… Demás está decir que gracias, Blanquita, mejor rezá por vos que yo me voy a Aruba.


“Turistas”, por Hebe Uhart

 

Tenés razón, fuimos a Miami, pero no es lo mismo. Ahí fuimos a comprar sin parar, eso es lo que hace un turista. Pero yo escuché en el programa “Yendo por el mundo” a Pepe Ibáñez que explicaba la diferencia entre un turista y un viajero. Turista es cuando vas donde te llevan como un borrego y no ves nada de lo que hay alrededor, como si tuvieras anteojeras. Decime, acaso te conté algo de cuando fui a Miami? Si vi dos shopping y tres palmeras. Pero ahora, ¡todo lo que tengo para contar! Y además, había visto las fotos de Nápoles y Capri en el suplemento de los domingos y le dije a Aldo: “Nosotros vamos a ir ahí”.

 

“Turistas y Viajeros”, del libro Turistas, de Hebe Uhart.




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