Viajar a Estados Unidos en tiempos de Trump

Estábamos a unos cientos de metros de la Casa Blanca, pero al tipo no le preocupó. Se acomodó el micrófono y aclaró su garganta probablemente porque sabía que hablaba para periodistas que propagarían el mensaje en medio mundo. Roger Dow, presidente de la Asociación de Viajes de Estados Unidos dijo con voz sólida: “La administración debe ser clara en que América está cerrada al terror, pero abierta a los negocios. Trump tiene una tendencia a hablar rápido. Pero también sabemos que es hotelero, un hombre de negocios, por eso creemos que podremos ayudarlo a entender esta situación”.

Desde que asumió Donald Trump, la industria turística de Estados Unidos está intranquila por sus dichos, amenazas (construir el muro en la frontera con México) y hechos concretos como el Travel Ban o veto migratorio a seis países islámicos: Irán, Somalia, Sudán, Siria, Yemen y Libia. Cuando lo decretó, en enero de este año, fue frenado por la Corte y aunque actualmente atraviesa instancias judiciales y todavía no es efectivo, cada día parece más cercano. El presidente lo defiende a capa y espada. “Vamos a pelearlo hasta el Tribunal Supremo. Vamos a ganar para mantener a nuestros ciudadanos seguros”, escribió en Twitter unos días atrás. Retoma el tema con frecuencia, incluso escribe TRAVEL BAN así, todo en mayúsculas, como si lo gritara.

También rige la restricción a los computadores personales (Laptop Ban), tablets y aparatos electrónicos grandes en la cabina en vuelos hacia Estados Unidos desde diez aeropuertos: El Cairo, Estambul y los principales de los Emiratos Árabes Unidos, entre otros. El propósito, según los oficiales de la seguridad estatal, es evitar el contrabando de explosivos y ya se discute la idea de expandir la medida a otros aeropuertos.

A esto se suman las trabas al turismo estadounidense en Cuba, anunciadas días atrás en un discurso de Trump en Miami y condenadas inmediatamente por la Organización Mundial del Turismo. Básicamente, los procesos de acercamiento que comenzó Obama fueron cancelados. Según los funcionarios de la Casa Blanca se hará un “mejor acuerdo” con la isla, pero antes tendrán que legalizar partidos políticos, celebrar elecciones y liberar presos políticos.

Es lógico que con este clima de limitaciones los directivos de Brand USA, la entidad que promociona el turismo hacia Estados Unidos estén inquietos.
La conferencia de Roger Dow fue en el marco del 49º IPW, el mayor encuentro turístico de Estados Unidos, con 6.400 participantes –expositores, compradores, agentes de viajes, prensa especializada– de 70 países que mantuvieron 112 mil reuniones de trabajo. El gran momento del año en la industria de los viajes. Acaso para distanciarse del presidente, los directivos del evento prefirieron un slogan inclusivo: One Big Welcome (Una gran bienvenida).
Estados Unidos recibe más de 70 millones de turistas extranjeros al año y eso representa un negocio de unos 250 billones de dólares. Si bien el número de arribos todavía no bajó, sí existe una sensación de antibienvenida. Cierta percepción negativa sobre complicaciones en el ingreso al país. Y, claro, algunas bajas claras, como el turismo mexicano, el inglés y, por supuesto, el árabe.
“Los números generales se mantienen, pero no debemos confiarnos en que esta tendencia continuará y no vale la pena poner en riesgo los 15,3 millones de puestos de trabajos que dependen del turismo. Un mensaje simple y claro de bienvenida hará mucho en ese sentido”, señaló Dow.

En 2016, la ciudad de Nueva York recibió más de 60 millones de turistas, un record sin precedentes. Sin embargo, las proyecciones indican que “la retórica de Washington” afectará al turismo. A través de su agencia de marketing, NYC & Company, la ciudad también quiso distanciarse del presidente y unos meses atrás lanzó su campaña “Welcoming the World” (Le damos la bienvenida al mundo). Desde la costa oeste, Los Ángeles se sumó con el slogan Everyone is Welcome (Todos son bienvenidos) y desde su agencia de turismo destacaron –como una virtud, celebrando la diversidad– que en la ciudad vive gente de 140 países que habla 224 idiomas.

