El deseo de ser piel roja

Si uno pudiera ser piel roja, siempre alerta,
cabalgando sobre un caballo veloz,
a través del viento,
constantemente sacudido sobre la tierra estremecida,
hasta arrojar las espuelas,
porque no hacen falta espuelas,
hasta arrojar las riendas,
porque no hacen falta riendas,
y apenas viera ante sí que el campo es una pradera rasa,
habrían desaparecido
las crines y la cabeza del caballo.

Contemplación, Franz Kafka.

(Tomado de un papelito pegado en el baño de la casa de unas amigas)


¡Nuevo curso!

Empezamos la próxima semana en Periodismo Portátil ¡Te espero!


El chofer del Valiant

Hoy yo sería el dueño de todo Bariloche, ¿mentendé? Yo me fui hace cuarenta año con mi novia de ese tiempo que después fue mi mujer. Me llevé en el tren un Valiant que tenía y lo puse a laburar con lo turista, lo llevaba a pasear a los lagos, se sacaban la foto. De a poco iba prendiendo la antorchita y ya queríamo compra otro auto y despué una combi y no teníamo techo, ¿mentendé? Yo sería el dueño de todo.
Pero cuando no e para uno no e para uno.

Me acuerdo cómo me gustaba ir a pescar. Teníamo una caña y le dábamo y le dábamo y trucha y trucha y trucha a do mano. Quépectáculo.

¿Así que te vas a La Rioja para escribir en una revista? Ta bien, te van a llevar a lo mejore lugare para vo saqué una foto y hagá un comentario como la gente, ¿me entendé? Y la verdá que e lindo tene un laburito así.

-¿Y de qué color era el Valiant?
-Dorado con puntitos negros como cabecitas de alfiler.

 

(Del último viaje en taxi a aeroparque. El chofer tenía apellido tano, era canoso era, de unos setenta años, anteojos tipo Ray Ban. Le gustaba darse vuelta para hablar.)


Tesoros y el suelo

La niebla era tan espesa que mirar hacia adelante era como debe ser la ceguera: un mundo de tinieblas. Daba miedo porque no había nada, todo era blanco y vacío.

El jefe de la excursión dijo apenado: “Si el día estuviera lindo veríamos lejos, hasta Catamarca”. Y también: “Si el día estuviera lindo, esos paredones serían rojos y allá atrás verían una cascada y podríamos divisar un cóndor”.

Pero el día no estaba lindo y para donde mejor se veía era para abajo.

Entonces, acaso en un acto zen, no deseé otra cosa y miré para donde mejor se veía y para donde era posible. Encontré tesoros. Líquenes, yuyitos mínimos, musgos, tomillo silvestre, ajenjo, flores más chicas que una moneda de diez centavos, amarillas, rojas, lilas, helechos escondidos, piedritas, guijarros y hasta una yareta en forma de corazón.

A continuación, una galería de mis descubrimientos riojanos a unos tres mil metros sobre el nivel del mar. Sin sol.

 

 

 

 


Alta Buenos Aires

Por una nota sobre el Año Cortázar terminé en el piso 14 de la Galería Güemes, con esta vista de la ciudad. La Galería Güemes, la de los frisos, las cúpulas, la misma donde vivió Antoine de Saint Exupery en los años 30. La de El otro cielo, el cuento de Julio Cortázar.

No cualquier piso 14, se puede sospechar. Esta vista es desde el mirador de la Galería Güemes reabierto hace poco más un año. La torre más fácil de identificar es la de la Legislatura, pero también se ve el ex Banco de Boston, la cúpula de la Equitativa del Plata, la torre de la ex joyería y relojería Escasany, la torre Otto Wulff.

Pensada a la manera de las galerías europeas de principios de siglo XX, fue uno de los primeros rascacielos de la ciudad. Era un lugar de encuentro, compras, y también departamentos de lujo. Hoy es un pasaje comercial, hay negocios, show de tango en el teatro del subsuelo, y durante el día, gente que pasa mirando vidrieras y la utiliza para salir a la calle San Martín. Pero es necesario pararse en un rincón y levantar la vista para admirar las los trazos de estilo Art Nouveau.

Sugerencia: un día cualquiera, desviarse de Florida, entrar a la galería, subir al piso 14 (se pagan $20) y mirar. José, el cuidador, conoce cúpulas e historias. Y sabe por qué huequito de edificios aparece la punta del Obelisco.


El Año Cortázar

Este es el Año Cortázar. Se cumplen cien años del nacimiento y treinta de la muerte del gran escritor argentino. El cronopio mayor. Tan porteño para escribir, tan amante de Buenos Aires, a pesar de no haber vivido demasiado en ella.

Cómo vería la ciudad desde su metro noventa y tres de altura. Si hoy paseara por la Plazoleta Cortázar, en Serrano y Honduras, Palermo, seguramente su cabeza pasaría el techo de los puestos de artesanos que la llenan cada fin de semana. Y ya no podría jugar a la rayuela pintada en la inauguración porque se fue borrando con el tiempo.

El escritor nació en Bruselas el año en que comenzó la Primera Guerra Mundial. Su padre era agregado de la embajada argentina así que el lugar de nacimiento fue, como él mismo dijo, accidental. Cuando tenía cuatro años su familia se trasladó a Banfield, hoy una localidad en el sur del conurbano, en aquella época, años veinte, un pueblo con calles de tierra por donde todavía pasaba el lechero con su carro tirado por caballos. Banfield, un lugar con apellido de ingeniero inglés de ferrocarril, desde donde Cortázar viajaba todos los días a Buenos Aires para cursar sus estudios en la Escuela Normal Superior Mariano Acosta (Urquiza al 200). Ahí se recibió de maestro y después dio clases en Chivilcoy y Bolívar, dos ciudades bonaerenses donde pasó algunos años en la década del cuarenta.

