Turismo zen en pueblos mínimos

Vengo de un viaje por pueblos chicos. Donde la siesta es sagrada, no hay café expresso y el único museo puede pasar varios días cerrado porque a la mujer que lo atiende le duele la garganta y solo ella tiene la llave. Pueblos a los que se llega por caminos de ripio, y donde los habitantes pueden no tener agua pero ven el noticiero de las ocho y saben cómo está el tráfico en los accesos principales a la Capital Federal. Aunque les quede a más de mil kilómetros, aunque no hayan ido nunca.

Los pueblos de los que vengo quedan en el oeste de San Juan, en Argentina. Pero se repiten en muchas partes. Con otro marco natural y otras gentes vi lugares así en Uruguay, Chile, Perú, Ecuador, la India. Los pueblos mínimos no tienen un atractivo contundente. No hay cataratas ni playas increíbles ni un parque nacional. Apenas aparecen en las guías y nunca llegan al 99% de ocupación. Como las fotos que saca un amigo, son lugares de belleza difícil.

Me acuerdo de la tarde que llegué a Huaco. De no haber sido por una mosca que revoloteaba insistente en el parabrisas hubiera pensado que avanzaba sobre un pueblo embalsamado. Cuatro de la tarde y en Huaco todo estaba quieto. Las persianas bajas y el perro dormido a la sombra de un molle. No había brisa ni gente en la calle. Los timbres sonaban pero nadie salía a ver quién llegaba. Mal pronóstico para encontrar un lugar donde comer. Ni restaurante, ni comedor ni despensa abierta, solo un kiosco con una heladera sin helados y dos computadoras donde un par de adolescentes jugaban a la guerra. Terminé comiendo unas galletas de animales parecidas a las que se venden en los zoológicos, y un yogur.

No, a los pueblitos alejados no hay que pedirles nada. En el menú se lee pasta, pero no llegaron a amasarla y hasta el jueves no habrá; el centro de artesanías no abre los sábados; el hotel cerró porque los dueños son suizos y no vuelven hasta octubre y el último temporal rompió un tramo de ruta y hay que tomar el desvío largo.
En un viaje por los pueblos mínimos lo más sano es aceptar. Las faltas, lo diferente, la lentitud. Aceptar, como dicen que hay que hacer en la pareja y en la vida en general. Nada de recurrir a la queja, de poner el grito en el cielo y enojarse porque la comida tardó casi una hora en llegar. Y mucho menos pedir que cambien. Aceptar lo que hay y lo que no.
Y recibir. El verde vivo de los oasis, las maravillosas vistas de la Cuesta de Huaco, con el río Jáchal que serpentea junto a la ruta 40, los cerros oxidados camino al Paso Internacional Agua Negra, inmensos cielos estrellados, los encuentros con gente que tiene ganas de conversar, y tiempo.

Aceptar y recibir, recuperar lo simple, rescatar el valor de una sonrisa, disfrutar de la naturaleza, se podría hablar de turismo zen.

En Iglesia, uno de los pueblos chicos, encontré a una pareja de viejos que caminaba por la vereda. Las únicas personas a la vista y ya eran más de las cinco de la tarde. La siesta implica cinco horas de limbo y ausencia. Luis Messina era grande, estaba arrugado y tenía los ojos brillantes. En la mano llevaba una honda que no era para matar pájaros, sino para darle unos tiros cortos a su perro cuando se acercaba a la calle.

Le pregunté para dónde iban. Entonces, me contó la historia del reloj.
Una vez hace muchos años acompañó en una cabalgata a la cordillera a alguien muy importante de la embajada de Alemania. Y él se comportó bien y fue un guía notable, eso dijo. Al final de la cabalgata el hombre muy importante se sacó el reloj de la muñeca y se lo regaló. “Viera ese reloj, tenía la hora, el día, la fecha, el año, todo tenía!”. Ayer, trabajando en el campo con el maíz se me perdió. “Culpa mía fue no le ajusté una perillita que andaba floja”. Y ahora vamos con mi señora y si Dios quiere lo encontramos.

Por el pasado, la geografía y el clima estos pueblos son lugares de soledades, vegetación espinosa, historias mínimas y días luminosos. Donde son comunes la fe, las tapias, las imágenes de nostalgia y esfuerzo. Una mañana, en un camino de tierra, vi que se acercaban una mujer, un niño y un hombre que llevaba una bici. Cuando llegaron a la ruta se subieron los tres: él manejaba, ella en el caño con el nene a upa. Seguro que iban a la próxima ciudad, a unos 15 kilómetros.