Cuando Roger Dow se bajó del escenario, el aplauso se escuchó largo y sonoro. Los directivos del IPW fueron contundentes. Después de una semana de conferencias se sabe que ellos también van a dar pelea por un país a puertas abiertas.
Esa misma tarde salí a caminar por The Mall, el paseo tradicional de Washington donde están los maravillosos museos, el Lincoln Memorial y el Obelisco. Justó ahí crucé a un adolescente rubio que caminaba con sus padres. Iba muy orgulloso con su buzo con inscripción: Make America Great Again (Que América vuelva a ser grande), el lema de campaña de Donald Trump.
Está claro que no será fácil.


La cola redonda

Ezeiza, siete de la mañana.

Llegaron cuatro vuelos al mismo tiempo, de Europa y Estados Unidos. Vuelos largos, de toda la noche. Uno solo quiere tomar la valija y volver a casa. Eso que podría ser simple no es fácil en Ezeiza. Las valijas no llegan. Cuarenta minutos y la mitad del avión espera parada a un costado de la cinta. Muchos pasajeros esperan sus valijas que no llegan. Seremos unos seiscientos.

Finalmente, ahí está la valija. La saco de un tirón de la cinta y pretendo caminar a la salida. La cola para pasar por el scaneo de equipaje es tan larga que no tengo que moverme. Da vueltas por todas las cintas y tiene altibajos, sube y baja como el dibujo de una ola. Da vueltas y no tiene ningún orden. Después de un rato de avanzar paso a paso entiendo que soy parte de una cola redonda, una subcola que salió de la principal y no va a ningún lado.

La abandono, indignada, y me cuelo en otra. Varios hacen lo mismo y vuelan insultos de la cola principal a la subcola. En un momento, empezamos a aplaudir para que alguien se haga cargo del caos. Nada. Nadie.

Decido hablar con un jefe. Me señalan al jefe de Aduana. Le pido si podría organizar la cola, le digo que hay gente mayor que viajó muchas horas, que estamos cansados y se están armando discusiones sin sentido entre los damnificados. Responde:

-Sí, yo te entiendo, pero no tengo nada que ver. Tenés que hablar con los de Aeropuertos 2000. Yo ya se los dije muchas veces, pero no escuchan. Tendrían que venir a las cinco de la mañana y llegan a las siete. Esto pasa todo el tiempo.

-¿Les podrías avisar?

-Ahora justo voy para ese lado, si los veo les digo.

Esa mañana más de viajero tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlar la ira. Mis valijas pasaron por el escáner victoriosas y cuando le conté lo que pasaba adentro del aeropuerto, el taxista se rio y me dijo Bienvenida a la Argentina.


Peleas en viaje

Las vacaciones en pareja podrían ser una modalidad más del turismo aventura, o incluso, de riesgo. En esta época en que se comparte más tiempo –con la pareja o los amigos– surgen momentos inolvidables, por bellos o por infernales . Lo avalan especialistas y los medios dan consejos sobre cómo sobrevivir en nuevos contextos y rutinas. A continuación, algunas anécdotas. De otros, claro.
Recuerdo el cuento del Cif. Almorzaba con una pareja de amigos que había viajado por varios lugares de la Patagonia, entre ellos Villa Pehuenia. Como estaba preparando una nota sobre ese lugar les pregunté cómo lo recordaban, qué les había llamado la atención del pueblito neuquino a orillas del lago Aluminé. Me imaginé que me contarían de los bosques de pehuenes, de los mapuches, del volcán Batea Mahuida. Pero no. Se miraron y después de soltar una carcajada, respondieron a coro: “el Cif”.

–¿El Cif?

