Viajar a Estados Unidos en tiempos de Trump

Estábamos a unos cientos de metros de la Casa Blanca, pero al tipo no le preocupó. Se acomodó el micrófono y aclaró su garganta probablemente porque sabía que hablaba para periodistas que propagarían el mensaje en medio mundo. Roger Dow, presidente de la Asociación de Viajes de Estados Unidos dijo con voz sólida: “La administración debe ser clara en que América está cerrada al terror, pero abierta a los negocios. Trump tiene una tendencia a hablar rápido. Pero también sabemos que es hotelero, un hombre de negocios, por eso creemos que podremos ayudarlo a entender esta situación”.

Desde que asumió Donald Trump, la industria turística de Estados Unidos está intranquila por sus dichos, amenazas (construir el muro en la frontera con México) y hechos concretos como el Travel Ban o veto migratorio a seis países islámicos: Irán, Somalia, Sudán, Siria, Yemen y Libia. Cuando lo decretó, en enero de este año, fue frenado por la Corte y aunque actualmente atraviesa instancias judiciales y todavía no es efectivo, cada día parece más cercano. El presidente lo defiende a capa y espada. “Vamos a pelearlo hasta el Tribunal Supremo. Vamos a ganar para mantener a nuestros ciudadanos seguros”, escribió en Twitter unos días atrás. Retoma el tema con frecuencia, incluso escribe TRAVEL BAN así, todo en mayúsculas, como si lo gritara.

También rige la restricción a los computadores personales (Laptop Ban), tablets y aparatos electrónicos grandes en la cabina en vuelos hacia Estados Unidos desde diez aeropuertos: El Cairo, Estambul y los principales de los Emiratos Árabes Unidos, entre otros. El propósito, según los oficiales de la seguridad estatal, es evitar el contrabando de explosivos y ya se discute la idea de expandir la medida a otros aeropuertos.

A esto se suman las trabas al turismo estadounidense en Cuba, anunciadas días atrás en un discurso de Trump en Miami y condenadas inmediatamente por la Organización Mundial del Turismo. Básicamente, los procesos de acercamiento que comenzó Obama fueron cancelados. Según los funcionarios de la Casa Blanca se hará un “mejor acuerdo” con la isla, pero antes tendrán que legalizar partidos políticos, celebrar elecciones y liberar presos políticos.

Es lógico que con este clima de limitaciones los directivos de Brand USA, la entidad que promociona el turismo hacia Estados Unidos estén inquietos.
La conferencia de Roger Dow fue en el marco del 49º IPW, el mayor encuentro turístico de Estados Unidos, con 6.400 participantes –expositores, compradores, agentes de viajes, prensa especializada– de 70 países que mantuvieron 112 mil reuniones de trabajo. El gran momento del año en la industria de los viajes. Acaso para distanciarse del presidente, los directivos del evento prefirieron un slogan inclusivo: One Big Welcome (Una gran bienvenida).
Estados Unidos recibe más de 70 millones de turistas extranjeros al año y eso representa un negocio de unos 250 billones de dólares. Si bien el número de arribos todavía no bajó, sí existe una sensación de antibienvenida. Cierta percepción negativa sobre complicaciones en el ingreso al país. Y, claro, algunas bajas claras, como el turismo mexicano, el inglés y, por supuesto, el árabe.
“Los números generales se mantienen, pero no debemos confiarnos en que esta tendencia continuará y no vale la pena poner en riesgo los 15,3 millones de puestos de trabajos que dependen del turismo. Un mensaje simple y claro de bienvenida hará mucho en ese sentido”, señaló Dow.

En 2016, la ciudad de Nueva York recibió más de 60 millones de turistas, un record sin precedentes. Sin embargo, las proyecciones indican que “la retórica de Washington” afectará al turismo. A través de su agencia de marketing, NYC & Company, la ciudad también quiso distanciarse del presidente y unos meses atrás lanzó su campaña “Welcoming the World” (Le damos la bienvenida al mundo). Desde la costa oeste, Los Ángeles se sumó con el slogan Everyone is Welcome (Todos son bienvenidos) y desde su agencia de turismo destacaron –como una virtud, celebrando la diversidad– que en la ciudad vive gente de 140 países que habla 224 idiomas.

