Larga distancia, en ómnibus

“[...] Clemente, nuestro azafato de a bordo, se ocupa de darnos la bienvenida, nos explica que servirán cena caliente, cafecito con opción a whisky para la película y desayuno llegando a Bariloche. Clemente está muy contento con su trabajo y con el micrófono, está muy contento de poder contarnos todo lo que nos cuenta, y hacerlo a través de un micrófono. Clemente se mueve con celeridad por entre los asientos y nos prohíbe ir sólido al baño. Lo repite. Dice: repetimos, nada sólido. La sola prohibición me da retorcijones. El asiento es amplio, no tengo compañero, el bus no va lleno, ofrecen vino para la cena y whisky para después pero todo lo que en un principio parece tan auspicioso rápidamente se convierte en una pesadilla. Clemente entiende que tiene que entretener al pasaje todo el tiempo, como si no fuera suficiente mirar por la ventanilla. Cuando no habla por el micrófono, camina entre los asientos entregando, retirando u ofreciendo refill de cosas, pregunta si tenemos calor, si tenemos frío, si está bien el aire. Yo intento mirar por la ventanilla para que no me hable, y me resulta hasta que me invita a cerrar la cortina por las piedras. ¿Piedras? Afuera no hay más que llanura, ni siquiera rancherío queda. Ahora ya ni paisaje queda.
Intento, entonces, interesarme por la película, entradísima ya, en la que un señor musculoso tiene que hacer de niñera de un grupo de niños rubísimos que se le resisten. Él lleva biberones en su cinto como granadas. No funciona. No me interesa y no puedo dormir. Clemente va y viene. Basta Clemente, basta por favor. Algunos señores ya roncan. Me doy cuenta con frustración de que aquel viaje que había imaginado y soñado no va a suceder. Que aquella cosa de mirar por la ventana y dejarse ir y que los pensamientos pasen ya no va a ser posible. Estoy encerrada en una habitación en movimiento con olor a mono y Clemente revoloteando. Y estoy cansada pero no tengo sueño.
[...] Nos despierta Clemente a la mañana, no sin violencia, haciendo sonar un DVD de latinos. Abro los ojos y aparte de la Patagonia veo a Ricardo Montaner de blanco en unas terrazas griegas, muy blancas, cantándole a una morocha, de vestido de bambula que se hace la linda en alguna playa. Ricardo canta entre barcos, atardeceres e interiores color terracota. Clemente va y viene, diligente. Está peinado, hay producción ahí. Me incrusta una bandeja sobre las piernas mientras intento que el surco que el marco de la ventana dejó en mi mejilla se desdibuje. Tengo la frente húmeda y el pelo aplastado. El sudor de la ventana se hizo agua en mi frente. Afuera, la montaña. En una hora más o menos, estamos en Bariloche. yo soñé algo extraño, no sé muy bien qué pero algo me acecha. Alguna sensación familiar, algo recobrado. [...]”
Agosto, una novela de Romina Paula. Editorial Entropía.

En síntesis: mi hermano, cuñada y sobrinos partieron, hace algunos meses, en un viaje integral.
La noche está quieta como una planta de consultorio médico. Es verano, la gente se fue de vacaciones y la ciudad se ha vuelto amable y silenciosa. Hace unos minutos pasó la medianoche.
Se hace un lugar en la vereda, debajo de un plátano. Cerca, pero no tanto, como los perros vagabundos, que buscan cariño pero tienen miedo porque saben de golpes y maltrato.
Este año no podré estar en México para la celebración del Día de Muertos, así que he decido armar un pequeño altar en mi casa, para que las ánimas que hagan el viaje a este mundo encuentren sus esencias y platos preferidos, y una casa fresca y limpia donde descansar.
El mismo locutorio, por la mañana, está lleno de gente que hace fila malhumorada. Pero llego por la noche, a eso de las 21, y hay ritmo de noche martes en un barrio.
