Sí, se referían a un producto de limpieza para baños. Lo que más recordaban de Villa Pehuenia era una pelea, que con el tiempo tuvo nombre propio: el Cif.
Entonces el lugar, sea Villa Pehuenia, París o las Islas Caimán, corre el riesgo de opacarse por el velo de un mal recuerdo que no está producido por un robo, un accidente o un clima hostil sino por una pelea.
Una pelea en viaje logra que la mirada se malhumore y vacíe de sentido de lo que tiene ante sus ojos. No importa si es un lago increíble que por las mañanas se cubre de una bruma mística. No interesa si es playa o selva o una ciudad o un pueblo o un desierto o un volcán. El lugar puede ocupar el primer puesto en la lista de las Siete Maravillas, pero una pelea es capaz de destrozarlo en segundos. Con la fuerza de un huracán. Después, el recuerdo es un mal recuerdo.
Podría desaconsejar las peleas en viaje, pero sería una actitud descarada. Tal vez, recomendar una revancha. No de la pelea, claro, de la visita. Aunque quizás lo mejor sea abandonar la autoayuda y contar qué pasó con el Cif.
Resulta que después de pasar unos días en casa de unos amigos en San Martín de Los Andes, antes de partir, ella le pidió a él que por favor limpiara la bañadera con Cif porque después de ellos llegaban otros invitados a la casa. Mientras tanto, ella cambiaría a los chicos, haría los bolsos, prepararía el picnic. Pero él se quedó charlando y se olvidó completamente de la bañadera y del Cif. Ya estaban en la ruta hacia Villa Pehuenia cuando ella le preguntó si había pasado el Cif a la bañadera.

–¡Cómo que no la limpiaste!
–¿Y por qué no la limpiaste vos?

Entraron a Villa Pehuenia peleados. La discusión, como muchas, fue tonta pero una vez armada rodó descontrolada por las calles de tierra del pueblo andino. Y no hubo trucha a la manteca ni trekking ni balcón con vista al lago que pudiera detenerla.
Hoy, cuando mis amigos quieren ver en su cabeza la diapositiva de Villa Pehuenia no pueden enfocar. Intentan recordar pero enseguida aparece el Cif, parado entre los pehuenes y el Lago Aluminé como un gnomo maldito.
Los viajes pueden servir para descansar y tomar sol, pero también para separarse definitivamente. Mi prima suele recordar que ella decidió terminar con su novio en el Musée d’ Orsay, frente a un cuadro de Toulouse Lautrec que se llama Le lit (La cama) que muestra a una pareja que duerme amorosamente. “Puede sonar glamoroso, pero no lo fue: en esos momentos la mejor ciudad o el paraíso natural más bello pueden convertirse en el peor lugar del mundo”, dijo.

A veces, las peleas se superan, como en el caso del Cif. Otras, son irreconciliables. Unos años atrás mi amigo Enrico, su novia de ese momento, Leticia, y otro amigo decidieron recorrer Grecia. Antes de partir, el otro amigo anunció que se sumaría una amiga alemana. Y se fueron los cuatro en un auto alquilado. Enseguida, comenzaron los roces con la amiga alemana. Pero cuáles eran los problemas, le pregunté. Entonces contó que era ese tipo de persona que se queja de todo, que nada le viene bien. Lo peor, comentó, era cuando había que dividir las cuentas. Ella quería pagar solo lo que había comido, no colaboraba con la propina, medía todo. “Me acuerdo que los vendedores griegos eran insistentes y ella, en lugar de tomarlos con humor o paciencia, se enojaba y transformaba todo en una discusión”.
Habían pasado menos de diez días de viaje cuando los tres viajeros originales le comunicaron que no querían seguir viajando con ella. Ella lo aceptó sin problemas básicamente porque tampoco quería seguir viajando con ellos. Bajó sus valijas del auto y siguió sola su recorrido por Grecia. Ellos también.

Días más tarde, los tres amigos avanzaban por una ruta de montaña del norte del país que une los monasterios de Meteora cuando advirtieron que alguien hacía dedo.
Como tenían un lugar bajaron la velocidad. Estaban a punto de detenerse cuando advirtieron que la persona que estaba a la vera de la ruta era nada menos que ¡la alemana! “Entonces, en lugar de frenar, pisamos el acelerador sin mirar atrás y sin culpa”. Ella los insultó a la distancia.

A todo esto, el paisaje mitológico de bosques, monasterios y peñascos altísimos, se desplegaba con fuerza sagrada. Pero seguramente ellos no lo vieron.

Esta columna fue publicada en el diario La Tercera, de Chile.


El Amazonas verde – brócoli

Un amigo compartió en Facebook una nota sobre Herzog con datos para ver online varias de sus películas. Es un director que me gusta mucho, así que leí los nombres de las películas y me detuve en un documental que vi hace un tiempo: Alas de Esperanza (1998).

