Bowles en Marrakech

El escritor y compositor Paul Bowles prepara un té a la menta en un cuarto del zoco de Marrakech, en 1961. Viajó con Allen Gingsberg, que sacó la foto.

Autor de la novela El cielo protector, Bowles es un faro para los viajeros independientes. Vivió en París, México, Guatemala. No era un hombre de planificar, más bien se movía con el viento. Cuando conoció Tánger se emocionó y al poco tiempo volvió y se quedó hasta su muerte, 52 años más tarde.


La maravillosa levedad de las apsaras

Las apsaras ablandan la piedra. Por eso me gustan. Las elegancia de sus gestos, cómo quiebran la cadera, la sonrisa serena y una actitud leve, propia del cuerpo en el agua. Se mueven todo el tiempo, aunque están quietas desde el siglo XII.

Las conocí una mañana en Angkor Wat, Camboya. Recorría templos devorados por la selva y colonizados por monos de cola larga cuando me llamó la atención un friso con cinco mujeres llenas de gracia.

Bailaban con cada centímetro de su cuerpo inmóvil. Tenían collares gruesos, brazaletes, aros, corona y nada de ropa.

Son ninfas celestiales, me dijo un chico que practicaba para guía. Eso quiere decir apsara en sánscrito. Representan el espíritu de las nubes y de las aguas en las mitologías budista e hindú. Eran las hermosas esposas de los músicos de la corte de Indra, el rey de los dioses en la mitología hindú. Y danzaban para seducir y entretener a hombres y a dioses. Se las asocia con ritos de fertilidad y con la inspiración.

También están en los templos eróticos de Kajuraho, India, y en Borobudur, en Indonesia. Pero las de Angkor son espectaculares. Le dan vida a palacios muertos. No sólo las cinco que vi bailar esa mañana, hay más de 1700 asparas en Angkor. Cuántas compañías de danza metidas en la misma selva húmeda.


Las piscinas masculinas de David Hockney

Desde mañana, gran expocisión del artista británico en la Royal Academy of Arts, de Londres. En mayo, en el Guggenheim Bilbao.


Aquí

Antes de salir de viaje

Se llama: espacio.
Es fácil definirlo con esa sola palabra,
mucho más difícil con varias.

¿Vacío y lleno al mismo tiempo de todo?
¿Herméticamente cerrado, aunque abierto,
ya que
nada puede escapar de él?
¿Dilatado hasta el infinito?
¿Por que si es finito,
con qué diablos limita?

Vale, vale. Pero ahora duérmete.
Es de noche y mañana tienes asuntos más urgentes, justo hechos a tu medida:
tocar objetos que se encuentran cerca,
poner la mirada a la distancia deseada,
escuchar voces al alcance del oído.

Ah, y todavía ese viaje del punto A al punto B.
Salida a las 12.40 hora de aquí,
sobrevolando esta madeja de nubes locales
a través de una franja de cielo tenue,
una entre las infinitas.

Wislawa Szymborska

Del libro Aquí, Bartleby Editores.


El pareo, útil como la Victorinox

A simple vista, un pareo es un pedazo de tela suave y rectangular, de aproximadamente 1,80 m x 1 metro. Muchos le dan únicamente el uso para el que fue creado: envolver la cintura y usarlo como falda o vestido.

Pero a veces, en viaje, es necesario resolver situaciones inesperadas y el pareo -en su rubro- es versátil y tan útil como la Victorinox. ¡Y se puede llevar en el bolso de mano si viajás en avión!

El otro día con unos amigos nos imaginamos algunos usos posibles. Como la mayoría son usos de emergencia, el pareo produce además una sensación de bienestar por haber aguzado el ingenio. La lista, creo, es interminable. Apenas un comienzo:

* turbante
* chal
* lona
* biombo portátil
* mantel
* servilleta
* sábana
* capa
* soga
* trapo (seco y húmedo)
* para jugar al gallito ciego
* para jugar al fantasma
* para jugar al torero
* mosquitero
* kepina para el bebé
* pañuelo para el dolor de garganta
* pañuelo de nariz
* pañuelo para lágrimas
* corpiño de bikini
* bufanda
* para atar el cabello
* cobertor para almohadas/asientos sucios
* telón


Parada chancha en Karnataka

Encontré esta foto y la sujeté con un imán a la heladera. Hace días que la veo y hoy la voy a contar.