Cuando Roger Dow se bajó del escenario, el aplauso se escuchó largo y sonoro. Los directivos del IPW fueron contundentes. Después de una semana de conferencias se sabe que ellos también van a dar pelea por un país a puertas abiertas.
Esa misma tarde salí a caminar por The Mall, el paseo tradicional de Washington donde están los maravillosos museos, el Lincoln Memorial y el Obelisco. Justó ahí crucé a un adolescente rubio que caminaba con sus padres. Iba muy orgulloso con su buzo con inscripción: Make America Great Again (Que América vuelva a ser grande), el lema de campaña de Donald Trump.
Está claro que no será fácil.


La vuelta

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Listo, se terminó. De un día para otro, el viaje quedó atrás, como los carteles que se cruzan en la ruta, como una fiesta de cumpleaños.
La valija está abierta en la sala: medias, poleras, pantalones, todo sucio. La prueba de haber estado ahí, donde por un rato –una semana, quince días, el tiempo que sea– la vida fue distinta. La prueba de que somos algo más de lo que somos la mayor parte del año. Debajo de la puerta hay cuentas que pagar y la luz de la casilla de mensajes titila. Suena el celular, la agenda marca dos reuniones para mañana. Chau vacaciones, hola rutina.
Selva, sierras, mar o desierto, más allá del paisaje, el viaje traza una arquitectura cotidiana nueva, espontánea. El mismo día de veinticuatro horas, durante las vacaciones se siente más largo o más corto, menos gris. Y nos pasan cosas: los viajes son fábricas de recuerdos.
Hace unos meses en el zoco de Marrakech, Marruecos, conocí a Hamri, un hombre de cejas enruladas y turbante. En su negocio colgaba una cabeza de antílope, plumas, colas y pieles de animales. Hamri deshacía encantamientos y podía curar el mal de ojo. Me acerqué a comprar azafrán y el tipo trajo un frasco grande lleno de hebras rojas. Lo destapó y salió una ráfaga mentolada, un olor tan concentrado y maravilloso que parecía que en cualquier momento surgiría un genio o un diablo. Hamri tomó una balanza dorada tamaño Lilliput y puso una moneda de diez centavos de dírham de un lado y un montoncito de azafrán del otro. Cuando los platos se equilibraron, me miró con gesto de aprobación. Después lo envolvió en una hoja de papel de diario y me entregó un cucurucho lleno de azafrán que hoy guardo en la alacena de las especias. Escondido, como se esconde algo valioso.
Experiencias para contar, para publicar en Facebook y en Twitter. Cruzar una frontera, trepar una montaña, hacer bungee jumping, nadar con delfines, compartir momentos con desconocidos, leer todo el día debajo de un sauce, el viaje suma aventuras y anécdotas para todo el año. Eso es lo que no se desarma con la valija: las vivencias quedan atrapadas en la red de la memoria.

¿Quién se llevó la playa?
¡Plop! En cada vuelta se explota una burbuja. ¿Y la playa, dónde está? Y ese cerro que tenía frente a mi ventana cuando despertaba, y el jugo de papaya del desayuno, y las charlas con los pies en la arena bajo el techo de palmas, ¿quién se los llevó?
Mientras arranca el lavarropas y se acomodan las cremas del neceser en el baño, uno va llegando. En gerundio, sí, porque se llega en varias instancias. Cuando aterriza el avión –o arriba el bus a la estación o entra el auto en el garaje–, al abrir la puerta de casa, cuando desarmamos la valija, durante el primer día de trabajo. El cuerpo llega inmediatamente, pero la cabeza va llegando de a poco.
Desde la psicología se habla del “síndrome post vacacional” y las revistas dan consejos sobre cómo volver al trabajo con una sonrisa. Recomiendan meditar, buscar un hobbie, salir a correr, tratar de disfrutar todo el año como si estuviéramos de vacaciones. Dicen que es mejor levantarse temprano para no correr el primer día, cambiar el recorrido al trabajo, mirar el paisaje urbano y dejarse por lo menos treinta minutos de tiempo libre. Pero aunque nos den diez consejos “infalibles” para reducir el impacto psicológico de la vuelta, ya lo sabemos: nada será lo mismo y durante algunos días extrañaremos la playa, las sierras, el campo o la selva.
Dijo Oscar Wilde que “para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la que no llevamos” y algo así se pone en juego en el viaje. La fantasía de que esa vida –desayuno de frutas, tarde de lecturas y paseos en pareo– es la que nos gustaría. Uno se imagina en la cabaña junto al mar viviendo de la pesca o montando un bed & breakfast en una villa turística frente a un lago del Sur. Donde todo puede cambiar. Donde se podría empezar de nuevo.
Por esos sueños y la burbuja rota, la valija puede traer cierta melancolía además de medias y pantalones para lavar. Por qué sorprenderse, si ya lo cantó Gardel. Volver es un tango.