Vengo de un viaje por pueblos chicos, donde una bici es un tesoro para compartir. Donde las casas son de adobe y las cebollas deliciosas. Donde lo más sano es viajar sin expectativas, abierto a lo que se encuentre en el camino. Pueblos chicos, donde en cualquier momento se abre una agencia de turismo zen. Omm.

(Esta columna se publicó en el suplemento Viajes del diario La Tercera, de Chile)


Svalbard, antes del Polo Norte

El texto que sigue está escrito por Gonzalo Figueroa, un argentino muy viajero -bajó en moto de Los Ángeles a Buenos Aires- que vive hace 17 años en Noruega.  Ha tenido varios trabajos y desarrolló una pasión: dog mushing o correr con perros de trineo. Perros groenlandeses, preparados para dormir en la nieve, a ¡40° bajo cero! Según dicen por allá son más confiables que las motos de nieve.

Gonzalo se pasó seis meses trabajando en las islas de Svalbard, un lugar donde siempre hace frío y la tierra es salvaje. A continuación, historia, presente y turismo del archipiélago de las auroras boreales.

Si el mundo fuera una rayuela, el archipielago de Spitsbergen –tambien conocido como Svalbard- sería el ultimo cuadro antes de llegar al Cielo. Es el ultimo punto del planeta antes de llegar al polo norte, con solo 1000 km de hielo separandolos.

Es un poco más grande que la provincia de Jujuy y uno de los lugares más salvajes de la tierra:  60% de su superficie son glaciares, 30% piedra y solo 10% vegetación. Arboles no hay.  Gente, poca: unos 2000 habitantes que conviven con 3000 osos polares.  Estas islas son administradas por Noruega, aunque las rige un tratado especial que otorga derechos especiales a todos los firmantes –entre ellos la Argentina.

Si bien se sigue discutiendo si los vikingos lograron navegar hasta estas islas hace mas o menos mil años, en el siglo XVI los holandeses llegaron a sus costas.  Tras los descubrimientos del marino holandés William Barents, el archipiélago de Spitsbergen pasoó a ser el centro de la industria ballenera holandesa e inglesa durante el siglo XVII.

La grasa de ballena que era utilizada para elaborar aceite para lámparas, jabón, impermeabilizante de ropa, etc.  En poco menos de cien años la población de ballenas en Spitsbergen llegó prácticamente a la extinción.  Más tarde llegaron los los rusos desde el Mar Blanco y se establecieron como cazadores de osos y zorros para comercializar sus pieles.

Hoy en día son tres los pilares económicos que justifican la población estable de las islas.  El primero y más importante es la explotación de minas de carbón.  Esta actividad data desde principios del siglo XX y explica el nombre de su principal asentamiento: Longyearbyen o ciudad de Longyear.  La “ciudad”, de 1500 habitantes lleva el nombre de John Munro Lonyear, empresario de Boston que estableció la primera empresa minera en 1906.  Actualmente, el estado noruego controla la industria minera y emplea la mayor cantidad de gente en las islas.

Spitsbergen es además un lugar fundamental para la investigación científica ártica.  Su proximidad al polo norte y su acceso relativamente fácil (vuelos diarios desde Oslo), han hecho que Noruega, Rusia, Polonia, China, Korea, Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Japón y los EE. UU. tengan bases permanentes de investigación.

A pesar de estar en la periferia del mundo, la actividad científica en Spitsbergen se desarrolla con la más alta tecnología disponible en laboratorios computarizados sumamente sofisticados.

Allí funciona un banco de semillas, el más grande que existe, que preserva congeladas semillas de todo el mundo, para garantizar la biodiversidad de las especies, proporcionar material de estudio y legarlas a futuras generaciones.

Svalbard es sede de cuatro universidades noruegas confomando la universidad más boreal del mundo, conocida como UNIS.  Cabe mencionar la central de radares SVALSAT quien monitorea satelites en órbitas polares y que transmite información a la NASA y la ESA (Agencia Espacial Europea).  Fueron estos dos clientes los que financiaron el cable de transmisión de informática desde Spitsbergen hasta Noruega continental con una velocidad de transmisión de hasta 20 gigas por segundo.

A pesar de lo inhóspito, el archipiélago de Spitsbergen es un destino exótico y fascinante. Durante el verano, el puerto de Longyear recibe varios cruceros que hacen escala en la ciudad antes de circumnavegar las islas. Como el “National Geographic Explorer” de la revista National Geographic. 

