¿Los últimos graffitis de Toronto?

Verónica Montero, periodista, cinéfila y asidua colaboradora de Viajes Libres, estuvo en Toronto y nos acerca sus impresiones y fotos de graffitis, que a juzgar por las declaraciones del alcalde están en vías de extinción.

La Nueva York de Canadá, la hermana americana de Montreal y una de las ciudades más cosmopolitas del mundo tiene una relación de amor/odio con los grafittis. Por un lado, los que aman este tipo de expresión y los catalogan como manifestaciones artísticas, arte callejero. Por el otro, su alcalde Rob Ford que planea dejar a Toronto “tan limpia como un nuevo billete de cinco dólares” (*) y representa a quienes ven a los graffitis como contaminación visual, vandalismo.

Por eso, cuando este agosto visité a unos amigos en Toronto y pregunté por los graffitis, me comentaron que muchos habían sido borrados, pero que había sectores que aún los conservaban. Así que fui con mi cámara tras ellos.

Encontré estas imágenes en una ciudad que según la calle que tomes te sentís en Wall Street por sus rascacielos, en Boston por sus construcciones prolijas y victorianas, y en Williamsburg  (Brooklyn) por sus grafittis.


La ola marina

Mira la ola marina
Mira la vuelta que da
tiene un motor que gira pa’ lante
tiene un motor que gira pa’ tras…

(Vieja canción cubana que interpreta el Septeto Rumbahabana).



Chau Tacheles

El año pasado, en Berlín, conocí el Tacheles, un icono de la cultura urbana alternativa que nació en los 90 como un centro autogestionado de arte.

El lugar estaba en el edifcio de la foto, que fue construido a principios de 1900 y dañado durante la guerra. Con el tiempo se transformó en un centro cultural y una usina del arte: había 30 talleres donde vivían y trabajaban muchos artistas. Cuando fui no estaban todos en funcionamiento.

Recuerdo unas escaleras y pasillos oscuros y todo medio en ruinas. Era cerca del fin. Aún así tenía encanto y fuerza. Todavía había marchas de resistencia porque el edificio había sido vendido y tendría destino de shopping. Me entero de que así será. El mes pasado cerró sus puertas luego de años de batallas legales.

A veces, la realidad puede responder descarnadamente una pregunta filosófica. How long is now (Cuánto tiempo es ahora).


Arte fantástico

Tiene la cola larga del quetzal y la cabeza de un carpintero, pero este pájaro no pertenece a ninguna familia. A la de la imaginación en todo caso. Es un pedazo de tronco retorcido que estaba en el bosque hasta que alguien lo descubrió y ahora es un adorno destacado sobre la chimena del Hotel Tunquelén, en Bariloche.


Noticias del lahuán o alerce

En los últimos días, recorriendo tramos de selva valdiviana, vi muchos alerces. También los toqué y fue como acercarme a un abuelo.

Alerce es el nombre que le dieron los europeos pero los mapuches lo llamaban lahuán, que significa sobrepasar o superar la muerte.

Para los mapuches saludar y conversar con el alerce tenía que ver con tomar poder frente a la muerte.

Quizás porque buscaban nutrirse de la sabiduría de un longevo. El alerce es un árbol que vive más de 4000 años. Y el de crecimiento más lento, apenas un centímetro por año.

El nombre científico es Fitzroya cupressoides en honor al marino inglés Fitz Roy, que en Chiloé se percató de esa madera que se usaba para las dalcas o piraguas.

Mide entre 40 y 60 metros, es el más alto de esta selva húmeda y el tronco llega a tener 5 metros de diámetro.

Como su madera es muy resistente durante el siglo pasado se lo taló sin piedad para usarlo en los techos. Todavía se pueden ver por acá casas con tejuelas de alerces. Desde 1938 está prohibida su explotación y es una especie protegida. En algunas zonas se ven tocones de alerce, como se llama al vestigio de tronco.

Los dos países con alerces tienen su respectivo parque nacional: Parque Nacional Los Alerces, cerca de Esquel, en Argentina, y Parque Nacional Alerce Andino, a unos 50 kilómetros de Puerto Montt, en Chile.


El nuevo vicio de Olga

Esta foto de Sheila la sacó Andrea Knight, autora también de la historia que sigue.

Mi amiga Olga es fanática de todo. Vive la vida con tanta pasión que a veces le tengo envidia. Es venezolana pero hace un montón de años vive en las afueras de Boston en el barrio de Newton. Cada vez que puedo voy a visitarla. Cuando viajo a su casa tengo que llevar una valija repleta de alimentos para ella. Olga tiene perdición por varios productos regionales de la Argentina, como el dulce de batata, el vino y los alfajores de dulce de leche.