El poder del souvenir

De chica, cuando se terminaban las vacaciones y el auto cargado arrancaba hacia la ciudad, me gustaba darme vuelta desde asiento de atrás para ver la última imagen del mar. Las olas rompían sobre las rocas, igual que siempre pero distinto porque era la última vez. En cinco cuadras más había una curva y desde ahí no lo volvería a ver. La última imagen del mar me servía de reserva hasta el próximo año. Como el agua que guardan los camellos.
Desde hace algún tiempo, al ejercicio de la última mirada le sumé el souvenir. Una calavera de México, una botellita con los colores de la arena del desierto de Marruecos, una chiva –bus tradicional– de Colombia, banderines budistas de la India, una cajita de música de París, un caracol de Mar del Plata. El souvenir no es una mera chuchería: cumple una función que se podría considerar mágica. De vuelta en el trabajo, ya inmersos en la rutina, nos va a regresar por un rato al paisaje de las vacaciones. Solo alcanzará con mirarlo, en algunos casos también tocarlo. El souvenir es un aliado para transitar la llegada. Pero no es infalible, claro.
Recuerdo esa vez que volví después de algunas semanas en la Patagonia. Abrí la puerta y sonó el teléfono. Era un amigo, hablamos un rato, preguntó cómo encontré mi casa. Mientras iba con el inalámbrico de la cama al living, le respondí que bien, que el piso tenía un poco de polvo y que las plantas necesitaban agua.
Cuando corté me quedé pensando en su pregunta. Miré hacia una esquina y enseguida encontré la ventana, el zócalo, la pared, el límite. Di vuelta la cabeza y me topé con la puerta de salida.
Luego de quince días en la Patagonia lejana, una tierra donde los límites no se ven y todos los paisajes describen el concepto de inmensidad, me pareció que la casa era mínima. Más allá de los metros, de la decoración, de la biblioteca y del balcón. Después de quince días en la Patagonia ventosa, rebelde, áspera y ancha, mi casa se veía insignificante. Y fui a dar una vuelta a la manzana.
Esa vez desarmé la valija unos días más tarde.


La hamaca sobre el vacío

La que se hamaca y cuenta esta historia es Josefina Genta, productora de Canal 13, viajera con ganas de escribir de viajes y, sin duda, una mujer osada: se está hamacando sobre el vacío, ahí nomás de las nubes. A continuación, su experiencia.

Hamacarse a 2.660 metros de altura frente al imponente volcán Tungurahua debería ser la actividad más promocionada de Baños de Agua Santa.

En el centro de Ecuador, esta ciudad es conocida por el turismo aventura: rafting, excursiones a cascadas, bungee jumping y canopy. Pero son pocos los visitantes que pagan 1 dólar para conocer “La casa del columpio” o “Casa del árbol”, y menos los que pasan algunos minutos balanceándose en el vacío.

En 1999 Carlos Sánchez decidió ser vigía del “gigante negro” y se instaló en este mirador en un cerro vecino. Construyó una casita arriba de un árbol al filo de la montaña. Desde allí vigila la actividad del Tungurahua. En ese mismo lugar, y para entretener a los turistas que llegan hasta ahí, colgó dos hamacas.

Y me animo. Sentada en el rectángulo de madera, a 2.5 km del cráter activo hace 16 años, avanzo hacia al precipicio que me separa del volcán, rodeando apretadamente mis manos a las dos sogas. Piernas estiradas, el envión hacia adelante deja atrás la montaña, abre el cielo y acerca las nubes. La vuelta flexiona las rodillas e inclina el tronco.
Al principio, el ritmo es tímido porque la sensación de acercarse al vacío genera dolor de panza. En dos vaivenes, se torna lúdico y uno se olvida de que atrás hay una fila de cinco personas esperando el empujón a la adrenalina. Relajarse en este columpio del fin del mundo parece ser más sanador que hervirse en los baños termales por los que es popular esta ciudad. Me voy dejando llevar por la hamaca que me traslada a la infancia y, capaz un poquito por eso, pierdo todos los miedos.