Con apenas 45 km de caminos, los barcos son la forma mas práctica de conocer estas islas durante el verano.   En invierno el turismo se desarrolla en motos de nieve o trineos de perros.  Esta es una tierra salvaje y virgen, cosa que significa que el turismo requiere los servicios de especialistas.  Varias empresas noruegas tienen base en Lonyearbyen y ninguno de ellos puede operar sin un curso y una certificacion especial. Como ejemplo, la presencia de osos polares hace que uno debe estar armado en todo momento como precaución.  Pero son los factores climáicos, -subestimados por varios aventureros que visitan las islas y muy respetados por los lugareños- los que hacen que cualquier visitante independiente con planes de explorar las islas tenga que presentar un seguro de búsqueda y rescate antes de poder comenzar su viaje.

Para los que tienen ánimo de llegar a tierras tan lejanas, las recompensas son enormes. Una geografía única y en estado puro, donde casi no se nota la presencia del hombre. Sí la de osos, zorros, renos, focas y morsas gigantes.  Además, glaciares, auroras boreales y los colores de un cielo jamás visto.

Fotos: Fickr


En el río piel de león

Cada vez que navegue por el Río de la Plata me va a resonar esta historia que me contó Michel N., buzo táctico y bombero entre otras ocupaciones de riesgo.

Resulta que un día, haciendo un trabajo de buceo en la dársena de inflamables en el Puerto de Buenos Aires, me tocó efectuar la inmersión de la mañana. La misión era a 12 metros de profundidad , tenía que ingresar a tientas unos diez metros en en una cañería de unos 60 cm de diámetro
Al llegar al final de esa tubería me llamaron por el intercomunicador y escuché el mensaje: “¡Ya superficie, ya superficie!”
Evidentemente, las cosas arriba no estaban bien. Rápidamente aborté la maniobra e inicié el escape para después subir. Pero no fue tan sencillo como la teoría indicaba; había tanto verdín en la superficie del tubo que no podía salir con velocidad… se patinaban los dedos.
Al llegar a la boca de salida no pude subir: el peso de los lastres y equipo me mandaron al fondo. De 12 a 14 metros. Como vio que no llegaba el jefe me ordenó: “Al fondo y sin moverse: un buque entró a dique sin aviso”. Estamos hablando de un buque propanero de 200 metros de eslora que al ingresar a los diques del puerto, es tanta el agua de desplazan que el río sube temporariamente unos metros.
Recuerdo que sentí la diferencia de presión y también que me acoste en el fondo del río tratando de cubrirme de limo así la succión de las hélices no me llevaba. Me quedé más que quieto, aguantando la respiración, atento
. Cuando me dieron la señal subí a la superficie.


En marcha

El otro día me contó una amiga que su papá camina de Belgrano a Once dos veces por semana. No tiene que hacer ninguna diligencia. Camina por caminar.

También suelo caminar sin motivo. En lugar de ir en metro o en auto o en ómnibus camino cuarenta, sesenta y más cuadras también. Quizás para hacer ejercicio y también porque me hace bien comprobar que mis piernas son capaces de llevarme. Para estar en marcha.

Trato de andar con la espalda erguida, pero más de una vez me pesco medio inclinada, en una postura parecida a la de El hombre que marcha, la escultura de Alberto Giacometti.

La postura tiene algo de reflexiva; de abatimiento y al mismo tiempo de perseverancia en el paso, en la actitud del cuerpo hacia adelante, la mirada en el horizonte. Leo por ahí que Giacometti vio en su obra el “equilibrio natural de la caminata” como un símbolo de la “propia fuerza vital del hombre”. No sabemos de dónde viene ni adónde va, solo que está en marcha hacia el futuro.

Vi la obra en la Fundación Proa. Hay dos versiones, ambas de bronce: una es un poco más grande que un fosforo, y otra a escala humana (1,83 m). La más grande, una de sus esculturas más famosas, tuvo varias fundiciones. Hace un par de años se vendió una  en Sothebys de Londres a 65 millones de libras. Comprador anónimo, por teléfono.

Giacometti en Proa, una retrospectiva imperdible. Hay tiempo hasta el 9 de enero y se puede llegar caminando.


El Delta, Butler y un cumpleaños

Me invitaron a un cumpleaños en el Delta. Lejos, en una isla a más de una hora en lancha de Tigre. A pesar de los mosquitos de patas largas, me gusta mucho el Delta. Lo veo lleno de nostalgia de Conti, de letanía de sauce llorón y muelles despintados. Casas altas, quietud de siesta, ceibos y río piel de león. Destellos de otra época, azaleas dobles y Butler. Desde que conocí la pintura de Horacio Butler, el Delta también me recuerda a él.