Salvo durante ciertos períodos, no vivió en Buenos Aires, sí en París, donde fijó su residencia en 1951 y murió en 1984. Sin embargo, volvía Buenos Aires con frecuencia. A ver a sus amigos y a su gran amiga, la ciudad. “Las ciudades son como las mujeres, esas ciudades de las que te enamoras y son el amor de tu vida, y no soy excesivamente monógamo porque pienso que se pueden tener muchas ciudades que se aman al mismo tiempo”. Eso le dijo al periodista Joaquín Soler Serrano en una entrevista para la televisión española en 1976.

París y Buenos Aires fueron sus amores más grandes. Allá tenía el misterio de las galerías cubiertas, los pasajes, la arquitectura monumental, el metro, el Sena. Acá, el puerto, el bajo, Barracas, los cafés, sus largas caminatas por Avenida de Mayo, Plaza San Martín y Plaza de Mayo. Dos ciudades presentes a lo largo de su obra, y tanto en una como en otra hay homenajes durante este año. Mejor estar atentos.


Encuentro bajo la lluvia

El texto que sigue fue escrito por Nélida Barbeito, licenciada en Turismo y viajera. Nélida tiene una discapacidad motriz, usa bastón para caminar y silla de ruedas o scooter para recorrer grandes extensiones. Está dedicada a la difusión del turismo accesible. Hace poco viajó a Disney y un día, en medio de una tormenta, conoció a Liz y a Travis, dos militares estadounidenses que le contaron su historia.

Las posibilidades de conocer a Liz y a Travis en ese hotel tan grande eran mínimas. Pero sucedió lo improbable y nos encontramos. Ya no podré olvidar esa lluvia, esa charla, esa historia.

Era uno de nuestros últimos días el Saratoga Springs, un el hotel construido alrededor de una cancha de golf en Disney. Era tan grande que adentro había cinco paradas de colectivo. Una, Paddock, me había llamado la atención porque tenía piscina con un tobogán y un restaurante informal, el grill, que también llevaba el nombre de la parada.

Llegamos y se desató un tormenta. Casi todos huyeron de la piscina, el jacuzzi y el restaurante. Qudamos mi madre y yo, y una joven pareja que se resguardaba bajo un techo pequeño. Charlaban en voz alta y en un tono quejoso que me impedía escuchar el sonido del agua y los pájaros. Con mis prejuicios en acción pensé que se trataba de un chico rico despotricando sobre su vida luego de una sufrida carrera en Harvard.

En un momento, ellos se acercaron con admiración para felicitarme por mi coraje de andar montada en un scooter a pesar de mi discapacidad. Entonces, Travis me contó que había estado dos años sin caminar, y casi por gentileza le pregunté si había tenido un accidente de moto. Una palabra condujo a la otra y terminamos en una profunda charla sobre valores, desafíos físicos, pasiones, trabajo y decepción. La vida.

Eran los dos militares, de 29 y 43 años, jubilados desde hacía menos de dos meses. Habían ido a Disney para relajarse un poco y delinear los próximos pasos en su vida. Su país y la fuerza armada los dejaron solos, fuera del sistema, fuera de la fuerza con un retiro forzoso por no servir físicamente. Todo esto luego de haber defendido con cuerpo y alma a su nación en países lejanos como Irán o Turquía.

A Travis le explotó una bomba muy cerca y le afectó la mitad derecha de su cuerpo. Pasó de estar postrado a una silla de ruedas a caminar con muletas y cuando parecía que ya las dejaría le hicieron un ofrecimiento.

Su pie derecho aún no respondía para caminar, no servía. Le propusieron amputárselo, ponerle una prótesis y reincorporarse. Como su respuesta fue negativa vino la elección. La operación y el pie biónico o la baja y jubilación. Travis confiando en su capacidad de recuperación eligió la segunda opción. La voluntad, la plasticidad neuronal o todo combinado hizo el resto. Camina sin dificultad y sin ayudas técnicas como bastón o andador. Tiene una discapacidad, pero no es visible, tiene poca autonomía de caminata y fuertes dolores en su pie a veces, pero lo mira con orgullo y dice: Es el mío. Yo pude.

Como si entre la lluvia y la historia de Travis no hubiera tenido suficiente miré a Liz y le pregunté si ella también tenía algo. Liz, que mientras hablábamos con Travis había llorado casi tanto como el cielo dijo:

-Yo tengo 43, somos novios, nos conocimos mientras estábamos en servicio, a mí me operaron mi pie y luego se señaló la cabeza.
-¿Secuela de esquirlas?, pregunté como sacando la idea de una de los cientos de películas que ví.
-No, secuelas psicológicas.
A esa altura, quería huir un poco del tema y les pregunté dónde vivían. Se miraron, y contestaron a coro:
-No tenemos casa ni dónde ir a vivir.

Como a todo norteamericano, Hollywood los convenció de que cuando no queda más opción, Latinoamérica es la respuesta, así que estaban dando vuelta el mapa para ver a qué país irían.

Traté desde mi óptica de sudamericana que vivió en América del Norte de hacerles entender que tal vez había sido el sistema militar que los había desilusionado, pero no su país. Traté de decirles que en otro país serían extranjeros siempre. Se miraron, y otra vez dijeron, armando la frase entre los dos.

-Hemos sido extranjeros muchos años defendiendo la patria, ahora seremos extranjeros viviendo una nueva vida y cuidándonos como pareja. Vamos a estar bien.

Antes de despedirnos, nos sacamos fotos, intercambiamos correos y nos dimos un abrazo. Estábamos en el mismo hotel pero nos separaban dos paradas de bus y tres kilómetros. La lluvia nos unió y voy a guardar esa charla como algo preciado.




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