Del calor de Dubai

Una imagen puede valer mil palabras y también esconder 48 grados, como en este caso. El tipo que sale de la estación de metro Ibn Battuta, en Dubai, camina por el infierno. Se lo ve así, tan tranquilo, pero debería ir con un matafuegos apagando las llamas, que no se ven pero están ahí. El calor quema las manos, el pelo y los párpados si uno no lleva anteojos.

Te tocó un mes de calor, dijo mi anfitrión con la levedad de quien dice está nublado. ¿Un mes de calor? Me tocaron días de fuego, que en el recuerdo son rojos. Rojo encendido. El día de la foto también caminé como ese hombre desde la estación Ibn Battuta hasta mi cuarto. Fueron cinco cuadras y después de la primera comencé a repetir como un mantra: “Que no me desmaye, por favor, llego y tomo agua, sí, tengo que seguir, allá tomo agua, que no me desmaye, vamos, falta poco”. Mientras lo recitaba imaginé una boltella de agua helada, transpirada por el frío. Con gotas que se derretían y bajaban por el cuello. Soñaba despierta para poder llegar a la casa, al aire acondicionado.

En los meses de calor no hay gente por las calles. Eso lo advertí en la segunda cuadra, cuando los taxis pasaban con gente, que me miraba por la ventanilla con piedad. Quizás alguno también recitó un mantra y por eso llegué.

Después de esas cinco cuadras, procuré no atravesar espacios abiertos. Durante los meses de calor les pasa lo mismo a los habitantes, la mayoría extranjeros (solo el diez por ciento de la población de Dubai es emirati). La vida no contempla espacios no climatizados. Se salta de aire a aire, cada tanto aparece una brecha, como la zanja mínima (el famoso gap) que pasa del andén al tren y recuerda el afuera. La falta de luz solar incide en que muchos padezcan falta de vitamina D, que la da el sol. Lo mismo que en los países nórdicos, pero por otras razones.

La estación de metro podría ser suiza y el tren, uno de lujo. Afuera se ven edificios y shopppings y edificios que tocan el cielo (o el infierno), como el Burj Khalifa, de los más altos del mundo. Si alguien, desde alguna ventana) hubiera mirado a este hombre, habría rogado que se subiera rápido a un taxi o que pasara un auto a rescatarlo de las llamas. Pero seguro que nadie miró: en Dubai todos tienen demasiado trabajo.


El Amazonas verde – brócoli

Un amigo compartió en Facebook una nota sobre Herzog con datos para ver online varias de sus películas. Es un director que me gusta mucho, así que leí los nombres de las películas y me detuve en un documental que vi hace un tiempo: Alas de Esperanza (1998).

Hice clic en el enlace y unos segundos más tarde estaba en el Amazonas, con Werner Herzog y Juliane Koepcke, la única sobreviviente de un accidente aéreo en el que murieron 92 personas ocurrido el 24 de diciembre de 1971.

Víspera de Navidad y el aeropuerto de Lima era un loquero. Muchísimas personas querían viajar en el vuelo 508 de Lansa Líneas Aéreas. En esa época, Herzog filmaba Aguirre, la ira de dios y estuvo por abordar ese avión. Finalmente, él no viajó, pero Juliane sí. El destino era Pucallpa donde la joven de diecisiete años pasaría las fiestas con el padre, que trabajaba como biólogo en medio de la selva. Juliane viajaba con su madre, que murió al lado de ella.

En el documental, Herzog revive ese día fatal con Juliane que no había vuelto a esa selva. Se sientan en la misma fila, la número 19, y ahí ella relata los últimos minutos hasta que el avión cayó a pique y ella perdió el conocimiento. Lo cuenta con claridad y contenida por su marido que está a su lado y le toma la mano. En un momento dice que la última imagen que vio fue la selva que estaba abajo de ella, “verde profundo, como una créma de brócoli”. Me pareció buenísima la imagen y cómo tuvo tiempo mental para la poesía cuando estaba pasando por el mismo cielo que le había robado a su madre.

Esta vez, el avión de Aeroperú aterrizó sin contratiempos. Juliane, que es zoóloga especializada en murciélagos, Herzog y su equipo ingresaron en el Amazonas con machetes para buscar el avión que nunca se había encontrado. Entre mosquitos, vívoras y calor encontraron partes del avión, ropa, bandejas, el taco de un zapato, monedas que ya no circulan. Y una historia de supervivencia alucinante, de una adolescente perdida en la selva durante nueve días.