Como le fascina cocinar igual que a mí, gran parte de nuestro tiempo lo pasamos haciéndonos probar recetas mutuamente, mientras charlamos y nos ponemos al día. Una de las primeras cosas que quiso contarme fue que había agregado un vicio nuevo a su vida.

Chica, me dijo, me he vuelto Sheilaholic!

Pensé que se había enviciado con alguna bebida, pero lo que sucedía es que no podía dejar de visitar casi todos los días el negocio de la esquina. Apenas pudo me arrastró a la tienda de Sheila, The Dressing Room.

The Dressing Room es un local muy pequeño en el centro de Aurbundale, uno de los trece pueblos que conforman Newton. Es un barrio residencial con pocos negocios.

Me contó Sheila que su negocio es lo que los americanos llaman un destination spot, un punto del pueblo al que la gente llega expresamente. Su clientela se incrementó boca a boca a lo largo de dieciocho años. Me contó que lo más fabuloso fue que nunca necesitó hacer publicidad, eso la hace sentirse orgullosa, para que las clientas lleguen desde cualquier parte. Desde que puso el local lo maneja con ayuda de su madre, que fue en su juventud modelo de pasarelas. Por esa razón y desde muy pequeña, Sheila vivió metida en el mundo de los desfiles de moda, y comprendió desde temprano el significado de la belleza y el interés en lucir arreglada y bonita.

Para Olga, Sheila tiene la personalidad perfecta para su negocio: es encantadora, te hace sentir como si fuera tu vecina amiga con la que chismeas y pasas el rato.

Sheila visita las ferias de moda de Nueva York, Canadá y Boston y escoge modelos originales, siempre tomando en consideración la calidad de las telas y los buenos precios.

Tiene diseños que están de moda pero en telas finas y sedosas que a la vez se meten en la lavadora. Dice Olga: “Telas que se ponen más calenticas en invierno y más frescas en verano”.

Sheila prefiere que sus percheros tengan colores oceánicos ya que toda el área es cercana a Cape Cod, la península bordeada por el océano atlántico en el extremo oriental del estado de Massachussets.
También es importante la elección que Sheila hace de la bijou. Una de las artistas destacadas en el negocio es la israelí Mariana.

Olga adora encontrar todo en un solo negocio: En vez de ir a mil tiendas y pasarme los domingos en los malls, voy a un sitio donde sé que encuentro todo….salvo zapatos, pero para zapatos tengo DSW


Sarmiento en Estados Unidos

“El país está aún despoblado de esta parte; el vapor del Ontario se acerca a los barrancos, adonde salen los paisanotes de fraque y las mozas envueltas en cahemiras a tomar pasaje. Divísanse a lo lejos aisladas en el bosque aquellas cabañas de troncos de árboles superpuestos, o de tablas descoloridas, que sirven de morada por los primeros años al plantador que recién está descuajando el bosque.

El paisaje conserva toda la frescura virginal que Cooper ha pintado en aquellos inimitables cuadros de Último Mohicano. Ya he dicho a Ud. que desde Búfalo hacia esta parte está el pedazo más bello de la tierra. Sin la petulante lozanía de los trópicos y sin la fría severidad de los bosques del Norte de la Europa, mézclanse en la escena ríos como lagos, lagos como mares, rodeados de una vegetación primorosa, artística en sus combinaciones y grandiosa en su conjunto.

Traíame arrobado de dos días atrás la contemplación de la Naturaleza, y a veces, sorprendía e el fondo de mi corazón un sentimiento extraño, qu eno había experimentado ni en París. Era el deseo secreto de quedarme por ahí a vivir para siempre, hacerme yanquee, y ver si podría arrimar a la casacada alguna fábrica para vivir. ¿Fábrica de qué? … Y aquí el deleite de tan bella vida se me tornaba en vergüenza, acordándome de aquellos ostentosos letreros chuecos que había visto en algunas aldeas de España, Fábrica de fósforos. ¡Y qué fósforos! ¿Enseñar o escribir qué con este idioma que nadie necesita saber? Para curarme de estas ilusiones y recuperar mi alegría, no necesitaba más que tomarle el peso a mi descarnada bolsa, y echar una ojeada sobre mi contaduría en general para no volver a pensar más en ello“.

(Sarmiento hizo este viaje a Estados Unidos en 1847).