Hice clic en el enlace y unos segundos más tarde estaba en el Amazonas, con Werner Herzog y Juliane Koepcke, la única sobreviviente de un accidente aéreo en el que murieron 92 personas ocurrido el 24 de diciembre de 1971.

Víspera de Navidad y el aeropuerto de Lima era un loquero. Muchísimas personas querían viajar en el vuelo 508 de Lansa Líneas Aéreas. En esa época, Herzog filmaba Aguirre, la ira de dios y estuvo por abordar ese avión. Finalmente, él no viajó, pero Juliane sí. El destino era Pucallpa donde la joven de diecisiete años pasaría las fiestas con el padre, que trabajaba como biólogo en medio de la selva. Juliane viajaba con su madre, que murió al lado de ella.

En el documental, Herzog revive ese día fatal con Juliane que no había vuelto a esa selva. Se sientan en la misma fila, la número 19, y ahí ella relata los últimos minutos hasta que el avión cayó a pique y ella perdió el conocimiento. Lo cuenta con claridad y contenida por su marido que está a su lado y le toma la mano. En un momento dice que la última imagen que vio fue la selva que estaba abajo de ella, “verde profundo, como una créma de brócoli”. Me pareció buenísima la imagen y cómo tuvo tiempo mental para la poesía cuando estaba pasando por el mismo cielo que le había robado a su madre.

Esta vez, el avión de Aeroperú aterrizó sin contratiempos. Juliane, que es zoóloga especializada en murciélagos, Herzog y su equipo ingresaron en el Amazonas con machetes para buscar el avión que nunca se había encontrado. Entre mosquitos, vívoras y calor encontraron partes del avión, ropa, bandejas, el taco de un zapato, monedas que ya no circulan. Y una historia de supervivencia alucinante, de una adolescente perdida en la selva durante nueve días.

Dan ganas de verla, ¿no? En el link está en inglés, pero seguro que se consigue subtitulada.


El precio del low cost

No me llevo bien con las aerolíneas de bajo presupuesto. Y no lo digo hoy que vengo de pagar 70 euros por no haber impreso la tarjeta de embarque para presentarla en el Check-in. No. Nuestra relación fue mala desde el principio.

La primera vez fue en Berlín, hace algunos años. Compré el pasaje a Roma, ilusionada porque había pagado menos de 100 euros. Cuando pregunté cómo llegar al aeropuerto me dijeron que Schönfeld quedaba lejos y que no había transporte de noche. Como mi vuelo era de madrugada fue necesario tomar un taxi de una hora que costó casi tan caro como el vuelo.

El camino es más largo pal que va cargao demás. Aunque no creo que los dueños de las low cost hayan escuchado a Zitarrosa, las aerolíneas de bajo costo fueron pensadas para el que carga poco. Cada maleta se paga aparte. Los maravillosos precios no contemplan muchos cambios de ropa. Para aprovechar la oferta, en este viaje decido ir con mi mochila chica: solo un par de mudas para pasar unos días en La Toscana. Aprieto la ropa, la cámara, el cepillo de dientes y el libro a riesgo de convertirlos en astillas.

Llego al aeropuerto antes de las 8. La fila para el Check-in es larguísima y a los costados hay algunos desertores de fila. Están nerviosos, transpirados, con la valija abierta, tratando de hacer entrar todo. Por el altoparlante anuncian que en la cabina va únicamente una pieza que debe pesar diez kilos y entrar en un modelo, una especie de jaula, que tienen en exhibición. Si el empleado lo requiere es preciso calzar la maleta ahí para que se vea que entra en esas medidas. Si no, se paga o se deja.
La cámara de fotos cuenta como una pieza y la cartera también. Nada de cartera y mochila. O de cámara y cartera. Uno es uno.