El primer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el calor. Con ráfagas de aire húmedo, como salido del sauna. Y las nubes espesas de una tormenta que nunca llegó.

Karnataka es un estado del sur de la India. Limita al oeste con Goa, el estado más pequeño del país, donde está la famosa playa de las fiestas electrónicas. Cuando estuve por ahí vi más europeos que indios. La capital de Karnataka es Bangalore, el lugar donde se fabrica el software, el Silicon Valley indio.

Las mujeres de Karnataka son preciosas. Usan saris de colores fuertes y telas brillantes, aros largos en la orejas, en la nariz y tantas pulseras que sus brazos parecen sonajeros. En la playa se paraban frente a mi estera para mostrarme artesanías. Cuando abría los ojos por el sonido de sus joyas no veía a una mujer, sino un caleidoscopio.

Habíamos tomado el micro temprano, cruzaríamos el estado de Karanataka para conocer las ruinas de Hampi, que son Patrimonio de la Humanidad. El micro estaba lleno y avanzaba confiado por una ruta de media mano y a medio asfaltar.

Después de un par de horas de viaje,de repente, se detuvo. No fue porque había una parada ni porque alguien pidiera bajar. Se detuvo en el desierto, a la hora de la siesta. Optimistas, pensamos que sería una pinchadura, que pronto estaríamos nuevamente en camino.

Pasó una hora. Y otra. Los indios salieron del coche y se acluclillaron. Ellos esperan desde el llano, en cuclillas. Es común verlos agachados en las veredas, a los lados de las rutas, conversando en el piso de una estación. No se quejan, no arman escándalos, no preguntan qué va a pasar, si viene otro micro, cuánto falta.

Aceptan. Y esperan sin esperar.

El segundo recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es el olor. Olor a mierda.

Pasaron tres horas. Me acuclillé hasta acalambrarme, me levanté, pregunté todo lo que pude, me quejé, como en una clase práctica de Occidental para dummies. En un momento tuve ganas de ir al baño. Un pasajero señaló una casa abandonada a unos cincuenta metros de la ruta. Me acerqué pisando pasto seco mientras pensaba que en ese clima habría escorpiones y arañas.

(A partir de acá el relato es escatológico. Lectores impresionables, mejor cambiar de post.)

La construcción era un baño abandonado y, sepan disculpar, cagado. La expresión más exacta sería un baño hecho mierda. Las letrinas rebalsaban de excrementos, igual que el piso. Todavía no entiendo por qué no salí corriendo y busqué una plantita en ese momento. Pero no lo hice. Muy al contrario, entré en uno de los dos cubículos y entorné la puerta. Ahí estaba, haciendo equilibrio y a punto del desmayo por sobredosis de mal olor cuando escuché el ruido de la puerta de afuera.

Dije lo primero que me salió: “¿Hay alguien ahí?”  Nadie respondió. Después: “Está ocupado”. Y también: “¿Quién es?” Cada vez, sin respuesta. Volví a escuchar otro ruido, más cerca, casi en la puerta de mi cubículo. Entonces, con los pantalones a medio subir y cara de pocos amigos abrí la puerta.

Y sí, había alguien ahí.

Un chancho adulto, negro y peludo que también me miraba con cara de pocos amigos y mierda en el hocico. Le grité pero no me hizo caso. Fue él quien me echó del baño. Un cerdo pesado que no buscaba trufas.

El tercer recuerdo de ese mediodía largo en una ruta de Karnataka es la plantita que encontré después y desde donde saqué esta foto en la que están todos. Todos, menos el chancho. Un chancho de mierda.


Me crucé con esta carabinera bizarra cerca del Mercado Central de Santiago de Chile, en unas cuadras de barrio chino que hay por ahí. Imágenes como esta me animan a seguir viajando. Metro: Puente Cal y Canto.




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