El viento que arrasa

“[…] Tapioca tampoco se acuerda bien de su madre. Cuando ella lo dejó, tuvo que acostumbrarse a su nuevo hogar. Lo que más le llamó la atención fue ese montón de autos viejos. El cementerio de coches y los perros fueron un consuelo. Esas primeras semanas hasta que se fue haciendo a la idea. Se pasaba el día entero metido en las carcasas: jugaba a conducir aquellos vehículos y siempre tenía tres o cuatro perros de copilotos. El gringo lo dejaba. Se fue acercando de a poquito como si el niño fuera un animalito de monte que había que amansar. Empezó contándole la historia de cada uno de esos autos que alguna vez habían transitado calles y hasta rutas larguísimas. Muchos no solo habían ido hasta Rosario, como su madre, sino también a Buenos Aires y a la Patagonia. Brauer había buscado una pila de mapas de rutas del Automóvil Club y, por las noches, después de cenar, le mostraba los puntos por los que, según él, habían andado aquellos vehículos. Con su dedo grueso, manchado de grasa y nicotina, iba siguiendo las líneas y le explicaba que el color y grosor de cada trazo daba cuenta de la importancia de la ruta que ilustraba. A veces el dedo de Brauer torcía bruscamente el rumbo, se salía de una carretera principal para tomar un camino apenas insinuado, una línea más fina que una pestaña que terminaba en un puntito. El gringo decía que en ese sitio el conductor había pasado la noche y que ellos debían irse a dormir.

Otras veces la punta del dedo del mecánico pasaba los saltitos por una línea punteada, un puente levantado sobre un río. Tapioca no sabia lo que era un río, ni lo que era un puente así que Brauer se lo explicaba.

Y otras veces el dedo se movía sinuoso por un camino de montaña. En una ocasión el dedo llegó a donde se terminaba el mapa y el Gringo le habó del frío que jamás conocerían en el Chaco, un frío que lo ponía todo blanco. Allí la carretera, en invierno, se cubría de hielo y el hielo propiciaba la patinada de los neumáticos y los accidentes fatales. A tapioca le dio miedo un sitio así y pensó qué suerte que ellos estaban bien arriba en el mapa y no ahí donde se terminaba el mundo.

El viento que arrasa, Selva Almada, Mardulce, 2012, Buenos Aires
Página 49

(La foto es Paysandú, Urugay, en un descampado donde venden cachilas)


La madrugada era otra cosa, por Martina Bastos

 