Y ahí está esa estudiante de medicina sentada arriba de su valija. Cuando escucha lo de una sola pieza abre la valija que se ve llena y decide hacer entrar su cartera, también llena. Tiene los rulos en la cara, se muerde los labios y aprieta las dos tapas de la valija con todas sus fuerzas, como si tuviera que detener una masa de serpientes venenosas que viene a colonizar el mundo. Frunce el ceño, no puede: los dientes del cierre están demasiado separados y así no corre. Una mujer que está al lado se ofrece a ayudarla: una se sienta y la otra intenta cerrar. Tampoco va. Sigue la de rulos sola. Abre la valija, saca la cartera que había puesto llena, la vacía, corre poleras, reacomoda el secador, mete el neceser en un borde, las alpargatas en otro y se vuelve a sentar arriba. Somos varios los que la miramos y nos asomamos a su intimidad. Somos varios los que hacemos fuerza, aunque sea mental, para que le entre todo. El cierre le dejó los dedos colorados. Un empleado de la compañía pasa en Segway y sonríe al ver la escena. Si ella lo veía para mí que le tiraba las alpargatas de flores, que parece que no entran.

La cuestión del peso hace el embarque más lento. El vuelo se atrasa casi una hora y toca esperar en la pista para el despegue. Los asientos no son numerados, por eso la fila es tan larga. Más adelante, más posibilidad de elegir. Más atrás, lo que quede mijo.
Agotada porque es temprano y por los nervios me duermo profundamente unos minutos antes del despegue. Y sueño… como la aerolínea es de bajo presupuesto no puede utilizar el aeropuerto y tenemos que despegar desde una avenida en los alrededores de Madrid. Una avenida llena de camiones que no nos ceden el paso porque están en huelga. Me despierto cuando el avión carretea por la pista (del aeropuerto).

No hay bebes que puedan llorar y con este buzo polar no pasaré frío: es el momento ideal para una siesta después del madrugón. Cierro los ojos, pero arranca la kermese. No, no estoy soñando otra vez. Primero pasan las azafatas vendiendo los típicos productos de Free Shop, después cereales con leche, sándwiches y hasta hamburguesas y papas fritas que alguien alguna vez habrá freído. “Prueben nuestros perritos calientes”, dicen un azafato con sonrisa de publicidad. Cuando creo que terminó el show, llega el plato fuerte: la venta de un juego tipo lotería. “Si quiere ser uno de los millones de pasajeros que ganaron premios, no deje de participar, cuesta 2 euros”. Se anunciaba por altoparlante, primero en inglés, después en español y al final en italiano. Mientras el azafato muestra los billetes como un croupier con las cartas en la mano.
Cuento las filas: unas 30, con 6 pasajeros en cada una. Perfecto, un público cautivo durante dos horas. Me siento en una feria, con pregoneros a los gritos. Ahora promocionan un billete de bus turístico para ver las principales atracciones de Roma y en cinco minutos venderán cigarrillos sin nicotina ni humo para fumar durante el vuelo. En cualquier momento salen a vender merluza.

Como el toilette está al fondo y mi asiento en la mitad recorro medio avión en compañía de las publicidades estampadas en las gavetas superiores. Termino frente al búnker de las azafatas, que cuentan monedas y hacen torres de uno y dos euros. Las miro y pienso cuántas monedas habrá de diferencia entre una low cost y una aerolínea de línea. En ese momento se enciende la luz de regresar al asiento, pronto aterrizaremos.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile.


A sangre fría

El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”. A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene un atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. La tierra es llana y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.

Holcomb también es visible desde lejos. No es que haya mucho que ver allí…es simplemente un conjunto de edificios sin objeto, divididos en el centro por las vías del ferrocarril de Santa Fe, una aldea azarosa limitada al sur por un trozo del río Arkansas, al norte por la carretera número 50 y al este y al oeste por praderas y campos de trigo. Después de las lluvias, o cuando se derrite la nieve, las calles sin nombre, sin árboles, sin pavimento, pasan del exceso de polvo al exceso de lodo. En un extremo del pueblo se levanta una antigua estructura de estuco en cuyo techo hay un cartel luminoso –BAILE-, pero ya nadie baila y hace varios años que el cartel no se enciende…

A Sangre fría, de Truman Capote.

Capote describe con maestría el paisaje de Holcomb, el pueblo cercano a la granja donde se produjo el asesinato de la familia Clutter, el 15 de noviembre de 1959. El recuerdo me pareció oportuno en estos días de muertos.

La foto es de Robert Frank, de su libro The Americans, publicado en 1958 después de un recorrido por el Estados Unidos.