Amor en el camino

La semana pasada fui a ver El Etnógrafo, un documental sobre John Palmer, antropólogo inglés que hace treinta años llegó a Salta para estudiar las costumbres del pueblo wichi. En el camino se enamoró de una aborigen, tuvo cinco hijos con ella y hoy, etnografía aparte, trabaja con los wichis en la defensa de sus tierras y sus derechos.

La película se mete en la vegetación densa del chaco salteño, transita el calor húmedo, las preocupaciones y la lucha de una etnia olvidada, y se planta en la intimidad de esta pareja que evalúa en la cocina, frente a un café negro, el nombre que le pondrá a su último hijo.

Cuando salí del cine pensé en lo caprichoso de las fronteras, en qué lejos queda Londres de Salta. Y en el amor. ¿Qué pasa cuando el amor te sorprende en el camino? En años de viajes encontré gente que decidió cambiar de vida y de residencia por razones económicas, de estudio, místicas. Por amor. Supe de un italiano que se enamoró de una argentina, una chilena de un irlandés, una española de un japonés, un inglés de un brasileño. En el amor como en el viaje, el riesgo es alto y los seguros no alcanzan. Después de animarse al cambio y atravesar la distancia, todos ellos superaron diferencias culturales.

La historia del antropólogo y su mujer wichi me recordó la de Manuel Pardo y Cécile Domens, dos casos en los que las diferencias parecen abismos. Pero ahí están, en el Norte y en el Sur como hitos del poder del amor.
Cuando una historia es buena anda sola, la lleva la gente, la radio, el viento. ¿Fuiste a la estancia del amor? me preguntaron en una parada de la Ruta 40. Viajaba por la Patagonia áspera, en el norte de Santa Cruz.

Porque me gustan las historias de amor escuché la de Manuel y Cécile con atención. Primero me la contaron otros. Más tarde, la supe por ellos.
Manuel es un gaucho fuerte. Cincuentilargos, soltero, pocos dientes y muchos inviernos en el pellejo. Peón de estancia, jinete, cazador de pumas. Dicen que era un hombre de pocas pulgas, capaz de sacar un cuchillo en una pelea. No podría afirmarlo. Lo vi usar el cuchillo, pero para cortar milanesas porque Cécile no cocina.

Cécile Domens es francesa, anda cerca de los cuarenta, tiene sonrisa de niña. Fotógrafa, chica independiente, viajera. A los 23 se fue con una amiga a Mongolia. En una feria compraron dos caballos y así recorrieron las estepas más altas de la tierra. En Francia coordina viajes de fotógrafos aficionados. Haciendo un scouting de lugares para el próximo viaje llegó un día a una estancia de Santa Cruz. Sin perder tiempo se fue a conocer el campo a caballo con el gaucho que le asignaron: Manuel Pardo.
Él sin pasaporte y ella con varios llenos de sellos. A los cuatro días estaban juntos y al año siguiente había nacido Laure, una nena preciosa, salvaje, patagónica. Ella le dice Laure y él la Laura.

Manuel no se fue a París y Cécile no se vino completamente a la Patagonia áspera, pero siguen juntos. Ella regresó a Francia con Laure y trabaja allá entre seis y siete meses. El resto del año, durante el verano, viene a la Patagonia y vive con Manuel. Los meses que se queda en el campo recibe grupos de fotógrafos o escribe libros de fotografía.

Primero supe esta historia por otros, después me la contaron ellos, entre mates y bizcochos en una cocina pintada de celeste. Yo anotaba en la libreta y miraba para abajo porque todos teníamos pudor, de preguntar y de contar. Pero en un momento inesperado levanté la cabeza. Justo cuando se miraban con una cara chispeante de deseo, que parecía decir vas a ver cuando te agarre…
En su último libro, Elogio del amor, el filósofo francés Alain Badiou enfatiza el valor de la diferencia. “[…] El amor es verdaderamente confiar en la casualidad. Nos lleva a los parajes de una experiencia fundamental como es la diferencia y, en el fondo, a la idea de que el mundo puede experimentarse desde el punto de vista de la diferencia”.

Un segundo fue suficiente para ver que la historia de amor de Cécile y Manuel estaba viva y era posible. De las otras, de amores imposibles y corazones rotos, tendrán más información los que responden las miles de cartas que llegan cada año a la Casa de Julieta Capuleto, en Verona. Para escuchar esas historias, pañuelos descartables y un buen disco de fondo. Como The Juliete Letters, de Elvis Costello.

Esta columna se publicó esta semana en el diario La Tercera, de Chile.


Siesta zen en Medellín

Después de almuerzo, dos empleados toman una siesta bajo la sombra de unas guaduas, en un banco circular del jardín zen del Área de Convenciones de Medellín.




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