De eso.
Del verso y la harina, de un grillo exacto, de un tiempo breve.
De eso -tan poca cosa- vengo a hablarte.
De eso vengo a hablarte.
Era la noche quieta. Era el aire caliente y la luz a medias. Eran los grillos buscándose a gritos. Era la luna una mitad. Era un hotel mustio y un patio y sus paredes. Era una tierra ajena, las horas lentas, algún insomnio. Éramos todavía dos extraños. Éramos todavía invulnerables.
Me miras toda, te miro entero: maneras de reconocerse.
Y ése, así, pudo haber sido el principio.
Tú eres panadero y yo junto palabras, y la madrugada -el espacio donde crecen poemas y panes- nos vino a reunir en un patio de hotel.
El patio es alargado. Las puertas son diez y ocho están cerradas. Adentro, criaturas duermen, sueñan, aman: nada raro. Afuera hay un calor cansado. Y plantas. Y un grillo insistente entre el calor y las plantas. Desafina tanto que nos hace gracia. La risa se derrama y sentimos algo que -tal vez- sea un cosquilleo. Las plantas respiran. Transpiramos. El patio es un horno manso en el que -ambos sabemos- se está cocinando algo.
No es lo mismo la harina de trigo que la de centeno. Su pan es más oscuro, más denso, más amargo -explicas- y el pan de centeno parece de pronto un animal lastimado. Lo trago con cierta compasión; pienso en toda su oscuridad, su densidad, en toda su amargura.
Pienso además -sin que te enteres- que Lihn tenía razón, que no debe ser lo mismo estar sola que estar sola en una habitación de la que acabas de salir. Que seguramente tú no sabes quién es Lihn ni quién salió de su habitación para que él repitiese, como un mantra: no es lo mismo estar solo que estar sin ti. Que tampoco yo sé cuánto tiempo hay que amasar la harina de maíz para transformarla en aquello que cruza de tu mano a la mía: una empanada.
Yo nunca metí las manos en la masa.
Tú nunca leíste a Lihn.
Pero eso, supongo, no tiene ninguna importancia.
La distancia de tu mano a la mía es un trayecto menor: allí donde suelen ocurrir los accidentes.
A veces sucede simple: una mano tropieza en otra y pone la noche quieta en movimiento, vuelve ligeras las horas.
La madrugada puede ser eso: compartir una empanada y entender la ligereza del tiempo, el orden del mundo, el peso de todas las piedras; rendirse al pan y a la poesía como lo que son: placeres primarios; trabajar la masa y las palabras: ablandarlas, molerlas, variar el molde, retorcerlas hasta su forma definitiva, bailar con ellas en la pirueta final.
La madrugada puede ser eso: mezclar agua, harina y levadura como un nombre, un verbo y un adverbio, enfrentar un balance de ingredientes a un revoltijo de versos, deslindar lo intrascendente de lo fundamental, hablar de cosas simples y elementales y dejar que el resto suceda lejos:
-Que ni poco ni demasiado: amasar hasta el punto justo, obtener una textura lisa como plastilina y ven, hagamos el amor así se acorta la noche.
-Que hay que apretar con la parte de la mano que se une a la muñeca y ven, guardemos esta noche para cuando no haya.
-Que la levadura es un hongo, un organismo vivo y también, si quieres, podemos tener hijos.
-Que un exceso de sal endurece la corteza y que no, no volverá nunca al mundo una noche como esta noche.
No vuelven al mundo las noches así.
No cantarán los grillos otra vez.
Y quizás -sólo quizás- sea mejor así. Pero ahora, en un patio largo, entre el calor y las plantas y un grillo terco, el milagro toma esta forma, instala un silencio estricto.
Me dices poco, te digo nada: maneras de decirse todo.
Me miras -panadero- como un aullido.
Y eso, supongo, debe tener algún significado.
Nuestro pan último es una marraqueta que rompes en dos. Para entonces, la madrugada ya es sólo un resto frágil, algo que agoniza demasido rápido. Se va dejando la mañana a nuestros pies, envueltos en migajas.
Te miro -panadero- como un aullido.
Tal vez la madrugada sea eso: la fuerza con la que aúllan los lobos.
La palabra “compañía” proviene del latin panis: se refiere a la acción de comer de un mismo pan. Un compañero es, etimológicamente, “aquél con quien se comparte el pan”.
La mañana llega como una frontera.
Y ahora dime -compañero- qué hacemos con todo esto.
Quiero decir: qué hacemos con la frontera, la línea cruel entre seis horas livianas y la mediocridad del resto de los días. El se acabó la suerte y cada uno se va por donde vino: tú con los panes a otra parte y yo a recitarle a nadie, a caer de tu cuerpo al precipicio, a creer que la ternura es impropia y que sí, que es posible regresar de ti a cualquier parte, como si el amor no fuera una cosa cierta y nosotros hubiéramos nacido en vano.

Este texto de Martina Bastos ganó el XIX Certamen Internacional de Cartas de Amor y Desamor de Almuñécar. Cada vez que la leo me gusta más.


Tomarse los vientos

En los viajes me encuentro con otros viajeros y también con gente que construye su proyecto personal y esa es quizás su manera de viajar.  Otra interpretación del viaje. Aunque el movimiento los inspira, en este momento no pueden moverse.

Sara González y Gonzalo Domínguez tenían una vida más o menos parecida a muchas vidas de ir y venir a la oficina, en Montevideo. Querían cambiar y un día todo cuadró para hacer la maniobra. Ahora tienen una posada en las sierras de Lavalleja, la más linda de las que conocí por ahí. Sus hijos van a una escuela rural, ella cocina y él está empeñado en restaurar el bosque nativo.

Me despedí de ellos en en la puerta de su posada con vista a las sierras. Él preguntó hacia dónde iba, cómo seguía mi viaje. Le brillaban los ojos y no era por la despedida, más bien por el ánimo de viajar. Sara se dio cuenta y le dijo:

–Y bueno Gonzalo, por qué no cerramos la posada y nos tomamos los vientos.

–¿Qué es tomarse los vientos? –pregunté.

–Irse de viaje, andar, ser libre.


De Corrales a Tranqueras

De Corrales a Tranqueras,
cuántas leguas quedarán,
dicen que son once leguas,
nunca las pude contar.

Las hice con agua y viento,
escarcha de luna y sol,
pero entonces no contaba,
porque iba rumbo al amor.

Entonces todo cantaba,
agua, tierra, viento y sol;
entonces todo era canto,
porque iba cantando yo.

Mi flete era parejero,
mis años, de domador,
y los caminos cortitos
pa’l trote del corazón.

Camino de mis recuerdos,
tierra roja y pedregal,
bordea’o de cerros parejos
que se inclinan al pasar.

Vigilante, Miriñaque,
cerros de mi soledad,
repecha’os por mis cantares,
sombras de toro y chilcal.

Hoy, que me duele la vida,
cansa’o de tanto changar,
balda’o por los redomones
ya no las puedo contar.

Y quebra’o por una pena,
pregunto en mi soledad:
De Corrales a Tranqueras,
¿cuántas leguas quedarán?

Del disco de Alfredo Zitarrosa Pal que se va.