Chau Tacheles

El año pasado, en Berlín, conocí el Tacheles, un icono de la cultura urbana alternativa que nació en los 90 como un centro autogestionado de arte.

El lugar estaba en el edifcio de la foto, que fue construido a principios de 1900 y dañado durante la guerra. Con el tiempo se transformó en un centro cultural y una usina del arte: había 30 talleres donde vivían y trabajaban muchos artistas. Cuando fui no estaban todos en funcionamiento.

Recuerdo unas escaleras y pasillos oscuros y todo medio en ruinas. Era cerca del fin. Aún así tenía encanto y fuerza. Todavía había marchas de resistencia porque el edificio había sido vendido y tendría destino de shopping. Me entero de que así será. El mes pasado cerró sus puertas luego de años de batallas legales.

A veces, la realidad puede responder descarnadamente una pregunta filosófica. How long is now (Cuánto tiempo es ahora).


Chiclayo, amistad y cabras

Chiclayo, en el norte de Perú, se proclama como La Ciudad de la Amistad. Doy fe del carácter fraterno de sus habitantes, pero me imagino que las cabras que viajan en ese mototaxi no estarán de acuerdo.


Excursiones que duelen


Hace un año estaba en Cracovia. Tres días me alcanzaron para caminar por el casco histórico, disfrutar de la arquitectura gótica y medieval, tomar café en el bar que frecuentaba la poeta Wislawa Szymborska, probar los pieroguis, comprar un dije de ámbar.
El tercer día pensé si visitaría Auschwitz, que está a cuarenta minutos en auto. Por esas semanas leía Maus, la escalofriante novela gráfica, ganadora de un premio Pulitzer, donde el dibujante Art Spiegelman cuenta la historia de su padre, Vladek, un sobreviviente del campo de exterminio.
Las agencias de viaje ofrecían el tour a Auschwitz. Te pasaban a buscar a la mañana por el hotel y te devolvían a la tarde; era barato. En la recepción, el folleto estaba al lado de otros que promocionaban Wieliczka, la antigua mina de sal, y un mercado de artesanías. Auschwitz era otra atracción turística, con precio, duración y tienda de souvenirs.

Me acordé de algunos ejemplos de turismo que duele. La Casa de los Esclavos en la isla de Gorée, en Senegal, donde miles de hombres y mujeres fueron pesados como ganado, castigados con látigo, vendidos, separados de sus familias y embarcados a América; los Campos de la Muerte, en Camboya, que guardan restos de muchos de los dos millones de camboyanos ejecutados por el régimen de Pol Pot a mediados de los 70; el Museo de la Memoria en la Esma en Buenos Aires y el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Santiago; el de Montevideo y tantos otros, ¿conocerlos o descartarlos por el malestar que provocan?
Tuve en mi cartera el papel con la oferta del tour a Auschwitz sin decidirme. Cambiar un rato más de la romántica Cracovia por un viaje al horror. Pasar de la experiencia turística placentera a volver a hotel con los ojos hinchados. Anna Baranek, mi guía en la ciudad, me contó que uno de los turistas que llevó hace poco le dijo que hubiera sido mejor no haber ido, que ese lugar es un Disney de la muerte. Conozco judíos que no fueron ni irían porque sus abuelos murieron ahí y la pena es demasiado grande.
Decidí ir. Creo que los museos de la memoria educan, crean conciencia, llaman a la reflexión y son parte de la historia de la ciudad y del país y del mundo. Fui sola, sin tour. Me levanté temprano, atravesé el casco antiguo, salí de la muralla y caminé hasta la estación de ómnibus. O?wi?cim está a menos de una hora de Cracovia. Así se llama el pueblo que los nazis renombraron en alemán Auschwitz y donde situaron una fábrica de muerte. Subí a un bus y enseguida apareció la campiña ondulada y sembrada de trigo. Llegué a eso de las 9 de la mañana. Mientras caminaba hasta el edificio principal sentía frío aunque hacía mucho calor. En el estacionamiento conté 17 micros. El complejo Auschwitz – Birkenau recibe más de un millón de turistas por año. Éramos cinco personas que hablábamos español y fuimos sin tour. Nos asignaron una guía que estuvo con nosotros unas tres horas, eso duró el recorrido por los 28 pabellones de Auschwitz y el vecino campo de 140 hectáreas construido por los prisioneros: Birkenau.