Dan ganas de verla, ¿no? En el link está en inglés, pero seguro que se consigue subtitulada.


¿A usted le gusta esto?

Viajamos en el mismo avión de pocos pasajeros, pero recién la vi en el aeropuerto. Era regordeta, de ojos verdes brillantes. Tenía un pantalón azul y cara de enojada. Unos sesenta y pocos, el pelo recogido, tirante, como una bailarina. Su marido se comportaba como príncipe consorte, ella era la reina.

Íbamos al mismo hotel, lo supe cuando subió a la combi. Hotel Playa Tortuga, un todo incluido en el caribe panameño con buena piscina y un pulpo a la parrilla para recomendar. Temporada baja, poca gente.

La reina resultó ser ecuatoriana. Una ecuatoriana que vivía hace treinta años en loEstadoUnidos y poco le quedaba de la gracia de su país. Ni bien salimos del aeropuerto me saludó y después de intercambiar tres o cuatro palabras dijo:

-¿A usted le gusta esto? Yo no veo nada de bello.

Me pareció un comentario fuera de lugar por eso no me di vuelta para contestar. Seguí mirando por la ventanilla las palmeras, casas rústicas color pastel típicas de una isla del Caribe. En los colores, la música y cierto estilo despreocupado y caluroso las islas del Caribe se parecen bastante.

Esta mujer era de las que no necesitan respuesta para seguir hablando.

-Me dijeron que aquí había mansiones y mire… Nada de eso. Yo estoy buscando un lugar donde pasar los próximos veinte años y vine a ver aquí porque me dijeron era un paraíso. Traigo dólares pero hasta ahora no me gusta.

-A mí me gusta lo que veo -le respondí.

Habíamos hecho dos o tres kilómetros del aeropuerto y la reina tenía cara de asco. Como si hubiera visto un plato que no le provoca comer. Llegamos al hotel, bajé rápido de la camioneta para que no me hablara más. Me dieron la habitación número 23. Desde la terraza se veía el mar verde claro, algo parecido a los ojos de la reina que, como muchos otros gringos que me crucé, buscaba un lugar amable, barato y con sol donde vivir sus años de jubilada.

Prendí el ventilador de techo, puse la memoria nueva en la cámara y salí a andar. En el pasillo me los encontré, reina y consorte: les habían dado la 24. Por qué hacen eso, me pregunté, si el hotel está vacío. Deberían dejar por lo menos una habitación como zona de amortiguación.

Día de playa, de luz intensa, miles de palmeras, licuados de frutas, snorkel con peces amarillos y violetas, azules, naranjas con turquesa. Día de mar, de recorrido por islas desiertas.  Después de tantas playas, uno vuelve bronceado, salado, emocionado.
Hasta la reina que buscaba  refugio para la vejez estaba contenta cuando la crucé el segundo día. Igual se quejaba, siempre se quejó.

-¿Por qué hacen siempre el pescado frito? -le espetó a una camarera- Por qué no lo sancochan, ¿eh? Si quieren yo puedo enseñarles a hacer un sudado de pescado, me ¿oyes? Dícelo a tu jefe.

Cuando se enteró de que era periodista de viajes me pidió el correo para preguntarme dónde podría invertir sus dólares, quería que le escribiera si veía algún buen lugar para pasar los últimos veinte años de su vida.

-¿Y qué me dice de Argentina? ¿Dónde podría ser? ¿Cuánto vale una casa donde están las cataratas?

Por suerte, esa tarde ninguna llevaba birome y lo del correo quedó para otro día. Durante el resto del tiempo que estuve en el Hotel Playa Tortuga tuve dos propósitos: no llevar birome y tratar de esquivar a la reina ancha y a su marido retraído que por las noches roncaba como brontosaurio.


El precio del low cost

No me llevo bien con las aerolíneas de bajo presupuesto. Y no lo digo hoy que vengo de pagar 70 euros por no haber impreso la tarjeta de embarque para presentarla en el Check-in. No. Nuestra relación fue mala desde el principio.

La primera vez fue en Berlín, hace algunos años. Compré el pasaje a Roma, ilusionada porque había pagado menos de 100 euros. Cuando pregunté cómo llegar al aeropuerto me dijeron que Schönfeld quedaba lejos y que no había transporte de noche. Como mi vuelo era de madrugada fue necesario tomar un taxi de una hora que costó casi tan caro como el vuelo.