El Delta es una D gigante, verde y llena de islas, arroyos, canales y ríos que drenan la cuenca del Paraná, después de la del Amazonas, la segunda más importante de América del Sur. Al caminar por las islas uno tiene la sensación de hacer pie sobre tierra en movimiento. Y también de estar en un lugar medio secreto.

Escribió Borges: “Ninguna otra ciudad, que yo sepa, linda con un secreto archipiélago de verdes islas que se alejan y pierden en las dudosas aguas de un río tan lento que la literatura ha podido llamarlo inmóvil“.

Hace tiempo que está de moda alquilarse una casa en el Delta para los fines de semana. Algunos, los más extremos se mudan y usan lancha y compran en el almacén flotante y cambian de vida. Pero son los menos.

Horacio Butler, el pintor de los cuadros de este post, era un entusiasta del Delta. Después de una gira por Europa se alquiló una casa-taller sobre el río Carapachay. Corría 1934.

Una vez, una periodista le preguntó por qué el Delta, por qué ese tema, y él le respondió: “Explicar el porqué de los temas resulta tan difícil como aclarar por qué nos enamoramos de una persona y no de otra”.

Como en esta pintura expresionista, el Delta también puede ser salvaje. Una tarde de tormenta, una noche de viento y marea alta. Hace algunos años hice un recorrido largo para escribir una nota. Era un día destemplado y frío. Recuerdo que estuve en la casa de un poblador en la Segunda Sección de Islas, un hombre ermitaño que apenas había pisado la ciudad. Se llamaba Segundo y cada tanto me aparece su imagen extendiendo la mando para despedirse mientras mi lancha se alejaba. De lejos se veía como un náufrago que había decidido quedarse en la isla desierta. Será porque esa geografía tiene algo de madre protectora.

Sí, que Ng me perdone, creo que partiré un rato antes del cumpleaños. Me dieron ganas de pasar por el MAT a saludar a Butler.


Buenos Aires Graffiti (III)

Esta cosecha de arte urbano es de Villa Crespo, Abasto y Palermo.


Desde de tierra adentro

Me gusta la historia de Tomás Astelarra porque me gustan las historias de la gente que un día decide cambiar de vida.

Y cambia.

Economista de la Di Tella, máster de Periodismo en Bilbao. Más o menos ahí, su educación formal se interrumpe y comienza otra educación, la de los caminos.

Cuando volvió de Bilbao se fue con tres amigos en una Trafic al Sur y de ahí a La Paz. Tocaban música en los bares para seguir viajando. La banda tenía nombres distintos en cada ciudad. Parece que cuando llegaron a Ushuaia el pan era tan caro que esa noche se llamaron Zarpado el pan.

Vivió en La Paz, donde fundó la Domingo Quispe Ensamble de música callejera; y en Ibagué, Colombia, para entender -y escribir- sobre la realidad de los desplazados en el país de las Farc.

Viajó varios años hasta que un día paró. Probablemente la escritura tenga bastante que ver. Ya publicó un libro sobre sus andanzas y algunos de aforismos. Los edita en forma independiente y los vende él mismo en la zona del Abasto; quizás se lo cruzaron.

Uno días atrás fui a la presentación del último, Por los caminos del Che, en el que además de escribir compila las crónicas que aparecen. Son 17 historias de América latina.

Los autores, periodistas y viajeros que tomaron los caminos menos transitados. En las páginas de este libro nada de comodidades ni buenos hoteles. Aquí uno se zarandea con los pozos de las rutas del interior de Bolivia, llega hasta el pueblito donde se teje el ñandutí, en Paraguay; se estremece con los fantasmas de Humberstone, en el desierto de Atacama, en Chile; pasa y no pasa por las fronteras ecuatorianas, se asoma a La Rioja, Cali y más. El libro, editado por Continente y la revista Sudestada, ya se consigue en librerías. Y también se le puede comprar a él por tastelarra@gmail.com

Por ahora Tomás Astelarra vive en Buenos Aires, pero después de charlar un rato con él me quedó claro que mañana puede estar en Perú, Colombia y, sobre todo, en Bolivia. El viaje como forma de vida: una interpretación.


Buenos Aires graffiti (II)

Arte urbano, cosecha 2012. De mis últimas salidas en bici y caminando por Abasto, Palermo, Villa Crespo y La Boca. Para los que no hayan visto el anterior: http://tiny.cc/4znggw


Buenos Aires graffiti (I)

Los muros largos que rodean la terminal de la línea 76 de colectivo, tomados por el arte urbano, anónimo. Y en estas cuadras, también atroz. Los había visto hace algunos meses, pero ayer salí en bici y les saqué fotos. Muy pronto, más graffitis de otros barrios porteños.


Evita en los muros de Barracas




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