El sitio donde exterminaron más de un millón de personas, incluidos los 65.000 judíos que vivían en Cracovia, se visita desde 1947. Los primeros guías y el primer director fueron prisioneros que se salvaron.Los prisioneros llegaban engañados, en tren. Les hacían creer que trabajarían en el campo. Llegaban, dejaban sus cosas, los desinfectaban, les tatuaban un número en el brazo y les sacaban una foto: de perfil, de frente y con gorro de preso. Hay largos pasillos de fotos. Se ve cómo era la vida en el campo, las sopas inmundas que comían, los castigos y las técnicas de exterminio. Las cámaras de gas, donde en 20 minutos morían dos mil personas. Los hornos, donde los prisioneros tenían que quemar el cuerpo de sus propios compañeros. Hay vitrinas con lentes, maletas, muñecas –en Auschwitz murieron 200.000 niños–, 40.000 pares de zapatos y dos toneladas de pelo.
Me crucé con un anciano con la mirada inundada y en la escalera del segundo pabellón lloraba una chica de veintipocos.
En Birkenau, la vieja estación de tren, las torres de vigilancia, los alambres de púa. Llegaban y eran distribuidos: los enfermos, a morir, y los fuertes, a trabajar. Allí estuvo Anja, la madre de Art Spiegelman, el autor de Maus. Y Vladek se las arreglaba para mandarle comida desde Auschwitz. En enero de 1945 los soviéticos liberaron el campo. Los nazis se habían escapado, quedaban 7000 prisioneros en su mayoría enfermos.

Uno vuelve de Auschwitz destrozado, sin ganas de comer ni ánimo. Con una tristeza profunda por lo que el hombre es capaz de hacerle al hombre. Con una pregunta que taladra los sesos: ¿cómo se pudo llegar a eso? Y con un impulso irrefrenable de libertad.
El turismo que duele recuerda el coraje y el sufrimiento de la muerte injusta y promueve la memoria colectiva y el nunca más. Sólo hubiera preferido que hiciera frío, que nevara y tener las manos y los pies helados. Como el espíritu, bajo cero.

Esta columna fue publicada en el suplemento Tendencias del diario La Tercera, de Chile.


El caballero que cayó al mar

“Era imposible ponerlo en palabras, pero tenía cierto respeto por el mar; ante él se sacaba la gorra. El mar era una persona extraña con toda clase de ideas extrañas, peor incluso que él mismo cuando se emborrachaba. Los navegantes navegan por el mar y el mar dice está bien, pero no se propasen. Con calma; ustedes por su lado y yo por el mío. Una vez, Bjorgstrom había trabajado en un barco de pasajeros estadounidense que hacía el trayecto entre Nueva York y La Habana. Pero renunció después del primer viaje, aunque realmente necesitaba el empleo. Aquella gente frívola con sus cócteles y sus bailes a la luz de la luna no tenía ningún respeto por el mar. Creían que Dios había hecho el mar para entretenerlos, mientras que todo marienero sensato sabía que Dios lo había hecho para transportar discretamente mercancía de un continente a otro. Como resultado, el mar se irritaba y de vez en cuando les recordaba su arrogancia, quemándolos en un incendio a bordo, congelándolos en el paso del Noroeste o reventándoles los sesos contra olas de un kilómetro de alto. Y era gracioso lo fácil que le resultaba al mar ponerlos en su lugar, más fácil que para un elefante pisar una hormiga. Por eso, pensó difusamente Bjorgstrom, los marineros no se bañaban más de lo necesario. Todos esos ignorantes que no entendían el mar creían que los marineros eran sucios por naturaleza; era solo que no querían ponerse demasiado mar encima. Ya lo tenían suficientemente encima sin bañarse; la bruma siempre les soplaba en la cara y en climas tormentosos las olas se encaramaban sobre la cubierta. El mar estaba todo a su alrededor excepto arriba, y Dios era igualmente errático; como en el caso del mar, nunca se sabía qué iría a hacer. ”

 

El caballero que cayó al mar, H.C. Lewis, La Bestia Equilátera.




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