El camino es más largo pal que va cargao demás. Aunque no creo que los dueños de las low cost hayan escuchado a Zitarrosa, las aerolíneas de bajo costo fueron pensadas para el que carga poco. Cada maleta se paga aparte. Los maravillosos precios no contemplan muchos cambios de ropa. Para aprovechar la oferta, en este viaje decido ir con mi mochila chica: solo un par de mudas para pasar unos días en La Toscana. Aprieto la ropa, la cámara, el cepillo de dientes y el libro a riesgo de convertirlos en astillas.

Llego al aeropuerto antes de las 8. La fila para el Check-in es larguísima y a los costados hay algunos desertores de fila. Están nerviosos, transpirados, con la valija abierta, tratando de hacer entrar todo. Por el altoparlante anuncian que en la cabina va únicamente una pieza que debe pesar diez kilos y entrar en un modelo, una especie de jaula, que tienen en exhibición. Si el empleado lo requiere es preciso calzar la maleta ahí para que se vea que entra en esas medidas. Si no, se paga o se deja.
La cámara de fotos cuenta como una pieza y la cartera también. Nada de cartera y mochila. O de cámara y cartera. Uno es uno.

Y ahí está esa estudiante de medicina sentada arriba de su valija. Cuando escucha lo de una sola pieza abre la valija que se ve llena y decide hacer entrar su cartera, también llena. Tiene los rulos en la cara, se muerde los labios y aprieta las dos tapas de la valija con todas sus fuerzas, como si tuviera que detener una masa de serpientes venenosas que viene a colonizar el mundo. Frunce el ceño, no puede: los dientes del cierre están demasiado separados y así no corre. Una mujer que está al lado se ofrece a ayudarla: una se sienta y la otra intenta cerrar. Tampoco va. Sigue la de rulos sola. Abre la valija, saca la cartera que había puesto llena, la vacía, corre poleras, reacomoda el secador, mete el neceser en un borde, las alpargatas en otro y se vuelve a sentar arriba. Somos varios los que la miramos y nos asomamos a su intimidad. Somos varios los que hacemos fuerza, aunque sea mental, para que le entre todo. El cierre le dejó los dedos colorados. Un empleado de la compañía pasa en Segway y sonríe al ver la escena. Si ella lo veía para mí que le tiraba las alpargatas de flores, que parece que no entran.

La cuestión del peso hace el embarque más lento. El vuelo se atrasa casi una hora y toca esperar en la pista para el despegue. Los asientos no son numerados, por eso la fila es tan larga. Más adelante, más posibilidad de elegir. Más atrás, lo que quede mijo.
Agotada porque es temprano y por los nervios me duermo profundamente unos minutos antes del despegue. Y sueño… como la aerolínea es de bajo presupuesto no puede utilizar el aeropuerto y tenemos que despegar desde una avenida en los alrededores de Madrid. Una avenida llena de camiones que no nos ceden el paso porque están en huelga. Me despierto cuando el avión carretea por la pista (del aeropuerto).

No hay bebes que puedan llorar y con este buzo polar no pasaré frío: es el momento ideal para una siesta después del madrugón. Cierro los ojos, pero arranca la kermese. No, no estoy soñando otra vez. Primero pasan las azafatas vendiendo los típicos productos de Free Shop, después cereales con leche, sándwiches y hasta hamburguesas y papas fritas que alguien alguna vez habrá freído. “Prueben nuestros perritos calientes”, dicen un azafato con sonrisa de publicidad. Cuando creo que terminó el show, llega el plato fuerte: la venta de un juego tipo lotería. “Si quiere ser uno de los millones de pasajeros que ganaron premios, no deje de participar, cuesta 2 euros”. Se anunciaba por altoparlante, primero en inglés, después en español y al final en italiano. Mientras el azafato muestra los billetes como un croupier con las cartas en la mano.
Cuento las filas: unas 30, con 6 pasajeros en cada una. Perfecto, un público cautivo durante dos horas. Me siento en una feria, con pregoneros a los gritos. Ahora promocionan un billete de bus turístico para ver las principales atracciones de Roma y en cinco minutos venderán cigarrillos sin nicotina ni humo para fumar durante el vuelo. En cualquier momento salen a vender merluza.