Noticias de Eudocia Furtado

Amanece con niebla otra vez. Una niebla que le da todavía más nostalgia a Uruguay, un país que ya es nostálgico a pleno sol. Me pregunto si a Eudocia Furtado le preocupará la niebla y me imagino que no, que la correrá de un bastonazo y seguirá caminando.

La veo así, de lejos, entre sus vacas, en San Gregorio de Polanco, el corazón del paisito. Camina encorvada, pero ligero. Deben ser las 9 de la mañana. Está destemplado y todavía hay rocío. Pastorea tres vacas cerca del cementerio. Me dan ganas de correr a saludarla, de mirarla, de cruzar algunas palabras. Me bajo del auto y voy hacia ella. Pienso encontrame a una pastorcita tierna y en cambio ahí está ella, Eudocia Furtado, ¡pá! qué mujer… jodida.

Tiene la falda hasta el tobillo, suéter rosado, dos vueltas de collar dorado, aros dorados, sombrero, uñas pintadas de rojo, 74 años. Camina mal por algunas operaciones, pero se la ve entera y fuerte.

Aunque es la primera vez que la veo me saluda como si nos conociéramos. Me cuenta de sus vacas, dice que ella las cuida y nadie más, y que ahora no es como antes, ahora hay que estar muy atento, vio? Dice que su hija la quería llevar para Montevideo pero que ella de ahí no se mueve. En un momento le pregunto si tiene marido.

– Tengo sí, está en la casa porque no anda muy bien, cocina pero lo que prepara no se puede comer de lo malo que es. Tengo marido sí, pero la verdad le digo es que el marido no sirve ni para perro.

Sigue hablando unos minutos más, qué importa si ya dijo todo.


Río como medicina

“No hay medicina segura para los dolores del alma. Esta señora languidece porque le parece que no la quiero; le doy Río de Janeiro y se consuela”.

El Alienista, Machado de Assis, Tusquets Editores.


Una vuelta por la Bolsa de Buenos Aires

Laura Antonella Veliz, autora del texto que sigue, es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UBA y alumna de mi curso de periodismo turístico. Todavía no sabe qué orientación elegirá, pero después de leer cómo escribe creo que con periodismo andará muy bien.
¿Escribir de la Bolsa? Sí, es raro pero tiene una explicación: Antonella es guía de las visitas que, a propósito, son gratuitas, de lunes a viernes a las 12, 14 y 16. Duran 40 minutos. No hay que reservar, basta presentarse con el DNI en Sarmiento 299.

Uno entra a la Bolsa de Comercio de Buenos Aires y se imagina que verá señores de traje gritando desaforados compro, vendo, compro, vendo, entre una maraña de números y gráficos y pantallas y más números. Uno entra a la Bolsa y quiere Wall Street.

Pero la versión porteña de locura bursátil es otra. Si la visitan no se van a quedar con las ganas de ver los paneles gigantes repletos de columnas de números verdes y rojos que se actualizan desenfrenadamente. Pero acá los gritos son parte del pasado. En su lugar reina la tranquilidad -falsa, seguro- que un puñado de corredores de bolsa enfrentados a sus computadoras puede generar. La tensión los atraviesa con tics, cejas fruncidas, ojos atentos, manos en la cabeza, alguna que otra puteada.


No siempre fue así. Si uno se hubiera acercado a este espacio entre 1984 y 1996, sí podía pedir el combo Wall Street: recinto de operaciones con tecnología, gritos y corredores que entonces sí corrían. Pero si la curiosidad nos traía incluso antes, acá no íbamos a encontrar más que escombros.

Entonces, las operaciones se hacían en el viejo edificio, a tan sólo unos metros del moderno. Los gritos se registraban en minutas que los corredores amontonaban en una cajita de madera. Mientras tanto, los pizarreros, ubicados arriba de una escalera, tiraban de un hilo para levantar la caja, mojaban sus tizas blancas y amarillas en una olla de agua y escribían sin parar.

Este mecanismo, que puede sonar improvisado y hasta rústico, se daba en el marco de un palacio. Pisos de mármol, columnas majestuosas, arañas de bronce bañadas en oro, tapices galo-flamencos del siglo XVI, óleos y copones franceses. El toque final lo da Mercurio. Desde que Alejandro Christophersen ideó este edificio, se asoma desde bustos, grabados y vitraux en una omnipresencia insistente. Después de todo, es el dios del Comercio. Y de los ladrones. Pero esa ya es otra historia.

Puede que la idea de viajar en el tiempo sea un cliché. Pero es difícil recorrer la Bolsa sin sentirse en un pasado-presente tan continuo como frágil. En todos estos años, la tecnología tuvo la ventaja de dar más transparencia y velocidad al mercado. Y hoy es difícil descubrir vida humana en el planeta de las acciones y los bonos. Hoy, el hombre de carne y hueso se esfuma entre el Merval y el Dow Jones.




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