Como el toilette está al fondo y mi asiento en la mitad recorro medio avión en compañía de las publicidades estampadas en las gavetas superiores. Termino frente al búnker de las azafatas, que cuentan monedas y hacen torres de uno y dos euros. Las miro y pienso cuántas monedas habrá de diferencia entre una low cost y una aerolínea de línea. En ese momento se enciende la luz de regresar al asiento, pronto aterrizaremos.

Esta columna se publicó en el diario La Tercera, de Chile.


Monumento a Perpetuidad

La niebla de esta mañana es perfecta para visitar el Monumento a Perpetuidad, antiguo cementerio de Paysandú. Funcionó poco tiempo, el suficiente para que se hicieran panteones monumentales. Como el de la familia Stirling, que pesa 50 toneladas de mármol de Carrara y costó 48.000 pesos oro cuando un peón ganaba 25 pesos oro al mes.
A fines de 1880 algunas familias de fortuna encargaron su mausoleo a escuelas de arquitectura de Roma. Los artistas venían con un muestrario bajo el brazo y se elegía el panteón por catálogo. Luego regresaban a Italia para hacerlo y lo traían desarmado en el barco. Los árboles exóticos y las diagonales de este pequeño cementerio completan el paisaje artístico y mortuorio.


Svalbard, antes del Polo Norte

El texto que sigue está escrito por Gonzalo Figueroa, un argentino muy viajero -bajó en moto de Los Ángeles a Buenos Aires- que vive hace 17 años en Noruega.  Ha tenido varios trabajos y desarrolló una pasión: dog mushing o correr con perros de trineo. Perros groenlandeses, preparados para dormir en la nieve, a ¡40° bajo cero! Según dicen por allá son más confiables que las motos de nieve.

Gonzalo se pasó seis meses trabajando en las islas de Svalbard, un lugar donde siempre hace frío y la tierra es salvaje. A continuación, historia, presente y turismo del archipiélago de las auroras boreales.

Si el mundo fuera una rayuela, el archipielago de Spitsbergen –tambien conocido como Svalbard- sería el ultimo cuadro antes de llegar al Cielo. Es el ultimo punto del planeta antes de llegar al polo norte, con solo 1000 km de hielo separandolos.

Es un poco más grande que la provincia de Jujuy y uno de los lugares más salvajes de la tierra:  60% de su superficie son glaciares, 30% piedra y solo 10% vegetación. Arboles no hay.  Gente, poca: unos 2000 habitantes que conviven con 3000 osos polares.  Estas islas son administradas por Noruega, aunque las rige un tratado especial que otorga derechos especiales a todos los firmantes –entre ellos la Argentina.

Si bien se sigue discutiendo si los vikingos lograron navegar hasta estas islas hace mas o menos mil años, en el siglo XVI los holandeses llegaron a sus costas.  Tras los descubrimientos del marino holandés William Barents, el archipiélago de Spitsbergen pasoó a ser el centro de la industria ballenera holandesa e inglesa durante el siglo XVII.

La grasa de ballena que era utilizada para elaborar aceite para lámparas, jabón, impermeabilizante de ropa, etc.  En poco menos de cien años la población de ballenas en Spitsbergen llegó prácticamente a la extinción.  Más tarde llegaron los los rusos desde el Mar Blanco y se establecieron como cazadores de osos y zorros para comercializar sus pieles.

Hoy en día son tres los pilares económicos que justifican la población estable de las islas.  El primero y más importante es la explotación de minas de carbón.  Esta actividad data desde principios del siglo XX y explica el nombre de su principal asentamiento: Longyearbyen o ciudad de Longyear.  La “ciudad”, de 1500 habitantes lleva el nombre de John Munro Lonyear, empresario de Boston que estableció la primera empresa minera en 1906.  Actualmente, el estado noruego controla la industria minera y emplea la mayor cantidad de gente en las islas.

Spitsbergen es además un lugar fundamental para la investigación científica ártica.  Su proximidad al polo norte y su acceso relativamente fácil (vuelos diarios desde Oslo), han hecho que Noruega, Rusia, Polonia, China, Korea, Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Japón y los EE. UU. tengan bases permanentes de investigación.

A pesar de estar en la periferia del mundo, la actividad científica en Spitsbergen se desarrolla con la más alta tecnología disponible en laboratorios computarizados sumamente sofisticados.

Allí funciona un banco de semillas, el más grande que existe, que preserva congeladas semillas de todo el mundo, para garantizar la biodiversidad de las especies, proporcionar material de estudio y legarlas a futuras generaciones.

Svalbard es sede de cuatro universidades noruegas confomando la universidad más boreal del mundo, conocida como UNIS.  Cabe mencionar la central de radares SVALSAT quien monitorea satelites en órbitas polares y que transmite información a la NASA y la ESA (Agencia Espacial Europea).  Fueron estos dos clientes los que financiaron el cable de transmisión de informática desde Spitsbergen hasta Noruega continental con una velocidad de transmisión de hasta 20 gigas por segundo.

A pesar de lo inhóspito, el archipiélago de Spitsbergen es un destino exótico y fascinante. Durante el verano, el puerto de Longyear recibe varios cruceros que hacen escala en la ciudad antes de circumnavegar las islas. Como el “National Geographic Explorer” de la revista National Geographic. 

Con apenas 45 km de caminos, los barcos son la forma mas práctica de conocer estas islas durante el verano.   En invierno el turismo se desarrolla en motos de nieve o trineos de perros.  Esta es una tierra salvaje y virgen, cosa que significa que el turismo requiere los servicios de especialistas.  Varias empresas noruegas tienen base en Lonyearbyen y ninguno de ellos puede operar sin un curso y una certificacion especial. Como ejemplo, la presencia de osos polares hace que uno debe estar armado en todo momento como precaución.  Pero son los factores climáicos, -subestimados por varios aventureros que visitan las islas y muy respetados por los lugareños- los que hacen que cualquier visitante independiente con planes de explorar las islas tenga que presentar un seguro de búsqueda y rescate antes de poder comenzar su viaje.

Para los que tienen ánimo de llegar a tierras tan lejanas, las recompensas son enormes. Una geografía única y en estado puro, donde casi no se nota la presencia del hombre. Sí la de osos, zorros, renos, focas y morsas gigantes.  Además, glaciares, auroras boreales y los colores de un cielo jamás visto.

Fotos: Fickr


Insólita y lejana Socotra

A veces la agenda de los próximos viajes se arma en el camino, con anécdotas de otros viajeros. Unos meses atrás, cuando recorrí el desierto florido de Chile con un grupo de botánicos estadounidenses, supe que existe Socotra.

Ese día había arrancado temprano, los naturalistas son de madrugar. Durante un rato largo avanzamos por llanuras, valles transversales y arenales que cruzan la Panamericana. En la camioneta circulaban libros con inventarios de las plantas que después veríamos en el campo.

Dylan H. iba sentado a mi lado. Trabaja en Huntington Botanical Gardens. Se ocupa de las colecciones de plantas tropicales. Charlábamos, me contaba sobre su trabajo, yo le preguntaba. Ni bien pudo coló un nombre: Socotra. Vos que viajás, no te olvides de ese nombre, me dijo. Tendrías que ir a ese lugar, insistió.

Después me contó que es un archipiélago yemení en el Océano Índico, frente al cuerno de África donde hay 700 especies únicas en la tierra. Sólo Hawaii y Galápagos la superan. No dijo mucho más porque la camioneta se detuvo y bajamos a ver flores. No estábamos en Socotra sino en el desierto más árido del mundo que una vez al año florece.

Recordé el nombre y de vuelta en casa googlee Socotra y encontré estas imágenes surrealistas que me recordaron al Mundo perdido de Connan Doyle, con árboles obesos y paisajes de ciencia ficción.

Este árbol se llama drago o sangre del dragón. Si se hace un tajo en la corteza brota savia roja. Durante el Renacimiento se utilizó como pintura; llegaba a Europa a través del comercio de la Ruta del Incienso. También hay baobabs altos y macizos con copas mínimas, árboles de incienso y mirra. La foto de los dragos se publicó en esta nota del NYT. Más fotos de Socotra, acá.

La ubicación de Socotra es estratégica. Cuando Yemen estuvo dividida, Socotra perteneció al estado marxista de Yemen del Sur y hubo una base naval rusa. Ahora leo que Estados Unidos intensifica su presencia en la región con base en la isla.  De Patrimonio de la Humanidad y sitio de unicidad botánica a futuro de miedo.

No sé si algún día iré, pero sé que me gustaría conocer Socotra. Y que si voy me acordaré de Dylan, de que comía galletitas de animalitos y de su extensa familia. De plantas.




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